23 noviembre 2022

HERMOSO, EN VERDAD, ¡QUÉ HERMOSO!


 

A diario reviso las redes sociales e invariablemente me encuentro con hermosas mujeres y varoniles caballeros que conmemoran su cumpleaños colgando en la red llamativas fotografías. En ellas aparecen ataviados con modernos vestidos o tradicionales polleras y camisillas. Los miro y sonrío, además de disfrutar el encanto de verlos gozosos de su vida proba. Están allí, alegres e intentando sacar su mejor pose, de alguna manera modelando para que otros disfrutemos la imagen de lo que son o intentan plasmar.

Y lo llamativo no estriba solo en ello, sino en los parajes que seleccionan: junto al mar rumoroso, el viejo tronco seco, la alameda verde, la añeja casa de quincha, el corral del abuelo y tantas otras estampas que hablan de identidad. Sí, porque la fotografía es arte, pero también un recorte en el tiempo, la petrificación de la época que nos ha tocado vivir.

Yo no sé a dónde irán a parar los cientos, miles o millones de imágenes fotográficas que pueblan las redes sociales y, en vedad, tampoco interesa. Sólo sé que mi gente ha encontrado un camino para mostrarse al mundo en una entrega gratuita nacida desde nuestra cultura de raigambre campesina. Hay orgullo sano en ello, más allá de la pequeña dosis de hedonismo, por demás normal y comprensible, desde los tiempos en el que el primer homínido se miró asombrado en el espejo de la corriente del río.

En el fondo la cultura nuestra sale de los rincones, de la actitud de erizo espinoso con que reaccionó en el siglo XX. Sin miedo a la tecnología se suma a ella, la hace suya en la fotografía, y devuelve al observador la imagen de lo cotidiano. En el fondo hay el deseo de que lo nuestro no muera, desaparezca o claudique; porque no es la simple estampa de la persona, sino la cultura orejana en el ciberespacio, la adaptación contemporánea para no quedarse en el ayer.

Miro a mis paisanos en la nube y pienso en el Festival de La Mejorana, La Pollera o El Manito. Nuestros muchachos son herederos de ese mundo del ayer, aquel que mostraba la cultura en una carreta, porque el transporte tirado por bueyes era la imagen de lo factible, la fotografía viva de lo que éramos. La juventud, de alguna manera, se ha liberado de ese yugo de antaño, para colgar en Facebook o Instagram su orgullo contemporáneo.

Bien sé que vivimos, como siempre, en transición cultural. Y al ver los comentarios y el “me gusta” no dejo de repetir mentalmente, como en un rondó musical, hermoso, en verdad, ¡qué hermoso!

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19/IV/2022

 

 

 


19 noviembre 2022

EL HABLA DEL OREJANO

 


Sobre la forma de hablar del hombre que habita la zona hay mucha tela que cortar, desde el dejo al hacerlo, hasta el uso de vocablos. Sin embargo, lo que ahora interesa es comentar, muy brevemente, las peculiaridades históricas. Y al respecto la referencia más temprana corresponde a lo escrito en el año 1881 por el doctor Belisario Porras Barahona, en su opúsculo El Orejano, publicado el año siguiente en el Papel Periódico Ilustrado de la capital colombiana. Así describe Porras el habla peninsular. Dice del orejano que:

“…aunque mora en costas, en toda la extensión del terreno comprendido en el Istmo de las montañas al mar; pues es más suave y dulce su lenguaje que el del habitante de la ciudad de Panamá, Colón, Chagres y Portobelo. El dice, dice, por ejemplo, de una vaca que es jorra o ajorra, por ahorra; y que es de jarina el pan, y que no hay igualda en el gobierno, y que es bueno comel cuando se tiene jambre; pero no dice Manuer es un negrito bozaa. El orejano usa de la “s”, ya se halle esta en final ó en principio de dicción; y a diferencia del mulato, cambia la “r” en “l” para hacer más suave la pronunciación.

Sorpréndese uno al encontrar en el lenguaje del orejano voces metafóricas de una lógica irrecusable. Así, por ejemplo, la acción de adulterio la expresa el con el verbo quemar, y dice: fulanita ha quemado a su marido. La pena que sufre por amores, es cabanga, palabra que en el Istmo indica un dulce agradabilísimo, pero indigesto”.

Mire usted que hemos cambiado poco, porque luego de más de una centuria del opúsculo del tableño, aún se escucha por allí: jambre (hambre), tajona (tahona), jijo (hijo), jullil (huir), jediondo (hediondo), jarina (harina), jocico (hocico) y muchas otras. Y lo más interesante no es solo la forma de hablar y el acento peculiar, sino la existencia de arcaísmos, vocablos en desuso, que se constituyen en valiosas herramientas que reflejan los contactos entre culturas, préstamos que pueden ser rastreados analizando el vocabulario regional, como en los casos de lo indígena, hispánico, negroide, hebreo y mozárabe.

¡En verdad que somos peculiares! Y lo afirmo alejado de regionalismos intrascendentes, aunque orgulloso del idioma del Manco de Lepanto, porque la región peninsular es un impresionante laboratorio sociológico que aún espera la luz poderosa de la inteligencia que le estudie y le ame.

12/VII/2022

 

 


10 noviembre 2022

¡AH!, RUFINA, RUFINA


 

El personaje de Rufina Alfaro, mito o leyenda sigue concitando la atención de historiadores, sociólogos, abogados y demás especialistas. Y en noviembre vuelve a renacer, para promover, desde la polémica su vigencia nacional. Es un fenómeno social digno de estudio más allá de la prueba fáctica que reclaman algunos estudiosos nacionales. Llama la atención el fervor nacional que despierta su figura legendaria. Su nombre está por todas partes: corregimientos, salas de baile, cantinas, grupos folklóricos o que pretenden serlo, transportes colectivos y un largo etcétera.

Algunos analistas dicen que Rufina es un inventó de Ernesto J. Castillero Reyes, pero tampoco aportan la prueba fáctica que ellos reclaman desde miradores pretendidamente objetivos y científicos. Otros afirman que es la fotocopia de Policarpa Salavarrieta (1795-1817), La Pola, la heroína colombiana, pero todo ello se sustenta en el limbo o en la opinión antojadiza de los que ofician de verdugos de la santeña.

Hasta ahora Rufina Alfaro no puede ser catalogada como un personaje histórico, es cierto, pero ello no parece importarle a la base social que le venera como parte del calendario histórico de la nacionalidad. Y llama la atención que en un país en el que solemos entrarles a hachazos a nuestros símbolos, no reparemos en el daño que podemos infringirle a nuestro maltrecho ideario nacional plagado de leyendas negras y rosas, realidad compleja que queremos reducir a enfoques de imperios, clases sociales, sin duda valiosos, pero que descuidan el papel del empuje humano más allá de los llamados factores estructurales.

