lunes, 20 de marzo de 2017

VERDADES INCÓMODAS


Ya he perdido la cuenta de los años que tengo de hacer vida docente en los Centros Universitarios. He visto pasar desde profesionales realmente eméritos, hasta otros que nunca debieron ocupar los claustros universitarios. Sé del sueño de un visionario aguadulceño, pero también de las tropelías de aquellos cuyo único crédito ha sido prostituir la Casa de Méndez Pereira, esquilmarla y convertirla en caja registradora de viáticos y lugar por excelencia para la práctica de la politiquería, el clientelismo y el nepotismo. Esos depredadores y trepadores de pirámide lograron que la Universidad de Panamá (UP) dejara de ser antorcha para convertirla en trémula guaricha.
Que hemos avanzado, a lo mejor, pero no lo necesario ni lo suficiente. Por ejemplo, en el caso de la sede herrerana de la UP, ya superamos el medio siglo de existencia arrastrando no pocas carencias.  Sin embargo, aquí como en otros lados, cuando se aborda el tema surgen las media verdades, aparecen defensores del status quo, asoman comerciantes de la academia, traficantes de quimeras y expertos en el doble discurso. Como aquella perorata que pregona que ya somos Universidad del primer mundo, cuando apenas superamos los habitáculos de la novela de Dante Alighieri; para no decir que vivimos la Arcadia o, talvez, el Mundo Feliz de Aldous Huxley. Es decir, cuasi la tierra del realismo mágico, con Macondo y don Melquiades vendiendo hielo.
La universidad provinciana tiene que dar paso a la academia, la investigación y la extensión cultural. Pregonar mentiras seductoras es fácil, porque la tarea la acometen charlatanes y falsos profetas. Sin embargo, la verdad ha de salir a relucir, aunque produzca escozor y genere miradas que matan.  En efecto, ha sido muy dañino que en nuestras unidades académicas los directores de turno insistan en volver a serlo, como si la UP no pudiera existir sin la excelsa presencia de tales políticos. Voy más allá, gran parte de nuestras deficiencias nacen de implantar, del extramuros universitario, elecciones en las que no siempre cuenta la trayectoria académica del postulado y se vota por simpatía, nexos familiares u otras minucias electorales. Muy ilusionados en el torbellino de la democracia embrionaria, hemos olvidado que la Universidad es academia y no partido político, presencia transformadora y nunca conservadurismo aldeano.
En los últimos años hemos vivido bajo el manto del gamonalismo, esa lacra social que se enseñoreó de los campos para forjar la cultura política de la alienación. Sí, algunos se han creído señores feudales de la educación superior. Hecho lamentable, porque para mantener el reinado han mandado de vacaciones a la academia, o más bien ésta ha servido de base para el clientelismo, repartir cátedras a cambio del voto, al tiempo que se reclama la genuflexión y el “Ave César…”. Y el resultado de esa chata visión: la universidad silenciosa, embozada y con maltrecho clima organizacional.
Estamos deficitarios en investigación y extensión cultural. Por décadas hemos carecido de fondo para tales fines, aunque algunos heroicos catedráticos echan mano del erario familiar para publicar en pequeños tirajes, porque el presupuesto no se lo permite. Igual acontece con la extensión cultural, función que sacrifican para atender minucias, cubrir apariencias, asumir gastos innecesarios, promover degustaciones gastronómicas o caprichos de contertulios.
Tenemos problemas estructurales que deben ser analizados. Por ejemplo, nunca hemos atendido de manera seria el modelo que dio origen a la presencia universitaria en las áreas interioranas. Somos una especie de híbrido administrativo en el que se entrecruzan las veleidades de organismos del Campus Central, al punto que algunos decanos quieren tener injerencia en estructuras administrativas que les doblen en matrícula, infraestructura y personal.
El centralismo a lo bogotano ha sido una práctica que ahoga la creatividad, amodorra la administración y convierte a la institución interiorana en una estructura que está pendiente de la colina transitista. Del Olimpo bajan las decisiones y hacia el Olimpo citadino acuden todos, hasta para la revisión de créditos de quienes estudian en la periferia.
El hombre de las provincias interioranas lleva más de ochenta años en ese ir y venir hacia la sede de la toma de decisiones. Si esa conducta no cambia, al final se producirá el desmembramiento de la universidad estatal, porque nadie está dispuesto a soportar por más tiempo tales penurias. Así, con toda razón, quienes habitan las áreas interioranas tendrán todo el derecho de erigir universidades autónomas que respondan a sus necesidades y propuestas de desarrollo.
Con el cambio de administración, hecho acaecido en 2016, se respiran pequeñas bocanadas de renovación. El país necesita, y las áreas interioranas dentro de él, que esos soplos de cambio, se conviertan en tornado de transformaciones, porque no se trata de permuta de autoridades, sino de modelo de universidad.
Lo que queda de Universidad light tiene que desaparecer, porque sería imperdonable que continuemos privando a las juventudes de la educación superior que se merecen.

……mpr…

miércoles, 1 de marzo de 2017

BIOGRAFÍA DE DON ESTANISLAO DEL CASTILLO DE LOS RÍOS


                                                                                                     
                                                                                             
