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08 marzo 2022

FANNY CORREA MORENO

 

No por casualidad me encontré con el personaje leyendo el libro del doctor Sergio González Ruiz (1902-1966) intitulado MOMENTOS LÍRICOS. Allí aparece un poema ofrendado a ella, María Fanny Correa Moreno; además de dedicarle el texto de poemas, publicado en el año 1964, en su segunda edición, que es la que poseo.

A FANNY

Ya de mi alma la esperanza se extinguía,
Ni sueños ni ilusiones alegraban
La triste soledad del alma mía,
Cuando te conocí, Fanny adorada.

 Y el dulce candor de tu mirada,

Color verde de cielo o de esmeralda,
Fue un destello de luz y de armonía
Que iluminó la noche de mi alma.
 
Descreído de todo y engañado.
Sin fe ya en el amor, por el dolor herido,
Iba yo por el mundo ya cansado,
Y dudando de Dios y hasta de mí mismo.
 
Pero llegaste tú, ángel del cielo
Y ante la luz de tus pupilas bellas,
Se iluminó de amor el mundo entero;
La negra noche se pobló de estrellas.

 En los maravillosos archivos parroquiales del templo a San Atanasio encontré el acta de bautizo de la santeña. El documento indica que nació en la Villa de Los Santos, el 15 de marzo de 1911 y que fue bautizada el 15 de abril del mismo año con el nombre de pila de María Fanny. Fueron sus padres Braulio Correa y Romualda Moreno. Por la rama paterna los abuelos son Pedro Correa y María de Los Reyes Chiari; y por la materna Manuel Balbino Moreno Vieto y Ana María Castillo González, es decir, doña Fanny era sobrina de La Niña Anita, Ana María Moreno del Castillo, la Sierva de Dios.

El cura José Vásquez deja constancia que Fanny contrajo matrimonio con Sergio González Ruiz el 8 de noviembre de 1928, de lo que se deduce que ella tenía 17 y el tableño 26 años. Ella falleció en la señorial Villa de Los Santos el 28 de septiembre de 1986. La pareja no tuvo descendencia.

Hoy podemos afirmar que el tableño de las 26 LEYENDAS PANAMEÑAS y autor del poema “Adiós a Las Tablas” y de “Mi coloquio con el Canajagua”, encontró en la Villa de Los Santos el amor de su vida.

 

 


07 marzo 2022

SOBRE LA MUJER PENINSULAR

 


En el período precolombino las espavé fueron las mujeres más destacadas, además de ser concubinas de los tiba o caciques indígenas. Por algo aún existe un árbol frondoso y umbroso que lleva su nombre. Tan comprometidas estaban con su tribu, que hasta eran enterradas con los señores de los campos peninsulares. Luego, en el período colonial, apareció la negra esclava. Y aconteció lo inevitable, del encuentro sexual, genético y cultural entre indígenas, negros y españoles, surgió la mujer mestiza, que es la predominante en los siglos siguientes. Algunas de ellas con rasgos somáticos de negras, otras con semblantes indígenas y la mujer de impronta hispánica.

Hasta el siglo XVIII casi no hay nombres de mujeres prominentes, como no sea para categorizarlas como campesinas o féminas que habitaban en la costa oriental en los pueblos de conformación más urbana, como en la Villa de Los Santos y Parita, por ejemplo. Ellas son registradas en los archivos parroquiales según su jerarquía social y prestancia familiar, ya sea por su nacimiento, matrimonio o defunción.

Las cosas comienzan a cambiar lentamente a partir del siglo XIX con el arribo de la escuela, institución apenas desarrollada y dirigida a los varones. Desde entonces habrá centros educativos para varones y escuela de niñas, incluso hasta el año 1919, cuando se implementa la coeducación y los niños de ambos sexos pueden estar en el mismo salón de clases.

Tal y como afirmó Antonio Baraya, gobernador de la extinta Provincia de Azuero, en el año 1852 la mujer esa una simple “máquina humana de reproducción”. Sin embargo, comienzan a aparecer nombres al inicio del decimonono. La figura de Rufina Alfaro, mito o realidad, por eso es tan trascendental. Habla de un rol que no existía o no quedó registrado; ella es, después de las espavé, el más sonoro ejemplo de feminismo, del papel de la mujer más allá del hogar. Otro caso luminoso es el de Bibiana Pérez Gutiérrez (1848-1940), la guarareña que crea un distrito santeño en el año 1880.

