viernes, 19 de enero de 2018

LA GENTE GUARAREÑA





Mirar hacia el pasado siempre resulta gratificante. En especial cuando al hacerlo se recuerda a quienes han resultado protagonistas de momentos y sucesos que de alguna manera han impactado nuestras vidas. Sin embargo, el problema se complica cuando intentamos seleccionar entre una pléyade de seres que han sido luz comunitaria. En efecto, duele dejar algunos nombres en el tintero, pero resulta inevitable en una página cuyos caracteres están contados.
En el caso de Guararé habría que comenzar con aquel indígena, desconocido en su rostro y en su accionar comunitario, pero que ha legado el sonoro vocablo que da nombre al poblado, Guararí. Desde su tiempo, Siglo XVI, hasta la vigésima primera centuria, la historia presenta lagunas que alguna vez han de ser llenadas para gloria de quienes viven el guarareñismo peninsular.
Lo cierto es que los primeros nombres de personajes comunitarios no aparecen hasta la segunda mitad del Siglo XIX, acaso porque en los siglos anteriores aún no se había estructurado el emplazamiento poblacional y se carecen de fuentes confiables que den cuenta de la comunidad que tal vez se constituyó como tal hacia el siglo XVIII. Lo cierto es que algo se tejió previamente en el tejido social cuando en la nonagésima centuria aparece la figura de Bibiana Pérez Gutiérrez, quien lidera la creación del distrito. Ese proyecto sugiere que ya existía algún grado de maduración social y que otros nombres y apellidos marcaban el devenir ciudadano. En mi libro PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LAS MERCEDES (GUARARÉ, 1869-2010) doy cuenta de esos nombres y apellidos que forjaron la personalidad colectiva comunitaria.
Aparte de la mencionada matrona, en la décima novena centuria, aparecen los nombres de don José Vásquez Delgado (1856) y don Ubaldino Córdoba López (1864-1953), ambos presbíteros cuyas ejecutorias son conocidas. El siglo concluye con el nacimiento de Manuel Fernando de Las Mercedes Zárate (1899-1968), personaje que marca la historia como figura cumbre de la intelectualidad guarareña del siglo XX. Zárate representa el lúcido ejemplo del campesino convertido en erudito, hazaña que tratan de emular no pocos personajes nacidos en la Tierra del Festival de La Mejorana.
La tierra guarreña inicia el siglo XX con pie firme. El 10 de noviembre de 1903 el municipio guarareño se adhiere a la separación de Panamá de Colombia y con tal fin emite un acuerdo municipal en el que deja constancia del acontecimiento, en una postura política muy a tono con los nuevos tiempos. La lista de personas que lo firman es un bello testimonio de las familias que habitaban el distrito. Y ya que estamos por estas calendas, recordemos la figura de Teodolinda Zarzavilla, emprendedora mujer que establece la casa comercial cuyo emplazamiento arquitectónico aún se mantiene en pie.
Luego de la separación de Panamá de Colombia, al calor de las políticas liberales, otros rostros marcarán la historia comarcal. La revolución educativa del liberalismo hace que surjan nuevos líderes comunitarios, quienes, beneficiados indirectamente de esas transformaciones, encuentren su nicho social. Tales los casos del médico empírico, don Darío Angulo Pérez (1870-1970), quien nacido en la centuria anterior (Siglo XIX), se proyecta como curandero de fama.  Su hijo, don José Nieves, escala puestos dentro de la burocracia regional y resulta un importante puntal para la realización del más famoso festival folclórico de Panamá.
Para Guararé el festival en mención es más que un evento cultural. Gracias al mismo otros rostros sociales aparecen en el escenario. Pienso en personajes como Benjamín Domínguez, Esteban Rodríguez, Arcelio “Chelo” Bravo (1926-2006), Victorino “Nano” Córdoba, Rufino García, Gabriel Villarreal, Ermisenda “Chenda” Castillo, Jacinto “Chinto” Vergara, Héctor “Pito” González, Anselmo “Chemo” Villarreal, Federico Barrios, Escolástico “Colaco” Cortés, Arcelio “Chelo” Espino, Félix  Pérez, Ubaldino García, Abraham Díaz Angulo, Martina Castillo y una larga lista de hombres folk y profesionales que han sido el alma del guarareñismo. Y cómo olvidar a Reyes Espino, Antonio “Toño” Saavedra y su hija, la recordada educadora doña Doris Saavedra de Saavedra. Además, gente brillante como la doctora Evelia Vega de Cortés, Didio Borrero, Artemio Córdoba, Francisco Castillero Carrión, Leonidas y José del Carmen Saavedra Espino, así como el emprendurismo empresarial de Alexis “Baby” Jiménez. Otro tanto podríamos decir de zapadores del cooperativismo como Pablo Durán y Alejandro Pinzón Jaén.
Dicho de otra manera, la construcción del alma colectiva, vale decir, la identidad de Guararé, es un producto sociocultural y como tal bajo la responsabilidad de gente notable de sus corregimientos. A saber: Guararé, El Espinal, El Macano, Guararé Arriba, La Enea, La Pasera, Las Trancas, Llano Abajo, El Hato y Perales. En efecto, existe una biografía que no se agota en los nombres que arriba he recogido y que también encontramos en tales circunscripciones administrativas. Para esos personajes, algunas veces anónimos, el reconocimiento por su firme contribución al desarrollo distrital.
Milcíades Pinzón Rodríguez,
En las faldas de Cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 7 de mayo de 2017.



