jueves 26 de enero de 2012

A JESÚS PLINIO COGLEY Q., EL INTELECTUAL Y EL AMIGO


Debo decir que en múltiples ocasiones arribó a mi casa de la Villa de Los Santos  la figura poceña de Jesús Plinio Cogley Quintero. Entonces charlábamos sobre diversos tópicos, pero invariablemente abordábamos la cuestión cultural del área y algunos otros temas de interés nacional. En otros momentos acudí a su residencia para disfrutar de la brisa fresca de Los Pozos, experimentar allí el calor humano y sentir la hospitalidad de esa comunidad herrerana, joya enclavado sobre el lomo de los cerros.
Así nació una amistad que terminó siendo el producto de compartir proyectos comunes. Una de tales iniciativas fue el Círculo de Escritores de Azuero (CEA), organización surgida a finales del Siglo XX y de la que el herrerano fue miembro fundador. Después supe que Don Plinio había sido Representante de Corregimiento y desempeñada algunos otros cargos dentro del engranaje gubernamental.
Nacido en el año 1940, podría decirse de él que tenía una formación esmerada, ya que había egresado de la Universidad de Panamá con el título de Licenciado en Humanidades con Especialización en Geografía e Historia. Aunque en honor a la verdad, su cultura fue más el producto de las lecturas que se auto asignaba, que de los contenidos programáticas que ronronean por los claustros universitarios. En efecto, el amigo poceño era un intelectual que poseía  la más completa biblioteca de la zona, con ejemplares sobre diversas áreas del saber humano.
Y este es el punto al que quiero llegar, porque Cogley Quintero era un hombre poco común por estas tierras nuestras, tan plagadas de folclor adulterado y de eventos festivos a tutiplén. Fue el autor de gruesos libros que hablan de su verdadera vocación, la de escritor orejano interesado por temas que iban más allá de Divisa, puerta de entrada a nuestra península de emigrantes. Así publicó: EL DINÁMICO E INGENIOSO FELIPE JUAN BUNAU-VARILLA Y EL CANAL POR PANAMÁ (1990, 392 págs.), EL NUEVO ORDEN MUNDIAL (ECONÓMICO-ECOLÓGICO-MILITAR-POLÍTICO (1992, 357 págs.), EL DUO TENEBROSO (PÉREZ-BALLADARES Y CHAPMAN Y SUS MAKABRAS AVENTURAS FINANCIERAS (1999, 175 págs.); texto, el último, que mereció varias ediciones. Finalmente, editó TORRES GEMELAS, ¿QUIÉN ORDENÓ DERRUMBARLAS? (2008, 288 págs.). Además, como admirador de la música del Bárbaro del Ritmo, a éste le tributó un homenaje con su libro ASÍ ERA BENY MORÉ (2001, 101 págs.)
No pretendo ser retórico ni falaz al decir que Jesús Plinio Cogley Quintero fue un azuerense valioso para las letras regionales y nacionales. Porque hay que reconocerle su tesón al atreverse a enfrentar temas de orden nacional y mundial; escribiendo desde la comunidad poceña, alejado de las grandes bibliotecas y de los centros del poder económico y político. Así lo afirmo, porque mientras otros nos empeñamos en investigar sobre nuestra inmediatez geográfica, Cogley Quintero lo hizo sobre los tópicos que arriba he plasmado.
Lo que nunca se le podrá regatear a “Piño” (cariñoso apodo de sus amigos) es que éste profesaba un gran amor a su tierra, idolatría que  le llevó a auscultar más allá del Tijeras y el Canajagua, de cuya cultura fue cimiente y por la que sentía un profundo orgullo de hombre de campo. Por eso el istmeño al que nos referíamos era un hombre que al par que se solazaba con clásicos universales, acudía a las cantaderas y disfrutaba nuestra música de acordeones. Todo ello sin pose de sabihondo y transitando por los caminos de su pueblo como un parroquiano más.
Plinio nos legó, además de sus textos, una vida que hace honor al paradigma que debe ser la norma del santeño y herrerano del Siglo XXI, la certeza vivencial de que nuestra orejanidad no tiene que reñir con el pensamiento universal. Y, en verdad,  en esto medito mientras pergeño esta cuartilla en recuerdo de Jesús Plinio Cogley Quintero: el campesino, el intelectual y el hombre de Los Pozos de Herrera.    
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* Mensaje en nombre y en representación del Círculo de Escritores de Azuero. Panteón de Los Pozos, Provincia de Herrera, el 26 de enero de 2012.

