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30 junio 2025

EL MODELO DE DESARROLLO PENINSULAR

 


Este es el problema real de la zona, la causa principal de las dificultades ambientales de la península de Azuero: el modelo de desarrollo. Lo cual significa, que, si el mismo no se modifica, continuará promoviendo los quebraderos de cabeza en el que vivimos.

El estudio de la zona demuestra que la península es un potrero, una estructura agraria que se ha venido forjando en los últimos quinientos años, es decir, desde el arribo de los españoles hasta los tiempos actuales.

El crecimiento poblacional, económico y cultural, ha forjado un estilo depredador que tiene como actores principales a la agricultura de desmonte, la anárquica ganadería extensiva y, desde el siglo XX, el incremento de los monocultivos de caña de azúcar, el maíz y el arroz; sumado a la actividad porcina y el uso de los ríos como depositarios de aguas no tratadas.

Ríos, animales y bosques son las víctimas de la cultura de la depredación, y, de rebote, la que lesiona al mismo hombre que mora en las provincias de Herrera y Los Santos. Dicho de manera clara, el modelo se agotó y debe ser reemplazado, pero muchas veces el remedio estatal, no pocas veces inexistentes, apenas representa una curita para el cuerpo social enfermo.

Hay que cambiar con urgencia la cultura ambiental peninsular. Sin embargo, la labor a largo plazo corresponde al sector educativo y tomará décadas. Mientras esto acontece, hay que tomar acciones que a corto plazo detengan la destrucción de ríos, tierras, manglares, bosques y fauna silvestre. Labor que demanda la puesta en vigor de un monitoreo y vigilancia permanente.

La solución radica en una planificación que logre rediseñar el modelo, aunado a sanciones ejemplares para quienes insistan con las prácticas contaminantes. Claro que las sanciones no son suficientes, como acontece con el río La Villa, porque pretender que las direcciones provinciales, la mayoría de ellas desprovistas de recursos, van a solucionar la problemática, es una propuesta quimérica.

El estilo de desarrollo que comentamos no es la creación de una mente satánica, ni nada que se le parezca, surge por el abandono de siglos y por la existencia de actores sociales azuerenses que hicieron lo que pudieron, sin la presencia del Estado que los dejó a su mejor suerte.

En el país carecemos de la decisión política de cambiar este estado de cosas. Urge una política que empuje en tal dirección, no sólo por el caso de Azuero, sino porque el resto de las provincias viven una situación similar y no tardan en sumirnos en una crisis ambiental de proporciones inimaginables.

Aún no es tarde para actuar, pero el tiempo se agota. El tema es prioritario por encima de otros tópicos nacionales, porque estamos colocando en riesgo nuestra propia vida.

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29/VI/2025

 


09 junio 2025

SI EL MAR SE VOLVIERA RON Y EL RÍO LA VILLA CERVEZA



Hace largo tiempo el río La Villa está en problemas y sobre el tema llevo décadas de estar insistiendo -como el que clama en el desierto- mientras algunas instituciones se contentan con atender la crisis que de manera recurrente afecta a la corriente acuosa que antaño se denominó Cubita, río de los Maizales y más recientemente río La Villa.

Lo del río es algo que se veía venir, mientras se hacían investigaciones y algunos se llenaban los bolsillos como expertos. Y lo que ha faltado es la decisión política de atacar el problema de raíz, de comprender las causas estructurales del fenómeno y no confundir las consecuencias con las causas.

En el fondo está el modelo de desarrollo peninsular y la cultura de depredación que dio inicio con el arribo de los españoles en el siglo XVI. Una destrucción ambiental que no se hace notoria hasta el siglo XX cuando la presión poblacional, la ganadería extensiva, el inadecuado manejo de las aguas negras, la porcinocultura irresponsable, las industrias en las riberas y la inconciencia ciudadana lo convierten en vertedero de inmundicias. Y hasta la ingenuidad de la música de acordeones pregona el ideal del alcoholito: “Si el mar se volviera ron y el río La Villa cerveza”.

Claro que existe una cuota de responsabilidad en la visión ovejuna de los diversos gobiernos que hemos tenido. Pero ellos no son los únicos responsables, porque también están las autoridades que en Azuero están más pendientes de los votos que del desarrollo peninsular, y esto ya es el colmo, de diputados que no forman parte de la solución, sino del problema.

En el modelo depredador al que hacemos alusión, la ganadería extensiva, los monocultivos (maíz, arroz y caña de azúcar), la banca y cooperativas financiadoras son factores que nos han llevado a la encrucijada en la que nos encontramos: la existencia de un río contaminado, sufriendo una crisis que parece terminal, en una región que apenas tiene el 6% de bosques.

La problemática no se va a resolver a corto plazo, porque las causas generadoras del problema no son atacadas, situación que también experimenta gran parte de los 500 ríos que tiene Panamá, muchos de ellos viviendo situaciones similares en la vertiente pacífica y, más específicamente, en el curso bajo de los ríos.

La situación es compleja, porque lo que está en juego no es tanto la suerte del río, que ya es mucho, sino el futuro de la región con rasgos profundamente epicúreos, quiero decir, inmersa en una borrachera de fiestas, consumo de licor y en todo lo que signifique los placeres de la vida, por los placeres mismos.

En el caso del río La Villa, así como en otros nacionales, hay que hacer valer el principio del derecho ambiental, el mismo que sostiene que quien contamina paga. No basta con establecer multas, ni con repartir botellas de agua. Hay que obligar a los contaminadores a asumir los costos de la contaminación, para que no sólo paguen la multa y los demás comprendamos que ese proceder no será tolerado.

El cambio de tipo estructural es un proyecto de largo plazo y demanda la planificación del desarrollo que deseamos. En esa planificación el tema ambiental tiene que ser manejado responsablemente, con una educación que fomente el respeto por la casa común, dentro de una cultura que comprenda y fomente el respeto por la vida. Al parecer, no hay otro camino, porque en el que transitamos, el río La Villa vivirá de crisis en crisis, de coyuntura en coyuntura y nuestro destino será tomar y bañarnos con sabor y aroma a mierda de puerco, sazonada con agroquímicos y coronada con metales pesados.

