martes, 19 de enero de 2021

GUARARÉ, CARACOL Y MAIZAL

 


El vocablo tiene musicalidad, sonido ancestral y evocaciones de sirena de mar. Yace allí, en la costa oriental de la península y desde la sabana antropógena mira la cima del Canajagua, el cerro de la identidad, el centauro que se yergue en lontananza y le premia con corrientes fluviales que calman la sed y enternecen el alma. Por sus tierras ha caminado el tiempo, y el viento que abraza los matorrales y los manglares con aroma a marismas. Y en la ría del Guararé pescaron y se bañaron hombres de piel cobriza, antes que los árboles se convirtieran en barcazas con la que navegar sobre la Mar Océano, mucho antes que el calafatear no contuviera el poder roedor de la tecnología que no diferencia entre hombres y amores marinos.

El pueblo se hizo con ruralidad y sudor de labriego, íngrimos en La Enea, Las Lagunitas, El Potrero, La Pacheca y, luego, el cuenco geográfico en el que se depositó la nueva esperanza, en esos días en los que se forjó el ágora del siglo XVIII, en la confluencia entre los viejos senderos de Las Tablas y Villa de Los Santos.

Siempre mirando al norte, Guararé, a los alisios que peinan cañaverales vestidos de virulís, risas de niños y sonar de de carretas y empeño del buey; mientras en la calle polvorienta trota el viejo compañero de labores, el alazán que suda en el trapiche y la paila de la dulce miel.

Cientos de años de emprendimiento haciendo la vida, hasta que otros aires trajeron otras cosas, novedosas y subyugantes. El templo rústico se posesionó de la tierra y empotró en ella la arquitectura religiosa de presbíteros, antaño distante y ahora presencial. Y ya no quisieron ser más el instrumento de otros, sino el derecho a ser también ellos, porque la identidad había madurado en la parroquia, el municipio y la libertad istmeña.

En la ruta hacia la conquista del Canajagua están los guarareños habitando El Espinal, El Montero, La Pasera, Perales, Las Trancas, El Macano y otros caseríos sitos en las faldas del promontorio para descender por las tierras de El Hato, Guararé Arriba, Llano Abajo y El Espinal sabanero. Todos juntos con el guarareñismo que se hace festival, mientras Bibiana sonríe desde el parque y se escucha el mugir de toros bravíos que se lidian en la plaza contigua, con la reina que La Mejorana bendijo con vestido blanco, tiznado con lodo de la atolladera.

Canto de pueblo alegre que bendice Mercedes arrullada por rezos, acordeones, violines y décimas; contenta con el pétreo homenaje a Juana y a Francisco, educadores probos. Y así será por los siglos, mientras las olas le rindan pleitesía, los caracoles jugueteen sobre la arena, la ría deposite sus aguas en el pacífico mar y los guarareños tengamos un hálito de vida.

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Bella Vista de Guararé, en la tienda de Mercedes y Alejandro, a 19 de enero de 2021.


 


martes, 12 de enero de 2021

EL CAUDILLO FRANCISCO GÓMEZ MIRÓ Y DOMÍNGUEZ DE LARA

 


 

La figura procera de Francisco Gómez Miró no ha sido suficientemente valorada, a pesar de su papel protagónico en los sucesos del 10 de noviembre de 1821 y su rol en la proclamación de la independencia de Natá de los Caballeros, hecho acaecido el 15 de noviembre de 1821. Con la honrosa excepción del estudio de Ernesto J. Nicolau, EL GRITO DE LA VILLA, publicado en el año 1961; libro que es de las primeras investigaciones que dan luces sobre el personaje, rescatando su entereza y valor ciudadano. La edición recoge las contribuciones del autor, algunas de las cuales proceden de la segunda década del siglo XX, cuando el istmeño investigó los hechos en los archivos de la Biblioteca Nacional de Bogotá, Colombia.

Desde aquellas calendas se atribuye Gómez Miró la autoría de una proclama, previa al 10 de noviembre de 1821, en la que llama a la rebeldía y al desconocimiento de la monarquía española, aunque, en verdad, no existe respaldo documental, más si inferencias de la patriótica alocución, quedando esa tarea pendiente de investigación.

En este opúsculo me centraré en los rasgos biográficos del ilustre istmeño, porque el establecimiento del perfil familiar permite comprender los entresijos de la rebelión liberadora más allá de la anécdota y produce una positiva valoración del desempeño de personajes luminosos del suelo patrio.

