jueves, 8 de agosto de 2019

ÁGAPE EN EL JOBO




 Antonio Miguel Pinzón-Del Castillo

Un rayo llenó de fulgor el cincuentenario salón del apartamento…, y empecé a soñar. Sí, a volar por los parajes encantados de los anhelos. Brillaba radiante el astro y El Jobo, la hacienda colonial de mis ancestros, rebozaba del verdor inocuo de la esperanza. La pasividad del paisaje, las vacas bramando, tantas mariposas pululando y el dulce olor del río acechando más allá de los palmares eran una imagen embriagante que colmaba de fantasía el delgado camino que serpentea hasta las entrañas de la vetusta propiedad. ¡Profusión de colores! Las casas ruinosas emergieron de la tierra y una variedad de matices de verde, marrón y vida inundó el corral. El alto portal de Nemesia y Terne revivió cual hada evocada por niños que ya no creen en nada. La cal y la pintura cubrieron la quincha mora e indígena…, nunca vi El Jobo así, el humo de los fogones revoloteaba por el cielo, salpicado de nubes algodonadas. Incluso los estacones hacían reverencia a mi llegada. Antigua y Eduarda terminaban la faena, la platería y cristalería de mi bisabuela dejaban de jugar a las escondidas y en su bruñida faz podía reflejarse el cielo turquesa de nuestra colonial finca. En una de las puertas del palacete rural estaba Carmela, la tía abuela que se durmió por 75 años en los años veinte, rozagante, lozana, blanca como la porcelana que cuentan que alguna vez embelesó el lugar; lucía sonriente, ataviada de las mejores galas, como si una fiesta con tarjeta, de esas de antaño que pregonan los mayores, se fuera a llevar a cabo. Al entrar no me dijo Ricardito Moreno, como solía llamarme en recuerdo de alguno de los personajes del velo del tiempo; más bien me dio un cálido beso en la frente y me dijo: Bienvenido Antonio Miguel. Pero esta fiesta era distinta. Tras cruzar el umbral, los que se fueron y los que aún divagamos por la tierra estábamos juntos, como por milagro de la providencia. En una pared, resplandecía el áureo destello de todos los premios que abuelo Terne y abuelito Man ganaron en la Feria. Las sillas y hamacas tejidas estaban todas llenas en la sala de visitas y el divino olor de las delicias de la gastronomía santeña se colaba desde las dos cocinas del añejo caserón, reconstruido en mis quimeras. Los cuadros, tal vez quiteños o limeños, de Santa Ana y San Antonio con el paráclito sobre su cabeza nos miraban piadosamente, renacidos tras las cenizas de Cronos. Y allí fue cuando supe que todos aguardaban mi llegada de la lejana ciudad pues vítores entre la muchedumbre pregonaban: ¡Ya viene el Licenciado de la capital! En el potrero, los animales también parecían ensalzar el momento de éxtasis y aplausos, mugían como queriendo también participar, todos los grandes campeones, La Maravilla, el Indio, y tantos más en una mixtura bucólica entre un pasado lejano y otro cercano desvanecidos y vueltos a surgir de entre las conexiones místicas del mundo de Morfeo. Al verlos a todos, alborozado, no pude evitar sonreír; Tía Chin dijo: ¡Se graduó compadre! y comenzó a bromear sobre su pequeña estatura respecto a la mía una vez más. Estaban todos, abuelo Terne, abuela Nemesia, tío Chiche, tío Pello, tía Cristina, mi abuelo Man, tía Carmela y tío Pelón, también Pedrito, tío Migue y otros parientes como tía Santo, los tíos Juancho, Agapito y Abelino también habían llegado a disfrutar el ágape, invitados por mi abuela que se encontrada en el otro lado del recinto.  