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9/VI/2025

 

 

 

 

 

 

 


30 mayo 2024

EL ÁRBOL, FLOR DE VIDA

 


Siempre me ha parecido que quien tala un árbol tiene algo de cobarde, de pusilánime. Sí, porque de alguna manera agrede a alguien que no se puede defender, ya que el árbol está allí, clavado en la tierra sin posibilidad de devolverle el golpe. En esto se parece al minero que socava el vientre de la Tierra en busca de minerales, como si de ello dependiera su propia vida. Matricida de la Casa Común, sin duda.

Y hay más, luego de que el ser leñoso cae cuan largo es, acude a partirlo en pedacitos, para que no quede nada del que jamás le hizo daño. Sin embargo, el deshuesado le vence retoñando, volviendo a reconstruir lo que un día fue ramas, tronco y frutos. Hermosa lección de quien defiende la cultura de la vida ante la cultura de la muerte.

La arboleda es cama de aves, restaurante de animales, mirador de la bóveda celeste y raíces que se adhieren a la tierra, mientras la clorofila mancha de verde esmeralda el traje que luce. Allí está el árbol, impertérrito, hablando con el viento y jugando con las estrellas. Ese que jamás pensó en el hacha o la motosierra.

Es una lástima, porque caen por montones a lo largo del planeta, como si fueran los culpables de las secuelas del desarrollo.  Como si producir el oxígeno que el leñador aspira,  y que le permite la vida, formara parte de los pecados capitales del más depredador de los animales que pueblan la Tierra: el hombre.

El bípedo peludo, que en esto de las hipocresías tiene un doctorado, le conmemora una vez al año, mientras en los demás soles restantes le convierte en aserrín. Pero el amigo lector dirá, el escritor está chiflado, porque los necesitamos para nuestras construcciones, y a ello el escribiente contestará, “el culantro es bueno, pero no tanto”, porque no se necesitan tantas derribas y quemas para poder morar en el planeta.

En Azuero, por ejemplo, el árbol se está convirtiendo en una rareza, porque la ganadería extensiva hace de las suyas, con apenas 6% de verdor, siendo lo demás potreros, pastos para el ganado. Y retroceden los animales, y las aves no tienen en donde anidar, porque el ser leñoso cada vez es menor en número y calidad.

Mira que el homo sapiens está cada vez más sofocado por el clima tórrido, que ahora también estresa al propio árbol que no logra crear el microclima que alegra la vida, a él y a las demás especies que moran en la Tierra.

Yo creo que, a usted, caro lector, también le ha de doler todo ello. Porque hay que tener un alma de piedra, o un bolsillo muy grande, para no sentirlo en el cogollo del corazón. Basta con estar debajo de la fronda del árbol para comprenderlo y para añorar la brisa que reconforta el espíritu y lo hace a uno más humano.

Pareciera que no hemos terminado de comprender que el árbol es flor de vida, tanto de él como de nosotros. Que estamos en la obligación de respetarlo y defenderlo, porque es nuestro aliado y compañero en el tránsito vital. Que a lo mejor por allí ha de tener un lenguaje que no hemos terminado de descifrar y que tarde o temprano sabrá enrostrárnoslo, al reprochar nuestro indigno proceder.

Por eso, antes que llegue ese instante, estamos en la obligación moral de mirarlo de otra manera; como esas aves que tejen sus nidos en las ramas o que penden de ellas. No ha de darnos vergüenza amar al árbol, quererlo como a un viejo amigo o como al hijo que necesita crecer y tener sus frutos.

¡Ah, el árbol, el viejo amigo!

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10 marzo 2024

BOSQUES Y ARCADIA PENINSULAR

 


He de afirmar que la región de Azuero es una zona deforestada, aunque ello sea llover sobre mojado, por lo trillado de la frase. Lo que no es tan común son las consecuencias que la tala de bosques conlleva, deforestación que va acompañada por otra, la del desmonte cultural, en sociedades que miran y experimentan la agonía de un ayer relativamente cercano.

En cambio,  lo que aquí interesa es cavilar sobre las repercusiones que tiene la llamada cultura del potrero sobre el hombre que mora en las provincias de Los Santos y Herrera. Porque no es lo mismo residir, como antes,  en una península de extensas sabanas y tímidas sierras, con ríos que en el siglo XVI poseían abundantes árboles en sus veras, que vivir en el siglo XXI con la resequedad que caracteriza el área y con un sol que abrasa la vida que ha quedado atrapada en el cuadrilátero peninsular.

La riqueza que se ha perdido, ambientalmente hablando, algo ha de haber repercutido en las relaciones entre sociedad, cultura, hombre y los seres que en ella viven. Hay, sin duda, un efecto sobre el proceso de socialización; en los vínculos naturales que permitían los nexos del hombre con su entorno, porque la deforestación provocó la ruptura con lazos que eran tan necesarios para el goce de la vida y los placeres del alma.

¿Podríamos hablar de deshumanización del ser? ¿Cómo ha impactado ello en la vida vegetal, animal y humana? Y lo que es más importante, la repercusión en la autoestima colectiva y en la propia visión sobre sí mismo. El haber dado ese salto de destrucción ambiental supone, casi que necesariamente, el encontrar otros reemplazos que llenen los vacíos sociales y ecológicos que fueron destruidos en ese proceder autodestructivo. Debo decir que el hacha no sólo acabó con el arcabuco, como llamaban en la colonia al arbolado, de alguna manera ha representado un duro golpe que apunta a la muerte del sistema socioambiental.

Y si es una verdad axiomática que el ser humano se realiza en y con los demás, así como con el entorno ambiental, entonces tendríamos que interrogarnos si, desde el siglo XIX y XX, que es la etapa cuando se consuma el cambio ambiental y cultural, el habitante peninsular, vale decir, el orejano, ha logrado llenar tal carencia emocional. Porque ante la ausencia de los bosques, los que le permitían sentirse parte de la naturaleza, ¿cómo ha llenado el azuerense ese espacio emocional?

