jueves, 10 de noviembre de 2016

LA HISTÓRICA VILLA SANTEÑA



Como acontece cada año para estas fechas, corre mucha tinta de quienes meditan sobre una población istmeña que está nimbada de glorias. En efecto, la Villa de Los Santos, porque de ella se trata, ha crecido escoltada por dos cerros, el Juan Díaz al norte y El Barco, al sur.  Emplazada sobre la sabana antropógena, la llanería se prolonga en dirección a Guararé y Las Tablas, mientras al otro lado del río Cubitá, desde el período Colonial, resplandece Parita, la hermana que también le acompaña desde el Siglo XVI.
Al visitarla hay magia en esa torre que desde la distancia pregona la presencia del dieciochesco templo a San Atanasio, hegemonía religiosa que se disputa con otro santo patrón, San Agustín. En cambio, al lado de la arquitectura religiosa colonial, la plaza muestra al visitante la efigie de Bolívar, mientras el parque mira atentamente el Museo de la Nacionalidad. Las dos viejas calles que describiera el obispo Rubio y Auñón siguen tendidas “como hacia la mar”.
Hay mucha historia en este añejo pueblo colonial que no puede ser reducido únicamente a la conmemoración del 10 de noviembre de 1821, por más significativa que sea la fecha del Grito Libertario. La Villa es el 10, pero también luce otras facetas que al valorarlas se comprende a plenitud por qué el poblado fue la sede de ese histórico hito independentista.
En otro momento he señalado que la tierra de la mítica Rufina es la capital histórica de Azuero.  Ella fue el centro del poder político, económico, social y religioso de la península de Azuero en un período que comprende casi cuatrocientos años de existencia. Cuatro centurias llenas de historias cuyo aporte peninsular ha marcado el caminar de una región cuyas ejecutorias ha dado lustre a la nación.
A la entrada del poblado la bandera azul, amarillo y roja recuerda al visitante cómo su historia estuvo ligada a los movimientos de emancipación bolivariana. Esa enseña pregona el sano orgullo del pueblo de quien dijera El Libertador que era la “Heroica Ciudad”. Incluso la fundación poblacional, el 1 de noviembre de 1569, es un acto de rebeldía de quienes tempranamente deciden fijar el destino sin autorización de la corona española.
La Villa fue protagonista de los conflictos azuereños entre liberales y conservadores que asolaron la región a mediados del siglo XIX, época cuando don Pedro Goytía Meléndez se erige en adalid de grupos de campesinos que protestan por la introducción de impuestos. En este sentido será sede del conservadurismo peninsular, al mismo tiempo que germen del liberalismo que propicia la ruptura de añejas y coloniales estructuras de dominación social.
Y ya en la vigésima centuria, al producirse la separación de Panamá de Colombia, los munícipes, el 9 de noviembre de 1903, se adhieren a la gesta que propicia el nacimiento de la nueva república. Sí, hay mucho por contar, porque el centro urbano de La Villa también supo del caminar del doctor Francisco Samaniego, ese santeño luminoso que forjó junto a una pléyade de coterráneos la Federación de Sociedades Santeñas, al comprender tempranamente el papel revolucionario de la organización popular.

La historia peninsular tiene en la Villa de Los Santos a su más grande gema y en el 10 de noviembre de 1821 la cúspide de esa grandeza. Allí, en la antigua plaza, entre las viejas callejuelas y vetustas edificaciones, se ha forjado parte de la historia de un pueblo que ha sido vocero de libertad y emblema de santeñismo, entendido éste como orgullo patrio y valladar contra la deformación de la identidad cultural. Vital esta villa histórica, a quien los santeños debemos incluso el  gentilicio.
....mpr.....

