03 octubre 2022

YA PASÓ EL FESTIVAL NACIONAL DE LA MEJORANA…

 


Ya pasó el Festival Nacional de La Mejorana, y ahora qué, me pregunto. Lo más fácil es esperar a que llegue el otro certamen, cargado de danzas, fondas, reinas, estrados, acordeones, carretas, mejoranas y demás expresiones de la cultura vernácula. Sin embargo, para quienes miran más allá del horizonte común, la temática se torna preocupante, valorando los indicadores socioculturales en una época preñada de cambios sociales. Ya en los años sesenta Dora y Manuel reflexionaban sobre la adulteración del folklore, con lo cual hacían referencia al encuentro entre culturas y la pérdida de la identidad.

Transcurridos siete décadas de aquellas meditaciones, la sociedad y la cultura de antaño supera con creces lo que ellos vivieron, particularmente Manuel Fernando de Las Mercedes Zárate, fallecido en 1969; porque las transformaciones sociales han impactado hasta el tuétano al hombre folk, al campesinado de los pueblos y campos interioranos. Encontrar un ente folk, tal y como los esposos Zárate lo vivieron, es tarea casi imposible. Lo que implica no sólo la inexistencia del escurridizo ser cultural, sino la necesidad de otra concepción teórica del folklore como ciencia.

El Festival Nacional de la Mejorana se enfrenta a un gran desafío. A saber, la destrucción de la base campesina de donde procede, la comercialización de las manifestaciones folklóricas, en una nueva sociedad que se rige por las reglas del mercado. Por este motivo hay que encontrar los elementos estructurales que subyacen en la organización del evento folklórico, si es que en realidad aspiramos a que la festividad se mantenga y pueda continuar con su rol de valoración cultural.

De lo dicho se colige que el nuevo festival no puede desconocer tales transformaciones, porque su futuro depende de que pueda adaptarse a tales cambios sin renunciar a su razón de ser. Es decir, mantener el fondo de la actividad, aunque la forma no sea exactamente igual a la de antaño.

Lo que ha de ocurrir con el festival ya no es sólo un tópico del patronato y del pueblo de Guararé, la temática se ha constituido en una asunto de Estado. Los gobiernos deben comprender que la preservación del Festival Nacional de La Mejorana es prioridad nacional, y no sólo por la temática financiera, sino por el mantenimiento autonómico del grupo que lo hace posible. La organización implementada en Guararé -el patronato- ha demostrado ser el medio adecuado para el fin deseado y eso no debe ser alterado.

Los elementos estructurales de la fiesta folklórica guarareña son el patronato, la reina, el desfile de carreta, el evento taurino, los concursos folklóricos, la actividad religiosa y las delegaciones que a ella concurren. Cada uno de ellos debe ser repensado, revisado los reglamentos existentes y analizados en función de las finanzas y la fiesta campesina. Esta reingeniería es necesaria y urgente, aunque teniendo siempre presente los objetivos que dieron orígen al festival, porque lo único a lo que no se puede renunciar en la fiesta guarareña es a la filosofía zaratista, la visión que en ninguna circunstancia debe dejar de guiar al más representativo de los festivales nacionales, al evento que es la cumbre y cita de la panameñidad.

30/IX/2022.


31 agosto 2022

LOS FALCÓN, EL MANGOTE Y EL PUENTE DE PORRAS

 



1. La carretera Dr. Belisario Porras, mejor conocida como Divisa - Las Tablas, tiene una historia poco analizada. Y menos conocemos aún sobre los caminos por donde transitaron, en la Colonia, los habitantes del actual Azuero. En realidad, las vías de comunicación modernas comenzaron al inicio del siglo XX, porque hasta tales calendas no hubo grandes avances y la conexión con la ciudad de Panamá se realizaba por veleros y, luego, por motoveleros.

Todo cambió con la administración del Caudillo Tableño, porque al inicio de los años veinte la carretera porrista rompe con el asilamiento de siglos. A propósito, en la región aún quedan algunos monolitos a la vera de los caminos, los que son testigos de aquellos primeros momentos, fecha cuando el olor a gasolina y el ruido de máquinas despertó del letargo a la rural y tradicional sociedad peninsular.