En esa misma década nace Zoraida Días Chamizo (1880-1948), la tableña que publica por vez primera un libro de poemas, Nieblas del Alma, cuyas ejecutorias como poetisa y educadora corresponden al siglo XX. A partir de allí hay una cohorte de mujeres que encuentran su desarrollo como maestras. Tales los casos de Ofelia Hooper Polo (nacida en Las Minas), Benilda Céspedes Alemán (tableña), Elida Luisa Campodónico Moreno (1894-1960) y una larga lista de instructoras que se extiende hasta los tiempos actuales. Sin olvidar a las que se desempeñaron en otros órdenes de la vida, como Eneida Cedeño (1923-2006), Lucy Jaén Córdoba (1928-2011), Ana María Moreno Del Castillo (1887-1977), María Moreno Peralta (de las primeras enfermeras tituladas), entre otras.

La mujer también incursiona en la política, desde los tiempos de Coralia Correa Maltez hasta Mireya Moscoso Rodríguez (1946), presidenta de la república. En la segunda mitad del siglo XX la mujer se hace profesional y universitaria, abriéndose para ella un abanico de posibilidades, aunque siguen existiendo escollos que ha de superar.

Debo decir, en honor a la verdad, que, si bien tales personajes femeninos son de valorar, en realidad el peso de la cuestión social lo ha llevado la mujer anónima, esa que no escribe ensayos, poemas o libros, ni se autoproclama feminista. Me refiero a las agricultoras, amas de casa, fonderas, artesanas, planchadoras, aseadoras, cantineras, comadronas, lavanderas, chanceras, etc. Ellas son responsables de la administración familiar y de la socialización de la prole; fomentan la autoestima personal y colectiva. Gran parte de la transmisión de la identidad cultural es de su hechura.

Los desafíos no son pocos, pero los avances sociales, con todas las limitaciones, hablan de un futuro mejor para la mujer peninsular. La trocha está trazada y los próximos pasos dependerán del cultivo del intelecto, así como de la democratización del sistema social y del empeño que la sociedad le imprima a los cambios que reclamaba un gobernador del siglo XIX.

Milcíades Pinzón Rodríguez

En las faldas de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 7 de marzo de 2022.

 

23 noviembre 2011

MARIPOSAS DOMINICANAS

Hermanal Mirabal: Patria, Minerva y María Teresa
Terminé de leer VIVAS EN SU JARDÍN, de la pluma de Dedé Mirabal Reyes, una de las cuatro hermanas Mirabal que América Latina tuvo la fortuna de parir en Quisqueya. Allá, en la antigua Provincia de Salcedo, que ahora con justa razón se denomina Hermanas Mirabal. Debo confesar que me subyugó el texto, al punto que el mismo se volvió casi una obsesión; tal es el grado de apego que despierta su lectura.
Confieso que hace mucho no experimentaba esa desazón interior que estimulan las buenas lecturas. Con anterioridad había leído LA FIESTA DEL CHIVO, del premio Nobel Mario Vargas Llosa y un poco más atrás la novela que la Sra. Julia Álvarez  tituló EN EL TIEMPO DE LAS MARIPOSAS. Los tres textos merecen leerse, en espacial para aquellos sectores juveniles a quienes los atropellos de Trujillo, así como los posteriores desatinos de Balaguer, ya casi no le dicen nada o confunden a los personajes con actores de alguna serie televisiva. Y es que en nuestra época la imagen se sobrepone al contenido, por aquello que planteara Geovani Sartori en  HOMO VIDENS.
Ternura e indignación quizás serían los vocablos para referirse al trabajó de la Sra. Dedé. Hay una mezcla de sentimientos encontrados cuando se pasa revista a este manjar literario. Poco a poco va aflorando todo un mundo sensorial que no lo recoge la historia tradicional; una microhistoria de sentimientos que logra pintar con los mejores colores la vida de LAS MARIPOSAS. Nada para comprender la patología de los sátrapas de Latinoamericana como este relato nacido del amor y del recuerdo; porque de la mano de la autora el lector no puede creer que exista un sistema social y político tan abyecto y de tan ruines propósitos.
Este relato testimonial sobre Minerva y sus hermanas expresa la disputa entre la barbarie y el amor que florece en el jardín de Las Mariposas. Encarna una lucha que trasciende la isla caribeña para vestirse con los mejores ropajes de una América morena que ha vivido iniquidades como la de Ojo de Agua. Lamentablemente moramos en países en los que nunca han faltado las bestias políticas que destruyen familias, devoran recursos públicos y se ensañan sobre aquellos que, como las Mirabal, tienen sueños y quimeras.
¡Qué impactante todo esto!, el que unas Mariposas batan sus alas para derrocar un tirano. Extraordinaria lección patria para quienes creen que eliminando a los portadores del símbolo (mariposa: indefenso y frágil pañuelo multicolor que surca los aires), ya dan por contado que con ello lograrán que la libertad y la democracia se rindan ante el poder omnímodo.
Y es que además de ternura, el texto habla de indignación. Justo ahora, cuando el vocablo se ha vuelto famoso (Stéphanne Hessel); porque el valor revolucionario  de la indignación es lo que destilan estas memorias de la tierra del merengue. Indignación y coraje taíno de quienes se cansaron de morar en un país gobernado por indigentes morales y cultores de la muerte. En la misma época los panameños también vivimos el poder avasallador de la indignación nacional de enero de 1964.
El 25 de noviembre de 1960, fecha del horrendo asesinado de las hermanas Mirabal, es un hito en la historia de la liberación de América Latina; más trascendente que un acto heroico que el feminismo puede y debe enarbolar como bandera. Lástima que nuestro sistema educativo sea tan pobre y enclenque que no recoge y difunde este canto a la vida de unas Mariposas Dominicanas.
….mpr…

