lunes, 26 de mayo de 2008

HUMANISMO Y CIENCIAS SOCIALES EN AZUERO



Las reflexiones que siguen constituyen un intento por valorar el papel del humanismo y las ciencias sociales en Panamá. Como quiera que la temática es en extremo compleja y extensa, he optado por observar el accionar de la misma en un marco geográfico más limitado. Estimo que lo acontecido en Azuero podría reflejar de alguna manera las tendencias que se experimentan en el resto de la República. Para el logro del propósito expuesto acometeré esa tarea dentro de los apartados temáticos que paso a detallar.

Sobre la trascendencia de las humanidades

Según y como apuntan los supuestos aires de "renovación" contemporáneos, hablar sobre la importancia de las humanidades puede parecer una tarea superflua o al menos carente de pragmatismo. Demás está aseverar lo erróneo de la afirmación; en especial si pensamos en los altos niveles de deshumanización por los que atraviesan las sociedades modernas. Hoy experimentamos las secuelas de un cambio social y cultural que se incrementó con el desarrollo tecnológico desde la Revolución Industrial y que ha terminado por colocar a las ciencias sociales y al mismo hombre en el sótano del interés que le dispensan quienes controlan los hilos del poder económico y político.

Al parecer los temores de intelectuales y organizaciones de antaño parecen renacer en el mundo contemporáneo. Desde Carlos Marx hasta Unamuno, se pregonó en el siglo XIX y primera mitad XX, un incremento de los problemas de la alienación contemporánea, es decir, del despojo del hombre no sólo del producto de la economía, sino de su propia conciencia de clase. El Siglo XX ha logrado confirmar esos temores y despertar nuevos interrogantes.

En relación con el tópico, uno de los dilemas más legítimos viene a estar representado por el futuro de las ciencias humanísticas. Un humanismo que ha estado ligado a través de las épocas al destino del hombre; concepción que ha tenido su origen en los deseos de éste por vivir en un ambiente y en un marco social digno. Porque pensar en el humanismo es remontarse a los aportes del galileo de las enseñanzas bíblicas, pasando por las visiones de los grandes humanistas del Renacimiento como Petrarca, Dante, Bocaccio, Leonardo Da Vinci y Erasmo de Rotterdam. Sin olvidar a los humanistas de la Ilustración del siglo XVIII con sus planteamientos de libertad, igualdad y fraternidad. A los que debemos añadir los socialistas que en el siglo XIX pregonaron un mundo libre de la explotación de clases.

Así pues, la postura de los humanistas de ayer y hoy se convierte en una incómoda temática para aquellos que han olvidado el verdadero sentido de la ciencia. Porque acontece que estamos abocados a una loca carrera impregnada de una tecnología que olvida para qué fue creada. Una ciencia desnaturalizada en sus cimientos y manipulada por los sectores de poder que ven en ella un medio para generar grandes ganancias y no un instrumento de redención humana.

Detrás de esa pírrica postura existe un malsano aunque inútil intento de desligar al hombre de la actitud que le es consustancial. A despecho de ello, a través de los tiempos las ciencias sociales siempre le han permitido al ser humano ver la cosas desde una perspectiva de tipo holística, es decir, totalizadora e integral. Enfoque analítico que ha propiciado el asumir una saludable distancia de un mundo mecánico y dividido en celdas inconexas.

De las instituciones que el hombre ha creado para levantar la bandera del humanismo, muy pocas han logrado la relevancia y protagonismo de la Universidad. Por ello, pareciera incomprensible y contradictorio que en los tiempos actuales sean algunos sectores de la misma organización de enseñanza superior, los que asumiendo argumentos sosos como una mal entendida "globalización" y una peor concepción de la llamada "acreditación", se apresuren a reformar las filosofía social que ha sido el fundamento de la existencia institucional. Porque una cosa es que la Universidad deba estar en plena armonía con los cambios sociales y culturales, y otra muy diferente que se convierta en "una fábrica de títulos" y en un apéndice dispuesto a complacer intereses mercuriales. El que la institución de estudios superiores tenga entre sus funciones la de suministrar los "técnicos" que la sociedad necesita, en modo alguno se contradice con su ineludible deber de colocar en el mercado laboral algo más que "señoritos satisfechos", según la feliz expresión de José Ortega y Gasset.

