sábado, 18 de noviembre de 2017

TEORÍA DEL SANTEÑISMO (Origen, evolución y desafíos)




¿Qué es el santeñismo y cuáles son los resortes históricos y socioculturales que le sustentan? Tal es el objetivo central de estas meditaciones que aspiran a escudriñar su razón de ser. Acometemos este desafío en época preñada de intensos cambios sociales y culturales; transformaciones que parecen hacer añicos la existencia de la sociedad y cultura que floreció en la península de Azuero, retazo de patria ubicado al oeste de la ciudad de Panamá.
La cogitación se produce en tiempo de globalización económica, social, política y cultural. La tesis subyacente plantea que la identidad nacional y regional se constituye en importante valladar para contener los aspectos negativos que la coyuntura histórica de mundialización implica. Volver sobre nuestros orígenes podría contribuir a que las patologías sociales -expresadas en anomias colectivas- tengan consecuencias menos traumáticas.
Conocer parte del Panamá interiorano, como en el caso de la peninsular región santeña, bien puede constituirse en muestrario de lo que acontece con otros grupos humanos que pueblan el país multiétnico de Panamá.[1] En efecto, luego de las descripciones cargadas de ruralidad que predominaron hasta los años sesenta de la pasada centuria, se impone escudriñar los orígenes de tal realidad, pero ahora en el marco de nuevos cambios sociales y culturales.

1. EL MARCO SOCIOCULTURAL.

Durante los años cuarenta de la pasada centuria floreció en el país la reflexión sobre el sentido de la panameñidad.[2] Surgió cuando la república vivía la influencia de diversas corrientes ideológicas, el mercado interno estaba en expansión y grandes masas de campesinos migraban hacia centros urbanos y áreas boscosas. Es decir, durante tales calendas la herencia de la Colonia se ve remecida por innovaciones sociales, culturales y económicas que incrementan la desnaturalización de las esencias nacionales. Los cambios provienen de la ciudad canalera, así como de factores exógenos, pero al mismo tiempo desde las provincias interioranas se erosionan los controles del Panamá transitista y el interior comienza a recorrer su propio derrotero. Estamos ante los primeros amagos de modernidad nacional, al tiempo que un baño de orejanidad amenaza con tomarse la ciudad.
En América Latina es tiempo de rumba cubana, pasillos ecuatorianos, bambucos del altiplano bogotano y cumbia costeña. Vivimos el eco sonoro de los mariachis mexicanos, la cueca chilena siembra en las conciencias del país sureño el sentido de identidad, al mismo tiempo que en Panamá los tamboritos y los festivales folclóricos pululan por doquier. Hay una búsqueda de lo que fuimos, valoración de la herencia que nos permitiera asomar el rostro sin sentirnos amilanados. Ya en el siglo XIX José Martí había escrito sobre Nuestra América, porque en el plano político las sociedades aspiraban a otro mundo, democrático y equitativo.[3] Y es que tal concepción se vino forjando lentamente, superando estructuras añejas del mundo rural que antaño era regido por la tierra, las ideas religiosas y la burocracia calcada al estilo de la Madre Patria, siempre distante y peninsular.

2. GENESIS DEL FENÓMENO.

En efecto, el Panamá colombiano y republicano intenta ser distinto a la Colonia, porque acá también se vive el influjo de las nuevas ideas que hablan de libertad, igualdad y fraternidad. La historia, la geografía y los intereses imperiales van forjando dos identidades: la transitista y la orejana; vale decir, la ruta del mundo y los núcleos humanos que moran allende la vía de comunicación interoceánica. Ambas dialécticamente vinculadas, aunque con especificidades idiosincráticas.
En cambio, a 40 leguas de la ciudad de Panamá, se teje otro mundo: la cultura del mestizaje que ha evolucionado en cuatrocientos años de historia, porque ya existe una sociedad con identidad propia. La que podríamos denominar nación orejana tiene el rostro que le distingue, porque el mismo se concretiza hacia finales del siglo XVII y principios del XVIII.[4] Tan es así, que un siglo después el grupo hegemónico peninsular osa constituirse en organismo político, al proclamar en el Grito Santeño la separación de la metrópoli española.[5]
Sin embargo, en la segunda mitad del siglo XIX y primera del XX, surgen nuevos desafíos para el grupo humano que ha poblado la península de Azuero. A saber, el influjo de la economía radicada en la zona de tránsito, el arribo de nuevos inmigrantes (asiáticos, españoles de nueva data, italianos, alemanes, hebreos, etc.) y la presencia de los medios de comunicación y de transporte (telégrafo, autos, prensa, carreteras, radio y televisión, etc.); sin olvidar el rol de los centros educativos en las tres modalidades de enseñanza.
Nueva época y nuevos tiempos, porque la vigésima centuria produjo más cambios sociales y culturales que los registrados desde la llegada de los españoles. En efecto, las transformaciones han puesto sobre el tapete la suerte del grupo humano hispano-negro-indígena que asume como propia la forma de vida definida como santeñismo.

3. ¿QUÉ ES EL SANTEÑISMO?

