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13 febrero 2024

TEMPLOS, TORRES, CULTURA E HISTORIA

 


Entre las cosas que disfruto al recorrer mi península amada, está la de visitar los coloniales templos católicos, en especial los más añejos, que son los de la Villa de Los Santos y Parita. Hay en ellos todo un mundo por descubrir, con su arte religioso y los tallados en madera del siglo XVIII.

Tengo que mirar esas torres que apuntan al cielo, como indicando – cual índice teológico- allá está el Altísimo.  Sí, los santuarios están plantados sobre la sabana antropógena que forjaron indígenas y conquistadores. Bajo su bóveda camino en las oquedades de los espacios, con gruesas paredes y vanos desde los que se mira el mundo pagano, opuesto al otro, tan sacro que se otea desde el presbiterio y que corona el altar mayor.

Allí, en ese espacio arquitectónico, en el silencio y la soledad del alma, pasan tantas cosas por la mente, memorias que retrotraen a los retazos de historia que conozco de la tierra de Belisario, Ofelia, Manuel, Bibiana, Pedro y tantos otros. Y la verdad, me maravillo de haber nacido aquí, con la fortuna de poder ver y disfrutar esta cultura de la orejanidad.

Y debo, inevitablemente, mirar las paredes para ver empotradas en ellas las lápidas que hablan de viejas prosapias y genealogías de centurias precedentes, con los mismos relatos que recogen y reproducen los archivos parroquiales que he tenido el privilegio de tener en mis manos.

“Aquí yacen los restos…” comienza la esquela de quienes han visto partir a sus familiares, mientras el badajo golpea la campana y el sonido se extiende más allá de los cerros y transmite el llamado a los parroquianos para que acudan a la oración. Y, la verdad, me quedo maravillado de que puedan existir tantas cosas en un espacio tan reducido, en esta arquitectura y microcosmo de lo finito y eterno.

El templo es un ícono de la cultura peninsular; blancos, cual imagen impoluta de los orígenes hispánicos de donde procede, como si emulara las albas y religiosas casitas andaluzas. Le miro y me reconozco como expresión viviente de la cultura occidental, con mi peculiaridad de ser mestizo, de ente de raíces montaraces que lleva quinientos años transitando por estos parajes tan llenos de historia.

…….mpr…

13/II/2024

 


10 febrero 2022

LA CRUZ DE VALLE

 


En la carretera Belisario Porras, en el tramo comprendido entre Guararé y Las Tablas, en el lugar que antaño se conocía como El Estacón, aún queda la Cruz de Valle, que otros llaman Cruz de Lino. Más adelante también estuvo otro sitio al que los lugareños llamaban Cruz de Chayo, ya casi inexistente y que dio paso a un residencial que queda contiguo a la sede santeña de la Universidad de Panamá.

Muchos topónimos han desaparecido o han mudado de nombre, como en el caso de Vizcaya, en esta misma zona a la que me refiero. Tales designaciones desempeñaron un rol orientador a la hora de ubicar la residencia de un paisano o simplemente dar cuenta de la proximidad del lugar que buscábamos: “Ombe, un poquito más allá de la Cruz de Chayo”, “Claro, próximo a Vizcaya”.

El punto es que estas cruces, además de las funciones a las que nos referimos, son reminiscencias de las ermitas del período colonial, las que dieron origen a poblados santeños como Las Tablas y Pocrí, así como Pesé en la provincia de Herrera.

Los pequeños templos sirvieron como expresión piadosa y recordatorio de la muerte de algún cristiano, ya que no era extraño encontrar ofrendas consistentes en velas y moños de algún niño. En efecto, la presencia de exvotos a veces iba más allá de su papel original y hasta sirvieron como lugares sacros para conmemorar la Cruz de Mayo, evento del tercer día del quinto mes del año.

En torno a esas cruces surgieron múltiples leyendas, porque eran lugares que la gente reverenciaba y se detenía ante ellos, no sin antes persignarse o musitar una oración religiosa. Esto acontece con la Cruz de Valle, porque por allí hay una vieja leyenda que afirma, como si fuera una verdad inamovible, que la capillita fue construida por un español que habitó la zona. Cuenta la narración que este súbdito de la Madre Patria rogó a Dios que le favoreciera con la lotería, como en efecto pasó. Pues bien, cumplió su promesa y eso explica que la pequeña edificación se haya erigido en donde se encuentra, próxima a la entrada de La Guaca de Guararé.


 

Con el tiempo la estructura original fue reemplazada por otra de bloques, la que también tiene sus días contados, ya que en sus proximidades se construye una estación de gasolina. Con razón al pasar la he visto maltrecha y olvidada, como todos los frutos de la cultura campesina de antaño. Sin embargo, en esta cruz, como en otras, también se tejen leyendas, relatos que surgen de algún suceso o personaje. En nuestro caso ubicado en la primera mitad del siglo XX.

Sé de buena fuente que durante aquellas calendas vivió en la ciudad de Las Tablas un español de apellido Valle -de nombre Clodovaldo- que para más señas era el dueño de la Imprenta Barcelona, quien casó con una dama de El Potrero, actual Bella Vista de Guararé, llamada Aura María Díaz Osorio, la que vivía con su hermana Rosenda, justo al lado de la residencia familiar de quien escribe, más precisamente, detrás de la cancha comunal. Allí residía con Lérida y Majita, niñas entonces. En la misma casa habitación también moraba, Oscar Antonio Cuervo Díaz (*29/IV/1914) -padre de las niñas-, hijo del enlace en primeras nupcias entre doña Aura María y Lorenzo Cuervo Pérez (1912).

No lo podemos afirmar de manera categórica, pero es probable que se trate del personaje del relato, quien era conocido como Valle, el español de personalidad recia y de múltiples fábulas costumbristas. Sobre el origen del otro sujeto, Lino, no existen referencias, por lo que no me arriesgo a plantear alguna hipótesis, aunque algo debió existir, como para que esté en boca del pueblo.

Lo cierto es que tales cruces están desapareciendo, acosadas por la era moderna y los antivalores que corroen hasta la médula de la sociedad. Los seres de corazón de piedra ripostarán que aquello es inevitable y que no se puede vivir de añoranzas pueblerinas. A lo mejor tengan razón, aunque estoy convencido que gran parte del vacío existencial de nuestros días, es consecuencia de la desvalorización de nuestra cultura, proceder que está creando seres vacíos, enclenques, para quienes la cruz en el camino es solo eso, dos maderos entrecruzados. Y son precisamente tales analfabetas disfuncionales -a veces con títulos universitarios- los que sostienen la sociedad de la alienación; y no les importa con La Cruz de Valle, para ellos vulgar representación de campesinos nostálgicos, manutos u orejanos.

Milcíades Pinzón Rodríguez.

En las faldas de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 9 de febrero de 2022.

 

 

 

 

 


25 septiembre 2021

ARRIBO A GUARARÉ, MERCEDES

 

Arribo a Guararé y allí estás; miro el templo y bajo su alero te encuentras, porque no hay guarareño que no te idolatre y tiemble de emoción al verte pasar en procesión, Mercedes. El palio te cubre y bajo él nos cobijamos todos. Ya sé, Virgen de Las Mercedes, que eres advocación mariana y que tu rostro maternal ha sido el consuelo de miles de guarareños. Que eres nuestra Patrona, quién lo duda; porque aprendimos a amarte con los guiños nocturnos del volador de eco sonoro, el arpegio de la mejorana campesina, los cánticos religiosos y el aroma a incienso de la eucaristía dominical.

¡Y te debemos tanto, Mercedes!, más allá de la emoción religiosa y el cuenco liberador de la identidad nacional. Contigo todos somos uno, la unidad del guarareño, la fuerza que transita por el mundo y el corazón que late frenéticamente cada 23 y 24 de septiembre.

En septiembre la cita es contigo, con la tradición vernácula y la eucaristía festiva, en ese abrazo del Festival, en la indestructible mancuerna de lo sacro y lo pagano, de la alegría y la congoja, del gozo celestial y la debilidad de la carne.

Me voy de Guararé y sigues conmigo, como soplo divino que alienta y reconforta el espíritu. Regreso al poblado y allí estás, Mercedes, para que el guarareñismo no muera y la vida sea flor campesina, marisma, brisa marinera y regocijo de hombre sabanero.

