30 enero 2023

Osorio Gil, Eliécer. 15 RELATOS PARA UN BUEN CAFÉ. Panamá: Editora Novo Art., 2022, 276 págs.




Libros, siempre libros, libros

Osorio Gil, Eliécer. 15 RELATOS PARA UN BUEN CAFÉ. Panamá: Editora Novo Art., 2022, 276 págs.

He leído con gran provecho el libro de cuentos de Eliécer Osorio Gil y me ha traído a la mente viejas lecturas, de las que florecieron en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, aquéllas que relataban estampas sobre las herreranas tierras ocueñas. Esa zona de los manitos a quienes debemos los istmeños partes de nuestra panameñidad.

Laten en ellas un sano orgullo de raigambre campesina, porque el autor se solaza relatando cuadros costumbristas y personajes populares. Lo disfruté, porque los llamados cuentos son más que cuentos, representan visiones sociológicas de la tierra de Ernesto de Jesús Castillero, porque agazapado en las descripciones descubrimos un mundo de relaciones sociales y de poder que aún subyace expresándose en formas más contemporáneas. Incluso del encuentro con otras culturas, como en el caso de la asiática que se expande por los campos desde mediados del siglo XIX y que ha tenido en los tiempos actuales un renovado impulso.

Encuentro un libro que quiere exponer cuentos, como queda dicho, pero que, a ratos, y solo por momentos, posee párrafos que parecen ensayos, aunque ello no debilitada la calidad de lo narrado. Debo decir que hay en el texto el embrión de una novela. Me luce que el autor podría ser novelista, lo que es evidente en la extensión de algunos relatos y en el manejo y descripciones de personajes.

Lo valioso del esfuerzo editorial de Osorio Gil radica en esa vuelta a la tierra de El Tijera, en relatos que son parecidos, pero no exactamente iguales a los escritores que le antecedieron, porque sabe imprimirle su sello personal y los cuentos no tienen esa carga de nostalgia de tiempos idos. O, mejor dicho, la posee en algún grado, pero sin que se convierta en cabanga literaria.

El texto es otra muestra de que la mundialización no ha logrado doblegar lo que somos, que insistimos por todos los medios (música, danzas, festivales y literatura) en la valoración de la cultura de la península de Cubitá. Por eso el libro es tan significativo y vale la pena leerlo, porque vuelve a decirnos, como ya lo hicieron otros autores del pasado, que la sociedad en que moramos tiene sus propios valores, los que constituyen su élan vital, y que no tenemos por qué ser la fotocopia cultural de otro.

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30/I/2023

 

 


17 enero 2023

LOS 100 AÑOS DE JACINTA ROSA ITURRALDE

 


En los años veinte del siglo vigésimo muchas cosas acontecen en Guararé. Sabemos que en ese momento ejerce como maestro de escuela primaria el educador Manuel Fernando de Las Mercedes Zárate. Se construye la carretera de Porras y los barcos aún desempeñan un papel relevante en la comunicación marítima con la capital de la república; aunque años después el declive se acentúa y los navíos van desapareciendo como medio de transporte.

Los caminos que comunican con el puerto de Guararé bullen de carretas que transportan personas y mercancías. Precisamente, en la ruta de Las Tablas hacia la costa guarareña, algunas aldeas toman fuerza y crecen. Tales los casos de Bella Vista (entonces llamada El Potrero), La Pacheca y La Enea. En Bella Vista ya existen algunas casas diseminadas por la llanería y se ha configurado lo que después será la carretera central de Bella Vista, la misma que con posterioridad se denominará Avenida Alejandro Pinzón Jaén.

En la fecha nace en Guararé una niña que el cura Ubaldino Córdoba llamará Jacinta Rosa Iturrado. Las aguas bautismales las recibe el 28 de ese mismo mes de enero, aunque ella había nacido el 23 del primer mes del año. Del acontecimiento se deja constancia en el libro de nacimientos de la parroquia guarareña. Allí se lee en el registro de la página 5 y en la partida 1463:

“En la parroquia de Guararé, a veintiocho de enero de mil novecientos veintitrés, yo el Cura bauticé solemnemente una niña que nació el veintitrés del actual, hija natural de Catalina Iturrado, a quien puse por nombre Jacinta Rosa. Abuelos maternos Manuel Iturrado y Antonia Araba. Fueron padrinos Avelino Iturrado y Flora María Dorinda Iturrado, á quienes advertí sus obligaciones y parentesco.

Conste,

Ubaldino Córdoba

Pbro.”

En lo sucesivo y hasta su madurez la niña bautizada será más conocida como Rosa Iturralde y llegado el momento se une en matrimonio a Leandro Bravo Díaz, unión de la que nacieron cinco hijos: Leandro Bravo Iturralde, Gloria Mélida, Gloria Neris, Rebeca Rosa y Rosa Rebeca Bravo Iturralde.

De todo aquello ha pasado mucho tiempo y la señora Rosa cumplirá 100 años, ahora es centenaria y disfruta el cumplir el siglo de existencia. Y lo hace junto a otros coterráneos que en el poblado ya suman años y años, como el caso de Lidia Mendieta Nieto (1921), así como Dimas Díaz (1925) y su octogenario hermano -Idaldo Díaz (Dilde)- que a su edad aún maneja bicicleta. Muy llamativo, porque en un área geográfica de aproximadamente un kilómetro lineal viven varias personas de avanzada edad, lo que habla de la longevidad de la generación que comentamos.

En verdad es como para ponderar el aporte de Rosa y Leandro, al forjar una familia honrada y laboriosa. Sí, yo recuerdo a Rosa dinámica y hacendosa recorriendo el poblado, con esa chispa de mujer emprendedora que no se deja amilanar. Y, lo más hermoso, todo ello realizado en la forma responsable propia de los bellavisteños de los años cincuenta, sesenta y demás décadas hasta arribar a los años actuales cuando Rosa, al mirar a la familia, con sus 100 años, ha de sentir que valió la pena el esfuerzo de hacer y vivir la vida.

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En las faldas de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 14 de enero de 2023.


06 enero 2023

RUIDO, SUEÑO Y HEDONISMO

 

La nuestra es la época del ruido, de la contaminación acústica. Es tan desquiciante esta tendencia que termina por obnubilar el pensamiento. Ya casi no podemos escaparnos a ese escándalo auditivo, y lo más dramático es constatar que el ser humano se ha acostumbrado a ese mundo del sonido que aturrulla.

Los medios de comunicación tampoco ayudan. En las emisoras de radio, por ejemplo, algunos locutores no encuentran nada mejor que decir: “Y en la comunidad tal nos escucha fulano a todo volumen” Esta propensión al escándalo ha llegado a extremos inauditos, porque en las barriadas el vecino se empeña en imponer su mal gusto musical al resto del vecindario, como si todos estuvieran en la obligación de escuchar aquel concierto de pacotilla.

Se ha estudiado hasta el cansancio el efecto que el exceso de decibeles tiene en la conducta del ser humano y en la salud del bípedo peludo. Pero de poco sirve, porque el desquiciado personaje insiste en la contaminación de su propia vida.