 Genealogía familiar

La biografía de Francisco Gómez Miró es exigua, como queda dicho. Entre los escasos aportes está el trabajo de Rodrigó Miró Grimaldo en el que se registran quienes parecen ser los antepasados del personaje que algunos llaman natariego, pero que en realidad todo sugiere que la ascendencia pudo estar en la tierra del Zaratí.[i] El hijo del poeta Ricardo Miró detalla que el Teniente Coronel José Antonio Miró y Rubini (nacido el 16 de enero de 1792 y bautizado en la Parroquia de San Juan Bautista de Penonomé) era hijo de Gregorio Gómez Miró(15/XI/1764) y de Josefa Carolina Rubini Meyner (13/IX/1775). Don José Antonio tuvo un hermano llamado Tomás Gómez Miró y Rubini, nacido en Panamá el 21 de diciembre de 1800 y casado en Lima, Perú, con María Joaquina de La Asunción Josefa de Carmen Quezada Velarde.[ii] Otro de los hermanos fue José María del Carmen Gómez Miró y Rubini, bautizado el 15 de julio de 1812 en el templo de Las Mercedes, San Felipe, Panamá. Así como Sebastián José Gómez Miró y Rubini, bautizado el 20 de enero de 1811. Los documentos parroquiales también consignan la existencia de Josepha Bartola Miró y Rubini, bautizada el 25 de agosto de 1806. Los tres últimos nacidos en la ciudad de Panamá, como queda dicho.[iii] Según otras fuentes existieron, además, dos hermanas: María Vicenta Josefa de Los Dolores Miró y Rubini (3/IV/1808)[iv] y María José Miró y Rubini, ambas residentes en Penonomé.[v]

El abuelo de José Antonio Miró y Rubini se llamó Francisco Gómez Miró y Guzmán (nacido en 1720), de profesión castrense, procedente de Orijuela, Valencia, España, y casado con doña Bernarda Domínguez De Lara Ortega (nacida en1733), panameña de madre natariega.[vi] De este lazo de unión matrimonial nacieron Gregorio José Gómez Miró y Domínguez de Lara (1764-1824), Matías Gómez Miró y Domínguez de Lara (1765-1789), María Florencia Gómez Miró y Domínguez de Lara (1766-1886), Rafael Gómez Miró y Domínguez de Lara (1762) y Francisco Gómez Miró y Domínguez de Lara, nacido probablemente en 1767, fecha que sugiere el análisis de los años en que nacieron los hermanos.

El último de los señalados, Francisco Gómez Miró y Domínguez de Lara, es el personaje que nos ocupa y quien se constituye en tribuno de la independencia de Panamá de España, adalid istmeño del Grito Santeño, como de la proclamación de la independencia de Natá de Los Caballeros y la adhesión de otros pueblos de las actuales provincias centrales.[vii]

De lo dicho se colige que el Teniente Coronel José Antonio Miró Rubini es sobrino de Francisco Gómez Miró, con lo que se aclaran algunas dudas sobre la progenie del adalid coclesano. En efecto, don José Antonio, fue un militar de ideas republicanas y liberales, demostrado con su participación en las luchas libertarias de Simón Bolívar, particularmente en la batalla de Ayacucho, acaecida el 9 de diciembre de 1824, cuando frisaba los 32 años. Este dato es relevante, al confirmar que algunos miembros de la familia Gómez Miró estaban abiertos a nuevos aires de renovación política, lo que permite comprender, también, la ideología del tribuno de la independencia interiorana; al tiempo que se precisa el origen de los personajes apellidados Gómez Miró, al inicio militares realistas, y luego avenidos a la causa republicana, tal como también aconteció con el prócer santeño Segundo de Villarreal.

Luego del proceso independentista, José Antonio Miró Rubini, fue Comandante Militar de los Cantones de Natá y Los Santos, según afirma Rodrigo Miró Grimaldo en el ensayo citado, falleciendo en La Chorrera el 14 de febrero de 1842, cuando el militar contaba con medio siglo de existencia.

A su vez, Francisco Gómez Miró, o como señala Gaspar Rojas Quirós, “el hijo adoptivo de Natá”,[viii] era un individuo maduro cuando participa en las lides libertarias, ya que rondaba los 55 años de edad, es decir, tenía algunos años   menos que el coronel Segundo de Villareal, nacido en 1760. De ello se infiere que pertenecían casi a la misma generación y es probable que entre ambos existieran fuertes nexos en lo que podríamos llamar el eje libertario La Villa – Natá.

En efecto, hay constancia de la participación de Gómez Miró en el acto realizado en Natá de Los Caballeros en la Proclamación y Jura de la Constitución Española de 1812.[ix] En la fecha previa al Grito de La Villa, Gómez Miró era hombre con experiencia, con vínculos sociales en su calidad de escribano público de Natá, en donde ejerció como tal en el año 1814, siendo vecino de Penonomé en 1808[x]

El patricio Gómez Miró tuvo algún tipo de ligaduras con la élite dominante de Santiago de Veraguas. Esto lo comprueba el hecho de que el sobrino, José Antonio Gómez Miró y Rubini, hacia el año 1827, se casara con Fermina Arosemena Barrera, de notable familia santiagueña. Tales conexiones sociales confirman que los Gómez Miró procedían de familias de cierta prosapia social e interaccionaban con los grupos hegemónicos de la época.

En Natá de los Caballeros Francisco Gómez Miro y Domínguez de Lara era una respetada figura pública, aunque no exenta de conflictos debido a su prestancia social y papel en la estructura de los grupos dominantes natariegos. Por ello, en determinado momento, se incoaron expedientes en su contra y se le acusaba de no cumplir con los preceptos cristianos, manipular las elecciones del ayuntamiento natariego, así como otras faltas que condujeron a la pérdida del cargo de escribano público y de cabildante, además de ser excomulgado.[xi]

El conflicto natariego, de inestabilidad política y de conflicto étnico, que se extendió de 1810 a 1821, también es un factor a tener en cuenta para comprender la postura de Gómez Miró, quien veía en la separación de Panamá de España un medio para superar las diatribas comarcales e impulsar las conquistas sociales contenidas en la constitución gaditana de 1812, cuya apertura democrática, lamentablemente tardía, tuvo gran repercusión en Hispanoamérica.

