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05 julio 2010

OFELIA HOOPER POLO Y EL COOPERATIVISMO

El próximo 13 de noviembre de 2010 se cumplirán ciento diez años del natalicio de Ofelia Hooper Polo, la destacada herrerana que contribuyera a sentar las bases del movimiento cooperativista nacional. Sin duda no fue la única pionera en estos menesteres, pero su apoyo representó un aporte fundamental para alcanzar los logros organizativos que tienen su antecedente en la junta campesina istmeña y en la visión inglesa de la “Callejuela del Sapo”.
Este año es importante para el cooperativismo nacional, no sólo porque en el primer sábado del mes de julio otra vez nos reuniremos para conmemorar el Día Internacional de las Cooperativas, sino porque la fecha de nacimiento de Ofelia María Hooper Polo (13/XI/1900 - 13/XI/2010) se me antoja como una inflexión histórica que podría propiciar una serena reflexión sobre la trayectoria del movimiento cooperativista nacional.
El tiempo histórico de la Señorita Ofelia dista mucho de ser el de nuestra época, pero sin duda ha de existir un hilo conductor que nos una, cual cordón umbilical, a los ideales que fueron parte de la vida de la primera socióloga rural del Istmo. Tal vez ese enlace radique en la filosofía que guió sus pasos y que no tiene por qué diferir de la contemporánea. Y creo que es en este punto, en la posibilidad de no haber sido del todo fieles a los principios fundamentales del cooperativismo, en donde ha de recaer la cavilación sensata de quienes se agitan en los menesteres de la cooperación institucionalizada.
Nadie duda que en la pasada centuria las cooperativas lograron un crecimiento cuya magnitud quizás no avizoraron los zapadores del movimiento nacional. Ahora se manejan cifras millonarias y las estructuras físicas hablan de un movimiento pujante y en expansión. Al parecer ser cooperativista se ha vuelto moneda corriente, como si ingresáramos a un club social, de los tantos que pululan por la geografía nacional. Los guarismos confirman lo que afirmamos, pero dicen poco sobre los aspectos cualitativos de esa filosofía primigenia que fue el basamento del movimiento cooperativista.
Pienso que congregar a miles de cooperativistas cada año, para conmemorar el Día Internacional de las Cooperativas, de alguna manera es un tributo al esfuerzo de los pioneros como la Señorita Ofelia, pero no es suficiente. En verdad, a lo que tenemos que “meterle el diente” no es a la rumba o al desfile cooperativista, sino a los desafíos cualitativos del movimiento. Porque no obstante ser las cooperativas empresas que laboran dentro del “sistema” y que, por lo mismo no representan una amenaza al mismo, indebidamente son vistas como “competencia desleal”, según algunos representantes de la banca nacional. Sin descartar los temores que surgen en la disputa por el mercado (que en el fondo es el meollo de la cuestión), creo que el peligro no estriba únicamente en la variable exógena. Debemos admitir que también existe otra amenaza dentro del propio movimiento cooperativista. A saber, la de terminar por creerse una “banca para los pobres” y no, como debería ser, una “banca de los pobres”.
Sumado a lo anterior debemos ponderar otro rasgo cualitativo. Me refiero a cómo hacer para que la expansión cuantitativa de los asociados no se trastoque en una pérdida de “la llave de oro” del cooperativismo. En efecto, la educación como herramienta de liberación y de conciencia social, muchas veces ha quedado mediatizada por una política que termina por desconocer que el grueso de los nuevos asociados (que ingresaron para tener acceso al crédito), parecen no distinguen entre la “banca privada” y la nueva empresa que les cobija. La discusión de esta temática nos lleva al meollo del asunto, es decir, a la necesidad de fortalecer la democracia como forma de participación real, alejada de las prácticas de la desprestigiada política criolla.
Admitamos, que si el cooperativismo es un movimiento que aglutina los sectores populares y de clase media, su quehacer ha de ser fiel a esos estratos populares, no sólo como “solución” a sus apremios financieros, sino como impulsor de una forma de vida que se centra en los deseos de redención colectiva.
Ojalá que al conmemorar otro aniversario del natalicio de Ofelia Hooper Polo, hayamos madurado suficientemente como para entender que es necesario repensar y actuar para enfrentar algunos rasgos del “cooperativismo ligth”, que ya hace de las suyas. Esta tendencia, la de un cooperativismo “bancario” y deshumanizante, de no detenerla a tiempo terminará por corroer las bases del movimiento.
Enfrentar nuestros contemporáneos entuertos cooperativistas es un desafío que no debe ser postergado. Y acaso sea este el más hermoso y sentido homenaje que podríamos tributar a la mujer que desde la Tierra del Ñuco supo ser orejana y cooperativista. Entonces, y sólo entonces, el cooperativismo nacional habrá alcanzado la madurez suficiente para conmemorar, como Dios manda, el Día Mundial de las Cooperativas.
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16 septiembre 2009