martes, 4 de octubre de 2016

ARTEMIO





Estoy harto de la ciudad, de las calles ruidosas y de la vida prestada que llevo. Nací en el campo y nunca me acostumbré a la tensión de las mañanas y a estos escandalosos Diablos Rojos. Son cuarenta años de mi vida, de laborar y soñar despierto. Creí que podría labrarme un destino más allá de las mazorcas y las boñigas. Llegue con muchas esperanzas, porque me dijeron que con el Canal todo era diferente y que en pocos años podría ahorrar y regresar para montar mi negocio. Admito que fue mejor que haberme quedado en mi pueblo. Acá trabajé en un ministerio, terminé mi secundaria y por allí logré un titulito en la Universidad. Pero detesto esta ciudad con olor a casa podrida, a cuarto de inquilinato. Allí estuve, en un cuartito frente a la bahía, por un dato que me dio un paisano, entonces comprendí a Korsi, “cuartos donde no entre el sol, que el sol es aristocrático”. A cada rato pasaba por el mercado público y me daba un no sé qué el escuchar aquellos acordeones en el traganíquel de la Cantina Chucu Chucu. El mar me recordaba las costas de mi península y entonces la mente no dejaba de pensar en todo aquello que había dejado, con mi madre habitando aquella vieja casa de quincha. Fue difícil todo, muy difícil vivir un mundo esquizofrénico. Estar aquí y tener la mente allá, pendiente de las noticias y de esa secreta esperanza que se agolpaba en mi pecho al ver pasar el busito de la ruta Las Tablas-Panamá. Lo miraba desde el bus y volvía a leer esas palabras mágicas, Las Tablas-Panamá. Parto difícil el de emigrante. Al principio nada era más importante que regresar y poder saludar a mi gente y a esos amigos del pueblo que siempre creyeron que tuve éxitos por acá.. Quizás por ello fui mucho al Cosita Buena, porque me carcomía la nostalgia. Yo no sé por qué, pero cuando se está en la ciudad, aquella gente que nunca te habló en el pueblito, al vivir su soledad de citadino, siente igualmente el impulso irrefrenable de cruzar unas palabras con ese paisano al que no le paró bolas. Mi mujer la conocí en un baile que amenizaba Dorindo Cárdenas, cuando bailaba aquel éxito que se llamaba “Por ella” (“Por ella es que estoy así, por ella es que estoy enfermo, me voy a dejar morir por falta de este remedio”). Lidia, siempre fue buena, tanto que sacrificó sus estudios por mí. Ella en la cocina y yo en la calle buscando el real. Así tuvimos nuestros hijos que ya están grandes y casados. Aún no soy abuelo, pero por allí vendrán los nietos. Ahora sé que la vida es muy rápida y muchas veces no logramos hacer lo que queríamos. ¡Un coño!, a veces me digo, porque lo importante es no morir en el intento. Por eso dicen que hay que tener fe, confianza en uno. Así decía la profesora en la Universidad. “Avance, joven”, decía.  Y la verdad es que yo lo intenté, pero el parto fue difícil, no tanto por los escollos a superar, sino por lo que pasó con mi mente. Yo nunca volvía a ser igual, por ese asunto de las ideologías que me explicaron en ciencia política. Algo se desgarró dentro de mi y nunca pude recomponer la magia que traje a la ciudad. Antes el mundo era menos complejo, con esa ingenuidad que trae uno del campo. Dejé el olor a cananga y lo cambié por fragancia francesa; sin percatarme el brillo de la civilización avergonzó mi ruralidad y terminé rechazando lo mío. Afortunadamente eso fue transitorio y al rato ya era un defensor de la cultura interiorana.  Me gustaba ir a San Miguelito y disfrutar de los desfiles de carretas santeñas para celebrar el 10 de noviembre. Porque las cosas cambiaron mucho, luego de los años setenta. Así como yo perdí algo de campesino, la ciudad se volvió fría, indiferente y poco solidaria, violenta e insegura, en algunos casos. Calle J y la 4 de julio son un recuerdo. Hasta nos echaron de San Felipe y muchos terminaron en Tinajita y San Joaquín, desarraigados por allá. Nada importó la tienda que tenía mi primo santeño en el Casco Viejo; décadas de trabajo que no pudieron con la angurria de otros. Pienso en todo ello y me parece mentira aquella Panadería Lucianito, con esas michas humeantes. Durante esos años me metí en el trajín de la ciudad y cuando me di cuenta ya tenía mis canas de viejo. Ocasionalmente regresaba a mi pueblo, como para no perder las raíces, porque allí estaban mis padres, siempre esperando, como si el tiempo se hubiese detenido en aquella casa de quincha carcomida por el tiempo. Lo difícil era regresar y volver a abandonar aquellos palos de mamones y de mangos en donde jugué de niño.  Regresaba en el COOSVETRA rumiando los pensamientos y con una congoja en el pecho. Entonces uno se pregunta si volverá a ver a sus padres o si podrá el año entrante regresar a la fiesta de toros y a los bailes de acordeones. Siempre con el pretexto de volver, como esos elefantes que retornan a morir al lugar en donde nacieron. Yo viví todo ello, pero luego me volví olvidadizo y me conformé con lo que me ofrecía la ciudad.

sábado, 28 de mayo de 2016

LAMENTO POR EL CANAJAGUA


"No se puede entender a Rusia con la razón, no se puede medir en yardas. Tiene un carácter especial, en Rusia, sólo se puede creer".

Siempre he amado este noble fragmento de un poema creación de un connotado bardo de la tierra de los zares porque el mismo me hace reflexionar sobre mis propios lares y el pensamiento de mi gente; porque es difícil comprender la mentalidad de nuestros coterráneos, muchas veces totalmente errática, barnizada, pero carente de toda forma y solidez, otras veces imbuida de un supuesto amor por la cultura, tergiversado en la borrachera de la juerga y otras veces postulante de un arte soso y mal enjalmado, ofreciendo pan en unos sitios, mientras se carece en trigo en los propios.
No se puede entender a esta nación con medidas o encuestas, ni con meses raciales, ni festivales a raudales, primero hay que comprender a la patria chica y entender su engranaje en el conjunto de su multietnicidad.
A veces, para que la seda del entendimiento roce la esterilla mental de algunos, es necesario descender a su vocablo coloquial y hacer malabares con las palabras para que algo de luz entre al oscuro tugurio de ideas que flota en sus cabezas.
Tal vez sea culpa de nuestra multiculturalidad lo que nos hace tan diferentes y lo que a veces en vez de unirnos, nos aleja, tal vez lo sean otros factores más o menos educativos o sociales, lo cierto es que tenemos un carácter especial, y a veces, al igual que Rusia, solo podemos creer para confiar en días mejores en que dejemos de vender el alma por tres pesos, empecemos a valorarnos y a ser autocríticos, pues barriendo las hojas de nuestros mangos podremos hablar sobre la hojarasca de los cortijos vecinos. No se puede entender con la razón lo baladí, lo fatuo, la inconsciencia y la desunión entre hombre y natura en nuestra propia morada, clamando esta última por piedad.
CANAJAGUA, ha sido traicionado por sus propios vástagos, por quienes serviles le venden, cuales fenicios, en el mercado de esclavos y le embarcan hacia la deriva  en que yace nuestro terruño de incomprensiones y desencantos. Nos estamos pudriendo, porque las bases del santeñismo tambalean entre las manos de los que tienen muy poca o ninguna noción de gobierno y justicia.
¿A quiénes damos el privilegio de regir los destinos de la patria de Porras, a quiénes concedemos el caro honor de izar la gran nación?
Primero Cerro Quema y ahora Canajagua, heridos sagazmente, a traición, apuñalados con la rúbrica de sus propios retoños y la miseria colectiva del mercantilismo.
¡Cuán difícil y trabajosa faena puede ser el tratar de entender a nuestra gente!
¿Es que acaso la ignorancia ríe a carcajadas y junto al cinismo nos hace muecas desde la comodidad del negociado de algunos?
Es que mi corazón orejano no quiere creer lo que los ojos leen, porque al igual que Céspedes, prefiere que un dardo lo atraviese o que un alfanje cercene las entrañas del cuerpo adolorido, antes que resignarse a la pérdida paulatina y mordaz de los grandes símbolos de la tierra de las nostalgias. Un lamento se escucha en el monte, las mejoranas han enmudecido y la cascá no ha salido a volar, se han guardado todas las polleras, los diablicos han dejado caer sus castañuelas, los violines no tocan sollozos más y el acordeón de Gelo prefiere callar. Los versos de Sergio se desgranan al mirar al promontorio gritar, malherido, avasallado..., Los Santos está de luto, su cielo se ha tiznado de lóbregas cenizas y muchos, sí, muchos queremos llorar...