La sala, adornada con magníficos muebles de manufactura criolla y extranjera, parecía estar dividida en tres: de un lado quien ya he mencionado, del otro mis primos Rita y Miguel Ángel, así como mi hermana Ana Cristina y nuestra dulce y amantísima Ana Mercedes; mi padre y mi madre, mamá Chaly, tío Tito y desde luego, Mama Pura,  más en un tercer plano y entre la bruma cerca de la mesa de los santos, había otro grupo de personas envueltos en una bruma de trajes blancos cuya confección apenas se podía distinguir. La fragancia de los jazmines recién cortados inundaba la casa y los torneados sillones del barroco español lucían impecables. La mesa de los santos tenía los manteles y bordados castellanos más apreciados por la abuela Nemesia y Santa Rita, aquella que hace tantos años mi tío encontró erosionada en el potrero, volvía a su viejo nicho. La música y la danza se coló por los tragaluces, que a su vez emulaban lucernas brocadas en oro y, por supuesto, mi abuelo Man salió a bailar un viejo danzón con "su hija loca", mi madre, como la llamaba cariñosamente. Violines, flautas y guitarras amenizaron el encanto de ese encuentro en la eternidad, en nuestro Jobo idolatrado. Sentí el canto prístino de los querubines, mientras las empleadas deleitaban con sus creaciones nuestros paladares, servidos en los delicados portaviandas que también el tiempo olvidó. Los vasos de piedras incrustadas volvían a hacer gala de su finura y los ojos de tía Cristina, de abuelo Terne y de Tía Santo emulaban los zarcos mares que bañan de añil las costas frente a la sabana. Todo era risa y festín, violines, flautas y guitarras, goce absoluto. El caserón de la finca estaba embelesado como si aquellos viejos amigos capitalinos de familia fueran a volver a visitar el fundo de los Del Castillo. ¡Ah, cuán majestuoso ambiente inundaba cual fragancia los espacios del inmueble al compás de la orquesta en aquella grandiosa reunión! Me recibieron con alegría quienes formaron parte de mi vida y quienes siguen aún caminando conmigo al son de la melodía incierta del destino. Todos yacíamos felices y juntos en aquel paraje tropical que se esconde silencioso en la sabana solariega de El Jobo, sin nadie más, tal vez en nuestra casa en el aire, donde nadie nos pueda molestar, como afirma un renombrado vallenato colombiano. Todos los que comparten mi sangre y a quienes quise y quiero estaban allí. ¡Cuán maravilloso éxtasis de felicidad! De repente, mi querida tía Carmela, tomó mi brazo y me dijo: “Ven hijo mío, tengo que presentarte a alguien…” y entonces caminamos cruzando el salón hasta llegar a ese tercer grupo de personas que desconocía y parecían estar casi entronizadas en aquella parte de la estancia que entonces tomaba un ambiente con mayor iluminación que el resto del recinto, pero envuelto en un halo nubífero pero que emanaba un aura familiar. Luego, tras sentir que caminaba sobre una alfombra pegasea, Carmela me llevó ante un senil personaje de piel nacarada y ojos de cielo, quien alzó su mano y con los dedos me indicó que me acercara. Un temor que puedo describir como sano o se transmutaba en curiosidad, me empujó a preguntar: “¿Disculpe, quién es usted mi Señor? A lo que el citado y longevo personaje patricio  me indicó nuevamente una suerte de inclinación a la que respondió con una sonrisa, colocando su mano sobre mi hombro y diciendo: ¡Atanasio! ¡Y tú eres la luz sobre las tinieblas…! Sorpresivamente y en las que parecieron milésimas de segundo alguien vociferó mi nombre de entre las personas conocidas, el salón dio vueltas y otro danzón comenzó a escucharse y entonces, sin esperarlo, un nuevo rayo estremeció mi cuerpo cansado y....desperté. Nuevamente desperté, a cuatro horas de los míos, del palpitar de mi corazón que se quedó allá, entre las roídas paredes de la casa de El Jobo adentro. Miré el corazón de Jesús de la sala, los fusiles yacían por doquier y una lluvia que caía estruendosa empezó a amainar en esta ciudad de miseria y opulencia, tanto como las lágrimas que brotaban más que de mis ojos, de mi corazón. Saben, sentí entonces aquella cabanga de la que hablan en los campos, una especie de nostalgia que los gallegos denominan morriña. Ojalá ese fundo de la mar de los sueños reverdezca ante mis ojos nuevamente,  tal vez antes de morir y algún día festejar otro ágape, pero en El Jobo de los cielos.