lunes, 1 de enero de 2018

PREGUNTAS Y RESPUESTAS SOBRE EL CARNAVAL TABLEÑO




¿Cuál es el significado del carnaval tableño?
Puede decirse que su aporte es inconmensurable, ya que se ha convertido en emblema del carnaval istmeño, en la medida que ha servido de molde para el desarrollo de otras modalidades nacionales. Es decir, el carnaval tableño es el paradigma nacional de la fiesta del dios Momo. El mismo se desarrolla sobre varias vertientes estructurales: tunas de tunas (Calle Arriba y Calle Abajo, inicialmente tradicionales y luego con murgas), culecos (mojaderas), existencia de reinas, bailes en toldos, la plaza como epicentro del carnaval y el pueblo como protagonista colectivo de la festividad.

¿Qué lo diferencia de los carnavales de otros puntos del país?
A diferencia de otros carnavales, el tableño es un evento que está muy integrado a la cultura regional, a tal punto que es parte de la socialización de los niños; de modo que es solo una actividad festiva, sino una fuente de vida, una empresa con rentabilidad económica. Inicialmente no fue una actividad surgida desde los altos estratos del poder económico y social, sino que tiene su génesis en el hombre de la calle. Se caracteriza por introducir tonadas picantes y unas murgas que reemplazan a las tunas tradicionales. Quizás lo más característico haya sido la existencia de las reinas que abanderan las calles, así como el culeco y sus correspondientes mojaderas.

¿Cómo era el carnal de Las Tablas en sus inicios y cuándo nace este carnaval?
Antaño el carnaval tableño era muy tradicional, con tunas que recorrían las calles, tamboreros, empolleradas y cantalantes. El cambio más notorio se produce a mediados del Siglo XX (años cuarenta y cincuenta) décadas cuando la población crece y la región se incorpora con fuerza a la economía. Esa modalidad tradicional se modifica porque, por ejemplo, es tal la afluencia de personas, que una cantalante no puede ser escuchada adecuadamente. Ese es el momento cuando surgen las murgas, las que con instrumentos modernos llegan a un mayor auditorio. Las murgas aparecen a finales de los años cincuenta del Siglo XX, 1958, para ser más exactos.
Sobre el origen del carnaval es poco lo que se puede añadir, salvo algunos relatos que no siempre cuentan con un referente científico sobre su existencia. Se cree que hacia 1671, luego del ataque del pirata Morgan a la ciudad de Panamá y la introducción de Santa Liberata (Santa Librada) por los nuevos pobladores, se produce una escisión entre los seguidores de la nueva santa y los partidarios de la devoción a la Santa Cruz, que existía previamente. Dicen los tradicionalistas que esa devoción se expresó fuera de la actividad religiosa en la existencia de la Calle Abajo y la Calle Arriba.
En lo personal creo que es una problemática más compleja, porque la división de clases (tan característica de la Colonia) terminó por reflejarse, de manera natural, en la fiesta del dios Momo. Algunos se sintieron más identificados con una tuna que con otra y esto se encarnó en el carnaval dando origen a la Calle Abajo y la Calle Arriba. Me parece que las puyas que aún se cantan en las tunas de alguna manera confirman este enfoque al que hago alusión. Algo similar aconteció en los siglos pasados con, por ejemplo, las “mojiganas” en la fiesta del Corpus Christi.

¿La rivalidad de las tunas estaba presente desde los inicios de los carnavales?
Al parecer algún tipo de rivalidad existió desde el inicio de los carnavales, lo cierto es que la porfía amistosa logra su mayor cuota desde los años cuarenta del Siglo XX, por las razones que arriba he planteado. La comercialización del evento, para estas mismas calendas, estimula este rasgo del carnaval tableño y lo proyecta a nivel nacional, mediante la radio, primero y la televisión, después. En este punto conviene afirmar que la migración santeña contribuye a diseminar el carnaval, haciendo de la sana disputa de carnaval una modalidad nacional. 

¿El topón cuándo lo introducen en las festividades?
El topón no tiene un año preciso de surgimiento, porque se produjo como un hecho natural de la propia dinámica del carnaval en localidades pequeñas en la que era inevitable que en algún momento las tunas se encontraran y se exaltaran los ánimos. En estos casos las armas de la contienda eran los gestos de los tunantes, las puyas hacia la tuna contraria y en general una “guerra” que se ganaba con cohetes, polleras, reinas y todo el arsenal “bélico” de que son capaces las tunas de carnaval.