Antonio Pinzón-Del Castillo
Poeta y escritor

jueves, 19 de mayo de 2016

INVASIÓN DE MEMES



Los memes se han hecho comunes. El famoso artilugio de la comunicación contemporánea invade los sitios más inesperados, logra acosar hasta la extenuación y si te descuidas vuelve lento el "smartphone", porque ocupa gran parte de los archivos del teléfono inteligente.
El origen del vocablo hace alusión a un tema que se vincula con la genética y la sociología. Teóricamente el meme es la contraparte cultural del gen; porque mientras el último aún no puede modificarse, el meme es el equivalente del rasgo cultural, que a diferencia de archivo genético está sujeto a la transformación y logra reproducirse tanto como la cultura lo permita.
De modo que el meme es un tópico más serio que el simple mensaje comunicacional que enviamos a nuestros amigos. Pero al grano, lo que importa en este caso es tomar conciencia de las implicaciones que el mensaje electrónico encierra. Porque de algo bien pensado, el meme se ha vuelto “ligth”, un poco banal y con cabeza hueca. En efecto, percátese que hay individuos que ya no escriben, que optan por atiborrarnos de memes, porque creen que éstos hablan por ellos y, en teoría, comunican lo que piensan. Preocupante, porque algunos ya no escriben, sino que envían memes, cual niños de aprendizaje incipiente.
Claro que no estoy planteando que los tiremos al basurero, ni que ellos son una plaga demoníaca. A lo mejor al meme le ha pasado lo que a otros productos sociales; hemos abusado de su uso y, de ser una idea luminosa, terminamos por “desgastarlos”, hacerlos tan comunes que ya no denotan, sino que connotan. Es decir, se han vuelto un bien desnaturalizado de tanto rodar en el mercado de lo baladí. Sí, nada escapa a su influjo; desde los pensamientos de grandes escritores, pasando por las reinas del carnaval, hasta el mensaje religioso que pregona el edén para los fieles devotos.
Y ahora que dispones de tiempo, deja de leer este comentario y visita el buzón del teléfono. Por favor, borra las decenas de memes que has acumulado en la última semana. ¡Ah!, y meditemos un poco antes de enviar el próximo mensaje prefabricado, porque la cigarra electrónica sonará para sorprender al receptor con el arribo de otro meme que podría resultar necio, indeseable y machaconamente repetitivo.



sábado, 30 de abril de 2016

LEONIDAS SAAVEDRA ESPINO y ROBERT NEARON: DOS AZUERENSES PARADIGMÁTICOS:



1. Este año ha sido una dura prueba para las provincias de Herrera y Los Santos, pareciera como si el sino se hubiese confabulado para hacernos más incómoda la existencia. El sector agropecuario, vapuleado por el estío peninsular ha mostrado su lado agónico, mientras el fenómeno del Niño recalienta haciendas y el bochorno del sol candente quema pastos y atenta contra el agua, la flora y la fauna. Y aunque lo común consiste en reclamar políticas y acciones a transitorios gobiernos, hemos de reconocer la cuota de responsabilidad en la hecatombe ambiental que se inició en la centuria precedente.
Sin embargo, cuando la canícula parece sumirnos en un sopor de siglos, hay dos fenómenos que concitan la atención y que reflejan la madera de la que está hecha la zona. Hay dificultades, pero pese a todo una avecilla silvestre - presa de su biológico celo- canta en la rama del árbol llamando a la lluvia. En efecto, la cascá, cancanela, primavera o cascocha es un ejemplo de terquedad ornitológica y de optimismo inclaudicable. Porque no importa los pronósticos meteorológicos, ella se prepara para lo que ha de venir, el arribo de las crías y la abundancia de alimentos, que vaticina el final de la estación seca y el inicio del mítico invierno.
Y mientras esto acontece con natura, hacia finales de abril y comienzo de mayo, el productor recoge sus aperos de labranza, espera la cruz de mayo, mira al cielo rogando que aparezca un nubarrón, implora a san Isidro Labrador y se prepara para la Feria Internacional de Azuero. Actúa cual cascocha humana, el ave que le ha acompañado durante milenios, porque el emplumado pájaro es mucho más viejo que el actual homínido que apenas tiene 500 años habitando la zona. Ese hombre, digo, ese ser hispano-negro-indígena, despierta al mundo de su evento ferial. Aquí demuestra lo que siempre ha sido, desde los cambalaches indígenas que describe Gaspar de Espinosa en el Siglo XVI hasta el ágora del comercio, la cultura y lo agropecuario que representa y muestra el escaparate promocional del más importante evento ferial de las provincias de Herrera y Los Santos.
La feria no es sólo agro, comercio, publicidad, ganadería y diversión, también es el escenario para exhibir al mundo la trayectoria del hombre probo, aquel que supo regalar al resto de los ciudadanos un ejemplo de vida y una trayectoria basada en el trabajo fecundo.. Por eso la Fundación Juan Antonio Rodríguez aprovecha el evento para reconocer a quien se lo merece, como premio y condecoración al esfuerzo y el tesón ciudadano.
En esta ocasión los laureles recaen en don Robert Nearon Ryan y don Leonidas Saavedra Espino. El primero en representación de la provincia de Herrera y, el segundo, por parte de la región santeña. Cumplamos, pues, con esa grata tarea y recorramos en esta noche lo más significativo de sus respectivas hojas de vida.

