27 junio 2022

450 AÑOS DEL SANTEÑISMO PENINSULAR

 

A lo largo del tiempo he escrito sobre este fascinante tópico, y el empeño heurístico no obedece a regionalismos miopes, mucho menos a visiones aldeanas o alegrías de tunantes, sino al deseo de asumir el tema como un hecho histórico, cultural y sociológico cuyo ímpetu ha impulsado el desarrollo regional y nacional, además de ser el punto de partido para comprender la personalidad colectiva del ser que el doctor Belisario Porras Barahona describiera como el orejano.

El próximo 10 de noviembre se cumplirán 450 años de la existencia de ese santeñismo. si partimos de la admisión, por parte de la Audiencia de Panamá, de la fundación de la Villa de Los Santos, hecho acaecido el 1 de noviembre de 1569, pero reconocido formalmente el 10 de noviembre de 1572, acontecimiento del que deja constancia la investigación del doctor Alfredo Castillero Calvo, que publicó en el año 1971 (LA FUNDACIÓN DE LA VILLA DE LOS SANTOS Y LOS ORÍGENES HISTÓRICOS DE AZUERO).

Si bien 1569 es el año de fundación de La Villa, 1572 es el año en el que el emplazamiento poblacional pasa de una acción de hecho a otra de derecho; lo que supone que a partir de allí es cuando podemos hablar de los embriones del santeñismo y de la génesis del gentilicio santeño. Evidentemente que lo santeño se fue decantando en el tiempo y fue un suceso de larga evolución que eclosiona, quizás, hacia el siglo XVIII y que tiene su expresión política el 10 de noviembre de 1821.

Desde el siglo XIX, la zona que perteneció a la Alcaldía Mayor de Natá comenzó a ser dividida. Tales los casos de la provincia de Azuero, el departamento de Los Santos y luego el de Herrera, las que después, en el siglo XX, serán reconocidas como provincias. Este hecho ha tenido profundas consecuencias en la conciencia del santeñismo, ya que ha inducido a la población a creer que Los Santos es una entidad cultural distinta a la de Herrera, desconociendo que el hombre surgido del mestizaje colonial forma parte de la misma argamasa cultural. Las consecuencias políticas han sido devastadoras, ya que el área ha perdido fortaleza política y estimulado rivalidades, ahora sí, no pocas veces comarcales, en el pleno sentido del vocablo.

En la vigésima centuria lo santeño se mira como el área ubicada al sur del río La Villa y santeño es quien habita la provincia de Los Santos. Sin embargo, la conmemoración de los 450 años, desde una perspectiva histórica y sociológica, no puede mirarse desde las actuales circunscripciones político-administrativas; porque de lo que se trata es de concebir al grupo humano desde miradores más amplios y no continuar atrapados en la visión burocrática de épocas recientes, tirando en saco roto la existencia de la cultura e historia común.

He sostenido en otro momento que el santeñismo es un estilo de vida, una forma de ser ; una visión de mundo que se nutre de la ruralidad, de la orejanidad, el minifundio y el catolicismo, la decantación de lo hispánico, indígena y el influjo del negro colonial. Estamos ante la forma de ser de un hombre sabanero que inicialmente mora entre Santa María de Escoria y punta Mala, el mismo que luego se expande desde la región oriental hacia las sabanas occidentales del actual Mariato veragüense.

Sobran motivos para conmemorar la fecha, para reflexionar sobre lo que este grupo humano ha realizado a lo largo de 450 años. Hay que repensar la zona para mirarla con otros ojos y tener la capacidad de valorar las fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas en un mundo globalizado y con desafíos gigantescos.

Que la fecha no pase desapercibida es lo que se impone, porque el 10 de noviembre de 1572 es tan relevante como aquel otro de 1821. Ese día se institucionalizó la experiencia de vida de lo santeño, del santeñismo como forma de vida, producción económica, sentimiento, sociedad, cultura y orgullo patrio.                                                                                                                                

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13 junio 2022

SOBRE CHITRÉ Y OTROS PUEBLOS


Sobre los orígenes de Chitré poco se sabe. Encontrar sus antecedentes en el período colonial es poco probable, lo que podría plantearse como hipótesis de trabajo es que haya surgido producto del establecimiento en esa zona de familias de las coloniales poblaciones de la Villa de Los Santos y Parita. Sostener, por ejemplo, que el poblado está relacionado con la existencia de Cubita o Cubitá, antigua denominación del río La Villa y sitio que funcionó como reducto indígena a mediados del siglo XVI, resulta muy difícil de probar y no hay documentación que así lo confirme.

Lo mismo acontece con el origen de vocablo Chitré, sobre el que se han avanzado las explicaciones más inverosímiles, todas ellas en esa tendencia tan perjudicial de elucubrar sobre temáticas que no se conocen ni se dominan. Sí, porque en nuestra zona predomina la tendencia a encontrar supuestos abolengos o raíces que nunca existieron.

Al parecer no queremos admitir que, en la península, como en la mayoría de los pueblos istmeños, nunca hubo un acto fundacional al estilo de Panamá La Vieja o Natá de los Caballeros. En la zona el único pueblo del que se tiene la certeza de la fundación es la Villa de Los Santos, del que tampoco se conoce la existencia de una parafernalia fundacional, solo que, debido al pleito con Natá, al establecer el asiento, quedó constancia escrita de la fundación el 1 de noviembre de 1569.

Las leyendas han predominado sobre la ciencia de Clío, y todo ello es comprensible, porque mientras la historia no era una ciencia predominante, había que tener alguna explicación sobre el pretérito. Hay que decir, igualmente, que a algunos no les agrada que venga a derrumbarse lo que les enseñaron en los centros educativos y miran como una osadía a quienes, apertrechados de mejores instrumentos de trabajo, plantean lo contrario de lo conocido. Tal y como acontece con Las Tablas, de la que se ha dicho que fue fundada el 20 de julio de 1671, cuando no existe nada que de fe de ello y toda apunta que ello nunca se produjo.

Yo no creo que Chitré, y demás poblados que atraviesan similares situaciones, deban sentirse disminuidos por ello, por carecer de fecha fundacional, porque grandes ciudades del planeta desconocen su acto fundacional, si es que acaso la hubo. En el caso nuestro lo típico fue el establecimiento espontáneo, a la orilla de una ermita, por ejemplo, en casas que lentamente se fueron sumando por la misma evolución de la familia que moraba en el sitio y que luego los hijos se establecen contiguo a sus padres. Tanto es así, que aún en los pueblos de la península sigue predominando esa tendencia.