¿En comparación con los inicios qué cosas se mantienen aún en las celebraciones de los carnavales?
En las últimas décadas el carnaval tableño ha experimentado grandes transformaciones, cambios ocasionados por el arribo masivo de turistas, la influencia de los medios de comunicación de masas y, en general, por la comercialización de sus principales manifestaciones. Sin embargo, los rasgos fundamentales siguen siendo la existencia de las tunas, la realización de culecos, la existencia de carros alegóricos y la mujer como emblema de la monarquía carnestolenda. (reinado)

¿Los cuatro días de carnaval tienen su significado? ¿Qué festejan o qué significa cada día?
En Las Tablas cada día de carnaval tiene una temática en particular. Por ejemplo, el sábado de carnaval cada calle puede presentar un tema de su elección (tema libre). Los domingos las reinas lucen los vestidos de su noche de coronación (realizada el viernes) y los lunes están dedicados a disfraces. Sin embargo, el martes de carnaval es, sin la menor sombra de duda, el día más esperado del carnaval tableño. Está dedicado a las manifestaciones culturales de la panameñidad. Ese día las tunas lucen la mayor cantidad de empolleradas y los carros de carnaval presentan alegorías inspiradas en el folclor nacional.

En cuanto a los carros alegóricos, ¿qué diferencias existen con los presentados con anterioridad?
El carro alegórico ha evolucionado en los últimos tiempos y refleja como en un espejo el cambio que ha experimentado el carnaval. De aquellos carros iniciales, pocos pretenciosos y económicamente modestos, ya casi no queda nada. Ahora las tunas exhiben tres y hasta cuatro carros alegóricos por noche. Estos carromatos se han convertido, desde los años setenta, en una muestra de poderío de la tuna que los presenta, al punto que muchas veces el ideario popular habla de la tuna ganadora en función del lujo y esplendor del carro que se presentó en horas de la noche
   
¿Qué otros cambios se han visto en estos carnavales?
Yo diría que la fama y esplendor que ha tenido el carnaval tableño ha acarreado para éste un alto costo. Muchas veces lo que ha ganado en fama, lo ha perdido en esencias. Este cambio no es imputable al carnaval en sí, sino que forma parte de la dinámica socioeconómica que experimenta la sociedad santeña y panameña en general. Por ejemplo, la afluencia de visitantes ha hecho que se modifique la forma casi natural con la que se celebraban los diversos eventos. Un ejemplo de ello son los culecos, que se han masificado y cada cual lleva al mismo lo que le plazca, con lo que el evento presenta una imagen amorfa y heterogénea de gustos y modismos. Otro tanto lo vemos en los toldos, otrora dominados por los mejores acordeonistas nacionales, que han terminado por ser amenizados con música foránea.
Uno de los aspectos más lamentables del carnaval se refiere a la suerte de los tronos de las reinas. Antaño éstos eran una muestra de buen gusto y representaban escenas de las culturas nacionales e internacionales. Hoy, lamentablemente, casi han desaparecido para dar paso a un conjunto de hierros viejos que nada aportan al carnaval tableño.
También podemos indicar que las fiestas de carnaval siempre tuvieron a la plaza como escenario ideal de sus actividades. Pues bien, esta misma plaza, con su parque central, ha sido ocupada para establecer palcos que impiden la libre circulación de las personas y restan naturalidad a la circulación de los tunantes.
Lo que acontece con el carnaval tableño coloca sobre el tapete un tema central, la relación entre la cultura tradicional y la adulteración de la misma como producto de la comercialización moderna.



  

sábado, 18 de noviembre de 2017

TEORÍA DEL SANTEÑISMO (Origen, evolución y desafíos)




¿Qué es el santeñismo y cuáles son los resortes históricos y socioculturales que le sustentan? Tal es el objetivo central de estas meditaciones que aspiran a escudriñar su razón de ser. Acometemos este desafío en época preñada de intensos cambios sociales y culturales; transformaciones que parecen hacer añicos la existencia de la sociedad y cultura que floreció en la península de Azuero, retazo de patria ubicado al oeste de la ciudad de Panamá.
La cogitación se produce en tiempo de globalización económica, social, política y cultural. La tesis subyacente plantea que la identidad nacional y regional se constituye en importante valladar para contener los aspectos negativos que la coyuntura histórica de mundialización implica. Volver sobre nuestros orígenes podría contribuir a que las patologías sociales -expresadas en anomias colectivas- tengan consecuencias menos traumáticas.
Conocer parte del Panamá interiorano, como en el caso de la peninsular región santeña, bien puede constituirse en muestrario de lo que acontece con otros grupos humanos que pueblan el país multiétnico de Panamá.[1] En efecto, luego de las descripciones cargadas de ruralidad que predominaron hasta los años sesenta de la pasada centuria, se impone escudriñar los orígenes de tal realidad, pero ahora en el marco de nuevos cambios sociales y culturales.