Creo que parte de la respuesta está reflejada en la suerte de la cultura regional, porque esa etapa coincide con la valoración del folklore regional, que también experimenta las mismas trasformaciones. El volcarse hacia la identidad cultural es una forma de llenar tal necesidad psicosocial. Tal vez en este sentido pueda explicarse el intento de retornar a una especie de arcadia, el retorno al tiempo mítico de los abuelos, cuando todo era mejor, abundaba la caza y el agua era pura.

Otro elemento fundamental para esclarecer el tópico que nos ocupa, reside en la música, manifestación que se ha convertido casi en droga, porque el ser peninsular siempre ha sido musical y poético, pero no al extremo que vemos en la era actual cuando se experimenta una borrachera de acordeones y de cantaderas que inundan a la región. Evidentemente estamos ante la comercialización del folklore y la búsqueda de la satisfacción que no rebasa la emoción pasajera, la coyuntura de llenar algo que se desconoce.

Mire usted cómo está todo esto relacionado con otro elemento que no parece responder a tales entresijos estructurales: la congoja. Porque cuando el estudioso se adentra al análisis del área peninsular, descubre la existencia de la congoja. Ese sentimiento de melancolía que impregna el sistema social y que está en la base de algunas expresiones culturales: la décima, la música de violín y los acordeones, sin olvidar la propia cultura de la muerte. En efecto, tales expresiones logran sublimar -aunque sin resolver- una necesidad más fundamental, la de volver a matrimoniar lo social con lo ambiental.

De lo dicho se colige que vivir en estas tierras secas y calcinadas por el sol, puede engañar al visitante desprevenido, sobre todo al que arriba por temporadas breves -procesiones, feria, festivales y carnavales, por ejemplo- porque la imagen exterior es la de un hombre alegre y festivo, que muchas veces no es consciente de lo que acontece, en especial de las causas estructurales, las que no son tan evidentes y coyunturales.

La destrucción del bosque le ha robado al ser peninsular un sentimiento de conexión con lo creado, la armonía existencial y le induce hacia el hedonismo que intenta suplir el goce de los animales en el bosque, la belleza de la floración y hasta los necesarios y saludables suspiros cósmicos.

En este sentido lo natural del bosque, el agua clara del río, la magia de la lluvia, al no existir plenamente, divorcia lo sacro y lo profano de manera brusca y le ha impedido realizar una transición adecuada como ser religioso, no como seguidor de una religión en particular, sino como ente que experimenta religiosidad. Por eso la destrucción del bosque ha sido y sigue siendo un estacazo a su ser, a lo más íntimo de la personalidad que se nutre de la relación con la naturaleza.

Pienso que más allá del estudio de la simple deforestación, de los costos económicos de la misma, del exterminio de la fauna, de la ausencia del bosque en sí, ya deplorable, se impone resarcir los daños infringido a la naturaleza, porque al hacerlo no solo se logra recomponer al ecosistema natural, sino al de tipo social y cultural, que es como decir, devolverle el alma al hombre peninsular.

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10/III/2024.


14 abril 2023

EL AGUA EN LA REGIÓN PENINSULAR

La región de Azuero posee adecuada dotación de agua, pero irónicamente la población tiene más de veinte años enfrentado problemas de abastecimiento del vital líquido. Y al mirar el grifo sin goteras, necesariamente hemos de recordar los pozos que se construían en la roca, a la orilla de las quebradas. Agua limpia -dígase lo que se diga- la que era transportada en churucas, latas y otros recipientes para abastecer a la familia que esperaba en la casa habitación.

Así fue por mucho tiempo, hasta que llegaron los pozos brocales, aquellos que eran labrados en tierra y luego revestidos hasta la superficie, formando el borde externo del que deriva su nombre, añadido al uso de algún tipo de broca para elaborar el hueco circular. Ya en los inicios del siglo XX, en las primeras décadas de éste, aparecieron los pozos con maniguetas -pozos de manigueta, decía nuestra gente-, pero que en realidad se denominaban artesianos, por aquello de la región de Artois, ubicada al norte de Francia, en donde fueron inventados.

El punto es que los pozos artesianos, que fueron desplazando a los brocales, terminaron siendo víctimas de los acueductos rurales y urbanos, aunque por mucho tiempo lograron coexistir, hasta que, en un arranque de confianza extrema, los eliminaron por las llamadas plantas potabilizadoras. Esa actitud confianzuda la estamos pagando caro, porque ellos eran el plan B que debíamos tener en caso del fallo de las potabilizadoras, como en efecto acontece.

El abastecimiento del agua es ahora un problema fundamental de la región peninsular en la que moramos. Hay sí, muchas promesas de solución, como los reservorios de agua que nunca llegan y permanecen en permanente estudio, tanto como los olvidades regadíos, algunos de cuyos despojos se ven a la vera del camino.

Lo cierto es que hay mucha cosa que decir sobre el agua; la que ha estado presente en nuestras vidas, la cultura, el folklore, el habla y tantas otras cosas. Por eso no deja de golpear nuestro espíritu el observar la ruina visual del pozo artesiano; el que desaparecerá como las antiguas trojas y la añeja cultura campesina que no desperdiciaba nada y realizaba la cosecha de agua utilizando la inclinación del caidicio de la centenaria casa de quincha.

Sí, hasta la niña encantada del salto del Pilón, ya no es niña, ni está encantada y mucho menos posee la poza de agua para cautivar a desprevenidos españoles u otros paisanos que moran o visitan tales parajes. El agua, el líquido de la vida, así como la tala de bosques, destrucción de nuestras tradiciones y tantos otros temas, son el fruto de nuestro propio andar y falta de previsión de un Estado cuyas instituciones gubernamentales duermen a la vera del canal interoceánico; mientras nosotros nos contentamos con ser reservorio de tradiciones, más no de agua.

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14./IV/2023

 

 

 

06 mayo 2022

HATO GANADERO, CULTURA Y AMBIENTE

 


El Instituto Nacional de Estadística y Censo confirma que la región de Azuero tenía, en el año 2018, un hato ganadero de 303,800 cabezas. De ellas, 87 mil 900 corresponden a la provincia de Herrera y 215 mil 900 a la provincia de Los Santos. Mientras tanto, en el 2019 moraban en la provincia de Los Santos un estimado de 95 mil 540 personas, teniendo la provincia de Herrera 118 mil 865 habitantes, lo que arroja un gran total regional de 214 mil 405 habitantes. De lo dicho se colige que en la región peninsular existe más ganado vacuno que habitantes, es decir, las vacas superan a las personas en 88 mil 975 rumiantes.