lunes 23 de enero de 2012

EL TRANSPORTE Y LAS COMUNICACIONES




¿Cómo se trasladaban de un lugar a otro los antiguos habitan­tes de Herrera y Los Santos y cómo se han comuni­cado a través del tiempo?. Este es un interrogante al que en un espacio tan reducido sólo podemos responder enfatizando algunos aspectos.
Lo primero que debemos indicar es que al arribar los españo­les a la región era escaso el nivel de desarrollo del trans­porte, y en general de los medios de comunica­ción que poseían los indígenas. Por ejemplo, si hemos de creer a las Crónicas y Relacio­nes de los viajes que nos dejaron los españoles, los tibas o caciques eran traslada­dos de un lugar a otro en hamacas; utilizando para ello una docena de indios robustos que siempre estaban disponi­bles para trasladar al cacique. La hamaca pendía de un palo largo, colocado uno a cada extremo de tan original medio de transporte. Así lo señala la siempre recordada Dra. Reina Torres de Arauz en Natá Prehispánico.
En esas mismas crónicas de la conquista, existen algunas referencias a las canoas, "que son los navíos de los indios", de acuerdo a la expresión de los hispánicos. De modo que podemos convencernos que por aquellas calendas el trans­porte estaba supeditado al uso de la fuerza humana y a las limitadas facilidades fluviales de la zona.
Los medios de comunicación entre los poblados aborígenes no iban más allá del uso de mensajeros que tenían la responsabi­lidad de la fiel reproduc­ción del recado. El medio de locomo­ción dependía del propio hombre, porque hay que recordar que el caballo no fue introduci­do en nuestra región peninsular hasta el siglo XVI, concreta­mente en el año 1516. Demás está decir que la llama, la vicuña y la alpaca eran impro­pias de una región de sabana como la de Azuero.
En este mismo período se destaca el uso bélico de tambores y pífanos (flautas de tono agudo) con las cuales los indíge­nas trataban de infundir temor al enemigo y cohesionar a su grupo. Esta alusión en la Relación de Gaspar de Espinosa es importante porque confirma que los aborígenes aprovecha­ban recursos naturales (caracoles gigantes, por ejemplo) con los que emitían sonidos que de acuerdo con su intensidad y modalidad, representaban códigos sonoros de comunicación. Al respecto, no deja de despertar nuestra curiosidad sólo el pensar en la modalidad de música que pudieron disfrutar nuestros remotos antepasados.
Sin duda en estas lejanas centurias el indígena también debió disponer de alguna red de comunicación terrestre. Me refiero a la existencia de rústicos caminos y veredas que sentaron la base para el intercambio comercial que con posterioridad instauraron los hispánicos; ya que desde tiempos anteriores a los españoles los indígenas de aquellos años habían hecho de la costa su hábitat predilecto. Desafortunadamente son escasas las referencias sobre este tema.
Hay que recodar que desde el siglo XVI el caballo fue el medio de transporte por excelencia. Ese período se extendió hasta mediados del siglo XX; lo que supune una hegemonía de los equinos por un período no menor de cuatrocientos años. En ese importante momento de nuestra historia, tanto el ganado caballar como vacuno, pasaron a tener un significado más trascendente que el de medio de transporte; las vacas y los caballos se constituye­ron en un símbolo de riqueza y prestigio. Generalmente la importancia de las personas se medía, no por los méritos propios, sino por el número de toretes y el tipo de caballos que se lucía en las fiestas taurinas.
Hacia el siglo XIX se inicia la revolución del transporte y las comunicaciones, hecho que tuvo su mayor énfasis en la vigésima centuria. El decimonono fue el siglo de los veleros, los coches tirados por caballos, el telégrafo y la carreta. Los barcos de cabotaje partían de puertos santeños como Búcaro, Mensabé y Guararé o de rías herreranas como la del Piñolarito. Producto de esa época aún resuenan en el oído los románticos nombres de barcos como: La Delia, El Fernando Oller, La Catalina, El Misterio, La Niña, El Canajagua y La Victoria.