1. EL MARCO SOCIOCULTURAL.

Durante los años cuarenta de la pasada centuria floreció en el país la reflexión sobre el sentido de la panameñidad.[2] Surgió cuando la república vivía la influencia de diversas corrientes ideológicas, el mercado interno estaba en expansión y grandes masas de campesinos migraban hacia centros urbanos y áreas boscosas. Es decir, durante tales calendas la herencia de la Colonia se ve remecida por innovaciones sociales, culturales y económicas que incrementan la desnaturalización de las esencias nacionales. Los cambios provienen de la ciudad canalera, así como de factores exógenos, pero al mismo tiempo desde las provincias interioranas se erosionan los controles del Panamá transitista y el interior comienza a recorrer su propio derrotero. Estamos ante los primeros amagos de modernidad nacional, al tiempo que un baño de orejanidad amenaza con tomarse la ciudad.
En América Latina es tiempo de rumba cubana, pasillos ecuatorianos, bambucos del altiplano bogotano y cumbia costeña. Vivimos el eco sonoro de los mariachis mexicanos, la cueca chilena siembra en las conciencias del país sureño el sentido de identidad, al mismo tiempo que en Panamá los tamboritos y los festivales folclóricos pululan por doquier. Hay una búsqueda de lo que fuimos, valoración de la herencia que nos permitiera asomar el rostro sin sentirnos amilanados. Ya en el siglo XIX José Martí había escrito sobre Nuestra América, porque en el plano político las sociedades aspiraban a otro mundo, democrático y equitativo.[3] Y es que tal concepción se vino forjando lentamente, superando estructuras añejas del mundo rural que antaño era regido por la tierra, las ideas religiosas y la burocracia calcada al estilo de la Madre Patria, siempre distante y peninsular.

2. GENESIS DEL FENÓMENO.

En efecto, el Panamá colombiano y republicano intenta ser distinto a la Colonia, porque acá también se vive el influjo de las nuevas ideas que hablan de libertad, igualdad y fraternidad. La historia, la geografía y los intereses imperiales van forjando dos identidades: la transitista y la orejana; vale decir, la ruta del mundo y los núcleos humanos que moran allende la vía de comunicación interoceánica. Ambas dialécticamente vinculadas, aunque con especificidades idiosincráticas.
En cambio, a 40 leguas de la ciudad de Panamá, se teje otro mundo: la cultura del mestizaje que ha evolucionado en cuatrocientos años de historia, porque ya existe una sociedad con identidad propia. La que podríamos denominar nación orejana tiene el rostro que le distingue, porque el mismo se concretiza hacia finales del siglo XVII y principios del XVIII.[4] Tan es así, que un siglo después el grupo hegemónico peninsular osa constituirse en organismo político, al proclamar en el Grito Santeño la separación de la metrópoli española.[5]
Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX, surgen nuevos desafíos para el grupo humano que ha poblado la península de Azuero. A saber, el influjo de la economía radicada en la zona de tránsito, el arribo de nuevos inmigrantes (asiáticos, españoles de nueva data, italianos, alemanes, hebreos, etc.) y la presencia de los medios de comunicación y de transporte (telégrafo, autos, prensa, carreteras, radio y televisión, etc.); sin olvidar el rol de los centros educativos en las tres modalidades de enseñanza.
Nueva época y nuevos tiempos, porque la vigésima centuria produjo más cambios sociales y culturales que los registrados desde la llegada de los españoles. En efecto, las transformaciones han puesto sobre el tapete la suerte del grupo humano hispano-negro-indígena que asume como propia la forma de vida definida como santeñismo.

3. ¿QUÉ ES EL SANTEÑISMO?