En otro momento del cogitar sobre la zona del Canajagua he sugerido la existencia de la nación orejana. He planteado que lo es, en tanto posee un grupo humano con conciencia de sí mismo, historia, cultura y geografía. No hago referencia a expresiones políticas, ni esbozo ninguna autarquía económica ni cosa que se le parezca; y me alejo, también, de trasnochadas cosmovisiones regionalistas, aldeanas y etnocéntricas.
Lo cierto es que el santeñismo se ha venido decantando en quinientos años de historia. Tiene su génesis hacia el Siglo XVI y logra su punto de arranque con la fundación de la Villa de Los Santos el 1 de noviembre de 1569.  A partir de allí se va estructurando como un amasijo de cultura hispánica, indígena y negroide que se expresa -como ya indicamos- hacia finales del Siglo XVII e inicios del XVIII. Importa subrayar en este punto, la hegemonía cultural hispánica que le sirve de soporte, así como de cuesco para el surgimiento del hombre mestizo que recrea una formación social con profundos rasgos campesinos.[6]
El santeñismo es, inicialmente, ruralidad pura; porque hasta inicios del siglo XX los vínculos con el resto del mundo aún son escasos, sólo interrumpidos por nexos mediante transporte de barcos, ocasionales visitas de extranjeros y un mundo en donde el caballo fue por 400 años el medio de transporte por antonomasia. Ese aislamiento relativo permitió que se cimentaran los rasgos socioculturales que lo son propios y que aquí tratamos de identificar.
El santeño creció en un mundo más rural que urbano. Y para él la ciudad siempre fue un sitio de trámite, el lugar para resolver transitoriamente una necesidad perentoria. Llama la atención que para el orejano el catolicismo como doctrina religiosa nunca ha sido un conjunto de ideas que se profesan a conciencia, porque el templo siempre estuvo en “el pueblo”, es decir, en ese lugar del caserío, periférico al campesinado, al que se acude para conmemorar la eucaristía dominical y el adiós postrero. Y aún en este último sentido, a lo largo de la Colonia, las crónicas de las visitas de los obispos dejan constancia de orejanos que moran en los campos, alejados de los santos sacramentos y la vida urbana.[7]
Vital resulta tomar en consideración otro elemento central de su personalidad colectiva, me refiero a la posesión de la tierra, factor económico que antaño era de uso comunal, pero que evoluciona hacia un tipo de estructura agraria con tenencia minifundista. El rasgo adquiere relevancia, más allá de su concreción física, porque los nexos con ella son la base sobre la que se edifican las expresiones culturales, así como la conciencia de sí mismo. Esa posesión del minifundio o parvifundio crea un sentido de identidad que subyace en su rica y variada etnicidad. El folclor santeño es en gran parte la consecuencia de tal estructura socioeconómica.
En una sociedad de tal jaez, ha obrado sobre ella la argamasa del catolicismo. Porque no cabe duda de que, hasta mediados del siglo XX, la religión católica ha sido factor dominante en la cosmovisión comarcal, al punto que podemos atribuir a ella parte de los rasgos del conservadurismo que parece distinguir al habitante peninsular. Por eso las festividades religiosas, como las procesiones, rogativas y eucaristías, continúan siendo parte fundamental del quehacer comunitario. En efecto, aún hoy, la concepción escatológica muestra las huellas de una visión hebrea de la vida y de la muerte.
El santeñismo es una mezcla de culturas que se acrisolan para mostrar el rostro de la orejanidad. Porque al par que el ser vive con el temor de Dios, demuestra predilección desmesurada por el uso del tiempo libre, del ocio, del quehacer lúdico. En particular tal postura es evidente en las celebraciones de las fiestas -de toros, carnavales, violines y acordeones- a las que dedica tiempo y recursos. Ya veremos cómo este elemento de la personalidad colectiva da cuenta de un hedonismo que se constituye en elemento perturbador de sus logros socioculturales.
Los vínculos que establece con la tierra, en tanto agricultor y ganadero alejado de la burocracia transitista, crea un ser independiente que hace gala de una ética laborar que mira con desdén la práctica de la denigrante molicie. Así vemos también el surgimiento de una mujer espartana, responsable de la socialización de los niños y ecónoma del hogar.[8] Desde esta misma perspectiva hay que comprender los rasgos supuestamente machistas del orejano, así como el surgimiento de la práctica de la guapería como fenómeno sociológico y psicológico.[9]
Este mismo enfoque analítico nos permite adentrarnos a otra dimensión importante de su mundo interior. En efecto, la soledad del campo induce en el santeño la introspección, la sobrevaloración de la tierra y un espíritu altamente sensible a ella; porque el minifundio, además de ser el crisol de su rico folclor, genera un apego a lo suyo que se traduce en danzas, cantos y literatura regional e incluso en valoraciones ornitológicas.[10]
El siglo XX fue fundamental para su cosmovisión, ya que la ruptura o quiebra de ese élan vital recrea las añoranzas y pone en evidencia las secuelas sobre su alma campesina. Hay un retorno a un mundo mítico que en el plano psicológico se experimenta como cabanga, melancolía y agridulce sensación de pesar individual y colectivo.[11] En efecto, la cabanga es lo que mora detrás de gran parte de la literatura ruralista del siglo XX. Por tal razón es viable plantear la existencia de la neocabanga del último tercio del siglo vigésimo y comienzos del XXI. Ésta última también es producto de las migraciones hacia otras latitudes nacionales, lo que promueve la nostalgia del terruño que se transmuta en danzas, poesías, música, décimas y otras expresiones características de la cultura santeña.
Las figuras cimeras de este período histórico son -qué duda cabe- los doctores Belisario Porras Barahona y Manuel Fernando de Las Mercedes Zárate. El primero como político y hombre polifacético y, el segundo, como investigador de las manifestaciones folclóricas y creador del icónico Festival Nacional de La Mejorana. Porras Barahona sienta las bases del estudio de la cultura regional -postura que abandona por sus quehaceres políticos-, al mismo tiempo que Zárate las retoma medio siglo después de que el tableño escribiera El Orejano, extraordinario alegato en defensa del hombre interiorano.[12]