Además de los caballos y los barcos, una mención especial ha de hacerse al recordar a la carreta como medio de transporte. Introducida probablemente en la década del ochenta del siglo pasado, ella resume en sí todo el esfuerzo de los hombres que sentaron las bases de la sociedad orejana. La carreta estuvo ligada a la época dorada de los alambiques y al traslado de mercancías de los puertos a las principales poblaciones de Herrera y Los Santos; así como del acarreo de los productos nativos que por la vía marítima llegaban a la zona  de tránsito.
A finales del siglo XIX y principios del XX l se hizo sentir el telégrafo; medio de comunicación que luego fue llevado a primer plano por la administra­ción Porras Barahona. En efecto, con el gobierno del Caudillo Tableño se produce toda una revolución copernicana en los medios de comunicación y transporte regionales; particular­mente con la construcción de carreteras, la principal de las cuales comunica a la región con la capital de la república y saca a la Península del aislamiento relativo que representaron los barcos. Para  el transporte marino el impacto de la vía terrestre fue tan devastador que los motoveleros desaparecieron en los años cuarenta.
Los años veinte también fueron importantes por la introducción de los automóvi­les, la llegada de los primeros aeroplanos y la puesta en circula­ción del periódi­co El Eco Herrerano. Los autos, aviones y la carretera no sólo dieron un golpe de muerte a los barcos, como ya hemos indicado, sino que represen­taron un banderillazo fatal para las carretas. A tal grado que a finales de los años cuarenta el rústico medio de transporte comienza a verse como objeto folklórico en festividades como la del Primer Centenario del Distrito de Chitré (1948) y la celebración del Festival de la Mejorana en Guararé (1949).
 Durante estos años la reverencia que se le tuvo a las carretas se trueca en adoración por los famosos autos "cola de pato" y las camionetas que comunicaban a los pueblos de Azuero con la Ciudad de Panamá. La música típica de acordeones ha sabido recoger esas vivencias en hermosas canciones ("...y la guarareña, ya se va y la chitreana, ya se va..."). Otra interesante faceta en este mundo del transporte, esta vez colectivo, son la conocidas "chivas gallineras", medio que dio paso a los "busitos" y que condujo a las modernas líneas de transporte de rutas, tanto a lo interno de la región como hacia otras zonas del país.
 El transporte aéreo tuvo su época de oro en los años cincuenta y sesenta cuando laboraron líneas aéreas como Transporte Aéreo Santeño (TAS), en la ruta Guararé-Tonosí. Previamente, en el año 1949, también inicia labores, entre Chitré y Panamá, la compañía de transporte aéreo conocida como "Chitreana de Aviación", que fundara Alonso Valderrama.
Medios de comunicación como la radio tuvieron sus antecedentes en los años veinte cuando municipios como el de Las Tablas establecen partidas para instalar antenas que facilitaran la recepción en nuestros poblados. Pero sin duda es en Chitré en donde se establece la primera emisora radial (Radio Provincias) y luego, en la capital santeña, la conocida Ondas del Canajagua.
 En el año 1960 la población se ve conmocionada por la llegada a la zona de los primeros televisores y la reparación de la carretera Divisa-Las Tablas. Un hecho relevante, una década después, lo representa la popularización del teléfono en las residencias, así como en los poblados más apartados.
Un paso trascendental de la época contemporánea lo constituye la incorporación de la región a la red mundial de INTERNET; hecho que se produce gracias a la iniciativa de la Universidad Tecnológica, la Universi­dad Santa María La Antigua y la Universidad de Panamá. Fotocopiadores, computadoras y facsímiles ya son de uso público.
La informática ha tocado a la puerta de la sociedad orejana y el Siglo XXI será testigo de una revolución del transporte y las comunicaciones cuya magnitud,  a inicio del mismo, apenas si podemos avizorar.  
……mpr…
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sábado 7 de enero de 2012