Todas estas falsas concepciones de una ciencia desprovista de humanismo están llevando al país a lamentables y perjudiciales posturas analíticas. Una de ellas consiste en ir descartando, de los programas que se imparten en los centros de enseñanza, las asignaturas de las llamadas ciencias sociales. Ante los hechos, la magnitud del problema nacional exige de aquellos que creemos en las ciencias sociales, una actitud mucho más comprometida con la suerte de las humanidades, no ya tan sólo por la defensa de un transitorio puesto de trabajo, sino por lo que dichas ciencias representan en la formación integral del panameño. De hecho, se nos olvida que tiempos atrás el humanismo no era un exclusivo coto de casa para un sector de la ciencias, sino una filosofía que impregnaba la formación de las ciencias naturales y las llamadas sociales.

Las humanidades y su aporte al desarrollo regional

Las consideraciones precedentes me han llevado a meditar, como ya he planteado, sobre la contribución de las ciencias sociales sobre una importante región del país; porque quizás el caso de Azuero pueda ilustrar sobre el saldo positivo que arrojan las mismas y las consecuencias que se derivan de su desvalorización.

Sobre la temática puedo decir que ya en el Siglo XIX, hurgando papeles "viejos", se encuentra el investigador acucioso con juicios de funcionarios a quienes les preocupaba la formación integral del hombre que vivía en la Península. Allí está un Antonio Baraya, quien siendo gobernador de la extinta Provincia de Azuero, en sus informes reflejaba un marcado interés por la suerte de la mujer interiorana. Decía por aquellas calendas que las féminas debían educarse para que no se constituyeran en simples "máquinas de reproducción humana" y recomendaba crear una mayor cantidad de centros escolares.

Tal cosa aseveraba El gobernador Baraya en el mismo siglo y década cuando Pedro Goitía, el abanderado del liberalismo regional, lideraba las grandes luchas del campesino de Azuero y afirmaba que se quería convertir a la Provincia de Azuero en lo que era Veraguas: "la provincia de unos pocos".[1] Ya en esa época ilustres educadores insuflaban en los pechos de los juveniles paisanos los nuevos aires de renovación. Reto que asumieron un conjunto de docentes, casi todos empíricos, pero imbuidos de un humanismo que se expresaba en una fe ciega en el papel que tendría la educación como redentora del hombre del campo.[2]

La limitada contribución que en materia educativa recibió Azuero en el decimonono, provino de profesionales casi todos ellos impregnados de la sabia de la ciencias sociales. Especialmente en las Ciencias Jurídicas fue notorio el aporte. Algunos de ellos dieron lo mejor de sí en un lapso de tiempo que se extiende desde la segunda mitad del Siglo XIX hasta la primera mitad del XX. El caso más luminoso corresponde al tableño Belisario Porras Barahona, quien además de incursionar en enfoques de antropología cultural, al escribirnos ese inolvidable opúsculo que tituló El Orejano, nos legó hermosas páginas para la historia nacional e irresistibles escritos que llaman a la lectura de una prosa elaborada con donosura.

Por las tierras del Canajagua, Cerro Quema y El Tijeras, el siglo XX vio nacer a toda una pléyade de educadores, médicos, pintores, músicos y hombres de la campiña que exhalan humanismo. Junto a ellos encontramos un humanismo "encutarrao", pero no por eso menos productivo e interesante. Ese aporte proviene del estamento social que Manuel Fernando Zárate calificó el hombre folk panameño.[3] Porque no hay que confundirse, detrás de los hombres "letrados" de Azuero, es decir, de aquellos que se educaron en el Instituto Nacional, las Universidades extranjeras y la Universidad de Panamá, así como de los que deben su formación a la Normal de Santiago, hay un hombre del campo con una ética y unas relaciones sociales que tienen al ente de carne y hueso como la razón de su existencia.

