viernes, 11 de septiembre de 2020

HEDONISMO Y AUTOFOTO

 


El hedonismo es la búsqueda del placer y, con la manía contemporánea de la  autofoto, parecen formar la dupleta que el íngrimo ser estaba esperando. Porque hay cierto deseo placentero, que a veces se manifiesta con ciertos ribetes patológicos, en esto de que determinado mortal pueda mirarse en la fotografía, solo o acompañado, pero siempre para compartir con amigos y hasta extraños.

El ser humano nunca sintió tanto regocijo, quizás desde los tiempos de los mitológicos Adonis, Jacinto y Narciso, como ahora en esta atribulada centuria de teléfonos inteligentes, cámaras fotográficas y muros en los que puede colgar el rostro sonriente y la pose estudiada.

Diría que miles, por no decir millones de instantáneas, aparecen diariamente como en un concurso de popularidad cuya lectura se me antoja cargada de hondos significados. Los llamados selfis parecen cumplir el papel que antaño desempeñó el espejo casero, ese rústico artefacto para mirarse y acicalarse, aunque carente de artilugios que alimente nuestra inconfesable deseo de verse bien, de que alguien nos halague con un like e incluso que ose enviarnos un consolador: “¡Qué bien te ves, maravilloso!”.

Lo que el maridaje entre hedonismo y autofoto hace patente, es la soledad del hombre contemporáneo, un ser que mora entre millones de personas, pero cuya interacción social se ha tornado superficial y vacua. Porque al menos el ancestro que habitaba en los bosques, formaba parte integral de la naturaleza, de ella y con ella vivía y no había ruptura que le arrinconara por su atrevimiento al separarse de ella; porque para ese bípedo, mirarse en la corriente del río era un acto que no formaba parte integral de la cultura.

En cambio, en la autofoto hay un diálogo difuso entre lo que se piensa y lo que se ve. Me veo, luego existo, podríamos decir emulando a Descartes; puedo recorrer mi anatomía, la mirada puesta sobre el objetivo de la cámara, así como sobre las glorias y desventuras del rostro. El mal llamado selfie permite la conversación imaginaria entre lo que sueño y lo que realmente soy; con la ventaja de repetir y retocar las imágenes hasta lograr el mítico ser que mora en mi subconsciente y que logre aminorar el inconfeso deseo de belleza e inmortalidad.

La autofoto es la gloria de lo efímero, un fugaz instante para jugar a Dios y hacer posible el viejo cuento del genio en la botella. Y en este punto sí que debiéramos preocuparnos, porque podemos terminar creyendo que la imagen es más relevante que la realidad, que la apariencia logra suplir las esencias, que no importa el fondo, sino la forma.

La cámara en manos de un profesional, es arte. En las de un neófito deslumbrado por las imágenes, un instrumento de alienación. Por eso la autofoto está llena de hedonismo, cuando colocamos el producto al servicio del “señorito satisfecho”, del que hablaba Ortega y Gasset u “hombre light, según el decir del Enrique Rojas.

El selfi compendia la época, nos tira en cara lo ahuecada de nuestra cultura, retrata -qué ironía- una vida que apenas supera los sentidos y que es incapaz de desatar las potencialidades que moran en los rincones del alma, nos distancia de las mejores manifestaciones del arte y, si nos descuidamos, el abuso nos lleva al borde de ser bagazo del trapiche de la vida.                                                                  © mpinzónr


 


martes, 8 de septiembre de 2020

CONTEXTO HISTÓRICO Y SOCIOCULTURAL DEL FESTIVAL GUARAREÑO

 


                              Para Pedro Vásquez y Candelaria Vergara, él, artesano de la mejorana y, ella, fiel orejana de mi tierra. 

Cuando evocamos la imagen del Festival de La Mejorana acuden a la mente personajes valiosos que tuvieron un papel relevante en su génesis organizacional. Sin duda esa perspectiva es correcta, pero no suficiente, porque los hechos sociales no son solo hechura de liderazgos individuales, sino la consecuencia de estructuras sociales y de acontecimientos acaecidos en diversos planos del acontecer nacional e internacional. 

La fiesta guarareña, que data de 1949, nace justo en la medianía del siglo XX, centuria caracterizada por la ruptura del mundo heredado de la época colonial, sociedad que aún a la altura decimonónica apenas comienza a ser horadada por los sucesos que le caracterizaron, a saber, la construcción del ferrocarril transístmico, el inconcluso Canal Francés, el embrionario desarrollo educativo que impulsara Buenaventura Correoso y, en general, el impacto de la nueva racionalidad económica que se abre paso para desafiar la sociedad tradicional y rural de las áreas interioranas. 