© m.pinzon.r 

En las faldas de cerro El Barco, a 23 de septiembre de 2020.



05 febrero 2021

EN EL POSTRER ADIÓS DE UN AMIGO

 



Enero, febrero y marzo son brisa, sol y mar. En esta época la naturaleza canta su alegría mientras se viste de madroños, espinos amarillos, campanillas veraneras y el amarillo intenso del guayacán montañero. A lo lejos el Canajagua es peinado por el viento, mientras algunas nubes blancas coronan la vieja testa milenaria. Por los caminos de Guararé hacia la sierra, hay un rosario de pueblos, los que quedan de la conquista de los siglos, desde que nuestros antepasados caminaron la sabana para hacerla hacienda y cultura campesina.

No pocas son las aldehuelas que rodean al cerro desde Las Tablas, Macaracas y Guararé. Y aún queda pendiente la historia no escrita de tales hombres laboriosos. El archivo parroquial los describe como los Jaén, Vargas, Iturralde, rodríguez, De León, Saavedra, Domínguez y Velásquez, por mencionar solo unas cuantas de las familias que conquistaron el Canajagua. Gente campesina que con el tiempo se hizo profesional, agricultores y ganaderos, así como mujeres hermosas, diosas de los campos con olor a margarita, mirtos y rosas.

De uno de tales vientres nació en la provincia santeña un párvulo con deseos de explorar nuevos horizontes y romper el enclaustramiento de la tradición. El niño frisaba los 10 años cuando acompaña a su tía para vivir en la ciudad de Panamá. Cambia el tapón y la perdiz por el ruido de los buses y la estridencia de los pitos de los autos. Se va del campo, pero la congoja invade su alma infantil. En Panamá vivirá otra vida, aunque alberga en su pecho la imagen de la perdiz de llano, la cascá en la rama del mango, el olor a tierra mojada y maizal espigado, más el sonido agudo del azulejo palmero. Muy adentro presiente que ha de volver, retornar a la tierra que ama y que le hace guiños porque es parte integral del útero social y cultural al que pertenece.

El campesino Gumercindo Domínguez Velásquez no sabe qué le espera, ni imagina cuánto repercutirán en su vida las calles de San Felipe y Santa Ana. En la urbe de los años cincuenta y sesenta del siglo XX construirá sobre su coraza silvestre el brillo de la ciudad que duerme a la orilla del canal. Trabaja, estudia, lee y crece. Hace de todo, realiza los oficios más disímiles, porque el trabajo en honra y no estigma; herencia aprendida en La Pasera, junto a los padres que también hacen honor al santeñismo que abre surcos de desarrollo y de dignidad nacional.

Época dura la que le tocó y país convulso en el que asesinan generales, persiguen el disenso, con estudiantes que se inmolan en las riberas del canal. Nada será igual para él, para el santeño que mira en San Miguelito el reducto en que moran los que emigran a la capital. Sin embargo, ahora ejerce el periodismo radial y escrito y publica en los diarios de la ciudad de Panamá. Observa al mundo de otra manera y es capaz de ver más allá de las apariencias. En el fondo comprende las razones sociales que explican el mundo que le tocó vivir. Por eso radicaliza su pensamiento y se convierte en defensor de la justicia social y de la democracia. Le espera una amarga experiencia con los militares populistas que se toman el poder y someten al país en la negra noche de la antidemocracia. Paga con la cárcel la osadía de tener sueños, de amar el país y de desear mejores días para los suyos.

Y un buen día, regresa a su tierra hasta que pace la negra noche del militarismo. Una vez superado el escollo social retorna a lo suyo, a lo que en realidad ama, ejercer como periodista. En la capital tableña crea su revista radial en Ondas del Canajagua y Radio Mensabé. La rica experiencia adquirida da frutos y Hoy con el pueblo se convierte en programa dominical de credibilidad, que sabe alternar con Radio Mensabé informa y Comenta. Desde entonces las revistas radiales de comentarios no volvieron a ser iguales en Los Santos, porque ante el micrófono está un individuo de profundas convicciones éticas que se gana el respeto de la audiencia peninsular y nacional. Sí, la del panameño ya entrado en años que se vuelve crítico, pero que en el fondo sigue teniendo el alma del niño que se creció en La Pasera y que un día partió con la tía a la capital de la república.

Luego de más de treinta años de hacer radio en la península y con más de siete décadas en su espalda fallece el 3 de febrero de 2021. Muere Gumercindo luego de concluir el programa matutino; transita del micrófono al hospital y del nosocomio a la casa de descanso eterno, para que se cumpla lo que siempre aspiró, despedirse, dar el postrer adiós desde la cabina de una emisora de radio.

Yo no voy hablar aquí del legado de Gume, porque es evidente que su vida no fue en vano, ni sus afanes el humo que deshace el viento. Yace aquí un santeño cuya pasión fue ser periodista, a su estilo y manera: serio, sobrio, directo y sin temores. Un proyecto de vida que rebasa el propio periodismo que fue para él un medio y no un fin en sí mismo, herramienta para la información y la liberación, para el profesional y para el campesino, para la mujer intelectual y ama de casa.

Desde este lugar de los adioses y a una distancia no muy lejana, se yergue el Canajagua y sobre su cúspide la antena radial de Gumercindo Domínguez Velásquez mira en lontananza. Está allí en pleno corazón de la provincia, enclavada sobre la tierra que es ícono del santeñismo, pletórica de historia y cultura peninsular. En esta hora quiero pensar que, en su soledad, junto a este viento de febrero que despide a Gumercindo, ella mira y saluda al amigo ausente. Al aliado que a lo mejor desearía verlo inhumado a la sombra de su térrea base.

A esta hora se cumple lo que el destino manda, la transición entre la carne perecedera y el alma que divaga sobre el espacio sideral. Porque ha llegado el tiempo de comprender las lecciones terrenales de un hombre como Gumercindo, sencillo, jovial y seguro de su trayectoria de vida. Como santeño descuella el compromiso con los suyos, con nuestra identidad cultural; como panameño, honra la defensa de la patria mancillada, los derechos del hombre y la calidad de vida.

Debemos comprender que morir es otra forma de vivir, de mudar de ropa y mostrar a los amigos el tesoro de la vida, que no fenece, sino que se transforma, que se hace flor silvestre, recuerdo de los senderos por los que se transitó con olor a carate recién cortado. Por esos caminos de la vida peregrinó Gumersindo, el amigo, el periodista y el patriota de la tierra de Belisario, Manuel, Sergio, Zoraida, Bibiana y Rufina.

Vive tu jardín de paz, Gumercindo, renace en los virulíes y lanza tu saloma silente entre los cerros, descansa del ajetreo matinal para que otros también puedan decir que hoy están con el pueblo en cada poro de su mundo existencial. Percátate que no araste en el mar, Gume, descansa Gume, descansa, ya cumpliste con los tuyos y con la patria.

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En las faldas de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 5 de febrero de 2021.


13 marzo 2020

EL TEMPLO RELIGIOSO Y EL SIMBOLISMO DE LA PALMA




Entre los muchos aspectos que la modernidad ha convertido en mero recuerdo se encuentran las palmas que antaño distinguían a los templos de la peninsular región azuerense. En efecto, ya son pocos los poblados que presentan, próximo a las portadas de los edificios religiosos, la figura enhiesta de las palmeras.
Los testimonios fotográficos demuestran que los templos más coloniales, como el de San Atanasio, en la Villa de Los Santos y el de la ciudad de Las Tablas, lucían alguna variedad de arecáceas. Incluso poblados más recientes como Guararé, al inicio del siglo XX, mostraban las cimbreantes y elegantes palmeras del templo a la virgen de Las Mercedes, aunque ya para el año 1948 habían desaparecido.
En los tiempos actuales el ejemplo más notorio continúa siendo el de la Villa de Los Santos, donde aún podemos observarlas a la entrada del templo. Y esa tradición ha de ser valorada, porque está enraizada en la historia de la Civilización Occidental, incluso desde la época de la Mesopotamia y del milenario Egipto, de donde procede.
Desde aquellas calendas las palmeras fueron emblema de fertilidad, eternidad y de la presencia de la divinidad. Quizás esa valoración también esté asociada a la existencia del oasis, con el agua, fuente de la vida, en lugares en donde se apreciaba en la distancia la figura del tronco leñoso con grandes hojas, como faro botánico para el sediento caminante.
El agua y la palmera, la mancuerna de la inmortalidad, que por la vía de los españoles y la religión católica llegó a nuestras tierras y formó parte de nuestra identidad. Influencia cultural y religiosa que aún subsiste en la Semana Santa cuando se distribuyen las pencas benditas, remanente histórico de la relevancia que experimentó desde hace milenios. Por eso su fruto continúa siendo una hermosa metáfora de la sed de espiritualidad y humanismo del hombre contemporáneo y bien haríamos, cuando el caso lo permita, en volver a plantar las palmeras en las proximidades del templo y los poblados, porque ellas no son simplemente un asunto de ornato, sino de profunda religiosidad.
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01 agosto 2013