4. ENTRE GUARAPO Y HAMBURGUESA

Ya hemos planteado que la cultura santeña se mantuvo incólume por mucho tiempo, en particular mientras los lazos con la zona de tránsito no fueron tan estrechos. Sin embargo, la inflexión se produce con mayor ímpeto a mediados del siglo XX, al ampliarse el mercado interno y entrar en mayores contactos con nuevos influjos culturales. El doctor Manuel Fernando Zárate advertía en los años sesenta el problema de la adulteración del folclor, mucho antes que la categoría analítica de penetración cultural se convirtiera en herramienta conceptual de investigación.[13]
Podemos afirmar que el contemporáneo mundo santeño vive el influjo y consecuencia de la desestructuración, del desmontaje de la cultura y sociedad campesina. En verdad nunca hubo planificación del desarrollo regional porque para los factores de poder transitistas las actividades agropecuarias no formaban parte de sus intereses mercuriales. Desde el siglo XX la sociedad santeña de alguna manera ha vivido casi a la deriva y eso es evidente en el plano económico y cultural.
Ante la inevitabilidad de los cambios sociales y culturales, la sociedad santeña ha adoptado la postura del erizo, se ha replegado sobre su rico folclor como mecanismo de defensa colectivo. Sin embargo, la racionalidad del sistema asume otros planes y el reducto folclórico regional termina manipulado por intereses empresariales que convierten en mercancía la extraordinaria riqueza cultural de la zona. Ello es evidente en los cambios que ha experimentado el carnaval, el canto de décimas, el paso de la música de violines a acordeones, la suerte de las matanzas, el problema de los reinados, los cambios en el vestuario (pollera y camisilla, por ejemplo), la profusión de jorones y cantinas, para indicar algunos aspectos de tal calvario cultural.
El santeñismo vive ahora su mayor desafío regional porque los factores endógenos y exógenos se han conjugado para erosionar su fortaleza social, cultural y política. Esto de suyo preocupante porque las instituciones llamadas a fortalecer la identidad cultural (centros educativos y demás) no están asumiendo su papel social.
La zona experimenta la destrucción acelerada de los íconos sociales que fueron el norte de generaciones previas. Por ejemplo, hombres como los doctores Belisario Porras Barahona y Manuel Fernando Zárate apenas si son conocidos por las nuevas generaciones, las que disfrutan más los teléfonos inteligentes que Trozos de vida y La décima y la copla en Panamá.
La adulteración y comercialización del folclor ha creado una cultura de jorones, acordeones, cantinas y festivales de la intrascendencia que están destruyendo la cultura de la orejanidad.[14] Un mundo basado en la fiesta, en la jarana, ha suplantando la ética laboral y el legado de 500 años de historia. Porque no se trata de negar los cambios y la evolución social, sino del hecho evidente que ahora se carece de los valores que cimentaron la sociedad. Los elementos estructurales (tierra, trabajo, etc.) con sus íconos que la aglutinan (Canajagua, Porras, Santa Librada, vestimentas, etc.) han sido convertidos en pretextos para estimular el hedonismo colectivo.[15]

5. RETOMANDO EL RUMBO

Este apartado temático nos plantea el mayor reto que enfrenta el santeñismo como expresión regional de la nacionalidad panameña. A saber, el asumir la postura que le permita afrontar la desnaturalización cultural que aquí se plantea. Porque la disyuntiva tiene que ser asumida no sólo comprendiendo lo que acontece, sino sugiriendo alternativas que conduzcan a la solución del desafío cultural.
El problema de índole sociológico hay que abordarlo desde dos vertientes: una de tipo estructural y otra de índole coyuntural. En el primero de los casos afrontamos las causas reales, las que subyacen en la base de la sociedad y que tienen que ver con los fundamentos de la misma. Mientras que los aspectos coyunturales recogen manifestaciones que inicialmente pudieran ser vistas como causales, siendo en el fondo consecuencias de tales cambios sociales. Nos centraremos en la primera de tales vertientes, ya que la otra expresa epifenómenos del tópico.
Ya la plantamos con anterioridad, pero la pena enfatizar que en el caso santeño, y en general en toda la zona peninsular, el uso de la tierra se constituye en el elemento estructural fundamental. Y es precisamente tal factor el que ha evolucionado hacia estadios de concentración de la tenencia de la tierra, lo que implica la destrucción del soporte material del santeñismo. Incluso la creación de la actual cultura ambiental -caracterizada por la depredación- ha obrado en su perjuicio colectivo, al destruir el rico patrimonio natural y promover una estructura agraria de depredación, expulsión y migración.[16]
El poseer un pedacito de tierra siempre estuvo ligado a la valoración de la identidad; porque no se trata únicamente de la tierra, sino de los que el ser peninsular considera lo mío y que, en consecuencia, también comprende la música, danzas, gastronomía, etc. Otra vez la nueva apertura regional, como en la centuria precedente, obra en sentido contrario al esperado. La minería, por ejemplo, ha creado el mayor latifundio en 500 años de historia, mientras el turismo desbocado se apodera de las zonas costeras. La destrucción de las formas de posesión de la tierra ha trastocado la base del sano etnocentrismo regional, situación a la que se suma una integración carente de políticas estatales que den cuenta de la planificación del desarrollo zonal.
Ante los hechos, la sociedad y la cultura santeña asumen la postura del erizo, se repliega sobre los retazos de identidad que aún le quedan, porque los liderazgos de las instituciones llamadas a preservarlas han perdido su norte. Tales los casos de los centros de enseñanza, clubes sociales y medios de comunicación; quienes se han sumado al holgorio colectivo cual si se tratase de empresarios de fiestas que necesitan pagar su peón y promover el verso de la botella, que ahora llaman de la amistad.[17]
El santeñismo necesita rescatar los centros de enseñanza y promover en éstos la valoración de la auténtica cultura regional, así como el fortalecimiento de los valores socioculturales e históricos; tanto como limitar el abuso de los bailes de acordeones, festividades que se alejan del arquetipo musical de los fundadores del siglo XX y que han promovido la cultura del jorón y los jardines; así como, de paso, el consumo de bebidas embriagantes que están destruyendo la sana convivencia y la economía familiar.[18]
Lo alienación, que puede constatarse en la conducta de las nuevas generaciones, demuestra la urgencia de tal proceder. En la zona comienza a aparecer un hombre desarraigado que no logra encontrar en su propia sociedad y cultura los elementos que le definan. A contrario de lo planteado, hay que promover un ser que, sin negarse a ser ciudadano del mundo, pueda valorar su entorno y reconocer en éste los factores que debilitan su calidad de vida.
En el fondo de la problemática subyace la ausencia de políticas estatales que tengan por norte la valoración de la cultura regional y nacional. El rescate de los rasgos fundamentales que definen la personalidad colectiva se constituye en tarea que no puede ser postergada, porque lo que está en juego no sólo es la identidad social, sino su propia sanidad mental.
El santeñismo como doctrina no busca ser excluyente ni constituirse en paradigma nacional, reconoce el aporte de otros grupos humanos del istmo, pero reclama para sí el derecho a existir como argamasa cultural que ocupa un espacio histórico en la nación multiétnica nacional.
  