DILEMAS DEL COOPERATIVISMO OREJANO

Algunos afirman que el cooperativismo es una doctrina nacida en Europa y para dar fuerza a su argumento citan a los famosos pioneros de Inglaterra. Yo no regateo los méritos que éstos pudieran tener -que los tienen-, pero para mi el cooperativismo es algo más excelso y trascendente. Como afortunadamente nací en tierra de manutos, y en mi infancia he visto florecer la solidaridad humana, no me resulta extraña tal filosofía. A lo mejor conozco algo de la teoría, de todos esos entrecejos entre el socialismo utópico, los apremios de los marxistas y los “reformismos” capitalistas. Es decir, la gran “teoría” que les roba el sueño a quienes afirman que las cosas deben continuar como están o aquellos otros que pregonan la revolución y escarban en los libros su “mundo feliz”.
Sin desconocer esos apremios intelectuales, pienso que el cooperativismo, además de todo ello, es un sentimiento que ha de cultivarse con el mismo fervor con que el campesino mira crecer su maizal para poder aspirar el dulce aroma de la espiga florecida. Ese sentimiento no es un fenómeno genético, sino que es un asunto de práctica social, de la cultura que se construye en el hogar, que se prolonga en la escuela y que se hace praxis en la comunidad. En esa misma dialéctica de las cosas, en ese ir y venir, en el reflujo de la marea de la vida, el cooperativismo también debe renacer en el hogar para que los hijos vean en el padre comprometido la encarnación del movimiento social. Porque se puede ser cooperativista por imitación de los progenitores o por el mismo hecho de vivir los efectos benéficos de la mutualidad campesina. Llevar el cooperativismo en los genes sólo es una hermosa metáfora.
No por mera casualidad el movimiento ha florecido en la hermosa tierra interiorana. En la heredad rebelde que el indígena sometido, el español triunfante y el africano olvidado han domeñado en quinientos años de interacción, de errores y de aciertos. Por estos mismos motivos el cooperativismo orejano expresa en lo más profundo de sí una soterrada pugna entre los valores de la cultura campesina y el individualismo del “hombre light”. La cooperativa, como organización vive ese dilema existencial, porque su propuesta subsiste dentro de un sistema socioeconómico que se centra en la ganancia y, no pocas veces, fomenta un cooperativista atento a la distribución de excedentes, antes que a los beneficios sociales que la institución está llamada a ofrecerle como fruto de la unión y la convivencia.
Nuestro error como cooperativistas ha consistido en creer que podemos tener una empresa que prioriza balances contables, aunque no siempre recuerde su génesis campesina y su cultura solidaria. Si Rochdale y la Callejuela del Sapo son importantes, no menos lo son la peonada, las juntas y la familia laborando desde horas tempranas de la mañana. El gallo que canta en la alborada es la clarinada liberadora que despierta al dormilón que quiere llevar una vida muelle. Despierta “pendejo” parece decir. En las provincias interioranas la ética del trabajo campesino es la ideología económica de la redención y, la cooperativa, si ha de ser tal, no puede distraerse con el cacareo de las gallinas que descienden del árbol de calabazo. Tiene que ser flor y fruto, teoría y praxis popular. Menos “pifia” y más sustancia.
Yo no aspiro a que seamos una copia impensada del ayer, porque bien sé que los años pesan en las arrugas de la piel. Si hoy no tenemos los Círculos de Estudio que impulsara Ofelia Hooper Polo, ni los centavos de los zapadores de la década del cincuenta, bien podemos rescatar la “llave del cooperativismo” para que no terminemos mercantilizándonos ni olvidando que somos la propuesta de los pobres, aunque sus descendientes cuelguen licenciaturas, maestría y doctorados. A veces hasta estoy tentado a pensar que esto último ha servido de poco, porque la racionalidad y la pose estudiada han sepultado los sueños de quienes sentían el cooperativismo en el tuétano de sus huesos.
Con las herramientas de la sensatez y la precaución bien podemos, pese a todo, competir en el mercado para hacerlo nuestro y que las ganancias se traduzcan en beneficios sociales. El punto radica en no abandonar la filosofía liberadora y solidaria que ha sido el sustento del campesino e inspiración del cooperativismo interiorano. Ahora se impone un liderazgo ilustrado, uno que no reniegue de sus esencias y que acepte el desafío de integrarnos al mundo más allá del nicho en que estamos enclaustrados. La tarea en urgente y reclama a un ser con valores, visión de mundo y un corazón competitivo para no renunciar ante las primeras dificultades que nos arroja en el camino la vorágine social. El cooperativismo orejano del Siglo XXI también ha de redoblar sus luchas en el mercado, sin complejos, valorando su génesis institucional, pero consciente de su filosofía social.
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15/IX/2009