Algo debe acontecerle al hombre moderno cuando le aterra el silencio. Es como si temiera la introversión, la mirada a su propio ser interior. El ruido parece ser un escape, un distractor que le aleja de las responsabilidades de su proyecto de vida, porque resulta odioso el reconocerse, el comprender el sendero que se viene transitando.

A la par del ruido está el sueño, esa tendencia a dormir en exceso, a caer en un sopor, porque la vida misma es un estorbo y se vino al mundo a disfrutar de la almohada y de la tropical hamaca. Con el ruido renunciamos a la introversión y con el sueño ponemos la existencia en pausa. En este último caso no se trata del reparador abrazo de Morfeo, tan necesario para la vida. Ya que no es lo mismo el uno que el otro. El dominante sueño moderno expresa cierto grado de patología social, la existencia de una sociedad que ha fallado en la socialización del individuo, forjando a un ser que no encuentra su proyecto de vida.

De todo lo dicho se colige una tercera propensión, el ansia excesiva de fiesta, porque con algo hay que llenar el vacío existencial. La fiesta, licores y drogas ponen en evidencia a la personalidad alienada, materialista, una que se expresa en el hedonismo, en la búsqueda del placer efímero y coyuntural, como en la contemporánea expresión del amor meramente carnal.

Ya se trate del ser que mora en la ciudad o en el campo la tendencia es la misma, sólo varía la forma, porque el fondo permanece intacto. En la ciudad se camufla bajo la modernidad mal comprendida y en el campo se cubre bajo el manto de las tradiciones, de un folclor que se ha vuelto enajenante. En este caso estamos ante dos expresiones de una misma realidad. El hombre light citadino y el hombre light provincial son los rostros de una problemática compleja que desvirtúa el sentido de la vida, haciéndola cada vez más deshumanizada, alienante y desprovista de la naturalidad que le debería distinguir y que le es consustancial.

El ruido, el sueño y el hedonismo son indicadores de males más profundos y estructurales. Hablan de la descomposición del sistema social y de cómo el ser colectivo vaga sin rumbo. Lamentablemente, el receptáculo de tal estado de cosas son los jóvenes, los que no encuentran líderes a quienes emular y se ven compelidos a buscarlos en las redes sociales, en los intérpretes de música morona, porque las instituciones sociales están en crisis y experimentan la misma modorra cultural. Sí, como en el caso de los centros educativos demasiado ocupados en organizar bandas musicales y desfile de reinas. Y si usted se pregunta hacia dónde vamos, la respuesta es evidente, la ruta conduce al despeñadero social y al reinado de la mediocridad, como ya resulta evidente.

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4/I/2023


 

 

 

 

 

 

 


16 diciembre 2022

OTRA VEZ LA VENTA DEL ISTMO

 

Porras fue claro al inicio del siglo XX, vaticinó lo que nos esperaba, la puesta en el mercado de la joven nación. Y nos tomó casi un siglo el liberarnos del enclave canalero. Pero aquella fue otra época, la de la patria boba que casi carecía de profesionales y que tenía que garantizar su separación de Colombia.

Más de un siglo después se repite la historia, esta vez con el enclave minero, sito al oeste del Canal de Panamá y con total desprecio para los que habitamos la tierra de Victoriano. Nada justifica semejante desatino, en un país que tendrá que soportar más de medio siglo de contaminación ambiental y saqueo disfrazado de acuerdo legal.

Lo más depravado es percatarse que los mismos gobiernos que han endeudada a Panamá hasta cifras impensables, ahora, como no saben qué hacer para pagar la irresponsable deuda en las que nos han sumido, entregan el país a los voraces intereses mineros. Y para justificar tal proceder recurren al chantaje emocional: algunas ganancias serán destinadas a la Caja de Seguro Social, otra institución que ha sido manejada como caja registradora y no precisamente para beneficio del asegurado.

Yo no quisiera estar en el pellejo de quienes intentan vender otra vez el Istmo, los que pretenden entregarlo por algunas monedas, en el viejo estilo del pasaje bíblico. Hasta el argumento económico no soporta el más mínimo análisis de la ciencia de Adam Smith, porque ni tan siquiera responden a una filosofía capitalista. Afirman que nos pagarán mucho más del 2%, hasta un probable 16% de la ganancia bruta. Dicho de otra manera, pasamos de recibir 2 centavos de cada balboa a 16 centavos. Lo que implica que en el primer caso ellos se quedaban con 98 centavos y en el segundo con 84 centavos. Y eso que nosotros somos los dueños.

El pago de impuestos es una obligación de toda empresa y los salarios que devengan los trabajadores no es un regalo de la minera, ya que tales emolumentos salen de la ganancia empresarial que se deriva de la extracción del mineral. Otro aspecto del que no se quiere hablar, porque no hay respuesta para semejante destrucción, es el relativo al entorno ambiental, en un país de dimensiones minúsculas y lluvias constantes en la cordillera. Diga lo que se diga y aunque pomposamente se afirme que existe responsabilidad ambiental, lo cierto es que esa área ha sido depredada y no podrá recuperarse.

Los defensores de la minería en Panamá olvidan la historia patria, o se hacen la que no la conocen, porque su proceder actual es la repetición de quinientos años de historia. Ellos son los amanuenses contemporáneos de un desatino de siglos, los representantes de las Ferias de Portobelo, los defensores de la zona de tránsito, aquellos que pregonan el Panamá fenicio y han sumido a las áreas interioranas en su rol periférico de folklore y carnaval.

Todos saben que el país gana más preservando el ambiente que destruyéndolo con minas a cielo abierto. Lo que acontece es que el cobre, el oro y otros minerales pesan más en el bolsillo, que la humanidad y los valores sociales. Los valores no se comen dirán los cínicos y hasta hay quien pregona, en el éxtasis del utilitarismo y pragmatismo, que la pobreza nacional no puede dormir sobre la riqueza mineral no explotada. Otros, gamonales políticos, están pendientes de los réditos del inmundo tajo y de tales personajes nada se puede esperar.

Claro que nos duele en lo más profundo de la panameñidad que repitamos la misma historia de rapiña, como si la república fuera propiedad privada que se ofrece al mejor postor. Sí, que sigamos siendo el “pro mundi beneficio” y que nunca falten los que miran en la coyuntura la oportunidad para hacerse ricos o incrementar la riqueza que ya poseen. Las baladíes excusas mineras abundan, mientras los valores son cada vez más escasos. El país no merece tanta miseria humana.

15/XII/2022

 


11 diciembre 2022

LA GENERACIÓN DEL 50

 

1. La nuestra es una generación que nació montada a caballo entre la herencia de la sociedad colonial y el empuje de la modernización del siglo XIX y primera mitad de la vigésima centuria. Cuando nacemos en los años cincuenta ya el porrismo ha construido la carretera – treinta años antes- y no queda casi nada de los barcos que comunicaban la península con los fondeaderos de botes de la ciudad de Panamá.