BIBLIOGRAFÍA
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Velarde Batista, Oscar. LAS TABLAS DURANTE EL PRIMER CUARTO DEL SIGLO XX. Panamá: Punto Gráfico S.A., 2007, 288 págs.












[1] Sobre el tema consultar: Leis, Raúl. ESTE PAÍS UN CANAL: ENCUENTRO DE CULTURAS. Raúl Leis y otros. Editora Ileana Gólcher. Panamá: Ceaspa, Naciones Unidas, 1999, 212 páginas.
[2] García, Isaías. NATURALEZA Y FORMA DE LO PANAMEÑO. Panamá: Imprenta Nacional, 1956, 159 págs.
[3] Martí, José. PÁGINAS ESCOGIDAS. III edición de la Colección Austral, Madrid: Espasa Calpe S.A., 1971, págs.  117-124
[4] Pinzón Rodríguez, Milcíades. “La nación orejana y el 10 de noviembre”; en ÁGORA Y TOTUMA (Hoja de comentarios) # 252, Año17, 8/XXI, 2008.
[5] Pinzón Rodríguez, Milcíades. VILLA DE LOS SANTOS: TAÑER DE CAMPANAS LIBERTARIAS. Chitré: Impresora Crisol S.A., 70 págs.
[6][6] Pinzón Rodríguez, Milcíades. EL HOMBRE Y LA CULTURA DE AZUERO. Chitré: Impresora Crisol S.A., 1990, 448 págs.
[7] Veamos la colorida y, quizás, exagerada descripción del 16 de abril de 1691. El Obispo de Panamá (Don Diego Ladrón de Guevara) en carta al Rey se refiere a la dispersión rural santeña y la pobreza del hombre que habita la región. Lo hace a pocos años después de la toma de la Ciudad de Panamá por el pirata Morgan (1671) y del ataque a la Villa de Los Santos del pirata Townley (1686). Anota el obispo: “…en la Villa de Los Santos de la Alcaldía Mayor de esta Provincia de Panamá, donde viven muchas familias de españoles derramados por los campos, en una chozuela de paja (que llaman bohíos), desnudos, sin camas, ni más comida que plátanos verdes que le sirven de pan, unas malas cecinas de vaca, y la lecha que sacan de ellas por estar ociosos huyendo del trabajo. Con lo cual y por las distancias en que se hallan dejan de oír misa los días festivos, se están sin Doctrina Cristiana, y mueren sin sacramentos, en especial los inviernos que son invadeables los ríos”.

[8] Pinzón Rodríguez, Milcíades. “La mujer en la cultura de Azuero”; en REVISTA CULTURAL LOTERÍA # 453, Edición de la Lotería Nacional de Beneficencia, Panamá: Editora Sibauste S.A., págs. 23-32.
[9] Pinzón Rodríguez, Milcíades. “Guapería”; en ÁGORA Y TOTUMA (Hoja de comentarios) #129, Año 8, 15/III/1999. De la misma manera: “Guapería y derecho”; en ÁGORA Y TOTUMA (Hoja de comentarios) # 200, Año 13, 18/XI/2004
[10] Pinzón Rodríguez, Milcíades. “El canto de la cascá”; en ÁGORA Y TOTUMA (Hoja de comentarios) # 189, Año 13, 30/IV/2004.
[11] Pinzón Rodríguez, Milcíades. “Cabanga santeña”; en ÁGORA Y TOTUMA (Hoja de comentarios) # 296, Año 20, 20/XI/2012.
[12] Porras Barahona, Belisario. EL OREJANO. Edición del Centro Regional Universitario de Azuero. Chitré: Impresora Crisol S.A., 1982, 19 págs.
[13] Ver la REVISTA CULTURAL DEL CÍRCULO DE ESCRITORES DE AZUERO. Vol. 1, #1, septiembre-diciembre de 1999, 139 páginas.
[14] Pinzón Rodríguez, Milcíades. “Adulteración y comercialización del folclor”; en REVISTA IMAGEN #6, Panamá: Imprenta Universitaria, 1985, págs., 107-112.
[15] Para una visión globalizada de lo que acontece es escenarios más amplios ver: Rojas, Enrique. EL HOMBRE LIGHT (Una vida sin valores). España: Ediciones Temas de Hoy S.A., 1998, 181 págs.
[16] Heckadon Moreno, Stanley. CUANDO SE ACABAN LOS MONTES. Los campesinos santeños y la colonización de Tonosí. Panamá: Eupan, 2006, 252 págs. Ver, del autor: “La cultura del potrero”; en ÁGORA Y TOTUMA. Hoja de comentarios. # 319, Año 22, 5/II/2016. Además, “Ambiente y crisis sistémica”; en ÁGORA Y TOTUMA Hoja de comentarios # 311, Año 21, 21/X/2014
[17] Las expresiones son un claro ejemplo de la manipulación comercial que se ha promovido en la región bajo el falso ropaje de hecho vernáculo, cuando realmente no es otra cosa que folclor adulterado.
[18] Pinzón Rodríguez, Milcíades. “La cultura del jardín y los jorones”; en ÁGORA Y TOTUMA (Hoja de comentarios) # 266, Año 18, 1/XII/2009. 