Con la separación de Panamá de Colombia, la construcción por los estadounidenses de la zanja interoceánica, las progresistas políticas liberales de inicio del siglo XX, el arribo de nuevas corrientes ideológicas y el incipiente empuje de nuevas fuerzas sociales, tanto en las zonas urbanas como en las rurales, otro escenario asuma su faz para romper con la rutina del campo istmeño. 

Este proceso de aceleradas transformaciones sociales es un fenómeno en el que vive inmerso cada país latinoamericano, con sus particulares especificidades, pero en el fondo respondiendo a un modelo común. En todas partes la cultura tradicional, esa de la que se nutre el folklore, comienza a ser vista como cosa vieja, antigualla de otra época, asunto de manuto y de seres montaraces. 

El desarraigo campesino, con migrantes cuyos fundos han sido destruidos por la angurria y la rapiña por la tierra, el flujo de emigrantes que marchan a las ciudades y que portan en sus motetes existenciales la danza, música, gastronomía, vestuarios, instrumentos autóctonos, valores sociales y la perspectiva de vida que no pocas veces choca con las luces de la gran ciudad; centros urbanos que en pocas décadas estarán asumiendo lo que en principio rechazan como aldeanismos del hombre montuoso y sabanero. 

Este acontecer social, largo y complejo, de idas y venidas, con préstamos culturales entre regiones y países, fue la tónica de la primera mitad del siglo XX. En toda América Latina, como si se tratase de la reacción de un erizo, los diversos grupos humanos resienten la destrucción del sistema social en el que crecieron y cuya cultura también fue el legado de padres y abuelos. 

En este contexto y hacia mediados del siglo XX, las condiciones están dadas para dar forma a una propuesta más coherente, para no quedarse en la queja, en el lamento nostálgico del ayer. La literatura regional presiente ese encontrón y lo plasma en novelas y poemarios cargados de ruralidad. Y es precisamente esta marea de sucesos, endógenos y exógenos, los que hacen eclosión en la península de Azuero y en el caso concreto de Guararé. La zona se “moderniza” y se constata cómo, hacia la década del veinte, aparecen nuevos estilos arquitectónicos que retan a la vernacular casa de quincha; así como en los treinta y cuarenta los registros parroquiales ya anotan John por Juan y Elizabeth por Isabel. 

También la región luce mayor presencia de instituciones gubernamentales, el agro lentamente despierta y en los pueblos se ha forjado un núcleo pequeño de profesionales que miran más allá de la torre del templo. Entre tales visionarios surge el guarareño Manuel Fernando de Las Mercedes Zárate, ingeniero químico graduado en Francia, quien tiene la formación académica para comprender las consecuencias, que, para la cultura panameña y la identidad del istmeño, se derivan de ese encuentro entre el guarapo y la gaseosa importada, entre la changa y la gastronomía foránea. El Festival Nacional de La Mejorana, pionero en América Latina, nace en esa encrucijada, montado a caballo entre el ayer y la nueva época que mira con desdén la cultura campesina, la misma que Porras describe en su memorable opúsculo, El Orejano, redactado en Bogotá y publicado en El Papel Periódico Ilustrado de inicios de los años ochenta del siglo XIX. 

En este punto hay que dejar sentada otra verdad, el festival guarareño vivió desde el inicio el antagonismo de querer preservar lo que ya estaba dejando de ser, al pretender valorar la cultura de una sociedad que se estaba volviendo fenicia y que se dejaba hechizar por los cantos de sirena de la modernización. Por eso, desde sus orígenes, el evento vive la paradoja de izar la bandera de la cultura nacional en un mundo que transitaba hacia lo que Marshal McLujan denominó la aldea global y que contemporáneamente llamamos mundialización, globalización. 