GUARARÉ, LA PARROQUIA Y EL CAMINO DE LAS LAGUNITAS


La capillita de Las Lagunitas

Romería desde Las Lagunitas al templo guarareño
El vocablo Guararé tiene un acento indígena y evoca la del cacique que dio origen al nombre del poblado, Guararí. Mucho ha acontecido desde que en el Siglo XVI Don Diego de Hurtado diera cuenta de que por estas tierras habían hermosas maderas para construir embarcaciones. Porque, en efecto, aquí se construyeron las primeras barcazas con los que se conquistó la zona que queda al oeste de la Península de Azuero. 
Desde entonces habrían de transcurrir más de una centuria para que se produjera un lento pero persistente poblamiento que daría sus frutos a finales del Siglo XVII y, en especial, a principios del Siglo XVIII.
Se dice -aunque no se ha podido comprobar de manera certera-, que en el sitio de Las Lagunitas se asentaron algunas familias españolas que a la postre, por lo insalubre del lugar, se trasladaron al lugar que ocupa en estos momentos el actual pueblo de Guararé. Lo cierto es que el nombre del primer asiento poblacional así parece corroborarlo, porque Las Lagunitas hace alusión a un sitio de cenagales, de la misma manera que el topónimo Ciénagalarga, confirma la existencia de pantanos en el sitio próximo al actual puente sobre el Río Guararé.
Por las anteriores razones no hay lugar más a propósito para divulgar un relevante documento histórico sobre la tierra de Benita Pérez, que este sitio en que nos encontramos, más todavía si tomamos en consideración la fecha que nos congrega, el 144 aniversario de la creación de la Parroquia de Nuestra Señora de Las Mercedes.
Hago alusión al Padrón de 1774, una especie de censo que se realizaó sobre las gentes que habitaban la zona durante el Siglo XVIII. Allí queda claro, que existían desperdigados por Guararé y lugares aledaños, un total de 100 almas que residían en 24 casas. Según el documento los apellidos más comunes eran los Araba, González y Espino; aunque encontramos otros como Solís, Domínguez, Ramírez, Tello, Martínez, Pérez, Ortega, García y Galarte. Si hemos de creer al padrón, Guararé contaba con 25 cabezas de familias, de los cuales 23 tenían esposas. Las dos restantes eran viudas que contaban con 2 hijos. En cambio, ya para el año 1774 se registra el sitio de “Chumajal y Lomas” en donde encontramos apellidos como Barrios, Osorio, Ovalle, De León, Batista y Díaz.
Para aquellas calendas únicamente existían tres personas que poseían esclavos: Doña María Concepción Enriques (sic) y Pablo y Francisco Espino. Quedan registrados en Guararé 7 esclavos, lo que parece sugerir que la presencia del negro colonial no logró ser significativa en el sitio, porque apenas representaba el 7% del total poblacional.
Debo indicar que gracias a la gentiliza del historiador Don Alberto Arjona Osorio, ahora contamos con otro documento del acontecer guarareño. Me refiero al testamento de Don Antonio Pío de Espino. Ese manuscrito está “fechado en el Citio (sic) de Guararé, jurisdicción de Las Tablas Cantón de Los Santos, a los nueve días del mes de setiembre de mi ochocientos cuarenta y cuatro”. Allí queda claro que el apellido Espino que lucen algunos tableños, procede realmente de Guararé, ya que Don Antonio Pío de Espino así lo confirma en el aludido testamento.
¿Y qué tiene que ver lo que acabo de plantear con el aniversario de la creación de la Parroquia de Nuestra Señora de Las Mercedes?. Pues mucho, porque viene a confirmar que la erección de la parroquia no fue un acto aislado, ni un capricho del Ilustrísimo Sr. Obispo Dr. Fray Eduardo Vásquez. Al contrario, el 31 de julio de 1869 es producto de un largo caminar de los guarareños. De esos paisanos que se asentaron en la sabana que irriga el Río Guararé y que el 21 de enero de 1880 vieron surgir un nuevo distrito. De los mismos que en Las Lagunitas, además de empotrar en  sus potreros sus casas de quincha, sembraron la fe cristiana por estos contornos. Las evidencias históricas sugieren que antes de la construcción del actual templo, que algunos ubican en la década del ochenta del Siglo XIX, debió existir alguna edificación, seguramente pequeña y rústica, pero que sirvió de cobijo para la reflexión y el encuentro con el Altísimo.
Al meditar sobre esto tópico y mirar hacia el pasado, hay que justipreciar a esos guarareños que hicieron maravillas con su fe, a aquellos que asumieron las difíciles labores con las bestias en los corrales, a las amas de casa sin instrucción pero que educaban a sus hijos en valores, a los curas que se atrevían a avecinarse por estos lares, a aquellos otros que residiendo en lugares próximos al Cerro Canajagua, bajaban a la sabana, a su parroquia, para transmitir mediante el bautismo el legado del catolicismo que implantaron los hispánicos desde el Siglo XVI.
Hay muchas cosas de las cuales derivar un sano orgullo de labriego, de hombres de campo que hicieron viable que existiera una mujer como Bibiana Pérez (creadora del distrito), de un cerebro tan luminoso como el del Padre del Folclor Nacional y primer docente de química de la Universidad de Panamá, Dr. Manuel Fernando de Las Mercedes Zárate. Hay que conservar y difundir ese legado ancestral, no para quedarse anclado en el ayer, sino para propagarlo a las nuevas generaciones que necesitan tener un proyecto de vida que les permita emular aquellos logros y proyectarse en los siglos venideros.
Debemos admitir  que un rol trascendental en ese empeño lo ha cumplido la Iglesia Católica, no sólo desde la estructura arquitectónica que se erige como ícono del poblado, sino como consejera espiritual y terrenal. Esa faena callada de preservar los archivos parroquiales es extraordinaria, porque gracias a ese empeño podemos presumir de los troncos familiares de donde procedemos. Ahora sumemos a ello los cien años que celebramos de estar cantando a la Patrona Guarareña  los Versos a La Virgen, creación que debemos a la inspiración del eneense Remigio Córdoba López y podremos valorar la trascendencia del 31 de julio de 1869, fecha de la Creación de la Parroquia de Nuestra Señora de Las Mercedes.
Por eso la caminata o romería desde Las Lagunitas al centro del poblado, conjuntamente con la eucaristía que celebraremos, no ha de tomarse como un acto religioso rutinario. Todo ello es un canto a lo que hemos sido, una mirada hacia el ayer con la vista proyectada hacia el futuro.
En efecto, todo ello tiene que haberlo sentido el cristiano; pero, además, y guardadas las proporciones, la romería se constituye en una especie de Camino de Santiago de la identidad comarcal. Por eso hago votos para que la iniciativa no muera, porque en la peregrinación cada paso hacia el templo guarareño, además de un evento sacro, es un homenaje a nuestros antepasados y un compromiso con el porvenir.
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+ Palabras en Las Lagunitas el día 31 de julio de 2013 al cumplirse el 144 aniversario de la fundación de la Parroquia de Guararé