martes, 24 de octubre de 2017

EL LEGADO DE JUSTO AROSEMENA QUESADA Y FRANCISCO CÉSPEDES ALEMÁN



Don Justo Arosemena Quesada

Don Francisco Céspedes Alemán

1. La actual coyuntura histórica es propicia para hacer alusión a dos grandes hombres nacidos en la República de Panamá; ahora que vemos cómo se diluye, entre la intrascendente y banal política criolla, la suerte de la nación. Todo acontece en el mismo istmo que partió la masa oceánica en dos y ha sido joya codiciada por potencias económicas y políticas de antaño y hogaño. Es decir, en la importante zona canalera del comercio y las comunicaciones del mundo globalizado. Porque el nuestro siempre ha sido un país tempranamente mundializado, cuyo aparente destino transitista no pocas veces le impide mirar hacia adentro, auscultar las oquedades, apreciar el mundo interno que constituya la nación y valorar los prohombres que con su quehacer han dado vida a la panameñidad.
Debo afirmar que a lo largo de nuestra historia nunca han faltado panameños luminosos, seres que cargan en sus motetes existenciales algún proyecto de vida, el que no solo es individual, sino colectivo. Personajes que dejan huella y su legado trasciende la desaparición física, porque la desbordan en misión y visión. Tales los casos de don Justo Arosemena Quesada y Francisco Céspedes Alemán, de cuyas vidas me ocuparé en las reflexiones que recojo en estas cuartillas.
Hay que recordar que en el presente año se cumple el bicentenario del natalicio de don Justo, teórico de la nacionalidad istmeña, así como veinte años de la desaparición física de don Francisco; pedagogo tableño cuyo legado ha de ser justipreciado por los defensores del Panamá que huele a marismas canaleras, pero también por el país que mora en las cordilleras y las calcinadas sabanas antropógenas.

2. Don Justo Arosemena Quesada (1817-1896)

El hijo de Mariano Arosemena y Dolores de Quesada nació en la ciudad de Panamá el 9 de agosto de 1817. Doctor en Derecho por la Universidad de Magdalena y del Istmo, ocupó relevantes cargos del Panamá decimonónico, desde diputado ante la Cámara Provincial de Panamá (1850-1851) hasta Gobernador del Estado de Panamá (1855), presidente de la Convención Nacional de Río Negro (1863), Senador al Congreso de Colombia (1865), diplomático en Gran Bretaña, Estados Unidos de Norteamérica y Francia, así como abogado consultor de la Compañía del Ferrocarril de Panamá (1880). Fallece el ilustre patricio en la ciudad de Colón el 23 de febrero de 1896.
El doctor Arosemena Quesada es un atípico istmeño del siglo XIX, porque, en verdad, durante tales calendas no abundan connacionales que escalen tan altas cumbres del pensamiento. Incluso en el seno de su propia clase social, se mora hasta cierto punto aislado de los grandes debates teóricos que se cuecen en Europa y en la capital que se asienta en las riberas del Potomac. En cambio, la ciudad de Panamá es aún rural, hasta cierto punto pedestre, y subsiste todavía bajo el pesado fardo de la herencia colonial.
La producción bibliográfica de don Justo rebasa con creces las expectativas intelectuales de su entorno. A la edad de 23 años publica Apuntamientos para la introducción a las ciencias morales y políticas” (1840). A partir de allí vemos aparecer otros títulos, tales como: Examen sobre la franca comunicación entre los océanos (1846), Principios de moral política (1849), El Estado Federal de Panamá (1855), Código de moral fundada en la naturaleza del hombre (1860), Estudio sobre una idea de una liga americana (1864), Constituciones políticas de América Meridional (1870) y La institución del matrimonio en Reino Unido (1879). Conocemos, también, de la existencia de extraviado tomo dedicado a la sociología, disciplina de la que es zapador y exponente del positivismo americano.
El pensamiento de don Justo forma parte de lo más representativo de la inteligencia americana, baste decir que José Martí, el apóstol de la independencia cubana y autor de Ismaelillo  (texto rebosante de ternura, que no sé por qué me recuerda a Juan Ramón Jiménez en Platero y yo). De forma categórica afirmó el escritor cubano: “Hay que leer a Hostos y Arosemena”. Martí hacía alusión al panameño, pero también a Eugenio María de Hostos (1839-1903), filósofo, sociólogo y educador puertorriqueño.
A propósito del caribeño, Arosemena también es teórico de Nuestra América. De ideas liberales, aunque de un liberalismo lúcido y punzante que atalaya desde nuestras tierras las intenciones de imperios europeos y de la naciente hegemonía estadounidense. Ya sabía el panameño que el águila norteña aspiraba a someter a los inexpertos cóndores al sur del río Bravo. En este sentido el pensamiento de Arosemena se torna tempranamente antiimperialista, así como heredero del bolivarismo, del que mucho se habla y poco se emula. Y ya sabemos que los temores de Arosemena Quesada se convirtieron en cruda realidad.
El hombre que es arquetipo del abogado nacional va forjando, a través de sus escritos, una teoría de la nacionalidad que plantea autonomía ístmica y federalismo. Leer El Estado federal de Panamá es la concreción de esa visión, porque en el fondo constituye apología istmeña, conciencia de un mundo distinto al colombiano. La perspectiva histórica, geográfica, política y sociológica de don Justo se anticipa en casi media centuria a los sucesos de 1903.
Arosemena es un típico hombre del siglo XIX, época de influjo político de la Revolución Francesa, desarrollo científico, industrialización y fe ciega en el progreso como destino del hombre. Muy a tono con las corrientes del utilitarismo de Jeremías Bentham (1748-1832) y el positivismo de Augusto Comte (1798-1857), encontramos a un panameño cogitando desde las faldas del cerro Ancón y sito en la zona del intramuros citadino. Sí, habla bien alto de don Justo que éste postulara desde el Istmo la misma tesis filosófica de Augusto Comte, es decir, del positivismo, sin haber leído, quizás, al genio francés.
Multifacético es el trajinar intelectual del panameño que además de experto en derecho, ciencia política y diplomacia, también se desempaña como periodista y aún saca tiempo para realizar labores docentes y opinar sobre la educación de su tiempo. Fue periodista en Perú, en la tierra que vio nacer al Amauta (José Carlos Mariátegui), nación en la que quedaron plasmadas sus reflexiones en periódicos como El Tiempo y El Peruano.
Talvez  uno de las facetas menos comentados de don Justo sea su labor educativa. Fue catedrático en el Colegio del Istmo, considerada de las primeras instituciones educativas del istmeño siglo XIX. La labor docente la ejerce hasta el año 1842 cuando se ve precisado a abandonar Panamá y refugiarse en Perú, como ya hemos indicado.
A propósito de la educación, en su época reivindicaba y daba prioridad a las escuelas primarias, antes que a las llamadas escuelas dominicales para adultos; porque, decía, que en aquéllas están las generaciones constituidas “por el tierno vástago que puede cultivarse a nuestro placer y en que puede y debe fundarse la esperanza de la patria”.  Y en ese mismo texto de la década del cuarenta del siglo XIX, denominado “Escuelas primarias: verdadero germen de la instrucción de las masas”, lanza una frase lapidaria sobre la influencia del carácter del panameño en la educación andragógica. Le cito: “Entre nosotros la causa de la ignorancia es la desidia, y ésta no se cura con escuelas. Así el hombre que a nadie tiene que dar cuenta de su conducta, prefiere pasear o embriagarse el día festivo, a sujetarse a unas lecciones que deben serle muy penosas”.
Si bien el doctor Arosemena no es un pedagogo, en el sentido actual del vocablo, no cabe duda de que su vida estuvo signada por su vocación de enseñanza, porque no otra cosa son sus textos, las herramientas a través de las cuales plasma su visión de mundo. En efecto, él imparte clases y de la mejor manera, permitiendo que el lector revise el texto las veces que estime conveniente, dejando para la posteridad el retrato escrito del mundo que lo tocó vivir. Ese mundo istmeño en el que impulsa el rol de las bibliotecas públicas, una de las cuales contribuye a fundar.
El doctor Justo Arosemena Quesada ha legado no solo el ejemplo de vida, la muestra palpable del amor a la tierra que le vio nacer, sino una copiosa producción que refleja la existencia de un cerebro cultivado y comprometido con su época y su gente.