 Gómez Miró, el ideólogo y hombre de acción

Francisco Gómez Miró es un personaje central de nuestra independencia de Panamá de España y, diría más, un antimonárquico lúcido, y no solo de oposición emocional. Encontramos en él a un hombre de la campiña al que le duele, como a los demás, el atropello que realizan los realistas y el estado de postración social en que se encontraba el Istmo. Sin embargo, Gómez Miró, parece poseer un mayor grado de instrucción y de conciencia política, herramientas que le son de utilidad en una época en la que fenece la época colonial y asuma su faz el liberalismo como sistema político y económico.

El proceder del compatriota es propio del ideólogo imbuido de teorías políticas -en este caso de la Ilustración-, con el añadido del hombre de acción que no se contenta con las cosas del intelecto, sino que trata de promover los cambios que la sociedad necesita y aspira a lograr la fusión entre teoría y práctica, proceder que le conduce, inevitablemente, a una praxis de mayor compromiso sociopolítico.

La información que se tiene sobre el caudillo coclesano no permite mayores inferencias, porque se carece del necesario apoyo documental. Sin embargo, es evidente que su proceder deja entrever cierta maduración en la perspectiva política, algún grado de conocimiento de las teorías de quienes hicieron posible la Revolución Norteamericana de 1776 y la Revolución Francesa de 1789, transformaciones que la monarquía no pudo ocultar y que eran conocidas en nuestro país, al menos por los grupos sociales más favorecidos y un embrionario sector de pardos y otros estamentos sociales que permeaban los puestos militares y se enquistaban en la estructura burocrática. Sin olvidar, claro está, el influjo de los procesos de independencia capitaneados por Bolívar y, más próximo a nosotros, la emancipación de Centroamérica del 15 de septiembre de 1821.

Hasta aquí lo que se puede indicar sobre el caudillo Francisco Gómez de Miró Domínguez de Lara, o llamado simplemente Francisco Gómez Miró, uno de los precursores de la independencia de la Villa de Los Santos y Natá, hecho que repercute en otros pueblos del interior sabanero y eclosiona el 28 de noviembre de 1821, con la independencia definitiva de Panamá de España y la consiguiente anexión a Colombia.

Milcíades Pinzón Rodríguez

En las faldas de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 12 de enero de 2021.

 

NOTAS



[i] José Antonio Miró Rubini, soldado de Ayacucho”, en REVISTA LOTERÍA. #231, mayo de 1972, págs. 1 a 23.

[ii] Tomás Gómez Miró y Rubini falleció el 14 de abril de 1881 en Lima, Perú. En esa misma localidad sureña, murió su esposa, María Joaquina de La Asunción Josefa del Carmen Quezada Velarde, en el año 1883.

[iii] Las informaciones de los hermanos aparecen en los registros digitalizados de los grupos mormones de la Iglesia de Los Santos de los Últimos Días.

[iv] Según el acta de nacimiento fue bautizada el 7 de abril de 1808 en el templo de San Juan Bautista de Penonomé y tuvo como padrinos a Ana Meyner y a don Francisco Gómez Miró.

[v] Jaén Arosemena, Agustín. SILUETAS BIOGRÁFICAS DE ILUSTRES COCLESANOS. Panamá, 1961. Citado por Jaén Suárez, Omar. UN ESTUDIO DE HISTORIA RURAL PANAMEÑA. LA REGIÓN DE LOS LLANOS DEL CHIRÚ. Panamá: Impresora de La Nación, 1991, 237 págs. Ver cita 98, pág. 76.

[vi] Los registros indican que ambos fallecen en Guayaquil, Guayas, Ecuador.

[vii] Algunos de los datos sobre la familia de Francisco Gómez Miró son tomados de www.genanet.org.

[viii] Rosas Quirós, Gaspar. COCLÉ DE NATÁ. Panamá: Eupan, 1999, pág. 91.

[x] Ver Jaén Suárez, Omar. Op. Cit. Ver cita 98, pág. 59.

[xi] Mayores detalles de los hechos pueden consultarse en la investigación de Molina Castillo, Mario José. PANAMÁ, UNA SOCIEDAD ESCLAVISTA EN EL PERÍODO COLONIAL. Panamá: Imprenta Impresos Modernos, 2011, 313 págs. Ver pág. 236-244.


jueves, 7 de enero de 2021

MACARACAS: EPIFANÍA DE LA SIERRA

 