                                                                                                Por Antonio Pinzón-Del Castillo

Don Estanislao Del Castillo De Los Ríos nació el 6 de mayo de 1880 y fue bautizado solemnemente en la iglesia San Atanasio de La Villa de Los Santos el 1 de junio del mismo año, hijo legítimo de don Bernardo Del Castillo Rebolledo y doña María Bartola De Los Ríos Saavedra. Fueron sus padrinos don Pedro Del Castillo y doña Francisca Sáez.  Siendo aún párvulo, su madre muere de parto al dar a luz a dos gemelas, Victoria y Natividad. Un par de años más tarde, su padre también fallece. Sus padrinos fueron quienes lo criaron y educaron con clases privadas en una época donde leer y escribir era asunto de grupos privilegiados. En el año de 1905 contrae matrimonio con Andrea Bernal Corro, quien también fenece estando grávida, pocos meses luego del enlace. Más tarde, a 29 de febrero del año del Señor de 1908, contrae segundas nupcias con Nemesia, hermana de Andrea, a quien siempre llamó cariñosamente por el mote “Pila”.  De este matrimonio nacen cuatro hijos: Cristina, en 1909; José Leonardo, en 1911; Pedro Bernardo, en 1919 y Germán, en 1921. Luego, engendraría también a Elías y criaría como suyos a José y a su querida Carmela, hijos de un primer enlace matrimonial de su mujer. 
Terne Castillo, como fue bien conocido en La Villa de Los Santos, fue más que un hijo de la aristocracia rural, un filántropo de nuestros campos, amante del servicio al prójimo y a los más desposeídos, en especial durante la fiesta de San Juan de Dios, donde participó activamente junto a su prima Ana María Moreno Del Castillo, La Niña Anita., motivado principalmente por mercedes que en los albores del siglo XX le concediera el santo granadino al salvar de las llamas a su querida hacienda El Jobo, gracias a la aparición de una milagrosa lluvia que aplacó el voraz incendio en el albores del caluroso mes de marzo.
Terne descendía del elitista grupo de 30 familias españolas terratenientes que figuran en el padrón electoral de 1770 del villorrio santeño y a su vez de don Manuel Salvador Del Castillo y Relux y de don José María De los Ríos, próceres que sellaron con su rúbrica la gloriosa acta de independencia de la Villa de los Santos el 10 de noviembre de 1821. También, fue sobrino de don Germán Del Castillo y don Pacífico Del Castillo, suscriptores de la adhesión de La Villa de Los Santos al movimiento separatista del 3 de noviembre de 1903. Por este motivo es que junto a su esposa Nemesia figura en la lista de invitados del famoso baile de las 100 luces de 1910, acto que reunió por última vez a las viejas familias de estirpe colonial en la libertaria ciudad durante los albores del siglo XX.
Tras la sequía y los temblores de 1913 decide mudarse finalmente a su finca El Jobo, donde construye una hermosa casa de alto portal, dos salas y dos cocinas en la que recibía a sus familiares, invitados y amistades, de los que aún vienen a la memoria apellidos como Champsaur o Tasón. Famosos fueron los ágapes allí celebrados durante los veranos maravillosos de la sabana santeña en aquel privado vergel bañado por las aguas del  río La Villa. 
Don Estanislao apoyó diversas causas por el progreso de la región como la otrora Feria de Los Santos, que posteriormente se convertiría en la Feria Internacional de Azuero, creada por su primo don Francisco “Lito” García Castillo, siendo don Terne pionero del desarrollo de la ganadería y la agricultura en Azuero, entre otros detalles, al ser propietario del Transporte San Juan de Dios, cuyos numerosos embarques de ganado vacuno se dirigieron hasta La Chorrera, donde eran vendidos para el coadyuvar abastecimiento cárnico de la ciudad capital. 
Su fama en las tierras del Grito se extendió gracias a su don de gente y espíritu colaborativo, llegando incluso colocar su nombre en la jerga popular a través de dichos y refranes como: “(Fulano) tira la leche a la Rabelo y Terne Castillo la regala al pueblo” o sus recordadas palabras  “Yo siembro para dar pan al que no tiene qué comer”, pues la cosecha de su fundo siempre fue destinada para el deleite del prójimo.
Fue, además, defensor y promotor de los regadíos que más tarde serían brazo motor para el sector agrícola de la región durante la gestión del presidente Domingo Díaz Arosemena, con quien iría a hablar personalmente a Ciudad de Panamá., acontecimiento del que el pueblo guardaría un jocoso chiste para la posteridad con el cual Terne se burlaba de la incredulidad de algunos de sus coterráneos sobre su exitosa misión en la capital. Este hecho fue correspondido con la visita del Presidente Díaz Arosemena a su colonial finca El Jobo, donde el mandatario disfrutaría de la hospitalidad santeña.
Don Terne vivió felizmente en su fundo, alejado del mundanal ruido, acompañado de sus hijos y la exuberante vegetación de su patrimonio a la vera de las huertas, cuyos palmares  y uvitales se dibujan como un rosario inagotable en las riberas del río de Los Maizales, convidando al descanso y al deleite que inspira la bucólica sabana de la patria de Rufina.  Allí, discurrieron apacibles y solaces sus últimos días hasta que la Parca tocó a su puerta el 31 de octubre de 1959, cuando fallece en el Hospital San Juan de Dios de la villa santeña por complicaciones de salud a la edad de 79 años. Tanto amó el terruño y en especial El Jobo, que fue su deseo ser velado allí, en su colonial hacienda; sin embargo, el destino y el crudo invierno de octubre del 59 cerraron el paso a su féretro camino a la añeja finca, en una loma que otrora existía frente a la actual Fábrica de Nestlé, cuyos terrenos también eran de su propiedad por aquellas calendas. Fue así como contrario a su último anhelo, su cuerpo ya sin vida tuvo que ser velado en El Caserón, una de las residencias que poseía en el poblado.   Sus restos mortales descansan en el Cementerio don José Antonio Sáez de la Heroica Ciudad, bajo la custodia del magnífico ángel de mármol de Carrara que mandó a traer desde Italia para que coronara el sitio de su última morada.

MISERIA MINERA EN CERRO QUEMA




Han pasado veinte años de oposición al proyecto minero de cerro Quema. Durante ese largo período de tiempo diversas organizaciones regionales han expresado su rechazo al engendro minero. Y la época también ha servido para dejar constancia de las diversas violaciones del contrato pactado, así como del deprecio por el futuro regional. Desde los tiempos del presidente Ernesto Pérez Balladares hasta la administración actual, los gobiernos han mirado para otro lado y se han hecho los desentendidos. En cambio, sacan a relucir los socorridos y manidos argumentos del “acatamiento al contrato con el Estado”, “la generación de empleo” y “el respeto a la inversión extranjera”. Incluso los más osados y cínicos han comentado, en tono ceremonioso y de sabihondos, que el país no puede vivir en la pobreza acostado sobre una riqueza que le pertenece; pero olvidando convenientemente que el 98% de la ganancia bruta, se queda en manos de extranjeros e istmeños genuflexos, para que continuemos siendo un país rico con gente pobre.
Hace poco venció el contrato que autoriza la explotación de cerro Quema (centauro bravío de la sierra santeña) y la empresa minera solicita que se le concedan veinte años más, como si las dos décadas precedentes no fueron suficiente para sus tropelías empresariales y de destrucción ambiental. Como si ya hubiésemos olvidado que sus locales fueron la cárcel en la que encerró a los santeños durante la brutal represión del año 1997.
Hay que recordar que la empresa ha sido varias veces vendida y otras tantas se ha anunciado el inicio de operaciones, acaso porque con dicho proceso se incrementan las ganancias en la bolsa de valores de Canadá. Mientras tanto el hombre peninsular tiene que lidiar con la depredación de la zona, poner en riesgo el abastecimiento de agua (no pocos ríos nacen en el área donde está el proyecto), admitir la destrucción de su patrimonio natural y soportar las veleidades de quien pregona el respeto al medio ambiente, mientras socava no sólo la tierra, sino el modelo de desarrollo regional en su dimensión social, cultural y económica.
No hay argumento válido para renovar el contrato y someter a la región a veinte años más de tensiones, cantos de sirena y de amenaza ambiental. Existe un secretismo sobre la aprobación del Estudio de Impacto Ambiental (EIA), el mismo que un consultor extranjero desmenuzó y criticó hasta en la propia redacción del documento. Es una pena que MIAMBIENTE no diga nada y en cambio felicite a la empresa porque los apoyó para sembrar arbolitos. Dar las gracias a quien se apoderó de 15 mil hectáreas en el macizo del Canajagua, equivale a desproteger el ambiente, dar a espalda al azuerense y felicitar al mayor latifundista y confeso geófago que recuerde la historia peninsular.
Los santeños y panameños no podemos consentir que se continúe destruyendo y regalando los recursos naturales, luego de los desastres de Petaquilla y otros desatinos mineros. En especial en esta coyuntura cuando la rapiña se ha apoderado del país, la corrupción es tan común como la venta de carimañola y el país decente retrocede, mientras campea la indecencia política. No hay vuelta de hoja, el proyecto minero de cerro Quema debe ser clausurado, rechazado el EIA y negada la prórroga que vendría a constituirse en otra vergüenza nacional. Lo que se impone es dar la cara a la región y acompañarle en su ya penosa crucifixión ambiental.
La región del Canajagua y Tijera, tiene que ser respetada, honrada por su contribución al desarrollo nacional y bajo ninguna circunstancia convertida en cloaca minera. Es de hipócritas desarrollar campañas ambientales y llamar a la conciencia ecológica mientras se siembran minas a cielo abierto en la tierra de Ofelia Hooper Polo y Belisario Porras Barahona. El fututo de Los Santos y Herrera no está en venta, ni la miseria minera de Cerro Quema ha de constituirse en parte de nuestro proyecto colectivo de vida.