 

2. Hace algunos años, en plena realización del Festival Nacional de La Mejorana, conversaba con el doctor Carlos Falcón Bustamante, aprovechando esas pausas que permite el evento folklórico. Porque entre tambor y tambor, el baile de la reina y las delegaciones, el tópico giró sobre la carretera que construyó Porras y sobre lo que quedaba de ella. Entonces, el amigo Caito, que tal es el mote del profesional de la veterinaria, me indicó que próximo a los terrenos que la familia posee en el sector de El Cruce a Sabanagrande, todavía existe un puente de la administración del Hombre de Levita, por lo que quedamos en visitarlo. Sin embargo, debido a la pandemia y otros eventos, la excursión se pospuso hasta que un buen día, casi sin quererlo, la hicimos posible.

 

3. Y llegó el día, fue un domingo mientras desayunábamos en el restaurante que está próximo a la entrada de Guararé. Una vez terminado el ágape matutino, decidimos tomar la ruta hacia el lugar en donde yace el indicado puente de la administración Porras. Atravesamos el río Guararé y recorrimos el área de Ciénaga Larga, comunidad que debe su nombre al fangal que existía antes de la construcción de la carretera. A poco rato arribamos a las proximidades del Cruce a Sabanagrande, en la zona guarareña en donde antaño existían sitios con denominaciones cuasi mágicas: El Tiesto del Botijo, El Pavital, La Calzada, El Mangote, El Azulillo, El Espavé Mocho, La Paloma y hasta el camino antiguo de El Volador e incluso topónimos tan cargados de leyendas como cerro El Macho.

Arribamos al sitio entrando por un callejón algo lodoso, en donde, de un lado, existen potreros y huertas pletóricas de cocoteros, algunos árboles y otras plantaciones. Del otro sector, aparece una arboleda casi virgen, con árboles y lianas que compiten en la búsqueda de la luz, mientras una pequeña quebrada discurre por el acuoso sendero. No hay dudas de que la naturaleza se tomó la carretera vieja, en este pequeño vergel que se constituye en muestrario de la vegetación de antaño.

Oculto en el paraje bucólico está la edificación porrista. Al mirar con más detenimiento, el observador se percata, debido a la disposición de las cercas, que sigue trazada la ruta carretera de los años veinte del siglo pasado. El pontón está en perfectas condiciones, con dimensiones aproximadas de cuatro metros de ancho por igual medida de largo, solo carece de la placa que señalaba la autoría de la Junta Central de Camino. Por lo demás, es de construcción sólida, con bases edificadas para la posteridad, tal vez construido en el año 1923, como lo atestiguan los hitos que aún existen en otros lugares.

Debajo del puente transcurre la quebrada y sobre este ha crecido la  vegetación, en especial de musgos y líquenes. En la soledad de ese paraje maravilloso, el escenario que ha guardado la naturaleza muestra la riqueza arbórea que antaño tenía la costa peninsular.

 

4. El puente porrista, aún intacto, tiene un gran valor, no sólo histórico, sino ambiental y turístico. El entorno en que se encuentra debería ser preservado, al igual que rescatar el espacio que ocupaba la carretera de los años veinte; porque en otros lugares, en donde he visto tales construcciones, el entorno ha sido deforestado, como en el caso de los puentecitos que existen en la vía al puerto de Mensabé.

En este paraje estamos ante la posibilidad real de realizar excursiones, tanto de estudiantes como de turistas propiamente dichos, los que podrían estudiar y observar in situ lo que fue la carretera porrista. Además, con el añadido de apreciar la vegetación de la zona y tomar conciencia de la vieja ruta carretera que no necesariamente coincide con la actual. Sitio ideal para hacer docencia sobre la trascendencia de la administración del doctor Belisario Porras Barahona.

La naturaleza nos ha hecho el gran favor de ocultar el puente de la cultura destructora que existe en el país; y el próximo año se cumplirá el primer centenario de estar allí, construido gracias a la visión progresista de un verdadero estadista de tuerca y tornillo.