No es mera casualidad que durante el mes de noviembre aparezca la mujer de La Peña al lado de hombres de carne y hueso cuyas actas de nacimiento están registradas en los archivos parroquiales, y hasta tiene el atrevimiento de ser más protagónica que ellos. Y este es otro reclamo para Rufina, que osa desplazar a personajes de los grupos dominantes, los mismos que son acusados de defender intereses comerciales, agrarios y mercuriales, como si ellos no tuviesen, también, el derecho a ser parte de la conjura independentista.

Pienso que todo este debate -si existió o no Rufina Alfaro- es producto de una visión cartesiana del mundo, como si la creación humana únicamente pudiera mirarse con anteojeras de la objetividad científica. Olvidamos que la sociedad y su cultura son hechuras de hombres y no de dioses. Las sociedades no viven solo del fruto de la ciencia y de una racionalidad que queremos imponer, desconociendo lo poco que seríamos sin arte, poesía y mitologías populares.

Rufina siempre me ha parecido un personaje sugestivo, asumido por amplios sectores de la población como la encarnación de la libertad y la rebeldía; existe, ahora sí, una complicidad que no para mientes en argumentos del tipo que pregunta en dónde se encuentra el acta de bautismo. Siempre he creído en el derecho de nuestra gente a tener su héroes -ficticios o reales-, a soñar con una figura que sea el reflejo de su participación en las luchas libertarias. Algo así como la revancha por su casi nula mención popular en los documentos que sustentan el 10 de noviembre de 1821. Ella parece ser el emblema de la masa silente, con el añadido de que es una representación femenina en una época – siglo XIX- en donde se les niega a las féminas la mención como agente social.

El simbolismo de Rufina Alfaro es impactante, porque su figura se ha enraizado en el Grito Santeño, al punto que muchos próceres son menos conocidos que ella, como queda dicho. Y esta es una debilidad que ha de ser corregida, pero no al extremo de destruir la leyenda o el mito. Porque mientras no encontremos vestigios de su vida terrenal, nada sacamos peleándonos con el personaje que ha contribuido a darnos identidad y orgullo patrio.

Yo no sé lo que otros pensarán, pero para mí Rufina continuará siendo la encarnación de mi pueblo, la imagen venerada del hombre irredento de los campos interioranos.

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08 noviembre 2022

GUARARÉ Y EL 10 DE NOVIEMBRE DE 1903

 


El 10 de noviembre de 1903 se constituye, por derecho propio, en otro hito memorable del calendario histórico de los guarareños. En efecto, hace más de un siglo la generación que había nacido en la segunda mitad del siglo XIX, y aún antes, se reunieron en cabildo abierto convocado por las autoridades de aquella época para escuchar y hacerse protagonista de un acto en el que trazaron sus derroteros y los de las generaciones venideras. De común acuerdo optaron por un sistema republicano, independiente y democrático, y se adhirieron al movimiento que, en la ciudad de Panamá, buscaban separar al Istmo de la República de Colombia.

Aquel suceso histórico no deja de ser un acto corajudo, porque apenas habían transcurrido siete días de otro similar realizado en la ciudad de Panamá. Por aquellas calendas recién habían cesado los tambores de guerra entre liberales y conservadores, un niño llamado Manuel Fernando de Las Mercedes Zárate cumple cuatro años y la maestra Juana Vernaza prepara sus bártulos para impartir clases en la Escuela de Niñas. En Guararé no había parque central, aunque existía la plaza que en los años veinte, al ser transformada en parque público, se llamará Bibiana Pérez Gutiérrez. Por su parte, ya está en Guararé el cura Ubaldino Córdoba López, presbítero que acompañará la grey católica hasta bien entrada la primera mitad del siglo XX.

El 10 de noviembre, un pueblo apacible y digno, otra vez levanta la voz para ratificar en el mismo día y mes, aunque ochenta y dos años después, el derecho a la autodeterminación reclamado por la Villa de Los Santos en el siglo XIX, aunque en Guararé se realiza bajo otras circunstancias, año y siglo. El acta encontrada en los archivos nacionales y replicada en la Gaceta Oficial # 1, Año 1, Serie 1, #15 del 25 de enero de 1904, así lo confirma.

Este jalón libertario rubrica que la adhesión guarareña es un acto en firme, respaldado con documentación existente, lo que confiere al evento una validez que no puede ser negada. Es más, la pulcra redacción del acta de adhesión demuestra que el evento de adhesión se realizó con amplia participación ciudadana.

Lo que el documento evidencia es el respaldo popular a un cabildo abierto sumamente representativo. Basta con ver los apellidos para percatarse que el llamado no procede de un grupo de poder excluyente y con ínfulas de grandeza. Son centenares los firmantes que allí aparecen, y como no podía ser de otra manera, en aquellos tiempos la rúbrica corresponde a varones que en su mayoría son cabezas de familia. El campo y el emplazamiento urbano se dan en este caso un abrazo de patria.

Habría que realizar un estudio más exhaustivo, pero todo apunta a confirmar que asistieron guarareños que moraban desde las zonas aledañas al Canajagua, hasta habitantes de la costa, las marismas y las riberas del río guarareño, morando a uno y otro lado de esta corriente acuosa con nombre de cacique indígena.

El distrito de Guararé inicia el siglo XX con paso firme, lo que demuestra el proceso de maduración de sus habitantes, confirma los vínculos que por la vía del puerto o ría se tiene con la capital de la república, porque Porras aún no ha construido la carretera, ni la población cuenta con un edificio escolar que tendrá que esperar hasta la década del treinta. Mientras tanto la generación de inicios del siglo XX recibe sus nociones básicas en escuelas para párvulos en casas separadas, para niñas y varones.

Lo hermoso de la adhesión guarareña radica en percatarse que en el acta de adhesión no hay asomo de conflicto, ni de batallones dispuestos a ofrendar sus vidas. Lo de Guararé es compromiso, acompañamiento y reflexión, así como profunda es la fe en los destinos nacionales. No es este un suceso que pueda ser catalogado de grito, hay sí, patriotismo y redacción mesurada, alejada de ditirambos innecesarios, acaso porque los firmantes han vivido en carne propia las secuelas de la Guerra de Los Mil Días y encuentran un país casi sumido en las ruinas.

En 1903 estamos ante el inicio de una nueva época, en una centuria que se mira en lontananza con esperanza, porque los niños de entonces serán el relevo generacional que les tocará vivir parte de las promesas que implica el 10 de noviembre de 1903, el suceso histórico que abre para ellos un pimpollo en flor.

Corresponde a los guarareños ser fiel a ese llamado libertario, valorar la gesta en su pleno significado, realizar la lectura correcta de su misión trascendente, para que la fecha no quede presa de la celebración y sea también calidad de vida, inteligencia libertaria y deseos de edificar una sociedad que valora sus expresiones vernáculas, pero que es capaz de morar en un mundo en constante transformación.

A la altura del camino en que se encuentra transitando el guarareñismo, la existencia comprobada de la adhesión de Guararé al movimiento que hace posible la separación de Panamá de Colombia, sin duda es motivo de regocijo y complacencia, pero también implica un desafío inmenso para quienes crecimos a la sombra de la Escuela Juana Vernaza, valoramos el zaratismo y hemos hecho del culto a las tradiciones una manera de ser.