24 julio 2008

LA MUJER AZUERENSE


Ofelia Hooper Polo 


Han pasado más de ochenta años desde que la chiricana Clara Gon­zález escribiera, en el año 1922, su tesis titulada La Mujer ante el derecho panameño; trabajo que sustentó en lo que por aquellas calendas se conoció como la Escuela Nacional de Derecho. Por este y otros motivos, que hablan de su inquebran­table voluntad de lucha en pro de la mujer panameña, a la Sra. González se le con­sidera como zapadora del movimiento feminista panameño.
En la actualidad muchas de las luchas de mujeres como la que indicamos, apenas si son conocidas. Es más, las raíces de las discriminación contra la mujer panameña sólo han variado de forma; cierto que se ha avanzado, pero no lo suficiente como para que los obstáculos estructurales hayan sido superados.
Poco conocemos, porque poco se ha escrito sobre la contribución de la mujer panameña al desarrollo nacional. Sin duda ese silencio no se compagina con el no despreciable legado del sexo femenino en nuestro país. Sólo de pensar en el trabajo hogareño de la mujer campesina, ya es como para sacar a muchos de las visiones en la que viven sumidos.
Al escribir estas líneas pienso en la mujer azuerense -como podría decir chiricana o darienita-, porque en verdad lo que ella ha hecho apenas se conoce. De la mujer indígena que habitó nuestra región todo está por explorar y pocas cosas podemos avizorar a través de las crónicas de la Conquista. Constatamos que en nuestra flora regional ha sobrevivido uno de los términos empleados por los indígenas para referirse a una dama de alcur­nia: espavé. Vocablo que hoy designa a uno de nuestros más hermosos árboles nacionales. La espavé era la esposa de un cabra (guerrero destacado) o de un tiba (cacique prin­cipal).
Aún hoy, quinientos años después, la contribución indígena sobrevive mezclada con los rasgos culturales de la negra y de la mujer blanca. Y no se trata sólo de la cuestión culinaria (tamal, bollo, sancocho, etc.); sino de las transmisión de formas de pensar, modismos en el habla, estilos de bailes, aprendizaje del afecto y una larga lista de eventos que implican la socialización, enten­dida ésta como la transmisión de la cultura. Una tarea de tamaña envergadura, realizada con amor y abnegación, debió disponer de un mayor apoyo de tipo institucional.
Me refiero a que durante largos siglos la mujer azuerense asumió estas actividades como algo que le era consustancial a ella, como un producto de lo que la sociedad le enseñaba como sus "deberes de esposa". Deberes que muchas veces se entendían como el ser sumisa, como el no pensar y convertirse en una sombra de su consorte.
Acaso lo acontecido con la instrucción en Azuero sea una ventana que nos permita vislumbrar el papel que dicha sociedad rural -de estrechos y fuertes vínculos familiares-, tenía asig­nado al sexo femenino y, de paso, nos ayude a adentrarnos en ese mundo de los siglos pasados. Al respecto, tal vez lo más llamativo que hemos en­contrado sea el siguiente testimonio de Antonio Baraya, gobernador de la extinta provincia de Azuero, fechado el 15 de septiembre de 1852. Cito:
"También debeis hacer los mayores esfuerzos por establecer un colegio o escuela provincial de niñas. La mujer, esta preciosa mitad del género humano, destinada por la naturaleza a influir en el destino del hombre, i en la suerte de la naciones, segun su mayor o menor intelijencia, crece en estos pueblos como la planta silvestre, sin mas educación que la que le legara a su madre o abuela el siglo XVI, i sin otro porvenir que el de ser máquina humana de reproduc­ción".
En efecto, en el área es vieja la tendencia a creer que la educación más esmerada la deben tener los hijos varones. Tanto, que todavía en las primeras décadas del Siglo XX existían escuelas para niñas y escuelas para varones. Sin duda, en este punto la mujer azuerense no escapa a la misma suerte de sus colegas en el resto de la república. Estado en el cual la coeducación no se implantó hasta el año 1919. Una rápida mirada a los con­tenidos de las asignaturas que recibían las niñas corro­bora la vigencia de la vieja concepción de que nos hablara el gobernador azuerense del decimonono panameño.
No cabe duda que en Azuero, como en el resto del país, la revolución educativa de principios de siglo representó un significativo avance en la búsqueda de mejores días para la mujer de la península. Esto sin desconocer lo polémico que podría significar, en lo atinente al papel de la mujer moderna, la discusión de los contenidos programáticos de los centros escolares.
Actualmente esa misma mujer supuestamente dispone de numerosas escuelas primarias, colegios secundarios y centros univer­sitarios. Pero, en honor a la verdad, ello no es suficiente. Nuestra mujer necesita y tiene el derecho de acceder, en igualdad de condiciones, a las diferen­tes instancias del poder.
Según el último Censo de Población la mujer azuerense representa el 49.28% de la población de la provincia de Herrera y el 48.91% en la provincia de Los Santos. Esto significa que ella constituye algo así como el 50% de la población. Un contingente poblacional de tal naturaleza bien podría mul­tiplicar su contribución al desarrollo nacional, si no se le subestima y se erradican las estructuras económicas y políticas que le permitieron a un Antonio Baraya en 1852 hablar de "un porvenir de máquina humana de reproducción".