Y nunca faltan panameños que comprenden lo que tienen y ven, como los hermanos: Manuel, Carlos Javier y Omar Ernesto Falcón Bustamante, gracias a los cuales he tenido el privilegio de visitar un lugar de tanta relevancia para los istmeños, allí en el sitio de El Mangote, en donde se respira y flotan efluvios de panameñidad.

31/VIII/2022

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19 agosto 2022

TRAGEDIA AMBIENTAL EN CERRO QUEMA

 

Con una altitud que ronda los 959 metros sobre el nivel del mar, el promontorio de cerro Quema está próximo a cerro Canajagua, que se eleva a 830 metros. Es decir, el primero tiene 129 metros más que el segundo y ambos ocupan una posición casi central en la península de Azuero. Los mineros ven en cerro Quema oro, cobre y otros metales, mientras que para quienes habitan la zona son símbolos de identidad cultural, emblemas tectónicos del santeñismo. Están allí desde el inicio de la era Cenozoica, en la sierra del Canajagua, hace 60 millones de años, aproximadamente. Ante cerro Quema hay dos miradas distintas, una centrada en las moneditas de oro y, la otra, ligada a la cultura mestiza de más de medio milenio de existencia. El cerro se siente distinto, dependiendo de si le miramos desde la cartera o el corazón.

Los santeños han venido demostrando las inconveniencias del proyecto minero de cerro Quemo. Y en ese andar llevan más de dos décadas de denuncias y luchas; mientras los gobiernos miran hacia otro lado y parecen agentes de la empresa minera, antes que defensores del ambiente y la calidad de vida del azuerense. En esa veintena de años el proyecto ha pasado de unas manos a otras, aunque el dinero sigue fluyendo para quienes se benefician de los derechos de exploración y explotación, no importa el nombre que tenga el proyecto, porque así es de leonina la legislación minera nacional, la que hace posible semejante atraco al erario nacional.

El estudio de la región demuestra el estado calamitoso de la ecología regional, situación que clama por medidas y políticas de Estado para contener la destrucción de los bosques, la fauna, la contaminación de los ríos y el creciente exterminio de los productos marinos. Sin embargo, la empresa y el gobierno hablan de protección a la inversión extranjera, la generación de empleo y otras argucias semánticas, como en el caso del llamado desarrollo sostenible.

Por donde se analice el proyecto minero resulta insostenible. Ya sea en el orden económico, ambiental o político, construir la mina a cielo abierto es un despropósito en una zona con los problemas ambientales que ya padece. Devengar un 2% de la ganancia bruta es un atraco al fisco, en un país cuya fortaleza no radica en los minerales, sino en su posición geográfica, la biodiversidad, el comercio y el estímulo al mejor activo que tiene la nación: su gente.

En otro momento he sostenido que la explotación de la mina de cerro Quema es una puñalada trapera al corazón de la península de Azuero. Es un acto ruin y deleznable para una sociedad que no merece, de parte de la empresa y del gobierno, un proceder tan sádico. Así lo afirmo, porque no existe desconocimiento de los graves problemas ambientales de la región, y aún así se insiste en la minería, para instalar la cloaca ambiental en el área en donde nacen los principales ríos, corrientes fluviales de las que depende la economía y la vida de la región.

La empresa intenta acallar las conciencias acercándose a los políticos, regalando migajas (pomposamente llamadas regalías); obsequiando a hospitales, deportistas y otros grupos sociales cuyas necesidades les doblega y les hace extender la mano pedigüeña, bajando la cabeza como el mendigo ante su obsequioso donador. Y el engaño es tan deleznable, como para ocultar a la población que tales regalos salen de la misma mina que le pertenece a los istmeños. Los dueños -que no saben que lo son- les agradecen a los que se apropian del mineral con el que pagan las “donaciones” que entregan a los incautos.

El hermoso cerro Quema, emblema peninsular, está en la mira de los mineros, la angurria y la miseria humana. Transitando en la carretera hacia Tonosí, le miro y pienso en la tragedia que representa, porque no se trata sólo de detener la depredadora y desalmada minería, sino de las secuelas para la sociedad, la cultura, el ambiente y el futuro de la región. De la empresa y el gobierno no espero nada, mucho del hombre peninsular, de su altivez, orgullo y decencia ciudadana.