08 julio 2009

COOPERATIVISMO OREJANO

30 de octubre de 1993. Aquella mañana llegué temprano a La Palma de Las Tablas y disfruté del inigualable panorama de casas de quincha que nos brinda el poblado. Los palmeños residen en una comunidad que es, en verdad, envidiable. Las viviendas de quincha se apretujan por callejue­las estrechas. Sube uno a la torre de la iglesia y desde su campanario observa los tejados que nos dejaron los españoles; techos que son una muestra inequívoca de las presencia de los moros en la Andalucía de Federico García Lorca. Acá, desafor­tunadamente, la modernidad ha hecho del zinc una aterrado­ra costumbre y, La Palma, no escapa a dichas transformacio­nes arquitectónicas.

Consciente de que el tiempo apremia, dejé mis cavilaciones a un lado y me encaminé al lugar en donde se celebraría la asamblea anual de la Cooperativa de Ahorro y Crédito Palmeña, R.L., convención a la que había sido invitado. Un paisano que por allí transitaba respondió a mis requerimientos indicándome que atrás había dejado la casa del profesor Aristides Ballesteros. En efecto, a la entrada de la población, sobre una colina rodeada de una frondosa vegetación, la casa habitación del amigo cooperati­vista servía de cobijo a la Asamblea General de una empresa cooperativa que apenas supera el lustro de fundada.

Una rápida mirada me convenció que la asamblea no se celebraría precisamente en la residencia. Allá en lo profundo de la hondonada, un grupo de personas dispuestas en sus taburetes me invitaban a su encuentro. Caminé hacia ellas y mis zapatos hollaron una grama que todavía tenía posada sobre ella las cristalinas gotas de rocío. "Bienvenido a la Asamblea", me dijo una señora; mien­tras, interior­mente, apenas me reponía de la magia de aquél bucólico escenario.

Tomé asiento y afiné mis sentidos. Atado al tronco de un árbol, el pabellón tricolor parecía sonreír a los invitados; un poco más allá el estandarte coope­rativista y un tablero de anuncios competían por mostrar a los visitantes y asociados su orgullo por haber sido liberados de alguna anónima pared. Todo aquello me hizo recordar esas miste­riosas y encubier­tas reuniones de Medioevo en donde los hombres, ocultos en los bosques, pugnaban por imponer ideas que otros consideraban subversivas.

Fue una reunión rápida y bien llevada. Los informes de los comités se discutieron en un ambiente ecologista. Cedros, espino amarillos, guácimos y jagües. Sobre la mesa de la Junta Directi­va reposaba un ramo de flores recién cortadas. Un ramillete que lo envidiaría, por su sencillez y esponta­neidad, la mejor floriste­ría de la región. Flores que invitaban a la alegría de la vida y a la medita­ción. Posé la mirada sobre ellas y recordé un pasaje de mi niñez.

Años sesenta. Debajo de un frondoso árbol de mango, una mujer blanca ("una gringa", pensó mi mente de párvulo) nos narraba una historia. "Esta era una vez", dijo la Sra., "un árbol donde habían dos ardillitas. Una trabajadora y otra perezosa, la primera se pasó todo el invierno cargando almendras para su cueva, porque era previsora y entendía que los tiempos buenos pasarían. En cambio, la otra jugaba desprevenida y sin importarle nada. Pues bien, pasó la estación luviosa y llegó el verano. Se agotaron los alimentos y vino una hambruna. Ahora la ardillita trabajadora reía, cantaba y su amiga floja se moría de hambre. Tanto sufrió la ardilla perezosa que un día decidió tocar a la puerta de la ardillita trabajadora y le rogó que le diera de comer. Su amiga le miró compasiva y le dijo:

"¿Aprendiste la lección?, guarda pan para Mayo y no pasarás problemas".