28 marzo 2013

SEMANA SANTA OREJANA


Altar de la Iglesia de Santa Librada, Las Tablas

La Semana Santa azuerense es un evento que combina añejas tradiciones religiosas, sociales y culturales. En efecto, durante más de quinientos años la religión Católica ha sido el nervio motor de la región que comprende las provincias de Los Santos y Herrera. Los hábitos religiosos que diseminaron los españoles fructifican en un grupo humano que le ha impuesto su propia impronta cultural. Sin embargo, sigue siendo mayoritario el legado religioso de los hispanos que aquí adquiere un nuevo rostro en procesiones como la que se realiza en La Villa de Los Santos; siendo ésta de indudable influencia andaluza. Hay que añadir que antaño algunas localidades también contaron con cofradías, las que ya han desparecido, pero que fueron características de poblados como Parita, en la Provincia de Herrera y Villa de Los Santos y Las Tablas, en la Provincia de Los Santos.
Recordemos que en torno a la Semana Santa surgió una mitología campesina que se expresa en leyendas como la de “Señiles”, “El padre sin cabeza”, “El buey que habló”, “El penitente de la otra vida” y toda una serie de relatos que expresan el temor de Dios y la necesidad de hacer correctivos en la vida terrena para poder ganar “el cielo” y gozar de los placeres de una vida celestial.
En este período de recogimiento espiritual, las misas y procesiones, a las que se le suman representaciones populares sobre la crucifixión del Redentor, son la tónica de la llamada Semana Mayor. Casi en todos los poblados se realizan actos litúrgicos, desde Santa María hasta Pedasí y desde Guararé hasta Tonosí, son olvidar a Las Minas y Ocú. En la zona oriental de la Península (la costa azuerense) las actividades religiosas lucen su mayor esplendor, ya que se encuentran los mejores templos y la feligresía es más numerosa. Por ello recomendamos no perderse la procesión del Viernes Santo en localidades como la Villa de Los Santos y Parita. Además, sin demeritar otros valiosos esfuerzos, tengamos presente que el teatro popular de Pesé, lleva a escena la mejor representación de la crucifixión del Nazareno. En cambio, en Las Minas de Herrera se pueden apreciar los adornos, elaborados con flores de caracucha, que adornan el templo y las andas utilizadas en las procesiones.
La Semana Santa azuerense es otro valiosa oportunidad para acercarse a este grupo humano que ha sabido conservar expresiones de la cultura sacra, no pocas veces matizada con eventos de índole profano.

19 julio 2010

LA SANTA LIBRADA TABLEÑA


Virgen de Galicia y romería de Las Tablas. Al par del Canajagua, ícono del santeñismo. Reliquia que integra la orejanidad con su manto azul y rojo. Procesión del 19 y eucaristía del 20 de julio. Fiesta popular que se ha hecho profana desde sus andenes de lo sacro. Hay que verla transitando los senderos, mientras bautiza pueblos entre el rastrojo y la vaca que muge en la falda de los cerros. Librada es una joya, cadena chata y diadema de la cultura popular azuerense.

01 julio 2010

REVISTA SANTA LIBRADA

Durante el mes de julio de cada año la devoción a Santa Librada, la Virgen y Mártir Gallega nacida en Baiona y Patrona de Las Tablas, ocupa sitiales importantes en los medios de comunicación nacionales y, particularmente, en las manifestaciones populares en las que se expresa nuestra cultura religiosa e interiorana.
La capital provincial santeña es el epicentro de esos eventos y, el actual templo a Santa Liberata, erigido en el transcurso del Siglo XVIII, la sede de esa devoción que se remonta a la segunda mitad del Siglo XVII. Son muchas las expresiones de ese culto religioso que se materializan en las llamadas “mandas”, la más multitudinaria romería que registra la historia religiosa regional, las novenas a “La Moñona” y, desde principios del Siglo XX, una literatura escrita que recoge las leyendas, la historia religiosa y que permite a los feligreses acrecentar su fervor religioso.
Debo decir que en la organización de los fastos de Santa Librada participan muchas personas, desde prelados, comités creados con tal finalidad, hasta los pequeños comerciantes que ofrecen al público las imágenes fotográficas de la Doncella de Pontevedra. Sin embargo, y sin ánimo de demeritar tales aportes, sin los cuales la fiesta religiosa no tendría el esplender de que goza, quiero destacar en esta ocasión un ángulo pocas veces ponderado. Me refiero a la tesonera labor de la Licenciada Aída Díaz Domínguez como promotora de publicaciones en las que se recogen las reflexiones de diversos escritores que han hecho de Santa Librada el objeto de sus meditaciones.
Hace algunos años me correspondió presentar un libro que iniciaba ese empeño editorial. En aquella ocasión (1996) salió a la luz pública un aporte que ella tituló SANTA LIBERATA DE LAS TABLAS; un manojo de escritos que en cien páginas presenta una radiografía del culto español y tableño. Ahora, trece años después, teniendo como escenario propiciatorio el templo tableño, aparece la REVISTA SANTA LIBRADA (Maravilla Tableña). Se trata de una publicación a colores, que tiene como soporte un papel de buena calidad y con una extensión de aproximadamente cuarenta páginas. La portada luce una trilogía de imágenes en la que aparece en la parte superior la Virgen María, rostro que tiene a su izquierda, y en un plano inferior, a nuestro Señor Jesucristo; al mismo tiempo que en el lado derecho Santa Librada luce su esplendente rostro. Este triángulo fotográfico tiene como soporte y base un abigarrado conjunto de feligreses.
Pienso que la portada es certera, no sólo en lo que se mira, sino en lo que sugiere; un pueblo católico que responde al culto de su Patrona, pero sin olvidar que ésta es un ejemplo de devoción al Altísimo, así como a su Madre Amantísima. Pues bien, con este pórtico se abre al lector una amplia gama de lecturas que vienen ilustradas con abundantes fotografías. Yo diría que la revista es una mezcla balanceada de relatos del ayer y del presente que se ven sazonados con invitaciones a una vida proba y de rescate de valores morales.
La revista se inicia con un oportuno comentario de Monseñor Eladio González, cura párroco de esta comunidad. A partir de allí la perspectiva histórica nos lleva a conocer algunos personajes como el presbítero José Antonio de Agreda, quien hacia el año 1925 realiza algunos aportes al conocimiento de la Patrona Tableña y de la localidad que le brinda cobijo. Aquí tampoco pueden faltar las reflexiones del Profesor Claudio Vásquez Vásquez, historiador tableño cuyo nombre luce un centro educativo provincial, así como la copia de la Gaceta Oficial en la que aparece la ley que declara el templo de Santa Librada como Monumento Histórico Nacional. También apreciamos un escrito de Juanita Espino Díaz, recordada tableña que no sólo fue cultora de manifestaciones folklóricas, sino devota creyente y auspiciadora de la historia tableña. Encontrará el lector los nombres de santeños que en los tiempos actuales le son más familiares, como en los casos de Luciano Leonardo Cedeño, Horacio Prado, Margarita Moreno Cano, José Orestes Moreno Cano, Carlos Afú Decerega, Pedro Barrios, Abigail “Lolita” López, el periodista Alcibíades Cortez, Dayra Miller de Arrue y la propia Aída Díaz Domínguez, entre otros.
Un acierto de la publicación ha sido el presentar un panorama completo de las actividades que están ligadas a la celebración religiosa tableña. Tales los casos de las novenas, la procesión, la liturgia, serenatas, peregrinaciones, biografías de personajes, abanderados, cabalgatas, concursos de décimas, arreglos de la Patrona y testimonios de favores concedidos por Santa Librada.
De lo planteado se colige que LA REVISTA SANTA LIBRADA (Maravilla Tableña) representa un reto para el lector. Un desafío a quien desee ilustrarse sobre el papel que ha desempeñado la Patrona Tableña en la conformación de nuestra cultura regional y su proyección en el plano nacional e incluso más allá de nuestra fronteras patrias.
También considero que para nuestra tierra la revista representa un nuevo signo de los tiempos, para una región que desde mediados del Siglo XX asume con mayor ímpetu la reflexión sobre sí misma. Una zona geográfica que necesita la revalorización de sus rasgos fundamentales, de aquellas cosas que nos legaron nuestros antepasados y que a veces quedan sepultados por el abuso de las fiestas, del holgorio y de un mercantilismo desbocado que antepone la rentabilidad económica a los altos valores del espíritu.
Créanme que yo no estaría colocado aquí, hablando en este Templo Tableño, perturbando su sacro recinto, si no estuviera convencido de lo saludable que resulta todo ello para nuestra cultura. Estoy seguro que a la Licenciada Aída María Díaz Domínguez, como al resto de los que hicieron posible la revista, no los anima ningún fin crematístico. Es decir, de hacer negocio con una publicación como la que comento. Muy por el contrario, ellos aspiran a que nuestro pueblo pueda sentir el goce de reconocerse en las fotos y escritos que dan cuerpo a la edición comentada.
Pienso que en el fondo la revista encarna un noble sentimiento, esa congoja tan santeña que todos llevamos por lo nuestro y que se define como el santeñismo. Y ya que Santa Librada es una expresión del santeñismo, recomiendo la lectura de la REVISTA SANTA LIBRADA (Maravilla Santeña) y sugiero que disfruten los artículos que en ella quedan plasmados.
…mpr…
Las Tablas, 17 de julio de 2009