En este tema, como en otros, todo tiene su lado bueno. A Chitré, por ejemplo, le ha favorecido no ser un poblado de raigambre colonial, como Parita o la Villa de Los Santos, porque gracias a ello se mostró más abierto a los nuevos aires de renovación, que le llegaron en la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas de la vigésima centuria. Porque fueron los extranjeros los que renovaron la aldea que quedaba entre el río La Villa y el río Parita; en la encrucijada entre el puerto del Piñolarito, el este; Parita, al norte, Pesé al oeste y Villa de Los Santos al sur.

Desde entonces Chitré ha sido una ciudad comercial. Sin embargo, el desafío contemporáneo radica en convertirse en una ciudad fenicia, olvidando sus raíces y su cultura. Algo de ello se vive hoy, cuando la venta de baratijas está a la orden del día, al confundir el arribo de semáforos y centros comerciales con el progreso, olvidando la chitreanidad, con sus hombres de antaño y su legado cultural.

En esta última línea de trabajo están los centros educativos y organizaciones de la sociedad civil que deben comprender lo que ha sido Chitré, sin romanticismos que obnubilen el pensamiento. y honrando a un poblado que, aunque joven, ha dado muestras de valía y de progreso.

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13/VI/2022

 

 

 

 


06 junio 2022

LA MÚSICA DE BOLÍVAR RODRÍGUEZ MENDIETA

 


Falleció Bolívar Rodríguez Mendieta, en pleno mes de la celebración religiosa chitreana; él que era el más representativo exponente de la chitreanidad musical y de los sentimientos que atesorados en el corazón, del terruño hecho canción entre las cuerdas de la guitarra y el traqueteo de las ruedas de la carreta.  Escuchar su música no es añorar al pasado, es el pretérito que pugna por imponerse en una época que no le pertenece, pero que Rodríguez Mendieta intenta revivirla, reivindicarla.

“Paloma tibibú” es el cantar de la tierra, un tratado musical lleno de ternura, del azuerense que tenía la sensibilidad para sentir y ver más allá de las apariencias. El músico era de los pocos privilegiados a quienes les duele la panameñidad y la transmutan en canción, como en “Nostalgia Panameña”, que cantó, en la Argentina del año 1952, junto a Silvia De Grasse y el majestuoso órgano de Avelino Muñoz.

El chitreano se amamantó de otro momento y de otras gentes, que, como su padre, Saturnino “Nino” Rodríguez Sandoval, era cultor vernáculo; mientras crecía junto a su madre, Dolores Mendieta, fémina llena de vivencias y de sentimientos maternales, terrenales.

Dedicar una vida a la cultura campesina ha sido su legado, un aporte que trasciende la experiencia vital del herrerano. Canciones como “La guayabita”, “Desde Chitré Pueblo mío” y “Tengo una novia” destacan en su repertorio, sin olvidar “Canajagua monte adentro”, el canto al cerro más representativa de la región peninsular.

Sin embargo, lo relevante en Bolívar Rodríguez Mendieta, no radica sólo en la excelencia de su pentagrama, sino en lo que tales cánticos suponen como testigos de la transición social de los años cincuenta y sesenta del siglo XX. Él es continuador de una generación de oro; de aquellos que, desde el violín, y luego el acordeón, se convierten -casi sin presentirlos- en la voz de generaciones que tuvieron su génesis en el siglo XVI. Así es, Rodríguez Mendieta, hacia mediados del siglo XX, comienza a producir en la encrucijada de cambios sociales y culturales, con un poco más de academia musical y con un manejo conceptual más refinado.

Ya casi no quedan orejanos como el chitreano, y en su proyecto existencial vivió esa dolorosa transición musical y cultural a las que nos referimos. Le tocó ver surgir otros géneros musicales, menos elaborados, con letras que no tienen la calidad que distinguieron al profesor peninsular. Sí, con Bolívar muere un poco la región, una sociedad tradicional que mora borracha de globalización y otras baratijas y hojarascas existenciales.

Cuando en los años venideros se escriba algún lúcido tratado sobre la cultura y la música de nuestra gente, Bolívar estará allí. Y entonces comprenderemos el valor de una personalidad como la del hombre de “Paloma titibú” y “Canajagua monte adentro”, las emblemáticas canciones que demuestran que podemos partir del folklor para elevarnos a otros estadios de desarrollo musical.

La música de Bolívar Rodríguez Mendieta está llena de nostalgia, de congoja por la tierra. Y en eso es muy peninsular, muy orejano. Quizás allí radica la genialidad de sus canciones, esas que llegan al corazón y que nos recuerdan lo que hemos perdido en esta tierra sabanera que ha parido a tantos seres irrepetibles, como el profesor Bolívar.

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6/VI/2022

 

 

 

 

 


04 junio 2022

FLOR DE CANANGA

El hombre que habita la península de Azuero es un ser territorial, vive anclado en la tierra y forma con ella un amasijo de experiencias, sabores,aromas y sentimientos. Si hay algo que le define es esta característica,forjada siglo atrás, cuando hizo suya la tierra, y la tomó para sí y al hacerloella lo hizo suyo también, en una relación dialéctica de forjar y ser forjado.

Por las razones expuestas muchas veces esos resortes emocionales sedisparan con el aroma de lo suyo, por eso sus evocaciones del ayer son tanfuertes, tan terrenales, tan cargadas de hondo significado. Acontece con elolor a guayaba, a tierra mojada, a blancas margaritas, a mito en flor y a flor de cananga.

El árbol de cananga siempre estuvo allí, próximo a la casa, en lavivienda campesina, en la flor campesina y arquitectónica que es la casa dequincha. La cananga tiene un aroma dulzón, de perfume silvestre que impregnólos días de la infancia o las noches llenas de estrellas o de nubes que sedesgajan en lágrimas del cielo.

“Huele a cananga”, decían antaño, cuando el árbol era timbre de orgullopara la familia que moraba en el campo o en la tímida zona urbana. Y entoncesno necesitábamos el perfume francés, porque la cananga era el aroma de lo quesomos, el agua que perfumaba las sienes y el cabello de la mujer que coqueteabacon el amado, en la visita de pretendiente o en el lecho de la amada.

El ser contemporáneo, más pragmático y pretendidamente moderno, intenta reemplazar la flor de cananga, desconociendo que el asunto no radica en el Chanel N° 5, ni en otro aroma de la perfumería moderna. Acalla todo de “estos son otros tiempos”, “son cosas del ayer”, “todo en la vida cambia” y otras bobadas semánticas. No comprende que ser universal no implica necesariamente la negación de su swr territorial, aquel que le definió y que le permitió tener personalidad individual y colectiva. Y así, en su ceguera cultural, ha querido ocultar sus querencias, reemplazar la cananga por otras plantas, muy “pretty” ellas, pero carentes de proyecto existencial y alejadas de sus experiencias .sensoriales y de vida.

