viernes, 13 de febrero de 2009

LA NOVELA DE LEONIDAS SAAVEDRA ESPINO

Foto cortesía de Antonio Pinzón-Del Castillo
La presentación de un libro siempre ha de ser un suceso relevante, en especial cuando el país se encuentra sumido en promesas varias y parece haber poco interés en reflexionar sobre las cosas del espíritu, sobre lo que nosotros somos como nación y lo que deberíamos llegar a ser. Ya sabemos que esta tendencia no es nueva, es un fenómeno histórico de larga data, desde los tiempos de la conquista y colonización, la decapitación de la cultura indígena, el apaciguamiento de negros (que luego dieron en llamar mogollones) y la vida montaraz de los orejanos.
Admito que hemos avanzado desde la era de Acla, la decapitación del Adelantado, el requerimiento, los aperramientos, las entradas, las reprimendas de los obispos, las rebeliones campesinas, los conatos de independencia y la separación tutelada. Hoy pregonamos que somos una sociedad multiétnica que se abre paso entre la maraña de políticas económicas y sueños turísticos, insertos en eso que llaman la mundialización. No obstante la miríada de problemas que nos aquejan, admiro del Istmo su resistencia cultural, esto de ser “puente del mundo”, tacita de oro de intereses mercuriales y, sin embargo, continuar viviendo a la panameña, haciendo cultura y tercamente empeñados en labrarnos nuestro destino.
Aparte de la cotidiana alharaca nacional, reconforta poder presentar un texto desde la “ciudad destruida por crueles piratas que un día soñaron con tu tesoro”, junto a las ruinas de Panamá La Vieja, los conventos y demás edificaciones que supieron de tanta historia. Aún más si la producción bibliográfica proviene de una zona que estuvo bajo su influjo, que conoció de su poder, intrigas, espadas, con la cruz en el monte y el español depauperado, sembrando maíz, degustando tasajo y susurrando plegarias en el Curato de Los Santos, en la región de Cubitá, al sur del Río de Los Maizales y en las riberas del Mensabé. Es decir, sembrando y cosechando la dialéctica temprana del transitismo y la orejanidad.
Estamos ante un hermoso encuentro entre la cultura que se arraiga en Puente del Rey, que luego echa raíces en la faldas del Ancón, con aquella otra que erige al Canajagua como paradigma orejano. Me refiero a la narración que reconstruye con gallardía, profundidad y celo istmeño el Ingeniero Leonidas Saavedra Espino. La novela ¿ESPINO?, MENSABÉ ANTES DE AZUERO, que hoy nos congrega es producto de su pluma, hija de una mente ilustrada y pletórica de amor entrañable por la tierra.
Don Leonidas Saavedra Espino es un istmeño valioso, nacido en la tierra del Festival Nacional de La Mejorana. Un santeño que ha residido por muchos años “a la sombra del Barú”, como dijera Don Rubén Darío Carles Oberto, en una de sus gustadas y oportunas reflexiones sobre la región de los doraces. Felizmente casado con Doña María Teresa Anguizola de La Lastra, la pareja tiene tres hijos. Nacido en la segunda decena del Siglo XX pertenece a una generación que ha marcado la historia regional y cuya formación educativa ha servido de acicate a las nuevas generaciones. Luego de sus estudios primarios en Guararé, se traslada al Nido de Águilas para recibirse como Bachiller en Ciencias y Letras, tempranamente laureado por su desempeño en química y francés. Estudió Ingeniería Química en Iowa y tomó cursos de ingeniería de aguas en Cincinati. Políglota, además de su lengua nativa domina el inglés, francés y alemán. Ha sido cofundador del IDAAN, institución en donde se desempeñó como Jefe de Plantas de Tratamiento y Control de Aguas. Asistió a múltiples congresos de ingeniería. Entre otros cargos también fue, por 15 años, cónsul de Francia en David. Actualmente está jubilado y se desempeña como urbanizador e incursiona en el negocio de bienes raíces.
Debo decir que desde mi mirador interiorano he admirado a esta camada de profesionales (entre los cuales se encuentra Don Leonidas) que nacen en las primeras tres décadas del Siglo XX. Me luce que son seres integrales cuyas formaciones no muestran esa lamentable dicotomía que encontramos, pongamos por caso, en algunos panameños que nacieron en la segunda mitad de la vigésima centuria. Me refiero a médicos, ingenieros y otros profesionales que nunca perdieron su humanismo y que eran capaces de leer un tratado científico, pero también se enfrascaban con ensayos filosóficos, escribían cuentos, poesías, novelas, disfrutaban del encanto de la música y se sentían a sus anchas en el amplio y dilatado mundo de la orejanidad.