2. Don Robert Harold Nearon Ryan.

El estadounidense radicado en Chitré nació el 2 de febrero de 1942 en Detroit, Michigan. Hijo de Robert Lee Nearon y doña Dolores Margaret Ryan. Aparte de la valoración de su madre, ha de sentirse orgulloso del progenitor de quien podemos decir que fue miembro del Ejército de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos de América. El mismo que murió en combate, luchando por la democracia y la libertad, en las playas francesas de Normandía, durante el famoso desembarco acaecido en 1944, entre junio y agosto de ese año.
Aquel pequeñuelo a quien el hado y la guerra le arrebató a su progenitor cuando sólo contaba con dos años de edad, le esperaban gratos momentos más allá de las fronteras de su Detroit natal. Dispuesto a labrarse su destino le vemos capacitarse en la Universidad de Wexford en donde se le confiere el título de Gerente Comercial.
Hacia el año 1960 arriba a Panamá como miembro del Cuerpo de Bomberos de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos de Norteamérica. En ese período que se extiende hasta 1963 labora en Albrook-Howard y Río Hato, radicándose en la capital de la república en el año 1969. Allí, incursiona en otros menesteres para asumir la gerencia de importantes franquicias estadounidenses: Pollos Fritos Kentucky, Dairy Queen y Tastee Freez. Esa experiencia laboral será decisiva para su estadía en el Istmo.
En efecto, durante el año 1974 se traslada a la capital provincial herrerana en donde ejerce como gerente de Dairy Queen y escala hasta tener su propia franquicia, la que es conocida como Frostees. Desde entonces la nueva sede de su empresa se ha convertido casi que en ícono de la ciudad de Chitré; ubicada en la Avenida Enrique Geenzier, importante arteria vial de la tierra de don Dámaso Ulloa. Se ha sentido tan complacido con su nueva tierra que el 22 de mayo de 2002 se nacionalizó panameño.
En 1986 contrajo matrimonio con la señora Carmen Mora, con quien ha forjado familia. El señor Nearon Ryan tiene varios hijos: Mercedes Moreno y Robert, Elizabeth, Mary, Luisa, John y Carol Nearon. La existencia de una prole como la indicada demuestra que don Robert Harold Nearon Ryan, sin negar su tierra natal, ha hecho de su heredad adoptiva un lugar para vivir a sus anchas de azuerense casi que raizal.
Una prueba contundente de la integración de don Nearon a la región, no radica solo en su huella empresarial, sino en su papel dentro de asociaciones. En su vida pública ha sido fundador de la primera academia de Karate Do, la que contribuyó a forjar junto a Arturo Worrel, organización en donde llegó a ser Cinturón Negro. La región le conoce como patrocinador de boxeo, football y baloncesto. Son incontables las organizaciones que saben de su mecenazgo en carnavales, bandas de música, eventos municipales y otros. Es amigo del Museo de Herrera, miembro del Club de Golf, fundador de Protección Civil en Chitré, presidente en dos ocasiones de Apede Azuero, así como miembro del Patronato de la Feria Internacional de Azuero, por mencionar algunos eventos que hablan de un compromiso que se proyecta más allá de la esfera empresarial.

3. Ingeniero Leónidas Saavedra Espino

Don Leónidas Saavedra Espino nace en Guararé el 1 de mayo de 1922. Hijo de preclara familia santeña -cuyos orígenes se hunden el período colonial- desde pequeño mostró una indudable vocación por las ciencias, ya que creció en el seno de un hogar en donde su padre se agitó en temas farmacéuticos y resultó heredero de la fina sensibilidad de su madre, de la que seguramente debe parte de su visión humanista del mundo. Por eso los libros nunca fueron un objeto extraño en su residencia, y estoy hablando de una época y comunidad en donde antaño esa no era la nota dominante.
Los estudios primarios los realizó en su pueblo natal y mejoró su formación secundaria en el Instituto Nacional de la ciudad de Panamá. Allí obtiene el bachillerato en ciencias y letras. Durante esa promoción se le distingue con premios en química y francés. Con posterioridad viaja a los Estados Unidos de Norteamérica y allí, en la Universidad de Iowa, se le confiere el grado de ingeniero Químico. Deseoso de aprender realiza cursos de ingeniería de aguas en la Universidad de Cincinati.
Al regresar al país va a ser cofundador del Instituto de Alcantarillados y Alcantarillados Nacionales (Idaan). En esa institución fue jefe de plantas de tratamientos y control de aguas, asesor para control de calidad de aguas servidas. Ha representado a Panamá en diversos congresos internacionales en instituciones tan prestigiosas como la UNESCO. Participó en el estudio para determinar las fuentes de aluminio en Ecuador y Panamá.
Radicado en David, Chiriquí, también se ha dedicado a la urbanización y el negocio de bienes raíces.
Finalmente debo indicar que don Leónidas, además de su vocación técnico científica, posee una extraordinaria vena humanística que le ha llevado a ser  escritor de fina pluma. Ese mismo texto que con la maestría de políglota es capaz de escribir en español, alemán, francés e inglés. Baste con señalar su novela “¿Espino? Mensabé antes de Azuero”, en la que describe no solo la saga de su familia en los Siglos XVII y XVIII, sino los orígenes de gran arte de la península de Azuero. Este texto es, sin la menor sombra de duda, la mejor novela que se ha escrito sobre Azuero en los últimos tiempos.
Casado con la señora María Teresa Anguizola de La Lastra, tiene cuatro hijos: Leonidas, Javier, Alexis y Gerardo.