El 10 de noviembre de 1903 es compromiso puro, la certeza de una vida proba, la inteligencia alumbrando los recodos del camino y el convencimiento de que nos esperan grandes realizaciones. Que la virgen de Las Mercedes ilumine nuestro sendero y nos permita continuar conmemorando esta trascendente fecha histórica, al mismo tiempo que los frutos del desarrollo invaden nuestros campos y pueblos, mientras se escucha en la distancia el liberador sonido de la mejorana.

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7/XI/2022

 

 

 

 

 

 


04 noviembre 2022

LA MONA: EL TROMPO CAMPESINO

 


Entre los juegos de antaño está el relacionado con la ejecución de los trompos. En nuestro caso los llamados “mona”, confeccionados artesanalmente con ramas de diversos tipos de árboles, desde guácimos, pasando por otras maderas de mayor resistencia y durabilidad. Los más frágiles y vulnerables se hacían con la guayaba verde, los que tenían una vida fugaz.

Eran todo un arte aquellos trompos campesinos, que podían tener un clavo sencillo o tremenda lezna de unas cuatro pulgadas, lo que suponía un cuerpo mayor. Estos últimos eran propios para jugar al “machaco”, contienda en la que uno de los contendientes tenía que ponerle “servidas” al otro y así alternativamente hasta la posible destrucción del otro a punta de clavazos. Esta modalidad de juego era temida porque implicaba la desaparición del juguete campesino construido de madera.

Lo anterior explica que los trompos que se vendían en tienda no gozaran del aprecio de la chiquillería, como también acontecía con las cometas industriales que nunca lograban tener el garbo y elegancia del papalote artesanal, con su rabo largo y volar sereno.

La mayor gloria del juvenil dueño era la mona que bailara serena y que se lograra coger en la mano, incluso, ¡oh proeza!, atrapada en el aire, para verla bailar en la palma de la mano. Por este motivo era un poco burlón la existencia de la “mona racha”, aquella que no lograba hacerlo y que se bamboleaba, saltando como si le picaran las candelillas.

En otras ocasiones la mona zumbaba por el aire cuando un adulto, en complicidad con la mona que él también tuvo en su infancia, trazaba sobre la tierra un círculo y colocaba en el centro una moneda de diez o veinticinco centavos, para que los participantes la sacaran a punta de lances. Con la única condición de que, si la mona quedada dentro del círculo, le pertenecía. ¡Qué emoción aquella de querer la moneda, mientras se temía perder la mona!

Tiempos idos, sin duda, porque muchos de estos juegos y juguetes han quedado en el olvido, como cosas de viejos y expresiones folklóricas que ni tan siquiera despiertan curiosidad en una juventud subyugada con artilugios electrónicos, influjo de otras culturas y olvidadiza de sus raíces. Sin embargo, y pese a todo, de vez en cuando vuelve a aparecer la mona, el trompo de nuestra gente, y baila en los parques ante el asombro de todos.

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3/IX/2022

 

 


06 octubre 2022

 

CENTENARIO DE LA SEÑORA LIDIA MENDIETA NIETO

 



 

El 16 de octubre se cumple el primer centenario del natalicio de Lidia Mendieta Nieto, nacida en La Guaca, pero residente en Bella Vista, comunidades del distrito guarareño. Ella integra el grupo de matronas que contribuyeron al desarrollo del villorrio conocido como El Potrero y que luego mudó su nombre hacia el ya apuntado, Bella Vista de Guararé. Fue parte integrante de mujeres que, como su hermana Paula Mendieta Nieto y mi madre, Mercedes Rodríguez Villarreal, terminaron fundando hogares con hombres bellavisteños.

En el archivo parroquial del templo a la Virgen de Las Mercedes el cura Ubaldino Córdoba registró su nacimiento en la partida 1421. Afirma:

“En la parroquia de Guararé á diecinueve de Noviembre de mil novecientos veintidós, yo el Cura bauticé solemnemente una niña que nació el dieciséis de octubre último, hija de Emilia Nieto á quien puse por nombre Lidia. Abuelos maternos Santiago Nieto y Águeda Muñoz. Fueron padrinos Dolores Zarzavilla y Aleja Saavedra á quienes advertí sus obligaciones y parentesco”

Ella casó con Pastor Vásquez y la pareja aportó a la comunidad una prole numerosa: Olga, Oreida, Orlando, Otilia, Osvaldo, Omiceida, Oreste, Oderay y Onilda. Se trasladó al poblado con su esposo en el año 1940, joven, con apenas 17 años. En la constancia parroquial del matrimonio eclesiástico se ofrecen detalles de los contrayentes a quienes une en el sagrado vínculo el sacerdote Ubaldino Córdoba, el mismo que la había bautizado casi dos décadas atrás. Así lo confirma el presbítero:

“En la parroquia de Guararé, á ocho de Mayo de mil novecientos cuarenta, se presentaron ante mí con el objeto de practicar información canónica para contraer matrimonio los señores Pastor Vásquez y Lidia Mendieta, el primero es hijo natural de José Vergara y Práxedes Vásquez, de veintiocho años de edad, y la segunda es hija natural de Manuel Mendieta y Emilia Nieto de diecisiete años, ambos pretendientes son solteros, católicos naturales y vecinos de esta parroquia y saben  los principales rudimentos de la doctrina cristiana. Como testigos presentaron á los señores Domingo Espino y Augusto Pérez, mayores de edad, naturales y vecinos de esta parroquia y sin generales de derecho, quienes bajo la gravedad del juramento declararon que los conocen de vista, trato y comunicación, que son solteros naturales y vecinos de esta parroquia, y que no tienen ningún impedimento, lo que consta también de la exposición reservada de los pretendientes, para constancia firman todos conmigo”

De aquellas nupcias han transcurrido ochenta y dos años, y aún los descendientes Vásquez Mendieta reciben la gracia divina de poder encender la velita número cien de la vida terrena de la señora Lidia, conmemorando su centenario. Yo que tengo la dicha de conocerla y de valorar la seriedad del matrimonio que forjó, visto a través de la vida proba de sus hijos, me regocijo de poder escribir esta cuartilla para una mujer que representa, en mi pueblo natal, el valor de la virtud, la responsabilidad y la maternidad bien entendida.

 

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En las faldas de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 5 de octubre de 2022.


03 octubre 2022

YA PASÓ EL FESTIVAL NACIONAL DE LA MEJORANA…

 


Ya pasó el Festival Nacional de La Mejorana, y ahora qué, me pregunto. Lo más fácil es esperar a que llegue el otro certamen, cargado de danzas, fondas, reinas, estrados, acordeones, carretas, mejoranas y demás expresiones de la cultura vernácula. Sin embargo, para quienes miran más allá del horizonte común, la temática se torna preocupante, valorando los indicadores socioculturales en una época preñada de cambios sociales. Ya en los años sesenta Dora y Manuel reflexionaban sobre la adulteración del folklore, con lo cual hacían referencia al encuentro entre culturas y la pérdida de la identidad.