El hombre siempre creyó que debía existir alguna manifestación de los dioses y a tal expresión o revelación la denominó epifanía. Sí, estamos ante el anuncio de algo que va a ocurrir, como en el caso del cristianismo y la venida del Rey de Reyes. En consecuencia, buscó en la bóveda celeste el signo de lo que podría suceder, como en la estrella de Belén que persiguen Gaspar, Melchor y Baltasar, la que pregona el nacimiento del mesías anunciado por los profetas.
Por eso es tan relevante en la cultura peninsular la festividad de Reyes en Macaracas, independientemente de que no tengamos la certeza de su inicio y de los reales impulsadores del Drama de Los Reyes Magos, teatro popular de añeja existencia y que por su naturaleza lo más probable es que haya estado bajo el ala protectora de la Iglesia, mediante los presbíteros, los siervos de Dios.
Lo relevante es el lugar en donde aparece, encaramado en la antigua sierra peninsular, regado por el Estivaná y el río La Villa, teniendo como actores al pueblo llano. Es la misma Macaracas de los conflictos de mediados del siglo XIX, de campesinos desparramados por la montaña y que encuentran en la cresta de los cerros el embrión de la ciudad. Allí tiene su nido la epifanía de la sierra.
Macaracas es la epifanía campesina, poblado agrícola y ganadero que se toma los montes y siembra en ellos una promesa, la esperanza de lo que ya había acontecido en la sección oriental peninsular: la instauración de la cultura occidental que florece en el mestizaje y que se hace patria istmeña, melodía en el acordeón de Gelo Córdoba y por su vía se transmuta en evento sacro-profano.
Desde antaño ll hombre peninsular disfruta del Drama de Los Reyes Magos y acude a la cita del 6 de enero, porque siente que forma parte de sus querencias, del amor a la tierra y de respeto a la tradición. Sin embargo, el drama religioso no ha dejado de ser anuncio y manifestación. Ojalá no lo olvidemos y se convierta en otra epifanía, la que anuncia el derecho a la tierra, al trabajo fecundo y a la calidad de vida.
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En las faldas de Cerro El Barco, Villa de Los Santos a 6 de enero de 2021.

martes, 8 de diciembre de 2020

EL DEBUT DE ENEIDA CEDEÑO

 


La morenita de Purio, Eneida Cedeño (1923-2006), es un personaje de la historia musical istmeña, en su versión de canto de raigambre popular, propia de la modalidad en la que se canta acompañado del violín y el acordeón. Su voz de soprano marcó una época, la que transcurre desde los años cuarenta del siglo XX hasta mediados de la década de los ochenta de esa misma centuria.

En realidad, sobre los inicios formales de la santeña se sabe poco, porque nacida en los años veinte su voz no se dio a conocer hasta la década del cuarenta, como queda dicho. Y su impacto y emulación por otras colegas ha sido de tal magnitud que todavía en la época contemporánea, muchas cantantes de conjuntos de acordeones aún creen que se canta como ella, olvidando que esa tesitura de voz corresponde a Eneida y que las admiradores no tienen que vocalizar de la misma manera.

Deseoso de conocer un poco más sobre el personaje ha acudido en mi auxilio el testimonio de Miguel Tejedor (1930), quien a edad temprana le conoció y tuvo el honor de ser el primer empresario de fiesta que le contrató en la comunidad de El Limón de Santa María, provincia de Herrera, en julio de 1949. Los detalles de la entrevista los transcribo a continuación y son lo suficientemente ilustrativos como para abstenerme de largos apuntamientos. La entrevista se realizó el 29 de noviembre de 2020.

Afirma el entrevistado. “Le habla Miguel Tejedor, empezaré hablando de Eneida Cedeño y su primer contrato para cantar. Tengo el placer de ser el primero en contratar a Eneida como la mejor cantante típica de Panamá, para cantar los días 28, 29 de julio de 1949 en El Limón de Santa María. Nos cantó sin micrófono, no teníamos luz eléctrica. Regresó con nosotros el 28 y 29 de septiembre; allí la contrató Elías Felipe Villarreal para el 28 de noviembre del mismo año para cantar en el jardín La Flor del Tamarindo en Ocú.

Les diré cómo descubrí el talento de Eneida. En una fiesta de Santa Librada, en Las Tablas, los conjuntos típicos no tenían cantantes; las muchachas bailando cantaban y cuando se acercaban a los conjuntos seguían sus tonadas. Tomé interés en la voz de Eneida, le hablé y me invitó a su casa y allí me recibió con su sonrisa peculiar de ella. Me dijo que sí, que nadie la había contratado nunca y cantar para ella era lo que le gustaba. Eneida sigue con nosotros y para el 31 de enero la llevamos con Ítalo Herrera y yo diría que se le abrieron las puertas para una profesión tan fina, tan linda. La noticia se corrió y Toñito Sáez la contrató para el conjunto Estudiantina Sáez y Alberto Rodríguez, el cieguito, formaba parte de su conjunto y fue entonces cuando hizo la pieza Eneida. Muere Toñito Sáez y Eneida forma parte del conjunto Pluma Negra de Gelo Córdoba. Al morir Gelo, Eneida pasa a formar parte del conjunto Orgullo Santeño de Dorindo Cárdenas. Eneida continúa con nosotros, el conjunto nos tocó doce años más con Dorindo. Eneida se nos fue y nos dejó el cariño que ella sentía por El Limón y aquella sonrisa que nos dejó. Gracias Eneida”

De lo dicho se colige que la carrera musical de Eneida se inició formalmente en el mismo año que se crea el Festival Nacional de La Mejorana, esto es, en 1949. Esos primeros pininos le dieron confianza e impulsaron la carrera musical de casi cuatro décadas, período de tiempo que seguramente fue mayor, si tomamos en consideración la experiencia informal. Toda una proeza para una mujer cuya fortaleza logra retar los convencionalismos sociales e imponer su personalidad musical. Ejemplo de feminismo rural, el que, superando limitaciones, ha dado a Panamá hermosas melodías de la campiña, acompañadas de su saloma pletórica de identidad y orgullo patrio.

