sábado, 31 de octubre de 2020

LA VILLA: ROCÍO Y CANDELA

La Villa es pueblo añejo y vino de buena cepa. Y la metáfora no es comodín para salir del paso y añadirle un aire poético al escrito. Hay que vivir aquí, en la Ciudad Heroica, para sentirlo en los recodos del alma y en los recovecos del corazón. Camine usted esas calles santeñas llenas de historia y escuchará muy quedo el ruido de sables, tañer de campanas, tropel en la plaza, risas juveniles, lamentos de amores furtivos, relincho de caballos y el imperceptible crujir de crinolinas de la que antaño moraba en señorial casa de quincha; mientras el ser mestizo, allá afuera, construye castillos imaginarios sobre la época que ha de venir. Mientras tanto, en el templo el clérigo lanza su sermón ante fieles que le observan junto a la maravilla dieciochesca del altar mayor; con angelitos tallados en madera y el silencio cómplice de gajos de uvas y el incienso que en espirales bendice el artesonado del siglo XVIII y recuerda la obra pía de la Niña Anita. Y allá en la torre, posada sobre la giraldilla, las golondrinas musitan su rezo canoro. Y solo queda mirar en lontananza, más allá del Cubitá, en el sitio en donde las aguas se besan con las salobres olas del mar. Que la Villa de Los Santos es ciudad antigua, que parece detenida en el tiempo, es verdad; y en ese soplo colonial radica su magia interiorana y la fortaleza de pueblo lleno de leyendas y de Rufinas campesinas, por los caminos de La Peña y las huertas del río milenario; tinaja de Natura, fuente inefable de la vida, de misteriosas ninfas que alguna vez jugaron con pececitos y peines de oro. Tal vez La Villa no necesita que le canten los bardos, que las mejoranas rasguen sus mejores torrentes, ni que los historiadores hurguen sus entrañas para develar secretos de arcano. Le basta con ser ella misma, la hija de Francisco Gutiérrez, la Libre Ciudad, la del 10 de noviembre y el cabildo abierto de 1821. Ella es la madre del terruño, precursora de la libertad y la nacionalidad, la que mira desde la sabana antropógena a los diablicos zapateando sones, la que amanece en la búsqueda de El Torito que alumbró el Lucero del Sur, siempre bien plantada para que el Corpus Christi siga siendo ofrenda eucarística de religiosidad y paganismo. En las noches de estío, el asiento sabanero mira a las estrellas que sonríen en la bóveda celeste, cómplices también de las plazas, calles y callejones bañados de rocío matinal. Por allí hoyaron pies de labriegos, burócratas, presbíteros y mujeres espartanas. Nada le era extraño a ella, al epicentro del cristianismo peninsular, la misma del “baile de la cien luces”, el ágora rural en donde la vida social floreció cual silvestre campanilla veranera y el badajo golpeó la campana con su tañer de siglos. La Villa fue el poder dominante, pero también la cultura que vocea la rebeldía popular en el pregón del pescao pa’ la acompaña del arró. Nació rebelde, con la terquedad de la inteligencia que se queda quieta y que no puede ser confundida con mansedumbre. Hasta la perdiz -centinela del rastrojo- sabe que el grito libertario está vigente, dormitando su zarpazo en algún punto de los años que inexorablemente han de venir. Y en otro cabildo abierto, nuevamente, las clarinadas libertarias resonarán entre cerro El Barco y el Juan Díaz, para que la patria adolorida recobre su proyecto de nación. En ese día, en patriótico tropel, el pabellón tricolor presidirá el grito de Rufina y Segundo, mientras la bandera tricolor de Miranda flamea a la vera del río De Los Maizales y a lo lejos se divisa la colonial silueta del poblado que se atrevió a soñar y que un día enarboló la libertad istmeña. 
.......mpr.... 
En las faldas de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 26 de octubre de 2020.

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