22 febrero 2008

LA MUJER EN LA CULTURA DE AZUERO























En los últimos años el estudio de género ha adquirido en nuestro país una importancia inusitada. Al parecer varias décadas después de la declaración del Día Internacional de la Mujer se hizo más notorio el interés por este tipo de tópico; digo, tal vez, porque las raíces del fenómeno datan en nuestro país de épocas mucho más añejas.
No cabe duda que el rol de las féminas siempre ha gravitado sobre una sociedad que en los tiempos actuales ha venido a reconocerle una trayectoria de larga data. Sin duda esa valoración no es una concesión gratuita forjada según el molde de un sector masculino que repentinamente toma conciencia de dicha discriminación (aunque no podemos descartar una dosis de ello), sino que ha sido incoada por el esfuerzo y el empeño organizativo de las propias mujeres en el contexto de una época preñada de concepciones que se vuelven caducas, al ser retadas por otras que buscan imponer su novedosa impronta social.
Siempre consciente de lo relevante del tema, y ante la carencia de investigaciones sobre el tópico en la Región de Azuero, me impongo la tarea de escudriñar ese acontecimiento en el marco de una sociedad rural como la santeña y herrerana, que no necesariamente evoluciona a la velocidad de los fenómenos de la istmeña zona transitista. Para ello procedo ha destacar algunos fenómenos que caracterizan la formación social azuerense; ya que resulta imperioso auscultar los rasgos que distinguen a la indicada zona para comprender el marco en el que crece y se desarrolla la mujer objeto de nuestras cavilaciones. A continuación establezco un esbozo de esa misma fémina, para pasar luego a referirme al nuevo contexto social de la modernización, sin olvidar en este punto los retos y desafíos de la mujer santeña y herrerana del Siglo XXI.
Mujer, historia y sociedad
Si observamos la región de Azuero, pensando la misma desde los intereses femeninos, existen rasgos culturales e históricos que permiten analizar el rol de la mujer orejana de la costa y de la montaña, que algunas veces se vuelve profesional y se asienta en la zona oriental para ejercer desde tal sección peninsular un liderazgo mucho más notorio que el que históricamente desempeñó en un contexto plenamente rural.
Al pensar en el período previo al arribo de los españoles, conviene tener presente el papel de la llamada espavé, vale decir, de la indígena que se convierte en concubina del tiba o cacique. De las crónicas coloniales se desprende que no se trata de una mujer seleccionada solamente por su belleza física, porque muchas veces ella asume las armas como parte consustancial de sus deberes. Esta visión contrasta notoriamente con la leyenda latinoamericana de la Anayansi panameña o la Malinche mexicana, personajes que presentan una imagen novelesca de la mujer indígena, como si para ella fuera normal sacrificar a su pueblo por un incomprendido amor hispánico.
La riqueza de la cultura indígena rescatada por los arqueólogos, confirma que estamos ante sociedades con una jerarquía propia; culturas en donde es imposible que la mujer desempeñara funciones meramente de servidumbre. La riqueza de los objetos precolombinos con sus figuras, colores y textura no puede ser únicamente el producto de labores típicamente masculinas. Por ello, no es casual que en Azuero el papel relevante de la mujer indígena aún perdure en el nombre de uno de los árboles más hermosos de la flora interiorana: el espavé.
No cabe duda que la mujer precolombina va a formar parte del substrato social que hará posible la existencia de la mujer contemporánea; mezcla del estoicismo indígena, orgullo español, alegría y resistencia física de la negra colonial. Algunas mujeres santeñas y herreranas poseen una dosis mayor de uno u otro de tales componentes raciales y culturales, pero todas se muestran orgullosas de la estirpe de la Península del istmo que tiene en el Canajagua el símbolo geográfico de la identidad cultural que ha dejado sus huellas en la nación.
Conviene tener presente que el arribo hispánico del Siglo XVI hará posible la mezcla racial y cultural de que hablamos. Y no se trata en nuestro caso de un asunto meramente de genes, sino de que el poblamiento de la zona constituirá el marco que dará configuración a la personalidad colectiva e individual de la mujer azuerense. Hablamos de un ser que crece y se desarrolla en poblados pequeños, cuando no socializándose en un entorno típicamente rural.[1] Esto supone que la división social del trabajo establece de manera clara los papeles sociales. Los hombres desempeñando tareas más rudas que las mujeres, correspondiéndoles a éstas las labores hogareñas; con lo que ello implica en la crianza de los hijos y la atención de la casa.