Volver sobre la flor de cananga es necesidad imperiosa para el peninsular ser que mora en el siglo XXI, porque la perdida de la identidad, del ser terrenal, es caer en el submundo del alma enjuta y la vida sin rumbo; y sobrevivir alienado, porque le han robada hasta los aromas y no lo sabe. Maquiavélicamente a alguien le interesa que desaparezca el árbol de cananga, para que no te sientas reconocido en su aroma de perfume montaraz.

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02 junio 2022

LOS ARCHIVOS PARROQUIALES Y LA HISTORIA PENINSULAR.

 

Estudiar la sociedad supone darle una mirada desde diferentes ángulos: el económico, cultural, político, social, ambiental e histórico. Y analizar las manifestaciones contemporáneas exige no confundir las consecuencias con las causas, y para ello no hay nada tan relevante como incursionar en los orígenes de los grupos humanos que pueblan una región o país

En el caso que nos ocupa esa zona o región es la península de Azuero y el hombre que la habita, independiente que le llamemos santeño, herrerano, peninsular, orejano o azuerense. Sin embargo, la tarea se ve obstaculizada por la falta de fuentes documentales, porque en el pasado no hubo preocupación por colocar en blanco y negro los sucesos, estadísticas y testimonios biográficos de las mentes más preclaras de la región. Algo de ello aparece en la segunda mitad del siglo XIX y se hace más patente en la vigésima centuria.

El período precedente, el que corresponde a la colonia, aún está pendiente por esclarecer y asoma su rostro en las crónicas, no siempre fiables, de los siglos XVI, XVII Y XVIII. Sin embargo, acude en nuestro auxilio la existencia de los archivos parroquiales. Los documentos que contienen relatos en donde los curas registran bautismos, matrimonios y defunciones. Y en donde, además, encontramos informes que los obispos redactaron en sus visitas pastorales.

Tener acceso a tales escritos permite leer, indirectamente, la estratificación social, con sus referencias a cruces grandes, chicas y entierro de limosna. El asunto del poder político, económico y religioso es otra temática que se desprende de tales referencias documentales, así como sobre las familias que ocupaban puestos burocráticos y que entraban en alianzas matrimoniales para sostener las prerrogativas sociales.

Algunos de los presbíteros, por ejemplo, procedían de tales alianzas familiares en las que se entrecruzan el poder terrenal y el divino. Ello es patente en las composiciones de las cofradías; las asociaciones que la Iglesia católica avalaba con fines piadosos y que administraban los bienes de una figura religiosa, la de la virgen del Carmen, por ejemplo.

Los archivos parroquiales son valiosos auxiliares en la reconstrucción de la sociedad colonial, de unión a Colombia y aún del período republicano. Con ellos es posible asumir estudios genealógicos y tener una idea aproximada de la composición de diversas familias, así como de sus nexos regionales y relevancia social.

De lo planteado se colige que es imperioso la preservación de los archivos parroquiales que con tanto celo ha conservado la Iglesia católica desde el siglo XVIII. Allí está registrada la vida de nuestra población, datos históricos que son fundamentales para comprender nuestros orígenes como grupo humano. Adentrarse en la lectura de ellos es abrir la puerta a un mundo fascinante, cuyo embrujo cautiva al investigador, quien sentado frente a los añejos pergaminos logra auscultar los antiguos caminos por donde transitaron nuestros antepasados.

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1/VI/2022


26 mayo 2022

SOBRE TOPÓNIMOS REGIONALES

 

 

Como ya sabemos, los pueblos y los accidentes geográficos tienen nombres y la disciplina que los estudia se llama toponimia, de allí que se hable de topónimos para referirnos a los mismos.

El caso peninsular no escapa a ello. Y como no podía ser de otra forma, recoge la presencia de la cultura hispánica, indígena y del negro colonial. Sin duda fue Belisario Porras Barahona -qué casualidad- quien primero pone en negrita su preocupación por temas lingüísticos regionales. Lo vemos en su ensayo El Orejano con sus comentarios sobre el castellano peninsular y el habla campesina.

En el análisis de la temática los archivos parroquiales son de gran ayuda, porque en ellos los curas escriben los nombres de pueblos y accidentes geográficos. Revisando el archivo guarareño, por ejemplo, me encuentro con denominaciones, con topónimos, algunos de los cuales pasaron a mejor vida y con otros que aún se mantienen.

Así, el presbítero anota que el niño bautizado proviene de Canajagua, Berbesí, El Chumajal, El Potrero, El Paso del Morito, La Guaca, La Enea, Cucula, El Zape, Perales, El Montero, El Jobo, El Rodeo, El Galapaguero, Los Botoncillos, Llano Abajo, Las Lagunitas, El Nanzal, Llano Largo, Peña Rodá, Quebrada El Espino, La Pita, Nalú, El Pueblo (Guararé cabecera), El Espinal, La Peña, Quebrada Grande, La Calzada, Tierras Blancas, Las Lajitas, El Girón, Los Calabacitos, El Hato, La Loma, Ciénagalarga, El Lagartillo, La Albina Grande, Guararé Arriba, Las Tetillas, El Caracucho, etc.

Un punto interesante en este tópico se refiere a la denominación de los árboles. Existe uno que conocemos como espavé, cuyo nombre proviene de las esposas de los tibas o caciques, que así se denominaban a las concubinas, en plural, porque no eran pocas. No menos llamativo resulta el origen del sitio llamado Mogollón; porque mogollones eran los negros que huían a los montes y que eran vueltos a capturar. A propósito de este término, en España hace alusión a gran cantidad de algo (” Te quiero un mogollón”), aunque también significa jaleo, bulla u holgazán. Luego, se comprende por qué Mogollón está en el Canajagua, sitio que durante el período colonial era inaccesible y lleno de selvas. Y, en verdad, la pieza homónima es un verdadero alboroto musical.

En el extremo sur de la península está punta Morro de Puerco, tal vez porque emule la faz del chancho, en especial si se le divisa desde un barco fondeado en la mar océano. Y los hay hasta sugestivos, como en Chupá Arriba y Chupá Abajo. Están los que recuerdan la profusión de vacunos, El Hato; la abundancia de rocas, Llano de Piedra; El Hueco de La Yegua, el sitio en donde murió el animal; El Sesteadero, lugar en donde sestean las vacas y Juana Prieta, tal vez porque en el sitio moró alguna negra colonial. Así como cerro La Teta, el actual Santo Domingo de Las Tablas o El Quemao, el San José tableño.