Procede Don Leonidas de una familia raizal, de aquellas que vivían junto a la plaza y se ganaron el respeto, antes que por su estirpe, por su apego a las buenas costumbres y la mirada siempre puesta en el amor al terruño. A las pruebas me remito. Recordemos de pasada la labor literaria de uno de sus hermanos (José del C. “Carmelo” Saavedra Espino) a quien debe la Península de Cubitá una de las más extraordinarias novelas que se hayan escrito en la zona. Me refiero a “Alma de Azuero”, en la que el autor describe la vida social y costumbres de los años veinte del siglo XX. Hermoso compendio y dominio de la cultura, fauna y flora regional. A propósito, pertenece esta obra al grupo de las producciones literarias que han sido clasificadas como “ruralistas”. Término este que no deja de tener su dejo de despectividad, de estigmatización, como si lo rural fuera un rostro venido a menos de la inteligencia, un pobre esfuerzo de campesinos ilusos. También pertenecen a esta pléyade literatos como Sergio González Ruiz, Antonio Moscoso Barrera, José Huerta, José María y Rodrigo Núñez Quintero, entre otros.
En cambio, sin renunciar a la ruralidad, la creación de Don Leonidas representa una ruptura con todo lo que hasta la fecha narra la novelística de quienes moran en las sabanas que se extienden al este del Macizo del Canajagua. ¿Espino? Mensabé antes de Azuero es una novela histórica, o si se quiere una historia novelada de la región que se extiende al sur del Río Cubitá o Río La Villa, en la zona geográfica que el autor llama Mensabé. Podríamos decir que el texto se aleja de cierto enclaustramiento que ha caracterizado a los escritores regionales. Excepción echa de Buchí (Bushman), la novela de Antonio Moscoso, que supo vincular la región del Río Oria con los lupanares transitista de los años cuarenta del Siglo XX, en pleno auge de la Segunda Guerra Mundial
La novela de Don Leonidas se desarrolla a finales del Siglo XVII y primera mitad del Siglo XVIII, período cuando merodean los piratas y afilan sus espadas para tomarse a Panamá La Vieja, Villa de Los Santos y otros poblados. Lo relevante, sin embargo, es cómo Saavedra Espino teje los nexos entre el ataque a Panamá y lo vincula con el repoblamiento de la región de Mensabé, particularmente con los poblados de Guararé y Las Tablas, así como con el surgimiento de las aldehuelas que florecen próximas a la última de las poblaciones indicadas, al sur de la Villa de Los Santos.
Esta historia novelada o novela histórica hace gala de un conocimiento profundo sobre el acontecer nacional de aquellos tiempos. Algunos de los personajes son reales, desempeñaron un papel por aquellas calendas, tan verídicos como la existencia del Santísima Trinidad, el barco con el que arriban los españoles a tierras santeñas, huyendo del acoso del pirata Morgan que destruye a Panamá La Vieja, acontecimiento que interrumpe el viaje de aquellas familias que se dirigían hacia tierras peruanas. Así lo expresa el propio autor en un comentario que introduce al lector en la temática. Le cito: “No toda la colonización española fue de buscadores de fortuna, con curas por la fe y los militares por el poder y el oro…Es la saga de las familias hispanas, que apenas cruzaron el Istmo y por la codicia humana no llegaron a su destino”.
Hay que admirar en Don Leonidas su dedicación a la temática, sus múltiples pesquisas en los archivos de España, Canadá, Colombia y Panamá. Don Leonidas se vale del relato de Ignacio de Espino, personaje novelesco quien hacia 1740 rememora los sucesos que vivió en la tierra que por mera casualidad terminaron viviendo. El texto está escrito en español antiguo, y este es un acierto del autor, porque introduce al lector en el lenguaje de aquellos tiempos, sin descuidar modismos e incluso descripciones de los barcos de antaño, haciendo gala de un vocabulario que no escatimó vocablos para pintar el mundo istmeño del Siglo XVII.
Leyendo este regalo a la inteligencia del panameño, que debemos al Ing. Leonidas Saavedra Espino, recordé una novela que leí hace algunos años: CABO TRAFALGAR, del laureado escritor español Arturo Pérez-Reverte. Producción literaria en la que encontramos un derroche informativo del mundo marino de la España de finales del Siglo XVIII e inicios del Siglo XIX, todo en el marco de la famosa batalla acaecida el 5 de octubre de 1805.
Pienso que la publicación de Saavedra Espino es de trascendental importancia, más allá de la amena narración en la que nos engancha desde el inicio. Tómese en cuenta que otros literato nacionales ya vienen haciendo algo similar. Me refiero a escritores nacionales como Rosa María Britton, Juan David Morgan, Gloria Guardia, o la hermosa saga que describe el colombiano William Ospina en El País de la Canela. Nótese que nuestros escritores están acostumbrando e introduciendo al lector a sucesos históricos de relevancia. Porque la historia en manos de una mente creativa, como acontece en el seno de una novela, es un manjar que incita a incursionar en las verdaderas raíces del ayer. No hay aquí una manipulación o adulteración con fines aviesos, nadie duda que estamos ante una novela y a ésta no se le puede divorciar de cierta inventiva e imaginación. Quienes elevan críticas en este sentido olvidan que un novelista no está redactando un ensayo o escribiendo una monografía. Al contrario, gracias a la magia de la narración esos sucesos de antaño renacen y despiertan nuestra dormilona curiosidad y corremos a empaparnos sobre el suceso histórico que da soporte a la trama literaria.