Y LLEGARON LOS GRINGOS


Son las 4:10 de la tarde. Miércoles 30 de enero de 1985. Estoy en Chitré, a 252 kilómetros de la capital de la República de Panamá. Un diminuto  país enclavado  en  el Istmo centroamericano. Así son las cosas. Pongo en marcha mi vehículo y me dirijo a la playa El Agallito. Al momento, recorro la Barriada El Rosario, un producto del flujo migratorio azuerense en su dimensión de emigración interna. A mi derecha, se extienden los potreros donde pastan indiferentes las vacas. A la altura del aeropuerto chitreano se observan en la distancia decenas de toldas militares. Hasta hace poco, estos terrenos eran el área de dormitorio de garzas blancas que, todas las tardes, volaban a posarse en las ramas de los arbustos propios de las albinas chitreanas.
Todavía no me repongo de los cambios que se han operado en los terrenos de los Tello en tan sólo quince días. Mientras cavilo solitariamente sobre estas cosas un soldado rubio me detiene para dar paso expedito a los camiones militares. Espero. Un grueso número de curiosos se arremolinan pegados a las cercas. El aeropuerto chitreano tiene más gente que de costumbre. Dos helicópteros se posan lentamente sobre la pista rodeada de toldas y equipo militar. Al fin entraron los camiones. Avanzo. Tres jovencitas se pasean sonreídas por el camino que conduce a la playa. Visten ropa de verano, se ven hermosas y sus rosados rostros reflejan ingenuidad. Una patrulla de las Fuerzas de Defensa panameña escolta otro grupo de militares norteamericanos. Miro a la distancia un inexistente punto y pienso en Walt Whitman con su barba blanca y larga:
                           "Un niño me dijo: ¿Qué es la hierba?,
                           mostrándome las dos manos llenas.
                           ¿Qué podía yo responder al niño?
                           Yo no sé como él, qué es la hierba".
De las manos cuajadas de rocío de un niño a la torre de comunicaciones militares hay mucha distancia. Más curiosos. Más gringos, más camiones. Gringos rubios y gringos negros. Sí, porque también hay gringos negros. Gringos, gringos, gringos. Esto me recuerda a Korsi en su Visión de Panamá:
                          "Movimiento. Tráfico. Todas las cantinas,
                           todos los borrachos, todos los fox-trots
                           y todas las rumbas y todos los grajos
                           y todos los gringos que nos manda Dios".
Esta  tarde  no  tiene  la  belleza  de  los  atardeceres azuerenses.  Ruido de llantas,  motores y pisadas de botas. Un rollo de alambres de púas están extendiendo a lo lejos. Y entre la polvareda, en la distancia, tímidamente se enarbola nuestra bandera en los azules cielos herreranos. Continúo. Una amiga me saluda desde su vehículo en dirección contraria. Pasa rauda. Me quedo absorto viendo más niños en bicicletas. Juegan alegres pensando en el Hombre Araña o en La Mujer Maravilla. Avanzo. Se divisa en el horizonte la majestuosidad del Océano Pacífico. A mi derecha, una docena de casas me indican que paso por la Barriada La Unión, otra muestra de la marginalidad chitreana. Desde un afiche, a la vera del camino, con cara de preocupación, Torrijos parece mirar el terreno de los Tello. Hoy, sus palabras de años atrás están en la brisa que viene del mar:
"Y porque estamos pactando un tratado de neutralidad que nos coloca bajo el paraguas defensivo del Pentágono, pacto este que, de no administrarse juiciosamente por las futuras generaciones, puede convertirse en instrumento de permanente intervención".
A su lado, un retrato de iguales proporciones muestra a otro General sonriente. Atravieso las albinas. A lo lejos, siempre a lo lejos, se dibuja la silueta de un salinero encorvado sobre sus destajos. Tras sus espaldas un rojo sol agoniza en el horizonte. Llego a mi destino. Las palmearas se mueven inquietas. El mar se ve picado, violento, como si de repente una nube de avispas invisibles le aguijoneara. Algo le molesta. Quizás ésta sea su manera de protestar. Cuando los hombres callan, la  naturaleza habla. No sé. Alguien se acerca y me dice: "¿Se fijó, compa...? Llegaron los gringos". En mi interior una voz repite: "Es cierto, CARAJO... Llegaron los gringos".
.....mpr... 
30/I/1985

miércoles 4 de enero de 2012

ÁRBOL Y HACHA


Golpea el hacha sobre el tronco indefenso y se dobla el viejo árbol con su carga de nidos e insectos. Cae cuan largo es y su vida se extingue entre la polvareda del camino. ¡Qué sólo se quedó el bosque!, íngrimo y pelón bajo el sol calcinante. Murió el árbol y siento que algo de nosotros se perdió entre la hoja chamuscada y el verdor de la sabia derramada.

lunes 19 de diciembre de 2011

LA INVASIÓN EN AZUERO

Hace poco visité la ciudad de Panamá. Por algún recóndito motivo me negaba, quizás inconscientemente, a presenciar lo que quedaba del lugar que Amelia Denis de Icaza dijera que "al pisarlo un extraño se secó". Mientras el "Inazún" recorría el puente de Las Américas, meditaba sobre esa otra parte de Panamá que es Azuero.
Pienso que, como a muchos otros panameños, nos han quedado huellas imborrables de aquel funesto 20 de diciembre. Y es que todos, en una u otra forma, hemos pasado por el trauma de la invasión. Por acá, por este interior de techos de tejas mustias y campanarios blancos, los sucesos no tuvieron el dramatismo de El Chorrillo; no obstante, vivimos hechos denigrantes como los que te voy a relatar.
Fue en uno de esos pueblitos nuestros que duermen su siesta de siglos. En aquella ocasión, después de la invasión, conducía mi vehículo y me disponía a realizar unas visitas. Cerca, a pocos menos de seis kilómetros, divisé un avión gigante, de esos que ya nos estábamos acostumbrando a verlos merodeando por los suelos azuerenses. Reduje la velocidad y pude mirar algunos helicópteros volando en círculo sobre el poblado. Y, entonces, en la entrada del pueblo, decenas de soldados vestidos de verde olivo, rostros pintados y moderno arsenal bélico, se movían con sus ridículos camuflajes por las cunetas de las calles.

En el silencio de ese mediodía nefasto, el pisar insistente de las botas se mezclaba con el sonido de las hojas secas de los árboles de teca. Detuve el auto y por un instante pensé que estaba frente a la pantalla chica viendo Misión del deber (Tour of Duty). No, me equivocaba, estaba en presencia de la versión panameña de "Just Cause". Realmente lo que tenía frente a mí no eran vietnamitas, sino orejanos en masa aplaudiendo el paso de los "triunfadores", de una invasión que en Azuero no tuvo contendores. Recorrí el poblado y presencié el mismo espectáculo denigrante de una nación donde sus hijos aplauden el paso de un ejército que no es el suyo. Esas cosas nunca se olvidarán; como se mantendrá fiel en mi memoria lo que presencié esa noche, aunque con distintos actores.

