jueves, 22 de junio de 2017

CERRO QUEMA: IMPLICACIONES SOCIALES Y CULTURALES






La minería es más que una actividad económica cuyo objetivo se centra en la extracción de minerales. Las implicaciones de su puesta en valor abarcan una variedad de consecuencias socioculturales que no deben pasar desapercibidas, porque repercuten en la zona geográfica en la que se desarrolla el proyecto e incluso se extiende más allá de las regiones bajo su influjo.

El caso de Cerro Quema en la provincia de Los Santos es un vivo ejemplo de la relación minería, cultura y sociedad. La región viene aquejada, desde mediados del Siglo XX, de un grave problema poblacional que se manifiesta en un flujo migratorio que no cesa de sangrar su crecimiento poblacional, al mismo tiempo que incrementa los índices de senilidad. A ello hay que sumarle una deforestación que comprende el 94% del territorio, dejando un escuálido 6% de bosques.

En el fondo la región padece problemas estructurales acrecentados por la ausencia de planificación, mientras se fomentan los vínculos con la zona de tránsito y se estimula el crecimiento desordenado de pueblos y ciudades. Históricamente la zona ha dependido de las actividades agropecuarias, pero en la vigésima centuria esa relación ha crecido en desmedro de las actividades agrícolas, debido a una ganadería de tipo extensiva que ha estimulado la potrerización regional. Así se ha constituido una estructura agraria de expulsión y migración cuyo destino es la provincia de Panamá y zonas selváticas del Darién.

Desde el período precolombino la población se ha concentrado en el área costera de la sección oriental de la península, lo que deja a la zona occidental de “montaña” con guarismos poblacionales que son menores. Sin embargo, actualmente existe una relación estrecha entre ambos segmentos poblacionales que interactúan en el plano económico, social, político y cultural, aunque con una evidente hegemonía de intereses residentes en la costa peninsular.

En el plano cultural la zona ha sido el reservorio de la identidad nacional, ya que ha servido de modelo a imitar y emblema de la panameñidad. Este rol se vio favorecido por las emigraciones que llevaron algo más que personas a otras provincias, siendo el soporte cultural de una incipiente nación que echó mano de las manifestaciones folclóricas para anteponerlas a la apabullante penetración cultural del Siglo XIX y XX. No obstante, ese papel social no siempre ha sido provechoso para la región azuerense, ya que en los últimos tiempos la comercialización del folclor ha conducido a un fenómeno social de adulteración de del mismo y de creciente alienación cultural.

En un contexto como el arriba descrito arriba a la Península de Azuero el proyecto de minería de Cerro Quema, que a la fecha comprende una porción de terreno que se aproxima a las 15 mil hectáreas, constituyéndose en el mayor latifundio de los últimos 500 años. Esta situación es tanto más llamativa si pensamos que la estructura agraria regional se caracteriza por el desarrollo del minifundio, parvifundio o pequeña propiedad.

Podría decirse que la actividad minera viene a constituirse en una especie del enclave en la zona del Macizo del Canajagua. De salida su presencia ha promovido el desplazamiento de campesinos del área de Tonosí y Macaracas, los que se vieron precisados a vender las tierras y emigrar a la costa peninsular o a otros lugares nacionales. En efecto, el modelo empresarial minero rompe con las actividades tradicionales; lo cual no fuera perjudicial, si no tuviera implicaciones en el plano ambiental, así como en la apropiación de un recurso que pertenece al hombre azuerense, quien no resulta beneficiado del empeño destructivo del promontorio santeño.

La actividad laboral minera es extraña al hombre de la región y éste no cuenta con la experiencia para laborar en este tipo de empresa. En consecuencia, el empleo que se ofrece no puede ser asumido por la mano de obra calificada, lo que le obliga a desempeñar funciones mineras menos remuneradas y de mayor riesgo laboral.

Ya ha sido plenamente demostrado que este tipo de actividad genera un desbalance social en la zona bajo su influjo. Así, por ejemplo, en 1997, cuando se produce el primer intento de explotación minera, la zona registró un incremento de microempresas ligadas a la fiesta y el consumo de bebidas embriagantes. Hecho que resultaba más notorio los fines de semana, cuando se producía la paga de los trabajadores. Fenómenos como el alcoholismo, prostitución, violencia familiar, son indicadores del deterioro de la cuestión social, es decir, de las relaciones humanas.

En efecto, la cuestión social y cultural siempre ha sido un tópico subvalorado a la hora de medir el impacto de la minería. Generalmente se analizan los aspectos económicos, en cuanto generación de empleo y aporte al Estado, pero muy poco las secuelas socioculturales, las que al final se reflejan en el deterioro de la calidad de vida del hombre que mora en la península azuereña.

Las aristas de la actividad también se expresan en aspectos políticos y de lucha por el poder. Al ser la empresa poseedora de una mayor cuota de poder económico y de vínculos con las estructuras de poder nacionales, es notorio el influjo sobre la burocracia regional y nacional, la que en no pocos casos termina asumiendo una actitud complaciente a los requerimientos de la empresa minera, entre otros motivos porque concibe como posible fuente de financiamiento político-partidista.

En este sentido las llamadas “regalías” mineras se constituyen en un factor de acallamiento de la estructura política provincial, en la medida que le permite a diputados, alcaldes y representantes, ofrecer a su clientela política una solución a corto plazo. Tales son los casos de “ayudas” a centros escolares, “apoyo” a organizaciones de representantes, financiamiento a campañas políticas, “estímulo” al deporte, etc. Estas “regalías” tienen, como vemos, un efecto negativo en la autodeterminación de los pueblos y en la capacidad de organización de las propias comunidades.

En este punto conviene destacar el incremento de los conflictos sociales, ya que la empresa estimula las divisiones comunitarias, las que conducen a la creación de grupos a favor y en contra de la minería. Se produce así un conflicto, incluso intrafamiliar, entre quienes son partidarios (porque laboran en la empresa o se benefician de ella) y aquellos que adversan tales proyectos.

Nos encontramos con comunidades fraccionadas que son presa fácil de intereses externos a ellas. La situación se vuelve más conflictiva cuando la represión policial intenta acallar las voces de disenso popular, las que actúan en defensa del ambiente y los intereses del grupo humano.

Si bien la minería no es la única responsable de los problemas arriba indicados, sí es un factor que contribuye a eclosionar los niveles de patología social a los que hacemos alusión. Las comunidades rurales, con un estilo de vida tradicional, terminan erosionadas como grupo, existe incluso la pérdida de identidad que puede conducirlas hacia fenómenos de anomia y alienación sociocultural.

La pérdida de la tierra, ahora bajo la égida de la empresa minera, es un elemento que ha de tenerse en cuenta, porque la posesión de la misma forma parte de la cosmovisión campesina. Representa no sólo la pérdida de un bien material, sino el soporte de su identidad personal y comunitaria. Dicho de otra manera, hay un trauma social que está ligado a su mundo de actividad agrícola y ganadera. Es decir, de la noche a la mañana un campesino se convierte en obrero asalariado.