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jueves, 3 de diciembre de 2020

SIN PORRAS, PERO CON PORRAS

 

El doctor Belisario Porras Barahona, nacido en la ciudad de Las Tablas el 27 de noviembre de 1856, y fallecido en la ciudad de Panamá el 28 de agosto de 1942, era hijo del cartagenero Demetrio Porras Cavero y la tableña Juana Gumersinda Barahona De León. Llegó a ser, sin duda, el estadista más preclaro de la república de Panamá y ejemplo de presidente probo y de nobles propósitos.

Hombre de personalidad arrolladora y polémicas ejecutorias públicas, propias de quien veía al país con otros ojos, los del desarrollo y la redención. Panameño adelantado a su época y por ello no pocas veces incomprendido, en una nación acostumbrada a dirigentes políticos miopes y de ruines propósitos. Porras es el constructor del Estado nación, proyecto libertario que nació mediatizado y carente de las bases ideológicas a las que debió anteponer su credo político. El tableño, junto a otra pléyade de istmeños, hace del liberalismo la argamasa para mantenerlo unido, un laicismo progresista al que debemos los cimientos sobre los que se construyó la nobel república.

Después de El Caudillo, del Kaiser Tableño, hemos tenido muchos presidentes, como gajos de pipa en el palmar, pero ninguno como él, visionario y de acciones consecuentes con su ideario nacionalista. Que cometió algunos errores, sin duda, pero nada que opaque la lucidez de su legado patriótico.

En los tiempos actuales hay que estudiar a Belisario, conocerle, para emular su trayectoria, ahora que la nación naufraga en el mar proceloso de nuestros días, sin proyecto colectivo que guíe los pasos ni liderazgos ilustrados. Volver a Porras es urgente, en otro tiempo y con otras gentes, sin Porras, pero con Porras.

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lunes, 23 de noviembre de 2020

IR A BUSCAR EL VIENTO

 


En épocas pretéritas la estación lluviosa terminaba a finales de noviembre e inmediatamente comenzaba el estío peninsular. La naturaleza mostraba el arribo de la nueva temporada y un indicador de lo más llamativo era la presencia de los vientos alisios, esas bocanadas celestiales que impactaban la personalidad del hombre interiorano y que generaban en su alma campesina un conjunto de sentimientos encontrados; porque, además del verano, se aproximaba la Navidad, terminaba el período escolar y comenzaban las fiestas de final de año.

Y todo era posible porque en nuestra cultura campestre, con arraigados valores judeocristianos, hemos mezclado lo sacro con lo profano en un amasijo que en el fondo define la personalidad colectiva, la que fluctúa entre la religiosidad y el hedonismo, el canto y la congoja. De allí que la religión marcara la cosmovisión y terminara por dar explicación a sucesos del entorno natural y cultural.

Tal el caso de la añeja costumbre, ya en desuso, conocida como “ir a buscar el viento”. El evento acontecía en tiempo de santa Catalina de Alejandría, festividad religiosa del 25 de noviembre. Hacia esas fechas los paisanos organizaban giras hacia las playas del océano Pacífico; iban en grupos, algunos caminando, otros en carreta o a caballo, mientras cantaban viejos tamboritos y acudían a la costa peninsular a “buscar el viento”, a traer a tierra firme el céfiro de las playas. Aquello era una especie de perote panteísta, al estilo santodomingueño, para retornar después con el vientecillo a sus espaldas, gracias a que Eolo, como dirían los griegos antiguos, había escuchado las súplicas.

La actividad era una reminiscencia de tiempos pretéritos, sacra y profana, como queda dicho, y propia de sociedades en donde la ciencia era suplantada por el sentido común, el pensamiento prelógico y el goce de los sentidos. Hay en tal actividad ventosa como un anticipo de rudimentos meteorológicos y climatológicos, que en enero encuentran su cumbre cultural en la epifanía del 6 de enero y en la lectura de las cabañuelas, la vieja manera de pronosticar el tiempo entre celajes y arreboles.

En la era de la informática y las redes sociales, ya nadie acude a buscar el viento, porque esas son -dicen- consejas de viejos, estampas de folklore y locuras de campesinos. No sé si habrá algo de verdad en tales afirmaciones, lo que constato es cómo el hombre contemporáneo, al racionalizar el mundo, divorciado de natura, parece incapaz de escuchar el murmullo del viento en el cuenco de su alma maltrecha y acongojada. El bípedo peludo vive huérfano de humanidad e incluso temeroso de mirar la bóveda celeste o de sentir el soplo divino en la búsqueda del viento, esa brisa que le sería de gran provecho para tonificar su espíritu de ser montaraz y revestido de cosmética civilización.