jueves, 10 de noviembre de 2016

LA HISTÓRICA VILLA SANTEÑA



Como acontece cada año para estas fechas, corre mucha tinta de quienes meditan sobre una población istmeña que está nimbada de glorias. En efecto, la Villa de Los Santos, porque de ella se trata, ha crecido escoltada por dos cerros, el Juan Díaz al norte y El Barco, al sur.  Emplazada sobre la sabana antropógena, la llanería se prolonga en dirección a Guararé y Las Tablas, mientras al otro lado del río Cubitá, desde el período Colonial, resplandece Parita, la hermana que también le acompaña desde el Siglo XVI.
Al visitarla hay magia en esa torre que desde la distancia pregona la presencia del dieciochesco templo a San Atanasio, hegemonía religiosa que se disputa con otro santo patrón, San Agustín. En cambio, al lado de la arquitectura religiosa colonial, la plaza muestra al visitante la efigie de Bolívar, mientras el parque mira atentamente el Museo de la Nacionalidad. Las dos viejas calles que describiera el obispo Rubio y Auñón siguen tendidas “como hacia la mar”.
Hay mucha historia en este añejo pueblo colonial que no puede ser reducido únicamente a la conmemoración del 10 de noviembre de 1821, por más significativa que sea la fecha del Grito Libertario. La Villa es el 10, pero también luce otras facetas que al valorarlas se comprende a plenitud por qué el poblado fue la sede de ese histórico hito independentista.
En otro momento he señalado que la tierra de la mítica Rufina es la capital histórica de Azuero.  Ella fue el centro del poder político, económico, social y religioso de la península de Azuero en un período que comprende casi cuatrocientos años de existencia. Cuatro centurias llenas de historias cuyo aporte peninsular ha marcado el caminar de una región cuyas ejecutorias ha dado lustre a la nación.
A la entrada del poblado la bandera azul, amarillo y roja recuerda al visitante cómo su historia estuvo ligada a los movimientos de emancipación bolivariana. Esa enseña pregona el sano orgullo del pueblo de quien dijera El Libertador que era la “Heroica Ciudad”. Incluso la fundación poblacional, el 1 de noviembre de 1569, es un acto de rebeldía de quienes tempranamente deciden fijar el destino sin autorización de la corona española.
La Villa fue protagonista de los conflictos azuereños entre liberales y conservadores que asolaron la región a mediados del siglo XIX, época cuando don Pedro Goytía Meléndez se erige en adalid de grupos de campesinos que protestan por la introducción de impuestos. En este sentido será sede del conservadurismo peninsular, al mismo tiempo que germen del liberalismo que propicia la ruptura de añejas y coloniales estructuras de dominación social.
Y ya en la vigésima centuria, al producirse la separación de Panamá de Colombia, los munícipes, el 9 de noviembre de 1903, se adhieren a la gesta que propicia el nacimiento de la nueva república. Sí, hay mucho por contar, porque el centro urbano de La Villa también supo del caminar del doctor Francisco Samaniego, ese santeño luminoso que forjó junto a una pléyade de coterráneos la Federación de Sociedades Santeñas, al comprender tempranamente el papel revolucionario de la organización popular.

La historia peninsular tiene en la Villa de Los Santos a su más grande gema y en el 10 de noviembre de 1821 la cúspide de esa grandeza. Allí, en la antigua plaza, entre las viejas callejuelas y vetustas edificaciones, se ha forjado parte de la historia de un pueblo que ha sido vocero de libertad y emblema de santeñismo, entendido éste como orgullo patrio y valladar contra la deformación de la identidad cultural. Vital esta villa histórica, a quien los santeños debemos incluso el  gentilicio.
....mpr.....