Las cifras son preocupantes, ya que al final de la década del noventa del siglo pasado, 1998, el hato ganadero regional era de 375 mil 100 reses. Sin embargo, lo que aquí importa destacar -antes que los motivos de ese descenso numérico- es el impacto que la ganadería tiene sobre el entorno ambiental de la zona. En el día de hoy la península ronda el 6% de bosques, porque lo demás ha sido fruto de la característica sabana de la zona y, además, consecuencia de la cultura depredadora del desmonte.

La ganadería en la península de Azuero es tan antigua como el inicio de la conquista de la tierra, que data del siglo XVI, cuando los españoles no solo introducen el ganado, sino que reproducen la cultura típica del sur de España, destructora y depredadora. Desde entonces la ecuación es sencilla, más ganado menos bosques, avance del frente ganadero y reducción de la floresta. Y menos bosques, de paso, significa destrucción de la fauna.

Desde el siglo XIX, con mayor énfasis, y aún antes, la creación del mercado en la zona de tránsito incrementó la demanda de ganado, así como el estímulo a algunos rubros de la tierra; entre los cuales está la siembra de caña, no sólo para la miel campesina, sino para la elaboración de alcoholes y la reducción de la capa boscosa.

En el siglo XX la ganadería y la siembra de caña de azúcar, así como los monocultivos de arroz y maíz, son factores que desplazan a la típica agricultura minifundista, la reducen a expresiones ínfimas, porque el ganado y demás rubros ocupan los espacios agrícolas, con cercados con púas que delimitan lo privado de lo público. Y no se trata aquí de plantear una visión mefistofélica, diabólica, del ganadero, sino que éste ha tenido que emprender su bregar sin políticas de Estado, insuficiente asesoría técnica y carencia de planificación del desarrollo. Así, en el siglo vigésimo, así como en el actual, se produjo lo inevitable, la destrucción del entorno ambiental en una región que vive de espaldas a la conservación de los ecosistemas.

El tema es complejo, porque en el mismo encontramos entrelazados aspectos internos y externos, estructurales y coyunturales. Como no puedo entrar, por economía de espacio, a analizarlos en su totalidad, abordaré someramente el de tipo cultural. En efecto, no hemos logrado percatarnos que la tala de bosques ha creado las condiciones para deforestar la cultura -si se me permite la expresión-, ya que el hombre típicamente agrícola, en parte responsable de la cultura campesina, de repente se ve expulsado de la zona y su estilo de vida lesionado en sus raíces campesinas, las que evolucionaron desde la colonia y en menos de una centuria han sido adulteradas. Desde entonces el folklore refleja la eterna nostalgia del ayer, congoja que sale a relucir en las décimas, poesías, novelas y demás expresiones culturales, vernaculares o de otra naturaleza.

En la época actual esta temática continúa casi incólume, con cambios de forma, más no de fondo. Y esta situación también es típica del resto de las provincias interioranas. Muy poco se plantea y poco se hace por parte de los grupos organizados, así como de los gobiernos de turno. Mientras tanto, vemos a la flora, fauna y expresiones culturales al borde de la destrucción, así como a una población que sufre, en su calidad de vida, las secuelas de una relación poco amigable con su entorno.

5/V/2022.


06 marzo 2022

MARZO, NATURA Y LOS PÁJAROS

 


Hace algunos años, quizás una década o más, escribí "El canto de la cascá", pequeño texto en el que intento establecer la relación entre ornitología y sociología. Sí, porque la propia vivencia existencial se ha encargado de darme lecciones de ambas disciplinas y su aplicación a la cultura peninsular, azuerense, santeña, herrerana.
Esta mañana, no por casualidad, he escuchado el canto de la cancanela sazonado con gorjeos de azulejos, carpinteros y otras aves, junto al eco sonoro de los gallos. Comprendí, al amanecer, que se inicia en la península amada otro ciclo de la vida. Hay un despertar por la proximidad del invierno y la naturaleza, siempre provisora y previsora, hace el llamado a la reproducción de la especie, alerta de la que seguramente no escapa el propio homo sapiens.
Desde marzo se dibuja en lontananza el invierno, o estación lluviosa y los pájaros anuncian su cercanía. Porque en ese despertar de la vida - que en la cultura se vuelve congojas, rogativas y preparativos para la siembra- el hombre renace influenciado por el canto de los pájaros en una simbiosis que le hace sensitivo y abierto al ambiente en el que creció.
Por esta razón, la depredación que hemos hecho de los bosques, tiene consecuencias devastadoras para el habitante peninsular. Al hacerlo hemos reducido los vínculos con la naturaleza y, de paso, con nuestra propia humanidad, que está indisolublemente ligada a la creación en la que el bípedo mora. Luego, razones tengo para disfrutar los trinos de las avecillas silvestres que despiertan mis cogitaciones de animal racional y emocional y que suspira como ellos en este marzo del 2022.

21 septiembre 2019

LECCIONES DEL RÍO LA VILLA



Río La Villa

El más importante río peninsular nace en las proximidades del cerro Cacarañado, en Las Minas, provincia de Herrera. Desde allí se extiende a lo largo de 117 kilómetros hasta desembocar en el golfo de Parita. A su paso atraviesa los distritos de Las Minas, Los Pozos, Macaracas, Pesé, Los Santos y Chitré. Nace como débil quebrada y su cuenca termina generando un caudal no menor a 900 millones de galones anuales de agua. El hombre peninsular apenas utiliza 90 millones, el 10%. El resto pasa a formar parte del océano Pacífico. El llamado río Cubitá, De los Maizales o La Villa baja desde las alturas de los 953 metros hasta la Villa de Los Santos con 30 metros sobre el nivel del mar.