Los aspectos atinentes a la salud comunitaria también deben ser ponderados, ya que al tratarse de minas a cielo abierto se producen problemas de polución ambiental, exposición prolongada a químicos y elementos tóxicos. A propósito, la región no cuenta con suficientes especialistas laborales, así como médicos con experiencia para el tratamiento de obreros mineros.

Vista la situación desde un punto de vista sociológico, el desarrollo del proyecto minero no retribuye a la zona los beneficios que pregona. Desde un enfoque de costo beneficio son mayores las amenazas que las oportunidades de desarrollo sociocultural. En especial porque en la coyuntura que vive la península hay dos variables que deben ser fortalecidas, la de tipo ambiental y la de índole cultural. En Azuero la minería es una actividad que antes que contribuir al desarrollo regional, acrecienta los males que ya padece.

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viernes, 28 de abril de 2017

LA VIDA PROBA DE FRANCISCO “CHICO” URRIOLA JAÉN






Desde el siglo XVII, cuando por vez primera se tienen noticias de la existencia de la ciudad de Las Tablas, no pocas personas han dejado huellas en la población sobre la que aún se discute la procedencia de su nombre; esa denominación que algunos afirman que era un sitio en donde se veneraba la Santa Cruz, Las Tablas, ciudad Goytía y a la que un general del siglo XX quiso llamar ciudad Porras.
En efecto, mucha agua ha pasado sobre la Quebrada Las Tablas, corriente fluvial que atraviesa el poblado, mientras en la distancia se yergue la cortina natural del Macizo del Canajagua y algunos cerros emulan flechas tectónicas que miran la bóveda celeste. Tierra tendida sobre la sabana que mira la costa peninsular en donde vienen a desembocar los ríos, al lado de cuyas veras se extiende un rosario de asentamientos humanos cuya edad no frisa el medio milenio, pero cuya existencia talvez sepa de la impronta precolombina.
Pues bien, pasó el tiempo sobre tales parajes y arribamos al siglo XX, en su cuarta década, año 1944, cuando nace don Francisco Urriola Jaén Díaz Domínguez, hijo de Francisco Urriola Díaz y doña Carmen Jaén Domínguez. El cura del templo a Santa Librada anotó en el libro de bautismo parroquial que transcurría el 2 de agosto del mes y día indicado. Pasado el tiempo, al párvulo los contertulios le llamaron Chico Urriola y así se quedó, con ese mote tan propio de quienes se llaman Francisco (como el papa homónimo), a los que también se les puede denominar Pancho (como el personaje político que en nuestro país fue conoocido como El Caballero de La Política).
La década en la que nace el tableño es trascendental en la historia peninsular azuerense porque para aquellas calendas surgen los colegios secundarios, la música de violines inicia su declive y el acordeón pasa de instrumento estigmatizado a promover su dignificación musical. Un año antes de su nacimiento, 1943, se realiza la primera feria de la zona y al final de esos años hace pinitos el primer Festival de La Mejorana, 1949. Quiero decir que don Chico nace montado a caballo entre la sociedad rural del ayer y los vientos de renovación que caracterizaron la pasada centuria.
Si un hombre es fruto de su época, luego Urriola Jaén es producto de la suya. De allí que acudiera a realizar estudios primarios en un portento de colegio, la Escuela Modelo Presidente Porras, institución a quien deben los santeños la educación básica de preclaros ciudadanos, gente forjada en valores y que han dejado huellas en los campos del saber. El muchacho que fue Chico Urriola se abre paso desde sus orígenes populares con esa vergüenza ciudadana que tiene por norte el trabajo honrado, no importa en qué consista el mismo, pero siempre que permita levantar el rostro como ciudadano impertérrito.
El santeño ha hecho de todo. Recuerdo que por los años setenta y ochenta era muy común su lema publicitario “Chico sí pinta”, ya que entre sus labores estuvo la de pintor y rotulista. Don Francisco, como tantos otros azuerenses, ha sido emprendedor, mucho antes que las universidades y centros del saber hicieran del vocablo una especie de teoría de iniciativa empresarial.
Siendo un hombre inteligente, como en efecto lo es, descubrió que detrás de la brocha y el pincel había otros mundos que esperaban agazapados. Autodidacta por excelencia, evolucionó hacia el mundo de la publicidad y la comunicación visual y auditiva. Así, en 1964, se inició como locutor en Ondas del Canajagua y desde entonces ha estado ligado a la radio santeña. En su momento, década del setenta, mantuvo la revista radial Recordando, espacio radial con boleros y guarachas. Programa que luego aparece durante el año 1987 en Radio Mensabé, empresa en donde ha creado programas de buen gusto y alejados de la chabacanería que a veces impregna las ondas hertzianas. A los ejemplos me atengo: “Una viejita, pero bonita”.
A la altura de esta disertación podríamos preguntarse qué mueve interiormente a Chico Urriola, en qué consiste ese élan vital que nutre su espíritu. Y tengo que contestar que un profundo sentimiento de tableñismo y santeñismo; ese orgullo sano, alejado de regionalismo intrascendente, que es el motor de su trayectoria de vida. Por eso sus souvenires, placas y pegatinas hablan de una actividad publicitaria que es más que una forma de vida, son expresiones creativas de un hombre raizal que recorre su pueblo disfrutando cada espacio de la tierra en que naciera el más lúcido de los presidentes panameños, el doctor Belisario Porras Barahona Cavero De León.
En los últimos años el tableño ha creado otra forma publicitaria que expresa la visión de patria y el proyecto de su vida proba, la Revista Ayer y Hoy. Allí, entre sus páginas, late la historia de nuestros pueblos. Las fotografías, bellamente presentadas y rescatadas del olvido, dejan plasmadas para la posteridad el testimonio del grupo humano que grita a los cuatro vientos la construcción de una identidad cultural de la que se siente orgulloso.
No sería justo laurear al personaje que nos ocupa dejando de reconocer a quienes en su entorno más íntimo han sido el soporte de sus ejecutorias. Me refiero a su familia. A la esposa, doña Fulvia Yolanda Carrasco de Urriola, así como a sus hijos María Eugenia y Mauro Francisco Urriola Carrasco quienes han de prolongar la estirpe del tableño que soñó, y lo logró, labrarse un destino basado en la honradez y en el emprendimiento.
En estos casos siempre se afirma que la vida de los constructores de sueños ha de ser imitada, emulada, cosa que no haré en este caso porque resulta obvia. De lo que siempre he tenido certeza es de que la inteligencia ha de ser premiada, que el país solo avanzará si hacemos de la meritocracia el norte de la cultura y de la sociedad, porque no es cierto que moramos en un istmo de delincuentes y corruptos. Pese a lo que pregonan tales cerebros agoreros, el panameño es honrado y construye desde su nicho existencial la personalidad individual y colectiva del país. La suma de tales esfuerzos da forma a la nación y se constituye en el soporte de nuestra identidad nacional.
Don Francisco “Chico” Urriola Jaén transita esos senderos de la patria. Para él y su familia los mejores deseos de vida plena. Y sí, es verdad, “Chico sí pinta”.