El conocer los factores estructurales que gravitaron sobre la génesis de la festividad folklórica, es tan relevante como el esclarecer la coyuntura contemporánea. La reacción ante los hechos descritos demuestra que el evento folklórico ha sido un esfuerzo, no sólo meritorio, sino titánico. El liarse con la formación social imperante no ha sido fácil, porque mientras los impulsores del festival intentan mantener incólume la fiesta de Dora Pérez y su esposo, otros lo miran como la coyuntura propicia para lucrar con la masa de asistentes que andan tras los retazos de patria que intentan rescatar y dignificar el folklore 

Al festival del ayer le sobraban los entes folk, al de hoy le acosan las proyecciones folklóricas, los folkloristas adulteradores, los negociantes de bebidas embriagantes y los cazadores de autofotos que pretenden lucirse en las redes sociales. En la coyuntura el festival no sólo es expresión cultural, sino mercancía en el mercado. De allí que en el siglo XXI se avizore la transformación radical del evento guarareño. Es decir, la actividad cultural ya no puede continuar siendo similar a la que concibieron los pioneros, porque el contexto socioeconómico y cultural de antaño ya no existe o no responde plenamente al perfil primigenio. 

El dilema contemporáneo radica en cómo lograr la sobrevivencia de los elementos que le han dado rostro a la festividad y constituir con ellos el perfil cultural del siglo XXI. Esta es una renovada propuesta que muchas veces escapa a la toma de decisión de los organizadores de la festividad, porque se vincula con la propia teoría del hecho folklórico, la dinámica social y la nula injerencia gubernamental en la definición de políticas de Estado. 

Lo cierto es que el Festival de La Mejorana en Guararé sigue siendo otra muestra de la provechosa terquedad del santeñismo, el empeño interiorano de valorar la identidad cultural del panameño, de negarse a ser la imagen en el espejo de otro, aunque tenga que luchar contra molinos de viento, enfrentar las aspas que mueve la alienación, la crítica infundada y el añejo hanseatismo que se asienta en la zona de tránsito y que desnaturaliza la multiétnica personalidad colectiva de la nación. 

© m.pinzón.r

martes, 18 de agosto de 2020

REFLEXIONES DESDE LA HISTORIA PARITEÑA

 

La colonial población de Santo Domingo de Guzmán de Parita está ubicada aproximadamente a 243 kilómetros al oeste de la ciudad de Panamá y a la vera de la carretera doctor Belisario Porras. La añeja presencia del sitio no pasa desapercibida para turistas nacionales y extranjeros; porque el estar en ella permite una mirada a la arquitectura religiosa y vernacular, a la cultura en general del Panamá que se aleja de los caprichos transitistas de la ciudad que duerme a la sombra del Ancón.

Las calles centenarias, la veleta en la torre del templo, la piedra para la molienda de la argamasa con la que se repelló el templo, inserta en la parte frontal de la edificación religiosa, nos hablan de otros tiempos y evocan cantos religiosos, trote de caballos, fiesta taurina, danzas populares, luchas intestinas y conversaciones de otra época.

Lo primero que debemos acometer en la reflexión sobre Parita se refiere a la naturaleza de su nombre, porque resulta extraño que el vocablo se pronuncie sin la tilde en la última vocal, es decir, Paritá; tal y como lo encontramos en diversas denominaciones regionales, aunque debemos reconocer que los españoles también eran dados a escribir Escoria, Usagaña, Chiracota, Canahagua, entre otros nombres de tibas o caciques. Nada extraño, porque ellos transcribían conforme le sonaba al oído la pronunciación indígena. Lo innegable, sin embargo, es que estamos ante un vocablo precolombino, con el que se tropezaron los hispánicos en el recorrido realizado entre los años 1515 a 1519; cuatrienio cuando Gonzalo de Badajoz y Gaspar de Espinosa recorrieron las tierras que luego se denominarían Los Santos y, más tardíamente, Azuero y Herrera. Con las crónicas de los conquistadores comienza la historia escrita regional, porque la precolombina es más dilatada y apenas conocida.

Al arribar los hispánicos el área pariteña, ella era parte del señorío de París, el más grande tiba de la región sur oriental de nuestra península, guerrero nunca vencido por los españoles, aunque profanado en los ritos mortuorios por aquella tropa de conquistadores que comandaba el licenciado Gaspar de Espinosa, enviado por Pedro Arias de Ávila para apaciguar y saquear la zona que luego desempeñaría el papel de abastecedora de vituallas a Nuestra Señora de la Asunción de Panamá, ciudad fundada por Pedrarias el 15 de agosto de 1519. En efecto, Parita, Santa María de Escoria y la Villa de Los Santos van a desempeñar, en el período colonial, ese rol histórico de sitios de avituallamiento de la zona de tránsito.

