martes, 31 de marzo de 2020

A MIS PAISANOS




¿Quién dijo que es nefasto estar solo? La soledad absoluta no existe, porque hasta en el aislamiento se escuchan los latidos del alma, atribulada y con vida. Mientras escribo aquí estoy con Elián -mi perro- y la brisa que acaricia mi rostro. Hay un cantar de pájaros y en la distancia rumores de humanidad, de la existencia que es otro regalo cósmico.
Somos seres con suerte los que venimos al mundo en esta península de emigrantes; la sociedad que no se cansa de portar en el brazo la bandera de lo profano, mientras lleva en el otro el sirio de la sacralidad. Hay que recorrerla para escuchar los gritos libertarios de Goitía, Porras y Zárate, la trilogía del humanismo que calza cutarra e ilumina al Canajagua. Miro esas casas de quincha y, cómo, me pregunto, vamos a sentirnos solitarios. No comprendo a quienes les intranquiliza la cuarentena, esa otra forma de cuaresma, diferente a la añeja práctica de la Semana Santa.
Desde Divisa a Punta Mala, de Mariato a Flores y de Restingue a Cañas hay un mundo de historia, geografía, cultura y ambiente. Ese cuadrilátero terrestre guía nuestros pasos y ha de ser la fuerza que mueva al ente peninsular, al poblador que Belisario llamó orejano y que creó la más hermosa expresión de etnicidad. ¿Sólo?… si moro aquí, con alboradas y ocasos de oro, me solazo con acordeones y décimas, mientras la gastronomía se forja en la catedral de la fonda.
¿Aislado?, si nos rodea la inteligencia con faldas. Tenemos a Rufina, Ofelia, Bibiana y Zoraida, pioneras rompiendo paradigmas y reclamando un puesto para ellas.  Me niego a echar en saco roto a José del C. y Leonidas Saavedra Espino, Antonio Moscoso Barrera, Isidoro Valdés, Ernesto Castillero, José Huerta, Sergio González Ruiz y también al otro paisano que vende helados de pipa, a la mujer de vida espartana y heroína del hogar. Acompañados con el osario de nuestros antepasados, imposible temblar ante los desafíos y el simple cacareo del tiempo sembrado de añagazas.
¡Venceremos paisanos! No temamos a las nubes negras, porque de ellas proviene el agua vivificante que moja las cementeras. Nuestros ríos siempre han estado allí, cuidemos la vida porque la vieja Guadaña no cejará de rondar. Ama al Sol y al viento, a la obscuridad y a la Luna. Lo nuestro es el desafío de la luz sobre las tinieblas, el canto del ave en la fronda, la música que triunfa sobre el silencio y la mano indefensa de los niños que confiaron en nosotros.
¿Qué estamos confinados y en cuarentena? Todo es relativo, porque la libertad nunca ha sido pasto de la ergástula, ni la mazmorra ha logrado aprisionar la fe del hombre. Me basta con escuchar el trino de la platanera, de los azulejos inquietos y dicharacheros, para convencerme del triunfo del hombre de nuestra península hermosa. Sí, otra vez venceremos, como siempre, y por los siglos de los siglos.
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31/III/2020


Ágora 89 SOCIOLOGÍA DE AZUERO Parte B

Ágora 89 SOCIOLOGÍA DE AZUERO Parte A

viernes, 27 de marzo de 2020

ENTRE PANDEMIAS Y COGITACIONES


El hombre es un animal depredador y hacedor de cultura, lo que no es nada nuevo. Sin embargo, lo relevante estriba en la naturaleza de aquello que ha venido construyendo hasta la fecha. Acostumbrado a su rutina, el sacarlo de su mundo de confort le estremece, pero ayuda a revisar su proyecto colectivo de vida. Y en este sentido un microscópico virus le ha puesto a padecer por el costo que está pagando, por lo que hizo, olvidó y se niega a emprender.
En la nación istmeña podemos derivar lecciones de esa angustia existencial, que independientemente de las secuelas que haya que asumir, nunca deben olvidarse. Claro que es importante y prioritario controlar el entuerto sanitario que nos agobia, pero de cara al futuro es más relevante escudriñar la etiología social que le ha conducido a la encrucijada en que se encuentra, para que seamos capaces de trascender el transitorio problema que padecemos; porque el hoy, sin los correctivos del mañana, no pasa de ser un simple alarido cósmico.
Por tal razón, lo que sigue, son algunas cogitaciones, categorías analíticas nacidas desde el mirador en que me encuentro y que comparto con los lectores, con el único afán de estimular la sana cavilación y propiciar los necesarios correctivos. Helas aquí.