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En las faldas de Cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 25 de abril de 20017.




 






lunes, 20 de marzo de 2017

VERDADES INCÓMODAS


Ya he perdido la cuenta de los años que tengo de hacer vida docente en los Centros Universitarios. He visto pasar desde profesionales realmente eméritos, hasta otros que nunca debieron ocupar los claustros universitarios. Sé del sueño de un visionario aguadulceño, pero también de las tropelías de aquellos cuyo único crédito ha sido prostituir la Casa de Méndez Pereira, esquilmarla y convertirla en caja registradora de viáticos y lugar por excelencia para la práctica de la politiquería, el clientelismo y el nepotismo. Esos depredadores y trepadores de pirámide lograron que la Universidad de Panamá (UP) dejara de ser antorcha para convertirla en trémula guaricha.
Que hemos avanzado, a lo mejor, pero no lo necesario ni lo suficiente. Por ejemplo, en el caso de la sede herrerana de la UP, ya superamos el medio siglo de existencia arrastrando no pocas carencias.  Sin embargo, aquí como en otros lados, cuando se aborda el tema surgen las media verdades, aparecen defensores del status quo, asoman comerciantes de la academia, traficantes de quimeras y expertos en el doble discurso. Como aquella perorata que pregona que ya somos Universidad del primer mundo, cuando apenas superamos los habitáculos de la novela de Dante Alighieri; para no decir que vivimos la Arcadia o, talvez, el Mundo Feliz de Aldous Huxley. Es decir, cuasi la tierra del realismo mágico, con Macondo y don Melquiades vendiendo hielo.
La universidad provinciana tiene que dar paso a la academia, la investigación y la extensión cultural. Pregonar mentiras seductoras es fácil, porque la tarea la acometen charlatanes y falsos profetas. Sin embargo, la verdad ha de salir a relucir, aunque produzca escozor y genere miradas que matan.  En efecto, ha sido muy dañino que en nuestras unidades académicas los directores de turno insistan en volver a serlo, como si la UP no pudiera existir sin la excelsa presencia de tales políticos. Voy más allá, gran parte de nuestras deficiencias nacen de implantar, del extramuros universitario, elecciones en las que no siempre cuenta la trayectoria académica del postulado y se vota por simpatía, nexos familiares u otras minucias electorales. Muy ilusionados en el torbellino de la democracia embrionaria, hemos olvidado que la Universidad es academia y no partido político, presencia transformadora y nunca conservadurismo aldeano.
En los últimos años hemos vivido bajo el manto del gamonalismo, esa lacra social que se enseñoreó de los campos para forjar la cultura política de la alienación. Sí, algunos se han creído señores feudales de la educación superior. Hecho lamentable, porque para mantener el reinado han mandado de vacaciones a la academia, o más bien ésta ha servido de base para el clientelismo, repartir cátedras a cambio del voto, al tiempo que se reclama la genuflexión y el “Ave César…”. Y el resultado de esa chata visión: la universidad silenciosa, embozada y con maltrecho clima organizacional.
Estamos deficitarios en investigación y extensión cultural. Por décadas hemos carecido de fondo para tales fines, aunque algunos heroicos catedráticos echan mano del erario familiar para publicar en pequeños tirajes, porque el presupuesto no se lo permite. Igual acontece con la extensión cultural, función que sacrifican para atender minucias, cubrir apariencias, asumir gastos innecesarios, promover degustaciones gastronómicas o caprichos de contertulios.
Tenemos problemas estructurales que deben ser analizados. Por ejemplo, nunca hemos atendido de manera seria el modelo que dio origen a la presencia universitaria en las áreas interioranas. Somos una especie de híbrido administrativo en el que se entrecruzan las veleidades de organismos del Campus Central, al punto que algunos decanos quieren tener injerencia en estructuras administrativas que les doblen en matrícula, infraestructura y personal.
El centralismo a lo bogotano ha sido una práctica que ahoga la creatividad, amodorra la administración y convierte a la institución interiorana en una estructura que está pendiente de la colina transitista. Del Olimpo bajan las decisiones y hacia el Olimpo citadino acuden todos, hasta para la revisión de créditos de quienes estudian en la periferia.
El hombre de las provincias interioranas lleva más de ochenta años en ese ir y venir hacia la sede de la toma de decisiones. Si esa conducta no cambia, al final se producirá el desmembramiento de la universidad estatal, porque nadie está dispuesto a soportar por más tiempo tales penurias. Así, con toda razón, quienes habitan las áreas interioranas tendrán todo el derecho de erigir universidades autónomas que respondan a sus necesidades y propuestas de desarrollo.
Con el cambio de administración, hecho acaecido en 2016, se respiran pequeñas bocanadas de renovación. El país necesita, y las áreas interioranas dentro de él, que esos soplos de cambio, se conviertan en tornado de transformaciones, porque no se trata de permuta de autoridades, sino de modelo de universidad.
Lo que queda de Universidad light tiene que desaparecer, porque sería imperdonable que continuemos privando a las juventudes de la educación superior que se merecen.

……mpr…

miércoles, 1 de marzo de 2017

BIOGRAFÍA DE DON ESTANISLAO DEL CASTILLO DE LOS RÍOS


                                                                                                     
                                                                                             