En la región santeña los centros educativos son pocos y en el horizonte se divisan las moles arquitectónicas de la Escuela Modelo Presidente Porras y la Juana Vernaza. Hay escuelas primarias pequeñas, pero al mismo tiempo tan grandes como la esperanza que se cifraba en la Escuela Secundaria de Las Tablas, erigida en la llanería que enfila hacia Las Cocobolas y vecina del estadio de béisbol

En la zona la vida intelectual comienza a florecer; el guarareño Manuel F. Zárate gana premios Miró y Sergio González Ruiz publica “Veintiséis Leyendas Panameñas” La austral Pedasí no es sólo la gaviota que se quedó dormida en la arena, allí Antonio Moscoso Barrera alumbrará – en los años sesenta- su “Buchí” y José del C. Saavedra Espino describirá desde Guararé el mundo campesino en “Alma de Azuero”. Hay literatura impregnada de ruralidad, porque esos somos, cultura orejana. Y tampoco falta en tales calendas el compadrazgo político, al estilo de los gamonales de la campiña santeña.

En el mundo musical en que se mora, arrecia la disputa entre el aristocrático violín y los fuelles del acordeón de Gelo, el mismo que heredará Dorindo. La lucha está en todos los frentes de la cultura y la sociedad; retrocede el campo y la racionalidad de la ciudad corroe la tradición. No se admite formalmente, pero los viejos sufren de cabanga mientras los jóvenes migran a la capital provincial y nacional.

Hay una nueva apuesta social, porque el mundo cambió, aunque no estamos seguros de hacia dónde vamos, porque el Canajagua sigue siendo “gigante y cautivo”.

2. Colegiales. En el colegio secundario es el primer día de clases. La mayoría no se conocen porque los estudiantes proceden de lugares disímiles; pequeños caseríos que van de Pedasí a Las Tablas, Guararé a La Villa y Macaracas a Tonosí. La muchachada no lo sabe, pero ellos son el muestrario de la diversidad santeña y sobre sus testas se escribirá otra historia. Algunos son más tímidos que otros, pero todos campesinos. Son inteligentes y tienen la mente abierta, porque todo es nuevo: el grupo, los profesores, el colegio mismo y su experiencia psicológica y social.

La vivencia en la biblioteca es también novedosa, como el dar educación física o pasar al laboratorio de biología o de educación para el hogar.

A puro pulmón, cada lunes, se canta el himno del colegio, musicalidad que va horadando en los pechos juveniles la conciencia de pertenencia al Caudillo, al Canajagua, al santeñismo:

“Se han abierto las puertas del templo

que dan paso a la luz del saber…”

La docencia impacta en la conciencia juvenil, los profesores lo son y lo parecen. Fondo y forma. En el Aula Máxima hay silencio, los educandos están formados en filas mientras el director diserta. Allí, en ese recinto, se hace de todo: recitales, obras de teatro, concursos y graduaciones. Se aprende a soñar, a descubrir que el mundo es más grande que la fiesta de toros y la perdiz montaraz.

En aquella época todos los caminos conducen al colegio. Y se arriba a él por los medios más dispares: a pie, en bicicleta, en automóvil o en las chivas. Algunas tan populares como la que procede de Santo Domingo y que conduce “Chinda” (Gumercinda Solís), una fémina que se anticipa a su época. Mientras, la de “Chago Mima” (Santiago Reyes) llega repleta de guarareños, sentados unos frente a otros o colocados en improvisados asientos en el centro del trasporte colectivo.

Termina el tercer año y los caminos se bifurcan, algunos serán letra, comercio y otros ciencia, pero poco importa, porque la amistad está fraguada y los acompañará el resto de sus vidas.

El segundo ciclo pasará rápido, como la adolescencia. A estas alturas todos se sienten manuelistas y un buen día es diciembre. Hay brisa veraniega, aires de Navidad y el Año Nuevo está próximo. Ese día, en la ceremonia de graduación, los llaman uno a uno, y se suben al estrado a recibir el certificado de terminación de educación secundaria.

De vuelta a casa se siente el vacío, hay congoja interior que no es navideña, porque algo de sus vidas se quedó en el colegio, en las aulas, junto al asta de la bandera. Nunca les será indiferente ese edificio escolar, que siempre albergará los ecos de los graduandos de 1972.

3. Misión cumplida. Detuve el auto frente al alma mater y leí sobre la pared: Colegio Manuel María Tejada Roca. Saqué fuerzas de la debilidad que acarrean los años y me cuadré ante el edificio. Busqué el pino que ya no existe y recordé aquella publicación, medio siglo atrás, en el anuario Lumen: Musa Estudiantil, que era más emoción que poema:

“Por todo aquello, amigo mío, dime: ¿tú que sientes”

Pasado medio siglo el grupo ha cumplido. Ha sido fiel a las esperanzas fincadas en ellos. Creció la familia y algunos ya son abuelos y pintan canas, pero el colegio continúa allí, inamovible, retador, como ese día del encuentro en aquel primer año de experiencias juveniles. Y allá en lo profundo del cerebro, en algún recodo neuronal sigue vigente la campesina promesa de siempre: la inteligencia que calza cutarras.

Milcíades Pinzón Rodríguez.

En la tienda de Mercedes y Alejandro, Bella Vista de Guararé, a 11 de diciembre de 2022.

 

 

 

 

 

 

 


23 noviembre 2022

HERMOSO, EN VERDAD, ¡QUÉ HERMOSO!


 

A diario reviso las redes sociales e invariablemente me encuentro con hermosas mujeres y varoniles caballeros que conmemoran su cumpleaños colgando en la red llamativas fotografías. En ellas aparecen ataviados con modernos vestidos o tradicionales polleras y camisillas. Los miro y sonrío, además de disfrutar el encanto de verlos gozosos de su vida proba. Están allí, alegres e intentando sacar su mejor pose, de alguna manera modelando para que otros disfrutemos la imagen de lo que son o intentan plasmar.

Y lo llamativo no estriba solo en ello, sino en los parajes que seleccionan: junto al mar rumoroso, el viejo tronco seco, la alameda verde, la añeja casa de quincha, el corral del abuelo y tantas otras estampas que hablan de identidad. Sí, porque la fotografía es arte, pero también un recorte en el tiempo, la petrificación de la época que nos ha tocado vivir.

Yo no sé a dónde irán a parar los cientos, miles o millones de imágenes fotográficas que pueblan las redes sociales y, en vedad, tampoco interesa. Sólo sé que mi gente ha encontrado un camino para mostrarse al mundo en una entrega gratuita nacida desde nuestra cultura de raigambre campesina. Hay orgullo sano en ello, más allá de la pequeña dosis de hedonismo, por demás normal y comprensible, desde los tiempos en el que el primer homínido se miró asombrado en el espejo de la corriente del río.