Hay topónimos y topónimos, para todos los gustos y de las más diversas modalidades: rurales, selváticos, urbanos y hasta incómodos. Por eso afirmo que la toponimia nuestra es hermosa y la disfruto al recorrer la región y leer sobre el terreno el abanico de vocablos que son el registro del encuentro y la fusión cultural. El Picacho, Berbesí, Llano Arriba, El Ejido, Guararé, Mensabé, Ocú, Chitré, Parita, Guararé de Los Espino, entre otros. Ellos son como el eco sonoro del pasado, la historia compendiada en un nombre, la expresión viviente del ayer.

¡Qué más le puedo decir!, que gozo un “mogollón” todo esto, ni más ni menos, porque esa toponimia habla de lo que somos y cambiarla es un acto cuasi sacrílego, un atentado a nuestra identidad cultural y una prueba fehaciente de la creatividad de nuestra gente.

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25/V/2022.


24 mayo 2022

¡CANTA, PAISANO, CANTA!

 


Necesito que cantes junto al rumor de las aguas del río, paisano. Es urgente hacerlo, con el amor con que besan las olas las riberas peninsulares, mientras se quedan quietas, como amante esperando al amado que tarda en llegar. Con la misma congoja hecha canción de Los Sentimientos del Alma y XV Festival en Guararé. Con la fuerza del Adiós a Las Tablas, o con el embrujo religioso de Santa Librada y el zapateo de los manitos ocueños.

¡Canta, paisano, canta!

No olvides a Pedro, el Goytía pariteño; a Manuel, el guarareño universal, ni a la Rufina mítica, la que se hizo poesía en la pluma de Zoraida, adolorida y feminista, como Ofelia, Elida o Bibiana. Sí, tienes que mirar hacia atrás, para poder ver lo que viviste y queda por hacer.

Allí tienes a la orejana estoica, la que parió a Belisario, compañera del hogar construido con abrojos, el dulce olor del maíz en la tarde que agoniza, porque los cambios no esperan y la changa ya no huele a maíz tierno, sino a jorones de otros lares.

¡Canta, paisano, canta!

No enmudezcas, porque el silencio es complicidad disimulada y los tuyos nunca construyeron cuevas para vampiros temerosos de la luz. Lo tuyo es la voz en alto, la mirada al frente, el sombrero a la pedrada, la pollera al viento y la cantalante en la tuna; prendidas las velas, mientras la caja y el tambor resuenan en las oquedades de tu corazón.

Tienes por qué luchar. Mira la casa de quincha, el pueblo como damero, la campana en la torre y la veleta jugando con el viento. Huele a incienso en el templo y el agua sacra moja la crisma en el santuario que contiene la genealogía de los tuyos, en los viejos pergaminos en los que el cura trazó con la pluma de ganso el momento sacro de tus natales.

¡Canta, paisano, canta!

Canta y baila, pero no abuses. La saturación de fiestas puede convertirte en ser superficial y hedonista. Eres el cuenco del ayer, de la cultura que duele porque deja de serlo. Ábrete al mundo sin dejar de ser lo que fuiste y eres. No olvides que el que emula, estancado en la superficialidad de lo transitorio, termina nadando en el mar contaminado de excrecencias. Nunca nadie avanzó copiando a otro, sino forjando su personalidad, individual y colectiva

Tienes mucho para sentirte orgulloso, sano y sin falsas vanaglorias. Mira, los íconos abundan: Porras, Zárate, el Canajagua, Ofelia, Rufina, el Grito Santeño, la gastronomía aromática con su fonda, el Corpus Christi, vestidos y cantos, la casa de quincha y el machete curvo que un día forjó el herrero. Sabes a miel, guarapo, changa, café humeante, chicharrón, chicha de guate y concolón del fogón de la abuela.

¡Canta, paisano, canta!

Nada te hará tan libre como la semilla de la Juana Vernaza, la Modelo Presidente Porras y la Tomás Herrera. Lo que tenemos de redención ha venido por allí, por la ruta del Manuel María Tejada Roca y el José Daniel Crespo, el INA y el IAM, Rafael Moreno y Francisco Castillero Carrión, la cátedra universitaria y la sapiencia acumulada de los que nunca tuvieron escuela, pero heredaron la visión de la cultura occidental.

A veces me preocupas. Te veo enredado entre los avatares de la era moderna, dando tumbos por aquí y por allá. Asume tu proyecto de vida, individual y colectiva, porque el modelo no está afuera -no es exógeno-, asoma en la palma enhiesta, el regocijo taurino, la plaza que se hizo parque, la décima y la mejorana, el violín y el acordeón.

¡Canta, paisano, canta!

Ábrete al mundo y cuida lo tuyo, lo que heredaste. Siembra y cosecha, pero preserva el monte, los ríos y la fauna. No dejes que la cascocha, el azulejo y la prechiamarilla se conviertan en especies exóticas. El venado y la iguana, la ardilla y el conejo, el jaguar y el zorro sabanero son parte de tu vida, como el ganado vacuno y el caballo que relincha en el potrero. Con ellos has hecho la vida y a ellos también se la debes. Moras en la misma casa, son tu familia.

Fija el rumbo paisano, eres diamante aún sin pulir, conviértete en joyero de ti mismo. Un proyecto de vida es lo que necesitas, levantarte con él en la testa, para que otros no hagan de nosotros un calco alienante.

Ama tu tierra y defiéndala, recorre el mundo, pero regresa al nido, porque allí están las querencias, el mango maduro, el café caliente, el buñuelo, la tortilla y el queso blanco, los frijoles y el arroz, así como la casa de quincha que grita su soledad.

¡Canta, paisano, canta!

Esta es tu canción y esta es tu tonada, el alegre carnaval de tu cultura e historia. No eres nada sin él -canta, paisano, canta-, no dejes de cantar.