Me atrevo a afirmar que estamos ante una de las mejores novelas que se han escrito sobre y desde la Región de Cubitá. ¿Espino? Mensabé antes de Azuero no sólo nos permite comprender un momento histórico determinado, en el fondo ella es un tratado sociológico sobre el hombre del Canajagua, la génesis de sus hábitos, genealogía, origen de la toponimia, arquitectura (casa de quincha), exquisiteces culinarias y un amplio espectro de temas regionales. Por ejemplo, resulta polémica y retadora la tesis sobre el surgimiento de la décima o espinela no sólo como un asunto propio del malagueño Don Vicente Espinel, sino como legado de los cantos de los marinos provenientes de Vizcaya, es decir, los famosos bertsolaris de la cultura vasca. Curioso, porque bertsolaris se traduce literalmente en euskera como “hacedor de versos”, definiendo igualmente al sujeto popular que lo crea.
Yo debo concluir esta disertación con un agradecimiento a Don Leonidas Saavedra Espino, no porque sea lo que se estile en estas ocasiones, o porque me haya distinguido con su amistad, la que valoro y tengo en alta estima. Lo hago por el legado que deja al país y a nuestra región de Canajagua, Cubitá y Mensabé. Porque ahora no basta con visitarla, con disfrutar de los carnavales y la Semana Santa, con hacerse presente en los festivales de La Mejorana, La Pollera y El Manito. No es suficiente con el orgullo santeño del 10 de noviembre, con las celebraciones religiosas de La Moñona, el encanto de La Candelaria tonosieña, la antigua búsqueda del viento para Santa Catalina, la celebración del manito ocueño, el San Juan en Chitré y el San Miguel Arcángel de Monagrillo.
Para conocer hasta el tuétano la cultura regional hay que recorrer el mundo que describen Belisario Porras Barahona, Sergio González Ruiz, Alfredo Castillero Calvo, Alberto Osorio Osorio, José Aparicio Bernal, José del C. Saavedra, Julio Arosemena Moreno, Roberto Pérez-Franco, Manuel Fernando Zárate, Samuel Gutiérrez, Manuel Moreno Arosemena, Salvador Medina Barahona y una larga lista de personajes que han sentido vibrar en su corazón la existencia de un regionalismo sano y vigoroso, alejado de aldeanismo extenuantes e improductivos. A esa pléyade de la inteligencia y el tesón me atrevo a sumar ahora, en el marco de las ruinas de Panamá La Vieja, a la figura de Don Leonidas Saavedra Espino.
Me reitero en lo dicho, quien desee conocer la región más allá del folclorismo alienante y como una mera curiosidad turística, tiene necesariamente que leer ¿Espino? Mensabé antes de Azuero. Allí están nuestras raíces, nuestra historia novelada; la novela histórica que entrelaza a piratas, campesinos, españoles en transitismo, mientras florece el amor y una agridulce congoja, una cabanga arropa nuestra alma al recorrer el último párrafo con que concluye Don Leonidas su inolvidable narración.
Si en nuestro país la inteligencia dejara de vivir como un ánima en pena, novelas como la de Don Leonidas debieran ser de lectura obligatoria para nuestros muchachos. Qué no podríamos hacer en la tierra de Justo Arosemena Quesada y Belisario Porras Barahona con la puesta en práctica de una política coherente de un futuro Ministerio de la Cultura. Sin embargo, no me quejo, sigo creyendo en nuestras capacidades nacionales y, mientras tanto, a la sombra de la ciudad que destruyera Morgan, expreso mi gratitud de panameño y de interiorano a Don Leonidas Saavedra Espino, el autor de ¿Espino? Mensabé antes de Azuero.

* Disertación en el Convento de Las Monjas, Panamá La Vieja, el día jueves 12 de febrero de 2009, con motivo de la presentación del libro ¿Espino? Mensabé antes de Azuero de Don Leonidas Saavedra Espino

3 comentarios:

José Fung dijo...

Siendo una novela emblemática, sobre la Región contagia a quienes se deleitan al leer este magnífico libro, que permite al lector remontarse en siglos pasados, narrando hechos de hombres que aportaron hechos a una historia.

Vielka Creamer dijo...

Alguien me puede decir donde conseguir esta novela, acabo de llamar a la Libreria Cultural y me dicen que alli no la venden

Vielka Creamer dijo...

Hola me interesa leerla, sabes donde la venden, la libreria cultural no la tiene