Humanismo campesino en donde sobreviven retazos de la perspectiva antropológica del indígena, el negro y la cultura grecorromana. Estamos hablando de una visión y postura ante el mundo que ha hecho del respeto al coterráneo un código de convivencia humana. Baste señalar la disposición del orejano a reconocer los derechos de los hijos no habidos en el matrimonio, en un tiempo cuando ello no había sido estipulado en códigos, pero que ya él mantenía como una tradición.

Con lo aseverado intento dejar bien claro que en la cultura de Azuero ya existía un humanismo que le era natural al campesinado, mucho antes que los "letrados" incursionaran en los postulados del Renacimiento o la Ilustración. De hecho, la tendencia a aceptar las "nuevas" ideas humanistas encontraron terreno abonado en hombres que brillaron con luz propia durante toda una centuria (II mitad del siglo XX y primera mitad del XX). Los mismos provenían de hogares en donde generalmente se carecía de un ambiente propicio para la discusión teórica y académica; sin embargo, en esos núcleos familiares el humanismo ya impregnaba el conjunto de valores que previamente habían sido integrados al estilo de vida. Tal mezcla de humanismo orejano y académico es el verdadero substrato que impulsó al hombre de Azuero a incursionar en campos y temáticas que aún no ha logrado superar el coterráneo que realiza sus ejecutorias una vez se ha volteado la segunda mitad del Siglo XX.

Además del hombre de pueblo propiamente dicho, el humanismo tuvo su expresión cimera en tres tipos de profesionales: abogados, educadores y médicos. Fenómeno que se explica por la prominencia que tenían tales profesiones hasta bien entrada el presente siglo XX. Preferencia ocupacional que es una herencia indudable de un escolasticismo que adquirió en nuestra Península un sabor a changa, perote y tamborito. Estamos ante un remedo pueblerino, algo así como la versión nativa de los símbolos de prestigio que fueron tan característicos de las profesiones que prohijó la universidad medieval.

Junto a los ejemplos que hemos señalado, con anterioridad el humanismo azuereño tuvo su expresión en la labor de educadores como José de la Rosa Poveda y Liberato Trujillo, para mencionar a sólo dos maestros de una gran camada de docentes que se forjaron en el Siglo XIX y que se proyectaron hasta mediados del siglo XX.[4] De hecho, una gran cantidad de profesionales que son reconocidos en otras áreas del saber, hicieron sus pininos en educación. Tales los casos de Ofelia Hooper (promotora del cooperativismo, ensayista y poeta), Manuel F. Zárate (químico y folklorólogo), Ernesto J. Castillero Reyes (historiador), Cecilio Castillero (médico) y José Huerta (jurista).

El aspecto que hemos planteado es en extremo ilustrativo de la formación del profesional del ayer y el que algunas instituciones contemporáneas quieren fomentar. Así, un Sergio González Ruiz se recibe de médico, pero se desempeña como político y escritor de fina prosa. Se trata del mismo galeno que en el año 1947 es postulado a la presidencia de la república por el partido Unión Popular, agrupación que tenía como símbolo una mazorca. Es, igualmente, el caso del ocueño José María Nuñez Quintero; quien además del bisturí se sentía a sus anchas escribiendo cuentos tradicionales o haciendo uso del lienzo. Hay un humanismo desinteresado en las acciones de asistencialismo social e ideario popular en el Dr. Francisco Samaniego o en la vocación docente y literaria de Zoraida Díaz. Hablo de la versatilidad de unos seres que no fueron forjados con anteojeras y que condenarían la existencia de un sistema educativo que pretenda forjar istmeños con mentalidad de caballos trapicheros.