Años después, supe quién era aquélla mujer que insuflaba en nuestros espíritus juveniles los principios del cooperativismo: Ofelia Hooper Polo, la extraordi­naria zapadora del cooperativis­mo panameño a quien debemos los azuerenses gran parte del empuje de nuestro cooperati­vismo. (¡Y pensar que no hay en la actuali­dad una cooperativa en la región de Azuero que lleve su nombre!). Pues bien, Ofelia no era "gringa", como arriba apunté, sino una mujer nacida en Las Minas de Herrera. Descendiente de ingleses que explotaron hace décadas los yacimientos minerales de la aludida región interio­rana, formó parte de las primeras genera­ciones de paname­ños egresados de la Universidad de Panamá. Debemos a ella uno de los primeros escritos sociológicos sobre el agro panameño, aparte de su encomiable labor de recopila­ción de estadísticas vinculadas con el movimiento coopera­tivista y su férrea convicción de la necesidad de llegar al cooperativismo apertrechados de las nociones básicas que se derivaban de las enseñanzas de los "Círculos de Estudio". Práctica esta última que, lamentablemente, ha olvidado el coopera­tivismo panameño

El futuro. Salí de la asamblea cooperativista de La Palma mucho más fortalecido en mis convicciones. Reuniones como éstas nos permiten retornar a nuestras raíces. Pensé que no pocos cooperativistas y altos jerarcas del cooperativismo nacional debieron estar esa mañana con los palmeños. Allí quedó claro que el fin principal del cooperativismo es el hombre de carne y hueso que sufre y que tiene necesidades. La cooperativa es un medio y no un fin en sí mismo. Está bien aquello de manejar cifras millonarias y de que seamos el banco de los económicamente menos favorecidos, pero no basta ser el banco de los pobres, sino, para los pobres. Necesitamos cuidar la indepen­dencia económica de la empresa cooperativista e ir dejando a un lado la exagerada supedita­ción a organismos financieros internaciona­les y tanta burocracia parasi­ta­ria.

En las asambleas sencillas como la de La Palma está el verdadero sentido del cooperativismo. Hay en ellas un mensaje profundo de retornar al sueño de Ofelia Hooper; regresar al trabajo basado en nuestras propias manos, fundamentado en nuestro entorno socioeconó­mico y orientado a satisfacer nuestras necesidades. Así ha de ser, porque, después de todo, mucho antes de que existieran Robert Owen, Charles Fourier o los pioneros de Rochdale, ya los campesinos interio­ranos practicaban la junta: el más hermoso y embriona­rio antecedente del siste­ma cooperati­vista panameño.