martes, 4 de octubre de 2016

ARTEMIO





Estoy harto de la ciudad, de las calles ruidosas y de la vida prestada que llevo. Nací en el campo y nunca me acostumbré a la tensión de las mañanas y a estos escandalosos Diablos Rojos. Son cuarenta años de mi vida, de laborar y soñar despierto. Creí que podría labrarme un destino más allá de las mazorcas y las boñigas. Llegue con muchas esperanzas, porque me dijeron que con el Canal todo era diferente y que en pocos años podría ahorrar y regresar para montar mi negocio. Admito que fue mejor que haberme quedado en mi pueblo. Acá trabajé en un ministerio, terminé mi secundaria y por allí logré un titulito en la Universidad. Pero detesto esta ciudad con olor a casa podrida, a cuarto de inquilinato. Allí estuve, en un cuartito frente a la bahía, por un dato que me dio un paisano, entonces comprendí a Korsi, “cuartos donde no entre el sol, que el sol es aristocrático”. A cada rato pasaba por el mercado público y me daba un no sé qué el escuchar aquellos acordeones en el traganíquel de la Cantina Chucu Chucu. El mar me recordaba las costas de mi península y entonces la mente no dejaba de pensar en todo aquello que había dejado, con mi madre habitando aquella vieja casa de quincha. Fue difícil todo, muy difícil vivir un mundo esquizofrénico. Estar aquí y tener la mente allá, pendiente de las noticias y de esa secreta esperanza que se agolpaba en mi pecho al ver pasar el busito de la ruta Las Tablas-Panamá. Lo miraba desde el bus y volvía a leer esas palabras mágicas, Las Tablas-Panamá. Parto difícil el de emigrante. Al principio nada era más importante que regresar y poder saludar a mi gente y a esos amigos del pueblo que siempre creyeron que tuve éxitos por acá.. Quizás por ello fui mucho al Cosita Buena, porque me carcomía la nostalgia. Yo no sé por qué, pero cuando se está en la ciudad, aquella gente que nunca te habló en el pueblito, al vivir su soledad de citadino, siente igualmente el impulso irrefrenable de cruzar unas palabras con ese paisano al que no le paró bolas. Mi mujer la conocí en un baile que amenizaba Dorindo Cárdenas, cuando bailaba aquel éxito que se llamaba “Por ella” (“Por ella es que estoy así, por ella es que estoy enfermo, me voy a dejar morir por falta de este remedio”). Lidia, siempre fue buena, tanto que sacrificó sus estudios por mí. Ella en la cocina y yo en la calle buscando el real. Así tuvimos nuestros hijos que ya están grandes y casados. Aún no soy abuelo, pero por allí vendrán los nietos. Ahora sé que la vida es muy rápida y muchas veces no logramos hacer lo que queríamos. ¡Un coño!, a veces me digo, porque lo importante es no morir en el intento. Por eso dicen que hay que tener fe, confianza en uno. Así decía la profesora en la Universidad. “Avance, joven”, decía.  Y la verdad es que yo lo intenté, pero el parto fue difícil, no tanto por los escollos a superar, sino por lo que pasó con mi mente. Yo nunca volvía a ser igual, por ese asunto de las ideologías que me explicaron en ciencia política. Algo se desgarró dentro de mi y nunca pude recomponer la magia que traje a la ciudad. Antes el mundo era menos complejo, con esa ingenuidad que trae uno del campo. Dejé el olor a cananga y lo cambié por fragancia francesa; sin percatarme el brillo de la civilización avergonzó mi ruralidad y terminé rechazando lo mío. Afortunadamente eso fue transitorio y al rato ya era un defensor de la cultura interiorana.  Me gustaba ir a San Miguelito y disfrutar de los desfiles de carretas santeñas para celebrar el 10 de noviembre. Porque las cosas cambiaron mucho, luego de los años setenta. Así como yo perdí algo de campesino, la ciudad se volvió fría, indiferente y poco solidaria, violenta e insegura, en algunos casos. Calle J y la 4 de julio son un recuerdo. Hasta nos echaron de San Felipe y muchos terminaron en Tinajita y San Joaquín, desarraigados por allá. Nada importó la tienda que tenía mi primo santeño en el Casco Viejo; décadas de trabajo que no pudieron con la angurria de otros. Pienso en todo ello y me parece mentira aquella Panadería Lucianito, con esas michas humeantes. Durante esos años me metí en el trajín de la ciudad y cuando me di cuenta ya tenía mis canas de viejo. Ocasionalmente regresaba a mi pueblo, como para no perder las raíces, porque allí estaban mis padres, siempre esperando, como si el tiempo se hubiese detenido en aquella casa de quincha carcomida por el tiempo. Lo difícil era regresar y volver a abandonar aquellos palos de mamones y de mangos en donde jugué de niño.  Regresaba en el COOSVETRA rumiando los pensamientos y con una congoja en el pecho. Entonces uno se pregunta si volverá a ver a sus padres o si podrá el año entrante regresar a la fiesta de toros y a los bailes de acordeones. Siempre con el pretexto de volver, como esos elefantes que retornan a morir al lugar en donde nacieron. Yo viví todo ello, pero luego me volví olvidadizo y me conformé con lo que me ofrecía la ciudad.

sábado, 28 de mayo de 2016

LAMENTO POR EL CANAJAGUA


"No se puede entender a Rusia con la razón, no se puede medir en yardas. Tiene un carácter especial, en Rusia, sólo se puede creer".

Siempre he amado este noble fragmento de un poema creación de un connotado bardo de la tierra de los zares porque el mismo me hace reflexionar sobre mis propios lares y el pensamiento de mi gente; porque es difícil comprender la mentalidad de nuestros coterráneos, muchas veces totalmente errática, barnizada, pero carente de toda forma y solidez, otras veces imbuida de un supuesto amor por la cultura, tergiversado en la borrachera de la juerga y otras veces postulante de un arte soso y mal enjalmado, ofreciendo pan en unos sitios, mientras se carece en trigo en los propios.
No se puede entender a esta nación con medidas o encuestas, ni con meses raciales, ni festivales a raudales, primero hay que comprender a la patria chica y entender su engranaje en el conjunto de su multietnicidad.
A veces, para que la seda del entendimiento roce la esterilla mental de algunos, es necesario descender a su vocablo coloquial y hacer malabares con las palabras para que algo de luz entre al oscuro tugurio de ideas que flota en sus cabezas.
Tal vez sea culpa de nuestra multiculturalidad lo que nos hace tan diferentes y lo que a veces en vez de unirnos, nos aleja, tal vez lo sean otros factores más o menos educativos o sociales, lo cierto es que tenemos un carácter especial, y a veces, al igual que Rusia, solo podemos creer para confiar en días mejores en que dejemos de vender el alma por tres pesos, empecemos a valorarnos y a ser autocríticos, pues barriendo las hojas de nuestros mangos podremos hablar sobre la hojarasca de los cortijos vecinos. No se puede entender con la razón lo baladí, lo fatuo, la inconsciencia y la desunión entre hombre y natura en nuestra propia morada, clamando esta última por piedad.
CANAJAGUA, ha sido traicionado por sus propios vástagos, por quienes serviles le venden, cuales fenicios, en el mercado de esclavos y le embarcan hacia la deriva  en que yace nuestro terruño de incomprensiones y desencantos. Nos estamos pudriendo, porque las bases del santeñismo tambalean entre las manos de los que tienen muy poca o ninguna noción de gobierno y justicia.
¿A quiénes damos el privilegio de regir los destinos de la patria de Porras, a quiénes concedemos el caro honor de izar la gran nación?
Primero Cerro Quema y ahora Canajagua, heridos sagazmente, a traición, apuñalados con la rúbrica de sus propios retoños y la miseria colectiva del mercantilismo.
¡Cuán difícil y trabajosa faena puede ser el tratar de entender a nuestra gente!
¿Es que acaso la ignorancia ríe a carcajadas y junto al cinismo nos hace muecas desde la comodidad del negociado de algunos?
Es que mi corazón orejano no quiere creer lo que los ojos leen, porque al igual que Céspedes, prefiere que un dardo lo atraviese o que un alfanje cercene las entrañas del cuerpo adolorido, antes que resignarse a la pérdida paulatina y mordaz de los grandes símbolos de la tierra de las nostalgias. Un lamento se escucha en el monte, las mejoranas han enmudecido y la cascá no ha salido a volar, se han guardado todas las polleras, los diablicos han dejado caer sus castañuelas, los violines no tocan sollozos más y el acordeón de Gelo prefiere callar. Los versos de Sergio se desgranan al mirar al promontorio gritar, malherido, avasallado..., Los Santos está de luto, su cielo se ha tiznado de lóbregas cenizas y muchos, sí, muchos queremos llorar...