Nació cuando las divisiones político-administrativas no existían. Nunca fue santeño o herrerano, ya que tales denominaciones son inventos de la era moderna, gentilicios que se fueron forjando desde el siglo XVI y terminaron por cuadricular nuestro cerebro. Hace miles de años el río comprendió cuál es su tierra, la zona en la que discurre; un brazo edafológico desde el que se interna en el mar y cuya datación se estima en millones de años.

Le miro, le estudio y trato de leer el mensaje oculto de su acuosa vida. El río tiene para el hombre peninsular lecciones que éste debe asumir como propias. 
La primera de ellas confirma que la península es una sola y que los regionalismos exacerbados promueven visiones microscópicas de la región. Pregona que lo nuestro es un sistema integrado de tierra, agua, gente, flora, fauna, cultura y sociedad. Aleccionador recorre ambas provincias azuereñas, de la “montaña” a la costa, desde las mitologías de la silampa hasta los intentos costaneros por atrapar el mundo en las redes de la ciencia y la modernidad.

El río sabe que no hay grandeza sin pequeñez, porque el todo es más que la suma de las partes; comprende que desde su origen en la pequeña quebrada de El Montuoso, termina siendo el río más importante de la región de Azuero. Debemos aprender con él que no hay río sin agua y sin entorno que le delimite y condicione. Flora y fauna forman parte de su haber, así como la sociedad y cultura con la que interactúa y condiciona. El desarrollo peninsular debiera emularle, porque no hay que deslumbrarse con propuestas alejadas de nuestra evolución o que no hayan pasado por el tamiz de viabilidad socioambiental.

Las gotitas del río La Villa y sus afluentes terminan forjando la grandeza de la corriente acuosa. Agua limpia de los manantiales que canta entre los guijarros la alegría de vivir y sonríe a las nubes que desde las alturas le bañan e incrementan el caudal que se desliza por el cauce. Y no es que desconozca la tala ribereña, la pestilencia de las aguas negras, el veneno de agroquímicos, las excretas de las piaras o la irracionalidad del mosto. La grandeza del torrente es tal que aún perdona la angurria, codicia y torpeza de quienes le miran como estercolero o tinaja de su avidez financiera.

En la ruptura de su equilibrio, de la homeostasis milenaria, estriba su crisis y reuma contemporáneo. Y en ese estado escucha el parlar de aquellos que confunden consecuencias con causas, de los que proyectan en el río sus miserias sociales y miran reflejada, como en un espejo, la imagen de sus propios desaciertos. El Cubitá no es el problema, sino el modelo depredador que le acosa, destruye y se contenta con sembrarle arbolitos que el estío convertirá en leña e improductivo rastrojo. En cambio, el río de Los Maizales no se inmuta, permanece imperturbable con la certeza de que los bípedos y cuadrúpedos pasarán a la historia mientras su corriente aspira aromas de eternidad. Y en ello estriba su mayor lección, en el silencio de la inteligencia, en ser útil, aunque no le comprendan, en la santidad del sacrificio, como el otro Cordero pegado al madero, inmolado por el amor a su propia gente.
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06 marzo 2016

AGUA, ALJIBES Y TROJAS





La crisis por la que atraviesa la región azuereña posee variadas lecturas, desde las de tipo estructural hasta las que colocan el acento en la emoción y resienten la crítica que se endilga a los agentes que depredan ríos, quebradas, suelos, fauna y flora.Sin embargo, quizás porque la coyuntura y la urgencia así lo demanda, hemos dejado a un lado los aspectos históricos del agua. Es decir, la interacción del hombre peninsular con el líquido de la vida.
En Azuero la historia escrita del agua comienza con la presencia hispánica, más específicamente con las crónicas de Gaspar de Espinosa quien recorre la región a inicios del Siglo XVI. Al español le impresiona la vegetación y cultivos (en especial el maíz) del río que denominará, precisamente, De Los Maizales, también llamado Cubitá por los indígenas y, con posterioridad río La Villa.
De la Colonia heredamos el uso de cántaros de arcilla para almacenar el agua, las llamadas tinajas, que han sido de tanta utilidad y que aún sobreviven más allá de la casa de quincha. Ese legado, lejos de ser hispánico, parece tener impronta indígena, herencia que también involucra el uso de churucas como recipiente para transportar el acuoso elemento.
No menos relevante son las leyendas que mezclan lo hispánico-indígena y fluvial, como en el caso de la Niña Encantada del Salto del Pilón. En efecto, no pocas mitologías campesinas tienen, directa o indirectamente, al agua como protagonista. Ese es el caso de la neblina que asume la etérea personalidad de la Madre de la Noche. Esa bruma acuosa de la alta noche y el alba es lo que hizo posible La Silampa, personaje mitológico que no por casualidad el hombre del campo lo asocia con el frío de la madrugada. También, en el imaginario popular, el sereno se mira como un influjo negativo sobre la salud campesina. Aunque para no pocos paisanos la humedad nocturna produce el rocío preñado de poéticas motivaciones.
En cambio, el sistema de aljibes es otra cosa. Aparece, hasta donde conocemos, en el período colonial. Tales técnicas para almacenar agua son legados de los europeos y, en el caso español, de indudable influencia árabe. Como sabemos, el aljibe es todo pozo, cisterna o fosa para almacenar agua y, como ha de suponerse, asume diferentes formas.
En las provincias azuereñas las manifestaciones de tal modalidad son modestas, al estilo de pozos elaborados en la roca próxima a quebradas y ríos. En este caso no se trata de acumular agua lluvia, sino de adquirirla por la filtración de la corriente contigua, lo que demuestra una preocupación temprana por la salubridad y el asocio del agua como elemento de vida, pero también de muerte. El líquido es vida, presente en el bautismo, al mismo tiempo que atemoriza, como en los casos de los ahogados en ríos y mares. No otra cosa representa la arraigada amenaza de la cabeza de agua, la que puede truncar la vida al atravesar los ríos bravíos.
En cambio, el pozo brocal, el hoyo circular que abastecía de agua pura, fue amo y señor por mucho tiempo, al punto que su reinado se prolongó hasta los años sesenta del Siglo XX. (¡Cómo olvidar el uso de carruchas!). A partir de allí declina su uso, entre otros motivos por el arribo de la modalidad artesiana que se instaura en la primera mitad de la centuria indicada. Originario de la región francesa de Artois (Artesia), de allí retoma su nombre para constituirse no sólo en el lugar para abastecer agua, sino en el sitio de las tertulias de quienes acudían a la fuente hídrica provistos de churucas y latas. El famoso pozo de manigueta marcó toda una época.
Un punto especial en la cosecha del agua lo representa la varias veces centenaria casa de quincha. El diseño a dos aguas, con un pronunciado declive desde la cumbrera, llevaba todo el líquido al cañizo desde el que se depositaba en tanques colocados ex profeso. Así el hombre disponía de aguas para regar las plantas y flores del entorno familiar, así como para aplacar al polvo veraniego.
La existencia de la huerta campesina es otro elemento a tomar en consideración. Ella representó la síntesis de trabajo, ocio y diversión. Ubicada en las riberas de los ríos resume una cosmovisión agraria donde el agua se mezcla con la ética laboral campesina, el sonido de la corriente del río que no cesa de fluir, mientras familia e invitados disfrutan de un refrescante chapuzón. Ese río que no pocas veces fue fuente de proteínas de pescados, camarones y otras delicias de la gastronomía orejana. Sin olvidar los placeres de las lavanderas que a son de manduco y charlas de comadres, lavan la ropa mientras el agua juguetona serpentea entre las piedras.
Hay que tener presente que el Siglo XX modifica la relación que tenía el campesino con el líquido elemento. Y conste que para aquellas calendas el grupo humano ya se preocupaba por la escasez de agua que promovía el estío peninsular. Tanto, que era común el uso de trojas en quebradas y ríos. La troja era una represa rústica construida con materiales del medio: palos, tierra, piedra, arena, etc. Su función era clara, retener el agua y, en el caso de los ríos, prevenir el avance de la marina salinidad.
Durante esta centuria y como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, se introdujo algo novedoso. Como al inicio de los años cuarenta no se sabía cuánto iba a durar la conflagración bélica y era necesario garantizar la seguridad alimentaria, el gobierno promueve los regadíos. El 1941 el primero de ellos se establece a la orilla del río La Villa. Esa propuesta crece en los años sesenta al punto que, en 1969, se amplía el regadío indicado y se construye otro en las veras del río Guararé. El proyecto, fraguado en 1966, pretendía abarcar desde el río Parita hasta el río Oria en Pedasí. Época importante porque el Estado comienza a institucionalizar respuestas para dotar de agua potable a la población.
El regadío, un proyecto de tamaña magnitud, feneció por falta de visión y decisión política. Igual aconteció con el propuesto para el valle de Tonosí en los años setenta y, cómo olvidarlo, el fallido intento del Siglo XXI. En efecto, durante estas dos centurias los reservorios de agua no han faltado, pero casi siempre ligados a la actividad agrícola y ganadera, especialmente la última. Surgen así algunos abrevaderos para las bestias que no sólo son consumidos por los animales, sino evaporados por el sol inclemente.