Los ejemplos son muchos a la hora de hablar de la visión humanística del hombre de Azuero. Y conste que todavía no hemos hecho alusión a un Antonio Burgos, Cristóbal Rodríguez, Melitón Martín y Villalta, Dámaso Ulloa o Sebastián Villalaz. Tampoco nos hemos referido a los esfuerzos colectivos que han tenido al hombre como objeto y sujeto del desarrollo regional. Desde las juntas, pasando por la miríada de comités para obras sociales, hasta organismos como la Federación de Sociedades Santeñas.[5]

Una mención en este punto merece la Iglesia Católica. Hay que dejar constancia que los templos en Azuero dieron cobijo a organizaciones como las cofradías, capellanías y otras; aparte de que desempeñaron por siglos una labor no sólo de expansión de la doctrina religiosa, sino de asistencia social y de asesoría sicológica. Este reconocimiento hay que hacerlo, independientemente de que antaño la misma institución se caracterizara por asumir un control social un poco alejado de las enseñanzas del Redentor. Cosas y casos que hay que comprenderlas en el contexto histórico de la época, alejándonos de cómodos enjuiciamientos a siglos de distancia.

Cuando llegamos a mediados del Siglo XX, un mundo nuevo asoma su faz en la zona. La rápida incorporación a los esquemas de desarrollo nacional estimulan un cambio social y cultural que tiene su impacto en la visión humanista del azuerense. En lo atinente a las ciencias sociales el acontecimiento más notorio lo constituye el surgimiento de los centros de enseñanzas de nivel medio, hacia los años cuarenta, y la presencia de la Universidad de Panamá desde finales de la década del cincuenta.[6] En especial las ciencias se ven enriquecidas por la incorporación de carreras humanísticas, las que mantienen su indiscutible hegemonía hasta mediados de los años noventa, fecha cuando comienzan a experimentar la crisis que todavía padecen. Se habla entonces de la necesidad de incorporar carreras técnicas, excluyéndose las asignaturas humanísticas, como si las mismas se constituyeran en un estigma para el hombre contemporáneo.

En este punto me permito presentar un ejemplo que dramatiza la crisis humanística que vive la región y que demuestra hasta qué extremo estamos cosechando el producto de una educación de inconexos y peligrosos contenidos. En efecto, todos sabemos que el problema humanístico es a su vez parte integrante de una descomposición sistémica que rebasa los estrechos límites de nuestra península interiorana. Pues bien, acontece que ante el problema ecológico, que es el caso al que me quiero referir, uno observa cómo el mismo ilustra los poco fructuosos intentos por abordarlo. En gran parte esa tendencia nace de un abordaje parcial de la problemática. Algunos desde de la óptica de la biología, otros desde la ecología propiamente dicha y los menos desde un perspectiva integral. Al final, debo decirlo, nos encontramos con perspectivas parroquiales de la temática, con una suerte de Calle Arriba y Calle Abajo donde cada "tuna" académica se cree la reina del carnaval. Finalmente, pierde la naturaleza en su integridad y el hombre, como parte integrante de la misma, termina convirtiéndose en un rentable objeto de estudio. Por su parte, el científico muestra orgulloso el producto de su labor; olvidando que está haciendo ciencia por la ciencia misma y que él contribuye a la deshumanización.

Pienso que la lección más notable sobre el humanismo y el papel de las ciencias sociales ha surgido del barro del propio pueblo. En Azuero es notorio cómo los sectores populares son los que están asumiendo el liderazgo, muchas veces sin el acompañamiento de las instituciones que deben ser por antonomasia la sede en la que se discuten los problemas de vida de ese mismo hombre. Porque hay que estar claro en lo siguiente, las ciencias sociales son un medio y no un fin en sí mismo. Cuando esto último acontece, los estudios se quedan en las bibliotecas, en tesis que mucho cuestan, pero que nadie lee y en universidades que la gente percibe como lugares en donde se encuentra enclaustrada la "inteligencia".

