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28 marzo 2021

LAS CARACUCHAS DEL DOMINGO DE RAMOS

 


Antonio Miguel Pinzón-Del Castillo

Yo era apenas un niño y mi madre solía ataviarme con camisa y pantalón de pliegue para la procesión de Domingo de Ramos. No entendía el por qué teníamos que salir a correr detrás de aquellas mulas, pues solo me decían que sobre sus lomos iba un importante señor llamado Jesús, que era el hijo de un abuelito con largas barbas a quien se le rezaba y llamaba Dios. Siempre he conservado ese fragante olor que baña de santidad las calles coloniales del pueblo en que nací, ese perfume de caracuchas blancas o rojizas, tendidas como alfombras para dar paso al triunfante hijo unigénito del Omnipotente.

Se puede decir que nací detrás de la Iglesia San Atanasio de la Heroica Villa de Los Santos, en el amplio caserón de quincha que perteneció a mis bisabuelos Estanislao y Nemesia; los primeros juegos y tropiezos los viví en el parque de Las Viudas, donde un inmenso árbol, que la mano del hombre destruyó, brindaba apacible y parsimonioso su sombra vetusta e imponente. Desde mi casa, soportada por añejos pilares y aureolada de un rosario de tejas, podía ver a tía Santo sentada en su portal al otro lado de la pequeña plaza. La visita a su casa era obligatoria un día como hoy, pues frente a ella pasaban las mulitas, divertimiento de niños y devoción de algunos grandes que adornan la calle con lo más granado de la floresta santeña. Desde su silla de ruedas, la hermana mayor de mi abuela Pura, miraba el horizonte con sus ojos celestes como el más hermoso de los cielos, casi esperando la absolución del tiempo. María de Los Santos Peralta Sáez Bendiburg, que era su verdadero nombre, inspiraba la ternura y calidez que poseen todas las abuelas, pero en especial llamaba mi atención por sus rasgos excepcionalmente hispánicos, con una nariz que bien pudo haber sido cincelada por los arcángeles y una piel, que aunque golpeada por el tiempo, hacía notar la vasca genética de la hermosa tía abuela, pues creo que hasta la más augusta de las porcelanas habría sentido envidia de aquella tez digna de una emperatriz. 

No es fácil ir a la procesión ni pasar por allí, las veo a las dos, a las hermanas queridas, a Pura y a Santo y a un niño huraño esperando la veloz carrera camino del parque Rufina Alfaro, las siento en el embriagador aroma de las caracuchas que años después Mama, mi abuela, me mandaba a recoger para colocar en los cajones de su ropa que en los días siguientes estaría perfumada de bendición. Poso mis ojos  hacia el otrora  portal, que hoy  se ha convertido en la casa de un primo y no puedo evitar evocar tantas cosas, momentos dulces de una infancia que se fue, de dos mujeres grandiosas que partieron hacia el infinito y sonríen entre los arreboles de la tarde que empieza a dormitar bajo el incienso floral que al cerrar los ojos me hace algunas veces sollozar de alegría porque sé que ellas no se habrán ido mientras atesore esos pasajes en mi mente y vuelva cada año a ver las flores, las palmas y al Redentor pasear...