De lo dicho se colige que, si bien el hombre interiorano ha impactado negativamente el ambiente, tal proceder tiene parte de su explicación en factores exógenos al área (mercado transitista) sumado a una herencia hispánica que mira el monte como el lugar en el que moran animales, insectos y culebras. Es decir, como la antítesis del progreso. Por eso la destrucción ambiental en la zona puede llegar a confundirnos y olvidar que existe una historia del agua que no puede ser desechada y que está íntimamente ligada a la evolución del sistema social. La verdad es que en el siglo XX se destruye la cultura campesina del agua. De modo que cuando se estudian tales procesos, se descubren los pies de barro de aquellas leyendas que, irresponsablemente, se han tejido sobre el hombre interiorano y, en particular, de la relación de este con los componentes hídricos en el que mora. En efecto, no todo ha sido fósforo y hacha.

08 febrero 2016

LA CULTURA DEL POTRERO


El viento sopla fuerte y en la costa oriental azuerense los potreros lucen chamuscados. Apenas comienza el tórrido verano y ya el paisaje se torna achocolatado, como si anticipara lo que se avecina. El sol, un sádico que se ríe de los cerros, castiga con intensidad lumínica los bosques peninsulares. No hay continuidad en el monte y uno que otro árbol asoma en el horizonte. Al detenerme miro desde la carretera el impacto de la cultura de la depredación y recuerdo al Dr. Stanley Heckadon Moreno y su premonitorio texto Cuando se acaban los montes.
Soy santeño y me duele esta devastación que algunos confunden con producción, generación de empleo e incluso, los más ilusos, hablan de desarrollo sostenible, al estilo de la minería que depreda Cerro Quema y sus alrededores. Cuentos chinos, diría Andrés Oppenheimer, no hay nada más dañino que la política de mirar, mientras se prende el rancho confiando que de algún lado saldrá la solución.
Tengo décadas de estudiar la zona y confieso que estoy aterrado. Pensé que el proceso iba a ser más lento, pero el retroceso de la naturaleza supera lo esperado. La realidad lastima, pero no se puede ocultar. Como si se tratara de una novela costumbrista, al estilo de José del C. Saavedra Espino o Antonio Moscoso Barrera, el azuerense se refugia en los relatos de antaño, rememorando el bosque que conocieron y el agua que casi no está. ¡Y qué distante ha quedado el relato de La Niña Encantada del Salto del Pilón!
En cambio, más allá de la zona los “estudiosos” se contentan con achacar al hombre de carne y hueso la culpa de la crisis del ambiente. Sin duda alguna responsabilidad tendrá, pero al hacerlo olvidan que tal proceder es producto de una estructura socioeconómica en la que el agente social actúa o deja de hacerlo. No se trata sólo de individuos, sino del modelo productivo que está dando evidentes muestras de cansancio y agotamiento. El hombre no es veleta, pero tampoco pueda sustraerse a ese sistémico influjo.
El sistema social azuerense tiene quinientos años de historia y es mestizo, como todo lo propio de la región peninsular. Hablo de lo español, negro e indígena bajo la hegemonía cultural de los primeros. Los españoles siembran en la zona su modelo productivo basado en rebaños y desmonte. Así fue hasta la decimonónica centuria. Sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XIX el mercado transitista incrementó la demanda de productos cárnicos y promovió un desequilibrio poblacional que se evidenció a lo largo del Siglo XX, así se generaron los flujos migratorios hacia la ciudad de Panamá y montañas de Darién. Mientras tanto, el frente ganadero se expandió y la agricultura retrocedió al punto que actualmente la zona boscosa solo abarca el 6% del territorio. Es decir, el 94% de la península es talada y convertida en potrero.
Desde esta perspectiva analítica no se trata de la existencia de un ser montaraz y satánico que anda por el mundo tumbando árboles y quemando bosques y potreros. Santeños y herreranos, insertos en el mercado de la zona de tránsito, producen para ésta, pero lo hacen desde una economía cuasi autárquica, porque desde tiempos inmemoriales el orejano siempre fue dejado a su propia suerte. No hay política agropecuaria porque los gobiernos son entes cuyos intereses se centran en el sector terciario. Discursos politiqueros y falaces abundan, hechos concretos, muy pocos.
Así arribamos al Siglo XXI y ahora nos extrañamos de lo que acontece. Más que la problemática del agua lo que vivimos es una crisis estructural.  Y ante los hechos consumados los remedios se centran en la siembra de plantones, que algo ayudan, pero que no podrán contener la depredación cuyo origen es histórico, cultural y sistémico. Ejemplos abundan, ¿en qué quedó la problemática de la atrazina del río La Villa? Pues, en nada, en la distribución de botella de agua y en los sueños de opio del reciclaje de plásticos.
El meollo del asunto pasa por transformar la cultura del potrero. Situación que no será fácil dado los intereses que existen dentro y fuera de la zona. Ello exige la puesta en práctica de una planificación que involucre a los agentes sociales de la región. El desarrollo de una socialización formal e informal que rompa el paradigma del hombre como sujeto que domeña la naturaleza, por otro que la sienta amigable y parte integral de ella. Ese enfoque tiene que ir acompañado por la existencia de una propuesta legislativa que, en casos extremos, no dude en sancionar a quien deprede y persiste en creer que el libre albedrío consiste en vivir sin compromisos colectivos.