Un punto importante a considerar estriba en reconocer la influencia que sobre su carácter ha tenido la Iglesia Católica, porque las enseñanzas bíblicas, muchas veces alejadas de la verdadera doctrina, le asignaron a ella un papel de consorte complaciente. A ello debemos añadir cierta dosis de la cultura árabe que arriba a la zona camuflada bajo el manto cultural de lo hispánico, pero que no puede desconocer los siglos de control que sobre España ejercieron los musulmanes. En este punto cabe destacar que el español que arriba a la región reproduce patrones culturales en los que la mujer viene a desempeñar un rol subalterno, según la vieja tradición mozárabe. Si tuviésemos que establecer una analogía con la mujer azuerense diríamos que la misma es como la casa de quincha de la Península: indígena, hispánica y negroide.
En efecto, en el caso de la cultura africana estamos ante un componente que reproduce en la zona los hábitos y tradiciones de lo afrocolonial. Es decir, propio de la negra que labora como esclava en las casas de familias y en las haciendas aledañas a los centros urbanos. A diferencia de lo que aconteció en América Latina, la azuerense mujer afrocolonial desempeña labores de servidumbre en fincas y poblados, debido a la ausencia de actividades propias de plantaciones de caña de azúcar y de extracciones de minerales como el oro y la plata.
Durante algo más de cuatro siglos tal fue la sociedad, la cultura y la economía que hicieron posible el surgimiento de una mujer como la que mora en la región. Esos componentes básicos se enriquecen a partir de la segunda mitad Siglo XIX, y gran parte de la vigésima centuria, cuando aparecen las minorías étnicas de chinos, españoles de nueva data, hindúes y árabes; aunque los mismos no hayan logrado modificar significativamente el amasijo cultural al que he hecho alusión.
Algunos rasgos de la mujer azuerense .
Con tales componentes básicos surge una mujer que no responde solamente a un tipo humano, pero que comparte atributos generales. Muchas veces el perfil racial y cultural dependerá de la forma como se combinen esas mismas herencias genéticas y culturales e incluso del área geográfica en que se haya dado la socialización. Porque hasta mediados del Siglo XX encontramos una mujer que ha crecido y se ha socializado en la costa, vale decir, en la sección oriental de la península. En cambio, la mujer de montaña recibe una educación informal propia de un ambiente que difiere del que encontramos en poblados como Parita, Villa de Los Santos y Las Tablas.[2] Sin embargo, ambas comparten un patrón cultural caracterizado por el sometimiento de una sociedad rural que se centra en el control varonil de la tierra, la posesión de las vacas, el poder religioso y el monopolio de la burocracia pueblerina. Esto no quiere decir, como veremos más adelante, que ese grado de discriminación sea aplastante, sino que los signos exteriores de dominación presentan al varón como el factor central de la hegemonía en el campo.
Un ejemplo claro del estado de la cuestión femenina en la región de Azuero se deduce de la descripción que el 15 de septiembre de 1852 realiza el Gobernador Antonio Baraya sobre el estado de la educación en la extinta Provincia de Azuero. Señala Baraya:
"También debéis hacer los mayores esfuerzos por establecer un colegio o escuela provincial de niñas. La mujer, esta preciosa mitad del género humano, destinada por la naturaleza a influir en el destino del hombre, i en la suerte de la naciones, según su mayor o menor intelijencia, crece en estos pueblos como la planta silvestre, sin mas educación que la que le legara a su madre o abuela el siglo XVI, i sin otro porvenir que el de ser máquina humana de reproduc­ción. Fijaos por un momento, SS. Diputados, en estas consideraciones, i decidíos a brindarle un porvenir risueño al bello sexo de la provincia, proporcionándole medios de cultivar su intelijencia¨.
[3]
El testimonio precedente es de vital importancia para la comprensión de la situación social; al demostrar que al inicio de la segunda mitad del Siglo XIX aún la mujer sigue desempeñando los roles clásicos de madre hogareña, acompañante del varón, complemento de las labores del hombre en la agricultura y la ganadería, además de continuar siendo un ser que carece de instrucción formal. Hay más, con el arribo de la educación primaria (fenómeno que no se produce sino con la separación de Colombia) la enseñanza para las niñas de Herrera y Los Santos no irá más allá de las cuatro operaciones fundamentales de la aritmética, además de leer, escribir y uno que otro curso de urbanidad. No olvidemos que la coeducación no se implanta hasta el año 1919.[4]
En realidad, desde la Colonia hasta las primeras décadas del Siglo XX, el papel de la mujer se centró en casarse y procrear, sin que esto impida que ocasionalmente surjan algunos liderazgos femeninos; como en los casos que registra el Siglo XIX con Rufina Alfaro y Bibiana Pérez.
Considero que en la mujer azuerense de estas calendas podemos distinguir una dualidad de funciones que se explica por el propio contexto de una sociedad como la santeña y herrerana. Así, hacia afuera del hogar se vende la imagen de una mujer sometida a los designios de una sociedad machista, pero hacia adentro lo que se experimenta es la existencia de una situación que se aproxima a lo que podríamos definir como una sociedad con algunos rasgos de matriarcado. El hombre promueve una imagen de control social y se muestra como portador de la hegemonía, pero en el hogar la mujer manipula la economía hogareña, los vínculos con el entorno social de sus hijos, la educación de los mismos, así como las expresiones de afecto social.