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03 julio 2009

COOPERATIVISMO, VALORES Y PATERNIDAD

Un padre camina por los campos de la provincia, aparentemente tranquilo, pero por dentro le aguijonean las preocupaciones. Ya se trate de un profesional de la medicina, educación, comercio o un agricultor empírico, siempre intenta aportar los rudimentos fundamentales para el sustento del hogar. Por aquel viejo hábito que pregona que “el hombre no debe llorar”, muchas veces ese hombre disimula el amor que siente por su gente, pueblo y costumbres. Casi no exterioriza los sentimientos, pero sus acciones tienen la elocuencia que las palabras no pueden expresar. Dentro de ese mundo del silencio, de lo callado con palabras pero mostrado con gestos, comprende que el futuro de sus retoños, de los hijos habidos en el matrimonio, crecerán inmersos en los valores comunitarios. Quizás por ello el aporte más trascendental que el hombre del Cubitá ha legado a su prole, radique en una envidiable ética laboral. En efecto, el varón del Canajagua siempre ha hecho de su vocación por el trabajo una bandera que ha lucido a los cuadro vientos. Antaño se levantaba temprano y cuando el sol aparecía radiante sobre la franja costera de su tierra, ya iba provisto de sus bastimentos, guardados en la chácara, junto a la pipa, el arroz, los frijoles, la “cajne asá” y el frasquito del que extraía la “sopá” de miel; viejo hábito que, lamentablemente, hemos desechado las generaciones posteriores. Todo aquello era posible porque en la casa dejaba a la mujer ajetreada en sus quehaceres domésticos, encargada de arreglar a los niños para el centro escolar y dispuesta a recorrer, si fuera necesario, el camino hacia la mata o siembro en que laboraba su querido consorte.
La anterior es la visión del padre de antaño, y esa imagen de hombre rural muchas veces se queda olvidada en algún recodo del cerebro. Hoy se viven otros tiempos, pero para el hombre responsable, la paternidad se impregna de los valores de los abuelos. Podremos tener celulares, navegar por Internet, viajar a otros continentes, pero los rasgos y valores de antaño sobreviven bajo una forma más moderna, pero en el fondo calcada de aquel paradigmático personaje. Sin duda los orejanos no somos perfectos, porque algunas cosas han de mejorarse, como ese grado de machismo que ostentamos y nuestra propensión al consumo excesivo de bebidas embriagantes a que somos tan propensos. Debemos admitir, sin que hayamos caído en el abismo, que nuestro liderazgo se ha ido desdibujado y a veces no luce los pendones que los valores sociales demandan.
Dentro de ese conjunto de padres que abundan en la provincia, encontramos uno muy especial: el hombre cooperativista. Hay en él virtudes ciudadanas que conviene ponderar, porque al fin y al cabo un cooperativista se distingue por ser previsor, planificar sus cosas para después, por “guardar pan para mayo”, como dice el refrán. Se trata de alguien que comprendió que los dos pinos del cooperativismo son algo más que un símbolo. Ellos muestran que dos es más que uno; que vivir lejos de los demás nos hace menos humanos, carentes de solidaridad y, por tanto, distantes de nuestra verdadera misión terrenal.
No es casual el profundo paralelismo que existe entre el emblema del cooperativismo y la responsabilidad paterna. Porque desde el año 1920, cuando fue admitido como enseña del movimiento cooperativista, ha venido a significar muchas cosas. Los pinos representan la vida y al ser dos simbolizan la hermandad, la unión, la solidaridad y la necesidad de un trabajo conjunto. El par de árboles lucen el verde sobre un campo amarillo. Ese verde que imita la fertilidad de la naturaleza; a su vez el amarillo como sol, fuente permanente de vida, así como el círculo con su mensaje de vida eterna, de universalidad.
El cooperativista, como el buen padre, sabe que la fortaleza de su empresa depende de que se mantenga firme junto a ella. Acontece como en la familia, que al integrar a los miembros les provee de identidad y los impregna de amor; del sentimiento que mueve al mundo y sin el cual la vida carece de sentido. En efecto, el cooperativismo es un acto de amor al prójimo, en la misma medida y proporción que la familia debe brindar el calor y la seguridad de una paternidad responsable. Por eso el amor es la piedra angular de la familia. En verdad, pueden existir problemas, como acontece a todo grupo familiar; relaciones de pareja que se vuelven conflictivas, pero el padre nunca debe olvidar que los hijos son el fruto del amor. Ellos son el regalo de la comunión y bajo ninguna circunstancia ha de desprotegerles, privándoles de su amparo y amor paternal. La paternidad es más que ofrecer cama, cobijo y, abrigo, porque lo más profundo de su misión radica en demostrar a la prole que el amor es un arte, que el amor se aprende, para que los retoños no anden por el mundo satisfechos en sus necesidades materiales, pero con un alma hueca, vacía y espiritualmente pobre.
En los tiempos actuales, así como encontramos padres “light”, también existen cooperativas “light”; empresas que olvidan para qué fueron creadas, instituciones que de tanto manejar dinero terminan por adorar al “becerro de oro” y se alejan de la función social que fue el norte de sus fundadores. Les pasa como aquellos seres humanos que someten el cuerpo a todo tipo de ejercicios físicos, con la única finalidad de lucirse ante el prójimo, aunque al final ese mismo cuerpo sea el soporte de un ser sin proyecto de vida.
Miremos el Día del Padre como un momento propicio para repensar nuestra paternidad en el marco de un movimiento, que como el cooperativismo, sea fuerte y saludable. Ambos impregnados de valores, de principios que guíen nuestros pasos. Nuestros hijos lo reclaman y la comunidad demanda la existencia de un liderazgo sano y valiente que nos coloque en el sitial que merecemos. Recordemos al padre de antaño, pero en el mundo de hoy. Si ser padre es un reto y una responsabilidad, el cooperativismo es una filosofía y un estilo de vida.
¡Felicidades, padres cooperativistas!.
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* Disertación del autor ante padres de familia de la Cooperativa de Ahorro y Créditos José del Carmen Domínguez. Bella Vista de Guararé, Sábado 17 de junio de 2006.

02 junio 2009

LA JUNTA EN LA CULTURA REGIONAL (Cuatro preguntas y cuatro respuestas)

1. ¿Qué significado tienen las llamadas juntas para el hombre azuerense?
La junta es la expresión de la hermandad campesina. Surge al calor de los problemas que confrontaba la sociedad de antaño y la búsqueda de solución a los mismos. Demuestra que el trabajo en equipo aminora los esfuerzos y permite reducir los riesgos que padece el hombre en su interacción con la naturaleza.
El hombre azuerense aún ama las juntas, porque ellas resumen su filosofía de vida campesina, recoge la visión de lo que ha sido y desea continuar siendo: un hombre libre, unido por los lazos de solidaridad humana.