Transcurridos siete décadas de aquellas meditaciones, la sociedad y la cultura de antaño supera con creces lo que ellos vivieron, particularmente Manuel Fernando de Las Mercedes Zárate, fallecido en 1969; porque las transformaciones sociales han impactado hasta el tuétano al hombre folk, al campesinado de los pueblos y campos interioranos. Encontrar un ente folk, tal y como los esposos Zárate lo vivieron, es tarea casi imposible. Lo que implica no sólo la inexistencia del escurridizo ser cultural, sino la necesidad de otra concepción teórica del folklore como ciencia.

El Festival Nacional de la Mejorana se enfrenta a un gran desafío. A saber, la destrucción de la base campesina de donde procede, la comercialización de las manifestaciones folklóricas, en una nueva sociedad que se rige por las reglas del mercado. Por este motivo hay que encontrar los elementos estructurales que subyacen en la organización del evento folklórico, si es que en realidad aspiramos a que la festividad se mantenga y pueda continuar con su rol de valoración cultural.

De lo dicho se colige que el nuevo festival no puede desconocer tales transformaciones, porque su futuro depende de que pueda adaptarse a tales cambios sin renunciar a su razón de ser. Es decir, mantener el fondo de la actividad, aunque la forma no sea exactamente igual a la de antaño.

Lo que ha de ocurrir con el festival ya no es sólo un tópico del patronato y del pueblo de Guararé, la temática se ha constituido en una asunto de Estado. Los gobiernos deben comprender que la preservación del Festival Nacional de La Mejorana es prioridad nacional, y no sólo por la temática financiera, sino por el mantenimiento autonómico del grupo que lo hace posible. La organización implementada en Guararé -el patronato- ha demostrado ser el medio adecuado para el fin deseado y eso no debe ser alterado.

Los elementos estructurales de la fiesta folklórica guarareña son el patronato, la reina, el desfile de carreta, el evento taurino, los concursos folklóricos, la actividad religiosa y las delegaciones que a ella concurren. Cada uno de ellos debe ser repensado, revisado los reglamentos existentes y analizados en función de las finanzas y la fiesta campesina. Esta reingeniería es necesaria y urgente, aunque teniendo siempre presente los objetivos que dieron orígen al festival, porque lo único a lo que no se puede renunciar en la fiesta guarareña es a la filosofía zaratista, la visión que en ninguna circunstancia debe dejar de guiar al más representativo de los festivales nacionales, al evento que es la cumbre y cita de la panameñidad.

30/IX/2022.


31 agosto 2022

LOS FALCÓN, EL MANGOTE Y EL PUENTE DE PORRAS

 



1. La carretera Dr. Belisario Porras, mejor conocida como Divisa - Las Tablas, tiene una historia poco analizada. Y menos conocemos aún sobre los caminos por donde transitaron, en la Colonia, los habitantes del actual Azuero. En realidad, las vías de comunicación modernas comenzaron al inicio del siglo XX, porque hasta tales calendas no hubo grandes avances y la conexión con la ciudad de Panamá se realizaba por veleros y, luego, por motoveleros.

Todo cambió con la administración del Caudillo Tableño, porque al inicio de los años veinte la carretera porrista rompe con el asilamiento de siglos. A propósito, en la región aún quedan algunos monolitos a la vera de los caminos, los que son testigos de aquellos primeros momentos, fecha cuando el olor a gasolina y el ruido de máquinas despertó del letargo a la rural y tradicional sociedad peninsular.

 

2. Hace algunos años, en plena realización del Festival Nacional de La Mejorana, conversaba con el doctor Carlos Falcón Bustamante, aprovechando esas pausas que permite el evento folklórico. Porque entre tambor y tambor, el baile de la reina y las delegaciones, el tópico giró sobre la carretera que construyó Porras y sobre lo que quedaba de ella. Entonces, el amigo Caito, que tal es el mote del profesional de la veterinaria, me indicó que próximo a los terrenos que la familia posee en el sector de El Cruce a Sabanagrande, todavía existe un puente de la administración del Hombre de Levita, por lo que quedamos en visitarlo. Sin embargo, debido a la pandemia y otros eventos, la excursión se pospuso hasta que un buen día, casi sin quererlo, la hicimos posible.

 

3. Y llegó el día, fue un domingo mientras desayunábamos en el restaurante que está próximo a la entrada de Guararé. Una vez terminado el ágape matutino, decidimos tomar la ruta hacia el lugar en donde yace el indicado puente de la administración Porras. Atravesamos el río Guararé y recorrimos el área de Ciénaga Larga, comunidad que debe su nombre al fangal que existía antes de la construcción de la carretera. A poco rato arribamos a las proximidades del Cruce a Sabanagrande, en la zona guarareña en donde antaño existían sitios con denominaciones cuasi mágicas: El Tiesto del Botijo, El Pavital, La Calzada, El Mangote, El Azulillo, El Espavé Mocho, La Paloma y hasta el camino antiguo de El Volador e incluso topónimos tan cargados de leyendas como cerro El Macho.

Arribamos al sitio entrando por un callejón algo lodoso, en donde, de un lado, existen potreros y huertas pletóricas de cocoteros, algunos árboles y otras plantaciones. Del otro sector, aparece una arboleda casi virgen, con árboles y lianas que compiten en la búsqueda de la luz, mientras una pequeña quebrada discurre por el acuoso sendero. No hay dudas de que la naturaleza se tomó la carretera vieja, en este pequeño vergel que se constituye en muestrario de la vegetación de antaño.

Oculto en el paraje bucólico está la edificación porrista. Al mirar con más detenimiento, el observador se percata, debido a la disposición de las cercas, que sigue trazada la ruta carretera de los años veinte del siglo pasado. El pontón está en perfectas condiciones, con dimensiones aproximadas de cuatro metros de ancho por igual medida de largo, solo carece de la placa que señalaba la autoría de la Junta Central de Camino. Por lo demás, es de construcción sólida, con bases edificadas para la posteridad, tal vez construido en el año 1923, como lo atestiguan los hitos que aún existen en otros lugares.

Debajo del puente transcurre la quebrada y sobre este ha crecido la  vegetación, en especial de musgos y líquenes. En la soledad de ese paraje maravilloso, el escenario que ha guardado la naturaleza muestra la riqueza arbórea que antaño tenía la costa peninsular.

 

4. El puente porrista, aún intacto, tiene un gran valor, no sólo histórico, sino ambiental y turístico. El entorno en que se encuentra debería ser preservado, al igual que rescatar el espacio que ocupaba la carretera de los años veinte; porque en otros lugares, en donde he visto tales construcciones, el entorno ha sido deforestado, como en el caso de los puentecitos que existen en la vía al puerto de Mensabé.