                                                                                                Por Antonio Pinzón-Del Castillo

Don Estanislao Del Castillo De Los Ríos nació el 6 de mayo de 1880 y fue bautizado solemnemente en la iglesia San Atanasio de La Villa de Los Santos el 1 de junio del mismo año, hijo legítimo de don Bernardo Del Castillo Rebolledo y doña María Bartola De Los Ríos Saavedra. Fueron sus padrinos don Pedro Del Castillo y doña Francisca Sáez.  Siendo aún párvulo, su madre muere de parto al dar a luz a dos gemelas, Victoria y Natividad. Un par de años más tarde, su padre también fallece. Sus padrinos fueron quienes lo criaron y educaron con clases privadas en una época donde leer y escribir era asunto de grupos privilegiados. En el año de 1905 contrae matrimonio con Andrea Bernal Corro, quien también fenece estando grávida, pocos meses luego del enlace. Más tarde, a 29 de febrero del año del Señor de 1908, contrae segundas nupcias con Nemesia, hermana de Andrea, a quien siempre llamó cariñosamente por el mote “Pila”.  De este matrimonio nacen cuatro hijos: Cristina, en 1909; José Leonardo, en 1911; Pedro Bernardo, en 1919 y Germán, en 1921. Luego, engendraría también a Elías y criaría como suyos a José y a su querida Carmela, hijos de un primer enlace matrimonial de su mujer. 
Terne Castillo, como fue bien conocido en La Villa de Los Santos, fue más que un hijo de la aristocracia rural, un filántropo de nuestros campos, amante del servicio al prójimo y a los más desposeídos, en especial durante la fiesta de San Juan de Dios, donde participó activamente junto a su prima Ana María Moreno Del Castillo, La Niña Anita., motivado principalmente por mercedes que en los albores del siglo XX le concediera el santo granadino al salvar de las llamas a su querida hacienda El Jobo, gracias a la aparición de una milagrosa lluvia que aplacó el voraz incendio en el albores del caluroso mes de marzo.
Terne descendía del elitista grupo de 30 familias españolas terratenientes que figuran en el padrón electoral de 1770 del villorrio santeño y a su vez de don Manuel Salvador Del Castillo y Relux y de don José María De los Ríos, próceres que sellaron con su rúbrica la gloriosa acta de independencia de la Villa de los Santos el 10 de noviembre de 1821. También, fue sobrino de don Germán Del Castillo y don Pacífico Del Castillo, suscriptores de la adhesión de La Villa de Los Santos al movimiento separatista del 3 de noviembre de 1903. Por este motivo es que junto a su esposa Nemesia figura en la lista de invitados del famoso baile de las 100 luces de 1910, acto que reunió por última vez a las viejas familias de estirpe colonial en la libertaria ciudad durante los albores del siglo XX.
Tras la sequía y los temblores de 1913 decide mudarse finalmente a su finca El Jobo, donde construye una hermosa casa de alto portal, dos salas y dos cocinas en la que recibía a sus familiares, invitados y amistades, de los que aún vienen a la memoria apellidos como Champsaur o Tasón. Famosos fueron los ágapes allí celebrados durante los veranos maravillosos de la sabana santeña en aquel privado vergel bañado por las aguas del  río La Villa. 
Don Estanislao apoyó diversas causas por el progreso de la región como la otrora Feria de Los Santos, que posteriormente se convertiría en la Feria Internacional de Azuero, creada por su primo don Francisco “Lito” García Castillo, siendo don Terne pionero del desarrollo de la ganadería y la agricultura en Azuero, entre otros detalles, al ser propietario del Transporte San Juan de Dios, cuyos numerosos embarques de ganado vacuno se dirigieron hasta La Chorrera, donde eran vendidos para el coadyuvar abastecimiento cárnico de la ciudad capital. 
Su fama en las tierras del Grito se extendió gracias a su don de gente y espíritu colaborativo, llegando incluso colocar su nombre en la jerga popular a través de dichos y refranes como: “(Fulano) tira la leche a la Rabelo y Terne Castillo la regala al pueblo” o sus recordadas palabras  “Yo siembro para dar pan al que no tiene qué comer”, pues la cosecha de su fundo siempre fue destinada para el deleite del prójimo.
Fue, además, defensor y promotor de los regadíos que más tarde serían brazo motor para el sector agrícola de la región durante la gestión del presidente Domingo Díaz Arosemena, con quien iría a hablar personalmente a Ciudad de Panamá., acontecimiento del que el pueblo guardaría un jocoso chiste para la posteridad con el cual Terne se burlaba de la incredulidad de algunos de sus coterráneos sobre su exitosa misión en la capital. Este hecho fue correspondido con la visita del Presidente Díaz Arosemena a su colonial finca El Jobo, donde el mandatario disfrutaría de la hospitalidad santeña.
Don Terne vivió felizmente en su fundo, alejado del mundanal ruido, acompañado de sus hijos y la exuberante vegetación de su patrimonio a la vera de las huertas, cuyos palmares  y uvitales se dibujan como un rosario inagotable en las riberas del río de Los Maizales, convidando al descanso y al deleite que inspira la bucólica sabana de la patria de Rufina.  Allí, discurrieron apacibles y solaces sus últimos días hasta que la Parca tocó a su puerta el 31 de octubre de 1959, cuando fallece en el Hospital San Juan de Dios de la villa santeña por complicaciones de salud a la edad de 79 años. Tanto amó el terruño y en especial El Jobo, que fue su deseo ser velado allí, en su colonial hacienda; sin embargo, el destino y el crudo invierno de octubre del 59 cerraron el paso a su féretro camino a la añeja finca, en una loma que otrora existía frente a la actual Fábrica de Nestlé, cuyos terrenos también eran de su propiedad por aquellas calendas. Fue así como contrario a su último anhelo, su cuerpo ya sin vida tuvo que ser velado en El Caserón, una de las residencias que poseía en el poblado.   Sus restos mortales descansan en el Cementerio don José Antonio Sáez de la Heroica Ciudad, bajo la custodia del magnífico ángel de mármol de Carrara que mandó a traer desde Italia para que coronara el sitio de su última morada.

MISERIA MINERA EN CERRO QUEMA




Han pasado veinte años de oposición al proyecto minero de cerro Quema. Durante ese largo período de tiempo diversas organizaciones regionales han expresado su rechazo al engendro minero. Y la época también ha servido para dejar constancia de las diversas violaciones del contrato pactado, así como del deprecio por el futuro regional. Desde los tiempos del presidente Ernesto Pérez Balladares hasta la administración actual, los gobiernos han mirado para otro lado y se han hecho los desentendidos. En cambio, sacan a relucir los socorridos y manidos argumentos del “acatamiento al contrato con el Estado”, “la generación de empleo” y “el respeto a la inversión extranjera”. Incluso los más osados y cínicos han comentado, en tono ceremonioso y de sabihondos, que el país no puede vivir en la pobreza acostado sobre una riqueza que le pertenece; pero olvidando convenientemente que el 98% de la ganancia bruta, se queda en manos de extranjeros e istmeños genuflexos, para que continuemos siendo un país rico con gente pobre.
Hace poco venció el contrato que autoriza la explotación de cerro Quema (centauro bravío de la sierra santeña) y la empresa minera solicita que se le concedan veinte años más, como si las dos décadas precedentes no fueron suficiente para sus tropelías empresariales y de destrucción ambiental. Como si ya hubiésemos olvidado que sus locales fueron la cárcel en la que encerró a los santeños durante la brutal represión del año 1997.
Hay que recordar que la empresa ha sido varias veces vendida y otras tantas se ha anunciado el inicio de operaciones, acaso porque con dicho proceso se incrementan las ganancias en la bolsa de valores de Canadá. Mientras tanto el hombre peninsular tiene que lidiar con la depredación de la zona, poner en riesgo el abastecimiento de agua (no pocos ríos nacen en el área donde está el proyecto), admitir la destrucción de su patrimonio natural y soportar las veleidades de quien pregona el respeto al medio ambiente, mientras socava no sólo la tierra, sino el modelo de desarrollo regional en su dimensión social, cultural y económica.
No hay argumento válido para renovar el contrato y someter a la región a veinte años más de tensiones, cantos de sirena y de amenaza ambiental. Existe un secretismo sobre la aprobación del Estudio de Impacto Ambiental (EIA), el mismo que un consultor extranjero desmenuzó y criticó hasta en la propia redacción del documento. Es una pena que MIAMBIENTE no diga nada y en cambio felicite a la empresa porque los apoyó para sembrar arbolitos. Dar las gracias a quien se apoderó de 15 mil hectáreas en el macizo del Canajagua, equivale a desproteger el ambiente, dar a espalda al azuerense y felicitar al mayor latifundista y confeso geófago que recuerde la historia peninsular.
Los santeños y panameños no podemos consentir que se continúe destruyendo y regalando los recursos naturales, luego de los desastres de Petaquilla y otros desatinos mineros. En especial en esta coyuntura cuando la rapiña se ha apoderado del país, la corrupción es tan común como la venta de carimañola y el país decente retrocede, mientras campea la indecencia política. No hay vuelta de hoja, el proyecto minero de cerro Quema debe ser clausurado, rechazado el EIA y negada la prórroga que vendría a constituirse en otra vergüenza nacional. Lo que se impone es dar la cara a la región y acompañarle en su ya penosa crucifixión ambiental.
La región del Canajagua y Tijera, tiene que ser respetada, honrada por su contribución al desarrollo nacional y bajo ninguna circunstancia convertida en cloaca minera. Es de hipócritas desarrollar campañas ambientales y llamar a la conciencia ecológica mientras se siembran minas a cielo abierto en la tierra de Ofelia Hooper Polo y Belisario Porras Barahona. El fututo de Los Santos y Herrera no está en venta, ni la miseria minera de Cerro Quema ha de constituirse en parte de nuestro proyecto colectivo de vida.