08 agosto 2009

ANOTACIONES SOBRE LA MUERTE


Por más que la muerte se constituya en una temática que algunos tratan de eludir, siempre ha estado presente en la cultura orejana. Por eso importa saber cómo enfrenta el hombre que mora en la península de Azuero un tema tan universal. Estamos ante un hecho social que no deja de inquietarnos en una disciplina científica como la sociología. Tópicos similares siempre estuvieron presentes en la sociología clásica. Basta mencionar a sociólogos como Max Weber, Emilio Durkheim y Augusto Comte para percatarnos que despertó el más vivo interés en los zapadores de la disciplina.
Todos estos preclaros fundadores de la sociología comprendieron que el fenómeno aludido está condicionado por la cultura en la cual se nace. Cómo una sociedad enfrenta el enigma de la Parca, la Guadaña, o simplemente La Muerte, depende de los recursos propios del núcleo social, así como de las influencias que promueve el contacto con otras sociedades.
En el caso de la sociedad azuerense, la percepción que tiene el hombre sobre la muerte ha recibido la influencia de los grupos indígenas, negros e hispánicos. Por ejemplo, sabemos que los indios tenían complejos ceremoniales mediante los cuales se preparaba al difunto para la "otra vida". Los estudios arqueológicos evidencian que existía una creencia en la vida de ultratumba. El cuerpo del finado era preparado según su rango social (tiba, espavé, cabra) con un ajuar funerario que facilitara su transición hacia el otro mundo. Cuando se trataba de alguien de prestancia social, como era el caso de los tibas o caciques, éstos eran acompañados en su viaje al otro mundo por concubinas, artesanos e hijos; previo sacrificio de los mismos.
Aún hoy, producto de aquellos hábitos funerarios, en la mitología popular del área, subsisten algunos personajes folklóricos que expresan rasgos culturales de aquellas concepciones de los aborígenes (La Tepesa, por ejemplo).
Con la llegada de los grupos hispánicos y africanos, se propició en Herrera y Los Santos un amasijo cultural de lo más original. Los hispánicos introdujeron sus concepciones del luto y, mediante la religión católica, hábitos propios de la cultura greco-romana, sin olvidar la influencia hebrea. Igual cosa hicieron los negros, de quienes quizás deriven algunas creencias en seres de ultratumba con poder suficiente como para incidir en la vida del hombre (¿El familiar?).
El tiempo, los recursos de la sabana, la geografía del área y la propia iniciativa del hombre hicieron lo demás. Así surgió el universo religioso orejano y dentro de él la reacciones, concepciones y costumbres ligadas a la muerte.
Desde entonces, no dejan de ser llamativos los cambios que frente a la muerte se han experimentado en el área. Al parecer, antes del siglo de la informática, el hombre enfrentaba la muerta con mucha naturalidad y poco temor. Así, por ejemplo, hasta hace unas décadas la familia se congregaba en torno a la cama para asistir como testigo a la agonía del pariente. Ocasión propicia para que el cuasi difunto diera sus últimos consejos a sus seres queridos. Por aquellas calendas la gente preparaba sus ajuares mortuorios con la certeza de que antes de la transición al otro mundo, era necesario dejar sus cosas ordenadas en éste. Familias hubo en donde la persona dejó todos sus enseres preparados para emprender el largo viaje, incluso hasta no faltó quien se dispuso a comprar por anticipado el féretro.
En el estudio de la muerte los testamentos son valiosos recursos que nos permiten auscultar e introducirnos en ese mundo de rezos, candelabros y adiós postrero. Gracias a esas investigaciones conocemos que desde el siglo XVI al XX el testar fue la modalidad que asumieron los grupos hegemónicos en el área. Lo dicho nos hace pensar en las observaciones que para el caso francés nos expone Philippe Ariès (La Muerte en Occidente). Dice el estudioso galo que la muerte, que antes era tan natural, hoy se ha convertido en un hecho "vergonzoso" y, diríamos nosotros, "privatizado". Nada más observar nuestras iglesias coloniales (Parita, La Villa, Las Tablas) y podemos constatar cómo la muertos "ilustres" fueron sacados de las iglesias y llevados a los panteones. Porque en la medida que la población se hizo más numerosa se convirtió en un problema de sanidad el qué hacer con los cuerpos putrefactos. Otra cosas fueron los sectores populares que siempre fueron enterrados de "limosna" y cuando más con "cruz chica". Una medida de lo indicado nos la brinda la Villa de Los Santos, población en donde existió un rústico cajón para muerto que la gente bautizó como "El Toro"; ataúd de uso colectivo que siempre estuvo disponible para aquellos que carecían de los recursos económicos como para adquirir uno de uso personal. Y es que desde hace muchos siglos el entierro con "cruz alta" no siempre estuvo al alcance de algunos bolsillos.
En esta incursión sobre la temática de la muerte, no cabe duda que el investigador tiene que reconocer que el panteón es uno de los lugares que refleja más fielmente el tejido social de la muerte. El cementerio, tal y como nosotros lo conocemos, es un hecho social relativamente reciente. Allí hay de todo: tumbas de mármol para los ricos, modestas bóvedas de bloque y cemento para la clase media, así como la tradicional fosa en tierra viva. Así se cumple a plenitud el viejo apotegma bíblico: "polvo eres y en polvo te convertirás". En estos cementerios, hasta el más desprevenido se percata que hasta hace poco todas las tumbas eran blancas, de un blanco casi inmaculado; luego se han ido tornando cremas e incluso las hay hasta con revestimiento de azulejos, como si se tratase de alguna solitaria cocina del más allá. En este sentido, el panteón es un vivo reflejo del sistema de estratificación social del área y un valioso auxiliar en el estudio de las minorías étnicas en la zona.
Otras facetas que reviste el hecho sociológico de la muerte en el área, y que esperan el análisis son: las plañideras (mujeres que eran contratadas para llorar en los velorios), el entierro de angelitos, ritos asociados a sepultar a señoritas, supersticiones en los cementerios, personajes mitológicos asociados a la muerte, naturaleza del velorio, estudio de los altares, características de los rezos para el difunto, humor macabro y chistes de velorio, etc.
Sin embargo, para nosotros lo central no lo es tanto el aspecto folklórico de la muerte, como el analizar la evolución que ha experimentado el tópico en asocio con los problemas del cambio social y cultural de la zona. En este sentido los hábitos culturales asociados a la muerte han ido variando. Por ejemplo, del luto riguroso de nuestras abuelas a la relativa indiferencia de las nuevas generaciones; porque la modernización ha hecho que los fantasmas desaparezcan de los cementerios. "El padre sin cabeza" es sólo una leyenda que disfrutan los niños y el rostro macabro de la muerte se nos muestra en un inofensivo personaje popular del Corpus Christi.
En nuestra época es un hecho innegable que los orejanos empiezan a desmitificar la muerte; aunque dicha transición es lenta y no exenta de temores. Porque con todo el "avance" que hemos experimentado, quien estas notas escribe ha dado muchas vueltas antes de sentarse frente al monitor a corregir estos breves apuntes sobre la muerte.

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08/VIII/09

21 julio 2009

SANTA LIBRADA Y LOS TABLEÑOS DEL SIGLO XVIII

La Virgen y Mártir Gallega ha sido llamada de diversas maneras. Allá en su tierra natal, Baiona, se le conoce con este apelativo que en latín significa “Aquella que ha sido liberada”, pero también por una derivación del concepto se le llama “Liberata”. Los alemanes le denominan “Wilgerfortis”, que significa “Virgen fuerte”; también los franceses la reconocen como Livrade. En Europa el culto a Librada, tomó fuerza durante los Siglos XV y XVI, justamente durante las centurias cuando se produce el descubrimiento de América. Dicho sea de paso, Baiona, la tierra natal de “La Moñona”, es la primera localidad europea a la que arribó Cristóbal Colón luego de su primer viaje del descubrimiento de América.