En este paraje estamos ante la posibilidad real de realizar excursiones, tanto de estudiantes como de turistas propiamente dichos, los que podrían estudiar y observar in situ lo que fue la carretera porrista. Además, con el añadido de apreciar la vegetación de la zona y tomar conciencia de la vieja ruta carretera que no necesariamente coincide con la actual. Sitio ideal para hacer docencia sobre la trascendencia de la administración del doctor Belisario Porras Barahona.

La naturaleza nos ha hecho el gran favor de ocultar el puente de la cultura destructora que existe en el país; y el próximo año se cumplirá el primer centenario de estar allí, construido gracias a la visión progresista de un verdadero estadista de tuerca y tornillo.

Y nunca faltan panameños que comprenden lo que tienen y ven, como los hermanos: Manuel, Carlos Javier y Omar Ernesto Falcón Bustamante, gracias a los cuales he tenido el privilegio de visitar un lugar de tanta relevancia para los istmeños, allí en el sitio de El Mangote, en donde se respira y flotan efluvios de panameñidad.

31/VIII/2022

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19 agosto 2022

TRAGEDIA AMBIENTAL EN CERRO QUEMA

 

Con una altitud que ronda los 959 metros sobre el nivel del mar, el promontorio de cerro Quema está próximo a cerro Canajagua, que se eleva a 830 metros. Es decir, el primero tiene 129 metros más que el segundo y ambos ocupan una posición casi central en la península de Azuero. Los mineros ven en cerro Quema oro, cobre y otros metales, mientras que para quienes habitan la zona son símbolos de identidad cultural, emblemas tectónicos del santeñismo. Están allí desde el inicio de la era Cenozoica, en la sierra del Canajagua, hace 60 millones de años, aproximadamente. Ante cerro Quema hay dos miradas distintas, una centrada en las moneditas de oro y, la otra, ligada a la cultura mestiza de más de medio milenio de existencia. El cerro se siente distinto, dependiendo de si le miramos desde la cartera o el corazón.

Los santeños han venido demostrando las inconveniencias del proyecto minero de cerro Quemo. Y en ese andar llevan más de dos décadas de denuncias y luchas; mientras los gobiernos miran hacia otro lado y parecen agentes de la empresa minera, antes que defensores del ambiente y la calidad de vida del azuerense. En esa veintena de años el proyecto ha pasado de unas manos a otras, aunque el dinero sigue fluyendo para quienes se benefician de los derechos de exploración y explotación, no importa el nombre que tenga el proyecto, porque así es de leonina la legislación minera nacional, la que hace posible semejante atraco al erario nacional.

El estudio de la región demuestra el estado calamitoso de la ecología regional, situación que clama por medidas y políticas de Estado para contener la destrucción de los bosques, la fauna, la contaminación de los ríos y el creciente exterminio de los productos marinos. Sin embargo, la empresa y el gobierno hablan de protección a la inversión extranjera, la generación de empleo y otras argucias semánticas, como en el caso del llamado desarrollo sostenible.

Por donde se analice el proyecto minero resulta insostenible. Ya sea en el orden económico, ambiental o político, construir la mina a cielo abierto es un despropósito en una zona con los problemas ambientales que ya padece. Devengar un 2% de la ganancia bruta es un atraco al fisco, en un país cuya fortaleza no radica en los minerales, sino en su posición geográfica, la biodiversidad, el comercio y el estímulo al mejor activo que tiene la nación: su gente.

En otro momento he sostenido que la explotación de la mina de cerro Quema es una puñalada trapera al corazón de la península de Azuero. Es un acto ruin y deleznable para una sociedad que no merece, de parte de la empresa y del gobierno, un proceder tan sádico. Así lo afirmo, porque no existe desconocimiento de los graves problemas ambientales de la región, y aún así se insiste en la minería, para instalar la cloaca ambiental en el área en donde nacen los principales ríos, corrientes fluviales de las que depende la economía y la vida de la región.

La empresa intenta acallar las conciencias acercándose a los políticos, regalando migajas (pomposamente llamadas regalías); obsequiando a hospitales, deportistas y otros grupos sociales cuyas necesidades les doblega y les hace extender la mano pedigüeña, bajando la cabeza como el mendigo ante su obsequioso donador. Y el engaño es tan deleznable, como para ocultar a la población que tales regalos salen de la misma mina que le pertenece a los istmeños. Los dueños -que no saben que lo son- les agradecen a los que se apropian del mineral con el que pagan las “donaciones” que entregan a los incautos.

El hermoso cerro Quema, emblema peninsular, está en la mira de los mineros, la angurria y la miseria humana. Transitando en la carretera hacia Tonosí, le miro y pienso en la tragedia que representa, porque no se trata sólo de detener la depredadora y desalmada minería, sino de las secuelas para la sociedad, la cultura, el ambiente y el futuro de la región. De la empresa y el gobierno no espero nada, mucho del hombre peninsular, de su altivez, orgullo y decencia ciudadana.

18/VIII/2022


15 julio 2022

GUARARÉ, ALFREDO GUTIÉRREZ Y DORINDO CÁRDENAS

 


Fue el jueves 14 de julio de 2022, efeméride de la Revolución Francesa, en la noche, mientras el país hacía una pausa en las protestas ciudadanas, la alcaldía y el pueblo de Guararé, rendían tributo al tres veces rey vallenato, Alfredo Gutiérrez Vital (17/IV/1940) y a Daniel Dorindo Cárdenas (14/II/1936); la mancuerna que colocó en el pentagrama mundial la famosa melodía de El Poste de Macano Negro, el primero, al concebirla y, el segundo, al ejecutarla y convertirla en un éxito de talla mundial. Desde entonces XV Festival en Guararé brilla en el firmamento musical latinoamericano.

El evento no se pudo posponer por los múltiples compromisos del colombiano y, además, porque es de hombres de bien el ser agradecidos y reconocer la inteligencia donde quiera que esta se encuentre. Por eso esa noche fue memorable, porque además de los acordeonistas indicados, también estuvo allí el otro Alfredo, el Escudero, indiscutible ejecutante de la cumbia panameña en la modalidad que más se aproxima a la original y clásica.

Hay muchas cosas en común entre Dorindo y Alfredo, uno nacido próximo a la península de La Guajira -mirando al Atlántico- y, el otro, nacido en Azuero, la otra península que se interna en el Pacífico. Próximos en edades, apenas cuatro años de diferencia, proceden de formaciones sociales similares; áreas rurales llenas de tradiciones y en donde el folklore es el plato del día. Gutiérrez y Cárdenas, forman parte de la gente humilde que ven en la música la oportunidad que se les niega en otras áreas sociales. La ven, la sienten y la aprovechan.

Los une la inteligencia musical y la complicidad de clase social. Porque si por Colombia crece la leyenda de Francisco El Hombre, por acá, por la sabana antropógena y la tímida cordillera, nace Gelo, el santeño que catapulta el acordeón y lo saca, junto con Dorindo, del ostracismo de la sociedad de la exclusión, para que el hombre del campo comprenda la validez de su cultura campesina.