jueves, 10 de noviembre de 2016

LA HISTÓRICA VILLA SANTEÑA



Como acontece cada año para estas fechas, corre mucha tinta de quienes meditan sobre una población istmeña que está nimbada de glorias. En efecto, la Villa de Los Santos, porque de ella se trata, ha crecido escoltada por dos cerros, el Juan Díaz al norte y El Barco, al sur.  Emplazada sobre la sabana antropógena, la llanería se prolonga en dirección a Guararé y Las Tablas, mientras al otro lado del río Cubitá, desde el período Colonial, resplandece Parita, la hermana que también le acompaña desde el Siglo XVI.
Al visitarla hay magia en esa torre que desde la distancia pregona la presencia del dieciochesco templo a San Atanasio, hegemonía religiosa que se disputa con otro santo patrón, San Agustín. En cambio, al lado de la arquitectura religiosa colonial, la plaza muestra al visitante la efigie de Bolívar, mientras el parque mira atentamente el Museo de la Nacionalidad. Las dos viejas calles que describiera el obispo Rubio y Auñón siguen tendidas “como hacia la mar”.
Hay mucha historia en este añejo pueblo colonial que no puede ser reducido únicamente a la conmemoración del 10 de noviembre de 1821, por más significativa que sea la fecha del Grito Libertario. La Villa es el 10, pero también luce otras facetas que al valorarlas se comprende a plenitud por qué el poblado fue la sede de ese histórico hito independentista.
En otro momento he señalado que la tierra de la mítica Rufina es la capital histórica de Azuero.  Ella fue el centro del poder político, económico, social y religioso de la península de Azuero en un período que comprende casi cuatrocientos años de existencia. Cuatro centurias llenas de historias cuyo aporte peninsular ha marcado el caminar de una región cuyas ejecutorias ha dado lustre a la nación.
A la entrada del poblado la bandera azul, amarillo y roja recuerda al visitante cómo su historia estuvo ligada a los movimientos de emancipación bolivariana. Esa enseña pregona el sano orgullo del pueblo de quien dijera El Libertador que era la “Heroica Ciudad”. Incluso la fundación poblacional, el 1 de noviembre de 1569, es un acto de rebeldía de quienes tempranamente deciden fijar el destino sin autorización de la corona española.
La Villa fue protagonista de los conflictos azuereños entre liberales y conservadores que asolaron la región a mediados del siglo XIX, época cuando don Pedro Goytía Meléndez se erige en adalid de grupos de campesinos que protestan por la introducción de impuestos. En este sentido será sede del conservadurismo peninsular, al mismo tiempo que germen del liberalismo que propicia la ruptura de añejas y coloniales estructuras de dominación social.
Y ya en la vigésima centuria, al producirse la separación de Panamá de Colombia, los munícipes, el 9 de noviembre de 1903, se adhieren a la gesta que propicia el nacimiento de la nueva república. Sí, hay mucho por contar, porque el centro urbano de La Villa también supo del caminar del doctor Francisco Samaniego, ese santeño luminoso que forjó junto a una pléyade de coterráneos la Federación de Sociedades Santeñas, al comprender tempranamente el papel revolucionario de la organización popular.

La historia peninsular tiene en la Villa de Los Santos a su más grande gema y en el 10 de noviembre de 1821 la cúspide de esa grandeza. Allí, en la antigua plaza, entre las viejas callejuelas y vetustas edificaciones, se ha forjado parte de la historia de un pueblo que ha sido vocero de libertad y emblema de santeñismo, entendido éste como orgullo patrio y valladar contra la deformación de la identidad cultural. Vital esta villa histórica, a quien los santeños debemos incluso el  gentilicio.
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martes, 4 de octubre de 2016