En nuestra región la devoción a su martirologio y compromiso cristiano ha generado diversas leyendas en torno a cómo arribó a estas tierras. Un fenómeno similar ha acontecido en Portugal, Francia y Alemania, pero esta vez sobre el fenómeno de la crucifixión y el perfil psicológico de la doncella procedente de una población de la Pontevedra gallega. Debo decir que para nuestra Península la presencia de la imagen religiosa ya habla claro sobre la procedencia de un sector significativo de quienes habitamos en ella. Queda evidenciado que en la zona residían, durante el período colonial, no pocos habitantes de la región norte de España, concretamente de la comunidad gallega; aparte de la contribución de los andaluces y vascos, sin olvidar los genes indígenas y africanos.

Cuando se habla de Santa Librada siempre acude a la mente la imagen de “La Moñona” y resuenan en nuestros oídos los acordes de violines y acordeones que pregonan la devoción popular; pasión y entusiasmo que inevitablemente imbrica lo sacro y lo profano. Pero acontece que para la región de Mensabé la virgen es más que un ícono religioso; porque luego de trescientos años Librada se ha tableñizado, es decir, se ha hecho santeña, como el rabel que se convirtió en mejorana o el calzado indígena que terminó evolucionando hacia la “cutarra” campesina.

Procedente de España Librada deslumbró a esta tierra, aunque nuestros lares terminaron conquistándola para hacerla suya, tanto como el Canajagua y El Mensabé. Ahora es una imagen de identidad, cuya romería sería el asombro de los españoles del Siglo XVII. Por eso es tan importante el estudio de la Santa Librada tableña. Y aunque durante el período colonial seguramente ya existían algunas efigies en otras latitudes nacionales, el culto a la Virgen y Mártir Gallega creció en Las Tablas y desde aquí se ha extendido al resto de la geografía nacional.

Si Librada es Las Tablas y Las Tablas es Librada, sabemos que la región no puede ser estudiada al margen de la historia del Cristianismo. Así lo entendieron el Dr. Belisario Porras Barahona, el Dr. Demetrio Augusto Porras Juárez, el Presbítero José Antonio de Agreda, el Dr. Sergio González Ruiz, la Sra. Juanita Espino, Claudio Vásquez Vásquez, Sergio Pérez y Vásquez, Oscar Velarde Batista, Aída Díaz Domínguez y el guarareño Leonidas Saavedra Espino, entre otros.

En el anterior contexto histórico y cultural debe ser valorado el documento histórico que hoy se entrega a la parroquia y a la comunidad santeña. No estamos aquí ante una prueba cualquiera, se trata de un manuscrito del Siglo XVIII, probablemente de la segunda mitad de esa centuria, en el que los tableños solicitan al señor visitador general del obispado que la Hermita de Santa Liberata se convierta en una jurisdicción religiosa separada de la existente en la Villa de Los Santos, de la que antaño dependían los feligreses de esta parte de Los Santos.

Los peticionarios que asumen la vocería de la región de Mensabé basan la solicitud en tres razones: 1. Que los trámites que realizan en la Villa de Los Santos les toma varios días y que ello les resulta muy caro 2. Que La Villa está a más de cinco (5) leguas y que en el traslado a esa población exponen sus vidas a causa de quebradas y ríos caudalosos 3. Que “perece la justicia del pobre” porque le resulta muy costoso llevar los testigos a las dirigencias legales para reclamar sus derechos. Y que, en consecuencia, no se deciden a reedificar la iglesia.

Los tableños del Siglo XVIII consideran que la Hermita de Santa Liberata debería gozar de autonomía y constituirse en una iglesia separada de la existente en La Villa de Los Santos. Aseveran que el área de influencia de Las Tablas ya cuenta con 2,450 almas desperdigadas por la zona. En este punto me llama mucho la atención la utilización de la expresión “Curato de La Villa”, giro lingüístico que ya hemos visto en documentos del Archivo de Indias de la segunda mitad del Siglo XVI.

Empero, lo que importa dejar plasmado, de cara al documento que comentamos, no estriba sólo en tomar nota de esta petición religiosa, sino de valorar la relevancia que la misiva reviste para la historia de la región que se extiende al sur del “Curato de La Villa”. Porque si tomamos en consideración que la erección de la Parroquia de Santa Liberata se produce en el año 1797, bajo la égida del Obispo de Panamá el Sr. Dr. Don Remigio de la Santa y Ortega; luego, en la solicitud de los tableños se expresa y asoma la existencia de un conflicto (económico, político y religioso) que se había venido incubando a lo largo del Siglo XVIII. Todo esto nos está indicando que ya para aquellos años se ha forjado una conciencia regional. En este caso el tableñismo está buscando un espacio de acción dentro de lo que se conocerá como el santeñismo peninsular. Así lo estimo puesto que gran parte de las familias que firman el documento aparecen como figuras relevantes en los sucesos tableños de 1821. Esta es una señal inequívoca de que ya para aquella época los grupos dominantes de la región de Mensabé (que se entiende desde las faldas del Canajagua hacia la sabana irrigada, entre otros, por los ríos Mensabé y Guararé), ya tiene su propia especificidad, un espacio geográfico que defender.

La solicitud de los tableños del Siglo XVIII, al propiciar la creación parroquial, casi sin querer está delimitando los linderos administrativos de lo que será durante el siglo XIX y XX el Distrito de Las Tablas y, desde éste, su influjo hacia el sur, hacia las tierras de la austral Pedasí. Todo esto indica que Santa Librada constituye más que una Virgen y Santa Gallega, encarna un ícono religioso que hacia el Siglo XVII arribó a nuestra tierra y que un siglo después, los descendientes de aquellos pioneros, ya demandan un espacio para su parroquia.

Los que vivimos en este convulso Siglo XXI debemos comprender el mensaje oculto que hay detrás de este documento. Al parecer La Moñona sí supo escuchar las súplicas de aquellos tableños que escribían al obispo en el Siglo XVIII, porque la creación de la nueva jurisdicción religiosa, vale decir, su parroquia, ha sido un factor decisivo en la constitución del santeñismo, en la delimitación geográfico administrativa de Las Tablas, y en la fisonomía cultural del hombre que habita la Región de Cubitá.

En este día tan sacro para los santeños y en el mismo lugar en donde los peticionarios del Siglo XVIII talvez estamparon su firma, en el templo de Santa Liberata, el grupo entrega a la comunidad este legado histórico. Lo hace agradeciendo al Dr. Mario Molina, insigne investigador chiricano, el noble gesto de hacerlo llegar a nuestra población. Agradecimientos que hacemos extensivo al ingeniero Leonidas Saavedra Espino, santeño y literato residentes en David, por cuyas gestiones y vínculos de amistad con el Dr. Molina hemos tenido noticias del valioso documento del Archivo de Indias.

Al final, cumplo con mis amigos al señalar lo siguiente. Queremos que la recepción del documento también sea un momento propicio para expresarle a su Excelencia Reverendísima Dr. José Dimas Cedeño Delgado, Obispo de la Diócesis de Panamá, la emoción que nos embarga al saber que un devoto de Santa Librada, nacido en Peña Blanca de Las Tablas, haya alcanzado posiciones tan cimeras dentro de la jerarquía eclesiástica de Panamá. Ya casi al final de su gestión le damos las gracias por sus esfuerzos, convencidos de que tenían razón los peticionarios que en Siglo XVIII reclamaban otra parroquia al sur del Curato de La Villa, la Parroquia de Santa Librada.

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* En las faldas de Cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 19 de julio de 2009. Disertación para ser leída, el 20 de julio de2009, en el acto realizado en la Iglesia de Santa Librada con motivo de la entrega del documento histórico.