08 agosto 2019

ÁGAPE EN EL JOBO




 Antonio Miguel Pinzón-Del Castillo

Un rayo llenó de fulgor el cincuentenario salón del apartamento…, y empecé a soñar. Sí, a volar por los parajes encantados de los anhelos. Brillaba radiante el astro y El Jobo, la hacienda colonial de mis ancestros, rebozaba del verdor inocuo de la esperanza. La pasividad del paisaje, las vacas bramando, tantas mariposas pululando y el dulce olor del río acechando más allá de los palmares eran una imagen embriagante que colmaba de fantasía el delgado camino que serpentea hasta las entrañas de la vetusta propiedad. ¡Profusión de colores! Las casas ruinosas emergieron de la tierra y una variedad de matices de verde, marrón y vida inundó el corral. El alto portal de Nemesia y Terne revivió cual hada evocada por niños que ya no creen en nada. La cal y la pintura cubrieron la quincha mora e indígena…, nunca vi El Jobo así, el humo de los fogones revoloteaba por el cielo, salpicado de nubes algodonadas. Incluso los estacones hacían reverencia a mi llegada. Antigua y Eduarda terminaban la faena, la platería y cristalería de mi bisabuela dejaban de jugar a las escondidas y en su bruñida faz podía reflejarse el cielo turquesa de nuestra colonial finca. En una de las puertas del palacete rural estaba Carmela, la tía abuela que se durmió por 75 años en los años veinte, rozagante, lozana, blanca como la porcelana que cuentan que alguna vez embelesó el lugar; lucía sonriente, ataviada de las mejores galas, como si una fiesta con tarjeta, de esas de antaño que pregonan los mayores, se fuera a llevar a cabo. Al entrar no me dijo Ricardito Moreno, como solía llamarme en recuerdo de alguno de los personajes del velo del tiempo; más bien me dio un cálido beso en la frente y me dijo: Bienvenido Antonio Miguel. Pero esta fiesta era distinta. Tras cruzar el umbral, los que se fueron y los que aún divagamos por la tierra estábamos juntos, como por milagro de la providencia. En una pared, resplandecía el áureo destello de todos los premios que abuelo Terne y abuelito Man ganaron en la Feria. Las sillas y hamacas tejidas estaban todas llenas en la sala de visitas y el divino olor de las delicias de la gastronomía santeña se colaba desde las dos cocinas del añejo caserón, reconstruido en mis quimeras. Los cuadros, tal vez quiteños o limeños, de Santa Ana y San Antonio con el paráclito sobre su cabeza nos miraban piadosamente, renacidos tras las cenizas de Cronos. Y allí fue cuando supe que todos aguardaban mi llegada de la lejana ciudad pues vítores entre la muchedumbre pregonaban: ¡Ya viene el Licenciado de la capital! En el potrero, los animales también parecían ensalzar el momento de éxtasis y aplausos, mugían como queriendo también participar, todos los grandes campeones, La Maravilla, el Indio, y tantos más en una mixtura bucólica entre un pasado lejano y otro cercano desvanecidos y vueltos a surgir de entre las conexiones místicas del mundo de Morfeo. Al verlos a todos, alborozado, no pude evitar sonreír; Tía Chin dijo: ¡Se graduó compadre! y comenzó a bromear sobre su pequeña estatura respecto a la mía una vez más. Estaban todos, abuelo Terne, abuela Nemesia, tío Chiche, tío Pello, tía Cristina, mi abuelo Man, tía Carmela y tío Pelón, también Pedrito, tío Migue y otros parientes como tía Santo, los tíos Juancho, Agapito y Abelino también habían llegado a disfrutar el ágape, invitados por mi abuela que se encontrada en el otro lado del recinto.  