En efecto, hay que tomar en cuenta que el crecimiento de la población en el área no viene a ser significativo sino hasta los años treinta y cuarenta del Siglo XX. Antes, la carencia de población y la ausencia de mujeres en el agro va a ser un fenómeno social de gran envergadura, porque dificultará que en el campo y en los pueblos chicos se pueda encontrar la pareja ideal para el casamiento. A todo ello hay que sumarle la consecuencia de la dispersión rural y la existencia de un hombre educado para realizar labores propias de su género. Por estas razones la misma sexualidad femenina pasa a convertirse para ella en un poderoso instrumento de control masculino. En la soledad del campo la mujer administra el hogar, es responsable de la socialización, además de dispensadora de favores sexuales del marido.
Debemos comprender que toda esta situación ha forjado un tipo humano con un carácter singular que se distingue en algunas ocasiones por el sometimiento al hombre, pero en otras por una indudable imposición de su manera del ver el mundo. Quiero decir con ello que no es fácil aplicar una visión tradicional de los estudios de género para comprender la mujer que mora en las faldas del Canajagua y el Tijeras. Pienso que esta última característica tiene mucho que ver con el manejo de la economía de patio y el control del garrafón de leche, cuando no la posesión de algunos toretes en el potrero. Entre otros factores, tales son algunos de los aspectos que distinguen a las orejanas de Azuero de otros féminas del resto de la República. En el fondo late la influencia de una estructura agraria basada en el minifundio, con todo lo que puede impactar la conciencia social en términos de una relativa independencia económica.
La ruptura con este estado de cosas se ubica cronológicamente en la segunda mitad del Siglo XX, pero tiene su génesis estructural en la primera mitad de esa centuria. Entre las causales que pudiéramos señalar como los promotores del cambio social están la instrucción pública, la incorporación de la zona a la economía nacional, el avance en salud, el desarrollo de los medios de comunicación y la migración hacia otras áreas del país. Hay que recordar que en el caso de Azuero estamos ante un emigrante que observa otros lugares y que trae a su pueblo una visión de mundo que no encaja con la que tradicionalmente se ha centrado en el potrero, la capilla y la fiesta pueblerina.
Como era de esperar en el nuevo contexto, el liderazgo femenino vino a darse inicialmente mediante el papel social de la educadora, la maestra que recorre los campos y que se constituye en ejemplo para otras mujeres. En este sentido el papel de la Escuela Normal de Santiago de Veraguas, al sembrar los campos interioranos de educadores, contribuyó a liberar a las orejanas de siglos de sometimiento en el agro panameño. De la misma manera las escuelas primarias, sumadas a los colegios secundarios y las Sedes Universitarias promueven una transformación que todavía no ha sido valorada suficientemente.
Precisamente de este grupo de instructoras saldrá la líder política comunitaria que posteriormente se transformará en Alcaldesa, Representante de Corregimiento, Diputada a la Asamblea Nacional, dirigente cooperativista, enfermera, entre otras importantes profesionales. Incluso en aspectos que parecen estar desligados de dicha situación, como en el caso de las cantantes de música típica, la mujer va adquiriendo un protagonismo que eclosionará en los años noventa del Siglo XX. En este punto los nombres de Eneida Cedeño y Sandra Sandoval hablan bien claro de ese relevo generacional y se constituyen en paradigmático ejemplo de lo que acontecerá con la cuestión de género.
Lo que intento plasmar de manera clara es que desde los años setenta y ochenta, cuando el movimiento feminista comienza a arraigarse en la Península de Azuero, la propia dinámica social ya ha madurado como para recibir al mismo con algún grado de beneplácito. Esta transformación social a la que me refiero no abarca únicamente a la mujer profesional, sino que se manifiesta de manera clara en la santeña y herrerana de los estratos más populares. Pienso, por ejemplo, en la campesina que ha hecho del arte culinario una microempresa. Me refiero a la mujer que es responsable de las fondas que pululan por las múltiples fiestas del calendario festivo azuereño; la que supo dar un salto, desde la tranquilidad de su hogar, hacia la rentabilidad que le permite a la familia satisfacer las necesidades básicas y garantizar la educación de la prole.
Sobre este último tema una contribución importante radica en comprender la industria contemporánea de los reinados. Gran parte del impulso positivo e inicial de estos eventos, desde las cantalantes hasta las reinas del carnaval azuerense, expresa el empuje de una mujer que se está abriendo espacio a través de diferentes facetas y que no parece estar dispuesta a continuar desempeñando, durante el Siglo XXI, un papel social tradicional. Sobre esto debo decir que no se trata en modo alguno que ella renuncie a su feminidad o a su noble papel de madre, sino al hecho de que comprende que la vida no se agota en tales menesteres y que puede incursionar en otros horizontes culturales.