Antonio Pinzón-Del Castillo
Poeta y escritor

jueves, 19 de mayo de 2016

INVASIÓN DE MEMES



Los memes se han hecho comunes. El famoso artilugio de la comunicación contemporánea invade los sitios más inesperados, logra acosar hasta la extenuación y si te descuidas vuelve lento el "smartphone", porque ocupa gran parte de los archivos del teléfono inteligente.
El origen del vocablo hace alusión a un tema que se vincula con la genética y la sociología. Teóricamente el meme es la contraparte cultural del gen; porque mientras el último aún no puede modificarse, el meme es el equivalente del rasgo cultural, que a diferencia de archivo genético está sujeto a la transformación y logra reproducirse tanto como la cultura lo permita.
De modo que el meme es un tópico más serio que el simple mensaje comunicacional que enviamos a nuestros amigos. Pero al grano, lo que importa en este caso es tomar conciencia de las implicaciones que el mensaje electrónico encierra. Porque de algo bien pensado, el meme se ha vuelto “ligth”, un poco banal y con cabeza hueca. En efecto, percátese que hay individuos que ya no escriben, que optan por atiborrarnos de memes, porque creen que éstos hablan por ellos y, en teoría, comunican lo que piensan. Preocupante, porque algunos ya no escriben, sino que envían memes, cual niños de aprendizaje incipiente.
Claro que no estoy planteando que los tiremos al basurero, ni que ellos son una plaga demoníaca. A lo mejor al meme le ha pasado lo que a otros productos sociales; hemos abusado de su uso y, de ser una idea luminosa, terminamos por “desgastarlos”, hacerlos tan comunes que ya no denotan, sino que connotan. Es decir, se han vuelto un bien desnaturalizado de tanto rodar en el mercado de lo baladí. Sí, nada escapa a su influjo; desde los pensamientos de grandes escritores, pasando por las reinas del carnaval, hasta el mensaje religioso que pregona el edén para los fieles devotos.
Y ahora que dispones de tiempo, deja de leer este comentario y visita el buzón del teléfono. Por favor, borra las decenas de memes que has acumulado en la última semana. ¡Ah!, y meditemos un poco antes de enviar el próximo mensaje prefabricado, porque la cigarra electrónica sonará para sorprender al receptor con el arribo de otro meme que podría resultar necio, indeseable y machaconamente repetitivo.



sábado, 30 de abril de 2016

LEONIDAS SAAVEDRA ESPINO y ROBERT NEARON: DOS AZUERENSES PARADIGMÁTICOS:



1. Este año ha sido una dura prueba para las provincias de Herrera y Los Santos, pareciera como si el sino se hubiese confabulado para hacernos más incómoda la existencia. El sector agropecuario, vapuleado por el estío peninsular ha mostrado su lado agónico, mientras el fenómeno del Niño recalienta haciendas y el bochorno del sol candente quema pastos y atenta contra el agua, la flora y la fauna. Y aunque lo común consiste en reclamar políticas y acciones a transitorios gobiernos, hemos de reconocer la cuota de responsabilidad en la hecatombe ambiental que se inició en la centuria precedente.
Sin embargo, cuando la canícula parece sumirnos en un sopor de siglos, hay dos fenómenos que concitan la atención y que reflejan la madera de la que está hecha la zona. Hay dificultades, pero pese a todo una avecilla silvestre - presa de su biológico celo- canta en la rama del árbol llamando a la lluvia. En efecto, la cascá, cancanela, primavera o cascocha es un ejemplo de terquedad ornitológica y de optimismo inclaudicable. Porque no importa los pronósticos meteorológicos, ella se prepara para lo que ha de venir, el arribo de las crías y la abundancia de alimentos, que vaticina el final de la estación seca y el inicio del mítico invierno.
Y mientras esto acontece con natura, hacia finales de abril y comienzo de mayo, el productor recoge sus aperos de labranza, espera la cruz de mayo, mira al cielo rogando que aparezca un nubarrón, implora a san Isidro Labrador y se prepara para la Feria Internacional de Azuero. Actúa cual cascocha humana, el ave que le ha acompañado durante milenios, porque el emplumado pájaro es mucho más viejo que el actual homínido que apenas tiene 500 años habitando la zona. Ese hombre, digo, ese ser hispano-negro-indígena, despierta al mundo de su evento ferial. Aquí demuestra lo que siempre ha sido, desde los cambalaches indígenas que describe Gaspar de Espinosa en el Siglo XVI hasta el ágora del comercio, la cultura y lo agropecuario que representa y muestra el escaparate promocional del más importante evento ferial de las provincias de Herrera y Los Santos.
La feria no es sólo agro, comercio, publicidad, ganadería y diversión, también es el escenario para exhibir al mundo la trayectoria del hombre probo, aquel que supo regalar al resto de los ciudadanos un ejemplo de vida y una trayectoria basada en el trabajo fecundo.. Por eso la Fundación Juan Antonio Rodríguez aprovecha el evento para reconocer a quien se lo merece, como premio y condecoración al esfuerzo y el tesón ciudadano.
En esta ocasión los laureles recaen en don Robert Nearon Ryan y don Leonidas Saavedra Espino. El primero en representación de la provincia de Herrera y, el segundo, por parte de la región santeña. Cumplamos, pues, con esa grata tarea y recorramos en esta noche lo más significativo de sus respectivas hojas de vida.