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martes, 3 de noviembre de 2020

NACIÓN ISTMEÑA Y PROYECTO DE PATRIA

 


“Si me querei porque no me tumbai

O es que tenei pena de mi

O es que querei que te tumbe yo

Dame la mano por favor”

Mucho se ha hablado y escrito sobre el 3 de noviembre de 1903, histórico momento que recuerda la separación de Panamá de Colombia. Tanto, que en la mayoría de los distritos se ha hecho costumbre celebrar las llamadas adhesiones, eventos que en verdad acontecieron, pero que de alguna manera no tienen la relevancia que se les atribuye. Y es que noviembre se ha convertido en el mes de la patria, como comentan algunos, y no pueden faltar en la fecha los supuestos gritos, salomas libertarias que pululan por el suelo patrio y que emulan la vocinglería de la vernácula festividad de la junta de embarra, la cosecha de arroz o la tala para el sembradío.

En efecto, conmemorar la efeméride se ha hecho común, al punto que el evento festivo termina opacando la trascendencia del hecho histórico y se reduce, muchas veces, a la joven que mueve la pollera, la reina del evento, la carroza de carnaval, sin carnaval, o al ritmo pegajoso de los tambores y cornetas. Pero no más de allí, porque el hedonismo, la búsqueda del placer, siempre ha sido más poderosa que la razón ilustrada, así como la excusa perfecta para camuflar intenciones no tan patrióticas.

Sin embargo, el 3 de noviembre no es únicamente la invención de un grupo de hombres movidos por razones crematísticas, ni tampoco el puro corazón rebosante de patriótico sentimiento. La fecha es un hecho social y como tal ha de ser objeto de estudio, aunque algunos la miren como leyenda negra o suceso rosa, como engendro de la clase social dominante o como el alumbramiento de la partera que vino de allende los mares y que le interesaba, como gallina clueca, empollar la camada de pollitos y quedarse con algo más que el nido de la infante república.

El suceso que conmemoramos es el fruto del andar del istmeño en la búsqueda de la panameñidad. Y todo comenzó cuatro siglos atrás cuando Rodrigo Galván de Bastidas, en 1501, arriba a la costa atlántica, a quien le seguirá Colón, en similares correrías, en 1502. Lo que viene después es la conquista del Istmo, desde las tierras colombianas y darienitas, hasta los emplazamientos en el pacífico de Nuestra Señora de la Asunción de Panamá, la refundación de Natá y el trajinar, en la peninsular región, para que Parita, Cubitá y Villa de Los Santos se conviertan en la zona agraria de avituallamiento del área transístmica, que ya contaba con las perlas urbanas de la ciudad de Panamá, Portobelo y Nombre de Dios; mientras en el occidente istmeño los pueblos chiricanos forjan la chiricanidad,  amparados por la muralla del Tabasará y junto a la Veraguas colonial. En el otro extremo, en la región oriental, Darién inicia el letargo que por siglos la mantendrá alejada del protagonismo que tuvo durante el siglo XVI.

En rasgos generales así se conforma la geografía patria, con la codiciada cintura ístmica y el Panamá rural como apéndice de los interesas comerciales de los grupos dominantes de la zona de tránsito, añeja crucifixión que aún viven quienes moran en el Panamá orejano, periférico y todavía conectado al cordón umbilical de lo que acaece en la urbe capitalina, la ciudad que mira hacia afuera con ínfulas de cosmopolitismo.

A despecho de lo que acontece en la Sultana de Los Mares, el hombre mestizo, el que es producto de la fusión de españoles, negros e indios, siembra algo más que yuca, ñame, arroz y frijol; casi sin querer edifica la casa de quincha de la panameñidad, la vivienda que le permitirá protegerse de los aguaceros de la penetración cultural, de los repetitivos intentos por cosificarle, convertirle en ser desarraigado, para que se rinde ante quienes tienen una visión fenicia de la tierra de Justo Arosemena. Y en ese empeño, el interiorano no está solo, porque en el arrabal santanero también se cuecen quimboles criollos y lo popular entona su mejor canción.

Nade debe dudar que desde hace mucho tiempo somos nación, porque para algunos el sentido de pertenencia colectivo ya era patente a finales del siglo XVII, en cambio, para otros estudiosos, desde la primera mitad del siglo XVIII. Y tienen razón, porque aquí late la patria en la multiétnica nación que asoma su faz en san Felipe, en las feraces tierras chiricanas, en la Veraguas añeja, en las sabanas y serranías de los cholos coclesanos, el Colón histórico de antes y después Aspinwall, el Darién exuberante, la caribeña zona de Bocas del Toro y la nación campesina que dormita a la sombra del Canajagua y El Tijeras.