Ciudad de Panamá, 21 de junio de 2013.

lunes, 5 de agosto de 2019

UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE LAS PROVINCIAS CENTRALES



El siglo XXI reclama nuevas soluciones para añejos problemas, para aquellos que se han quedado rezagados o cuyas propuestas ameritan renovados aportes ciudadanos. Tal es el caso de la educación superior en las áreas interioranas, porque ya es sabido cómo se produjo la transición de Extensiones a Centros Universitarios, formas institucionales que ya han cumplido su papel histórico.
En este momento medito sobre la conveniencia de crear la Universidad Autónoma de Las Provincias Centrales, un centro educativo del más alto nivel ubicado en Divisa, es decir, en el corazón de las provincias indicadas. La idea no es nueva y se remonta a los años cuarenta del siglo XX, cuando surge el Instituto Nacional de Agricultura y el Instituto de Artes Mecánicas en el sitio que es la confluencia y cruce de caminos para tan importante conglomerado humano. La idea siempre estuvo revoloteando en las administraciones de Augusto Samuel Boyd y Juan Demóstenes Arosemena. Incluso el doctor Octavio Méndez Pereira establece en Aguadulce -en el año 1949- los primeros Cursos de Actualización Pedagógica para docentes de las provincias centrales.
Han trascurrido setenta años (1949-2019) de aquel asomo de educación superior y ya es tiempo que la universidad en las provincias centrales asuma el desafío de su perfeccionamiento; y tal reto no puede ser otro que convertirse en universidad autónoma. E proyecto, reitero, es un imperativo de la modernidad, porque la Universidad de Panamá no debe continuar cargando el peso de la centralización, las labores académicas, administrativas, de extensión, investigación y demás deberes que le atribuye la ley orgánica.
Ya sé que una propuesta de tal jaez generará suspicacias y dudas, promoverá posturas conservadoras y actitudes de rechazo por parte de quienes pudieran verse amenazados en sus respectivas áreas de interés. Nada nuevo, sin duda, porque en todas las épocas los cambios vienen a remecer la comodidad a la que estamos acostumbrados.
Pienso que es el momento de superar talas posturas, porque el modelo de desarrollo interprovincial y universitario no puede continuar supeditado al estrecho límite administrativo de determinada provincia. Hay que soñar y empujar la universidad que sea luz de los campos, que integre antes que divida, y que garantice la educación de calidad para una época de globalización y competitividad.
Sí, la propuesta tiene que ser debatida, discutida por la sociedad civil y llevada a las instancias de poder para prohijar la ley que la haga posible. Si queremos ir superando la añeja antinomia, zona de tránsito – provincias interioranas, la Universidad Autónoma de Las Provincias Centrales está llamada a constituirse en pilar fundamental de la descentralización y fomento de las zonas ubicadas al oeste de la ciudad de Panamá.
…….mpr…
30/VII/2019