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22/mayo/2022

 

 

 


21 mayo 2022

EL PENINSULAR NEGRO COLONIAL

 



La presencia del negro colonial tiene no menos de 400 años en la zona peninsular y, aún hoy, mestizado, asoma en el rostro de las personas, música y danzas. Hablo del colonial y no del de ascendencia antillana que arriba a Panamá 300 años después del nuestro, procedente de algunas islas del Caribe, en donde ya residía por el mismo período de tiempo, lo que hace suponer que también vivía bajo el influjo del mestizaje colonial. Sin duda ha de ser así, porque ningún grupo puede vivir siglos desconectado de la cultura hegemónica. Siempre hay en la sociedad un reflujo, un ir y venir, no excento de préstamos culturales.
Lo anterior explica, en lo referente al peninsular negro colonial, el por qué éste ha sido asimilado a la orejana cultura azuerense y su visión de mundo occidental se corresponde con su experiencia histórica, al margen de que la negritud aflore en algunas expresiones culturales, como queda dicho.
Por ejemplo, en Azuero no hay rastro de un vestido que el negro colonial pueda reconocer como propio, porque se produjo una fusión con lo hispánico e indígena y en su estructura mental se percibe como otro campesino de la sabana peninsular. Algunos bailes son prueba fehaciente, tanto como los instrumentos de grupos musicales, los que forman parte de un componente integral y armónico.
De lo dicho se colige que el recordar la presencia del negro en la zona no puede mirarse bajo un mismo racero. La historia y la evolución cultural así lo demuestra, porque se puede hablar de un lejano ancestro común, pero no del mismo hombre cultural que evolucionó hacia otros estadios de desarrollo. Ni más ni menos que lo aconteció, también, con el campesino hispánico-indígena.
Así las cosas, enseñemos a las juventudes peninsulares la historia real, aquella de las cuales debemos sentirnos orgullosos -con herencia hispano-negro-indígena- y evitemos las celebraciones por las celebraciones mismas, reconociendo lo que verdaderamente somos: una nación multiétnica, la patria de Bayano, Urracá y Porras.
21/V/2022.

19 mayo 2022

NATÁ DE LOS CABALLEROS Y LA VILLA DE LOS SANTOS

 


El 20 de mayo de 1522 los conquistadores hispánicos fundan Natá de Los Caballeros, lo hacen tres años después de establecer, el 15 de agosto de 1519, Nuestra Señora de La Asunción de Panamá. Tres décadas mas adelante, hacia 1558, se registra la existencia de los reductos indígenas de Parita y Cubitá o Cubita, ambas en las márgenes de los respectivos ríos; En ese andar fundacional la Villa de Los Santos asoma su rostro casi medio siglo desde la fundación de Natá, suceso acaecido el 1 de noviembre de 1569. Es decir, 47 años luego de establecida la población que duerme a la vera del río Chico y 50 de creada Panamá La Vieja.

Natá forma parte de una visión hispánica que primero establece Portobelo y Nombre de Dios en el Atlántico y luego la ciudad de Panamá en el Pacífico, porque hay que conectar el océano Pacífico con el Atlántico y a este con los puertos de España. En este proyecto hispánico la ciudad coclesana no surge al azar y desempeña su rol de avituallamiento de la ciudad de Panamá y de punto de lanza de la conquista del oeste del Istmo. Las nuestras son tierras de sabanas fértiles que habitaron los indígenas, los que fueron diezmados para establecer una nueva organización de los espacios geográficos basado en el diseño de la ciudad europeo; con el famoso damero, tablero de ajedrez o hipodámico. Allí la plaza, el templo, la alcaldía y las diversas familias que ocupan el resto de los solares según su relevancia social, racial y económica.

La región que se ubica en la sección suroeste de Nata, es decir, los actuales asentamientos peninsulares deben mucho a Natá. Ese nexo está en los orígenes y conquista de la región, aunque Gonzalo de Badajoz y Gaspar de Espinosa estuvieran antes recorriendo Herrera y Los Santos sin fundar ciudades. Los españoles radicados en Natá descubren nuestras sabanas y en ese proceder radica el origen del minifundio y, en general, toda la estructura agraria peninsular. También es cierto que la Villa de Los Santos desplaza a Nata, tan temprano como finales del siglo XVI y transcurso del XVII y se convierte en la sede del poder político, económico, social y religioso.

Sin embargo, Natá seguirá siendo relevante. El propio Grito Santeño (10 de noviembre de 1821) demuestra que esos nexos se mantuvieron, porque ambas poblaciones forman parte del eje agrario (Natá-Villa de Los Santos) que se antepone al transitismo (Nombre de Dios-Portobelo-Panamá), para reclamar en 1821 la cuota de poder económico y político a que tenían derecho.

La Villa y Nata son poblaciones coloniales que terminaron desplazadas por el mercantilismo de la zona de tránsito. Hoy, eso tienen en común, rememorar los lauros de antaño; situadas próximas a la costa, con ríos que han visto pasar el tiempo, acosadas por piratas de antaño y hogaño, burócratas y políticos con piel de lagarto. Están íngrimas, escuchando el golpe del badajo, que en la torre del templo llama a la oración mientras su eco sonoro se disipa en la llanería que alguna vez hollaron indígenas, españoles y negros coloniales. Quiero creer que habrán de redescubrir su fuerza, su mancomunidad histórica, aunque en 2022 ya hayan pasado 500 años de la fundación de Natá y 453 de la capital histórica de Azuero.

Medio milenio después, un campesino peninsular piensa en Natá, en el pueblo pletórico de historia. Y al hacerlo se siente parte de los natariegos, de sus alegrías al conmemorar la fundación de la villa en donde vivió Francisco Gómez Miró, ciudad añeja que tantos panameños ilustres ha aportado a la nación. Sí, Natá es nuestra hermana de lazos históricos, genealógicos, económicos, culturales y políticos; así ha de ser, porque mientras llegan tiempos de redención, comprendo que en el cumpleaños de un familiar siempre hay que estar presente.

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19/V/2022

 

 

                                                                                                                                                                        


17 mayo 2022

SOBRE CONMEMORACIONES Y GRUPOS CULTURALES

 


En el país hay tantas conmemoraciones que ya las mismas han perdido su fuerza original, si es que alguna vez la tuvieron. Los panameños celebramos casi todo, sin importar la relevancia del acontecimiento; lo experimentamos con las fiestas patrias, en el mes de…, en el día de…, y con los pretendidos festivales folklóricos, por ejemplo. Sí, con la churuca en la carreta, el festival de la concha de playa y tantas otras nimiedades que terminan en bailes y en libación de licores. Ya no sabemos lo que celebramos, solo que hay asueto, fiesta, y que en ella debemos lucir el vestido tradicional, la más de las veces adulterado y convertido en remedo de lo que fue vernáculo.

Lo que alguna vez los esposos Pérez y Zárate enarbolaron como la bandera de la identidad nacional, se ha convertido en jarana, en comparsas culturales en donde cada grupo se disputa su relevancia y pregona su pretendida originalidad sociocultural. Blancos y negros, amarillos y cobrizos están empeñados en desenterrar ancestros, en mostrar a los demás las llagas de su desgracia; como en un concurso para reclamar al que habitó primero las tierras istmeñas, olvidando que el hombre que mora en la Tierra es un ser híbrido, mestizo, simple terrícola lleno de humanidad.