18/VIII/2022


15 julio 2022

GUARARÉ, ALFREDO GUTIÉRREZ Y DORINDO CÁRDENAS

 


Fue el jueves 14 de julio de 2022, efeméride de la Revolución Francesa, en la noche, mientras el país hacía una pausa en las protestas ciudadanas, la alcaldía y el pueblo de Guararé, rendían tributo al tres veces rey vallenato, Alfredo Gutiérrez Vital (17/IV/1940) y a Daniel Dorindo Cárdenas (14/II/1936); la mancuerna que colocó en el pentagrama mundial la famosa melodía de El Poste de Macano Negro, el primero, al concebirla y, el segundo, al ejecutarla y convertirla en un éxito de talla mundial. Desde entonces XV Festival en Guararé brilla en el firmamento musical latinoamericano.

El evento no se pudo posponer por los múltiples compromisos del colombiano y, además, porque es de hombres de bien el ser agradecidos y reconocer la inteligencia donde quiera que esta se encuentre. Por eso esa noche fue memorable, porque además de los acordeonistas indicados, también estuvo allí el otro Alfredo, el Escudero, indiscutible ejecutante de la cumbia panameña en la modalidad que más se aproxima a la original y clásica.

Hay muchas cosas en común entre Dorindo y Alfredo, uno nacido próximo a la península de La Guajira -mirando al Atlántico- y, el otro, nacido en Azuero, la otra península que se interna en el Pacífico. Próximos en edades, apenas cuatro años de diferencia, proceden de formaciones sociales similares; áreas rurales llenas de tradiciones y en donde el folklore es el plato del día. Gutiérrez y Cárdenas, forman parte de la gente humilde que ven en la música la oportunidad que se les niega en otras áreas sociales. La ven, la sienten y la aprovechan.

Los une la inteligencia musical y la complicidad de clase social. Porque si por Colombia crece la leyenda de Francisco El Hombre, por acá, por la sabana antropógena y la tímida cordillera, nace Gelo, el santeño que catapulta el acordeón y lo saca, junto con Dorindo, del ostracismo de la sociedad de la exclusión, para que el hombre del campo comprenda la validez de su cultura campesina.

No me extraña que el Parque Bibiana Pérez estuviera lleno. Y allí estaba don Alfredo, jovial, sencillo, charlando con todo el mundo y posando para los visitantes que no perdían ocasión de fotografiarse con la leyenda viviente de Colombia, también llamado “El monstruo del acordeón”. Tuve ocasión de conversar con él sobre las vicisitudes que pasó para poder grabar la canción de Dorindo, hasta que el director de Discos Fuentes la espetó a uno de sus subalternos, que se negaba a grabarla, que tenía “m…a en la cabeza” y que esa canción sería todo un éxito. Lo demás es historia.

El reconocimiento también incluyó a Dorindo Cárdenas, compadre de Alfredo, quien interpretó su éxito casi al final del evento. Verlos a ambos en la tarima de espectáculos del Festival Nacional de La Mejorana creó un ambiente especial, cuasi mágico, al poder apreciar a dos acordeonistas latinoamericanos a quienes debemos tanto los que habitamos esta parte del continente.

Alfredo y Dorindo son encarnación de sus respectivas tierras, flores de nuestras culturas, de la costa caribeña colombiana y la nación peninsular, reservorio de la panameñidad. Por eso para mí fue inevitable pensar en los estudios del barranquillero Orlando Fals Borda con el que aprendí a conocer los fundamentos reales de esa tierra colombiana de Shakira y Carlos Vives, laboratorio sociológico y literario de Gabriel García Márquez.

Eventos como estos tienen que repetirse, porque hay que convocar la inteligencia, abrirse al mundo sobre lo que somos y compartir con otras sociedades las muchas cosas que tenemos en común, porque Guararé puede ser una ciudad pequeña, pero no puede negarse que es un gigante cultural, ya que la semilla zaratista cayó en suelo fértil y brilla con el esplendor del guayacán en pleno estío peninsular.