2 ¿Acaso legamos de alguien esta tradición o es autóctona de nuestras tierras?
Podemos decir que la junta es una institución social que de alguna manera tiene elementos autóctonos y otros añadidos con la llegada del español y del negro colonial. La dispersión rural, tan característica de la fase de colonización, permitió que los españoles diseminados en haciendas hicieran suyas las experiencias organizativas del negro e indígena. Siendo así, la junta es una forma organizativa híbrida que es el producto de la interacción de tres grupos humanos: españoles, negros e indígenas

3. ¿Estará nuestra juventud preparada para continuar con estas tradiciones?
Pienso que la juventud tiene serios problemas para asumir la mística que subyace detrás del trabajo cooperativo de la junta. Ellos han crecido dentro de una cultura individualista y mercantilista en donde los valores cooperativos pasan a segundo plano. Sin embargo, hay que distinguir entre el joven que reside en las principales ciudades y el que radica en aldeas y pueblos chicos. Estos últimos tienen más posibilidades de comprender la filosofía de la junta, no sólo porque lo han vivido, sino porque los valores comunitarios tienen más sentido en su existencia.
Esta última razón es la que explica el alto desarrollo que ha adquirido el cooperativismo en la Región de Cubitá (Azuero). El cooperativismo vino a formalizar y sistematizar un hábito que ya le era propio al habitante de Herrera y Los Santos. La cooperativa es la junta con nuevo ropaje.
Por otro lado, el alto costo de la vida está llevando al habitante de la zona a despertar sus valores comunitarios en la medida que descubre en la práctica lo infructuoso de un proceder aislado. Sin embargo, no podemos negar que los jóvenes experimentan sobre sus vidas la violencia de un sistema social que tiende a aislarlos y disgregarlos.

4. ¿Qué hacer para preservar esta actividad?
De lo dicho se colige que la junta es una institución social en estado agónico, porque la sociedad cimentada en valores comunitarios ha dado paso al individualismo social. Este estado de cosas es realmente peligroso para nuestra juventud, que crece aislada y pensando que a título individual podrá subsistir dentro de un sistema centrado en la competencia.
En Azuero la junta tiene una connotación que rebasa la típica junta de embarra, de corte de arroz o de socuela. Hay que partir de ellas para fortalecer instituciones sociales que les permitan, a los jóvenes, descubrir el encanto del trabajo en equipo. Me refiero al efecto bienhechor de las cooperativas, las organizaciones deportivas y, en general, los clubes cívicos.
Aunque está en estado agónico, creo que la junta subsistirá en pequeños y aislados nichos sociales, porque es la respuesta del campesinado a la deshumanización contemporánea. Su duración dependerá de la capacidad de resistencia del hombre del campo, del apoyo institucional que reciba y de lo poco o mucho que quede de la economía campesina.
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27 enero 2008

BELLA VISTA, SU GENTE Y SU COOPERATIVA


Antiguo local de JOCADOM
1. TIEMPOS DE RENOVACIÓN. La década del cincuenta del Siglo XX es vital para comprender los problemas del desarrollo regional. Estamos ante un período histórico de turbulencias políticas en la Ciudad Capital y de intentos de ampliación del mercado interno. De alguna manera el país vive la crisis provocada por la ausencia del flujo económico que caracterizó el período bélico. En el plano cultural las escuelas primarias dan sus frutos y el panameño ha sentido en carne propia la presencia estadounidense en la Zona del Canal. También hay más médicos y enfermeras, y la red vial comienza a interconectar los pueblos con la carretera que Belisario Porras Barahona había construido en los años veinte. En pocas palabras, se perciben tiempos de cambio y hay un ambiente que permite, pese a todo, experimentar con nuevas formas organizativas.
En la Provincia de Los Santos, y Guararé dentro de ella, comienza a renacer un nuevo estilo de vida. Los primeros egresados de las universidades arriban a los campos y los colegios secundarios dejan sentir su influencia bienhechora. La carreta retrocede ante el rugir de los camiones marca Ford y los barcos (que transportan a personas, animales y productos), experimentan su agónica existencia. En los años cincuenta, Don Rogelio “Gelo” Córdoba ha sacado al acordeón del ostracismo social en que se encontraba y aparece un nuevo pino del instrumento de los pitos y fuelles: Don Daniel Dorindo Cárdenas Gutiérrez. La hegemonía del violín ha llegado a su fin, la gente deja de bailar en las solariegas casas de quincha y un nuevo elemento aparece en el escenario, el jardín de baile. El surgimiento del Festival Nacional de La Mejorana (1949) expresa fielmente esos temores ante los nuevos tiempos. Tanto en la provincia santeña como en el municipio guarareño, nuevos cosas se cuelan bajo el tejido social que ha dado vida a la vieja cultura tradicional. Todo está en su punto y una nueva sociedad asoma sus narices.

2. BELLA VISTA Y SU GENTE. Los cambios sociales y culturales que brevemente he descrito, inciden en el Guararé de la segunda mitad de la vigésima centuria. Las transformaciones las sintió el hombre de carne y hueso, ya sea que morara en la capital provincial o en un pequeño villorrio. Este último es el caso de Bella Vista de Guararé. La comunidad que antiguamente se llamó El Potrero, era una aldea de ganaderos, agricultores y pescadores con una población que rondaba los trescientos habitantes. No muy lejos de allí, las salinas, los manglares y el rumor de las olas cantaban las glorias del Océano Pacífico.