Parece dolernos el ayer y nos invade la nostalgia sobre aquel ser que hace medio milenio alguna vez se fusionó en Panamá. Tratamos de sacar fuerza del color de la piel y hacer de la genealogía una búsqueda del mítico panameño. Y para ello concebimos la nación como un conjunto de grupos humanos adoloridos de su pasado, de la exclusión que alguna vez sufrieron, en una especie de grito desesperado para mostrar nuestra propia valía y reafirmar la autoestima.

Lo que hace setenta años atrás estudiaron los filósofos panameños, aún está vigente. En el fondo el interrogante, hoy como ayer, continúa sin contestar: ¿qué es ser panameño? Respuesta difícil en un espacio geográfico como el nuestro, en donde se acrisolan diversos tipos de culturas y el individuo nunca termina de concretizarse. Lo que nos define, al parecer, es la indefinición.

Debiera preocuparnos esta búsqueda incesante de la personalidad colectiva, en este archipiélago de islas inconexas; porque cada ínsula étnica anda en búsqueda de su Quijote. Preocupante aún más, porque la globalización arroja sobre la nación a otras culturas en un encuentro inevitable y fusionante. Al parecer no estamos valorando las implicaciones de estas celebraciones sobre el ser colectivo, el que no necesariamente tiene que ser homogéneo, pero tampoco tan marcadamente heterogéneo.

El abuso en la conmemoración del grupo cultural -porque no me defino como ser humano por lo que soy, sino por la diferencia que tengo con el otro- obstaculiza la socialización liberadora y nos conduce al lugar en donde nos encontramos; con la creación de leyes para cohesionar, mediante la norma, a la colectividad que de otro modo creemos disgregarse. Y hay en ello un gran riesgo político, social y cultural, el de anteponer al ser humano intereses fragmentarios, en donde cada abeja está pendiente de su celda y cree poseer la mejor miel. De cierta manera hay mucho de aldeano en este proceder -cuando exageramos -como en nuestro caso istmeño-, porque el homínido al recorrer el mundo, en su relación con el entorno y otros seres humanos, fue adquiriendo rasgos propios, pero no por ello dejó de ser el bípedo peludo, el humano en la plena acepción del vocablo.

En un planeta necesariamente interconectado el encuentro cultural genera reacciones de erizo, nos llenamos de espinas para colocar el anuncio de: “no pase perro bravo”, “usted no es mosca de este congo” Y uno comprende o pretende comprender estos fenómenos sociológicos en tiempos de mundialización, de seres íngrimos entre multitudes anónimas.

Lo preocupante, en esta fenética carrera por la valoración grupal, es la defensa del ser humano en cuanto tal, más allá de diferencias étnicas, biológicas o sociales. Tengo la impresión de que, en la fase evolutiva en la que nos encontramos, hemos perdido el enfoque integral, y al conmemorar múltiples eventos, ensalzamos las olas, pero olvidamos el mar.

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06 mayo 2022

HATO GANADERO, CULTURA Y AMBIENTE

 


El Instituto Nacional de Estadística y Censo confirma que la región de Azuero tenía, en el año 2018, un hato ganadero de 303,800 cabezas. De ellas, 87 mil 900 corresponden a la provincia de Herrera y 215 mil 900 a la provincia de Los Santos. Mientras tanto, en el 2019 moraban en la provincia de Los Santos un estimado de 95 mil 540 personas, teniendo la provincia de Herrera 118 mil 865 habitantes, lo que arroja un gran total regional de 214 mil 405 habitantes. De lo dicho se colige que en la región peninsular existe más ganado vacuno que habitantes, es decir, las vacas superan a las personas en 88 mil 975 rumiantes.

Las cifras son preocupantes, ya que al final de la década del noventa del siglo pasado, 1998, el hato ganadero regional era de 375 mil 100 reses. Sin embargo, lo que aquí importa destacar -antes que los motivos de ese descenso numérico- es el impacto que la ganadería tiene sobre el entorno ambiental de la zona. En el día de hoy la península ronda el 6% de bosques, porque lo demás ha sido fruto de la característica sabana de la zona y, además, consecuencia de la cultura depredadora del desmonte.

La ganadería en la península de Azuero es tan antigua como el inicio de la conquista de la tierra, que data del siglo XVI, cuando los españoles no solo introducen el ganado, sino que reproducen la cultura típica del sur de España, destructora y depredadora. Desde entonces la ecuación es sencilla, más ganado menos bosques, avance del frente ganadero y reducción de la floresta. Y menos bosques, de paso, significa destrucción de la fauna.

Desde el siglo XIX, con mayor énfasis, y aún antes, la creación del mercado en la zona de tránsito incrementó la demanda de ganado, así como el estímulo a algunos rubros de la tierra; entre los cuales está la siembra de caña, no sólo para la miel campesina, sino para la elaboración de alcoholes y la reducción de la capa boscosa.

En el siglo XX la ganadería y la siembra de caña de azúcar, así como los monocultivos de arroz y maíz, son factores que desplazan a la típica agricultura minifundista, la reducen a expresiones ínfimas, porque el ganado y demás rubros ocupan los espacios agrícolas, con cercados con púas que delimitan lo privado de lo público. Y no se trata aquí de plantear una visión mefistofélica, diabólica, del ganadero, sino que éste ha tenido que emprender su bregar sin políticas de Estado, insuficiente asesoría técnica y carencia de planificación del desarrollo. Así, en el siglo vigésimo, así como en el actual, se produjo lo inevitable, la destrucción del entorno ambiental en una región que vive de espaldas a la conservación de los ecosistemas.

El tema es complejo, porque en el mismo encontramos entrelazados aspectos internos y externos, estructurales y coyunturales. Como no puedo entrar, por economía de espacio, a analizarlos en su totalidad, abordaré someramente el de tipo cultural. En efecto, no hemos logrado percatarnos que la tala de bosques ha creado las condiciones para deforestar la cultura -si se me permite la expresión-, ya que el hombre típicamente agrícola, en parte responsable de la cultura campesina, de repente se ve expulsado de la zona y su estilo de vida lesionado en sus raíces campesinas, las que evolucionaron desde la colonia y en menos de una centuria han sido adulteradas. Desde entonces el folklore refleja la eterna nostalgia del ayer, congoja que sale a relucir en las décimas, poesías, novelas y demás expresiones culturales, vernaculares o de otra naturaleza.