1. Globalización. Comprendamos que a nivel planetario se han roto las barreras que aislaban al hombre, lo que es positivo, por cuanto integra al planeta, pero también la mundialización presenta tonos grises y negros. Todo se comparte (la economía, cultura, tecnología, música, gastronomía, etc.), al igual que las enfermedades que ya no están circunscritas a un área geográfica, sino que son la cosecha de los hombres en las antípodas del mundo. Lo admitamos o no, vivimos en la aldea global, porque el asiático que muere en Wuhan está conectado con el istmeño que fallece en Potuga. El estado-nación está herido de muerte, pero en el presente todavía no concluyen las labores del parto y sólo escuchamos los gritos de la madre Tierra.

2. Entorno ambiental. La crisis ambiental, y no solo de aves, mares, temperaturas y bosques, únicamente puede ser superada por la solidaridad humana, porque la globalización, como queda dicho, no sólo ha de ser económica y cultural, sino humanista. Tiene que importarnos el prójimo, el hombre íngrimo que muere desnutrido en cualquier rincón del planeta y que no queremos reconocerle para no asumir engorrosos compromisos. El irrespeto al entorno ambiental está levantando polvaredas de males que estuvieron allí, en su inframundo, esperando el caldo de cultivo para su afloramiento. El hombre olvida que la destrucción de los ecosistemas abre la puerta a la fosa comunitaria, a los aposentos de Hades y el Can Cerbero.
3. Estratificación social. La desigualdad social es el coronavirus del mundo. Esas disparidades en el acceso a la educación, salud, economía, vivienda, diversión y ocio están lastrando la vida de los seres vivos, humanos o no. La resurrección de teorías que pregonan la supervivencia del más fuerte imposibilita la solución de los problemas y encarnan una visión torpe y pírrica del mundo. La pobreza es casi universal y la riqueza en pocas manos ofende la Casa Común. El mayor muro para enfrentar las pestes, cualesquiera sean, radica en los desiguales accesos a la riqueza y bienes que el hombre crea.

4. Educación y ciencia. Ha salido a relucir la visión comarcal de la instrucción. El grueso de la población carece de las herramientas conceptuales y teóricas que le permitan comprender la pandemia. Aflora una visión emocional y chata de la realidad. El miedo se apodera de la razón y ésta, ya de por sí limitada, recurre al sentido común. Las plegarias que pueden ser buenas suplantan la ciencia y la histeria colectiva se enseñorea sobre la nación. El hombre quiere que la deidad resuelva lo que es de su estricta responsabilidad humana. Los cambio sociales son tan bruscos que sectores sociales, aparentemente lúcidos, se dejan llevar por soluciones que distan de ser sensatas. Los medios de comunicación no pocas veces desorientan a la población y saturan al receptor con mensajes repetitivos y cansones. En consecuencia, el hombre extraviado intenta retornar inútilmente al natal útero materno, aunque trasporte en su cuerpo el aguijón de la enfermedad. Lo que falta es educación y ciencia, pero tales males no se resuelven con decretos y cuarentenas coyunturales.

5. Filosofía de vida. En lo más profundo de la encrucijada actual aflora un problema capital, el sentido de la vida del hombre, porque es evidente que la misma dista de ser perfecta y, por el contrario, se ahoga en la cultura del individualismo, el hedonismo desenfrenado, el pragmatismo extremo y la insolidaridad ciudadana. Porque siempre que la ciencia esté al servicio del dinero, la economía sea un fin en sí mismo y la educación forme abejas que no entienden su rol en el panal, éstas se conformarán con existir en su propia celda.

6. Epílogo. Cuando lo vivido sea parte del ayer -la pandemia y sus secuelas-, ojalá que el bípedo peludo haya aprendido algo. Esté consciente que existen problemas estructurales que tienen que ser resueltos y que no puede continuar pensando que vino al mundo para participar solo de la pachanga, extenuado y convertido en objeto del mercado, receptor pasivo de la depredadora politiquería criolla. Ha de comprender que no puede entregar su futuro a morones que depredan el sistema social, la economía, la cultura y el ambiente. El qué hará ese mortal alienado y sometido a los poderes mundiales, determinará la suerte de un minúsculo planeta perdido en el espacio profundo, así como del ser que se autoproclama homo sapiens.