4. Revisado los aspectos más importantes de la biografía de los dos azuerenses se impone una reflexión final. Lo primero que hay que afirmar es que no deja de ser de lo más llamativo que al agasajar a don Robert y don Leonidas nos percatemos que ambos sean ejemplo de emprendimiento empresarial y, el segundo, además, experto en el tema del agua. Muy trascendentes que ellos tengan una trayectoria de vida que se enmarca en las temáticas que son el centro del debate contemporáneo sobre el desarrollo regional. A saber, la necesidad de contar con un renovado ímpetu empresarial que enrumbe la economía hacia nuevos derroteros en Los Santos y Herrera. Así ha de ser, porque los emprendedores de ayer cumplieron su labor y corresponde a las nuevas generaciones empujar el carro del desarrollo más allá de la muralla China de Divisa o de las dádivas del Estado regalón.
En el caso de Robert Nearon éste asume una visión que le ha hecho ser pionero en la comprensión de que la autarquía económica no es buena consejera y que hay abrirse a capitales que no necesariamente son nacionales, pero que los necesitamos para nuestro desarrollo. Llama mucha la atención esa postura suya de vincular la empresa con eventos sociales, que no necesariamente son de su incumbencia empresarial, pero que son ineludibles porque forman parte del contexto en el que está inmersa la empresa. A esta postura le llaman en términos modernos responsabilidad empresarial, proyección comunitaria u como deseemos llamarle, pero que el señor Nearon asume y se ha hecho costumbre desde los años setenta del siglo XX, época cuando muy poca gente teorizaba sobre estos tópicos.
Y si hemos de valorar al señor Nearon por su fe y constancia en los destinos de la región, otro tanto podríamos afirmar del ingeniero Leonidas Saavedra Espino, paradigma del hombre ilustrado que necesitan las provincias de Herrera y Los Santos. De porte gallardo y de conversación fluida e inteligene, don Leonidas forma parte de esa generación de panameños que lograron que el tema del agua diera un salto cualitativo de los pozos en la orilla de los ríos, de la tinaja y la lata o churuca sobre el rodete, hacia el grifo que al abrirlo expele mucho más que el líquido acuoso, derrama salud a raudales. En efecto, fueron millares de panameños los que, al consumir agua potable, salvaron su vida porque las enfermedades tenían en su mayoría, un origen hídrico. Y como su labor como químico y experto en agua fuera poco, nos lleva al mundo literario con la novela, “¿Espino? Mensabé antes de Azuero”, joya bibliográfica que en lo personal incluyo entre los 10 mejores libros que se han escrito sobre la tierra del santeño Belisario Porras Barahona y la herrerana Ofelia Hooper Polo.
Don Robert Nearon y Leonidas Saavedra Espino dejan, para quienes deseen verlo, una gran enseñanza. Sus vidas pregonan a los cuatro vientos que el amor a la región y a la nación no es un sentimiento sensiblero, que no basta con mirar al Canajagua y al Tijeras en la distancia, demuestra que la idolatría no tiene sentido si no se plasma en una vida de compromiso social que convierta el amor en praxis liberadora.
Los que integramos la Fundación Juan Antonio Rodríguez, en esta jornada de tan profundo significado para los homenajeados, así como para sus familiares, sabemos que otra vez en la Feria Internacional de Azuero se ha cumplido con un rito que para nosotros es sacro. A saber, el respeto por la inteligencia de nuestros paisanos, el regocijo de estar nuevamente en la brega, junto a la certeza de que el reconocimiento ciudadano es el antídoto contra la indolencia ciudadana que no pocas veces corroe el alma de la patria.

Villa de Los Santos, viernes 29 de abril de 2016-




 












miércoles, 13 de abril de 2016

AL ABRIGO DE ABRIL Y MAYO



Para Ana Mercedes.


Yo crecí entre el canto de la cascá, el arrullo de la titibúa, los anaqueles de una tienda y los abrojos campesinos. Aquella era otra época, la de los años cincuenta y sesenta de la pasada centuria. Mi Bella Vista natal era una calle larga a la orilla de la cual morábamos trescientas personas, casi todas conocidas y emparentadas. En la aldea había solidaridad, valor que florecía cual flor de macano en el estío peninsular. Existían conflictos ocasionales, pero eran minucias superadas y curadas por el tiempo, mientras la brisa salobre del viento del norte acariciaba al poblado desde los litorales de La Enea; ese pueblo marinero de los Bustamante, Vergara, Saavedra y otras preclaras familias.

Viajar a la villa cercana, Guararé, era emocionante, porque allí estaba el ágora griega de la plaza y la blanca torre del templo a la virgen de Las Mercedes. En mi infancia todo estaba preñado de imágenes sensoriales y del embrujo que nacía de un mundo pre lógico, una especie de panteísmo a lo guarareño. Lo mismo acontecía con el pétreo edificio de la Escuela Juana Vernaza, centro educativo que se me antojaba plagado de personajes misteriosos, seres que moraban entre las anchas paredes y que de vez en cuando asomaban su faz entre las ventanas. A lo mejor, quizás, gnomos que también oteaban desde las amplias terrazas en la sección norte y sur del majestuoso edifico que construyera el español don Pedro Sarasqueta.

En la conciencia infantil de antaño, nada más incisivo que el sonido del yunque tras los mazazos y el chisporroteo de luces en las fraguas de Arcelio “Chelo Díaz”, Ezequiel “Tite” Vásquez y Roberto Benavides. En efecto, porque cuando era abril y mayo el campesinado acudía ante el herrero para encargar machetes, hachas y coas. Sí, en esos meses declinaba el verano y se iniciaban las lluvias. Ni más ni menos que el momento de transición entre dos ciclos productivos, del pasto chamuscado al verdor de natura. Tiempo de Cruz de Mayo y de religiosidad vestida de adoración y súplicas a San Isidro Labrador.

A todo ello añadamos el inicio del período escolar ataviado con uniforme de blusa blanca y pantalón o falda chocolate. Y allí va ese niño campesino cargando su bolsa de cuadernos, la que en su ausencia se suplantaba con la chácara terciada en el cuerpo, ya fuera de fibra vegetal o de tela. Mayo era la escuela y el capote con las botas bajo ese aguacero al que había que hacer frente porque la campana escolar ya había hecho su llamado.
Abril y mayo tenían olor a tierra mojada, sazonada con gritos campesinos que desde las casas de quincha expresaban la inefable alegría de vivir. Y hasta el ser montaraz respondía al llamado natural al cambio, a la reproducción, al gozo sano de la sexualidad, a esa metafórica cópula entre la gota de agua y el terrón calcinado por el sol inclemente.

En un entorno tan bucólico la mixtura de sentimientos se vuelve congoja campesina; añoranzas por el alejamiento del estío peninsular e incertidumbre por el invierno sombrío y pletórico de torrenciales aguaceros. Luego, junto al amasijo de las emociones, ese canto insistente de la cascá o cancanela, primavera o cascocha. El hermoso trino matinal “llamando a la lluvia” recoge, compendia y cincela el momento en la psiquis.

En efecto, abril y mayo son una parcela de la cultura campesina, la fotografía en el tiempo de un fenómeno natural, social y meteorológico que eclosiona en el pecho del hombre del campo. Es decir, son ecos sonoros de la vida que desde entonces habita algún rincón del alma, recuerdo que se dispara al escuchar el melancólico trino de la avecilla silvestre o que se torna melancólico al descubrir las secuelas que ha dejado el paso del tiempo.

Al calor de abril y mayo han pasado muchas cosas, pero ninguna tan nefasta como la destrucción del ambiente en que floreció la cultura campesina. La faragua, el hacha y los agroquímicos destruyeron no sólo los bosques, sino el mágico encanto que fue la cuna de la orejanidad. Y pese a todo, otra vez al abrigo de abril y mayo, aún cantan las avecillas, pero no para llamar a la lluvia -cual queja de lebruna en la espesura-, sino para recordarnos que la modernidad mal comprendida nos está dejando el alma enjuta, como terrón en el cuarteado callejón en donde dejó sus huellas mi infancia.