La sala, adornada con magníficos muebles de manufactura criolla y extranjera, parecía estar dividida en tres: de un lado quien ya he mencionado, del otro mis primos Rita y Miguel Ángel, así como mi hermana Ana Cristina y nuestra dulce y amantísima Ana Mercedes; mi padre y mi madre, mamá Chaly, tío Tito y desde luego, Mama Pura,  más en un tercer plano y entre la bruma cerca de la mesa de los santos, había otro grupo de personas envueltos en una bruma de trajes blancos cuya confección apenas se podía distinguir. La fragancia de los jazmines recién cortados inundaba la casa y los torneados sillones del barroco español lucían impecables. La mesa de los santos tenía los manteles y bordados castellanos más apreciados por la abuela Nemesia y Santa Rita, aquella que hace tantos años mi tío encontró erosionada en el potrero, volvía a su viejo nicho. La música y la danza se coló por los tragaluces, que a su vez emulaban lucernas brocadas en oro y, por supuesto, mi abuelo Man salió a bailar un viejo danzón con "su hija loca", mi madre, como la llamaba cariñosamente. Violines, flautas y guitarras amenizaron el encanto de ese encuentro en la eternidad, en nuestro Jobo idolatrado. Sentí el canto prístino de los querubines, mientras las empleadas deleitaban con sus creaciones nuestros paladares, servidos en los delicados portaviandas que también el tiempo olvidó. Los vasos de piedras incrustadas volvían a hacer gala de su finura y los ojos de tía Cristina, de abuelo Terne y de Tía Santo emulaban los zarcos mares que bañan de añil las costas frente a la sabana. Todo era risa y festín, violines, flautas y guitarras, goce absoluto. El caserón de la finca estaba embelesado como si aquellos viejos amigos capitalinos de familia fueran a volver a visitar el fundo de los Del Castillo. ¡Ah, cuán majestuoso ambiente inundaba cual fragancia los espacios del inmueble al compás de la orquesta en aquella grandiosa reunión! Me recibieron con alegría quienes formaron parte de mi vida y quienes siguen aún caminando conmigo al son de la melodía incierta del destino. Todos yacíamos felices y juntos en aquel paraje tropical que se esconde silencioso en la sabana solariega de El Jobo, sin nadie más, tal vez en nuestra casa en el aire, donde nadie nos pueda molestar, como afirma un renombrado vallenato colombiano. Todos los que comparten mi sangre y a quienes quise y quiero estaban allí. ¡Cuán maravilloso éxtasis de felicidad! De repente, mi querida tía Carmela, tomó mi brazo y me dijo: “Ven hijo mío, tengo que presentarte a alguien…” y entonces caminamos cruzando el salón hasta llegar a ese tercer grupo de personas que desconocía y parecían estar casi entronizadas en aquella parte de la estancia que entonces tomaba un ambiente con mayor iluminación que el resto del recinto, pero envuelto en un halo nubífero pero que emanaba un aura familiar. Luego, tras sentir que caminaba sobre una alfombra pegasea, Carmela me llevó ante un senil personaje de piel nacarada y ojos de cielo, quien alzó su mano y con los dedos me indicó que me acercara. Un temor que puedo describir como sano o se transmutaba en curiosidad, me empujó a preguntar: “¿Disculpe, quién es usted mi Señor? A lo que el citado y longevo personaje patricio  me indicó nuevamente una suerte de inclinación a la que respondió con una sonrisa, colocando su mano sobre mi hombro y diciendo: ¡Atanasio! ¡Y tú eres la luz sobre las tinieblas…! Sorpresivamente y en las que parecieron milésimas de segundo alguien vociferó mi nombre de entre las personas conocidas, el salón dio vueltas y otro danzón comenzó a escucharse y entonces, sin esperarlo, un nuevo rayo estremeció mi cuerpo cansado y....desperté. Nuevamente desperté, a cuatro horas de los míos, del palpitar de mi corazón que se quedó allá, entre las roídas paredes de la casa de El Jobo adentro. Miré el corazón de Jesús de la sala, los fusiles yacían por doquier y una lluvia que caía estruendosa empezó a amainar en esta ciudad de miseria y opulencia, tanto como las lágrimas que brotaban más que de mis ojos, de mi corazón. Saben, sentí entonces aquella cabanga de la que hablan en los campos, una especie de nostalgia que los gallegos denominan morriña. Ojalá ese fundo de la mar de los sueños reverdezca ante mis ojos nuevamente,  tal vez antes de morir y algún día festejar otro ágape, pero en El Jobo de los cielos.