Todo ese mundo que hemos descrito apretadamente, eclosiona al inicio del siglo XIX, cuando Bolívar sueña con la América unida, una mujer de armas tomar le acompaña en la lucha, Manuela Sáenz de Vergara y Aizpuru, los sables resuenan en la distancia, mientras el caraqueño atraviesa los Andes y, lleno de emoción escribe, el 13 de octubre de 1822, “Mi delirio sobre el Chimborazo”

 

"Observa -me dijo-, aprende, conserva en tu mente lo que has visto, dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro del Universo físico, del Universo moral; no escondas los secretos que el cielo te ha revelado: di la verdad a los hombres". Simón Bolívar

 

Sin embargo, mucho antes, en el año anterior, en un rincón interiorano enclavado en la península que llevará el apellido de un colombiano santanderista, un grupo de patriotas llaman a cabildo abierto y tienen la osadía de retar el poder imperial de Fernando VII de España. Estamos en el amanecer del 10 de noviembre de 1821, fecha del llamado Grito Santeño, el hito histórico más relevante de la historia patria.

La efeméride peninsular recoge todo este sentir que resume la identidad cultural del istmeño. Porque de eso se trata, de que el 10 de noviembre es la conciencia de la panameñidad, el Panamá lleno de abrojos y cadillos, sudoroso y sonriente, con sabor a café con leche, queso blanco y changa recién asada. El Panamá rural y mestizo le roba los huevos al halcón que revolotea en la zona transístmica y le obliga a proclamar la independencia el 28 de noviembre de 1821; 18 días después que Rufina Alfaro, mito o realidad, se convierte en la más polémica de las mujeres istmeñas, al igual que la Marianne francesa o la colombiana Policarpa Salavarrieta, La Pola. Y ese será su karma de mujer campesina, ser aplaudida por unos y vilipendiada por otros, heroína de su pueblo y fantasma histórico para quienes, borrachos de cientificismo, le condenan al ostracismo, a borrarla del calendario de la nacionalidad por no lograr acreditar su origen de ser montaraz, de perdiz de la sabana y del rastrojo campesino.

El proyecto de nación independiente, inspirado en la Ilustración francesa, vivirá el día a día del siglo XIX, con conatos de independencia, fraccionamientos administrativos y geográficos, rebeliones en el arrabal santanero, conflicto entre liberales y conservadores, así como campesinos colgados de sus pescuezos en la herrerana plaza de Pesé por oponerse al conservadurismo reinante, con imperios deseosos de apoderarse de la cinturita istmeña, sin faltar los grupos defensores del Panamá hanseático.

Al final del siglo XIX y principios del XX, la Guerra de los Mil Días convierte en ruinas el país de Justo Arosemena, Pedro Goytía Meléndez y Belisario Porras Barahona. Y así arribamos al 3 de noviembre de 1903, suceso que es un encuentro de proyectos disímiles de república. Por eso, la génesis y conmemoración ha sido tan polémica, porque cada grupo o clase social tiene su propia concepción de lo que entiende por Panamá y el país vive en el siglo XX la pugna ideológica y económica por el reparto de la res pública, la cosa pública, como expresa la locución latina, que luego evoluciona al actual concepto de república.

Yo no tomo partido aquí, ni por la leyenda rosa ni por la negra, porque comprendo el entorno endógeno y exógeno en el que se produce el parto independentista, y constato que en realidad ha sido el siglo XX el escenario en el que se ha definido el entuerto de saberes y acciones contrapuestas, a través de los cuales se perfecciona el siempre inconcluso Estado Nación. Lo cierto es que el evento de 1903 es, también, la expresión política de la nación que así se expresó en 1821 y que se ha venido manifestando desde entonces.

El 3 de noviembre no es entelequia, una simple propuesta de los gestores, de los panameños que, en los albores de la vigésima centuria, por las razones que los hayan animado, hicieron posible una república mediatizada, pero república al fin. Pretender convertirse en jueces, verdugos o alabarderos de esos momentos primigenios, cuando osamos ser república, no deja de ser cómodo al mirar el suceso a más de un siglo de distancia.

A la altura del siglo XXI, el ponernos a lamentar por lo que pudo ser y no fue, tampoco es tarea improductiva, pero se impone, al mismo tiempo que escudriñamos el pasado, valerse de este para fomentar el Panamá que han soñado las diversas generaciones que han morado en nuestra hamaca ístmica. Hay que mirar hacia el ayer, pero no hay que echar en saco roto los desafíos del presente y las tareas que debemos asumir para ser responsables con el ciudadano del presente y del futuro.

Honrar el 3 de noviembre de 1903, así como las efemérides que le antecedieron y le hicieron posible, no es solo asunto de cornetas, reinados y tambores, como queda dicho. Porque si a la altura de la encrucijada histórica en que nos encontramos, los panameños nos interrogamos sobre lo que necesita la patria de Méndez Pereira, acaso podamos concluir que urge transformar el sistema educativo nacional, hacer del tema prioridad nacional, en el marco de un proyecto de nación que reduzca drásticamente la pobreza, ponga los recursos del fisco al servicio de la nación, con respeto al ambiente, al valor supremo del voto, respetuoso del sistema de justicia y de la puesta en valor de la cultura nacional.

Si como hemos planteado, las fiestas libertarias se concentran mayoritariamente en el onceno mes, teóricamente nos que el resto del año para honrar y hacer posible el sueño de los próceres de los siglos XIX y XX; alentando quimeras, si lo deseamos, porque nunca hay que subestimar el poder revolucionario de la utopía en el pecho de quien cuelga diplomas en el cuarto de estudio o descansa a la sombra del guácimo, luego de una agotadora jornada campesina.