Todo sucedió frente a un establecimiento comercial donde algunos paisanos, para obsequiar a los insólitos visitantes, compraban cartones de cigarrillos y litros y litros de Coca-Cola. Recordé a la Malinche y a Anayansi. Y allí, ante mis ojos desorbitados, debajo de un frondoso árbol, la gente rodeaba a un gringo, como se observa a un mono en un circo, como podría extrañarse un terrícola frente a un desconocido habitante de un planeta ignoto. Sí, la turba aplaudía el más mínimo gesto del Cantinflas del Tío Sam; porque el increíble gringo no era otra cosa que un enajenado puertorriqueño; es decir, un latinoamericano enviado a matar a sus hermanos.
Vi a gente de todo tipo: educadores, agricultores, amas de casa, niños, jóvenes y ancianos disfrutando de la nueva atracción de nuestro Macondo provincial. Fueron los mismos habitantes que corrieron al estadio distrital para ver bajar y subir helicópteros en una noche con un cielo lleno de estrellas. De todo se presenció; desde las salomas y gritos campesinos, hasta el parroquiano que introdujo su camión de transporte de reses para ver, desde las alturas de la carrocería, la llegada de los dioses que descendían del Olimpo.
Fue un espectáculo digno de la mejor novela de García Márquez. Como en el caso de aquéllos que, en el clímax de la enajenación, izaron la bandera de la barra y las estrellas sobre un árbol cercano al lugar en donde la noche anterior presenciamos las imágenes de realismo mágico que ya te narré. Desde entonces, ocasionalmente, los helicópteros se detenían o daban vueltas sobre la copa del árbol para ver flamear su emblema nacional sobre las áridas tierras de la región más productora de tomate.
Así fueron las cosas sobre nuestros soleados campos azuerenses. Nosotros no tuvimos un Chorrillo, pero sí la certeza de que algunos panameños, de la ciudad o del campo, hace ya largo tiempo fueron invadidos con la más perniciosa de todas las invasiones: la de sus mentes. Hombre y mujeres que se niegan a sí mismos e ingenuamente siguen pensando que hicieron lo correcto. Por eso, una gran tarea se impone para las próximas décadas; a saber, la valoración de nuestra cultura y el fortalecimiento del Estado Nación. Y no se trata de que uno sea antinada, o posea tendencias xenofóbicas. Se trata, simplemente, de que se es panameño. Así de sencillo.
.....mpr...
Enero/1990



lunes 12 de diciembre de 2011

MADROÑO

Madroño en flor. Próximo a El Cruce a Sabanangrande, Los Santos
Su nombre científico es Calycophyllum Candidissimum, pero la gente le conoce como “madroño”. Florece para esta época, en diciembre, y su floración parece anunciar el nacimiento del Redentor y el inicio del próximo año. El árbol se viste de blanco, como si con sus flores pretendiera gritar al mundo: “Miren, aquí estoy. ¿No ves que soy hermoso, no me destruyas”. Y yo le miro en la distancia y curioso me acerco para descubrir a los miles de insectos, en especial, las abejas, que acuden atraídas por un aroma no  muy grato al olfato. Por eso, mientras las gentes pasan raudas y se alejan presurosas de su influjo y de su olor a bosque, me quedo pensando que como él, como el madroño, hace muchos años los hombres tampoco entendimos el mensaje de Aquél que murió en una cruz. Muy pocos vieron una flor en el Nazareno y los más rechazaron su presencia. Sin embargo, pese a todo, el madroño está allí, albo, blanco, anunciando la Navidad y esperando que entendamos el mensaje oculto de su floración.

jueves 8 de diciembre de 2011

¡MÍRALO ANSELMO!



¡Míralo Anselmo!

La gente viene caminando…

Como en procesión, Chemo.

Por las mismas calles

con las mismas casas

y en los mismos sitios.

Otrora llenos de abrojos

ahora de latas.

Y se salta…y se baila…

Y él se esconde en la multitud

…¿No lo ves Chemo?

Está en la cerveza que te llevas a la boca

en el banquillo del baile

en los pliegues del acordeón

y en los palos de torín

…Cuídate Anselmo

que lo tuyo no es folklore.