Ciudad de Panamá, 21 de junio de 2013.

05 enero 2019

ILUSIONES ILUSORIAMENTE ILUSAS: DINÁMICA CÍCLICA DEL ELECTORADO PANAMEÑO


JUAN CARLOS RIVERA MENDIETA

El filósofo griego Platón, entre sus múltiples y sabias alegorías, habló de El mito de la caverna al referirse  a unos prisioneros que viven encadenados en una cueva oscura, sin poder ver el origen de sus cadenas y cuya única percepción de la “realidad” les llega mediante un engañoso juego de sombras que algunos malintencionados les proyectan, valiéndose de una hoguera en el extremo opuesto de la cueva. Una fiel recreación de este patético escenario es la actitud del panameño promedio frente al ciclo electorero de cinco años que comprende desde la elección de sus nuevos verdugos hasta su reemplazo por otros también verdugos con diferentes nombres pero con los mismos apellidos.

Todo comienza cuando el 91% de nuestros ciudadanos habilitados para votar se apersonan cándidamente a las urnas para apoyar la política de destrucción del Estado ejecutada por el oficialismo en los últimos 5 años, salvaguardar su actual o asegurarse una futura usualmente inmeritoria e inoperante posición “laboral” en el sector público, castigar al gobierno de turno por no llenar sus expectativas como si  esto fuese una prioridad para éste, depositar sus expectativas en la alternativa que curiosamente siempre está relacionada por consanguinidad o afinidad con el gobierno saliente o sencillamente ejercer inércicamente su derecho ciudadano para que luego éste sea constantemente violado.

Posteriormente, sobreviene la luna de miel, en donde nos reiteran la demagogia con la que nos hipnotizaron durante la campaña. Sin embargo, esta fase nunca dura más de 6 meses, pues el despertar no se hace esperar. Una extraña lucidez nos hace confrontar lo prometido en campaña con los hechos ineludibles hasta para nuestra incipiente perspicacia, y así comienza el desencanto. A esto le sigue un odio visceral que nos acompañará los próximos 3 años como si no hubiésemos tenido nada que ver con lo que está sucediendo. Solemos  contar los años, meses, semanas y días que le restan al despreciable gobierno, sin ponernos a pensar que estábamos haciendo exactamente lo mismo hace apenas unos meses antes de quedar nuevamente imbuidos por la euforia politiquera que nos borró la memoria y la consciencia por completo. 


Finalmente, se avecina la campaña electorera, y la élite feudal criolla (EFC) se reúne nuevamente en su Cuartel General y acuerda cómo volver a mover sus hilos de sugestión y poder dentro de absolutamente todos los partidos que hasta ahora nos han pastoreado. En medio de este circo de títeres, no faltan confrontaciones mediáticas tipo WWE entre los emisarios de la EFC, las cuales muchas veces engendran verdaderos conflictos en un pueblo ingenuo, mitóvoro, masoquista y suicida que aún no entiende que un jamón de dudosa procedencia cuesta mucho menos que 5 años más opresión socieoeconómica. Es en esta fase donde los politiqueros hacen gala de toda su mitomanía cautivadora de masas.


Mientras tanto, Panamá, ese país al que decimos prodigarle tanto amor, sobre todo durante la parafernalia novembrina de cada año, se desangra producto de las nefastas políticas que implementan nuestros democrática y estúpidamente electos gobiernos, e igualmente de nuestra calamitosa y sanguijuélica actitud ciudadana. Sí, es bajeza el buscar chivos expiatorios en los gobiernos que no hacen más que reflejar los vicios de una sociedad, o acaso sUciedad, que todos hemos ayudado a crear, ya sea a través de nuestras malas acciones o buenas inacciones.

Y así pasa el tiempo, enemigo inmesericorde de todo ser viviente, y se lleva consigo las fugaces oportunidades de desarrollo que en nada se parece a la falsa sensación de bienestar en la que vivimos, buscando siempre consuelo y resignación en los que están peor que nosotros, mas no ejemplo e inspiración en los que están mejor. Lo cierto es que como dice el Buki Mayor, “nada es por siempre”. 


Panamá no es inagotable ni mucho menos indestructible a pesar de la fantasía con la que solemos doparnos. Para los aún escépticos, consulten con los chamos cómo su país cayó en desgracia. Por si no lo sabían, Venezuela es un país mucho más rico que el nuestro; sin embargo, esto no fue suficiente para salvarlos de una situación muy parecida a la que se está incubando aquí. Mucho más pronto de lo que creemos o ignoramos, a Mr. Saik le sobrará inspiración local  para componer “Pana, la panameña que hace carimañolas” gracias a la desestimada venezuelización que estamos sufriendo


Lamentablemente, repetir el éxodo hacia Venezuela como lo hicimos a finales de los 80 no es una opción, pues, quien alguna vez nos sirvió de anfitrión, hoy es nuestro huésped. Tampoco lo es el seguir los pasos de los hondureños, ya que EUA no tiene ni el deseo ni la obligación de acoger a los expulsados de países, cuya población no asume la responsabilidad por su propio destino. Por ende, tenemos 2 opciones: seguir haciendo lo mismo una y otra vez a la espera de un resultado diferente, algo que en el mundo anglosajón es considerado desquicio, o cambiar de ruta, lo cual implica el despojarnos de nuestra deplorable consciencia.