jueves, 25 de julio de 2019

EL CABILDO CULTURAL DE GUARARÉ



Han transcurrido setenta años desde la creación del Festival Nacional de La Mejorana, y eso se dice fácil. Lo medular, en cambio, no estriba tanto en conmemorar la fecha, como en comprender el significado profundo que tal acontecimiento representa para Panamá; conformación social  que, a más de un siglo de convertirse en república, aún no termina de perfeccionar su emancipación y de definir políticas de desarrollo nacional y de rescate cultural.
Para valorar lo acaecido en la guarareña y democrática Plaza Bibiana Pérez, hay que retroceder en el tiempo y trasladarse a 1881 e incluso más atrás en el conductor hilo de la historia. Debemos rememorar que el doctor Belisario Porras Barahona escribe en el año aludido el opúsculo que da en llamar El Orejano, extraordinaria defensa de la identidad del panameño y visión temprana de la toma de conciencia del santeñismo. Es decir, el estilo y forma de vida que tantas glorias le ha aportado a la república y que no puede ni debe pasarse por alto. En efecto, Porras Barahona inaugura en el Istmo el reflexionar, desde miradores campesinos, sobre lo que somos como como nación y es, en este sentido, un zapador de la investigación etnográfica, antropológico y sociológica.
Ya sabemos que El Caudillo, el personaje a quien la muchachada tableña apoda Huevo de Pava, dada la pecosidad de su rostro; el mismo al que han de bautizar en la zona de tránsito como El Kaiser Tableño, orientará sus quehaceres hacia la política criolla y no retomará los afanes literarios hasta el ocaso de su vida terrenal.
Dejemos claro que las transformaciones del siglo XIX ya auguran cambios profundos para el país que despierta de la vida lenta y amodorrada de la Colonia. La presencia extranjera, que sigue utilizando la zona transístmica, atrae oleadas de inmigrantes que cambian para siempre la cultura nativa y la dan al país la imagen multiétnica que le caracteriza. Panamá confirma su impronta multicultural y acentúa las diferencias entre el modelo económico de la capital nacional y el resto de la república que se apega a su mundo rural; porque las provincias interioranas continúan siendo ellas mismas, a diferencia de la ciudad de Panamá que vive abierta al influjo de la modernidad y sueña con viejos hanseatismos y falsos oropeles.
El siglo XIX y la primera mitad del XX son vitales para comprender lo acaecido en Guararé el 24 de julio de 1949, justo el día y mes en que nace en Caracas un latinoamericano de teoría y praxis, don Simón Antonio de La Santísima Trinidad Bolívar Ponte y Palacios Blanco, mejor conocido como Simón Bolívar. Aunque también el 24 de julio de 1902 es el natalicio de Francisco “Chico Purio” Ramírez, el campesino que desde el sur de la península traduce en notas y arpegios las angustias y alegrías del hombre peninsular. Sí, hay que comprender que la reunión de Guararé no es sólo el arranque visionario del doctor Manuel Fernando de Las Mercedes Zárate y quienes le acompañaron en ese encuentro con la patria. Los guarareños vienen a plantear en el plano cultural, sin armas, pero con la carabina de la mejorana, lo que ya había reclamado en el plano político -128 años atrás- el Grito Santeño del 10 de noviembre de 1821. Porque somos patria y queremos patria.
La reunión es memorable y expresa la nobleza y amplitud de miras de quienes acometen la empresa cobijados en la rotonda histórica del parque. La misma edificación que nunca debimos demoler, porque ella era el ícono guarareño de una época gloriosa. Para el guarareñismo el Parque Bibiana Pérez Gutiérrez es ánfora de recuerdos, ágora griega de la sociedad campesina que se cobija bajo el palio de Nuestra Señora de Las Mercedes.
En el fondo la asamblea cultural de Guararé viene a ser el encuentro con el destino, el cabildo abierto en el que se consulta democráticamente a la población sobre la viabilidad del proyecto, una empresa colectiva que apenas dispone de dos meses para hacer posible el primer encuentro con lo autóctono.
Y la lidera Zárate, el guarareño que en 1917 era el secretario del alcalde Darío Angulo, el mismo que se gradúa de maestro en el Instituto Nacional y doctora en la Ciudad Luz, en la Francia de los enciclopedistas, de los filósofos y los revolucionarios. Porque a lo mejor, y aquí oso decir que el esposo de Dora Pérez, la Eda Nela de los poemas tiernos, a lo mejor nunca pensó cuánto le adeuda el Festival de La Mejorana a su empeño; pero también, lo mucho que le debe él a la fiesta de la tradición. Lo asevero porque el encuentro guarareño contribuyó a inmortalizarle e hizo de él -sumado a sus indiscutibles méritos personales y académicos -un ícono de la identidad nacional, el Padre del Folklor Nacional, el Hombre de La Mejorana.
La reunión guarareña del 24 de julio de 1949 tiene una relevancia que rebasa la frontera del distrito, la provincia y el país. No en vano hace posible la existencia del pionero festival folklórico de Latinoamérica. Los guarareños, con Zárate a la cabeza, realizan la lectura correcta de lo que está aconteciendo en la América de José Martí, constituida por naciones que en la fecha caminan en su propia búsqueda, intentando reconstruir el legado hispánico que se abraza con lo indígena, africano y aún mozárabe.
En lo atinente a la cultura orejana e istmeña, hay un antes y un después de tan sana maquinación de la inteligencia y de las energías populares que se unen para cantar -desde la tierra de Benita Pérez, Concho y Costa Polo- sin complejos de ninguna naturaleza, lo maravilloso de la identidad nacional. Y en realidad el cónclave fue tan revolucionario que despertó a diversos grupos étnicos que desde entonces ven en Guararé un ejemplo a emular.
A partir de allí pululan los festivales folklóricos, algunos de nombre nada más, y demasiados para mi propia visión del tópico, pero no cabe duda de que tales propuestas tienen su génesis en el añejo modelo que hizo posible la democracia popular que desde Guararé no pidió permiso a gobiernos y políticos para reclamar lo que es suyo y le pertenece, el rostro de la orejanidad.
En el mes de julio del año 49 del siglo XX, eclosiona la cultura del guarapo, la cutarra, la camisilla, la pollera, la carreta, la mejorana, el acordeón bohemio, la danza conga y los diablicos que durante el festival guarareño ejecutan bailes pletóricos de contorsiones corporales, exorcizan los demonios de la alienación colectiva y gritan a los cuatro vientos la liberación popular que se agazapa en el más luminoso de los festivales nacionales. La fecha es un hito en el calendario de la nacionalidad y Guararé se constituye en la bandera cultural que flamea sin traumas desde las riberas del río cuyo vocablo nomina al poblado.
Tan trascendental fue lo que aconteció en la Tierra de la Mejorana aquel 24 de julio de 1949. Aquí se hizo historia, aquí levantamos y recuperamos nuestra autoestima cultural y la patria agradecida nunca debiera olvidarlo.