Una vez Gaspar de Espinosa abandonó estas tierras, conquista en la que le acompañó Francisco Pizarro, personaje que más tarde se tomaría el imperio incaico, se va a producir el asentamiento en el mismo lugar en el que ya existía lo locación indígena; ya que los españoles no fundan, sino que refundan el indígena poblado pariteño, al igual que aconteció con la vecina Natá de Los Caballeros.

Se estima que probablemente el 18 de agosto de 1558 pudo ser la fundación de Santa Helena de Parita, acción atribuida al gobernador interino Juan Ruiz de Monjaraz y con la presencia del fraile dominico Pedro de Santamaría, suceso vinculado a la supresión de la encomienda natariega, a partir de la ejecución tardía de la Real provisión de Cigales del 21 de marzo de 1551. En el mismo mes y año también son creados los pueblos indígenas de Olá, en la actual provincia de Coclé y de Santa Cruz de Cubitá, establecido en las proximidades del río del mismo nombre, el hoy llamado río La Villa. Con anterioridad a la fecha arriba indicada, existen informes ciertos de que el gobernador Juan Fernández de Rebolledo, el 2 de agosto de 1556, en el sitio que antaño fue la encomienda de Juan Fernández de Rebolledo, creó un reducto poblacional indígena al que las crónicas se refieren como el nuevo pueblo de Parita. Lo cierto es que el poblado parece ser refundado varias veces, porque aún en el año 1581 hay un repoblamiento ordenado por el doctor Diego López de Villanueva y Zapata, oidor y fiscal de la Audiencia de Panamá.

Los testimonios de la época sugieren que la fundación pariteña pudo darse, probablemente, el 18 de agosto de 1558, aunque no tenemos la total certeza histórica, no obstante que la advocación a Santa Helena coincida con el día y mes. A falta de un documento que así lo atestigüe, siempre se ha conmemorado la fecha como la más probable. Y tal hecho no es extraño para quien se dedica al estudio de los siglos XVI, XVII y XVIII, porque en los pueblos de la península de Cubitá o Azuero no se produjeron ritos fundacionales como los que acaecieron durante la creación de Panamá La Vieja y Natá de los Caballeros. Acá las fundaciones fueron más espontáneas, al punto que la creación de la Villa de Los Santos se conoce gracias al pleito establecido entre los natariegos y santeños, del que se dejó constancia escrita del hecho histórico.

En el estudio del período al que me refiero, Parita y Villa de Los Santos, aparecen como los poblados más relevantes de la época colonial, incluso avanzado el siglo XIX. La existencia de la plaza y el templo, incluidos dentro del diseño hipodámico, de damero o tablero de ajedrez, ilustra sobre la relevancia de Santo Domingo de Guzmán de Parita. Todo parece indicar que el trazado urbano de Parita, como en el resto de asentamientos humanos nacionales, fue un proceso lento, larvario que tiene en los siglos XVII y XVIII la verdadera fecha de despegue urbano.

La verdad sea dicha, si nos atenemos a la existencia de grupos dominantes, trazado urbano, poder económico y religioso, Parita reunía los méritos para ser la capital provincial de Herrera, dada la prestancia de las familias asentada en ella y una historia escrita que arranca desde el siglo XVI. Además, los testimonios existentes en los archivos parroquiales hablan de alianzas matrimoniales, que como en el caso de las familias hegemónicas, son testimonio de intereses económicos, políticos y religiosos. Cuando se escriba con mayor precisión la historia pariteña veremos los nexos establecidos entre Santa María de Escoria, Ocú, la ermita de Pesé y la colonial Villa de Los Santos. Porque no es cierto que la evolución de tales comunidades fue un proceso aislado, autárquico, sino de alianzas de las que dan testimonio los añejos y deteriorados pergaminos que celosamente guarda el templo de Santo Domingo de Guzmán de Parita.

Nada más hay que avecinarse al poblado para valorar lo que Parita representa con su diseño urbano hipodámico, como ya indicamos, la exquisita plaza colonial, la maravilla arquitectónica del templo, el arte religioso colonial, con retablos que son la ventana para comprender el sano orgullo del pariteño y el legado histórico y cultural que representa la también llamada “Tacita de Oro”.