La tarea es monumental, pero no imposible. Si somos parte del problema, tenemos que ser parte de la solución. En ese sentido el comunicado de la Diócesis de Chitré (provincias de Los Santos y Herrera) viene a ser como una bocanada de aire fresco en el enrarecido y desértico panorama peninsular. La curia viene a decirnos que no estamos solos y al hacerlo se vuelve crítica y coloca, con valentía, el dedo sobre la llaga. Lo demás es tomar conciencia del desafío y pasar de la teoría a la praxis.

27 octubre 2014

AZUERO, AMBIENTE Y CRISIS SISTÉMICA


Río La Villa y el ingenio Campos de Pesé
El río La Villa ha puesto de moda lo azuerense; mucho más allá de los carnavales, las polleras, las mejoranas, el 10 de noviembre y otros sucesos que tienen como epicentro la indicada zona ístmica. Interesante temática, porque en la crisis peninsular el denominador común es el problema ambiental. Estamos ante un tópico que habitualmente se mira como deforestación a secas y que, en consecuencia, se busca remediarlo sembrando arbolitos a la vera de los ríos Parita, La Villa, Guararé, Mensabé y otras azuereñas corrientes acuosas.

Un enfoque simplista como el indicado olvida que, en el ayer cercano, las causas estructurales de los flujos migratorios herreranos y santeños promovieron gran parte de la diáspora interiorana del Siglo XX. Desconoce, igualmente, que esa centuria significó educación, ciencia y tecnología, pero también ausencia de planificación y un sector agrario cada vez más abandonado, con campesinos que tuvieron que refugiarse en su folclor adulterado para no morir de cabanga.

El agro peninsular hizo lo que pudo, forjando la cultura de la depredación que heredó de la Colonia, mientras los grupos dominantes transitistas miraban para otro lado, porque les convenía que esos manutos y patirrajaos se contentaran con trapiches, coas, bollos, tasajos, festivales y tamboritos. Sin embargo, al mismo tiempo la nación orejana contribuyó a formar, casi sin darse cuenta, una visión de la panameñidad; mientras domeñaba el monte a punta de hacha, regaba faragua, ampliaba el hato ganadero y fomentaba una agricultura rudimentaria, la que no comienza a cambiar hasta mediados de la vigésima centuria.

En apenas un siglo el paisaje azuereño ha variado más que en los cuatrocientos años que preceden a la separación de Colombia. Excepción hecha del Instituto de Fomento Económico (IFE), que introdujo algo de tecnologías, cooperativas y razas bovinas, la política estatal ha sido mera pose político-partidista. Por eso, la crisis del agua ya se veía venir desde el siglo pasado y algunas investigaciones  pioneras -como las de Heckadron-Moreno- pusieron el dedo en la llaga; mientras médicos visionarios como el Dr. Francisco Samaniego atendían a un campesinado desnutrido y olvidado.

La llegada de los agroquímicos fue otro cantar. A raíz de ello el machete campesino quedó convertido en herramienta antediluviana, porque la champa no podía competir con la deshierba química. Mientras tanto, Varela Hermanos, la Nestlé y Campos de Pesé hicieron del antiguo río Cubitá un basurero de sus inmundicias industriales. A partir de allí la Sra. Atrazina se enseñoreó en el  maizal y la caña de azúcar. Y como si fuera poco, la cultura porcina transformó al amado río en depositario de orinas y excrementos. Incluso el Canajagua terminó convertido en chiquero con aroma a verraco en celo.

La verdad es que la problemática del río forma parte de una crisis sistémica. Hay que tener presente que la destrucción del entorno ha traído, entre otros premios, el hantavirus. Me refiero al virus de esos ratoncitos que ya no podían vivir en un monte inexistente y optaron por volverse urbanos. Problemática compleja a la que hay que sumarle el exterminio de jaguares. Esta vez con  el argumento de que los felinos cazan terneros; es decir, los becerros que moran en potreros que el hombre le robó al hábitat del más grande gato peninsular. Y lo mismo acontece con los venados, monos, conejos y toda una fauna que se está quedando sin bosque y sin comida, al par que la gente se queda sin agua.