En otro momento del cogitar sobre la zona del Canajagua he sugerido la existencia de la nación orejana. He planteado que lo es, en tanto posee un grupo humano con conciencia de sí mismo, historia, cultura y geografía. No hago referencia a expresiones políticas, ni esbozo ninguna autarquía económica ni cosa que se le parezca; y me alejo, también, de trasnochadas cosmovisiones regionalistas, aldeanas y etnocéntricas.
Lo cierto es que el santeñismo se ha venido decantando en quinientos años de historia. Tiene su génesis hacia el Siglo XVI y logra su punto de arranque con la fundación de la Villa de Los Santos el 1 de noviembre de 1569.  A partir de allí se va estructurando como un amasijo de cultura hispánica, indígena y negroide que se expresa -como ya indicamos- hacia finales del Siglo XVII e inicios del XVIII. Importa subrayar en este punto, la hegemonía cultural hispánica que le sirve de soporte, así como de cuesco para el surgimiento del hombre mestizo que recrea una formación social con profundos rasgos campesinos.[6]
El santeñismo es, inicialmente, ruralidad pura; porque hasta inicios del siglo XX los vínculos con el resto del mundo aún son escasos, sólo interrumpidos por nexos mediante transporte de barcos, ocasionales visitas de extranjeros y un mundo en donde el caballo fue por 400 años el medio de transporte por antonomasia. Ese aislamiento relativo permitió que se cimentaran los rasgos socioculturales que lo son propios y que aquí tratamos de identificar.
El santeño creció en un mundo más rural que urbano. Y para él la ciudad siempre fue un sitio de trámite, el lugar para resolver transitoriamente una necesidad perentoria. Llama la atención que para el orejano el catolicismo como doctrina religiosa nunca ha sido un conjunto de ideas que se profesan a conciencia, porque el templo siempre estuvo en “el pueblo”, es decir, en ese lugar del caserío, periférico al campesinado, al que se acude para conmemorar la eucaristía dominical y el adiós postrero. Y aún en este último sentido, a lo largo de la Colonia, las crónicas de las visitas de los obispos dejan constancia de orejanos que moran en los campos, alejados de los santos sacramentos y la vida urbana.[7]
Vital resulta tomar en consideración otro elemento central de su personalidad colectiva, me refiero a la posesión de la tierra, factor económico que antaño era de uso comunal, pero que evoluciona hacia un tipo de estructura agraria con tenencia minifundista. El rasgo adquiere relevancia, más allá de su concreción física, porque los nexos con ella son la base sobre la que se edifican las expresiones culturales, así como la conciencia de sí mismo. Esa posesión del minifundio o parvifundio crea un sentido de identidad que subyace en su rica y variada etnicidad. El folclor santeño es en gran parte la consecuencia de tal estructura socioeconómica.
En una sociedad de tal jaez, ha obrado sobre ella la argamasa del catolicismo. Porque no cabe duda de que, hasta mediados del siglo XX, la religión católica ha sido factor dominante en la cosmovisión comarcal, al punto que podemos atribuir a ella parte de los rasgos del conservadurismo que parece distinguir al habitante peninsular. Por eso las festividades religiosas, como las procesiones, rogativas y eucaristías, continúan siendo parte fundamental del quehacer comunitario. En efecto, aún hoy, la concepción escatológica muestra las huellas de una visión hebrea de la vida y de la muerte.
El santeñismo es una mezcla de culturas que se acrisolan para mostrar el rostro de la orejanidad. Porque al par que el ser vive con el temor de Dios, demuestra predilección desmesurada por el uso del tiempo libre, del ocio, del quehacer lúdico. En particular tal postura es evidente en las celebraciones de las fiestas -de toros, carnavales, violines y acordeones- a las que dedica tiempo y recursos. Ya veremos cómo este elemento de la personalidad colectiva da cuenta de un hedonismo que se constituye en elemento perturbador de sus logros socioculturales.
Los vínculos que establece con la tierra, en tanto agricultor y ganadero alejado de la burocracia transitista, crea un ser independiente que hace gala de una ética laborar que mira con desdén la práctica de la denigrante molicie. Así vemos también el surgimiento de una mujer espartana, responsable de la socialización de los niños y ecónoma del hogar.[8] Desde esta misma perspectiva hay que comprender los rasgos supuestamente machistas del orejano, así como el surgimiento de la práctica de la guapería como fenómeno sociológico y psicológico.[9]
Este mismo enfoque analítico nos permite adentrarnos a otra dimensión importante de su mundo interior. En efecto, la soledad del campo induce en el santeño la introspección, la sobrevaloración de la tierra y un espíritu altamente sensible a ella; porque el minifundio, además de ser el crisol de su rico folclor, genera un apego a lo suyo que se traduce en danzas, cantos y literatura regional e incluso en valoraciones ornitológicas.[10]
El siglo XX fue fundamental para su cosmovisión, ya que la ruptura o quiebra de ese élan vital recrea las añoranzas y pone en evidencia las secuelas sobre su alma campesina. Hay un retorno a un mundo mítico que en el plano psicológico se experimenta como cabanga, melancolía y agridulce sensación de pesar individual y colectivo.[11] En efecto, la cabanga es lo que mora detrás de gran parte de la literatura ruralista del siglo XX. Por tal razón es viable plantear la existencia de la neocabanga del último tercio del siglo vigésimo y comienzos del XXI. Ésta última también es producto de las migraciones hacia otras latitudes nacionales, lo que promueve la nostalgia del terruño que se transmuta en danzas, poesías, música, décimas y otras expresiones características de la cultura santeña.
Las figuras cimeras de este período histórico son -qué duda cabe- los doctores Belisario Porras Barahona y Manuel Fernando de Las Mercedes Zárate. El primero como político y hombre polifacético y, el segundo, como investigador de las manifestaciones folclóricas y creador del icónico Festival Nacional de La Mejorana. Porras Barahona sienta las bases del estudio de la cultura regional -postura que abandona por sus quehaceres políticos-, al mismo tiempo que Zárate las retoma medio siglo después de que el tableño escribiera El Orejano, extraordinario alegato en defensa del hombre interiorano.[12]