Que viene la tuna

…y los cohetes, Chemo…y los voladores

y la vida que pasa Anselmo

y no te queda nada

¡Míralo!...Anselmo

 …..mpr…
24/I/1982

ANA CRISTINA


¡Quince años, Ana Cristina!, y los recuerdos que atesoro son los de la niña que con mirada tierna auscultaba mi alma desde unos ojitos azabache que asomaban entre la galluza de una cabellera negra.
Desde entonces he caminado a tu lado viéndote crecer en esta Villa Heroica en la que tus abuelos no disimulan su orgullo de verte convertida en señorita. Hay tanta ternura en la voz de tu abuela Pura cuando te llama, que ello únicamente podría compararse con la delicadeza con la que te cargaba mi madre sobre sus brazos. ¡Y si ella pudiera verte, Ana!.
Creciste. Pasaron los años y el prekínder, la primaria y parte de la secundaria. Desde la calidez de los primeros pasos en los salones de La Espigadilla, hasta la nueva pedagogía del Agustiniano. Y entonces te vi levantándote temprano para estar en la ruta hacia el colegio; siempre con Antonio Miguel a tu lado y mi habitual premura, porque la puntualidad es virtud y uno quiere lo mejor para los hijos.
Te confieso que el otro día venías caminando hacia mí y en la soledad de mi pensamiento comparé la niña a quien cambiaba los pañales, con esta otra señorita que ahora viaja al extranjero en su paseo de quinceañera.
Debo admitir que a veces extraño a la pequeña que corría presurosa al escuchar el sonido del motor del Samara, pero igualmente siento un sano orgullo de padre cuando  preguntas si el pantalón te queda bien o si la combinación que escogiste te luce. Y es que se ama a los hijos desde mucho antes que nazcan y siente uno que le duele el corazón cuando los regaña o se ve precisado a alejarse de ellos. Difícil de explicar, pero es así.
Son muchos los motivos a través de los cuales se va aprendiendo a querer a los retoños, y los pequeños detalles se van agolpando y crece dentro del ser  una rosa roja que no se marchita, ni nos abandona. Y poco importa si la flor tiene espinas o el sutil aroma de la gardenia, porque para mí lo primordial es que provenga del jardín de una niña nacida el 16 de enero.
Al verte espigada y radiante, ahora tengo preocupaciones que antes no tuve. Quisiera que en el andar por el mundo supieras combinar el amor y la razón, que el humanismo sea tu faro y la ciencia una luz que disipe las sombras.
Ana, no te quiero orgullosa, ni vana. Aspiro a que seas femenina y fuerte, profesional y mujer. Me gustaría sembrar en tu jardín las flores más hermosas de la familia; como aquellas que crecieron en la aldea de pescadores, al calor del mostrador de la tienda pueblerina, y que cosecharon e hicieron posible Mercedes y Alejandro. Ellos me dijeron siempre “sí puedes” y la autoestima se hizo robusta al arrullo de los gorriones o en la tibieza de la arena caliente de la Playa de Bella Vista.
Debes saber que si alguna vez por los caminos de la vida, no obstante tus virtudes y cualidades, el destino te juega una mala jugada, yo siempre estaré allí; porque el hombre  se convierte en padre para asumir sus responsabilidades de progenitor más allá de la estrechez de la jornada laboral. Tengo defectos, y no pocos, pero nadie podrá jamás impedir que acuda a tu lado cuando la dicha o el infortunio te acompañen en la  vida.
Si alguna vez puedo ayudarte, lo haré; pero debes saber que te acercas al momento de la toma de decisiones. Por eso, construye tu camino, asume las consecuencias de tus decisiones; si te equivocas corrige, pero que la maledicencia del prójimo no sea un muro que te impida explorar otros mundos. Allá ellos y sus vidas grises, que no llegues a vieja con proyectos que sólo sean sueños. Arma tu utopía y camina hacia ella, aunque los cielos se caigan y la tierra se haga añicos. El mundo nunca ha sido de los conformistas, sino de los que persiguen una ilusión y encuentran la senda para materializar  los anhelos.
En el futuro inmediato tendrás que enfrentarte al amor. Ten cuidado, porque los tiempos actuales son de añagazas, de trampas que te colocarán a su paso los que han hecho de la sexualidad un deporte. Debes tener presente que el amor no se improvisa, ni se encuentra varado en la esquina de la calle. La verdadera ternura nace de los detalles pequeños y se va construyendo poco a poco. Medita mucho antes de encontrar tu pareja, es preferible estar solo que mal acompañado.
Muchas otras cosas podría decirte, Ana Cristina; pero no quiero parecerte un padre que atosiga a su niña con viejos sermones. Tendrás que descubrir el mundo y desde tus quince años comenzarás a vivirlo a plenitud. Recuerda que no obstante lo que aseveren los pesimistas, la vida es hermosa si sabes vivirla; digan lo que digan siempre triunfa la virtud sobre la inmoralidad, la libertad sobre la tiranía, la luz sobre las sombras y los valores sobre la desvergüenza.
En fin, sólo cumplo con señalarte algunas cosas que pensamos aquellos que hemos vivido un poco más; perdóname si te desagradan o te resultan incómodas, comprende que sólo soy un pobre padre que ama a su hija y que un día descubrió que su niña ahora es una quinceañera. ¡ Felicidades Ana Cristina !. 
.....mpr..
30/I/2002
                                                                                 