16 julio 2008

SANTA LIBERATA DE LAS TABLAS



















1. La ciencia y la religión siguen siendo, no obstante las transfor­maciones de la Era Moderna, temas que concitan en el hombre hondas controversias y acercamientos inimaginables. Los ejemplos abundan. En el plano académico con sólo mencionar el nombre de Pierre Theilard de Chardin, muchas inquietudes acuden a nuestra mente. Estamos ante un pensador francés, fallecido en 1955, que intentó fusionar el cristianismo con la mente científica del hombre contemporáneo. Otro tanto podemos decir del historiador de las religiones, me refiero a Mircea Eliade, que con su copiosa produc­ción intelectual nos hace viajar por el mundo de las religiones y de los mitos edificados por las sociedades ágrafas de los puntos más dispares de nuestro Planeta Azul. Allí está la rica bibliogra­fía de Lo sagrado y lo profano, El mito del eterno retorno y Mito y realidad que son apenas tres ejemplos de su incursión por ese mundo insondable que intenta contestar los enigmas indescifra­bles de todos los tiempos: ¿ Quién soy?, ¿De dónde vengo? y ¿ Quién construyó el cosmos y la vida que lo puebla ?.
Hoy el hombre viaja al espacio sideral, explora los planetas del Sistema Solar, pero en la Tierra deja a una familia que eleva por ellos una plegaria. Así, en el año 1969 y en el mes de la Patrona Santa Liberata, dos terrícolas colocaron sus pies sobre la Luna. En aquella ocasión dijo Neil Amstrong: " Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad". Casi veinticinco años después de aquel suceso, he leído los relatos de dos astronautas: Michell Collins (El Portador del Fuego) y James B. Irwin (Un astronauta...y la lumbrera de la noche). El primero circunvoló la Luna mientras sus compañeros recorrían la superficie selenita y, el otro, en el año 1971 pone sus pies sobre nuestro única satélite en el Apolo 15.
Hay en esas narraciones mucho de ciencia, importantes descrip­cio­nes de naves espaciales y de detalles técnicos, pero oculto entre el mundo científico salta a cada rato el gusanillo de la religiosi­dad. Un hombre que muestra su asombro ante la magnificen­cia de la creación y que se mira dentro de ella como una partícula cósmica.
Leyendo sobre todos estos temas nos quedamos embelesados del prodigio que se produjo en los seres humanos. Somos entes hacedores de cultura y permanentemente preocupados por nuestro avance científico y tecnológico. Sin embargo, no todo es risas y avances en nuestro andar por el mundo. Acaso uno de nuestras mayores limitaciones contemporáneas sea la ausencia de espiritualidad. La dura lucha por la subsistencia nos crea una coraza e insensiblemen­te vemos en nuestros juguetes electrónicos la carencia de ideales y un mundo lleno de antivalores. A veces, los homínidos podemos sentir que algo no anda bien en nuestro mundo interior, y ese puede ser un primer llamado de atención que no podemos desoír.

2. Si el hombre hace cultura, dentro de ese mundo un papel relevante corresponde a sus creencias religiosas. Se comprende, por ello, que cada sociedad posea su particular cosmovisión impregnada de rica religio­sidad. En nuestra América el hecho religioso está sazonado con ingredientes disímiles, pero a su vez armoniosamente entrelazados. Si los españoles nos traen su idioma y su poderío militar, con ellos también arriban sus valores culturales y sus creencias religiosas. Hermosas tradiciones que se visten de africanidad e indigenis­mo. Por ello, cuando llegamos al siglo XVIII, la fuerza del hecho religioso toma cuerpo en los retablos coloniales con sus rostros de angelitos trigueños y sus gajos de uvas. En cambio, las creencias de los esclavos africanos adquieren carta de ciudadanía en el vudú y en fenómenos como El familiar, que tan amenamente narraron nuestros abuelos.
En el caso de Azuero la religión católica siempre ha sido un importante componente de nuestra sociedad orejana. No podemos comprender nuestra cultura sin considerar este poderoso factor de poder y socialización. La casa de Dios siempre estuvo allí, en el pueblo, en el sitio por antonomasia de la dominación colonial. Toda un mundo se entrelazó en su tejido social y al igual que sucedió en Grecia, Roma, El Antigua Egipto y la cultura mesopotámi­ca, el hombre mezcló lo sagrado y lo profano, la religiosidad y el jolgorio. Es frecuente encontrar en las centurias anteriores a obispos que con frecuencia se quejan, en sus informes escritos en los archivos parroquiales, de que nuestra gente usa los santos "como pretexto para hacer fiestas". Este catolicismo indiferente, como le llamó Hernán Porras, aún se proyecta sobre la sabana antropógena azuereña.
Habitando una región en donde prosperó el minifundio, en llanuras irrigadas por ríos y de suaves colinas acariciadas por el viento, el hombre no sólo sembró maíz y domesticó animales, sino que erigió ermitas en las que colocó una imagen religiosa. Una encrucijada de camino, el encanto de una fuente de agua entre los bosques, el asesinato de un cristiano, tales fueron algunos de los motivos que condujeron a recordar con el símbolo de la cruz un hecho trascen­dental para esos antepasados nuestros que retaban a la naturaleza mientras clamaban al cielo por mejores días.
El establecimiento de poblados en torno a ermitas es una constante en los países latinoamericanos. Por ello no es de extrañar que una mezcla de historia, leyendas y religiosidad se haya forjado en torno al surgimiento de una de los pueblos más alegres y trabaja­dores del Istmo: el Pueblo de Santa Liberata de Las Tablas, según la denominación del poblado hasta bien entrado el siglo XIX.

3. Hay cuatro componentes, que desde los miradores de finales del siglo XX, están ligados indisolublemente a la ciudad de Las Tablas. Me refiero al Canajagua, el carnaval, Belisario Porras y Santa Librada. Todos ellos forman, sumados a otros factores culturales que sería largo enumerar, lo que podríamos denominar, utilizando una expresión de Jorge Conte Porras, la tableñidad.
Nada simboliza más su tierra para el tableño raizal que la Patrona Virgen y Mártir Gallega. Santa Librada o Santa Liberata es un estandarte de identidad cultural para el tableño. Le acompaña a todos los lados y en todos los momentos. Estampas, medallas, oraciones, décimas, interpretaciones musicales, "mandas", caminatas y hasta los acordeones gritan a los cuatro vientos la devoción.
El hombre nuestro la ha hecho suya en algo más de tres siglos de adoración. Todo escritor santeño le ha dedicado en algún momento algunas páginas de su producción. Desde Belisario Porras hasta Oscar Velarde Batista, pasando por Lisandro Espino, Sergio González Ruiz, Claudio Vásquez, así como muchos otros intelectuales y cultores del folclore.
Librada es el nombre que llevan algunas mujeres santeñas y ¡cuántas Abarroterías Santa Librada no existen diseminadas por el país!. Santa Librada es el nombre de una barriada, denominación de pensiones, el nombre de un transporte colectivo; a Santa Librada se le ofrece desde un par de moños hasta una prenda de oro. Sin olvidar una misa o una larga caminata en romería desde un pueblo lejano.
El tableño siente como algo tan suyo a su virgen, que con esa informalidad que distingue a los pueblos de nuestra América Morena, la identifica con un apodo. Le llama, por ejemplo, La Moñona y La Chola. Y esto que para algunos podría significar una irreve­rencia no lo es. Porque nosotros, como los andaluces, somos muy dados a dejar a un lado los patronímicos y decir Juan el de Petra, El Poste de Macano Negro o Rabo de Micho. Y es que esto sólo lo hacemos con aquellas cosas que amamos, que tenemos cerca y que hemos acogido dentro de nuestra intimidad.