En la época actual esta temática continúa casi incólume, con cambios de forma, más no de fondo. Y esta situación también es típica del resto de las provincias interioranas. Muy poco se plantea y poco se hace por parte de los grupos organizados, así como de los gobiernos de turno. Mientras tanto, vemos a la flora, fauna y expresiones culturales al borde de la destrucción, así como a una población que sufre, en su calidad de vida, las secuelas de una relación poco amigable con su entorno.

5/V/2022.


30 abril 2022

SOBRE FERIAS Y CACHIVACHES


Portada de la entrada a la Feria de Azuero

El conquistador Gaspar de Espinosa, al arribar a las tierras del cacique Natá, en los primeros años del siglo XVI, 1516 para ser más precisos, ha dejado testimonio escrito de la vida en esa comarca indígena. Y entre los hechos que concitaron su atención estuvo el intenso intercambio de productos agrícolas y de animales que en animada actividad realizaban los lugareños.
En realidad, se trata de lo que podríamos calificar como remedo de feria; tal vez la fecha más antigua que podemos datar de los antecedentes de la actividad en la región occidental de la república, porque otro enfoque posterior son las Ferias de Portobelo de carácter globalizado. Nada nuevo, porque esa ha sido la tónica en todas las culturas: congregarse en un espacio abierto para intercambiar productos, cambalachar o vender.
El establecimiento del ágora griega, quiero decir la fundación o refundación de los pueblos, con su característico diseño de tablero de ajedrez (hipodámico o damero), solo vino a confirmar lo que ya existía, porque en la colonia la plaza fue la zona por excelencia para el evento, antes que se establecieran los parques en los años veinte de la vigésima centuria.
Lo que aconteció allí, en la plaza, durante el período colonial y de unión a Colombia, no está suficientemente documentado, pero es evidente que tuvo que darse, entre otros motivos porque era el lugar ideal para ello, el emplazamiento social, económico, religioso y político; la vida misma del poblado.
Sabemos que no fue, hasta los años veinte del siglo pasado, cuando se legisló sobre el establecimiento de ferias agrícolas e industriales en la república, estableciéndose que las mismas se realizarían cada dos años. En este sentido la primera se efectuó en Penonomé (1926), la segunda en Aguadulce (1928) y la tercera en David (1931). Debido a ello el editorialista del semanario El Eco Herrerano, en la publicación del 17 de agosto de 1930, afirma: “Según Decreto número cuarenta y dos de dieciocho de junio y según la circular 4207, que hemos recibido del corriente año, el Poder Ejecutivo ha dispuesto celebrar la tercera feria agrícola e industrial durante algunos de los días del mes de abril del año próximo venturo y ha señalada a la ciudad de David, cabecera de la próspera provincia de Chiriquí, como asiento de dicha feria”
Sin embargo, una cosa es lo estipulado por la iniciativa gubernamental y otra la iniciativa ciudadana; porque sabemos de buena fuente que en la región peninsular se realizaron ferias en la Villa de Los Santos, Las Tablas y Ocú. Tal es el verdadero antecedente de la Feria Internacional de Azuero, la que se instaura en el año 1944 producto de la visión emprendedora de santeños y herreranos, evento que tiene su asiento en la Villa de Los Santos.
De lo dicho se colige que en el siglo XX las ferias migran de las plazas y se establecen en espacios que permitan su expansión. Tal es el caso de Azuero, evento ferial que pasa a ocupar los terrenos próximos a los actuales colegios secundarios de La Villa, para establecerse definitivamente en el sitio que ocupa actualmente.
Un rasgo fundamental de la feria ha sido su primigenio rasgo popular, el ser escaparate de la sociedad, la cultura y el comercio. Ese fue su norte inicial, del que ha evolucionado hacia una perspectiva más pragmática y utilitaria, muy a tono con lo que observamos en los tiempos actuales, época donde se privilegia lo comercial sobre los otros aspectos que subyacen en sus raíces. Volver sobre sus orígenes y recobrar su filosofía social, allí radica su mayor desafío, la tarea pendiente; porque la feria también ha de ser espejo del quehacer popular y no solo exposición de cachivaches o paraíso comercial de poca o mucha monta. …….mpr…
18/IV/2022

19 marzo 2022

FUNDAMENTOS DE LA BANDERA DE LA PROVINCIA SANTEÑA

 



La gloriosa bandera de la Provincia de Los Santos tiene una historia hermosa. Su existencia está ligada a las luchas por la libertad y la unidad latinoamericana. El diseño procede del modelo que ideara el precursor de la independencia, general venezolano Francisco de Miranda, en la primera década del siglo XIX. En efecto, a medida que los países bolivarianos se emancipan, reconocen la bandera y se adoptan los listones tricolores como emblema de las nuevas naciones.

En el caso panameño eso mismo aconteció con el Primer Grito de Independencia del 10 de noviembre de 1821, dado en la Villa de Los Santos, y una serie de adhesiones en poblados como Las Tablas, Natá y otras circunscripciones que respondieron al llamado de la patria.

Desde entonces la bandera santeña flamea en la tierra del Canajagua como verdadero e irremplazable símbolo del santeñismo y del grupo humano que supo declararse libre del sistema monárquico para adherirse a las proclamas de libertad que se pregonaban desde los tiempos de la Revolución Francesa.

Escuchar y educar con la verdad HISTÓRICA

Toda bandera tiene su historia, de hecho, la creación está ligada a acontecimientos relevantes que marcan el devenir del sistema social. Los emblemas surgen como símbolos para representar a un grupo humano o para reconocer a la agrupación social a la que pertenecen. Se comprende, en consecuencia, que los escudos y banderas fueron asumidos por el poder militar, político, económico y religioso.

En nuestro caso la existencia de la bandera santeña no puede ser puesta en duda. Así, la Procuraduría de la Administración emitió su opinión (C-N.º 144 del 17 de julio de 2003, pág. 3) en la que deja bien claro la oficialización de la bandera histórica santeña. El ente administrativo afirma en contestación emitida a raíz de la consulta jurídica realizada por los ediles de la Provincia de Coclé, cuando éstos buscaban legalizar la bandera propia, lo siguiente: La Provincia de Los Santos cuenta con su bandera provincial desde 1821, bandera oficializada, mediante acto firmado por el Secretario de la Gobernación de aquella época y con el sello de Gobierno y Justicia”.