4. ENTRE GUARAPO Y HAMBURGUESA

Ya hemos planteado que la cultura santeña se mantuvo incólume por mucho tiempo, en particular mientras los lazos con la zona de tránsito no fueron tan estrechos. Sin embargo, la inflexión se produce con mayor ímpeto a mediados del siglo XX, al ampliarse el mercado interno y entrar en mayores contactos con nuevos influjos culturales. El doctor Manuel Fernando Zárate advertía en los años sesenta el problema de la adulteración del folclor, mucho antes que la categoría analítica de penetración cultural se convirtiera en herramienta conceptual de investigación.[13]
Podemos afirmar que el contemporáneo mundo santeño vive el influjo y consecuencia de la desestructuración, del desmontaje de la cultura y sociedad campesina. En verdad nunca hubo planificación del desarrollo regional porque para los factores de poder transitistas las actividades agropecuarias no formaban parte de sus intereses mercuriales. Desde el siglo XX la sociedad santeña de alguna manera ha vivido casi a la deriva y eso es evidente en el plano económico y cultural.
Ante la inevitabilidad de los cambios sociales y culturales, la sociedad santeña ha adoptado la postura del erizo, se ha replegado sobre su rico folclor como mecanismo de defensa colectivo. Sin embargo, la racionalidad del sistema asume otros planes y el reducto folclórico regional termina manipulado por intereses empresariales que convierten en mercancía la extraordinaria riqueza cultural de la zona. Ello es evidente en los cambios que ha experimentado el carnaval, el canto de décimas, el paso de la música de violines a acordeones, la suerte de las matanzas, el problema de los reinados, los cambios en el vestuario (pollera y camisilla, por ejemplo), la profusión de jorones y cantinas, para indicar algunos aspectos de tal calvario cultural.
El santeñismo vive ahora su mayor desafío regional porque los factores endógenos y exógenos se han conjugado para erosionar su fortaleza social, cultural y política. Esto de suyo preocupante porque las instituciones llamadas a fortalecer la identidad cultural (centros educativos y demás) no están asumiendo su papel social.
La zona experimenta la destrucción acelerada de los íconos sociales que fueron el norte de generaciones previas. Por ejemplo, hombres como los doctores Belisario Porras Barahona y Manuel Fernando Zárate apenas si son conocidos por las nuevas generaciones, las que disfrutan más los teléfonos inteligentes que Trozos de vida y La décima y la copla en Panamá.
La adulteración y comercialización del folclor ha creado una cultura de jorones, acordeones, cantinas y festivales de la intrascendencia que están destruyendo la cultura de la orejanidad.[14] Un mundo basado en la fiesta, en la jarana, ha suplantando la ética laboral y el legado de 500 años de historia. Porque no se trata de negar los cambios y la evolución social, sino del hecho evidente que ahora se carece de los valores que cimentaron la sociedad. Los elementos estructurales (tierra, trabajo, etc.) con sus íconos que la aglutinan (Canajagua, Porras, Santa Librada, vestimentas, etc.) han sido convertidos en pretextos para estimular el hedonismo colectivo.[15]

5. RETOMANDO EL RUMBO

Este apartado temático nos plantea el mayor reto que enfrenta el santeñismo como expresión regional de la nacionalidad panameña. A saber, el asumir la postura que le permita afrontar la desnaturalización cultural que aquí se plantea. Porque la disyuntiva tiene que ser asumida no sólo comprendiendo lo que acontece, sino sugiriendo alternativas que conduzcan a la solución del desafío cultural.
El problema de índole sociológico hay que abordarlo desde dos vertientes: una de tipo estructural y otra de índole coyuntural. En el primero de los casos afrontamos las causas reales, las que subyacen en la base de la sociedad y que tienen que ver con los fundamentos de la misma. Mientras que los aspectos coyunturales recogen manifestaciones que inicialmente pudieran ser vistas como causales, siendo en el fondo consecuencias de tales cambios sociales. Nos centraremos en la primera de tales vertientes, ya que la otra expresa epifenómenos del tópico.
Ya la plantamos con anterioridad, pero la pena enfatizar que en el caso santeño, y en general en toda la zona peninsular, el uso de la tierra se constituye en el elemento estructural fundamental. Y es precisamente tal factor el que ha evolucionado hacia estadios de concentración de la tenencia de la tierra, lo que implica la destrucción del soporte material del santeñismo. Incluso la creación de la actual cultura ambiental -caracterizada por la depredación- ha obrado en su perjuicio colectivo, al destruir el rico patrimonio natural y promover una estructura agraria de depredación, expulsión y migración.[16]
El poseer un pedacito de tierra siempre estuvo ligado a la valoración de la identidad; porque no se trata únicamente de la tierra, sino de los que el ser peninsular considera lo mío y que, en consecuencia, también comprende la música, danzas, gastronomía, etc. Otra vez la nueva apertura regional, como en la centuria precedente, obra en sentido contrario al esperado. La minería, por ejemplo, ha creado el mayor latifundio en 500 años de historia, mientras el turismo desbocado se apodera de las zonas costeras. La destrucción de las formas de posesión de la tierra ha trastocado la base del sano etnocentrismo regional, situación a la que se suma una integración carente de políticas estatales que den cuenta de la planificación del desarrollo zonal.
Ante los hechos, la sociedad y la cultura santeña asumen la postura del erizo, se repliega sobre los retazos de identidad que aún le quedan, porque los liderazgos de las instituciones llamadas a preservarlas han perdido su norte. Tales los casos de los centros de enseñanza, clubes sociales y medios de comunicación; quienes se han sumado al holgorio colectivo cual si se tratase de empresarios de fiestas que necesitan pagar su peón y promover el verso de la botella, que ahora llaman de la amistad.[17]
El santeñismo necesita rescatar los centros de enseñanza y promover en éstos la valoración de la auténtica cultura regional, así como el fortalecimiento de los valores socioculturales e históricos; tanto como limitar el abuso de los bailes de acordeones, festividades que se alejan del arquetipo musical de los fundadores del siglo XX y que han promovido la cultura del jorón y los jardines; así como, de paso, el consumo de bebidas embriagantes que están destruyendo la sana convivencia y la economía familiar.[18]
Lo alienación, que puede constatarse en la conducta de las nuevas generaciones, demuestra la urgencia de tal proceder. En la zona comienza a aparecer un hombre desarraigado que no logra encontrar en su propia sociedad y cultura los elementos que le definan. A contrario de lo planteado, hay que promover un ser que, sin negarse a ser ciudadano del mundo, pueda valorar su entorno y reconocer en éste los factores que debilitan su calidad de vida.
En el fondo de la problemática subyace la ausencia de políticas estatales que tengan por norte la valoración de la cultura regional y nacional. El rescate de los rasgos fundamentales que definen la personalidad colectiva se constituye en tarea que no puede ser postergada, porque lo que está en juego no sólo es la identidad social, sino su propia sanidad mental.
El santeñismo como doctrina no busca ser excluyente ni constituirse en paradigma nacional, reconoce el aporte de otros grupos humanos del istmo, pero reclama para sí el derecho a existir como argamasa cultural que ocupa un espacio histórico en la nación multiétnica nacional.
  