En las faldas de Cerro El Barco entre el 11 y 12 de abril de 2016









domingo, 6 de marzo de 2016

AGUA, ALJIBES Y TROJAS





La crisis por la que atraviesa la región azuereña posee variadas lecturas, desde las de tipo estructural hasta las que colocan el acento en la emoción y resienten la crítica que se endilga a los agentes que depredan ríos, quebradas, suelos, fauna y flora.Sin embargo, quizás porque la coyuntura y la urgencia así lo demanda, hemos dejado a un lado los aspectos históricos del agua. Es decir, la interacción del hombre peninsular con el líquido de la vida.
En Azuero la historia escrita del agua comienza con la presencia hispánica, más específicamente con las crónicas de Gaspar de Espinosa quien recorre la región a inicios del Siglo XVI. Al español le impresiona la vegetación y cultivos (en especial el maíz) del río que denominará, precisamente, De Los Maizales, también llamado Cubitá por los indígenas y, con posterioridad río La Villa.
De la Colonia heredamos el uso de cántaros de arcilla para almacenar el agua, las llamadas tinajas, que han sido de tanta utilidad y que aún sobreviven más allá de la casa de quincha. Ese legado, lejos de ser hispánico, parece tener impronta indígena, herencia que también involucra el uso de churucas como recipiente para transportar el acuoso elemento.
No menos relevante son las leyendas que mezclan lo hispánico-indígena y fluvial, como en el caso de la Niña Encantada del Salto del Pilón. En efecto, no pocas mitologías campesinas tienen, directa o indirectamente, al agua como protagonista. Ese es el caso de la neblina que asume la etérea personalidad de la Madre de la Noche. Esa bruma acuosa de la alta noche y el alba es lo que hizo posible La Silampa, personaje mitológico que no por casualidad el hombre del campo lo asocia con el frío de la madrugada. También, en el imaginario popular, el sereno se mira como un influjo negativo sobre la salud campesina. Aunque para no pocos paisanos la humedad nocturna produce el rocío preñado de poéticas motivaciones.
En cambio, el sistema de aljibes es otra cosa. Aparece, hasta donde conocemos, en el período colonial. Tales técnicas para almacenar agua son legados de los europeos y, en el caso español, de indudable influencia árabe. Como sabemos, el aljibe es todo pozo, cisterna o fosa para almacenar agua y, como ha de suponerse, asume diferentes formas.
En las provincias azuereñas las manifestaciones de tal modalidad son modestas, al estilo de pozos elaborados en la roca próxima a quebradas y ríos. En este caso no se trata de acumular agua lluvia, sino de adquirirla por la filtración de la corriente contigua, lo que demuestra una preocupación temprana por la salubridad y el asocio del agua como elemento de vida, pero también de muerte. El líquido es vida, presente en el bautismo, al mismo tiempo que atemoriza, como en los casos de los ahogados en ríos y mares. No otra cosa representa la arraigada amenaza de la cabeza de agua, la que puede truncar la vida al atravesar los ríos bravíos.
En cambio, el pozo brocal, el hoyo circular que abastecía de agua pura, fue amo y señor por mucho tiempo, al punto que su reinado se prolongó hasta los años sesenta del Siglo XX. (¡Cómo olvidar el uso de carruchas!). A partir de allí declina su uso, entre otros motivos por el arribo de la modalidad artesiana que se instaura en la primera mitad de la centuria indicada. Originario de la región francesa de Artois (Artesia), de allí retoma su nombre para constituirse no sólo en el lugar para abastecer agua, sino en el sitio de las tertulias de quienes acudían a la fuente hídrica provistos de churucas y latas. El famoso pozo de manigueta marcó toda una época.
Un punto especial en la cosecha del agua lo representa la varias veces centenaria casa de quincha. El diseño a dos aguas, con un pronunciado declive desde la cumbrera, llevaba todo el líquido al cañizo desde el que se depositaba en tanques colocados ex profeso. Así el hombre disponía de aguas para regar las plantas y flores del entorno familiar, así como para aplacar al polvo veraniego.
La existencia de la huerta campesina es otro elemento a tomar en consideración. Ella representó la síntesis de trabajo, ocio y diversión. Ubicada en las riberas de los ríos resume una cosmovisión agraria donde el agua se mezcla con la ética laboral campesina, el sonido de la corriente del río que no cesa de fluir, mientras familia e invitados disfrutan de un refrescante chapuzón. Ese río que no pocas veces fue fuente de proteínas de pescados, camarones y otras delicias de la gastronomía orejana. Sin olvidar los placeres de las lavanderas que a son de manduco y charlas de comadres, lavan la ropa mientras el agua juguetona serpentea entre las piedras.
Hay que tener presente que el Siglo XX modifica la relación que tenía el campesino con el líquido elemento. Y conste que para aquellas calendas el grupo humano ya se preocupaba por la escasez de agua que promovía el estío peninsular. Tanto, que era común el uso de trojas en quebradas y ríos. La troja era una represa rústica construida con materiales del medio: palos, tierra, piedra, arena, etc. Su función era clara, retener el agua y, en el caso de los ríos, prevenir el avance de la marina salinidad.
Durante esta centuria y como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, se introdujo algo novedoso. Como al inicio de los años cuarenta no se sabía cuánto iba a durar la conflagración bélica y era necesario garantizar la seguridad alimentaria, el gobierno promueve los regadíos. El 1941 el primero de ellos se establece a la orilla del río La Villa. Esa propuesta crece en los años sesenta al punto que, en 1969, se amplía el regadío indicado y se construye otro en las veras del río Guararé. El proyecto, fraguado en 1966, pretendía abarcar desde el río Parita hasta el río Oria en Pedasí. Época importante porque el Estado comienza a institucionalizar respuestas para dotar de agua potable a la población.
El regadío, un proyecto de tamaña magnitud, feneció por falta de visión y decisión política. Igual aconteció con el propuesto para el valle de Tonosí en los años setenta y, cómo olvidarlo, el fallido intento del Siglo XXI. En efecto, durante estas dos centurias los reservorios de agua no han faltado, pero casi siempre ligados a la actividad agrícola y ganadera, especialmente la última. Surgen así algunos abrevaderos para las bestias que no sólo son consumidos por los animales, sino evaporados por el sol inclemente.