Hablando de Parita es obligatoria consignar el fruto y legado de uno de sus hijos más meritorio y menos conocido. Me refiero a Pedro Goytía Meléndez, nacido en esta población el 2 de agosto de 1826 y sepultado en Santiago de Veraguas el 3 de octubre de 1898. Hijo legítimo de Evarista Meléndez y José María Goitía, siendo su padre, el istmeño que introduce la imprenta en Panamá. Este personaje pariteño, cubierto con el velo del olvido, podemos considerarlo el promotor de las ideas liberales en la región de Azuero, hecho nada despreciable, porque él es portador de las ideas de cambio social y cultural que fueron moneda corriente en el siglo XX. El general Pedro Goytía Meléndez, además de dirigente de los sectores campesinos en los años cincuenta del siglo XIX, fue gobernador, diputado, presidente del Estado Soberano de Panamá y es, qué duda cabe, el Padre del Liberalismo Azuerense. Y una gloria pariteña como esta no puede echarse en saco roto, porque representa una de las cumbres del pensamiento progresista del siglo XIX azuerense.

En Parita, para quien desee verlo y sepa apreciarlo, la historia está a la vuelta de cada esquina y el poblado tiene ese aire de localidad añeja que no es debilidad, sino fortaleza. Ella y la Villa de Los Santos son hermanas en esto de resumir una época, porque sus nexos han quedado escritos en los viejos folios de sus respectivos archivos parroquiales. En ellos puede constatarse los vínculos familiares bendecidos por el sacro vínculo matrimonial y hasta en la existencia de los templos católicos más emblemáticos de nuestra región peninsular.

La modernidad del siglo XIX y lo que transcurre de la presente centuria le han aportado a la tierra de Goytía Meléndez algunas transformaciones, pero ninguna comparable a su relevancia histórica, a los aportes a la cultura orejana y al tesón de sus pobladores. Pienso que es necesario consignarlo, porque la región y el país están en deuda con el poblado que fue el asiento de ideologías conservadoras, pero también el germen del liberalismo peninsular.

Hay que continuar valorando a Parita, no solo como un recuerdo nostálgico del ayer, como el relato de su génesis, sino como el renovado pensamiento que se interroga por las tareas que aún están inclusas y que deben ser acometidas con premura. Pienso que así ha de ser, allí radica el gran desafío pariteño del siglo XXI, en el conocimiento de su historia maravillosa, el fortalecimiento de su rica cultura, la valoración de su entorno ambiental y la certeza de que la socialización de las nuevas generaciones sea posible con un sistema educativo robusto y liberador.

Y mientras ello acontece, y en el camino no pocas veces flaqueamos en nuestro empeño, cosa por demás comprensible, aprendamos la lección viviente del templo a Santo Domingo de Guzmán, porque la nave religiosa aún está allí gracias a sus cimientos, a que hubo unos pariteños que creyeron en ellos y construyeron para la eternidad. Que esa veleta de la torre sea nuestro guía ejemplar, aprendiendo a vivir en la procelosa época contemporánea y buscando siempre el norte del desarrollo y del pariteño que ama su tierra y lucha por ella.

Milcíades Pinzón Rodríguez

En las faldas de cerro El Barco, a 17 de agosto de 2020.


sábado, 1 de agosto de 2020

¿ REPITO O PASO?


En la década del sesenta del siglo XX, la mayoría de la juventud guarareña iba a la Escuela Juana Vernaza a pie o a caballo. Los que vivíamos en Bella Vista (antiguamente llamada El Potrero), teníamos que caminar 3 kilómetros de ida y 3 de vuelta. Añada a lo planteado, que las clases se impartían en dos turnos, lo que suponía regresar al mediodía a la casa, para volver en la tarde al pétreo e imponente edificio que construyera el español Pedro Sarasqueta. En suma, que todos los días caminábamos 12 kilómetros, entre ir y regresar al colegio.

Para aquellas calendas, los inviernos eran eso, inviernos, y no las lloviznas de la era actual. Pues bien, para hacer frente a tal contingencia, muchos párvulos teníamos capote y las indispensables botas de hule. Cuando llovía, camino a la escuela, se sentía sobre la testa lo intenso de las goteras del chaparrón, el rostro mirando hacia abajo, al camino, para que el agua no mojara la faz. Yo lo disfrutaba mucho, porque cubierto con el gabán iba tejiendo ensueños y soñando con un mundo feliz, ensimismado en mis pensamientos; arropado en esa burbuja, entre el capote y la lluvia incesante. Una vez en la lomita, donde estaba la casa de la señora Matea, luego de pasar el antiguo matadero municipal, la bondadosa señora permitía dejar allí las botas y calzar los zapatos escolares.