En el fondo la cultura nuestra sale de los rincones, de la actitud de erizo espinoso con que reaccionó en el siglo XX. Sin miedo a la tecnología se suma a ella, la hace suya en la fotografía, y devuelve al observador la imagen de lo cotidiano. En el fondo hay el deseo de que lo nuestro no muera, desaparezca o claudique; porque no es la simple estampa de la persona, sino la cultura orejana en el ciberespacio, la adaptación contemporánea para no quedarse en el ayer.

Miro a mis paisanos en la nube y pienso en el Festival de La Mejorana, La Pollera o El Manito. Nuestros muchachos son herederos de ese mundo del ayer, aquel que mostraba la cultura en una carreta, porque el transporte tirado por bueyes era la imagen de lo factible, la fotografía viva de lo que éramos. La juventud, de alguna manera, se ha liberado de ese yugo de antaño, para colgar en Facebook o Instagram su orgullo contemporáneo.

Bien sé que vivimos, como siempre, en transición cultural. Y al ver los comentarios y el “me gusta” no dejo de repetir mentalmente, como en un rondó musical, hermoso, en verdad, ¡qué hermoso!

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19/IV/2022

 

 

 


19 noviembre 2022

EL HABLA DEL OREJANO

 


Sobre la forma de hablar del hombre que habita la zona hay mucha tela que cortar, desde el dejo al hacerlo, hasta el uso de vocablos. Sin embargo, lo que ahora interesa es comentar, muy brevemente, las peculiaridades históricas. Y al respecto la referencia más temprana corresponde a lo escrito en el año 1881 por el doctor Belisario Porras Barahona, en su opúsculo El Orejano, publicado el año siguiente en el Papel Periódico Ilustrado de la capital colombiana. Así describe Porras el habla peninsular. Dice del orejano que:

“…aunque mora en costas, en toda la extensión del terreno comprendido en el Istmo de las montañas al mar; pues es más suave y dulce su lenguaje que el del habitante de la ciudad de Panamá, Colón, Chagres y Portobelo. El dice, dice, por ejemplo, de una vaca que es jorra o ajorra, por ahorra; y que es de jarina el pan, y que no hay igualda en el gobierno, y que es bueno comel cuando se tiene jambre; pero no dice Manuer es un negrito bozaa. El orejano usa de la “s”, ya se halle esta en final ó en principio de dicción; y a diferencia del mulato, cambia la “r” en “l” para hacer más suave la pronunciación.

Sorpréndese uno al encontrar en el lenguaje del orejano voces metafóricas de una lógica irrecusable. Así, por ejemplo, la acción de adulterio la expresa el con el verbo quemar, y dice: fulanita ha quemado a su marido. La pena que sufre por amores, es cabanga, palabra que en el Istmo indica un dulce agradabilísimo, pero indigesto”.

Mire usted que hemos cambiado poco, porque luego de más de una centuria del opúsculo del tableño, aún se escucha por allí: jambre (hambre), tajona (tahona), jijo (hijo), jullil (huir), jediondo (hediondo), jarina (harina), jocico (hocico) y muchas otras. Y lo más interesante no es solo la forma de hablar y el acento peculiar, sino la existencia de arcaísmos, vocablos en desuso, que se constituyen en valiosas herramientas que reflejan los contactos entre culturas, préstamos que pueden ser rastreados analizando el vocabulario regional, como en los casos de lo indígena, hispánico, negroide, hebreo y mozárabe.

¡En verdad que somos peculiares! Y lo afirmo alejado de regionalismos intrascendentes, aunque orgulloso del idioma del Manco de Lepanto, porque la región peninsular es un impresionante laboratorio sociológico que aún espera la luz poderosa de la inteligencia que le estudie y le ame.

12/VII/2022

 

 


10 noviembre 2022

¡AH!, RUFINA, RUFINA


 

El personaje de Rufina Alfaro, mito o leyenda sigue concitando la atención de historiadores, sociólogos, abogados y demás especialistas. Y en noviembre vuelve a renacer, para promover, desde la polémica su vigencia nacional. Es un fenómeno social digno de estudio más allá de la prueba fáctica que reclaman algunos estudiosos nacionales. Llama la atención el fervor nacional que despierta su figura legendaria. Su nombre está por todas partes: corregimientos, salas de baile, cantinas, grupos folklóricos o que pretenden serlo, transportes colectivos y un largo etcétera.

Algunos analistas dicen que Rufina es un inventó de Ernesto J. Castillero Reyes, pero tampoco aportan la prueba fáctica que ellos reclaman desde miradores pretendidamente objetivos y científicos. Otros afirman que es la fotocopia de Policarpa Salavarrieta (1795-1817), La Pola, la heroína colombiana, pero todo ello se sustenta en el limbo o en la opinión antojadiza de los que ofician de verdugos de la santeña.

Hasta ahora Rufina Alfaro no puede ser catalogada como un personaje histórico, es cierto, pero ello no parece importarle a la base social que le venera como parte del calendario histórico de la nacionalidad. Y llama la atención que en un país en el que solemos entrarles a hachazos a nuestros símbolos, no reparemos en el daño que podemos infringirle a nuestro maltrecho ideario nacional plagado de leyendas negras y rosas, realidad compleja que queremos reducir a enfoques de imperios, clases sociales, sin duda valiosos, pero que descuidan el papel del empuje humano más allá de los llamados factores estructurales.

No es mera casualidad que durante el mes de noviembre aparezca la mujer de La Peña al lado de hombres de carne y hueso cuyas actas de nacimiento están registradas en los archivos parroquiales, y hasta tiene el atrevimiento de ser más protagónica que ellos. Y este es otro reclamo para Rufina, que osa desplazar a personajes de los grupos dominantes, los mismos que son acusados de defender intereses comerciales, agrarios y mercuriales, como si ellos no tuviesen, también, el derecho a ser parte de la conjura independentista.

Pienso que todo este debate -si existió o no Rufina Alfaro- es producto de una visión cartesiana del mundo, como si la creación humana únicamente pudiera mirarse con anteojeras de la objetividad científica. Olvidamos que la sociedad y su cultura son hechuras de hombres y no de dioses. Las sociedades no viven solo del fruto de la ciencia y de una racionalidad que queremos imponer, desconociendo lo poco que seríamos sin arte, poesía y mitologías populares.

Rufina siempre me ha parecido un personaje sugestivo, asumido por amplios sectores de la población como la encarnación de la libertad y la rebeldía; existe, ahora sí, una complicidad que no para mientes en argumentos del tipo que pregunta en dónde se encuentra el acta de bautismo. Siempre he creído en el derecho de nuestra gente a tener su héroes -ficticios o reales-, a soñar con una figura que sea el reflejo de su participación en las luchas libertarias. Algo así como la revancha por su casi nula mención popular en los documentos que sustentan el 10 de noviembre de 1821. Ella parece ser el emblema de la masa silente, con el añadido de que es una representación femenina en una época – siglo XIX- en donde se les niega a las féminas la mención como agente social.

El simbolismo de Rufina Alfaro es impactante, porque su figura se ha enraizado en el Grito Santeño, al punto que muchos próceres son menos conocidos que ella, como queda dicho. Y esta es una debilidad que ha de ser corregida, pero no al extremo de destruir la leyenda o el mito. Porque mientras no encontremos vestigios de su vida terrenal, nada sacamos peleándonos con el personaje que ha contribuido a darnos identidad y orgullo patrio.