3. Francisco Céspedes Alemán (1906-1997)

El santeño nace en la ciudad de Las Tablas el 2 de enero de 1906, una década después del fallecimiento de don Justo Arosemena Quesada. Crece en el ambiente propio de la época, en un poblado con muchas carencias, pero grandes valores. En este sentido Céspedes es un típico campesino santeño que desde su infancia se asoma a un mundo lleno de ruralidad, con algunos ecos de la apartada ciudad a la que llaman Panamá; pequeña urbe istmeña que para la mayoría de los paisanos parecía distante, urbana e inalcanzable.
El hijo de doña Estefana Alemán Espino y Daniel Céspedes García realiza los estudios primarios en su pueblo natal. En el año 1924 se titula de maestro en el Instituto Nacional. Tuvo sus primeras experiencias docentes en los poblados de Guararé y Las Tablas, para emprender luego una labor docente que perfecciona en la Universidad de Columbia, Estados Unidos de Norteamérica.
En el ramo de la instrucción el tableño inicia desde la base del sistema educativo, para pasar a ocupar posiciones en colegios secundarios e impartir cátedra en la Universidad de Panamá. Baste indicar que fue fundador de la Escuela de Educación de la Casa de Méndez Pereira, así como director de la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena, asesor del Ministerio de Educación y presidente de la Comisión Coordinadora de la Educación Nacional.
Con una experiencia como la indicada, don Francisco Céspedes Alemán García Espino está preparado para ocupar otros cargos administrativos. Desde esta perspectiva se comprende que el tableño pase a formar parte de organismos internaciones. Propósito que concretiza al inicio de la década del cuarenta del siglo XX. En efecto, comienza a formar parte de la Organización de Estados Americanos (O.E.A) en temas propios de su especialidad, pero ahora en un marco más amplio y universal. Allí se forma y escribe sobre la educación en América y participa en múltiples eventos académicos.
Céspedes Alemán posee múltiples escritos, pero me referiré a uno en particular, el tomo 4 de la Biblioteca de la Cultura Panameña que ve la luz bajo el título de La Educación en Panamá (Panorama Histórico y Antología). En 470 páginas el lector puede recorrer la historia educativa del Istmo, desde las propias reflexiones del doctor Céspedes, hasta la maravillosa antología que aparece como anexo. Es más, pareciera que el pedagogo tableño sentía que el volumen era una deuda para con el país que le vio nacer y el texto viene a concretizar el anhelo de un hombre de quehaceres más universales.
El doctor Francisco Céspedes fallece en la ciudad de Washington el 19 de octubre de 1997 dejándonos no solo el ejemplo de vida proba, sino el legado de un maestro que supo ser santeño, panameño y americanista.