No me extraña que el Parque Bibiana Pérez estuviera lleno. Y allí estaba don Alfredo, jovial, sencillo, charlando con todo el mundo y posando para los visitantes que no perdían ocasión de fotografiarse con la leyenda viviente de Colombia, también llamado “El monstruo del acordeón”. Tuve ocasión de conversar con él sobre las vicisitudes que pasó para poder grabar la canción de Dorindo, hasta que el director de Discos Fuentes la espetó a uno de sus subalternos, que se negaba a grabarla, que tenía “m…a en la cabeza” y que esa canción sería todo un éxito. Lo demás es historia.

El reconocimiento también incluyó a Dorindo Cárdenas, compadre de Alfredo, quien interpretó su éxito casi al final del evento. Verlos a ambos en la tarima de espectáculos del Festival Nacional de La Mejorana creó un ambiente especial, cuasi mágico, al poder apreciar a dos acordeonistas latinoamericanos a quienes debemos tanto los que habitamos esta parte del continente.

Alfredo y Dorindo son encarnación de sus respectivas tierras, flores de nuestras culturas, de la costa caribeña colombiana y la nación peninsular, reservorio de la panameñidad. Por eso para mí fue inevitable pensar en los estudios del barranquillero Orlando Fals Borda con el que aprendí a conocer los fundamentos reales de esa tierra colombiana de Shakira y Carlos Vives, laboratorio sociológico y literario de Gabriel García Márquez.

Eventos como estos tienen que repetirse, porque hay que convocar la inteligencia, abrirse al mundo sobre lo que somos y compartir con otras sociedades las muchas cosas que tenemos en común, porque Guararé puede ser una ciudad pequeña, pero no puede negarse que es un gigante cultural, ya que la semilla zaratista cayó en suelo fértil y brilla con el esplendor del guayacán en pleno estío peninsular.

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15/VII/2022

 

 

 

10 julio 2022

LA DÉCIMA EN LA CULTURA PENINSULAR (A propósito de la presentación de un libro)


El cantar es tan viejo como el hombre, incluso aparece antes de que este existiera, porque los sonidos son previos al homínido y de alguna manera la naturaleza canta en el viento, las aves, el rumor de las olas del mar y en el lenguaje de los animales. Por esta razón es tan vital el cantar en el hombre; como medio de acercarse al otro, de expresar sentimientos y de no sentirse solitario en el mundo. Ya sabemos que el intento de petrificar el sonido, de hacerlo perenne, dio paso a la escritura y al pentagrama musical.

Con el tiempo la música se hizo propia del grupo humano y le dio identidad comunitaria; así nacieron las coplas, los himnos y todo un simbolismo cargado de alegrías, tristezas y ensoñaciones. Luego vino el encuentro de esos cantares, de la música, de los escritos y el préstamo cultural se hizo inevitable, porque ayer como hoy, como dicen los nicas, “el que tiene más galillo traga más pinol”.

Así le aconteció al santeñismo, esa forma tan propia del hombre que mora en la península con apellido de colombiano santanderista. Aquí, el amasijo de lo hispánico, indígena y del negro colonial parió a un nuevo personaje, al que hemos llamado santeño, herrerano, azuerense, peninsular y orejano.

Al estudiar la región se percata el investigador, que no obstante el influjo indígena y del negro colonial, en la zona lo hispánico es dominante, hegemónico; porque el poder siempre residió en el grupo criollo y luego mestizo que controló los resortes de la vida; desde la tierra, pasando por los puestos burocráticos y el control religioso del catolicismo. Porque si hay un factor trascendente en esta parte del país, viene a ser la ética de lo católico, al moldear con valores sociales occidentales al campesinado de la colonia, la unión a Colombia y la era republicana.

Luego de cinco siglos, quinientos años de caminar junto al Canajagua y El Tijera, estamos llenos de íconos de nuestra cultura de ascendencia campesina; porque aún hoy, debajo del barniz de la civilización, del doctor, magister, licenciado y bachiller, está el campesino de la casa de quincha. Un ser pletórico de gastronomía, bailes y danzas, santeñismo que aflora en nuestros símbolos culturales: el Canajagua y Quema, Porras y Zárate, Ofelia y Bibiana, la reina María y Ñiqui Ñaque con su canto vernáculo: “Anoche te vide un piojo y no te lo pude cogen, qué piojo tan atrevido en dónde se ha ido a meten”.

Hemos tenido de todo, desde la vida bohemia de Claudinita y la reina María, hasta la literatura de Sergio, Oscar, Moscoso, Ofelia y Zoraida, así como los hermanos Saavedra Espino (Leonidas y José del Carmen), así como el eco sonoro, en la austral Pedasí, del Buchí de Antonio Moscoso.

En nuestra tierra la organización campesina -la junta- se hizo cooperativa y la cooperativa fue la junta por otros medios, institucionales y burocráticos. De esta manera fueron surgiendo expresiones culturales e históricas que la música también hizo suya, con instrumentos inicialmente rústicos, como la bocona, la mejorana, el tambor, la caja, los timbales y la excelsa expresión de la décima, escrita y cantada. Todo para que Gelo y Dorindo llevaran la cultura peninsular adherida a los fuelles del acordeón, tanto como las notas musicales están adheridas a la garganta de Eneida Cedeño, “La morenita de Purio, y Eutimia González, “La brujita de El Pedregoso”.

Y cuando el grupo humano se vio amenazado por los de aires foráneos, novedosos y atractivos, apareció el momento de la interpretación basada en la razón, aunque sazonada con los latidos del corazón. En esa coyuntura histórica el campesinado y los hombres de las pequeñas ciudades sacaron a relucir el arma de la inteligencia, como si fueran erizos que sintieran amenazada su integridad. Es el tiempo de Dora Pérez y Manuel F. Zárate, así como de una pléyade de entes folk que florecen en los festivales folklóricos de La Mejorana, La Pollera y El Manito. Dicho sea de paso, las tres icónicas festividades que en modo alguno debieran ser retadas por otras fiestas de menor calibre, carente de filosofía social, incapaces de transcender el eco del volador y la tauromaquia peninsular, pero atentas al antiguo doblón aurífero y colonial.

En el espacio del encuentro con nosotros mismos, ocupa un rol relevante el papel de la décima y la copla en Panamá. No por mera casualidad la expresión es el título del famoso texto, que, bajo el mismo nombre, publicaron los esposos Zárate.

En qué momento surgió en la zona el poema rimado, no lo sabemos. De lo que estamos conscientes es de su origen hispánico, del papel, en el siglo XVI, del poeta español Vicente Espinel a quien se le atribuye la gestación de la décima, en pleno Siglo de Oro español. La misma creación que, asumiendo su apellido, se conoce como espinela. Sin embargo, también se expresa en la modalidad de las provincias vascongadas, cultura vasca, en donde los trovadores o versolaris improvisan versos en una tradición de la que quizás sea parte constitutiva y heredera la modalidad peninsular que, en nuestro caso, se ha enseñoreado por los campos de esta tierra sabanera.

