jueves, 9 de mayo de 2019

ASOMO A LA CUESTIÓN POLÍTICA AZUEREÑA


El control mayoritario del Partido Revolucionario Democrático (P.R.D.) es buena noticia para esa agrupación política, pero nada positivo para los intereses regionales; porque la historia política nacional confirma que la existencia de las “aplanadoras políticas” siempre ha sido el caldo de cultivo en donde se incuban los virus de la impunidad, la amenaza al disentimiento y la tolerancia a la corrupción.
Ya es secreto a voces que los partidos tradicionales nunca han sido mansas palomas, porque arriban al poder mediante añejas triquiñuelas y siempre se han alejado de visiones beatíficas, porque, como ellos mismos lo sostienen, “la política es así y no somos monjas de la caridad”.
Así es, porque en el caso de Azuero cosechamos el producto de una cultura política caracterizada por la ruralidad periférica, gamonalismo, relaciones familiares primarias, ausencia de ideologías y la existencia de un voto emotivo, atolondrado y carente de visión regional y nacional.
Por estas latitudes el elector casi siempre ha sido un ser que concibe la votación como la lotería de la que espera obtener ganancias personales y algún rédito familiar. Y poco dista su postura de la actitud de la mayoría de los candidatos que acuden al torneo electoral, luego de realizar el cálculo político y de cuantificar su rédito económico, con la notable diferencia de que los últimos se quedan con el “gordito” y los demás se conforman con la incierta posibilidad de ganarse un “one two”.
Tal conducta política es tan añeja como las mismas estructuras sociales que proceden del período colonial, y más recientemente, del siglo XIX e inicios del XX, cuando el campesino socarrón, laborioso y bien intencionado se enfrenta a las primeras disputas por el poder entre conservadores y liberales; contradicciones que afloran como rivalidades entre las familias Guardia y Goytía, las que hegemonizan tierras, vacas, campanarios y conciencias colectivas.
A partir de allí los gamonales del período de unión a Colombia y primera mitad del siglo XX convirtieron a la población en una masa que vota incluso contra ella misma. La historia política de Azuero ha sido un permanente accionar de familias que se han disputado las mieles del poder, mientras el hombre de extracción campesina ejerce de peón, arrea cuadrúpedos ajenos o se complace en morar en las goteras de los centros urbanos peninsulares.
Durante el siglo XX la existencia de un sistema educativo divorciado de su entorno lo ha desarraigado de su tradicional sistema de vida y lo ha empujado a formar parte de los flujos migratorios o lo ha forzado a integrar la burocracia pueblerina que amodorradamente subsiste escuchando el golpe del badajo sobre la campana, los cantos sonoros de la cascá, el azulejo palmero, el folclor adulterado, la profusión de fiestas, las interminables procesiones y el consumo exagerado de licores.
En términos generales tal es el contexto sociocultural del votante que ejerce el derecho a definir sus destinos. El punto es que él no determina el suyo, sino el relevo en el poder de quienes le han utilizado políticamente desde mediados del siglo XIX, le induce a periódicas quimeras y a sueños de un mundo mejor.
Estamos ante una población que, como en el resto de la nación, nunca ha comprendido el sentido libertario de su empoderamiento, quedando reducido el mismo al ejercicio democrático de la coyuntural elección. Y es tan así, que incluso la clase profesional de origen popular tiene como principal objetivo el convertirse en moderno y renovado cacique del siglo XXI.
Visto lo anterior, podemos comprender en su justa dimensión la transitoria pérdida del poder de los señores Varela, Cohen y Afú; políticos que fueron derrotados en la pasada campaña, pero que distan mucho de ser cadáveres políticos. En efecto, en ese torbellino de emociones del proceso electoral, algunos sectores celebran el cambio de tales personajes sin tomar en consideración que se trata de un simple relevo de figuras, pero no de transformaciones en el sistema político del que son producto. Esa transición no es nueva, y con anterioridad ya la vivió la región en familias como los López y León, Decerega, Escalona, Castillero, Pinilla, González-Ruiz y otros.
En la contienda orejana de tiempo en tiempo aparece una retadora ave política regional, que como titibúa canta en el mismo bosque del caciquismo pueblerino. Entonces los antiguos pájaros le dejan trinar, porque saben que ellos tienen la experiencia para continuar cantando en la fronda del bosque, luego de que la avecilla intrusa haya probado el añorado alpiste y se canse de su molesto e inoportuno sonsonete.
La cruda verdad es que en la península nada ha cambiado y todo sigue igual, porque las nuevas figuras jamás retarán las estructuras existentes -que paren políticos de ocasión- porque ellos mismos son, algunos sin saberlo, el producto del añejo mentidero politiquero que ha adulterado la nobleza de la elección democrática y reducido al votante a un mero invitado a la junta de embarra del gamonal. Sí, alegre y contento, el noble individuo peninsular siempre acude a construir y repellar la casa de quincha politiquera, para que la vieja tradición política se mute de forma, más no de contenido.
Por eso es tan dramático que en la actual coyuntura electoral el mismo partido político controle la mayoría de los puestos de elección regionales; prueba tangible de que el gamonalismo azuereño se muda de ropa -como las culebras-, pero no deja de ser la ponzoña que enferma el cuerpo social de una región que merece mejor suerte.
 ......mpr...