De lo dicho se colige que, si bien el hombre interiorano ha impactado negativamente el ambiente, tal proceder tiene parte de su explicación en factores exógenos al área (mercado transitista) sumado a una herencia hispánica que mira el monte como el lugar en el que moran animales, insectos y culebras. Es decir, como la antítesis del progreso. Por eso la destrucción ambiental en la zona puede llegar a confundirnos y olvidar que existe una historia del agua que no puede ser desechada y que está íntimamente ligada a la evolución del sistema social. La verdad es que en el siglo XX se destruye la cultura campesina del agua. De modo que cuando se estudian tales procesos, se descubren los pies de barro de aquellas leyendas que, irresponsablemente, se han tejido sobre el hombre interiorano y, en particular, de la relación de este con los componentes hídricos en el que mora. En efecto, no todo ha sido fósforo y hacha.

lunes, 8 de febrero de 2016

LA CULTURA DEL POTRERO


El viento sopla fuerte y en la costa oriental azuerense los potreros lucen chamuscados. Apenas comienza el tórrido verano y ya el paisaje se torna achocolatado, como si anticipara lo que se avecina. El sol, un sádico que se ríe de los cerros, castiga con intensidad lumínica los bosques peninsulares. No hay continuidad en el monte y uno que otro árbol asoma en el horizonte. Al detenerme miro desde la carretera el impacto de la cultura de la depredación y recuerdo al Dr. Stanley Heckadon Moreno y su premonitorio texto Cuando se acaban los montes.
Soy santeño y me duele esta devastación que algunos confunden con producción, generación de empleo e incluso, los más ilusos, hablan de desarrollo sostenible, al estilo de la minería que depreda Cerro Quema y sus alrededores. Cuentos chinos, diría Andrés Oppenheimer, no hay nada más dañino que la política de mirar, mientras se prende el rancho confiando que de algún lado saldrá la solución.
Tengo décadas de estudiar la zona y confieso que estoy aterrado. Pensé que el proceso iba a ser más lento, pero el retroceso de la naturaleza supera lo esperado. La realidad lastima, pero no se puede ocultar. Como si se tratara de una novela costumbrista, al estilo de José del C. Saavedra Espino o Antonio Moscoso Barrera, el azuerense se refugia en los relatos de antaño, rememorando el bosque que conocieron y el agua que casi no está. ¡Y qué distante ha quedado el relato de La Niña Encantada del Salto del Pilón!
En cambio, más allá de la zona los “estudiosos” se contentan con achacar al hombre de carne y hueso la culpa de la crisis del ambiente. Sin duda alguna responsabilidad tendrá, pero al hacerlo olvidan que tal proceder es producto de una estructura socioeconómica en la que el agente social actúa o deja de hacerlo. No se trata sólo de individuos, sino del modelo productivo que está dando evidentes muestras de cansancio y agotamiento. El hombre no es veleta, pero tampoco pueda sustraerse a ese sistémico influjo.
El sistema social azuerense tiene quinientos años de historia y es mestizo, como todo lo propio de la región peninsular. Hablo de lo español, negro e indígena bajo la hegemonía cultural de los primeros. Los españoles siembran en la zona su modelo productivo basado en rebaños y desmonte. Así fue hasta la decimonónica centuria. Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XIX el mercado transitista incrementó la demanda de productos cárnicos y promovió un desequilibrio poblacional que se evidenció a lo largo del Siglo XX, así se generaron los flujos migratorios hacia la ciudad de Panamá y montañas de Darién. Mientras tanto, el frente ganadero se expandió y la agricultura retrocedió al punto que actualmente la zona boscosa solo abarca el 6% del territorio. Es decir, el 94% de la península es talada y convertida en potrero.
Desde esta perspectiva analítica no se trata de la existencia de un ser montaraz y satánico que anda por el mundo tumbando árboles y quemando bosques y potreros. Santeños y herreranos, insertos en el mercado de la zona de tránsito, producen para ésta, pero lo hacen desde una economía cuasi autárquica, porque desde tiempos inmemoriales el orejano siempre fue dejado a su propia suerte. No hay política agropecuaria porque los gobiernos son entes cuyos intereses se centran en el sector terciario. Discursos politiqueros y falaces abundan, hechos concretos, muy pocos.
Así arribamos al Siglo XXI y ahora nos extrañamos de lo que acontece. Más que la problemática del agua lo que vivimos es una crisis estructural.  Y ante los hechos consumados los remedios se centran en la siembra de plantones, que algo ayudan, pero que no podrán contener la depredación cuyo origen es histórico, cultural y sistémico. Ejemplos abundan, ¿en qué quedó la problemática de la atrazina del río La Villa? Pues, en nada, en la distribución de botella de agua y en los sueños de opio del reciclaje de plásticos.
El meollo del asunto pasa por transformar la cultura del potrero. Situación que no será fácil dado los intereses que existen dentro y fuera de la zona. Ello exige la puesta en práctica de una planificación que involucre a los agentes sociales de la región. El desarrollo de una socialización formal e informal que rompa el paradigma del hombre como sujeto que domeña la naturaleza, por otro que la sienta amigable y parte integral de ella. Ese enfoque tiene que ir acompañado por la existencia de una propuesta legislativa que, en casos extremos, no dude en sancionar a quien deprede y persiste en creer que el libre albedrío consiste en vivir sin compromisos colectivos.