Los que nacimos en los años cincuenta vivimos esa transición hacia la modernidad a la que aludo. Podríamos decir que fuimos la última generación de un mundo rural que tenía sus días contados. Vida apacible aquella, propia de niños que crecieron jugando en la calle larga que comenzaba en la casa de “Chamalía”, quizás en la de Misael o la de “Mito” González, en la encrucijada del camino que va hacia “La Guaca” y “Tablas Abajo”. De allí se extendía hacia La Enea, pero Bella Vista terminaba en las proximidades de la tienda de “Tin Blas”. Hacia atrás, en dirección contraria, la gente compraba sus enseres en dos abarroterías: la de “Ñan Vergara” y la de “Alejandro Pinzón”. También habían dos herrerías, la de “Chelo Donde” y “Tite Vásquez”; además, gente que vendía pescado fresco (como Los Vásquez, con “Chasma”, por ejemplo) y ganaderos como Benigno Polo. El corte de cabello valía diez centésimos en la barbería del mejoranero Abraham Díaz. Los niños iban a los potreros a visitar sus “tapones” y las niñas con sus “cocinaditos” practicaban para llegar a ser hacendosas mujeres del hogar.
El bellavisteño miraba a Guararé como la referencia más importante de lo que era un centro urbano. No había transporte colectivo y para acudir a Las Tablas se tenía que caminar hasta la Escuela Juana Vernaza y esperar que pasara la “chiva”. Algunos afortunados, los menos, viajaban a la Ciudad de Panamá y tejían leyendas sobre la peligrosa Loma de Campana, el Mercado Público, el edificio de la Presidencia, San Felipe y la Avenida Central. Para otros, aquello era un sueño aún lejano e inalcanzable.
En la comunidad todo el mundo se conocía, y de una u otra manera estaba emparentado. El invierno era crudo y las noches se llenaban de luciérnagas, mientras un concierto de sapos animaba las noches oscuras. Había que estudiar en la “Juana Vernaza”, dotado de “chácara” y con capote, por si el aguacero hacía de las suyas. Se regresaba de la escuela con riñas en el camino y uno que otro se internaba en las huertas amigas para robarse un mango. Travesuras de niños.
En las tiendas la gente conversaba de temas diversos, pero siempre del estado del tiempo y la suerte de las vacas y el sembradío de maíz. La fiesta del 21 de enero se celebrada en la plaza que quedaba al lado de la “Tienda de Alejandro”. Un olor a carates recién cortados, que eran traídos en carretas, pregonaba con su olor la proximidad de la fiesta taurina. En ese lugar un viejo palo de mango servía de techo a la cantina. Allí, en otro tiempo, Nenga Bucha se recostaba al tronco para lanzar sus palabrotas de grueso calibre, mientras al fondo la casa de Chenda mostraba su amplio portal y una vieja chiva dormitaba debajo de un árbol de mamón. Desde abril el tin-tan del yunque de Chelo resonaba en la distancia, señal inequívoca de la proximidad del invierno.
Un mundo así no se olvida, aunque los títulos y los viajes puedan marear la cabeza. Esa fue la época de Rosita y Chía, Blasina y Severo, Concho, Ubaldina, Tite, Mercedes y Mayía, Gumercinda y Nengo, Geña y Manolo, Candelaria y Pedro, Elida y Ñan, Viterbo, Oscar Cuervo, Chasma, Carlina y Tin, Lidia y Pastor, Donde, Aura, Chenda, Ángela y Abraham, Elena y Socio Andrés, Vicenta y Chepo, Mercedes y Alejandro, Avelino, Manuelito, Julián, Rosario, Virgilio, el maestro Pablo, Toño y Lucia, Serafina y Nicho, Rosa y Diomedes, Lilia, Eutimia y Papi Parranda, Brunilda, Agustina y Chofo y muchos más. Los Ovalle, Araba, Castillero, García, Cedeño, Domínguez, Zarzavilla… La lista es larga y la vida corta, pero los cambios no esperan.
Amanece 1957…. y la Cooperativa hace su aparición.