BIBLIOGRAFÍA
Arjona Osorio, Alberto A.
         LA VILLA DE LOS SANTOS Y EL PADRÓN ELECTORAL DE 1774. Panamá:      Imprenta del tribunal Electoral, 2012, 287 págs.
Arauz, Reina Torres de.
            NATÁ PREHISPÁNICO. II edición. Panamá: Impresora de La Nación, 1992, 158 págs
Carles Oberto, Rubén Darío.
             LA GENTE DE ALLÁ ABAJO. Panamá: Talleres de The Star Herald Co.,                 1943,124 págs.
Castillero Calvo, Alfredo.
             LA FUNDACIÓN DE LA VILLA DE LOS SANTOS Y LOS ORÍGENES HISTÓRI­COS DE       AZUERO. Panamá: Ministerio de Educación, 1971, 227 págs.
Heckadon Moreno, Stanley.
            CUANDO SE ACABAN LOS MONTES. Los campesinos santeños y la colonización de Tonosí. Panamá: Eupan, 2006, 252 págs.
Muñoz Pinzón, Armando.
            UN ESTUDIO DE HISTORIA SOCIAL PANAMEÑA. Las sublevaciones campesinas de         Azuero de 1856. Panamá: EUPAN, 1980, 270 págs.
Osorio Osorio, Alberto
            IGLESIA Y SOCIEDAD EN LA VILLA DE LOS SANTOS ESPAÑOLA. Panamá: Articsa S.A.,             2007, 1447 págs.
Pinzón Rodríguez, Milcíades.
EL HOMBRE Y LA CULTURA DE AZUERO. Chitré/Herrera:    Impresora Crisol S.A.,1990,                                                                                             47 págs.
            LA INSTRUCCIÓN PÚBLICA EN AZUERO (Siglo XIX y Primera Mitad del XX) Chitré/Herrera: Impresora Crisol S.A.,1992, 84 págs.
            LOS OREJANOS DE AZUERO (Una antología necesaria). Panamá: Imprenta Usma, 1995,100 págs.
            CON LAS CUTARRAS PUESTAS. Panamá. Imprenta Universitaria, 2000, 300 págs.
            UNIVERSIDAD INTERIORANA. Villa de Los Santos: Litografía Any S. A., 2003,                                              36 págs.
            APUNTES HISTÓRICOS: PARROQUIA NUESTRA SEÑORA DE LAS MERCEDES GUARARÉ          1869-2010. Villa de Los Santos: Litografía Any S.A., 2012, 40 págs.
Porras Barahona, Belisario
            EL OREJANO. Edición del Centro Regional Universitario de Azuero. Chitré/Herrera: Impresora Crisol S.A., 1982, págs.
Vargas Velarde, Oscar
            LA PROVINCIA DE LOS SANTOS. Historia, régimen jurídico y población. Panamá: Cultural Portobelo, 2016, 123 págs.
Velarde Batista, Oscar. LAS TABLAS DURANTE EL PRIMER CUARTO DEL SIGLO XX. Panamá: Punto Gráfico S.A., 2007, 288 págs.