2. Don Robert Harold Nearon Ryan.

El estadounidense radicado en Chitré nació el 2 de febrero de 1942 en Detroit, Michigan. Hijo de Robert Lee Nearon y doña Dolores Margaret Ryan. Aparte de la valoración de su madre, ha de sentirse orgulloso del progenitor de quien podemos decir que fue miembro del Ejército de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos de América. El mismo que murió en combate, luchando por la democracia y la libertad, en las playas francesas de Normandía, durante el famoso desembarco acaecido en 1944, entre junio y agosto de ese año.
Aquel pequeñuelo a quien el hado y la guerra le arrebató a su progenitor cuando sólo contaba con dos años de edad, le esperaban gratos momentos más allá de las fronteras de su Detroit natal. Dispuesto a labrarse su destino le vemos capacitarse en la Universidad de Wexford en donde se le confiere el título de Gerente Comercial.
Hacia el año 1960 arriba a Panamá como miembro del Cuerpo de Bomberos de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos de Norteamérica. En ese período que se extiende hasta 1963 labora en Albrook-Howard y Río Hato, radicándose en la capital de la república en el año 1969. Allí, incursiona en otros menesteres para asumir la gerencia de importantes franquicias estadounidenses: Pollos Fritos Kentucky, Dairy Queen y Tastee Freez. Esa experiencia laboral será decisiva para su estadía en el Istmo.
En efecto, durante el año 1974 se traslada a la capital provincial herrerana en donde ejerce como gerente de Dairy Queen y escala hasta tener su propia franquicia, la que es conocida como Frostees. Desde entonces la nueva sede de su empresa se ha convertido casi que en ícono de la ciudad de Chitré; ubicada en la Avenida Enrique Geenzier, importante arteria vial de la tierra de don Dámaso Ulloa. Se ha sentido tan complacido con su nueva tierra que el 22 de mayo de 2002 se nacionalizó panameño.
En 1986 contrajo matrimonio con la señora Carmen Mora, con quien ha forjado familia. El señor Nearon Ryan tiene varios hijos: Mercedes Moreno y Robert, Elizabeth, Mary, Luisa, John y Carol Nearon. La existencia de una prole como la indicada demuestra que don Robert Harold Nearon Ryan, sin negar su tierra natal, ha hecho de su heredad adoptiva un lugar para vivir a sus anchas de azuerense casi que raizal.
Una prueba contundente de la integración de don Nearon a la región, no radica solo en su huella empresarial, sino en su papel dentro de asociaciones. En su vida pública ha sido fundador de la primera academia de Karate Do, la que contribuyó a forjar junto a Arturo Worrel, organización en donde llegó a ser Cinturón Negro. La región le conoce como patrocinador de boxeo, football y baloncesto. Son incontables las organizaciones que saben de su mecenazgo en carnavales, bandas de música, eventos municipales y otros. Es amigo del Museo de Herrera, miembro del Club de Golf, fundador de Protección Civil en Chitré, presidente en dos ocasiones de Apede Azuero, así como miembro del Patronato de la Feria Internacional de Azuero, por mencionar algunos eventos que hablan de un compromiso que se proyecta más allá de la esfera empresarial.

3. Ingeniero Leónidas Saavedra Espino

Don Leónidas Saavedra Espino nace en Guararé el 1 de mayo de 1922. Hijo de preclara familia santeña -cuyos orígenes se hunden el período colonial- desde pequeño mostró una indudable vocación por las ciencias, ya que creció en el seno de un hogar en donde su padre se agitó en temas farmacéuticos y resultó heredero de la fina sensibilidad de su madre, de la que seguramente debe parte de su visión humanista del mundo. Por eso los libros nunca fueron un objeto extraño en su residencia, y estoy hablando de una época y comunidad en donde antaño esa no era la nota dominante.
Los estudios primarios los realizó en su pueblo natal y mejoró su formación secundaria en el Instituto Nacional de la ciudad de Panamá. Allí obtiene el bachillerato en ciencias y letras. Durante esa promoción se le distingue con premios en química y francés. Con posterioridad viaja a los Estados Unidos de Norteamérica y allí, en la Universidad de Iowa, se le confiere el grado de ingeniero Químico. Deseoso de aprender realiza cursos de ingeniería de aguas en la Universidad de Cincinati.
Al regresar al país va a ser cofundador del Instituto de Alcantarillados y Alcantarillados Nacionales (Idaan). En esa institución fue jefe de plantas de tratamientos y control de aguas, asesor para control de calidad de aguas servidas. Ha representado a Panamá en diversos congresos internacionales en instituciones tan prestigiosas como la UNESCO. Participó en el estudio para determinar las fuentes de aluminio en Ecuador y Panamá.
Radicado en David, Chiriquí, también se ha dedicado a la urbanización y el negocio de bienes raíces.
Finalmente debo indicar que don Leónidas, además de su vocación técnico científica, posee una extraordinaria vena humanística que le ha llevado a ser  escritor de fina pluma. Ese mismo texto que con la maestría de políglota es capaz de escribir en español, alemán, francés e inglés. Baste con señalar su novela “¿Espino? Mensabé antes de Azuero”, en la que describe no solo la saga de su familia en los Siglos XVII y XVIII, sino los orígenes de gran arte de la península de Azuero. Este texto es, sin la menor sombra de duda, la mejor novela que se ha escrito sobre Azuero en los últimos tiempos.
Casado con la señora María Teresa Anguizola de La Lastra, tiene cuatro hijos: Leonidas, Javier, Alexis y Gerardo.

4. Revisado los aspectos más importantes de la biografía de los dos azuerenses se impone una reflexión final. Lo primero que hay que afirmar es que no deja de ser de lo más llamativo que al agasajar a don Robert y don Leonidas nos percatemos que ambos sean ejemplo de emprendimiento empresarial y, el segundo, además, experto en el tema del agua. Muy trascendentes que ellos tengan una trayectoria de vida que se enmarca en las temáticas que son el centro del debate contemporáneo sobre el desarrollo regional. A saber, la necesidad de contar con un renovado ímpetu empresarial que enrumbe la economía hacia nuevos derroteros en Los Santos y Herrera. Así ha de ser, porque los emprendedores de ayer cumplieron su labor y corresponde a las nuevas generaciones empujar el carro del desarrollo más allá de la muralla China de Divisa o de las dádivas del Estado regalón.
En el caso de Robert Nearon éste asume una visión que le ha hecho ser pionero en la comprensión de que la autarquía económica no es buena consejera y que hay abrirse a capitales que no necesariamente son nacionales, pero que los necesitamos para nuestro desarrollo. Llama mucha la atención esa postura suya de vincular la empresa con eventos sociales, que no necesariamente son de su incumbencia empresarial, pero que son ineludibles porque forman parte del contexto en el que está inmersa la empresa. A esta postura le llaman en términos modernos responsabilidad empresarial, proyección comunitaria u como deseemos llamarle, pero que el señor Nearon asume y se ha hecho costumbre desde los años setenta del siglo XX, época cuando muy poca gente teorizaba sobre estos tópicos.
Y si hemos de valorar al señor Nearon por su fe y constancia en los destinos de la región, otro tanto podríamos afirmar del ingeniero Leonidas Saavedra Espino, paradigma del hombre ilustrado que necesitan las provincias de Herrera y Los Santos. De porte gallardo y de conversación fluida e inteligene, don Leonidas forma parte de esa generación de panameños que lograron que el tema del agua diera un salto cualitativo de los pozos en la orilla de los ríos, de la tinaja y la lata o churuca sobre el rodete, hacia el grifo que al abrirlo expele mucho más que el líquido acuoso, derrama salud a raudales. En efecto, fueron millares de panameños los que, al consumir agua potable, salvaron su vida porque las enfermedades tenían en su mayoría, un origen hídrico. Y como su labor como químico y experto en agua fuera poco, nos lleva al mundo literario con la novela, “¿Espino? Mensabé antes de Azuero”, joya bibliográfica que en lo personal incluyo entre los 10 mejores libros que se han escrito sobre la tierra del santeño Belisario Porras Barahona y la herrerana Ofelia Hooper Polo.
Don Robert Nearon y Leonidas Saavedra Espino dejan, para quienes deseen verlo, una gran enseñanza. Sus vidas pregonan a los cuatro vientos que el amor a la región y a la nación no es un sentimiento sensiblero, que no basta con mirar al Canajagua y al Tijeras en la distancia, demuestra que la idolatría no tiene sentido si no se plasma en una vida de compromiso social que convierta el amor en praxis liberadora.
Los que integramos la Fundación Juan Antonio Rodríguez, en esta jornada de tan profundo significado para los homenajeados, así como para sus familiares, sabemos que otra vez en la Feria Internacional de Azuero se ha cumplido con un rito que para nosotros es sacro. A saber, el respeto por la inteligencia de nuestros paisanos, el regocijo de estar nuevamente en la brega, junto a la certeza de que el reconocimiento ciudadano es el antídoto contra la indolencia ciudadana que no pocas veces corroe el alma de la patria.