4. Aporte de dos panameños sobresalientes

Para valorar el legado de los prohombres en mención, debemos comprender que estamos ante dos momentos históricos y un mismo propósito, el de empujar desde el Istmo la redención de la patria. Ninguno de ellos es un político en el sentido tradicional del vocablo, ambos son hombres de letras y con mentes que han degustado lo mejor del pensamiento que les tocó vivir. Ellos no son fogosos oradores que en la tribuna intentan convencer a nadie, al estilo de la contemporaneidad istmeña; al contrario, su púlpito es el libro, la disciplina del pensamiento, la sacralidad de las ideas que pueden ser desmitificadas y vueltas a su transitoria sacralidad.
Los dos pertenecen a lo mejor de sus respectivas generaciones, el primero como teórico de la nacionalidad y, el segundo, como pedagogo que está convencido que las transformaciones sociales vendrán por la redención del alfabeto. En este sentido ambos son típicos liberales de la centuria que transcurre entre 1850 y 1950, herencia de España y Colombia a la que se enfrentó la nueva república canalera.
Desde un punto de vista sociológico, Arosemena es un istmeño del intramuros capitalino y pertenece a la clase social heredera del poder que se asienta en San Felipe. Podemos decir que es un patricio. Por su parte, Céspedes es nativo del Panamá profundo, un hombre de la minúscula ciudad santeña que en la infancia del biografiado apenas si posee caracteres urbanos. Uno es la hechura del transitismo, mientras que el otro encarna al interiorano raizal que con luces propias intuye la existencia de otro mundo por conocer. Mientras Céspedes tiene la fuerza interior del Canajagua, Arosemena otea el mundo desde el cerro Ancón. Desde miradores diferentes tales istmeños empujan la panameñidad y se congratulan de vivir en la tierra que los vio nacer.
Sin coexistir físicamente, porque cuando nace Céspedes ya Arosemena había fallecido, amos son la síntesis de dos mundos diferentes, aunque vinculados, y sin querer nos brindan una lección de convivencia. El único vínculo real de Arosemena con la tierra del tableño aparece cuando suprime la antigua provincia de Azuero, hacia el año 1855, y surge El Estado Federal de Panamá. Es más, son los liberales los que crean la provincia en 1850, en honor al doctor Vicente Azuero y Plata.
Importante resulta comprender, en la evolución del pensamiento de los istmeños en mención, lo que podríamos llamar la quiebra epistemológica del enclaustramiento de sus respetivas clases sociales. En efecto, ellos promueven la ruptura con el tradicionalismo del intramuros y la ruralidad santeña haciendo que el pensamiento adquiera un vuelo hacia temas más ecuménicos; hacia un americanismo liberador que don Justo concibe desde su ética política y ciudadana y que el tableño defiende desde teorías pedagógicas que superan la visión comarcal.
Pensar la nación al estilo de Céspedes y Arosemena, nunca ha sido fácil. Y esa dificultad no estriba en la capacidad intelectual de quien medita, sino en la existencia de una socialización istmeña que fomenta la cultura del zángano, además de cierto fatalismo nacional que nos impulsa a la derrota, sin haber intentado pellizcar lo imposible.
Comencemos por hacerles justicia, recordándoles, pero también emulándolos. En este sentido el doctor Arosemena ha sido más reconocido, porque no pocas instituciones nacionales llevan su nombre.  Creo, al respecto, que es un acto de justicia ponderar también al doctor Céspedes, porque si la provincia santeña ha tenido a Porras, Zárate y González Ruiz, también necesita valorar a Céspedes. Y ha de hacerlo, porque tal reivindicación es un imperativo ético, un deber para con la inteligencia y las generaciones presentes y futuras. Sé que hace un tiempo se sugirió que el campus provincial de la Universidad de Panamá llevase el nombre del egregio personaje, idea luminosa que daría lustre a la Casa de Méndez Pereira y que en algún momento habrá que retomar. Sin embargo, ya sea que sea ese lugar u otro, el sitio debe tener la prestancia suficiente como para llevar el nombre del meritorio hijo de Las Tablas.
En muchos aspectos Panamá es aún un país por conquistar. Arosemena y Céspedes lo piensan en grande, superan enclaustramientos parroquiales y por eso brillan con luz propia. Ellos saben ser ágora, pero también totuma. A lo mejor se les pueden endilgar algunas críticas, malas o bien fundadas, pero nadie mira un cocuyo en una noche estrellada. Por eso y otros motivos, desde este auditorio tableño, saludamos la trayectoria de vida de don Justo Arosemena Quesada y Francisco Céspedes Alemán.

Milcíades Pinzón Rodríguez
19 de octubre de 2017.
Desde las faldas de cerro El Barco, sito en la Villa de Los Santos



lunes, 16 de octubre de 2017

ACTA DE ADHESIÓN DE GUARARÉ A LA SEPARACIÓN DE PANAMÁ DE COLOMBIA



A las 8 y media de la mañana del día 10 de noviembre de mil novecientos tres, en el lugar de costumbre se reunió el Concejo Municipal del Distrito Municipal de Guararé, con asistencia de los Vocales Principales Pío Espino, José M. Saavedra, Cleotildo Estónil, Remigio Córdoba y Venancio Córdoba L. Asistieron al acto el Señor Alcalde Municipal, el señor Juez Municipal, el señor Personero Municipal, el  Venerable Cura Párroco de la Parroquia, el señor Cura Párroco de Las Tablas, el  Presbítero Coadjutor de la Parroquia de Las Tablas, los suplentes del Concejo, Señores Francisco Espino, Eustorgio Monteza y Juan Falconetti, y gran concurrencia de vecinos de este Distrito y de Las Tablas, con el objeto de considerar el acta de independencia del Istmo de Panamá, con que se desliga de la entidad política de la que hasta ahora ha formado parte integrante, llamada República de Colombia. Leída que fue dicha acta y estudiada detenidamente, el Concejo Municipal de este Distrito, de acuerdo con todos los que han concurrido á esta sesión solemne, aprobó por unanimidad de votos esta proposición del señor Alcalde Municipal:
“El Concejo Municipal de Distrito de Guararé
  Se adhiere al movimiento separatista con que se desmembra el Istmo del Panamá del resto de la República de Colombia, movimiento iniciado por el Honorable concejo Municipal de la ciudad de Panamá, lo acepta y lo sostiene en un todo.”
  Aceptada como queda dicha disposición por el Honorable Concejo Municipal de este Distrito, y calurosamente aplaudida por todos los presentes, se procedió á redactar del modo siguiente:

“El Concejo Municipal del Distrito de Guararé,
  Teniendo conocimiento del movimiento habido en Panamá y secundado hasta ahora por varios pueblos del Istmo, por el cual se independiza en absoluto el Istmo de Panamá del Gobierno colombiano,
RESUELVE
  Adherirse al movimiento separatista con que se desmembra el Istmo de Panamá del resto de la República de Colombia, movimiento iniciado por el Honorable Concejo Municipal de la ciudad de Panamá, aceptarlo y sostenerlo con todo.”
  Habiéndose leído esta acta para la mayor inteligencia de ella y no habiendo otro asunto de qué tratar, se aprobó y firmó por todos los concurrentes.
El Presidente, Pío Espino; el Vicepresidente José M. Saavedra; el Vocal Cleotilde Estonil; el Vocal, Remigio Córdoba L.; el Alcalde Simón Arjona L.; el  Juez Pedro D. Medina; el Personero Municipal, Herminio Samaniego; Presbítero Cura Párroco, José Antonio Agreda; Presbítero, Luis Laborde; Presbítero Ubaldino Córdoba L.; L.S. Castillero, Eustorgio Monteza, Francisco Espino, Manuel Falconeti, Laureano García, V., Manuel María Angulo, Roldán Alverola, Ramón Urriola,  Justo P. Espino, José del C. Saavedra,, Luis Durán, Baldomero Castillo, T I Barrero, Reyes Saavedra E., Francisco Castillero, Timoteo Bravo, Ángel Terrientes, Salomé Saavedra, , Diego Anchica, José María Díaz C., Fernando Castillo, Manuel de J. Espino,  Gertrudiz Reluz, Severino Espino, Juan I. Pinzón, José T. Díaz, Eustaquio Iturrado, Prudencio Cárdenas, Remigio Saavedra, José María Saavedra, José María Alvarado, Cecilio García, Lisandro Castillo, Dionisio González, Evaristo Vargas, Simón Vega, Francisco Vega, Matías Antonio Díaz, Santos Vergara, Tomás Díaz, Francisco Díaz, Maximino Espino, Pedro Vargas, Ignacio Aguilar, José M. Vega, Carmen Pérez M., Pedro Vargas, Guillermo Espino, Darío Angulo, Alejandro Castillo, José María Pérez, Damián Vergara, José Antonio Córdoba, Luis Castillo, Félix Vega, Espiritusanto Ovalle, Eduardo Ureña, Manuel Espino, Fermín Espino, Matías Espino, Benito Vergara, Marcos Vergara, Agustín Vergara, Juan Iturrado G., Juan Iturrado H., Julián Córdoba, Andrés Espino, José Simón Espino, Jacinto Espino, José María Soriano,  José Bravo, Ezequiel Espino, Maximino Espino, Margarito Cedeño, Clemente Espino, Francisco Pérez, José del Carmen Pérez, Dámaso Pérez, José E. Saavedra, Daniel Vásquez, Anastasio Castillo, José del C. Pérez, Gerardo Domínguez, Damián García, Lucas Pérez, Leonor B. Beltrán, Damián Iturrado, Concepción Soriano, José María Iturrado, Rito Rodríguez, Pablo Domínguez, Esteban Domínguez, Catalino García, Manuel de León, Eduviges de Lemo, Raimundo de León, Agustín de León, Nieves García, Fidel Vega, Eulalo Espino, Pedro Espino, Agustín Díaz, Francisco Batista, Juan Espino, Bonifacio Vigil, Gerardino Barrio, Manuel Pérez, , Aurelio Espino, Severo Mayorga, Antonio García, Francisco Vergara, Juan Córdoba, Santiago Zarzavilla, Pablo Díaz, Patrocinio Vergara, Lorenzo Vergara, Calixto Saavedra, Cornelio Espino, Juan Antonio Córdoba, Pedro Juárez, José Garrido, Juan Garrido, Dámaso Pérez, Pablo Bustamante, Domingo Pérez, Antigua Cedeño, Santos Bravo, Dolores Espino, Dámaso Espino, Juan Vergara, Jeremías Martínez, Agustín Saavedra, Francisco Bustamante, Tadeo González, Mercedes González, Antonio González, Bernardino González, Casimiro Pérez, José R, Vergara, Antonio Pérez U., José Castillo, Espiritusanto Torres, Lorenzo Ramírez, Esteban Domínguez, Ignacio Domínguez, Francisco González, Gregorio González, Sebastián Salazar, Rosa Salazar, Juan Salazar, Antonio Bravo, Martín Mudarra, Gregorio González, Matilde Torres, Pedro Torres, Sotero Domínguez, Modesto  Domínguez, Gerardino Domínguez, Domingo Díaz, Leonardo Díaz, Pio Quinto Díaz, Isidro Díaz, Lorenzo Garrido, Francisco Garrido, Dámaso Bravo, Pedro García, Simón Bravo, Alejo Díaz, Fernando García, Santos Díaz, Gaspar García, Nicolás García, Candelario García, José de la, a R. Samaniego, Martín Castillero, Leonardo Castillero, Gumersindo Osorio, Encarnación Pedroza, Emilio Saavedra, Silvestre Cedeño, Eulogio Castillero, Lino Castillero, Cecilio Castillero, Emeterio Barahona, Casiano Barahona, Feliciano Castillero, Higinio Barahona, José Barrio, José Pablo Moreno, José Isaac Barahona, Manuel Barahona, Félix Cedeño, Toribio Castillo, Buenaventura Castillero, Cayetano Castillero, Martín Acevedo,  Francisco Acevedo, José de Frías, Bruno Osorio, Justiniano Salazar,  Gerónimo Salazar, Santiago Barrio, Ramón Rodríguez, Antonio González, José María González, Raimundo Córdoba, Pablo Vargas, Juan Vargas, Evaristo Vargas, Lorenzo Domínguez, Nicolás Suárez, Benedicto Ortega, Manuel Reyes, Juan B. Muñoz, Manuel Muñoz, Antonio Arava, Nicomedes Iturrado, José de la J. Ortiz, Clemente Iturrado, Nieves Ortiz, León Ortiz, Ciprián de León, Mateo Díaz Francisco Díaz, Isidro de León, Marcelino de León, Jacinto de León, Juan de León, Mercedes Melo, Matías Barrías, Benigno Castillo, Antonio Domínguez, Pedro Sagasti, Celedonio Velasco, Luis Alonso, Gerónimo Castro, Catalino Castillo, Julián Sáez, Jacinto Muñoz, Benigno Garrido, Ceferino Jaén, Ezequiel Batista, José Vigil, Candelario Falconeti, Manuel Falconeti, Modesto Falconeti, David Iturrado, Dionisio Vega, Manuel Peralta, Casiano Barrio, Bernardo Barrio, Isabel Solís, Jacinto Solís, Emilio Solís, Lino Solís, González, José Mendieta, Nicolás Cárdenas, Santos Cárdenas, Carlos Mudarra, Manuel Sáez, Inocencio Castro, Manuel García,, Alonso Vigil, Marcos Castillo, Gregorio Pimentel, Manuel de J. Sáez, Manuel Acevedo, Narciso Espino, Agapito Espino, José Espino, Isabel Barría, rosa Domínguez, José del Carmen Domínguez, Salvador Díaz, Manuel Saavedra, Manuel Castillero, Jorge Cortés.





[1] Según Gaceta Oficial, Año 1, Serie 1, # 15, Panamá, 25 de enero de 1904. También puede consultar en la dirección electrónica: https://www.gacetaoficial.gob.pa/gacetas/00015a_1904.pdf