Los hechos históricos abundan. Por ejemplo, en el libro de Francis O’Connor D’arlach (INDEPENDENCIA AMERICANA, pág. 7), militar inglés muy ligado a Simón Bolívar y en aquella época coronel del ejército libertador de Colombia y general de división de los de Perú y Bolivia, estando presente en la ciudad de Panamá describe la confección de la bandera bolivariana en los siguientes términos:

“En aquellos mismos días fondeó en el puerto un buque procedente de la China, en el que compré un cajón de te y una buena cantidad de finísima seda, con los colores del pabellón de Colombia: -amarilla, azúl y colorada- de la que mandé hacer una hermosa bandera para mi batallón “Istmo”

El documento anterior y una segunda respuesta de la Procuraduría de la Administración (C-51-16 del 28 de abril del 2016) dejan en claro que la provincia santeña posee una bandera cuya existencia tiene, en el presente, el mismo valor que al momento en que elevó los ánimos para empuñarla en señal de libertad.   Hace poco esta tierra del Canajagua, del Coronel Segundo de Villarreal, de Belisario Porras Barahona, Gelo Córdoba, Manuel Fernando Zárate y demás protagonistas de nuestra historia, celebró el Bicentenario de la independencia de Panamá de España y entre las tres banderas que conformaron el logo nacional se escogió nuestra bandera tricolor: azul, amarillo y rojo.

Larga vida a la bandera santeña: histórica, cívica y libertaria.

La provincia de los santos ya tiene su bandera

En nuestro país tenemos un rarísimo tesoro que ya en otros países de América del Sur saben que representa la herencia dejada por Miranda y Bolívar. Utilizar oficialmente la tricolor enseña es señal de que reconocemos el mensaje de unidad, herencia cultural y legado de los próceres que ella encarna.

Cada persona nacida en la provincia debe lucirla con sano orgullo, colocarla en las casas, autos, oficinas, parques y similares. Y, en especial, cada 3, 4, 5, 10 y 28 de noviembre debería estar izada junto a la bandera nacional, rindiendo tributo a la enseña nacional y fortaleciendo nuestra identidad regional.

Es un honor, un privilegio, tener en nuestro haber semejante legado. Y como un tesoro nacional debemos enaltecerla y mostrarla públicamente con el orgullo de ser de una tierra de héroes.

¡Viva la bandera santeña!

 


12 marzo 2022

APOLOGÍA DE LOS ANIMALES

 


La península de Azuero está deforestada por múltiples motivos y no solo por las razones que tradicionalmente se argumentan; ya que esas cavilaciones olvidan que el hombre que mora en la zona es un producto social, como cualquier otro, y no un ser demoníaco que recorre el país provisto de cajetilla de fósforo, hacha al hombro y motosierra en la mano; porque no debemos confundir consecuencias con causas. Sin embargo, en esta ocasión abordaré, no los motivos estructurales que ha llevado a la región a ser una zona depredada, sino a las secuelas que tiene tal entuerto para algunos habitantes en particular, los animales que la pueblan. Los seres que no pueden publicar en los diarios, ni en las redes sociales y mucho menos alzar su voz para pregonar los desasosiegos que padecen.

Al recorrer la península me percato de ello, existe la potrerización creciente, el desarrollo de monocultivos (caña, maíz, arroz, etc.), que reducen el hábitat a extremos sádicos y cuasi patológicos; mientras la minería destructora y explotadora, pretende sumarse a la crucifixión de lo poco que queda. Y en el centro de ese vendaval están los animales.

Las aves, venados, ardillas, animales rastreros y otros, incluso el ganado vacuno que se ha apoderado de los espacios geográficos, también son seres de segunda categoría que están destinados a la desaparición. Los primeros, porque en la práctica carecen de derechos, y, los vacunos, por las apetencias del mercado. El reinado de las vacas se enseñorea del paisaje, al mismo tiempo que manglares, ríos y quebradas retroceden ante una racionalidad que solo escucha el retintín de las monedas. Destrucción ambiental que camina tomada de la mano con la otra, la cultural.

Los animales están allí, en el centro del torbellino, y no hay institución estatal que les proteja con la seriedad que el caso demanda. Hay ejemplos dramáticos, como el caso de los venados, ciervos que son acosados en los montes por agentes 007 con licencia para matar o con ínfulas de deportistas que los usan como tiro al blanco, porque en la región, hablar de cotos de caza y períodos para montería, no resiste el más mínimo análisis.

Para quien recorra la península con ojos avizores y con capacidad de ver más allá de las apariencias, comprenderá que la vida de los animales no puede ser otra que la del acoso, el temor por la existencia y la búsqueda del alimento cada vez más escaso. Y no se trata de que esos desafíos existenciales, como pobre justificación, también sean propios de otros seres - como acontece con su colega el bípedo peludo-, sino que la intensidad depredadora está llegando a límites intolerables, al punto que amenaza la existencia de la vida misma.

Como reacción a un mundo tan amenazante, en los últimos tiempos hemos visto surgir una especie de San Juan de Dios ambiental, una postura romántica que se conduele de la desgracia de los animales y los bosques, pero que no trasciende el asistencialismo. Claro que ese proceder no es condenable, y hasta representa un avance, pero el punto es que no enfrenta las causas reales, las que continúan reproduciéndose en el ambiente, la sociedad y la cultura.

Hemos olvidado que sociedad, cultura, ambiente y vida animal forman un amasijo de relaciones que establecen nexos inseparables.  Lo podemos apreciar en la relación entre las aves, la cultura y la psicología humana. El trinar de los azulejos, el sonido ronco y gutural de la paloma, el caminar inquieto de la tortolita, el bramar de las vacas en el corral, el requiebro amoroso y matinal de la cancanela o cascá, están integrados al alma del hombre peninsular e istmeño.

El animal dignifica al hombre, al ser humano, aunque este último no comprenda que la desaparición de tales moradores representa el degüello de su propio pescuezo. Y lo que se vive en la región de Porras, Zoraida, Zárate y Ofelia es el pan de cada día de la nación. No hay respeto por la vida animal y, duele admitirlo, tampoco del otro animal al que llamamos panameño, aunque lo disimulemos bajo el barniz de la civilización para omitir nuestra biología de ser montaraz.

Toda apología es eso, una defensa razonada y en mi caso cargada de congojas. La asumo para mis amigos los animales, para las ardillas que en las mañanas devoran mangos verdes y pintones. En salvaguardia del azulejo que saluda con su canto agudo y para la cascá que “llama al invierno”. Lo dedico a las vacas que ingenuas suben al camión de la muerte, hablo por el sigiloso e inteligente zorro de la pradera, la perdiz del rastrojo, y, en general, a todos esos amigos animales a quienes debo parte de mi humanismo campesino y sin los cuales tendría un alma enjuta.

…….mpr…

11/III72022