ARTEMIO





Estoy harto de la ciudad, de las calles ruidosas y de la vida prestada que llevo. Nací en el campo y nunca me acostumbré a la tensión de las mañanas y a estos escandalosos Diablos Rojos. Son cuarenta años de mi vida, de laborar y soñar despierto. Creí que podría labrarme un destino más allá de las mazorcas y las boñigas. Llegue con muchas esperanzas, porque me dijeron que con el Canal todo era diferente y que en pocos años podría ahorrar y regresar para montar mi negocio. Admito que fue mejor que haberme quedado en mi pueblo. Acá trabajé en un ministerio, terminé mi secundaria y por allí logré un titulito en la Universidad. Pero detesto esta ciudad con olor a casa podrida, a cuarto de inquilinato. Allí estuve, en un cuartito frente a la bahía, por un dato que me dio un paisano, entonces comprendí a Korsi, “cuartos donde no entre el sol, que el sol es aristocrático”. A cada rato pasaba por el mercado público y me daba un no sé qué el escuchar aquellos acordeones en el traganíquel de la Cantina Chucu Chucu. El mar me recordaba las costas de mi península y entonces la mente no dejaba de pensar en todo aquello que había dejado, con mi madre habitando aquella vieja casa de quincha. Fue difícil todo, muy difícil vivir un mundo esquizofrénico. Estar aquí y tener la mente allá, pendiente de las noticias y de esa secreta esperanza que se agolpaba en mi pecho al ver pasar el busito de la ruta Las Tablas-Panamá. Lo miraba desde el bus y volvía a leer esas palabras mágicas, Las Tablas-Panamá. Parto difícil el de emigrante. Al principio nada era más importante que regresar y poder saludar a mi gente y a esos amigos del pueblo que siempre creyeron que tuve éxitos por acá.. Quizás por ello fui mucho al Cosita Buena, porque me carcomía la nostalgia. Yo no sé por qué, pero cuando se está en la ciudad, aquella gente que nunca te habló en el pueblito, al vivir su soledad de citadino, siente igualmente el impulso irrefrenable de cruzar unas palabras con ese paisano al que no le paró bolas. Mi mujer la conocí en un baile que amenizaba Dorindo Cárdenas, cuando bailaba aquel éxito que se llamaba “Por ella” (“Por ella es que estoy así, por ella es que estoy enfermo, me voy a dejar morir por falta de este remedio”). Lidia, siempre fue buena, tanto que sacrificó sus estudios por mí. Ella en la cocina y yo en la calle buscando el real. Así tuvimos nuestros hijos que ya están grandes y casados. Aún no soy abuelo, pero por allí vendrán los nietos. Ahora sé que la vida es muy rápida y muchas veces no logramos hacer lo que queríamos. ¡Un coño!, a veces me digo, porque lo importante es no morir en el intento. Por eso dicen que hay que tener fe, confianza en uno. Así decía la profesora en la Universidad. “Avance, joven”, decía.  Y la verdad es que yo lo intenté, pero el parto fue difícil, no tanto por los escollos a superar, sino por lo que pasó con mi mente. Yo nunca volvía a ser igual, por ese asunto de las ideologías que me explicaron en ciencia política. Algo se desgarró dentro de mi y nunca pude recomponer la magia que traje a la ciudad. Antes el mundo era menos complejo, con esa ingenuidad que trae uno del campo. Dejé el olor a cananga y lo cambié por fragancia francesa; sin percatarme el brillo de la civilización avergonzó mi ruralidad y terminé rechazando lo mío. Afortunadamente eso fue transitorio y al rato ya era un defensor de la cultura interiorana.  Me gustaba ir a San Miguelito y disfrutar de los desfiles de carretas santeñas para celebrar el 10 de noviembre. Porque las cosas cambiaron mucho, luego de los años setenta. Así como yo perdí algo de campesino, la ciudad se volvió fría, indiferente y poco solidaria, violenta e insegura, en algunos casos. Calle J y la 4 de julio son un recuerdo. Hasta nos echaron de San Felipe y muchos terminaron en Tinajita y San Joaquín, desarraigados por allá. Nada importó la tienda que tenía mi primo santeño en el Casco Viejo; décadas de trabajo que no pudieron con la angurria de otros. Pienso en todo ello y me parece mentira aquella Panadería Lucianito, con esas michas humeantes. Durante esos años me metí en el trajín de la ciudad y cuando me di cuenta ya tenía mis canas de viejo. Ocasionalmente regresaba a mi pueblo, como para no perder las raíces, porque allí estaban mis padres, siempre esperando, como si el tiempo se hubiese detenido en aquella casa de quincha carcomida por el tiempo. Lo difícil era regresar y volver a abandonar aquellos palos de mamones y de mangos en donde jugué de niño.  Regresaba en el COOSVETRA rumiando los pensamientos y con una congoja en el pecho. Entonces uno se pregunta si volverá a ver a sus padres o si podrá el año entrante regresar a la fiesta de toros y a los bailes de acordeones. Siempre con el pretexto de volver, como esos elefantes que retornan a morir al lugar en donde nacieron. Yo viví todo ello, pero luego me volví olvidadizo y me conformé con lo que me ofrecía la ciudad.

sábado, 28 de mayo de 2016

LAMENTO POR EL CANAJAGUA


"No se puede entender a Rusia con la razón, no se puede medir en yardas. Tiene un carácter especial, en Rusia, sólo se puede creer".

Siempre he amado este noble fragmento de un poema creación de un connotado bardo de la tierra de los zares porque el mismo me hace reflexionar sobre mis propios lares y el pensamiento de mi gente; porque es difícil comprender la mentalidad de nuestros coterráneos, muchas veces totalmente errática, barnizada, pero carente de toda forma y solidez, otras veces imbuida de un supuesto amor por la cultura, tergiversado en la borrachera de la juerga y otras veces postulante de un arte soso y mal enjalmado, ofreciendo pan en unos sitios, mientras se carece en trigo en los propios.
No se puede entender a esta nación con medidas o encuestas, ni con meses raciales, ni festivales a raudales, primero hay que comprender a la patria chica y entender su engranaje en el conjunto de su multietnicidad.
A veces, para que la seda del entendimiento roce la esterilla mental de algunos, es necesario descender a su vocablo coloquial y hacer malabares con las palabras para que algo de luz entre al oscuro tugurio de ideas que flota en sus cabezas.
Tal vez sea culpa de nuestra multiculturalidad lo que nos hace tan diferentes y lo que a veces en vez de unirnos, nos aleja, tal vez lo sean otros factores más o menos educativos o sociales, lo cierto es que tenemos un carácter especial, y a veces, al igual que Rusia, solo podemos creer para confiar en días mejores en que dejemos de vender el alma por tres pesos, empecemos a valorarnos y a ser autocríticos, pues barriendo las hojas de nuestros mangos podremos hablar sobre la hojarasca de los cortijos vecinos. No se puede entender con la razón lo baladí, lo fatuo, la inconsciencia y la desunión entre hombre y natura en nuestra propia morada, clamando esta última por piedad.
CANAJAGUA, ha sido traicionado por sus propios vástagos, por quienes serviles le venden, cuales fenicios, en el mercado de esclavos y le embarcan hacia la deriva  en que yace nuestro terruño de incomprensiones y desencantos. Nos estamos pudriendo, porque las bases del santeñismo tambalean entre las manos de los que tienen muy poca o ninguna noción de gobierno y justicia.
¿A quiénes damos el privilegio de regir los destinos de la patria de Porras, a quiénes concedemos el caro honor de izar la gran nación?
Primero Cerro Quema y ahora Canajagua, heridos sagazmente, a traición, apuñalados con la rúbrica de sus propios retoños y la miseria colectiva del mercantilismo.
¡Cuán difícil y trabajosa faena puede ser el tratar de entender a nuestra gente!
¿Es que acaso la ignorancia ríe a carcajadas y junto al cinismo nos hace muecas desde la comodidad del negociado de algunos?
Es que mi corazón orejano no quiere creer lo que los ojos leen, porque al igual que Céspedes, prefiere que un dardo lo atraviese o que un alfanje cercene las entrañas del cuerpo adolorido, antes que resignarse a la pérdida paulatina y mordaz de los grandes símbolos de la tierra de las nostalgias. Un lamento se escucha en el monte, las mejoranas han enmudecido y la cascá no ha salido a volar, se han guardado todas las polleras, los diablicos han dejado caer sus castañuelas, los violines no tocan sollozos más y el acordeón de Gelo prefiere callar. Los versos de Sergio se desgranan al mirar al promontorio gritar, malherido, avasallado..., Los Santos está de luto, su cielo se ha tiznado de lóbregas cenizas y muchos, sí, muchos queremos llorar...