.......mpr...
Disertación el 24 de julio de 2019 en el Parque Bibiana Pérez Gutiérrez de Guararé

Ágora 55 ISIDORO VALDÉS JIMÉNEZ Y JOSÉ DE LA ROSA POVEDA FRANCO

lunes, 8 de julio de 2019

Ágora 53 El SANTEÑISMO DE SANTA LIBRADA

AMELIA DENIS DURÁN Y SU NOCHE DE BODAS


El doctor Antonio Cacua Prada, acucioso investigador colombiano, es, sin duda, el mejor biógrafo de Amelia Denis Durán, la célebre poetisa nacida en la ciudad de Panamá el 1 de mayo de 1836 y fallecida en Managua, Nicaragua, el 16 de julio de 1911. A la compatriota la conocemos más por el celebérrimo canto “Al cerro Ancón”, poema que redactara la istmeña en León, Nicaragua, en el año 1905, cuando en su calendario se habían acumulado 69 años.
Del ilustre hombre de letras sureño ya había leído su texto “Amelia Denis Primera Poetisa Panameña, La Voz del Amor, la Libertad y la Protesta”, publicado en Bogotá en el año 2014, aporte que constituye la más completa investigación sobre nuestra laureada poetisa nacional. Pues bien, el académico me remite por intermedio de nuestro común amigo, el doctor Julio Suárez Matiz, quien hace décadas ha sentado reales en la ciudad de Chitré, la última de las publicaciones en la que rescata otro notable aporte de la istmeña en mención. El libro luce en la portada una acuarela en tono rosáceo con la estampa de doña Amelia en la plenitud de su fructífera vida.
Lo tomo en mis manos y reviso su nombre: MI NOCHE DE BODAS. Carta de una joven esposa a su amiga Leonor. Y no puede imaginar el lector lo que encontrará luego de leer las reflexiones del propio Cacua Prada, de Carlos Arboleda González (Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de la Lengua) así como de Margarita Vásquez Quirós, en su momento directora de la Academia Panameña de La Lengua.
Debo confesar que la lectura me impactó, no sólo por lo sugestivo del título, sino por el hermoso abordaje del erotismo que acomete doña Amelia. El escrito data probablemente de 1854, redactado a los 18 años, cuando contrae nupcias con el panameño José Antonio Ramírez, su primer esposo. La inspiración surge a pedido de su amiga Leonor, lo que explica la naturaleza del subtítulo.
Encontramos en las estrofas a una Amelia Denis Durán que no conocíamos ni imaginábamos. Hay ternura, belleza, fogosidad y realismo en las descripciones sobre su primera experiencia en el tálamo nupcial. El manejo del idioma es impecable con estrofas pletóricas de imágenes sensoriales que hacen más vívido el instante en que se entrega a su amado. Y no hay vulgaridad en ellas, ni lascivia burda, sino una espiritualidad que ennoblece al más antiguo de los abrazos y al más noble de los sentimientos humanos: el amor.
Al terminar la lectura he valorado a la extraordinaria fémina que en ese poema presagia lo que habría de ser en las décadas siguientes; alguien capaz de vibrar con las cosas de la tierra, un espíritu que ya a mediados del siglo XIX arremete contra la mojigatería reinante y es capaz de escribir semejante canto al amor y al derecho de la mujer a ser ella misma; rescatando, valorando y cantando el goce pleno de su feminidad.
El doctor Antonio Cacua Prada y sus amigos colombianos nos obsequian otra faceta de Amelia Denis de Icaza; porque aquella mujer que es capaz de cantar al caracol, a la luminosidad de Bolívar, la que se acongoja al mirar al prisionero
Cerro Ancón, la mujer de las Hojas Secas, en fin, la panameña que en América se constituye en pionera de la poesía de protesta, también tenemos que reconocerle como ejemplo latinoamericano de la poesía que supera – y nada menos que a mediados del siglo XIX- al puritanismo que aún quiere ocultar con hojas de parra lo hermoso de nuestra sexualidad.
……mpr…