4. Por todas las razones arriba expuestas, para mí ha sido en extremo placentero que la Licenciada Aída María Díaz Domínguez me llamara para que presente su libro Santa Liberata de Las Tablas. Este es un texto en el que se realiza una importante compilación sobre los escritos de autores nacionales y extranjeros que guardan alguna relación con la Patrona de Las Tablas.
Cuando alguien me llama para un tipo de evento como el indicado, trato siempre de participar y sacar tiempo de donde no existe, por­que comprendo a plenitud lo que un libro como el que hoy presenta­mos representa para nuestra orejanidad, es decir, para nuestra especificidad de cultura regional.
Nada nos regocija más que ver nacer otro libro que se refiera al hombre que mora desde Divisa hasta Morro de Puerco y Punta Mala. Tanto más si se hace bajo los aleros protectores de una casa de estudios superiores, como en este caso del Centro Regional Universi­tario de Los Santos; aún más si la responsable del texto es una eficiente y consagrada funcionaria administrativa. Demás está decir que sucesos culturales como este son los que siempre hemos soñado para los Centros Regionales Universitarios. Casa de la cultura que sean la sede y la vanguardia de las cosas de la inteligencia del hombre panameño.
Publicaciones como la aludida resultan en extremo oportunas. Asoman su faz a la luz pública cuando nuestro pueblo más lo necesita. En tiempos de neoliberalismo, globalización, calidad total, reingeniería, Internet, computadoras y otras novedades que nos hablan de modernización. Cambios inevitables pero que debemos introducir con cierta dosis de precaución. Medio milenio de historia escrita, sin contar los milenios antes de Cristo y los mil quinientos años antes de la llegada de los españoles, no son algo que nosotros podamos echar por la borda sólo porque a los países hegemónicos se les ocurre que debemos "modernizarnos", es decir, entrar a la "civilización", según ellos.
Pues bien, la publicación en referencia se presenta en cinco partes que la autora denomina "Publicaciones en honor a Santa Librada", "Celebra­ción de las Fiestas Patronales de Santa Librada", "Relatos Inéditos", "Antología" y una última sección que recoge biografías y detalles de la adoración de Santa Librada en España. Largo y prolijo sería el entrar a detallar el contenido de cada uno de los escritos que encontramos en el libro de la Lic. Díaz Domínguez, empresa que no acometeré. Nos bastará con señalar algunos nombres de autores que transpiran orejanidad y tableñismo: Juanita Espino Díaz, Claudio Vásquez, Sergio González Ruiz, Domingo Díaz Domínguez, Guillermo Espino Díaz, Manuel de Jesús Ortiz, Abigail López, Alcides Medina, Edelmira López Broce, Sergio Pérez y Vásquez y Eyda Gisela Espino Díaz.
Llama la atención que los autores compilados pertenecen a diversas generaciones. Pero todos ellos, sin confesarlo, responden al mismo hilo conductor: el embrujo de Santa Liberata, Santa Librada, La Moñona o La Chola.
En el libro de la Lic. Díaz Domínguez se combinan los más diversos estilos, la dulce ingenuidad de las leyendas, cantos religiosos, el rescate de viejas tradiciones, los cantores de la espinela o décima y los intentos por ofrecer una sustentación mucho más científica de acontecimientos históricos de la ciudad de Las Tablas.
Los que hemos estado ligados al estudio de nuestra península de emigrantes, sólo podemos regocijarnos y aplaudir este nuevo aporte al conocimiento de nuestro pueblo. Creo que hay en él un embrión de un proyecto que siempre hemos acariciado: publicar antologías que hablen alto del aporte que hemos hecho, los que habitamos esta sección del país, a la identidad cultural del panameño.
Frente a los desafíos de los nuevos tiempos el libro es nuestra arma más valiosa. La Lic. Aída Díaz Domínguez coloca hoy en nuestras manos, otro instrumento que nos permitirá responder a la angustiante y ontológica pregunta de: ¿Quienes somos nosotros?. En lo que a mi concierne, no abrigo la menor duda de que en el próximo milenio, cuando el primer astronauta tableño viaje al espacio sideral, muy junto a su corazón colgará una medallita de "La Moñona", "La Chola", Santa Liberata o Santa Librada de Las Tablas.

Tomado de ÁGORA Y TOTUMA # 151, 15/X/2000

27 mayo 2008

EL SANTEÑISMO DE SANTA LIBRADA




Santa Librada


Hace poco visité la Iglesia de Santa Librada, en la colonial y querida población de Las Tablas. Eran cerca de las cinco de la tarde y los primeros parroquianos se acercaban para participar de las populares novenas. A esa hora el ambiente en el templo era de quietud, una paz que sólo era interrumpida por alguien que rasgaba una guitarra y ensayaba un canto religioso. Algunos hombres y mujeres estaban sentados en las bancas y contemplaban con profunda fe cristiana la imagen de la Virgen y Mártir Gallega. Yo hice lo propio y la miré a Ella; allí estaba con los brazos extendidos, clavada sobre la cruz y fijando sus ojos sobre los que en ese momento la visitábamos.

A esa hora, y en ese instante, afloró en mi mente lo que siempre he intuido: que Santa Librada, sin dejar de ser un ícono religioso, se ha convertido en emblema del santeñismo. La Moñona es un símbolo de identidad regional, tanto como la pollera, el montuno, los carnavales, el Canajagua, el Festival de La Mejorana, la celebración del Corpus Christi y el 10 de Noviembre. Entiendo que el santeñismo es un estilo de vida, una forma de ser, una perspectiva del mundo que se asienta y enraiza en la historia de un pueblo que se proyecta más allá de los límites administrativos de la provincia.

La veneración de Santa Librada, o de Santa Liberata, denominación con la que también aparece registrada en los archivos parroquiales, es un fenómeno sociológico de lo más relevante. De ser una imagen religiosa introducida en el Siglo XVII, se ha tornado en portaestandarte de todo un pueblo. Por ejemplo, se puede constatar que de aquellas pequeñas procesiones que hasta mediados del Siglo XX se hacían a la Patrona Tableña, ya queda poco. Ahora las romerías se han convertido en un evento multitudinario, actividad a la que no sólo acuden comprovincianos, sino devotos de los rincones más apartados del país e incluso extranjeros atraídos por el encanto y la magia de la Virgen, todo cobijado bajo el hechizo de la cultura del Cubitá.

La cuestión social a la que hago alusión, amerita comprenderla en el contexto de una provincia que ha diseminado a gran parte de sus hijos por la geografía nacional. La migración santeña, como parte de la rica y variada cultural orejana, ha fomentado en otros lares el culto a la Virgen y Mártir Gallega. Y no se trata únicamente que la efigie religiosa aparezca por otras latitudes nacionales; acontece que también se denomina Santa Librada al quisco de la esquina, a la barriada, da nombre al trasporte colectivo, con ella también se bautiza a una asociación y hasta salas de bailes y cantinas hacen gala del apelativo religioso.

Por las razones expuestas, acudir a Las Tablas el 20 de julio es casi un imperativo moral para el santeño que emigró, especialmente si es nativo de la capital provincial. Todavía más significativo si arriba con anticipación y puede asistir a la imponente procesión que se celebra en la víspera del “día más grande de Las Tablas”. En la fecha se invierte la diáspora santeña, porque desde su altar La Moñona parece llamar a sus hijos. No importa en qué punto de la geografía se encuentre, el santeño siente la evocación del terruño en la figura maternal de La Patrona. Ella trae a su memoria las reminiscencias de infancia, el recuerdo a veces doloroso del pueblo que dejó olvidado e incluso de los cerros que reclaman desde su soledad la presencia del amigo ausente. De allí se desprende que la fiesta de Santa Librada sea una mezcla de congoja y de sana alegría. Precisamente este ambivalente estado anímico explica el gozo con que los residentes santeños reciben a los parientes que dejaron la provincia y que para la festividad retornan a su tierra. Hay la alegría del reencuentro, angustia interior por lo transitorio de la visita, así como un soterrado deseo de que la fiesta nunca termine. Todo bajo el auspicio y el halo protector de Santa Librada.

¡Qué aporte tan trascendental el de la Doncella Tableña! Así como el santeño se congrega en torno a La Patrona Tableña para rendirle pleitesía, en la misma proporción ésta unifica al núcleo familiar que durante el resto del año se encuentra disperso. Entonces se repite lo que ya aconteció en Grecia, Roma, Egipto y la vieja Mesopotamia, a saber, que inevitablemente los festejos religiosos terminan por transmutarse en fiesta de calle. Lo profano y lo sacro se abrazan bajo el palio de la Virgen y renacen con otro rostro en el quehacer cultural del hombre del Canajagua. Esa nueva y renovada faz sociológica está en los toldos, en la Plaza de Toros de Praga, en el mercadeo de banderolas y efigies, así como en las fondas que pululan por las calles atestadas de parroquianos. Ni más ni menos que el mismo público que respalda el Festival de La Pollera y que luego de la procesión se divierte, hasta altas horas de la madrugada, al son de la música de acordeones. Maravilloso sincretismo sacro-profano que aporta a la nación otro ingrediente de la panameñidad.

En fin, aquí dejo plasmadas algunas de mis cogitaciones esa tarde del sábado 15 de julio, mientras estuve sentado en las bancas de la iglesia tableña. Luego salí del templo fortalecido, caminé con mi hijo por el Parque Porras y ambos, en silencio, dimos gracias a La Moñona por este legado cultural que nunca morirá. Ese día el azul y rojo flameaba en algunos balcones, como si la brisa se regocijara gritando a los cuatro vientos el santeñismo de Santa Librada.