El regreso siempre era hermoso; retornar al hogar y juguetear por el camino, agobiado con la chácara o el maletín de los útiles escolares. Luego, le tirábamos piedra al fruto de la enredadora que crecía en la copa de los cedros, para usarlas como barquitos que se llevaba la corriente de agua que quedaba luego de los diluvios de aquella mítica infancia, forjada, además, entre concierto de sapos.

En la senda recorrida, en los bordes del camino, abundaba la serbulaca, la planta cuyo tallo el ingenio orejano convirtió en varilla de volador. De niño no pensábamos en ello, sino en jugar con los cinco pétalos de la flor. Y se nos ocurría que nuestra suerte escolar, el paso al nuevo año lectivo, dependía del conteo de los pétalos. Parados frente al serbulaquero, tomábamos la flor y la íbamos deshojando mientras repetíamos la letanía de “repito o paso”, “repito o paso, “repito o paso”. Y la preocupación no era poca, si tocaba en suerte el fatídico y supersticioso “repito”.

Pasado el tiempo, cuando miro la florecita de los campos santeños, recuerdo el pasaje de la infancia y sé, muy dentro de mí, que para muchos de los que nacimos por aquellas calendas, la flor de serbulaca es más que la tierna y diminuta florecita de la campiña; ella resume en su forma y color, la memoria colectiva de nuestra gente, el recuerdo imperecedero del niño campesino.

.….mpr…

1/VIII/2020


miércoles, 1 de julio de 2020

LA PANDEMIA EN EL CANAJAGUA Y EL TIJERA



En diversos medios de comunicación se ha reflexionado sobre la génesis de la conducta colectiva del hombre peninsular ante la pandemia, particularmente en el caso de la sociedad santeña. Los comentarios enfatizan en la existencia de un mayor grado de conciencia del hombre que mora en la tierra del Canajagua y El Tijera. Y seguramente hay algo de ello, pero la explicación no satisface plenamente los requerimientos de un enfoque más analítico.
Sobre el tópico podemos indicar que las causas reales son más estructurales que coyunturales y están relacionadas con la conformación histórica de la zona. En efecto, en la región tiene un peso significativo la existencia de la estructura agraria caracterizada por el minifundismo, una profunda ética que se nutre de los valores del catolicismo, la existencia de una cultura homogénea  y una conducta colectiva que fluctúa entre el individualismo y eventos de integración colectiva – como la junta, por ejemplo-, factores que en conjunto dan existencia al santeñismo, entendido éste como estilo de vida, cosmovisión y forma de ser que rebasa los límites político-administrativos de la región ubicada al sudeste de la península.
Lo que los personeros de las políticas sanitarias llaman “distancia social” -erróneamente porque a lo que se refieren es a la distancia física- es, en la práctica regional, un hecho histórico de larga data. La zona siempre se caracterizó por la dispersión rural, con una población “desparramada por los campos”, como indican los cronistas coloniales. Lo que argumento, y a lo que quiero arribar, es que aún hoy muchos paisanos viven dispersos en pequeñas haciendas, en viviendas con cómodas separaciones entre ellas y en el seno de un tímido crecimiento poblacional. Las estimaciones para el año 2016 sugieren una cifra que ronda los 213 mil habitantes, lo que confirma, todavía hoy, los guarismos a los que aludimos.
Desde el punto de vista histórico, geográfico y sociocultural era de esperarse una reacción colectiva como la que llama la atención nacional. En especial, para un grupo humano con mayor grado de cohesión social y capaz de reaccionar con espíritu de cuerpo ante una amenaza como la del virus de marras. En la zona los valores sociales todavía no son letra muerta y sobrevive, aunque maltrecha, la solidaridad con el prójimo.
De lo dicho se colige que hay razones estructurales y de tipo coyuntural que explican el fenómeno peninsular. Entre las últimas está la postura de algunas autoridades que supieron reaccionar a tiempo y asumir un liderazgo oportuno. Claro que se han dado problemas como en otras latitudes, (los cegatos e irresponsable nunca faltan), pero a mi juicio, se ha impuesto la histórica conformación de una región que supo responder como colectivo a los peligros que amenazan su integración como grupo. Y esa postura es un esperanzador indicador de que el cuerpo social aún sigue vivo y transpirando orejanidad.

.......mpr...
 1/VII/2020