Antonio Pinzón-Del Castillo
Poeta y escritor

jueves, 19 de mayo de 2016

INVASIÓN DE MEMES



Los memes se han hecho comunes. El famoso artilugio de la comunicación contemporánea invade los sitios más inesperados, logra acosar hasta la extenuación y si te descuidas vuelve lento el "smartphone", porque ocupa gran parte de los archivos del teléfono inteligente.
El origen del vocablo hace alusión a un tema que se vincula con la genética y la sociología. Teóricamente el meme es la contraparte cultural del gen; porque mientras el último aún no puede modificarse, el meme es el equivalente del rasgo cultural, que a diferencia de archivo genético está sujeto a la transformación y logra reproducirse tanto como la cultura lo permita.
De modo que el meme es un tópico más serio que el simple mensaje comunicacional que enviamos a nuestros amigos. Pero al grano, lo que importa en este caso es tomar conciencia de las implicaciones que el mensaje electrónico encierra. Porque de algo bien pensado, el meme se ha vuelto “ligth”, un poco banal y con cabeza hueca. En efecto, percátese que hay individuos que ya no escriben, que optan por atiborrarnos de memes, porque creen que éstos hablan por ellos y, en teoría, comunican lo que piensan. Preocupante, porque algunos ya no escriben, sino que envían memes, cual niños de aprendizaje incipiente.
Claro que no estoy planteando que los tiremos al basurero, ni que ellos son una plaga demoníaca. A lo mejor al meme le ha pasado lo que a otros productos sociales; hemos abusado de su uso y, de ser una idea luminosa, terminamos por “desgastarlos”, hacerlos tan comunes que ya no denotan, sino que connotan. Es decir, se han vuelto un bien desnaturalizado de tanto rodar en el mercado de lo baladí. Sí, nada escapa a su influjo; desde los pensamientos de grandes escritores, pasando por las reinas del carnaval, hasta el mensaje religioso que pregona el edén para los fieles devotos.
Y ahora que dispones de tiempo, deja de leer este comentario y visita el buzón del teléfono. Por favor, borra las decenas de memes que has acumulado en la última semana. ¡Ah!, y meditemos un poco antes de enviar el próximo mensaje prefabricado, porque la cigarra electrónica sonará para sorprender al receptor con el arribo de otro meme que podría resultar necio, indeseable y machaconamente repetitivo.



sábado, 30 de abril de 2016

LEONIDAS SAAVEDRA ESPINO y ROBERT NEARON: DOS AZUERENSES PARADIGMÁTICOS:



1. Este año ha sido una dura prueba para las provincias de Herrera y Los Santos, pareciera como si el sino se hubiese confabulado para hacernos más incómoda la existencia. El sector agropecuario, vapuleado por el estío peninsular ha mostrado su lado agónico, mientras el fenómeno del Niño recalienta haciendas y el bochorno del sol candente quema pastos y atenta contra el agua, la flora y la fauna. Y aunque lo común consiste en reclamar políticas y acciones a transitorios gobiernos, hemos de reconocer la cuota de responsabilidad en la hecatombe ambiental que se inició en la centuria precedente.
Sin embargo, cuando la canícula parece sumirnos en un sopor de siglos, hay dos fenómenos que concitan la atención y que reflejan la madera de la que está hecha la zona. Hay dificultades, pero pese a todo una avecilla silvestre - presa de su biológico celo- canta en la rama del árbol llamando a la lluvia. En efecto, la cascá, cancanela, primavera o cascocha es un ejemplo de terquedad ornitológica y de optimismo inclaudicable. Porque no importa los pronósticos meteorológicos, ella se prepara para lo que ha de venir, el arribo de las crías y la abundancia de alimentos, que vaticina el final de la estación seca y el inicio del mítico invierno.
Y mientras esto acontece con natura, hacia finales de abril y comienzo de mayo, el productor recoge sus aperos de labranza, espera la cruz de mayo, mira al cielo rogando que aparezca un nubarrón, implora a san Isidro Labrador y se prepara para la Feria Internacional de Azuero. Actúa cual cascocha humana, el ave que le ha acompañado durante milenios, porque el emplumado pájaro es mucho más viejo que el actual homínido que apenas tiene 500 años habitando la zona. Ese hombre, digo, ese ser hispano-negro-indígena, despierta al mundo de su evento ferial. Aquí demuestra lo que siempre ha sido, desde los cambalaches indígenas que describe Gaspar de Espinosa en el Siglo XVI hasta el ágora del comercio, la cultura y lo agropecuario que representa y muestra el escaparate promocional del más importante evento ferial de las provincias de Herrera y Los Santos.
La feria no es sólo agro, comercio, publicidad, ganadería y diversión, también es el escenario para exhibir al mundo la trayectoria del hombre probo, aquel que supo regalar al resto de los ciudadanos un ejemplo de vida y una trayectoria basada en el trabajo fecundo.. Por eso la Fundación Juan Antonio Rodríguez aprovecha el evento para reconocer a quien se lo merece, como premio y condecoración al esfuerzo y el tesón ciudadano.
En esta ocasión los laureles recaen en don Robert Nearon Ryan y don Leonidas Saavedra Espino. El primero en representación de la provincia de Herrera y, el segundo, por parte de la región santeña. Cumplamos, pues, con esa grata tarea y recorramos en esta noche lo más significativo de sus respectivas hojas de vida.

2. Don Robert Harold Nearon Ryan.

El estadounidense radicado en Chitré nació el 2 de febrero de 1942 en Detroit, Michigan. Hijo de Robert Lee Nearon y doña Dolores Margaret Ryan. Aparte de la valoración de su madre, ha de sentirse orgulloso del progenitor de quien podemos decir que fue miembro del Ejército de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos de América. El mismo que murió en combate, luchando por la democracia y la libertad, en las playas francesas de Normandía, durante el famoso desembarco acaecido en 1944, entre junio y agosto de ese año.
Aquel pequeñuelo a quien el hado y la guerra le arrebató a su progenitor cuando sólo contaba con dos años de edad, le esperaban gratos momentos más allá de las fronteras de su Detroit natal. Dispuesto a labrarse su destino le vemos capacitarse en la Universidad de Wexford en donde se le confiere el título de Gerente Comercial.
Hacia el año 1960 arriba a Panamá como miembro del Cuerpo de Bomberos de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos de Norteamérica. En ese período que se extiende hasta 1963 labora en Albrook-Howard y Río Hato, radicándose en la capital de la república en el año 1969. Allí, incursiona en otros menesteres para asumir la gerencia de importantes franquicias estadounidenses: Pollos Fritos Kentucky, Dairy Queen y Tastee Freez. Esa experiencia laboral será decisiva para su estadía en el Istmo.
En efecto, durante el año 1974 se traslada a la capital provincial herrerana en donde ejerce como gerente de Dairy Queen y escala hasta tener su propia franquicia, la que es conocida como Frostees. Desde entonces la nueva sede de su empresa se ha convertido casi que en ícono de la ciudad de Chitré; ubicada en la Avenida Enrique Geenzier, importante arteria vial de la tierra de don Dámaso Ulloa. Se ha sentido tan complacido con su nueva tierra que el 22 de mayo de 2002 se nacionalizó panameño.
En 1986 contrajo matrimonio con la señora Carmen Mora, con quien ha forjado familia. El señor Nearon Ryan tiene varios hijos: Mercedes Moreno y Robert, Elizabeth, Mary, Luisa, John y Carol Nearon. La existencia de una prole como la indicada demuestra que don Robert Harold Nearon Ryan, sin negar su tierra natal, ha hecho de su heredad adoptiva un lugar para vivir a sus anchas de azuerense casi que raizal.
Una prueba contundente de la integración de don Nearon a la región, no radica solo en su huella empresarial, sino en su papel dentro de asociaciones. En su vida pública ha sido fundador de la primera academia de Karate Do, la que contribuyó a forjar junto a Arturo Worrel, organización en donde llegó a ser Cinturón Negro. La región le conoce como patrocinador de boxeo, football y baloncesto. Son incontables las organizaciones que saben de su mecenazgo en carnavales, bandas de música, eventos municipales y otros. Es amigo del Museo de Herrera, miembro del Club de Golf, fundador de Protección Civil en Chitré, presidente en dos ocasiones de Apede Azuero, así como miembro del Patronato de la Feria Internacional de Azuero, por mencionar algunos eventos que hablan de un compromiso que se proyecta más allá de la esfera empresarial.