La tarea es monumental, pero no imposible. Si somos parte del problema, tenemos que ser parte de la solución. En ese sentido el comunicado de la Diócesis de Chitré (provincias de Los Santos y Herrera) viene a ser como una bocanada de aire fresco en el enrarecido y desértico panorama peninsular. La curia viene a decirnos que no estamos solos y al hacerlo se vuelve crítica y coloca, con valentía, el dedo sobre la llaga. Lo demás es tomar conciencia del desafío y pasar de la teoría a la praxis.

jueves, 19 de noviembre de 2015

UN PREMIO NOBEL EN LA VILLA DE LOS SANTOS



El profesor Norberto Ulloa –connotado músico chitreano- se despertó aquella noche un poco azorado. Rondaba la media noche cuando escuchó que le llamaban desde la calle contigua a la casa habitación. Aguzó el oído y entonces reconoció el timbre de voz del Dr. Roberto Cedeño, amigo de largo tiempo, quien le conminaba a salir. Al asomarse vio luces de autos y algunos elementos de la seguridad del Estado que rondaban la calle. Un poco más calmado, atendió la solicitud de su amigo para que llevara la guitarra. “Vamos a La Villa”, dijo el médico.
No habían transcurrido quince minutos cuando divisó la colonial población santeña. El auto tomó la Calle  José Vallarino  y un poco más adelante dobló a la derecha por la Calle Sergio González Ruiz. A unos doscientos metros el auto se detuvo frente a la residencia de don Juan Manuel Cedeño, uno de los más grandes pintores nacionales y, sin duda,  el retratista nacional por antonomasia.
Al pasar don Norberto miró el rostro mutilado del portal de la residencia,  la que como muchas otras perdió parte de su apariencia frontal para que la población santeña contara con calles más amplias. Entró al aposento y allí lo esperaba un grupo selecto de personalidades. Notó que la mayoría, por sus gestos, parecía halagar al personaje que, vestido de blanco, reposaba sobre una hamaca.
Aquél desconocido visitante no tardó en saludarle. “Me dicen que Usted interpreta muy bien la guitarra”, le dijo y le invitó a que la ejecutara. Así lo hizo el herrerano, con ese buen gusto que caracteriza sus ejecuciones. Y las notas clásicas del músico resonaron en la alta noche santeña, como comprendiendo la relevancia de ese momento  estelar para la ciudad en donde nació el presbítero don Domingo “Mingo” Moreno Castillo.
Al terminar, afirma don Norberto, el hombre le invitó a que le acompañara a Boquete, localidad chiricana a donde se dirigía la comitiva, pero que él no pudo cumplimentar por lo inesperado de la proposición.  Estima que entre una hora y treinta minutos fue el tiempo del encuentro musical y de tertulia entre noctámbulos. Cumplida su misión, fue llevado nuevamente a la residencia.
Ya sea por lo imprevisto de la cita, la penumbra del lugar o la alta hora de la noche, la verdad es que el músico, acostumbrado a ensimismarse en su pentagrama, no prestó  la debida atención al sujeto que aquella noche visitó la tierra del coronel don Segundo de Villarreal. Sin embargo, tiempo después, al conversar con el hijo del pintor santeño, comprendió para quien había ejecutado su recital de guitarra clásica. Y volvió a quedar pasmado, porque aquel hombre que honró la tierra santeña no era otro que el hijo de Aracataca, Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982.

Milcíades Pinzón Rodríguez

En las faldas de Cerro El Barco, Villa de Los Santos, 19 de noviembre de 2015.

martes, 10 de noviembre de 2015

DISCURSO CONTRA RUFINA



Desde que tengo memoria los presidentes acuden a la Villa de Los Santos para conmemorar el 10 de noviembre de 1821 y, siempre, frente al Parque Simón Bolívar, pronuncian sus discursos. Nunca faltan las alusiones a la patria, a la  mítica Rufina Alfaro y a los próceres. La audiencia, congregada frente a la Alcaldía Santeña, escucha al mandatario silenciosamente y no pocas veces les premia con respetuosos y desganados aplausos.
Sin embargo, lo importante no radica tanto en lo que el auditorio hace, sino en lo que calla; en lo que bulle en los cerebros orejanos, porque siempre se tiene la certeza de que más allá de las buenas intenciones del visitante, al final no pasará nada y los santeños han de regresar a sus minifundios – cada vez más pequeños-, a impulsar la misma actividad agropecuaria que apenas recibe apoyo gubernamental.
De tanto revisar el libreto ya uno se sabe las peroratas gubernamentales del 10. Poco maíz y mucho capullo, pudiera ser la conclusión de todo ello. En cambio, en la conmemoración de la efeméride, lo que esperamos es que el pódium santeño fuese el oráculo de mejores tiempos, el lugar por antonomasia para hablar a la nación sobre lo que el país necesita, así como el lugar para indicar los mecanismos que permitan superar las lacras sociales y políticas que padece la nación del Dr. Belisario Porras Barahona Cavero De León.
No pocas veces el 10 de noviembre siempre se convierte en un acto emotivo, pletórico de desbordante sensibilidad, pero carente de trascendente visión de patria. Acaso porque el país de la ampliación del canal, faraónicos rascacielos y metros por doquier, vive de espaldas al hombre que mora al Este y Oeste de la zona de tránsito. Quizás por ello, en la fecha, siempre asoma la impertinente pregunta de si realmente existió  Rufina Alfaro; como si ello fue determinante para el avance de la nación que con cuatro millones de habitantes tiene un presupuesto que supera los veinte mil millones de balboas, pero que exhibe una pésima distribución de la riqueza.
¡Y cuánta falta nos hacen algunos estadistas de la primera mitad del Siglo XX! Porque si el 10 de noviembre ha de encarnar lo que realmente representa, el proceder de panameños excelsos debe demandar la construcción del Panamá del Siglo XXI; esa nación de don Buenaventura Correoso que no puede olvidar su identidad, aunque aspire a ser políglota y utilice tecnología de la última generación. Así debiera ser, porque tales avances no son incompatibles con la propuesta de nación que alumbró desde la ruralidad la Heroica Ciudad.
Me opongo a esa visión reinante que enclaustra al 10 de Noviembre de 1821 como un suceso del ayer, un rosario de hechos y personajes a los que se les rinde pleitesía una vez al año. Ese proceder nos roba lo mejor de la efeméride patria santeña; la expresión de su contemporaneidad, ese necesario balance entre razón y sentimiento, desarrollo social y crecimiento económico.
Desde tal postura nada se quiere argumentar sobre la depredación ambiental y cultural que vive la zona que catapultó la independencia de Panamá de España. Porque, en verdad, algunos desean que el istmeño viva en la eterna borrachera de acordeones y bebidas embriagantes, mientras otros gozan las mieles de quienes lucharon para que fuéramos libres.
Y como soy un hombre librepensador y de fe, este año otra vez acudiré a escuchar la disertación gubernamental en la villa de Francisco Gutiérrez, en el antiguo Curato de Los Santos.  Y ojalá la misma no sea otro discurso contra Rufina, sino a favor de ella y los panameños del Siglo XXI.
......mpr...