Las tareas del Siglo XXI
Una mirada retrospectiva como la que hemos realizado permite constatar que durante el período prehispánico la mujer en Azuero tuvo en la espavé su máxima expresión, la Colonia hizo de ella un ser hispánico/negro/indígena que mora en la costa y la montaña en el marco de una sociedad típicamente campesina. El Siglo XIX prolongó esa situación con algunos atisbos de instrucción pública pero siempre en el marco de máquina humana de reproducción, la vigésima centuria la ve asumir nuevos retos liberándola del analfabetismo e impulsándola a constituirse en mujer profesional. Así, por ejemplo, en la sede de herrerana de la Universidad de Panamá los guarismos confirman que el setenta y cinco por ciento de la matrícula corresponde a mujeres que aspiran a un título universitario.
En efecto, al inicio del siglo XXI existe en Azuero algo más que un despertar de las féminas. Observamos que la antigua dicotomía entre la mujer de la costa y de la montaña es menos evidente. Es más, osaría decir que una numerosa cantidad de mujeres del campo se ha tomado los poblados de la costa y ejerce un creciente liderazgo en las actividades político partidistas, empresariales, docentes y de otros orden de actividades. Sin embargo, ese entusiasmo por la educación y las profesiones no descarta que podamos hablar de la existencia de nuevos y viejos desafíos. El más evidente se refiere a que la mujer azuerense aún no ha logrado estructurar un sistema organizativo que le permita defender sus derechos. Porque no se trata de anteponer a los hombres una organización antagónica, sino de corroborar que son incipientes las organizaciones que tienen como norte la temática de género. Aún investigación y derechos humanos no han logrado articular una mancuerna operativa.
En Azuero la existencia de una cultura basada en añejas tradiciones campesinas se ha centrado en la imagen de la mujer como símbolo de los eventos asociados a Baco y Dionisio. En este sentido es nefasta la promoción de la cultura dionisiaca que hace de ella un objeto de uso y desuso. Situación que se ve reforzada por el manejo irresponsable que realizan los medios de comunicación.
En concreto, me refiero a la mujer como símbolo de los reinados azuerenses. La comercialización de la fiesta la ha arrastrado al torbellino de la cultura light.[5] Ser reina, papel social que no tiene necesariamente que ser estigmatizante, se ha trastocado en una aspiración generalizada. Las nuevas generaciones se socializan en este monárquico modelo, de tal manera que la mayor aspiración de la adolescente radica en poder ser alguna vez reina de algo. Al final, las energías se agoten en un evento efímero y se termina por creer que la realización de la mujer pasa necesaria por lucir una diadema; ante la complacencia popular y la mirada indiferente de las vacas que continúan rumiando su pasto en el potrero. En efecto, aspirar a ser soberana no tiene nada de extraño, lo perjudicial estriba en desconocer que antaño existieron liderazgos como los de Rufina Alfaro, Bibiana Pérez y Ofelia Hooper, mujeres que igualmente deberían constituirse en paradigmáticos ejemplos a imitar. [6]
Por otro lado, junto al hombre azuerense la mujer padece la ausencia de lugares de verdadera recreación social. Los llamados jardines o salas de baile son sitios de encuentro que no cumplen a cabalidad con los requerimientos necesarios para que los jóvenes y adultos logren interaccionar socialmente. En consecuencia, muchas veces la mujer vive atrapada en la telaraña de bailes de acordeones a los que se ve casi obligada a asistir. Esta situación forma parte de una problemática mucho más compleja que se relacionada con el problema del ocio en la sociedad azuerense.
Muy ligado con la anterior está el asumir y fomentar un regionalismo mal entendido y peor aplicado; viejo mal hispánico que se profundizó en el Siglo XIX y que durante el Siglo XX aupó una imperfecta incorporación regional. Siendo así, para ella el reto contemporáneo pasa necesariamente por tomar conciencia de tal estrechez de miras, así como ampliar los horizontes culturales mucho más allá de los límites comarcales. En este sentido las instituciones de la región, a la vez que fortalecen la identidad cultural de la zona, deberían ejercer un liderazgo que permita que las orejanas de Azuero tengan un espacio, no sólo para su realización personal, sino para asumir responsabilidades y contribuir a la solución de los múltiples problemas que atraviesan las provincias de Herrera y Los Santos.
Al final, lo satisfactorio del Siglo XXI radica en comprender que la apertura hacia los espacios de su realización como mujer ya no se constituyen en meta inalcanzable. En los albores de la nueva centuria una nueva cuota de poder está al alcance de su mano, la organización es el medio para ese logro y el hombre un aliado en la lucha.