miércoles 23 de noviembre de 2011

MARIPOSAS DOMINICANAS

Hermanal Mirabal: Patria, Minerva y María Teresa
Terminé de leer VIVAS EN SU JARDÍN, de la pluma de Dedé Mirabal Reyes, una de las cuatro hermanas Mirabal que América Latina tuvo la fortuna de parir en Quisqueya. Allá, en la antigua Provincia de Salcedo, que ahora con justa razón se denomina Hermanas Mirabal. Debo confesar que me subyugó el texto, al punto que el mismo se volvió casi una obsesión; tal es el grado de apego que despierta su lectura.
Confieso que hace mucho no experimentaba esa desazón interior que estimulan las buenas lecturas. Con anterioridad había leído LA FIESTA DEL CHIVO, del premio Nobel Mario Vargas Llosa y un poco más atrás la novela que la Sra. Julia Álvarez  tituló EN EL TIEMPO DE LAS MARIPOSAS. Los tres textos merecen leerse, en espacial para aquellos sectores juveniles a quienes los atropellos de Trujillo, así como los posteriores desatinos de Balaguer, ya casi no le dicen nada o confunden a los personajes con actores de alguna serie televisiva. Y es que en nuestra época la imagen se sobrepone al contenido, por aquello que planteara Geovani Sartori en  HOMO VIDENS.
Ternura e indignación quizás serían los vocablos para referirse al trabajó de la Sra. Dedé. Hay una mezcla de sentimientos encontrados cuando se pasa revista a este manjar literario. Poco a poco va aflorando todo un mundo sensorial que no lo recoge la historia tradicional; una microhistoria de sentimientos que logra pintar con los mejores colores la vida de LAS MARIPOSAS. Nada para comprender la patología de los sátrapas de Latinoamericana como este relato nacido del amor y del recuerdo; porque de la mano de la autora el lector no puede creer que exista un sistema social y político tan abyecto y de tan ruines propósitos.
Este relato testimonial sobre Minerva y sus hermanas expresa una lucha entre la barbarie y el amor que florece en el jardín de Las Mariposas. Encarna una lucha que trasciende la isla caribeña para vestirse con los mejores ropajes de una América morena que ha vivido iniquidades como la de Ojo de Agua. Lamentablemente moramos en países en los que nunca han faltado las bestias políticas que destruyen familias, devoran recursos públicos y se ensañan sobre aquellos que, como las Mirabal, tienen sueños y quimeras.
¡Qué impactante todo esto!, el que unas Mariposas batan sus alas para derrocar un tirano. Extraordinaria lección patria para quienes creen que eliminando a los portadores del símbolo (mariposa: indefenso y frágil pañuelo multicolor que surca los aires), ya dan por contado que con ello lograrán que la libertad y la democracia se rindan ante el poder omnímodo.
Y es que además de ternura, el texto habla de indignación. Justo ahora, cuando el vocablo se ha vuelto famoso (Stéphanne Hessel); porque el valor revolucionario  de la indignación es lo que destilan estas memorias de la tierra del merengue. Indignación y coraje taíno de quienes se cansaron de morar en un país gobernado por indigentes morales y cultores de la muerte. En la misma época los panameños también vivimos el poder avasallador de la indignación nacional de enero de 1964.
El 25 de noviembre de 1960, fecha del horrendo asesinado de las hermanas Mirabal, es un hito en la historia de la liberación de América Latina; más trascendente que un acto heroico que el feminismo puede y debe enarbolar como bandera. Lástima que nuestro sistema educativo sea tan pobre y enclenque que no recoge y difunde este canto a la vida de unas Mariposas Dominicanas.
….mpr…