A estas alturas, todos aquí deberíamos estar conscientes de dónde estamos, hacia dónde vamos y por qué … mejor dicho, por quiénes.



¡NO A LA REELECCIÓN DE POLITIQUEROS DE AYER Y HOY!


28 mayo 2016

LAMENTO POR EL CANAJAGUA


"No se puede entender a Rusia con la razón, no se puede medir en yardas. Tiene un carácter especial, en Rusia, sólo se puede creer".

Siempre he amado este noble fragmento de un poema creación de un connotado bardo de la tierra de los zares porque el mismo me hace reflexionar sobre mis propios lares y el pensamiento de mi gente; porque es difícil comprender la mentalidad de nuestros coterráneos, muchas veces totalmente errática, barnizada, pero carente de toda forma y solidez, otras veces imbuida de un supuesto amor por la cultura, tergiversado en la borrachera de la juerga y otras veces postulante de un arte soso y mal enjalmado, ofreciendo pan en unos sitios, mientras se carece en trigo en los propios.
No se puede entender a esta nación con medidas o encuestas, ni con meses raciales, ni festivales a raudales, primero hay que comprender a la patria chica y entender su engranaje en el conjunto de su multietnicidad.
A veces, para que la seda del entendimiento roce la esterilla mental de algunos, es necesario descender a su vocablo coloquial y hacer malabares con las palabras para que algo de luz entre al oscuro tugurio de ideas que flota en sus cabezas.
Tal vez sea culpa de nuestra multiculturalidad lo que nos hace tan diferentes y lo que a veces en vez de unirnos, nos aleja, tal vez lo sean otros factores más o menos educativos o sociales, lo cierto es que tenemos un carácter especial, y a veces, al igual que Rusia, solo podemos creer para confiar en días mejores en que dejemos de vender el alma por tres pesos, empecemos a valorarnos y a ser autocríticos, pues barriendo las hojas de nuestros mangos podremos hablar sobre la hojarasca de los cortijos vecinos. No se puede entender con la razón lo baladí, lo fatuo, la inconsciencia y la desunión entre hombre y natura en nuestra propia morada, clamando esta última por piedad.
CANAJAGUA, ha sido traicionado por sus propios vástagos, por quienes serviles le venden, cuales fenicios, en el mercado de esclavos y le embarcan hacia la deriva  en que yace nuestro terruño de incomprensiones y desencantos. Nos estamos pudriendo, porque las bases del santeñismo tambalean entre las manos de los que tienen muy poca o ninguna noción de gobierno y justicia.
¿A quiénes damos el privilegio de regir los destinos de la patria de Porras, a quiénes concedemos el caro honor de izar la gran nación?
Primero Cerro Quema y ahora Canajagua, heridos sagazmente, a traición, apuñalados con la rúbrica de sus propios retoños y la miseria colectiva del mercantilismo.
¡Cuán difícil y trabajosa faena puede ser el tratar de entender a nuestra gente!
¿Es que acaso la ignorancia ríe a carcajadas y junto al cinismo nos hace muecas desde la comodidad del negociado de algunos?
Es que mi corazón orejano no quiere creer lo que los ojos leen, porque al igual que Céspedes, prefiere que un dardo lo atraviese o que un alfanje cercene las entrañas del cuerpo adolorido, antes que resignarse a la pérdida paulatina y mordaz de los grandes símbolos de la tierra de las nostalgias. Un lamento se escucha en el monte, las mejoranas han enmudecido y la cascá no ha salido a volar, se han guardado todas las polleras, los diablicos han dejado caer sus castañuelas, los violines no tocan sollozos más y el acordeón de Gelo prefiere callar. Los versos de Sergio se desgranan al mirar al promontorio gritar, malherido, avasallado..., Los Santos está de luto, su cielo se ha tiznado de lóbregas cenizas y muchos, sí, muchos queremos llorar...

Antonio Pinzón-Del Castillo
Poeta y escritor