Hoy las comunidades azuereñas han salido a la calle a defender el derecho que tienen a vivir en una sociedad justa y dentro de un sistema ecológico que no le sea adverso. Tal es lo que encontramos detrás de la gente que en Santa María se agrupa para defenderse de los agroquímicos de las empresas cañeras; igualmente es la postura de los moradores de las comunidades ribereñas del Río La Villa, los que luchan para que las palas mecánicas no destruyan el valioso cascajo que subyace en la base del río; son los moradores tonosieños, que elevan su voz de protesta desde la cima de Cerro Quema, para que la voracidad empresarial y el cianuro no hagan de las suyas en el ubérrimo valle de Tonosí. [7]

De las humanidades y los nuevos desafíos regionales

En el Siglo XX y al inicio del XXI la modernización ha remecido con fuerza la casa de los azuerenses, y si en la coyuntura mostramos alguna limitación para entender los nuevos tiempos, el vendaval echará por tierra la morada. ¿ Qué hacer para rescatar el humanismo que nos ha sido tan apreciado y cuál podría ser el papel de la ciencias sociales en este reto contemporáneo?. La respuesta demanda que juntos asumamos nuestro protagonismo histórico.

Al contrario de lo que han pregonado algunas aves agoreras de la modernización, personeros que separan convenientemente modernización de modernidad, mucho podemos esperar del aporte de las ciencias humanísticas en la nueva coyuntura histórica. Justamente la crisis que se respira en las ciencias sociales es en sí otro argumento que podemos esgrimir para que propugnemos por una mayor simbiosis entre ciencias sociales y ciencias naturales; porque sólo una mente dicotómica puede aspirar a que la tecnología científica se desligue del hombre, siendo éste el objeto y sujeto de la ciencia.

En lo que concierne a la región de Azuero, los desafíos de las ciencias humanísticas son importantes y numerosos. Uno de ello está estrechamente vinculado con el estímulo conducente a la formación de un hombre que esté orgulloso de sus raíces, pero sin caer en regionalismos estrechos y triunfalismos de tunantes. Este es el primer reto que debemos valorar para que la apertura que se respira en las faldas del Canajagua no se constituya en una espada de doble filo a nuestro desarrollo. Porque, por una parte, es imprescindible la apertura a la modernización, pero por la otra no podemos olvidar la justicia social que implica la modernidad. Me refiero a que la primera alude a los cambios que se operan en la esfera del mercado, en la reorganización de las instituciones. En cambio, la modernidad se refiere a las transformaciones que tienen su impacto en la calidad de vida del hombre; modificaciones que deben tener como marco una sociedad en donde la equidad sea la regla de convivencia. [8]

En este aspecto de la calidad de vida es en donde las ciencias humanísticas tienen un campo abonado para sus actividades. Como lo demuestran ya algunos eventos, la modernización sin modernidad no depara un futuro halagüeño para nuestros coterráneos; porque de poco servirá un desarrollo en donde la equidad social es una ilusión, mientras la voracidad del capital hace de las suyas. La expansión de las camaroneras y el intento de desarrollo minero son dos ejemplos que nos pueden ilustrar sobre el inicio de una historia que apenas comienza en Herrera y Los Santos.

Con lo que hasta ahora hemos esbozado, no planteamos un retorno al ayer, pero mucho queda por aprender del humanismo orejano de antaño, así como de las nuevas innovaciones que se expanden sobre los campos. Si hasta la primera mitad del Siglo XX, la reacción ante los cambios no fue todo lo sistemática que esperábamos, no podemos dudar de la efectividad de la misma. En los tiempos actuales las ciencias humanísticas tienen la gran responsabilidad de promover una transición entre la sociedad rural del ayer y la contemporánea cultura de masas. Las ciencias humanísticas son las responsables de tomar al orejano de la mano e irle mostrando los cambios que ya impregnan el sistema social. Esa transición no es fácil, porque exige no sólo la existencia de unas humanidades comprometidas con su gente, sino la apertura mental que le permita a nuestro pueblo sentirse orgulloso de su sociedad y cultura, al mismo tiempo que logra vivir e incorporarse plenamente como conglomerado del mundo.

El humanismo, implícito tanto en las ciencias naturales como en las sociales, tiene mucho que aportar en la construcción de una nueva sociedad para un hombre nuevo. En la actual centuria las ciencias sociales podrían develarnos los hechos de una historia regional que hasta hace poco ha ofrecido versiones de grupos hegemónicos pueblerinos. La democratización del país exige investigaciones mucho más científicas; aportes que nos alejen de la loa gratuita a núcleos familiares cuya trayectoria se asemeja más a un gamonalismo de ingrata recordación.