Y si el problema es sistémico, las soluciones también han de serlo. Cambiar la cultura ambiental no será fácil, ni se logrará a corto plazo. Y aunque el problema es de todos, el liderazgo tiene que ser estatal, entre otros motivos porque el gobierno posee los recursos económicos para lograrlo, así como el aparato coercitivo para poner coto a la depredación de los agentes sociales e industriales.

Nadie duda que debe involucrarse a la sociedad civil;  aunque la consulta popular no es excusa para que quienes ejercen el monopolio del poder dejen de asumirlo. Y allí está justamente parte del nudo gordiano del tema, porque los intereses económicos y políticos llamados a emprender la cruzada ambiental, son los mismos agentes depredadores que moran a la vera del río La Villa. !Válgame Dios!

14 agosto 2014

Y HUELE A MOSTO LA HERMOSA TIERRA SANTEÑA




El encabezado del escrito lo tomo del memorable libro de Don Rubén Darío Carles Oberto, que bajo el nombre de LA GENTE DE ALLÁ ABAJO publicara el penonomeño a mediados del Siglo XX. El texto describe la región azuerense en sus hábitos y costumbres y destaca, entre otros aspectos, el rol de la caña de azúcar en las primeras décadas de esa centuria. Después de tanto tiempo el recordado educador continúa teniendo razón, porque para aquellas calendas existían en la Península no pocos cañaverales y pequeños ingenios.
El tema es relevante, porque hay una diferencia notable entre la antigua forma de producción y lo que encontramos en la época contemporánea. Antes, el cañaveral era un recurso propio del pequeño propietario –minifundista- que lo utilizaba para derivar otro ingreso familiar y, de paso, casi sin querer, promover en el agro las nuevas relaciones asalariadas. Hay más, porque la cultura de esos tiempos está impregnada de relatos de aparecidos y personajes que caracterizaron el folclor de esa etapa de nuestra sociedad rural. No pocas veces el “Padre sin cabeza” aparecía próximo a los ingenios, como si la leyenda pretendiera alejar al campesinado de la tentación que suponía la proximidad del alcohol.
También hay una diferencia abismal entre aquellos cañaverales azuerenses y los que se desarrollaron en Aguadulce -e incluso en
Pesé-  empresas que crean el monopolio de la caña que estimularon presidentes como Rodolfo Chiari y que llevan el sello liberal de aquellas décadas de principio de la vigésima centuria. Por eso, ligado al aumento de la población, el consumo y la demanda nacional e internacional, vivimos la expansión de la caña de azúcar; monocultivo que se apodera de los campos, destruye el ambiente y arrasa con lo que queda de la peonada campesina.  El hecho no deja de ser curioso, porque en Azuero el rol de la caña parece tardío, si lo comparamos con el período colonial, cuando en otras latitudes su cultivo estuvo ligado a la deplorable explotación de africanos e indígenas.
En tales tópicos he estado pensando a raíz de la crisis del agua en la península azuereña. Los tiempos cuando el mosto era tirado a las quebradas y los ríos, sin mayores secuelas, han pasado a la historia; ya sea porque nunca se documentaron tales prácticas o por la indolencia de la clase política y de los ciudadanos que están llamados a prevenir tales catástrofes sembradas por el hombre.
Lo del Río La Villa y la tristemente célebre atrazina es una acumulación histórica de factores que eclosionan a finales del mes de junio e inicios de julio de 2014. Hay que recordad que fue el General Torrijos quien en los años setenta trajo a Los Santos un destartalado ingenio, ilusionado por los buenos precios del azúcar, propuesta que también intentó desarrollar en La Tiza de Las Tablas. De aquella época todavía subsisten los ingenios veragüenses, los que continúan siendo testigos de los devaneos del Estado empresario.
La verdad es que el río que los indígenas llamaron Cubitá y Gaspar de Espinoza denominó De Los Maizales sufre las consecuencias de una cultura empresarial que usa las corrientes de agua como basureros de sus desechos industriales, quizás porque es más cómodo y rentable mirar para otro lado y aprovechar las crecidas de las aguas invernales para deshacerse de la vinaza y otras inmundicias.
Qué duda cabe que en este mundo de cañas, virulí, seco y etanol poco importa los doscientos mil habitantes que pueblan Azuero, aunque cien mil personas se hayan quedado sin agua. La racionalidad económica se impone sobre la sanidad comunitaria y termina defendiéndose con los socorridos argumentos de la generación de empleo, medidas de mitigación y otras distracciones de igual ralea.
La contaminación no es tan sólo el producto de una falta de conciencia, en la que santeños y herreranos también tenemos nuestra cuota de responsabilidad. Ella resume la ausencia de políticas de Estado para con un agro al que sólo se acude en tiempos de elecciones. El río, otrora silencioso, parece gritar a los panameños nuestra proverbial falta de previsión y de cultura ambiental. E incluso deja bien claro que no podemos vivir sin el preciado líquido y que éste bajo ninguna circunstancia debe ser privatizado y convertido en mercancía.
A los que habitamos el área ha de preocuparnos que una problemática de tal naturaleza se reduzca a la entrega de botellas de agua –loable sin duda- pero distante de las causas reales del fenómeno. El río La Villa es apenas un componente de una estructura comunitaria económica, natural, social y cultural que espera proyectos integrales de desarrollo. La solución no sólo está en castigar a los culpables, sino en la eliminación del principal foco de contaminación; a saber, la expansión de la caña de azúcar y el irresponsable uso de agroquímicos.
Se impone recordar que en la historia de la humanidad los monocultivos siempre han sido un problema mayúsculo, porque el sistema social termina cautivo de sus angurrias económicas y apetencias políticas, al par que se atenta contra la seguridad alimentaria. Allí están, como ejemplos, Santa María y El Rincón, comunidades herreranas que moran entre barrotes de caña y agroquímicos.
Emulando a Carles Oberto, arriba citado, diría que apesta a mosto, vinaza y atrazina la hermosa tierra azuerense. Y mientras la población defiende en la calle su calidad de vida, entre los matojos de caña el rostro sonriente de la impunidad recuerda el viejo adagio popular: “Poderoso señor es Don Dinero”

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