La décima hispánica, como ya hemos planteado, se ha hecho mestiza, como tantas otras expresiones de la cultura regional. Y aquello que puede constatarse en la campiña nuestra, en la composición y el canto de la espinela, expresa el bertsolarismo con sabor a changa, chicha de junta o adobo de res.

La décima y el canto, como la mejorana, son el fruto de ese encuentro de dos mundos; íconos peninsulares, la imagen escrita y cantada de lo que somos. De allí que la encontremos en el canto a lo divino, en la chacotería, en la exaltación a la mujer o como expresión de la congoja santeña, encarnación de la morriña gallega o la saudade portuguesa.

En verdad, es sumamente placentero ver al trovador, de evidente temple hispánico, colocado en la misma tarima junto a otro de semblante indígena o de rasgos de negro colonial. Hombre o mujer, Miguelito o Daira. Porque la mujer nuestra cantó décimas mucho antes que soñáramos con teoría feministas.

Si alguna vez en su génesis primaria, la décima pudo ser elitista, en aquellas calendas cuando la escritura estaba casada con el grupo dominante criollo, en la sociedad peninsular se hizo democrática, anti elitista e integrada a la cultura popular y vernácula.

En Panamá escribieron décimas los intelectuales, como Francisco Changmarín y Dimas Lidio Pittí, tanto como el campesino decimero que, al frente de una taza de café, mientras en los exteriores nocturnos la garúa cuela la silampa en la casa de quincha, él, sin saberse descendiente de Miguel de Cervantes Saavedra, roba una hoja al cuaderno escolar de su hijo para parir sobre la página rayada la inspiración que ha de cantar en la festividad sacra o profana.

La fiesta, la musa y la lingüística se matrimonian en la décima. Espinela para cantarle a la virgen, a la reina del festival folklórico o para exaltar la biografía de un ser probo y fecundo. Allí radica lo trascendente de la espinela, porque más allá del canto mismo, de la expresión folklórica, ella es la voz de la tierra e incluso la protesta soterrada del abandono social.

El decimero y la décima son nuestros, portadores de la poesía del hombre del campo, la encarnación de la herencia cultural que ya supera los cinco siglos de existencia y bajo ninguna circunstancia debiera ser abandonada, tirada a su suerte, mezclada entre la hojarasca de la modernidad.

En esa línea de proceder resulta estimulante y ejemplarizante el esfuerzo que realiza el Club de Leones de Guararé, organización de larga data, cuyos frutos múltiples son difíciles de emular. En especial, en una sociedad como la peninsular, mucho más volcada a la jarana por la jarana misma, al deporte como mercancía y distracción de problemas vitales, o a la simple loa de algunos políticos efímeros y coyunturales.

La mancuerna, entre esta noble organización de la sociedad civil y el Festival Nacional de La Mejorana, es la ruta para seguir, un sendero que ya tiene más de medio siglo de transitar. Los leones rugen desde Guararé, esta vez en la sabana antropógena, a la orilla del río homónimo, no solo de Manuel y Dora, sino de los cantadores de mejorana, de los escritores de décimas con quienes la nación aún está en deuda.

La publicación de DÉCIMAS DE ORO, en poco menos de cien páginas, compendia las décimas ganadoras de concurso que anualmente el Club de Leones guarareño convoca en el marco del Festival Nacional de La Mejorana. Con muy buen tino las décimas vienen precedidas de comentarios de Mara Olimpia García Castillero, David Vergara García y Antonio Pinzón Del Castillo. Sin olvidar el aporte, en otros avatares de Melvin Espino y Rogelio Bustamante. Así como la presencia solidaria del equipo directivo y el resto de los Hermanos Leones.

Desde todo punto de vista la presentación del libro es un rotundo acierto. Y luce no solo certero, sino oportuno. Nace en plena coyuntura histórica de la globalización, del encuentro con otros mundos, cuando la evolución de la cultura es inevitable y necesaria, y debemos asumir el riesgo de desdibujar la personalidad colectiva que heredamos de nuestros antepasados.

Nadie duda que hay que abrirse al mundo, al desafío que ya avizoraba el ente folk de antaño y que, por ausencia de una teoría integral y explicativa, quedó registrado en las décimas de Min Domínguez, Ubaldino García y otros cultores del género. Y como no podemos construir en Divisa una muralla China para contener el cambio social y cultural, lo inteligente estriba en sostener, conservar y proyectar aquellos elementos estructurales de la cultura criolla.

Entre tales elementos fundamentales brilla la décima escrita y cantada. Para ese logro necesitamos no sólo investigación seria y bien pensada, alejada de fanatismos y de deseos de figuración, sino la existencia de políticas de Estado y de mecenas que estén dispuestos a apostar por la inteligencia, el buen gusto y la valoración de lo que somos.

A la décima la amenaza no solo el influjo de lo foráneo, en lo que el mismo pudiera tener de negativo, sino desde el mismo guacho cultural que proviene de nuestra propia sociedad peninsular, hedonista y excesivamente fiestera. Al contrario de lo que observamos, debemos permitir que fluya la décima auténticamente popular, aún con imperfecciones métricas y gramaticales, paralelamente a esa otra de corte académico o culto. La última, la de toga y birrete, no debe arrinconar a la de pollera y camisilla. Aquí vale aquella sabiduría popular que pregona: “Cada loro en su estaca”.

Debemos comprender que nuestra defensa radica en la existencia de ambas, en un mundo en el que las emociones se divorcian de la razón; porque en el siglo XXI hay muchas cosas en el asador. Esperemos que triunfe la inteligencia, que la décima y la copla sigan siendo nuestro estandarte, porque ellas abanderan el canto de lo que fuimos, somos y deberíamos ser. Como santeño y guarareño me alegra que el Club de Leones haga coro en la tuna correcta y que camine al lado de su gente. Ese es su deber institucional, llevar en la diestra una vela encendida y en la izquierda, acurrucado contra el pecho, el libro de décimas. La tuna de la inteligencia no puede dejar de cantar, porque la décima es el cuenco en el que se cobija la panameñidad.                                                   

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5/VII/2022

 


27 junio 2022

450 AÑOS DEL SANTEÑISMO PENINSULAR

 

A lo largo del tiempo he escrito sobre este fascinante tópico, y el empeño heurístico no obedece a regionalismos miopes, mucho menos a visiones aldeanas o alegrías de tunantes, sino al deseo de asumir el tema como un hecho histórico, cultural y sociológico cuyo ímpetu ha impulsado el desarrollo regional y nacional, además de ser el punto de partido para comprender la personalidad colectiva del ser que el doctor Belisario Porras Barahona describiera como el orejano.