La nueva era demanda una ciencia social centrada en el hombre e impulsada por la Universidad de Panamá en Herrera y Los Santos. Los que nos agitamos en las ciencias de los hechos sociales, enfrentamos el desafío de ir construyendo una Universidad robusta, independiente y crítica. Hablo de una casa de estudios que se aleje de fanatismos partidistas; institución forjadora de una cultura popular y universitaria, oasis del intelecto y lluvia refrescante para las áridas tierras que cultiva el campesino hacendoso, en donde vive el inquieto citadino y la mujer emprendedora.

De la nueva actitud del hombre de Azuero, así como de los que en el resto del país aún confían en el poder humanizante de las ciencias sociales, depende en parte nuestro futuro regional. En nuestra comarca peninsular, el humanismo, y las ciencias sociales dentro de él, todavía tienen que hacer viable la más noble de las tareas: luchar para que el hombre no se cosifique. Porque al fin y al cabo las ciencias no surgieron para empequeñecer y esclavizar al más inteligente de los bípedos. Estoy convencido y confío en que, gracias a la comunión de esfuerzos colectivos, en indisoluble alianza con las ciencias humanísticas, las utopías dejen de ser una ilusión para constituirse en la más concreta de las realizaciones.

CITAS


[1]. Consultar: Muñoz Pinzón, Armando. UN ESTUDIO DE HISTORIA SOCIAL PANAMEÑA. Las sublevaciones campesinas de Azuero de 1856. Panamá: EUPAN, 1980, 270 págs.

[2] . Consultar del autor sobre este tópico: Pinzón Rodríguez, Milcíades. LA INSTRUCCIÓN PÚBLICA EN AZUERO. Chitré: Impresora Crisol S.A., 1992, 84 págs.

[3]. Ver de Francisco Changmarín "Sergio Pérez Saavedra y el alma de los pueblos"; en Sergio Pérez Saavedra. COSAS DE PUEBLO. Chitré: Impresora Crisol S.A., 1998, págs. 221-227.

[4]. Confrontar: Pinzón Rodríguez, Milcíades. "Liberato Trujillo y José de la Rosa Poveda. Dos zapadores de la educación en Azuero"; en AGORA Y TOTUMA, Año 3, # 71, 15 del XII de 1994.

[5] . Un aproximación al aporte de intelectuales del área puede consultarse en los siguientes trabajos:

Aparicio Bernal, José I. "Introducción a la bibliografía histórica de Azuero 1519-1990"; en REVISTA CULTURAL LOTERÍA, # 398, noviembre-diciembre de 1993, págs. 35-46.

Velarde Batista, Oscar. LA CONTRIBUCIÓN SANTEÑA A LA BIBLIOGRAFÍA NACIONAL. Las Tablas: Imprenta Hermanas Ramírez, 1994, 17 págs.

Villarreal Castillo, Melquíades. "Panorama del cultivo de las letras en la Provincia de Los Santos"; en REVISTA LOTERÍA, # 415, noviembre - diciembre de 1997, págs. 59-66.

[6]. Ver del autor en relación con el tema de la educación media y superior:

MEDIO SIGLO DE EDUCACIÓN SECUNDARIA EN AZUERO. Chitré, mimeografiado, 1995, 23 págs.

LA EDUCACIÓN UNIVERSITARIA EN LA REGIÓN DE AZUERO. Villa de Los Santos: Litografía Any S.A., 1990, 13 págs.

[7] Mención aparte, por su labor pionera en las luchas ambientalistas, merece el Círculo de Estudios Científicos Aplicados (C.E.C.A); una organización que se agitó en Azuero en la década del setenta y ochenta. Entre otros personajes conviene recordar a René Chang, Francisco Delgado, Raquel Correa, Milton Villarreal y Cecilio Cigarruista.

[8]. Ver sobre el tema: Elton, Charlotte (Coordinadora). PANAMÁ: EVALUACIÓN DE LA SOSTENIBILIDAD NACIONAL. Panamá: CEASPA, 1997, 175 págs.

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