Villa de Los Santos, viernes 29 de abril de 2016-




 












miércoles, 13 de abril de 2016

AL ABRIGO DE ABRIL Y MAYO



Para Ana Mercedes.


Yo crecí entre el canto de la cascá, el arrullo de la titibúa, los anaqueles de una tienda y los abrojos campesinos. Aquella era otra época, la de los años cincuenta y sesenta de la pasada centuria. Mi Bella Vista natal era una calle larga a la orilla de la cual morábamos trescientas personas, casi todas conocidas y emparentadas. En la aldea había solidaridad, valor que florecía cual flor de macano en el estío peninsular. Existían conflictos ocasionales, pero eran minucias superadas y curadas por el tiempo, mientras la brisa salobre del viento del norte acariciaba al poblado desde los litorales de La Enea; ese pueblo marinero de los Bustamante, Vergara, Saavedra y otras preclaras familias.

Viajar a la villa cercana, Guararé, era emocionante, porque allí estaba el ágora griega de la plaza y la blanca torre del templo a la virgen de Las Mercedes. En mi infancia todo estaba preñado de imágenes sensoriales y del embrujo que nacía de un mundo pre lógico, una especie de panteísmo a lo guarareño. Lo mismo acontecía con el pétreo edificio de la Escuela Juana Vernaza, centro educativo que se me antojaba plagado de personajes misteriosos, seres que moraban entre las anchas paredes y que de vez en cuando asomaban su faz entre las ventanas. A lo mejor, quizás, gnomos que también oteaban desde las amplias terrazas en la sección norte y sur del majestuoso edifico que construyera el español don Pedro Sarasqueta.

En la conciencia infantil de antaño, nada más incisivo que el sonido del yunque tras los mazazos y el chisporroteo de luces en las fraguas de Arcelio “Chelo Díaz”, Ezequiel “Tite” Vásquez y Roberto Benavides. En efecto, porque cuando era abril y mayo el campesinado acudía ante el herrero para encargar machetes, hachas y coas. Sí, en esos meses declinaba el verano y se iniciaban las lluvias. Ni más ni menos que el momento de transición entre dos ciclos productivos, del pasto chamuscado al verdor de natura. Tiempo de Cruz de Mayo y de religiosidad vestida de adoración y súplicas a San Isidro Labrador.

A todo ello añadamos el inicio del período escolar ataviado con uniforme de blusa blanca y pantalón o falda chocolate. Y allí va ese niño campesino cargando su bolsa de cuadernos, la que en su ausencia se suplantaba con la chácara terciada en el cuerpo, ya fuera de fibra vegetal o de tela. Mayo era la escuela y el capote con las botas bajo ese aguacero al que había que hacer frente porque la campana escolar ya había hecho su llamado.
Abril y mayo tenían olor a tierra mojada, sazonada con gritos campesinos que desde las casas de quincha expresaban la inefable alegría de vivir. Y hasta el ser montaraz respondía al llamado natural al cambio, a la reproducción, al gozo sano de la sexualidad, a esa metafórica cópula entre la gota de agua y el terrón calcinado por el sol inclemente.

En un entorno tan bucólico la mixtura de sentimientos se vuelve congoja campesina; añoranzas por el alejamiento del estío peninsular e incertidumbre por el invierno sombrío y pletórico de torrenciales aguaceros. Luego, junto al amasijo de las emociones, ese canto insistente de la cascá o cancanela, primavera o cascocha. El hermoso trino matinal “llamando a la lluvia” recoge, compendia y cincela el momento en la psiquis.

En efecto, abril y mayo son una parcela de la cultura campesina, la fotografía en el tiempo de un fenómeno natural, social y meteorológico que eclosiona en el pecho del hombre del campo. Es decir, son ecos sonoros de la vida que desde entonces habita algún rincón del alma, recuerdo que se dispara al escuchar el melancólico trino de la avecilla silvestre o que se torna melancólico al descubrir las secuelas que ha dejado el paso del tiempo.

Al calor de abril y mayo han pasado muchas cosas, pero ninguna tan nefasta como la destrucción del ambiente en que floreció la cultura campesina. La faragua, el hacha y los agroquímicos destruyeron no sólo los bosques, sino el mágico encanto que fue la cuna de la orejanidad. Y pese a todo, otra vez al abrigo de abril y mayo, aún cantan las avecillas, pero no para llamar a la lluvia -cual queja de lebruna en la espesura-, sino para recordarnos que la modernidad mal comprendida nos está dejando el alma enjuta, como terrón en el cuarteado callejón en donde dejó sus huellas mi infancia.