[1] Sobre el tema consultar: Leis, Raúl. ESTE PAÍS UN CANAL: ENCUENTRO DE CULTURAS. Raúl Leis y otros. Editora Ileana Gólcher. Panamá: Ceaspa, Naciones Unidas, 1999, 212 páginas.
[2] García, Isaías. NATURALEZA Y FORMA DE LO PANAMEÑO. Panamá: Imprenta Nacional, 1956, 159 págs.
[3] Martí, José. PÁGINAS ESCOGIDAS. III edición de la Colección Austral, Madrid: Espasa Calpe S.A., 1971, págs.  117-124
[4] Pinzón Rodríguez, Milcíades. “La nación orejana y el 10 de noviembre”; en ÁGORA Y TOTUMA (Hoja de comentarios) # 252, Año17, 8/XXI, 2008.
[5] Pinzón Rodríguez, Milcíades. VILLA DE LOS SANTOS: TAÑER DE CAMPANAS LIBERTARIAS. Chitré: Impresora Crisol S.A., 70 págs.
[6][6] Pinzón Rodríguez, Milcíades. EL HOMBRE Y LA CULTURA DE AZUERO. Chitré: Impresora Crisol S.A., 1990, 448 págs.
[7] Veamos la colorida y, quizás, exagerada descripción del 16 de abril de 1691. El Obispo de Panamá (Don Diego Ladrón de Guevara) en carta al Rey se refiere a la dispersión rural santeña y la pobreza del hombre que habita la región. Lo hace a pocos años después de la toma de la Ciudad de Panamá por el pirata Morgan (1671) y del ataque a la Villa de Los Santos del pirata Townley (1686). Anota el obispo: “…en la Villa de Los Santos de la Alcaldía Mayor de esta Provincia de Panamá, donde viven muchas familias de españoles derramados por los campos, en una chozuela de paja (que llaman bohíos), desnudos, sin camas, ni más comida que plátanos verdes que le sirven de pan, unas malas cecinas de vaca, y la lecha que sacan de ellas por estar ociosos huyendo del trabajo. Con lo cual y por las distancias en que se hallan dejan de oír misa los días festivos, se están sin Doctrina Cristiana, y mueren sin sacramentos, en especial los inviernos que son invadeables los ríos”.

[8] Pinzón Rodríguez, Milcíades. “La mujer en la cultura de Azuero”; en REVISTA CULTURAL LOTERÍA # 453, Edición de la Lotería Nacional de Beneficencia, Panamá: Editora Sibauste S.A., págs. 23-32.
[9] Pinzón Rodríguez, Milcíades. “Guapería”; en ÁGORA Y TOTUMA (Hoja de comentarios) #129, Año 8, 15/III/1999. De la misma manera: “Guapería y derecho”; en ÁGORA Y TOTUMA (Hoja de comentarios) # 200, Año 13, 18/XI/2004
[10] Pinzón Rodríguez, Milcíades. “El canto de la cascá”; en ÁGORA Y TOTUMA (Hoja de comentarios) # 189, Año 13, 30/IV/2004.
[11] Pinzón Rodríguez, Milcíades. “Cabanga santeña”; en ÁGORA Y TOTUMA (Hoja de comentarios) # 296, Año 20, 20/XI/2012.
[12] Porras Barahona, Belisario. EL OREJANO. Edición del Centro Regional Universitario de Azuero. Chitré: Impresora Crisol S.A., 1982, 19 págs.
[13] Ver la REVISTA CULTURAL DEL CÍRCULO DE ESCRITORES DE AZUERO. Vol. 1, #1, septiembre-diciembre de 1999, 139 páginas.
[14] Pinzón Rodríguez, Milcíades. “Adulteración y comercialización del folclor”; en REVISTA IMAGEN #6, Panamá: Imprenta Universitaria, 1985, págs., 107-112.
[15] Para una visión globalizada de lo que acontece es escenarios más amplios ver: Rojas, Enrique. EL HOMBRE LIGHT (Una vida sin valores). España: Ediciones Temas de Hoy S.A., 1998, 181 págs.
[16] Heckadon Moreno, Stanley. CUANDO SE ACABAN LOS MONTES. Los campesinos santeños y la colonización de Tonosí. Panamá: Eupan, 2006, 252 págs. Ver, del autor: “La cultura del potrero”; en ÁGORA Y TOTUMA. Hoja de comentarios. # 319, Año 22, 5/II/2016. Además, “Ambiente y crisis sistémica”; en ÁGORA Y TOTUMA Hoja de comentarios # 311, Año 21, 21/X/2014
[17] Las expresiones son un claro ejemplo de la manipulación comercial que se ha promovido en la región bajo el falso ropaje de hecho vernáculo, cuando realmente no es otra cosa que folclor adulterado.
[18] Pinzón Rodríguez, Milcíades. “La cultura del jardín y los jorones”; en ÁGORA Y TOTUMA (Hoja de comentarios) # 266, Año 18, 1/XII/2009.