Yo no sé lo que otros pensarán, pero para mí Rufina continuará siendo la encarnación de mi pueblo, la imagen venerada del hombre irredento de los campos interioranos.

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08 noviembre 2022

GUARARÉ Y EL 10 DE NOVIEMBRE DE 1903

 


El 10 de noviembre de 1903 se constituye, por derecho propio, en otro hito memorable del calendario histórico de los guarareños. En efecto, hace más de un siglo la generación que había nacido en la segunda mitad del siglo XIX, y aún antes, se reunieron en cabildo abierto convocado por las autoridades de aquella época para escuchar y hacerse protagonista de un acto en el que trazaron sus derroteros y los de las generaciones venideras. De común acuerdo optaron por un sistema republicano, independiente y democrático, y se adhirieron al movimiento que, en la ciudad de Panamá, buscaban separar al Istmo de la República de Colombia.

Aquel suceso histórico no deja de ser un acto corajudo, porque apenas habían transcurrido siete días de otro similar realizado en la ciudad de Panamá. Por aquellas calendas recién habían cesado los tambores de guerra entre liberales y conservadores, un niño llamado Manuel Fernando de Las Mercedes Zárate cumple cuatro años y la maestra Juana Vernaza prepara sus bártulos para impartir clases en la Escuela de Niñas. En Guararé no había parque central, aunque existía la plaza que en los años veinte, al ser transformada en parque público, se llamará Bibiana Pérez Gutiérrez. Por su parte, ya está en Guararé el cura Ubaldino Córdoba López, presbítero que acompañará la grey católica hasta bien entrada la primera mitad del siglo XX.

El 10 de noviembre, un pueblo apacible y digno, otra vez levanta la voz para ratificar en el mismo día y mes, aunque ochenta y dos años después, el derecho a la autodeterminación reclamado por la Villa de Los Santos en el siglo XIX, aunque en Guararé se realiza bajo otras circunstancias, año y siglo. El acta encontrada en los archivos nacionales y replicada en la Gaceta Oficial # 1, Año 1, Serie 1, #15 del 25 de enero de 1904, así lo confirma.

Este jalón libertario rubrica que la adhesión guarareña es un acto en firme, respaldado con documentación existente, lo que confiere al evento una validez que no puede ser negada. Es más, la pulcra redacción del acta de adhesión demuestra que el evento de adhesión se realizó con amplia participación ciudadana.

Lo que el documento evidencia es el respaldo popular a un cabildo abierto sumamente representativo. Basta con ver los apellidos para percatarse que el llamado no procede de un grupo de poder excluyente y con ínfulas de grandeza. Son centenares los firmantes que allí aparecen, y como no podía ser de otra manera, en aquellos tiempos la rúbrica corresponde a varones que en su mayoría son cabezas de familia. El campo y el emplazamiento urbano se dan en este caso un abrazo de patria.

Habría que realizar un estudio más exhaustivo, pero todo apunta a confirmar que asistieron guarareños que moraban desde las zonas aledañas al Canajagua, hasta habitantes de la costa, las marismas y las riberas del río guarareño, morando a uno y otro lado de esta corriente acuosa con nombre de cacique indígena.

El distrito de Guararé inicia el siglo XX con paso firme, lo que demuestra el proceso de maduración de sus habitantes, confirma los vínculos que por la vía del puerto o ría se tiene con la capital de la república, porque Porras aún no ha construido la carretera, ni la población cuenta con un edificio escolar que tendrá que esperar hasta la década del treinta. Mientras tanto la generación de inicios del siglo XX recibe sus nociones básicas en escuelas para párvulos en casas separadas, para niñas y varones.

Lo hermoso de la adhesión guarareña radica en percatarse que en el acta de adhesión no hay asomo de conflicto, ni de batallones dispuestos a ofrendar sus vidas. Lo de Guararé es compromiso, acompañamiento y reflexión, así como profunda es la fe en los destinos nacionales. No es este un suceso que pueda ser catalogado de grito, hay sí, patriotismo y redacción mesurada, alejada de ditirambos innecesarios, acaso porque los firmantes han vivido en carne propia las secuelas de la Guerra de Los Mil Días y encuentran un país casi sumido en las ruinas.

En 1903 estamos ante el inicio de una nueva época, en una centuria que se mira en lontananza con esperanza, porque los niños de entonces serán el relevo generacional que les tocará vivir parte de las promesas que implica el 10 de noviembre de 1903, el suceso histórico que abre para ellos un pimpollo en flor.

Corresponde a los guarareños ser fiel a ese llamado libertario, valorar la gesta en su pleno significado, realizar la lectura correcta de su misión trascendente, para que la fecha no quede presa de la celebración y sea también calidad de vida, inteligencia libertaria y deseos de edificar una sociedad que valora sus expresiones vernáculas, pero que es capaz de morar en un mundo en constante transformación.

A la altura del camino en que se encuentra transitando el guarareñismo, la existencia comprobada de la adhesión de Guararé al movimiento que hace posible la separación de Panamá de Colombia, sin duda es motivo de regocijo y complacencia, pero también implica un desafío inmenso para quienes crecimos a la sombra de la Escuela Juana Vernaza, valoramos el zaratismo y hemos hecho del culto a las tradiciones una manera de ser.

El 10 de noviembre de 1903 es compromiso puro, la certeza de una vida proba, la inteligencia alumbrando los recodos del camino y el convencimiento de que nos esperan grandes realizaciones. Que la virgen de Las Mercedes ilumine nuestro sendero y nos permita continuar conmemorando esta trascendente fecha histórica, al mismo tiempo que los frutos del desarrollo invaden nuestros campos y pueblos, mientras se escucha en la distancia el liberador sonido de la mejorana.

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7/XI/2022

 

 

 

 

 

 


04 noviembre 2022

LA MONA: EL TROMPO CAMPESINO

 


Entre los juegos de antaño está el relacionado con la ejecución de los trompos. En nuestro caso los llamados “mona”, confeccionados artesanalmente con ramas de diversos tipos de árboles, desde guácimos, pasando por otras maderas de mayor resistencia y durabilidad. Los más frágiles y vulnerables se hacían con la guayaba verde, los que tenían una vida fugaz.

Eran todo un arte aquellos trompos campesinos, que podían tener un clavo sencillo o tremenda lezna de unas cuatro pulgadas, lo que suponía un cuerpo mayor. Estos últimos eran propios para jugar al “machaco”, contienda en la que uno de los contendientes tenía que ponerle “servidas” al otro y así alternativamente hasta la posible destrucción del otro a punta de clavazos. Esta modalidad de juego era temida porque implicaba la desaparición del juguete campesino construido de madera.

Lo anterior explica que los trompos que se vendían en tienda no gozaran del aprecio de la chiquillería, como también acontecía con las cometas industriales que nunca lograban tener el garbo y elegancia del papalote artesanal, con su rabo largo y volar sereno.