3. Ingeniero Leónidas Saavedra Espino

Don Leónidas Saavedra Espino nace en Guararé el 1 de mayo de 1922. Hijo de preclara familia santeña -cuyos orígenes se hunden el período colonial- desde pequeño mostró una indudable vocación por las ciencias, ya que creció en el seno de un hogar en donde su padre se agitó en temas farmacéuticos y resultó heredero de la fina sensibilidad de su madre, de la que seguramente debe parte de su visión humanista del mundo. Por eso los libros nunca fueron un objeto extraño en su residencia, y estoy hablando de una época y comunidad en donde antaño esa no era la nota dominante.
Los estudios primarios los realizó en su pueblo natal y mejoró su formación secundaria en el Instituto Nacional de la ciudad de Panamá. Allí obtiene el bachillerato en ciencias y letras. Durante esa promoción se le distingue con premios en química y francés. Con posterioridad viaja a los Estados Unidos de Norteamérica y allí, en la Universidad de Iowa, se le confiere el grado de ingeniero Químico. Deseoso de aprender realiza cursos de ingeniería de aguas en la Universidad de Cincinati.
Al regresar al país va a ser cofundador del Instituto de Alcantarillados y Alcantarillados Nacionales (Idaan). En esa institución fue jefe de plantas de tratamientos y control de aguas, asesor para control de calidad de aguas servidas. Ha representado a Panamá en diversos congresos internacionales en instituciones tan prestigiosas como la UNESCO. Participó en el estudio para determinar las fuentes de aluminio en Ecuador y Panamá.
Radicado en David, Chiriquí, también se ha dedicado a la urbanización y el negocio de bienes raíces.
Finalmente debo indicar que don Leónidas, además de su vocación técnico científica, posee una extraordinaria vena humanística que le ha llevado a ser  escritor de fina pluma. Ese mismo texto que con la maestría de políglota es capaz de escribir en español, alemán, francés e inglés. Baste con señalar su novela “¿Espino? Mensabé antes de Azuero”, en la que describe no solo la saga de su familia en los Siglos XVII y XVIII, sino los orígenes de gran arte de la península de Azuero. Este texto es, sin la menor sombra de duda, la mejor novela que se ha escrito sobre Azuero en los últimos tiempos.
Casado con la señora María Teresa Anguizola de La Lastra, tiene cuatro hijos: Leonidas, Javier, Alexis y Gerardo.

4. Revisado los aspectos más importantes de la biografía de los dos azuerenses se impone una reflexión final. Lo primero que hay que afirmar es que no deja de ser de lo más llamativo que al agasajar a don Robert y don Leonidas nos percatemos que ambos sean ejemplo de emprendimiento empresarial y, el segundo, además, experto en el tema del agua. Muy trascendentes que ellos tengan una trayectoria de vida que se enmarca en las temáticas que son el centro del debate contemporáneo sobre el desarrollo regional. A saber, la necesidad de contar con un renovado ímpetu empresarial que enrumbe la economía hacia nuevos derroteros en Los Santos y Herrera. Así ha de ser, porque los emprendedores de ayer cumplieron su labor y corresponde a las nuevas generaciones empujar el carro del desarrollo más allá de la muralla China de Divisa o de las dádivas del Estado regalón.
En el caso de Robert Nearon éste asume una visión que le ha hecho ser pionero en la comprensión de que la autarquía económica no es buena consejera y que hay abrirse a capitales que no necesariamente son nacionales, pero que los necesitamos para nuestro desarrollo. Llama mucha la atención esa postura suya de vincular la empresa con eventos sociales, que no necesariamente son de su incumbencia empresarial, pero que son ineludibles porque forman parte del contexto en el que está inmersa la empresa. A esta postura le llaman en términos modernos responsabilidad empresarial, proyección comunitaria u como deseemos llamarle, pero que el señor Nearon asume y se ha hecho costumbre desde los años setenta del siglo XX, época cuando muy poca gente teorizaba sobre estos tópicos.
Y si hemos de valorar al señor Nearon por su fe y constancia en los destinos de la región, otro tanto podríamos afirmar del ingeniero Leonidas Saavedra Espino, paradigma del hombre ilustrado que necesitan las provincias de Herrera y Los Santos. De porte gallardo y de conversación fluida e inteligene, don Leonidas forma parte de esa generación de panameños que lograron que el tema del agua diera un salto cualitativo de los pozos en la orilla de los ríos, de la tinaja y la lata o churuca sobre el rodete, hacia el grifo que al abrirlo expele mucho más que el líquido acuoso, derrama salud a raudales. En efecto, fueron millares de panameños los que, al consumir agua potable, salvaron su vida porque las enfermedades tenían en su mayoría, un origen hídrico. Y como su labor como químico y experto en agua fuera poco, nos lleva al mundo literario con la novela, “¿Espino? Mensabé antes de Azuero”, joya bibliográfica que en lo personal incluyo entre los 10 mejores libros que se han escrito sobre la tierra del santeño Belisario Porras Barahona y la herrerana Ofelia Hooper Polo.
Don Robert Nearon y Leonidas Saavedra Espino dejan, para quienes deseen verlo, una gran enseñanza. Sus vidas pregonan a los cuatro vientos que el amor a la región y a la nación no es un sentimiento sensiblero, que no basta con mirar al Canajagua y al Tijeras en la distancia, demuestra que la idolatría no tiene sentido si no se plasma en una vida de compromiso social que convierta el amor en praxis liberadora.
Los que integramos la Fundación Juan Antonio Rodríguez, en esta jornada de tan profundo significado para los homenajeados, así como para sus familiares, sabemos que otra vez en la Feria Internacional de Azuero se ha cumplido con un rito que para nosotros es sacro. A saber, el respeto por la inteligencia de nuestros paisanos, el regocijo de estar nuevamente en la brega, junto a la certeza de que el reconocimiento ciudadano es el antídoto contra la indolencia ciudadana que no pocas veces corroe el alma de la patria.

Villa de Los Santos, viernes 29 de abril de 2016-