3. LA COOPERATIVA Y SUS TAREAS. Tal vez la historia de Bella Vista haya que dividirle en dos etapas. Una, la del poblado tranquilo que encontramos previo al surgimiento de la Cooperativa José Del Carmen Domínguez R. L., y, la otra, que comprende desde el establecimiento de JOCADOM hasta nuestros días. Esta tarea está aún pendiente; lo importante en este momento es comprender que la cooperativa guarareña institucionaliza una práctica que era común en la comunidad, la de unificar esfuerzos para resolver los problemas. De alguna manera el hombre de Bella Vista ya era cooperativista sin saberlo. La práctica de la junta (de embarra, para cortar arroz, etc.) se constituye en el antecedente más importante que permite cohesionar esos esfuerzos colectivos que de otra manera hubiesen tenido una vida efímera. Claro que Ofelia Hooper Polo (brillante mujer nacida en Las Minas de Herrera) les hablaba a los pioneros guarareños de los zapadores de Rochdale, Inglaterra, pero nuestra gente pensaba que todo aquello se parecía al trabajo colectivo del hombre del campo. Por eso la junta quizás sea el fenómeno sociológico que explica el arraigo y el éxito arrollador del cooperativismo en las comunidades santeñas.
Nada ha sido más importante para Bella Vista que su Cooperativa: ni el alumbrado eléctrico, ni las calles asfaltadas, el camino a la “playa”, el estadio, la llegada del teléfono u otro proyecto comunitario. El santeño nunca podrá agradecer a los pioneros de JOCADOM tanto generosidad y visión de futuro. Ese proyecto millonario (financiera y socialmente), basado en los centavos que en su momento colocaron nuestros antepasados, es una joya que hay que pulir y cuidar. Gema que brilla a la sombra de dos pinos.
La Cooperativa es un sueño eterno, una utopía dinámica, una empresa que ha de renovarse cada vez que una nueva generación retome sus riendas. Los fundadores hicieron lo correcto, partieron de los Círculos de Estudio y comprendieron que la filosofía social del cooperativismo ha de ser la base sobre la que se sostiene su andamiaje social. En el cooperativismo las finanzas son un medio, y no un fin en sí mismo.
En los tiempos actuales el mayor desafío que enfrenta JOCADAOM no sólo radica en su renovación institucional, en poder ser fiel a su época, sino en lograr desarrollarse sin olvidar sus raíces de empresa campesina. Prohibido olvidarlo, porque siempre habrá que volver al ayer para retomar fuerzas y corregir el rumbo en una época deshumanizada y excesivamente mercantilista. Quiero decir que la verdadera razón de ser de JOCADOM es su gente y dentro de ese pueblo, el habitante de Bella Vista. Debemos admitir, orgullosamente, que mucho de los que integramos las generaciones posteriores a los fundadores, cimentamos el éxito no sólo en nuestros esfuerzos familiares e individuales, sino en el influjo bienhechor de JOCADOM.
La Cooperativa es un icono que genera confianza y el bellavisteño la quiera en silencio; la tiene empotrada en el centro del pueblo, para que al mirarla todos los días fomente la autoestima comunitaria y le recuerde lo que es capaz de hacer el amor y la razón. La metáfora es hermosa, han construido un edificio nuevo, sobre las cimientes del antiguo. “Más claro no canta un gallo”.

4. EPÍLOGO SENTIMENTAL. Aquel día llegué a Bella Vista, como tantas otras veces, con el pretexto de ver cómo estaba la casa de mis padres, pero en el fondo deseoso de retornar a mi hogar, como el salmón que remonta el río o la tortuga que retorna a la playa que le vio nacer. Me detuve frente al renovado edificio de JOCADOM, bajé del auto y me fui a hablar con Celina, amiga de siempre y mujer trabajadora que vive frente a la Cooperativa. Dialogaba con ella y a veces volvía a mirar el edificio. Al rato llegó Tinita, su hija, y la tertulia se hizo amistosa y amena. “¿Cómo va la tienda?”, me dijo. Le contesté que estaba reformado el edificio, pero yo seguía mirando hacia JOCADOM.
A veces las cosas llegan cuando menos lo esperas. Ese día, inadvertidamente, comprendí en toda su magnitud lo que hicieron los hombres y mujeres de mi pueblo. Ellos casaron, como en un matrimonio, la razón y el sentimiento. JOCADOM es la fusión del amor y la razón. Ese edificio es un testimonio de que los proyectos verdaderamente hermosos, siempre tienen un inicio sencillo, como la flor que nace del fango o la hormiga que lleva sobre su espalda un pedacito de hoja. “Lo que hizo mi gente a punta de bailes en el Festival y de terquedad orejana”, pensé. Luego me alejé satisfecho, orgulloso de mis padres y de mi gente de Bella Vista. “¡Qué hermoso todo!”, me dije, y mientras viajaba hacia La Villa, el sentimiento se apoderó de mí y un nudo se me hizo en la garganta.
¡Larga vida!… y Dios te bendiga, JOCADOM, cooperativa amiga.

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* El 6 de diciembre la Cooperativa José del Carmen Domínguez R.L (JOCADOM) cumple 50 años de existencia (1957-2007). Por eso, para conmemorar el acontecimiento, se redacta el escrito.