La mayor gloria del juvenil dueño era la mona que bailara serena y que se lograra coger en la mano, incluso, ¡oh proeza!, atrapada en el aire, para verla bailar en la palma de la mano. Por este motivo era un poco burlón la existencia de la “mona racha”, aquella que no lograba hacerlo y que se bamboleaba, saltando como si le picaran las candelillas.

En otras ocasiones la mona zumbaba por el aire cuando un adulto, en complicidad con la mona que él también tuvo en su infancia, trazaba sobre la tierra un círculo y colocaba en el centro una moneda de diez o veinticinco centavos, para que los participantes la sacaran a punta de lances. Con la única condición de que, si la mona quedada dentro del círculo, le pertenecía. ¡Qué emoción aquella de querer la moneda, mientras se temía perder la mona!

Tiempos idos, sin duda, porque muchos de estos juegos y juguetes han quedado en el olvido, como cosas de viejos y expresiones folklóricas que ni tan siquiera despiertan curiosidad en una juventud subyugada con artilugios electrónicos, influjo de otras culturas y olvidadiza de sus raíces. Sin embargo, y pese a todo, de vez en cuando vuelve a aparecer la mona, el trompo de nuestra gente, y baila en los parques ante el asombro de todos.

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3/IX/2022

 

 


06 octubre 2022

 

CENTENARIO DE LA SEÑORA LIDIA MENDIETA NIETO

 



 

El 16 de octubre se cumple el primer centenario del natalicio de Lidia Mendieta Nieto, nacida en La Guaca, pero residente en Bella Vista, comunidades del distrito guarareño. Ella integra el grupo de matronas que contribuyeron al desarrollo del villorrio conocido como El Potrero y que luego mudó su nombre hacia el ya apuntado, Bella Vista de Guararé. Fue parte integrante de mujeres que, como su hermana Paula Mendieta Nieto y mi madre, Mercedes Rodríguez Villarreal, terminaron fundando hogares con hombres bellavisteños.

En el archivo parroquial del templo a la Virgen de Las Mercedes el cura Ubaldino Córdoba registró su nacimiento en la partida 1421. Afirma:

“En la parroquia de Guararé á diecinueve de Noviembre de mil novecientos veintidós, yo el Cura bauticé solemnemente una niña que nació el dieciséis de octubre último, hija de Emilia Nieto á quien puse por nombre Lidia. Abuelos maternos Santiago Nieto y Águeda Muñoz. Fueron padrinos Dolores Zarzavilla y Aleja Saavedra á quienes advertí sus obligaciones y parentesco”

Ella casó con Pastor Vásquez y la pareja aportó a la comunidad una prole numerosa: Olga, Oreida, Orlando, Otilia, Osvaldo, Omiceida, Oreste, Oderay y Onilda. Se trasladó al poblado con su esposo en el año 1940, joven, con apenas 17 años. En la constancia parroquial del matrimonio eclesiástico se ofrecen detalles de los contrayentes a quienes une en el sagrado vínculo el sacerdote Ubaldino Córdoba, el mismo que la había bautizado casi dos décadas atrás. Así lo confirma el presbítero:

“En la parroquia de Guararé, á ocho de Mayo de mil novecientos cuarenta, se presentaron ante mí con el objeto de practicar información canónica para contraer matrimonio los señores Pastor Vásquez y Lidia Mendieta, el primero es hijo natural de José Vergara y Práxedes Vásquez, de veintiocho años de edad, y la segunda es hija natural de Manuel Mendieta y Emilia Nieto de diecisiete años, ambos pretendientes son solteros, católicos naturales y vecinos de esta parroquia y saben  los principales rudimentos de la doctrina cristiana. Como testigos presentaron á los señores Domingo Espino y Augusto Pérez, mayores de edad, naturales y vecinos de esta parroquia y sin generales de derecho, quienes bajo la gravedad del juramento declararon que los conocen de vista, trato y comunicación, que son solteros naturales y vecinos de esta parroquia, y que no tienen ningún impedimento, lo que consta también de la exposición reservada de los pretendientes, para constancia firman todos conmigo”

De aquellas nupcias han transcurrido ochenta y dos años, y aún los descendientes Vásquez Mendieta reciben la gracia divina de poder encender la velita número cien de la vida terrena de la señora Lidia, conmemorando su centenario. Yo que tengo la dicha de conocerla y de valorar la seriedad del matrimonio que forjó, visto a través de la vida proba de sus hijos, me regocijo de poder escribir esta cuartilla para una mujer que representa, en mi pueblo natal, el valor de la virtud, la responsabilidad y la maternidad bien entendida.

 

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En las faldas de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 5 de octubre de 2022.


03 octubre 2022

YA PASÓ EL FESTIVAL NACIONAL DE LA MEJORANA…

 


Ya pasó el Festival Nacional de La Mejorana, y ahora qué, me pregunto. Lo más fácil es esperar a que llegue el otro certamen, cargado de danzas, fondas, reinas, estrados, acordeones, carretas, mejoranas y demás expresiones de la cultura vernácula. Sin embargo, para quienes miran más allá del horizonte común, la temática se torna preocupante, valorando los indicadores socioculturales en una época preñada de cambios sociales. Ya en los años sesenta Dora y Manuel reflexionaban sobre la adulteración del folklore, con lo cual hacían referencia al encuentro entre culturas y la pérdida de la identidad.

Transcurridos siete décadas de aquellas meditaciones, la sociedad y la cultura de antaño supera con creces lo que ellos vivieron, particularmente Manuel Fernando de Las Mercedes Zárate, fallecido en 1969; porque las transformaciones sociales han impactado hasta el tuétano al hombre folk, al campesinado de los pueblos y campos interioranos. Encontrar un ente folk, tal y como los esposos Zárate lo vivieron, es tarea casi imposible. Lo que implica no sólo la inexistencia del escurridizo ser cultural, sino la necesidad de otra concepción teórica del folklore como ciencia.

El Festival Nacional de la Mejorana se enfrenta a un gran desafío. A saber, la destrucción de la base campesina de donde procede, la comercialización de las manifestaciones folklóricas, en una nueva sociedad que se rige por las reglas del mercado. Por este motivo hay que encontrar los elementos estructurales que subyacen en la organización del evento folklórico, si es que en realidad aspiramos a que la festividad se mantenga y pueda continuar con su rol de valoración cultural.

De lo dicho se colige que el nuevo festival no puede desconocer tales transformaciones, porque su futuro depende de que pueda adaptarse a tales cambios sin renunciar a su razón de ser. Es decir, mantener el fondo de la actividad, aunque la forma no sea exactamente igual a la de antaño.

Lo que ha de ocurrir con el festival ya no es sólo un tópico del patronato y del pueblo de Guararé, la temática se ha constituido en una asunto de Estado. Los gobiernos deben comprender que la preservación del Festival Nacional de La Mejorana es prioridad nacional, y no sólo por la temática financiera, sino por el mantenimiento autonómico del grupo que lo hace posible. La organización implementada en Guararé -el patronato- ha demostrado ser el medio adecuado para el fin deseado y eso no debe ser alterado.