En las faldas de Cerro El Barco entre el 11 y 12 de abril de 2016









domingo, 6 de marzo de 2016

AGUA, ALJIBES Y TROJAS





La crisis por la que atraviesa la región azuereña posee variadas lecturas, desde las de tipo estructural hasta las que colocan el acento en la emoción y resienten la crítica que se endilga a los agentes que depredan ríos, quebradas, suelos, fauna y flora.Sin embargo, quizás porque la coyuntura y la urgencia así lo demanda, hemos dejado a un lado los aspectos históricos del agua. Es decir, la interacción del hombre peninsular con el líquido de la vida.
En Azuero la historia escrita del agua comienza con la presencia hispánica, más específicamente con las crónicas de Gaspar de Espinosa quien recorre la región a inicios del Siglo XVI. Al español le impresiona la vegetación y cultivos (en especial el maíz) del río que denominará, precisamente, De Los Maizales, también llamado Cubitá por los indígenas y, con posterioridad río La Villa.
De la Colonia heredamos el uso de cántaros de arcilla para almacenar el agua, las llamadas tinajas, que han sido de tanta utilidad y que aún sobreviven más allá de la casa de quincha. Ese legado, lejos de ser hispánico, parece tener impronta indígena, herencia que también involucra el uso de churucas como recipiente para transportar el acuoso elemento.
No menos relevante son las leyendas que mezclan lo hispánico-indígena y fluvial, como en el caso de la Niña Encantada del Salto del Pilón. En efecto, no pocas mitologías campesinas tienen, directa o indirectamente, al agua como protagonista. Ese es el caso de la neblina que asume la etérea personalidad de la Madre de la Noche. Esa bruma acuosa de la alta noche y el alba es lo que hizo posible La Silampa, personaje mitológico que no por casualidad el hombre del campo lo asocia con el frío de la madrugada. También, en el imaginario popular, el sereno se mira como un influjo negativo sobre la salud campesina. Aunque para no pocos paisanos la humedad nocturna produce el rocío preñado de poéticas motivaciones.
En cambio, el sistema de aljibes es otra cosa. Aparece, hasta donde conocemos, en el período colonial. Tales técnicas para almacenar agua son legados de los europeos y, en el caso español, de indudable influencia árabe. Como sabemos, el aljibe es todo pozo, cisterna o fosa para almacenar agua y, como ha de suponerse, asume diferentes formas.
En las provincias azuereñas las manifestaciones de tal modalidad son modestas, al estilo de pozos elaborados en la roca próxima a quebradas y ríos. En este caso no se trata de acumular agua lluvia, sino de adquirirla por la filtración de la corriente contigua, lo que demuestra una preocupación temprana por la salubridad y el asocio del agua como elemento de vida, pero también de muerte. El líquido es vida, presente en el bautismo, al mismo tiempo que atemoriza, como en los casos de los ahogados en ríos y mares. No otra cosa representa la arraigada amenaza de la cabeza de agua, la que puede truncar la vida al atravesar los ríos bravíos.
En cambio, el pozo brocal, el hoyo circular que abastecía de agua pura, fue amo y señor por mucho tiempo, al punto que su reinado se prolongó hasta los años sesenta del Siglo XX. (¡Cómo olvidar el uso de carruchas!). A partir de allí declina su uso, entre otros motivos por el arribo de la modalidad artesiana que se instaura en la primera mitad de la centuria indicada. Originario de la región francesa de Artois (Artesia), de allí retoma su nombre para constituirse no sólo en el lugar para abastecer agua, sino en el sitio de las tertulias de quienes acudían a la fuente hídrica provistos de churucas y latas. El famoso pozo de manigueta marcó toda una época.
Un punto especial en la cosecha del agua lo representa la varias veces centenaria casa de quincha. El diseño a dos aguas, con un pronunciado declive desde la cumbrera, llevaba todo el líquido al cañizo desde el que se depositaba en tanques colocados ex profeso. Así el hombre disponía de aguas para regar las plantas y flores del entorno familiar, así como para aplacar al polvo veraniego.
La existencia de la huerta campesina es otro elemento a tomar en consideración. Ella representó la síntesis de trabajo, ocio y diversión. Ubicada en las riberas de los ríos resume una cosmovisión agraria donde el agua se mezcla con la ética laboral campesina, el sonido de la corriente del río que no cesa de fluir, mientras familia e invitados disfrutan de un refrescante chapuzón. Ese río que no pocas veces fue fuente de proteínas de pescados, camarones y otras delicias de la gastronomía orejana. Sin olvidar los placeres de las lavanderas que a son de manduco y charlas de comadres, lavan la ropa mientras el agua juguetona serpentea entre las piedras.
Hay que tener presente que el Siglo XX modifica la relación que tenía el campesino con el líquido elemento. Y conste que para aquellas calendas el grupo humano ya se preocupaba por la escasez de agua que promovía el estío peninsular. Tanto, que era común el uso de trojas en quebradas y ríos. La troja era una represa rústica construida con materiales del medio: palos, tierra, piedra, arena, etc. Su función era clara, retener el agua y, en el caso de los ríos, prevenir el avance de la marina salinidad.
Durante esta centuria y como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, se introdujo algo novedoso. Como al inicio de los años cuarenta no se sabía cuánto iba a durar la conflagración bélica y era necesario garantizar la seguridad alimentaria, el gobierno promueve los regadíos. El 1941 el primero de ellos se establece a la orilla del río La Villa. Esa propuesta crece en los años sesenta al punto que, en 1969, se amplía el regadío indicado y se construye otro en las veras del río Guararé. El proyecto, fraguado en 1966, pretendía abarcar desde el río Parita hasta el río Oria en Pedasí. Época importante porque el Estado comienza a institucionalizar respuestas para dotar de agua potable a la población.
El regadío, un proyecto de tamaña magnitud, feneció por falta de visión y decisión política. Igual aconteció con el propuesto para el valle de Tonosí en los años setenta y, cómo olvidarlo, el fallido intento del Siglo XXI. En efecto, durante estas dos centurias los reservorios de agua no han faltado, pero casi siempre ligados a la actividad agrícola y ganadera, especialmente la última. Surgen así algunos abrevaderos para las bestias que no sólo son consumidos por los animales, sino evaporados por el sol inclemente.

De lo dicho se colige que, si bien el hombre interiorano ha impactado negativamente el ambiente, tal proceder tiene parte de su explicación en factores exógenos al área (mercado transitista) sumado a una herencia hispánica que mira el monte como el lugar en el que moran animales, insectos y culebras. Es decir, como la antítesis del progreso. Por eso la destrucción ambiental en la zona puede llegar a confundirnos y olvidar que existe una historia del agua que no puede ser desechada y que está íntimamente ligada a la evolución del sistema social. La verdad es que en el siglo XX se destruye la cultura campesina del agua. De modo que cuando se estudian tales procesos, se descubren los pies de barro de aquellas leyendas que, irresponsablemente, se han tejido sobre el hombre interiorano y, en particular, de la relación de este con los componentes hídricos en el que mora. En efecto, no todo ha sido fósforo y hacha.