El próximo 10 de noviembre se cumplirán 450 años de la existencia de ese santeñismo. si partimos de la admisión, por parte de la Audiencia de Panamá, de la fundación de la Villa de Los Santos, hecho acaecido el 1 de noviembre de 1569, pero reconocido formalmente el 10 de noviembre de 1572, acontecimiento del que deja constancia la investigación del doctor Alfredo Castillero Calvo, que publicó en el año 1971 (LA FUNDACIÓN DE LA VILLA DE LOS SANTOS Y LOS ORÍGENES HISTÓRICOS DE AZUERO).

Si bien 1569 es el año de fundación de La Villa, 1572 es el año en el que el emplazamiento poblacional pasa de una acción de hecho a otra de derecho; lo que supone que a partir de allí es cuando podemos hablar de los embriones del santeñismo y de la génesis del gentilicio santeño. Evidentemente que lo santeño se fue decantando en el tiempo y fue un suceso de larga evolución que eclosiona, quizás, hacia el siglo XVIII y que tiene su expresión política el 10 de noviembre de 1821.

Desde el siglo XIX, la zona que perteneció a la Alcaldía Mayor de Natá comenzó a ser dividida. Tales los casos de la provincia de Azuero, el departamento de Los Santos y luego el de Herrera, las que después, en el siglo XX, serán reconocidas como provincias. Este hecho ha tenido profundas consecuencias en la conciencia del santeñismo, ya que ha inducido a la población a creer que Los Santos es una entidad cultural distinta a la de Herrera, desconociendo que el hombre surgido del mestizaje colonial forma parte de la misma argamasa cultural. Las consecuencias políticas han sido devastadoras, ya que el área ha perdido fortaleza política y estimulado rivalidades, ahora sí, no pocas veces comarcales, en el pleno sentido del vocablo.

En la vigésima centuria lo santeño se mira como el área ubicada al sur del río La Villa y santeño es quien habita la provincia de Los Santos. Sin embargo, la conmemoración de los 450 años, desde una perspectiva histórica y sociológica, no puede mirarse desde las actuales circunscripciones político-administrativas; porque de lo que se trata es de concebir al grupo humano desde miradores más amplios y no continuar atrapados en la visión burocrática de épocas recientes, tirando en saco roto la existencia de la cultura e historia común.

He sostenido en otro momento que el santeñismo es un estilo de vida, una forma de ser ; una visión de mundo que se nutre de la ruralidad, de la orejanidad, el minifundio y el catolicismo, la decantación de lo hispánico, indígena y el influjo del negro colonial. Estamos ante la forma de ser de un hombre sabanero que inicialmente mora entre Santa María de Escoria y punta Mala, el mismo que luego se expande desde la región oriental hacia las sabanas occidentales del actual Mariato veragüense.

Sobran motivos para conmemorar la fecha, para reflexionar sobre lo que este grupo humano ha realizado a lo largo de 450 años. Hay que repensar la zona para mirarla con otros ojos y tener la capacidad de valorar las fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas en un mundo globalizado y con desafíos gigantescos.

Que la fecha no pase desapercibida es lo que se impone, porque el 10 de noviembre de 1572 es tan relevante como aquel otro de 1821. Ese día se institucionalizó la experiencia de vida de lo santeño, del santeñismo como forma de vida, producción económica, sentimiento, sociedad, cultura y orgullo patrio.                                                                                                                                

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13 junio 2022

SOBRE CHITRÉ Y OTROS PUEBLOS


Sobre los orígenes de Chitré poco se sabe. Encontrar sus antecedentes en el período colonial es poco probable, lo que podría plantearse como hipótesis de trabajo es que haya surgido producto del establecimiento en esa zona de familias de las coloniales poblaciones de la Villa de Los Santos y Parita. Sostener, por ejemplo, que el poblado está relacionado con la existencia de Cubita o Cubitá, antigua denominación del río La Villa y sitio que funcionó como reducto indígena a mediados del siglo XVI, resulta muy difícil de probar y no hay documentación que así lo confirme.

Lo mismo acontece con el origen de vocablo Chitré, sobre el que se han avanzado las explicaciones más inverosímiles, todas ellas en esa tendencia tan perjudicial de elucubrar sobre temáticas que no se conocen ni se dominan. Sí, porque en nuestra zona predomina la tendencia a encontrar supuestos abolengos o raíces que nunca existieron.

Al parecer no queremos admitir que, en la península, como en la mayoría de los pueblos istmeños, nunca hubo un acto fundacional al estilo de Panamá La Vieja o Natá de los Caballeros. En la zona el único pueblo del que se tiene la certeza de la fundación es la Villa de Los Santos, del que tampoco se conoce la existencia de una parafernalia fundacional, solo que, debido al pleito con Natá, al establecer el asiento, quedó constancia escrita de la fundación el 1 de noviembre de 1569.

Las leyendas han predominado sobre la ciencia de Clío, y todo ello es comprensible, porque mientras la historia no era una ciencia predominante, había que tener alguna explicación sobre el pretérito. Hay que decir, igualmente, que a algunos no les agrada que venga a derrumbarse lo que les enseñaron en los centros educativos y miran como una osadía a quienes, apertrechados de mejores instrumentos de trabajo, plantean lo contrario de lo conocido. Tal y como acontece con Las Tablas, de la que se ha dicho que fue fundada el 20 de julio de 1671, cuando no existe nada que de fe de ello y toda apunta que ello nunca se produjo.

Yo no creo que Chitré, y demás poblados que atraviesan similares situaciones, deban sentirse disminuidos por ello, por carecer de fecha fundacional, porque grandes ciudades del planeta desconocen su acto fundacional, si es que acaso la hubo. En el caso nuestro lo típico fue el establecimiento espontáneo, a la orilla de una ermita, por ejemplo, en casas que lentamente se fueron sumando por la misma evolución de la familia que moraba en el sitio y que luego los hijos se establecen contiguo a sus padres. Tanto es así, que aún en los pueblos de la península sigue predominando esa tendencia.

En este tema, como en otros, todo tiene su lado bueno. A Chitré, por ejemplo, le ha favorecido no ser un poblado de raigambre colonial, como Parita o la Villa de Los Santos, porque gracias a ello se mostró más abierto a los nuevos aires de renovación, que le llegaron en la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas de la vigésima centuria. Porque fueron los extranjeros los que renovaron la aldea que quedaba entre el río La Villa y el río Parita; en la encrucijada entre el puerto del Piñolarito, el este; Parita, al norte, Pesé al oeste y Villa de Los Santos al sur.

Desde entonces Chitré ha sido una ciudad comercial. Sin embargo, el desafío contemporáneo radica en convertirse en una ciudad fenicia, olvidando sus raíces y su cultura. Algo de ello se vive hoy, cuando la venta de baratijas está a la orden del día, al confundir el arribo de semáforos y centros comerciales con el progreso, olvidando la chitreanidad, con sus hombres de antaño y su legado cultural.

En esta última línea de trabajo están los centros educativos y organizaciones de la sociedad civil que deben comprender lo que ha sido Chitré, sin romanticismos que obnubilen el pensamiento. y honrando a un poblado que, aunque joven, ha dado muestras de valía y de progreso.

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13/VI/2022