Los elementos estructurales de la fiesta folklórica guarareña son el patronato, la reina, el desfile de carreta, el evento taurino, los concursos folklóricos, la actividad religiosa y las delegaciones que a ella concurren. Cada uno de ellos debe ser repensado, revisado los reglamentos existentes y analizados en función de las finanzas y la fiesta campesina. Esta reingeniería es necesaria y urgente, aunque teniendo siempre presente los objetivos que dieron orígen al festival, porque lo único a lo que no se puede renunciar en la fiesta guarareña es a la filosofía zaratista, la visión que en ninguna circunstancia debe dejar de guiar al más representativo de los festivales nacionales, al evento que es la cumbre y cita de la panameñidad.

30/IX/2022.


31 agosto 2022

LOS FALCÓN, EL MANGOTE Y EL PUENTE DE PORRAS

 



1. La carretera Dr. Belisario Porras, mejor conocida como Divisa - Las Tablas, tiene una historia poco analizada. Y menos conocemos aún sobre los caminos por donde transitaron, en la Colonia, los habitantes del actual Azuero. En realidad, las vías de comunicación modernas comenzaron al inicio del siglo XX, porque hasta tales calendas no hubo grandes avances y la conexión con la ciudad de Panamá se realizaba por veleros y, luego, por motoveleros.

Todo cambió con la administración del Caudillo Tableño, porque al inicio de los años veinte la carretera porrista rompe con el asilamiento de siglos. A propósito, en la región aún quedan algunos monolitos a la vera de los caminos, los que son testigos de aquellos primeros momentos, fecha cuando el olor a gasolina y el ruido de máquinas despertó del letargo a la rural y tradicional sociedad peninsular.

 

2. Hace algunos años, en plena realización del Festival Nacional de La Mejorana, conversaba con el doctor Carlos Falcón Bustamante, aprovechando esas pausas que permite el evento folklórico. Porque entre tambor y tambor, el baile de la reina y las delegaciones, el tópico giró sobre la carretera que construyó Porras y sobre lo que quedaba de ella. Entonces, el amigo Caito, que tal es el mote del profesional de la veterinaria, me indicó que próximo a los terrenos que la familia posee en el sector de El Cruce a Sabanagrande, todavía existe un puente de la administración del Hombre de Levita, por lo que quedamos en visitarlo. Sin embargo, debido a la pandemia y otros eventos, la excursión se pospuso hasta que un buen día, casi sin quererlo, la hicimos posible.

 

3. Y llegó el día, fue un domingo mientras desayunábamos en el restaurante que está próximo a la entrada de Guararé. Una vez terminado el ágape matutino, decidimos tomar la ruta hacia el lugar en donde yace el indicado puente de la administración Porras. Atravesamos el río Guararé y recorrimos el área de Ciénaga Larga, comunidad que debe su nombre al fangal que existía antes de la construcción de la carretera. A poco rato arribamos a las proximidades del Cruce a Sabanagrande, en la zona guarareña en donde antaño existían sitios con denominaciones cuasi mágicas: El Tiesto del Botijo, El Pavital, La Calzada, El Mangote, El Azulillo, El Espavé Mocho, La Paloma y hasta el camino antiguo de El Volador e incluso topónimos tan cargados de leyendas como cerro El Macho.

Arribamos al sitio entrando por un callejón algo lodoso, en donde, de un lado, existen potreros y huertas pletóricas de cocoteros, algunos árboles y otras plantaciones. Del otro sector, aparece una arboleda casi virgen, con árboles y lianas que compiten en la búsqueda de la luz, mientras una pequeña quebrada discurre por el acuoso sendero. No hay dudas de que la naturaleza se tomó la carretera vieja, en este pequeño vergel que se constituye en muestrario de la vegetación de antaño.

Oculto en el paraje bucólico está la edificación porrista. Al mirar con más detenimiento, el observador se percata, debido a la disposición de las cercas, que sigue trazada la ruta carretera de los años veinte del siglo pasado. El pontón está en perfectas condiciones, con dimensiones aproximadas de cuatro metros de ancho por igual medida de largo, solo carece de la placa que señalaba la autoría de la Junta Central de Camino. Por lo demás, es de construcción sólida, con bases edificadas para la posteridad, tal vez construido en el año 1923, como lo atestiguan los hitos que aún existen en otros lugares.

Debajo del puente transcurre la quebrada y sobre este ha crecido la  vegetación, en especial de musgos y líquenes. En la soledad de ese paraje maravilloso, el escenario que ha guardado la naturaleza muestra la riqueza arbórea que antaño tenía la costa peninsular.

 

4. El puente porrista, aún intacto, tiene un gran valor, no sólo histórico, sino ambiental y turístico. El entorno en que se encuentra debería ser preservado, al igual que rescatar el espacio que ocupaba la carretera de los años veinte; porque en otros lugares, en donde he visto tales construcciones, el entorno ha sido deforestado, como en el caso de los puentecitos que existen en la vía al puerto de Mensabé.

En este paraje estamos ante la posibilidad real de realizar excursiones, tanto de estudiantes como de turistas propiamente dichos, los que podrían estudiar y observar in situ lo que fue la carretera porrista. Además, con el añadido de apreciar la vegetación de la zona y tomar conciencia de la vieja ruta carretera que no necesariamente coincide con la actual. Sitio ideal para hacer docencia sobre la trascendencia de la administración del doctor Belisario Porras Barahona.

La naturaleza nos ha hecho el gran favor de ocultar el puente de la cultura destructora que existe en el país; y el próximo año se cumplirá el primer centenario de estar allí, construido gracias a la visión progresista de un verdadero estadista de tuerca y tornillo.

Y nunca faltan panameños que comprenden lo que tienen y ven, como los hermanos: Manuel, Carlos Javier y Omar Ernesto Falcón Bustamante, gracias a los cuales he tenido el privilegio de visitar un lugar de tanta relevancia para los istmeños, allí en el sitio de El Mangote, en donde se respira y flotan efluvios de panameñidad.

31/VIII/2022

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19 agosto 2022

TRAGEDIA AMBIENTAL EN CERRO QUEMA

 

Con una altitud que ronda los 959 metros sobre el nivel del mar, el promontorio de cerro Quema está próximo a cerro Canajagua, que se eleva a 830 metros. Es decir, el primero tiene 129 metros más que el segundo y ambos ocupan una posición casi central en la península de Azuero. Los mineros ven en cerro Quema oro, cobre y otros metales, mientras que para quienes habitan la zona son símbolos de identidad cultural, emblemas tectónicos del santeñismo. Están allí desde el inicio de la era Cenozoica, en la sierra del Canajagua, hace 60 millones de años, aproximadamente. Ante cerro Quema hay dos miradas distintas, una centrada en las moneditas de oro y, la otra, ligada a la cultura mestiza de más de medio milenio de existencia. El cerro se siente distinto, dependiendo de si le miramos desde la cartera o el corazón.