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En las faldas de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 25 de marzo de 2020



viernes, 20 de marzo de 2020

EL ZORRO DE LA PRADERA




Y salí a la caza del zorro, armado con mi cámara fotográfica. Lo encontré cuando el sol ya casi agonizaba en el horizonte. Se acercó cauteloso, caminado por el potrero sobre la hierba chamuscada del estío peninsular. Le vi en la distancia moviéndose con soltura, luego de salir de su guarida en los piñolares. Allí seguramente mora con sus congéneres, porque el hombre -cazador irracional- es animal depredador que le acecha y acosa.
Nuestro zorro tiene buena estirpe y una leyenda que le mira como ser astuto, inteligente y sagaz, como el personaje que encarnó Antonio Banderas y Catherine Zeta-Jones en LA MÁSCARA DEL ZORRO. Pero acá está el mío, el peninsular, el que lucha por sobrevivir en una región deforestada. Luce un poco delgado el cánido, con un rabo largo y hermoso que se mueve con el viento, con la elegancia aristocrática de un emperador, propia del zar de los montes.
De vista muy vivaz y vestido de un grisáceo que tira a negro, luce sobre el cuello la blancura impoluta de su vida silvestre. A veces se detuvo, con pose de modelo, como si comprendiera la urgencia de demostrar que existe; implorando que le dejen vivir, ingerir alimentos y beber tranquilo, porque él también es una criatura de la creación. Tanto, que sus ojillos penetrantes proclaman su señorío en esta tierra que también le pertenece.
Al regreso, en el silencio y la introspección que genera el conducir automóvil, le pensé y en mi retina aún sobrevivía la imagen del increíble zorro de la pradera. Y me sentí emocionado y cómplice de su mundo montaraz.
19/III/2020

viernes, 13 de marzo de 2020

EL TEMPLO RELIGIOSO Y EL SIMBOLISMO DE LA PALMA




Entre los muchos aspectos que la modernidad ha convertido en mero recuerdo se encuentran las palmas que antaño distinguían a los templos de la peninsular región azuerense. En efecto, ya son pocos los poblados que presentan, próximo a las portadas de los edificios religiosos, la figura enhiesta de las palmeras.
Los testimonios fotográficos demuestran que los templos más coloniales, como el de San Atanasio, en la Villa de Los Santos y el de la ciudad de Las Tablas, lucían alguna variedad de arecáceas. Incluso poblados más recientes como Guararé, al  inicio del siglo XX, mostraban las cimbreantes y elegantes palmeras del templo a la virgen de Las Mercedes, aunque ya para el año 1948 habían desaparecido.
En los tiempos actuales el ejemplo más notorio continúa siendo el de la Villa de Los Santos, donde aún podemos observarlas a la entrada del templo. Y esa tradición ha de ser valorada, porque está enraizada en la historia de la Civilización Occidental, incluso desde la época de la Mesopotamia y del milenario Egipto, de donde procede.
Desde aquellas calendas las palmeras fueron emblema de fertilidad, eternidad y de la presencia de la divinidad. Quizás esa valoración también esté asociada a la existencia del oasis, con el agua, fuente de la vida, en lugares en donde se apreciaba en la distancia la figura del tronco leñoso con grandes hojas, como faro botánico para el sediento caminante.
El agua y la palmera, la mancuerna de la inmortalidad, que por la vía de los españoles y la religión católica llegó a nuestras tierras y formó parte de nuestra identidad. Influencia cultural y religiosa que aún subsiste en la Semana Santa cuando se distribuyen las pencas benditas, remanente histórico de la relevancia que experimentó desde hace milenios. Por eso su fruto continúa siendo una hermosa metáfora de la sed de espiritualidad y humanismo del hombre contemporáneo y bien haríamos, cuando el caso lo permita, en volver a plantar las palmeras en las proximidades del templo y los poblados, porque ellas no son simplemente un asunto de ornato, sino de profunda religiosidad.
……mpr…