[1] Pinzón Rodríguez, Milcíades. EL HOMBRE Y LA CULTURA DE AZUERO. Chitré: Impresora Crisol S.A. 1990, 47 Págs.
[2] Para una introducción al estudio de la zona leer del autor CON LAS CUTARRAS PUESTAS. Panamá: Eupan, 2002, 301 págs.
[3] Muñoz Pinzón, Armando. UN ESTUDIO SOBRE HISTORIA SOCIAL PANAMEÑA.(Las sublevaciones campesinas de Azuero en 1856). Panamá:Eupan, 1980, pág. 166.
[4] Pinzón Rodríguez, Milcíades. LA INSTRUCCIÓN PÚBLICA EN AZUERO. (Siglo XIX y primera mitad del XX). Chitré: Impresora Crisol S. A., 1992, 84 págs.
[5] Rojas, Enrique. EL HOMBRE LIGHT. Una vida sin valores. España: Ediciones Temas de Hoy, 2001, 181 págs.
[6] Ver Pinzón Rodríguez, Milcíades.
Al oído de Rufina Alfaro; en ÁGORA Y TOTUMA, Año 8, #137, 30/X/1999.
Una guarareña llamada Bibiana Pérez; en ÁGORA Y TOTUMA, Año 4, # 95,30/XII/1996.
Guararé y Bibiana Pérez; en ÁGORA Y TOTUMA, Año 9, # 142, 30/I/2000.
Ofelia Hooper Polo; en ÁGORA Y TOTUMA, Año 2, #48, 21/XII/1993.