Los santeños han venido demostrando las inconveniencias del proyecto minero de cerro Quemo. Y en ese andar llevan más de dos décadas de denuncias y luchas; mientras los gobiernos miran hacia otro lado y parecen agentes de la empresa minera, antes que defensores del ambiente y la calidad de vida del azuerense. En esa veintena de años el proyecto ha pasado de unas manos a otras, aunque el dinero sigue fluyendo para quienes se benefician de los derechos de exploración y explotación, no importa el nombre que tenga el proyecto, porque así es de leonina la legislación minera nacional, la que hace posible semejante atraco al erario nacional.

El estudio de la región demuestra el estado calamitoso de la ecología regional, situación que clama por medidas y políticas de Estado para contener la destrucción de los bosques, la fauna, la contaminación de los ríos y el creciente exterminio de los productos marinos. Sin embargo, la empresa y el gobierno hablan de protección a la inversión extranjera, la generación de empleo y otras argucias semánticas, como en el caso del llamado desarrollo sostenible.

Por donde se analice el proyecto minero resulta insostenible. Ya sea en el orden económico, ambiental o político, construir la mina a cielo abierto es un despropósito en una zona con los problemas ambientales que ya padece. Devengar un 2% de la ganancia bruta es un atraco al fisco, en un país cuya fortaleza no radica en los minerales, sino en su posición geográfica, la biodiversidad, el comercio y el estímulo al mejor activo que tiene la nación: su gente.

En otro momento he sostenido que la explotación de la mina de cerro Quema es una puñalada trapera al corazón de la península de Azuero. Es un acto ruin y deleznable para una sociedad que no merece, de parte de la empresa y del gobierno, un proceder tan sádico. Así lo afirmo, porque no existe desconocimiento de los graves problemas ambientales de la región, y aún así se insiste en la minería, para instalar la cloaca ambiental en el área en donde nacen los principales ríos, corrientes fluviales de las que depende la economía y la vida de la región.

La empresa intenta acallar las conciencias acercándose a los políticos, regalando migajas (pomposamente llamadas regalías); obsequiando a hospitales, deportistas y otros grupos sociales cuyas necesidades les doblega y les hace extender la mano pedigüeña, bajando la cabeza como el mendigo ante su obsequioso donador. Y el engaño es tan deleznable, como para ocultar a la población que tales regalos salen de la misma mina que le pertenece a los istmeños. Los dueños -que no saben que lo son- les agradecen a los que se apropian del mineral con el que pagan las “donaciones” que entregan a los incautos.

El hermoso cerro Quema, emblema peninsular, está en la mira de los mineros, la angurria y la miseria humana. Transitando en la carretera hacia Tonosí, le miro y pienso en la tragedia que representa, porque no se trata sólo de detener la depredadora y desalmada minería, sino de las secuelas para la sociedad, la cultura, el ambiente y el futuro de la región. De la empresa y el gobierno no espero nada, mucho del hombre peninsular, de su altivez, orgullo y decencia ciudadana.

18/VIII/2022


15 julio 2022

GUARARÉ, ALFREDO GUTIÉRREZ Y DORINDO CÁRDENAS

 


Fue el jueves 14 de julio de 2022, efeméride de la Revolución Francesa, en la noche, mientras el país hacía una pausa en las protestas ciudadanas, la alcaldía y el pueblo de Guararé, rendían tributo al tres veces rey vallenato, Alfredo Gutiérrez Vital (17/IV/1940) y a Daniel Dorindo Cárdenas (14/II/1936); la mancuerna que colocó en el pentagrama mundial la famosa melodía de El Poste de Macano Negro, el primero, al concebirla y, el segundo, al ejecutarla y convertirla en un éxito de talla mundial. Desde entonces XV Festival en Guararé brilla en el firmamento musical latinoamericano.

El evento no se pudo posponer por los múltiples compromisos del colombiano y, además, porque es de hombres de bien el ser agradecidos y reconocer la inteligencia donde quiera que esta se encuentre. Por eso esa noche fue memorable, porque además de los acordeonistas indicados, también estuvo allí el otro Alfredo, el Escudero, indiscutible ejecutante de la cumbia panameña en la modalidad que más se aproxima a la original y clásica.

Hay muchas cosas en común entre Dorindo y Alfredo, uno nacido próximo a la península de La Guajira -mirando al Atlántico- y, el otro, nacido en Azuero, la otra península que se interna en el Pacífico. Próximos en edades, apenas cuatro años de diferencia, proceden de formaciones sociales similares; áreas rurales llenas de tradiciones y en donde el folklore es el plato del día. Gutiérrez y Cárdenas, forman parte de la gente humilde que ven en la música la oportunidad que se les niega en otras áreas sociales. La ven, la sienten y la aprovechan.

Los une la inteligencia musical y la complicidad de clase social. Porque si por Colombia crece la leyenda de Francisco El Hombre, por acá, por la sabana antropógena y la tímida cordillera, nace Gelo, el santeño que catapulta el acordeón y lo saca, junto con Dorindo, del ostracismo de la sociedad de la exclusión, para que el hombre del campo comprenda la validez de su cultura campesina.

No me extraña que el Parque Bibiana Pérez estuviera lleno. Y allí estaba don Alfredo, jovial, sencillo, charlando con todo el mundo y posando para los visitantes que no perdían ocasión de fotografiarse con la leyenda viviente de Colombia, también llamado “El monstruo del acordeón”. Tuve ocasión de conversar con él sobre las vicisitudes que pasó para poder grabar la canción de Dorindo, hasta que el director de Discos Fuentes la espetó a uno de sus subalternos, que se negaba a grabarla, que tenía “m…a en la cabeza” y que esa canción sería todo un éxito. Lo demás es historia.

El reconocimiento también incluyó a Dorindo Cárdenas, compadre de Alfredo, quien interpretó su éxito casi al final del evento. Verlos a ambos en la tarima de espectáculos del Festival Nacional de La Mejorana creó un ambiente especial, cuasi mágico, al poder apreciar a dos acordeonistas latinoamericanos a quienes debemos tanto los que habitamos esta parte del continente.

Alfredo y Dorindo son encarnación de sus respectivas tierras, flores de nuestras culturas, de la costa caribeña colombiana y la nación peninsular, reservorio de la panameñidad. Por eso para mí fue inevitable pensar en los estudios del barranquillero Orlando Fals Borda con el que aprendí a conocer los fundamentos reales de esa tierra colombiana de Shakira y Carlos Vives, laboratorio sociológico y literario de Gabriel García Márquez.

Eventos como estos tienen que repetirse, porque hay que convocar la inteligencia, abrirse al mundo sobre lo que somos y compartir con otras sociedades las muchas cosas que tenemos en común, porque Guararé puede ser una ciudad pequeña, pero no puede negarse que es un gigante cultural, ya que la semilla zaratista cayó en suelo fértil y brilla con el esplendor del guayacán en pleno estío peninsular.

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15/VII/2022