martes 15 de noviembre de 2011

EDWIN CORRO CALDERÓN: DÉCIMA, TEORÍA Y COMPROMISO

Profesor Edwin Corro Calderón
   1.
Hace muchos años conocí a Edwin Corro Calderón, seguramente en esos ajetreos de la universidad herrerana cuando ésta apenas era un retoño llamado Centro Universitario. Las constantes caminatas por nuestros campus lograron que inevitablemente nos encontráramos. Con el tiempo descubrí que el amigo era un hombre sensible, que había hecho de la décima un instrumento de su cantar y del amor a la nación del Canajagua y el Tijeras. Hombre culto que también supo integrar a la lengua de Cervantes como objeto de estudio y como proyecto de vida.
Por las razones que expongo me alegro que el Ministerio de Educación le reconozca -aunque sea parcialmente-, sus ajetreos de la pluma, la inspiración, la docencia y la inteligencia. Y ese día, mientras me enteraba de la noticia y en la cafetería universitaria sorbía parsimoniosamente una taza de humeante café, mi mente se trasladó a otro tiempo y otros lares.
2.
Un niño juega en París de Parita; indiferente y abstraído sólo mira el trompo que se bambolea sobre el polvo con olor a verano y brisas marinas. Juega en la placidez de los años cincuenta del siglo XX, sin pensar lo que el hado caprichoso le depara en los claustros de la escuelita primaria, los salones de la secundaria y, más tarde, de la Universidad de Panamá. Años de esfuerzo de un muchacho que saldrá de esas tierras de Antataura para ser responsable con el llamado de las letras de su cultura campesina.
En aquellos tiempos la Universidad de Panamá era un nido en el que se depositaban los “nidales” que al calor de teorías e ideologías eclosionaban en polluelos de la más variada estirpe. Y en ese mundo distante de la perdiz y el “tapón”, el niño que ya es adolescente lee a Gabriela Mistral, sabe del genio  de García Lorca, siente la emoción de los poemas de Neruda, sin olvidar a Miró, Sinán, Laurenza y tantos otros.
Y regresa a la tierra que ama, a esa que idolatra con pasión, la que aprendió a valorar entre vuelvo y vuelco del corazón, mientras la “chiva” que le transportaba a la capital de la república iba regando por la carretera congojas, ilusiones, promesas y sueños. Comprendió que el simple rótulo de “Divisa” era la puerta de salida hacia otro mundo –uno que no era el suyo- y que de solo mirarlo sentía que algo cambiaba en su interior, en  ese corazón orejano que comenzaba a degustar el agridulce sabor de la cabanga.
El pariteño intuía que hacer carrera en la Península sería difícil, porque no siempre se premia la inteligencia y el temor al cambio pone en guardia los mecanismos de defensa. Quizás hubiera sido más práctico y cómodo quedarse refugiado en el transitismo, pero el hombre nacido en París optó por su tierra y por su gente. Le esperaban la burocracia escolar, los niños que no siempre comprenden los dictados y el valor de las palabras de la que Limpia, fija y da esplendor. Y cual Quijote de la tierra de Cubitá, desoyó a los Sanchos para cantar a los hombres y mujeres que pueblan la tierra más fermosa que han visto los cielos.
3.
Con un pie en el colegio y otro en la Universidad, Edwin ha sembrado el amor a la literatura en sus alumnos, porque de él se puede decir que defiende su chitreanidad sin caer en esas demagogias pueblerinas que sudan regionalismo y etnocentrismo barato. No en vano este hombre ha hecho de Zárate un amigo. Ser universitario tampoco le ha impedido ser orejano, ni ha pretendido citar a un clásico o lanzar su latinismo para –como hacen algunos- presumir de una sapiencia de la que carecen. Por eso ha hecho de la décima su estandarte y  blasón.  Y sin desconocer los rigores de otras métricas, se ha bañado de orejanidad, porque nunca le deslumbraron las luces capitalinas, ni se avergonzó del canto de la cascá, ni de los padres campesinos que presintieron los logros de ese hijo que una vez vieron bailando su trompo por la misma tierra que antaño holló Paris, Gonzalo de Badajoz y Gaspar de Espinoza.
4.
 Yo no sé, pero estas reflexiones vienen  a mi mente ahora que confirmo que a Edwin Corro Calderón le entregarán la Medalla Manuel José Hurtado. Claro que comprendo que aquello es un honor; pero cuántos como mi amigo Edwin no habrán también prestigiado a ese galardón de la docencia, en un reconocimiento que para ser auténticamente valedero, ha de ser recíproco. Y no ando con medias tintas para decirlo sin tapujos, él tiene los méritos para recibirlo, aunque su sencillez no lo admita y las ejecutorias así lo comprueben y atestigüen.
En el pariteño hay un rasgo que siempre he valorado: la sencillez de espíritu y de corazón. Un hombre valioso que sabe que, en el mundo de la imagen antes que del contenido, algunos se creen cóndores cuando apenas vuelan como gallinazos.
Ahora sume a todo lo dicho los cientos de eventos que en la región dan testimonio de la presencia del Hombre de Paris de Parita; el mismo azuerense que desde hace muchos años se ha radicado en Chitré, y tendrá una idea del aporte del herrerano.
5.
Algunas de estas imágenes acudían a mi mente en la Cafetería Universitaria. Ese día comprendí que había que escribir algo que estuviera más allá de la amistad y del respeto. Algún opúsculo, que aunque modesto, fuera una crónica testimonial para quienes, como Corro Calderón, nunca se cansa de andar por los caminos de Ofelia Hooper Polo, José Daniel Crespo, Belisario Porras Barahona y Zoraida Díaz.
El gran mérito de Edwin Corro Calderón estriba en haber comprendido ese legado cultural y asumir sin remilgos el compromiso de hacerlo cutarra, pollerón y décima.
….mpr…