En tiempo de globalización es un imperativo ético defender el legado de nuestros antepasados; sin poses demagógicas, populismos mesiánicos, ni liderazgos creados con la simple fuerza de la imagen reflejada en la pantalla del televisor. El istmeño que tenemos que forjar no puede ser un ser alienado, señorito satisfecho, ni mucho menos hombre light que mira las efemérides patrias pensando en qué colegio se presenta más rumboso y llamativo o para decirlo en el habla del panameño, quién se ve más pretty.

Debe quedar claro que el 3 de noviembre de 1903 es un alto en el largo sendero del perfeccionamiento como pueblo libre y soberano. Miremos al futuro con el pleno convencimiento de que el amor, sin frutos, es romanticismo decadente o, como dice nuestra gente, alegría de caballo capón. Por eso, panameños, recobremos el cauce que nunca debimos abandonar, valoremos nuestras gestas patrióticas, construyamos al istmeño que reclama la patria y, entonces, ahora sí, sintamos la emoción que vivíamos cuando niños y desfilábamos con la bandera tricolor que se agitaba en nuestras manos de infantes e interiormente cantábamos alborozados: Panamá la patria mía suelo grato encantador, abrazarte con gran júbilo quisiera, expresándote mi amor

 

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Disertación en Chitré, provincia de Herrera, el 3 de noviembre de 2020. Auditórium del Centro Regional Universitario de Azuero.


sábado, 31 de octubre de 2020

LA VILLA: ROCÍO Y CANDELA

La Villa es pueblo añejo y vino de buena cepa. Y la metáfora no es comodín para salir del paso y añadirle un aire poético al escrito. Hay que vivir aquí, en la Ciudad Heroica, para sentirlo en los recodos del alma y en los recovecos del corazón. Camine usted esas calles santeñas llenas de historia y escuchará muy quedo el ruido de sables, tañer de campanas, tropel en la plaza, risas juveniles, lamentos de amores furtivos, relincho de caballos y el imperceptible crujir de crinolinas de la que antaño moraba en señorial casa de quincha; mientras el ser mestizo, allá afuera, construye castillos imaginarios sobre la época que ha de venir. Mientras tanto, en el templo el clérigo lanza su sermón ante fieles que le observan junto a la maravilla dieciochesca del altar mayor; con angelitos tallados en madera y el silencio cómplice de gajos de uvas y el incienso que en espirales bendice el artesonado del siglo XVIII y recuerda la obra pía de la Niña Anita. Y allá en la torre, posada sobre la giraldilla, las golondrinas musitan su rezo canoro. Y solo queda mirar en lontananza, más allá del Cubitá, en el sitio en donde las aguas se besan con las salobres olas del mar. Que la Villa de Los Santos es ciudad antigua, que parece detenida en el tiempo, es verdad; y en ese soplo colonial radica su magia interiorana y la fortaleza de pueblo lleno de leyendas y de Rufinas campesinas, por los caminos de La Peña y las huertas del río milenario; tinaja de Natura, fuente inefable de la vida, de misteriosas ninfas que alguna vez jugaron con pececitos y peines de oro. Tal vez La Villa no necesita que le canten los bardos, que las mejoranas rasguen sus mejores torrentes, ni que los historiadores hurguen sus entrañas para develar secretos de arcano. Le basta con ser ella misma, la hija de Francisco Gutiérrez, la Libre Ciudad, la del 10 de noviembre y el cabildo abierto de 1821. Ella es la madre del terruño, precursora de la libertad y la nacionalidad, la que mira desde la sabana antropógena a los diablicos zapateando sones, la que amanece en la búsqueda de El Torito que alumbró el Lucero del Sur, siempre bien plantada para que el Corpus Christi siga siendo ofrenda eucarística de religiosidad y paganismo. En las noches de estío, el asiento sabanero mira a las estrellas que sonríen en la bóveda celeste, cómplices también de las plazas, calles y callejones bañados de rocío matinal. Por allí hoyaron pies de labriegos, burócratas, presbíteros y mujeres espartanas. Nada le era extraño a ella, al epicentro del cristianismo peninsular, la misma del “baile de la cien luces”, el ágora rural en donde la vida social floreció cual silvestre campanilla veranera y el badajo golpeó la campana con su tañer de siglos. La Villa fue el poder dominante, pero también la cultura que vocea la rebeldía popular en el pregón del pescao pa’ la acompaña del arró. Nació rebelde, con la terquedad de la inteligencia que se queda quieta y que no puede ser confundida con mansedumbre. Hasta la perdiz -centinela del rastrojo- sabe que el grito libertario está vigente, dormitando su zarpazo en algún punto de los años que inexorablemente han de venir. Y en otro cabildo abierto, nuevamente, las clarinadas libertarias resonarán entre cerro El Barco y el Juan Díaz, para que la patria adolorida recobre su proyecto de nación. En ese día, en patriótico tropel, el pabellón tricolor presidirá el grito de Rufina y Segundo, mientras la bandera tricolor de Miranda flamea a la vera del río De Los Maizales y a lo lejos se divisa la colonial silueta del poblado que se atrevió a soñar y que un día enarboló la libertad istmeña. 
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En las faldas de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 26 de octubre de 2020.