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15/VII/2022

 

 

 

10 julio 2022

LA DÉCIMA EN LA CULTURA PENINSULAR (A propósito de la presentación de un libro)


El cantar es tan viejo como el hombre, incluso aparece antes de que este existiera, porque los sonidos son previos al homínido y de alguna manera la naturaleza canta en el viento, las aves, el rumor de las olas del mar y en el lenguaje de los animales. Por esta razón es tan vital el cantar en el hombre; como medio de acercarse al otro, de expresar sentimientos y de no sentirse solitario en el mundo. Ya sabemos que el intento de petrificar el sonido, de hacerlo perenne, dio paso a la escritura y al pentagrama musical.

Con el tiempo la música se hizo propia del grupo humano y le dio identidad comunitaria; así nacieron las coplas, los himnos y todo un simbolismo cargado de alegrías, tristezas y ensoñaciones. Luego vino el encuentro de esos cantares, de la música, de los escritos y el préstamo cultural se hizo inevitable, porque ayer como hoy, como dicen los nicas, “el que tiene más galillo traga más pinol”.

Así le aconteció al santeñismo, esa forma tan propia del hombre que mora en la península con apellido de colombiano santanderista. Aquí, el amasijo de lo hispánico, indígena y del negro colonial parió a un nuevo personaje, al que hemos llamado santeño, herrerano, azuerense, peninsular y orejano.

Al estudiar la región se percata el investigador, que no obstante el influjo indígena y del negro colonial, en la zona lo hispánico es dominante, hegemónico; porque el poder siempre residió en el grupo criollo y luego mestizo que controló los resortes de la vida; desde la tierra, pasando por los puestos burocráticos y el control religioso del catolicismo. Porque si hay un factor trascendente en esta parte del país, viene a ser la ética de lo católico, al moldear con valores sociales occidentales al campesinado de la colonia, la unión a Colombia y la era republicana.

Luego de cinco siglos, quinientos años de caminar junto al Canajagua y El Tijera, estamos llenos de íconos de nuestra cultura de ascendencia campesina; porque aún hoy, debajo del barniz de la civilización, del doctor, magister, licenciado y bachiller, está el campesino de la casa de quincha. Un ser pletórico de gastronomía, bailes y danzas, santeñismo que aflora en nuestros símbolos culturales: el Canajagua y Quema, Porras y Zárate, Ofelia y Bibiana, la reina María y Ñiqui Ñaque con su canto vernáculo: “Anoche te vide un piojo y no te lo pude cogen, qué piojo tan atrevido en dónde se ha ido a meten”.

Hemos tenido de todo, desde la vida bohemia de Claudinita y la reina María, hasta la literatura de Sergio, Oscar, Moscoso, Ofelia y Zoraida, así como los hermanos Saavedra Espino (Leonidas y José del Carmen), así como el eco sonoro, en la austral Pedasí, del Buchí de Antonio Moscoso.

En nuestra tierra la organización campesina -la junta- se hizo cooperativa y la cooperativa fue la junta por otros medios, institucionales y burocráticos. De esta manera fueron surgiendo expresiones culturales e históricas que la música también hizo suya, con instrumentos inicialmente rústicos, como la bocona, la mejorana, el tambor, la caja, los timbales y la excelsa expresión de la décima, escrita y cantada. Todo para que Gelo y Dorindo llevaran la cultura peninsular adherida a los fuelles del acordeón, tanto como las notas musicales están adheridas a la garganta de Eneida Cedeño, “La morenita de Purio, y Eutimia González, “La brujita de El Pedregoso”.

Y cuando el grupo humano se vio amenazado por los de aires foráneos, novedosos y atractivos, apareció el momento de la interpretación basada en la razón, aunque sazonada con los latidos del corazón. En esa coyuntura histórica el campesinado y los hombres de las pequeñas ciudades sacaron a relucir el arma de la inteligencia, como si fueran erizos que sintieran amenazada su integridad. Es el tiempo de Dora Pérez y Manuel F. Zárate, así como de una pléyade de entes folk que florecen en los festivales folklóricos de La Mejorana, La Pollera y El Manito. Dicho sea de paso, las tres icónicas festividades que en modo alguno debieran ser retadas por otras fiestas de menor calibre, carente de filosofía social, incapaces de transcender el eco del volador y la tauromaquia peninsular, pero atentas al antiguo doblón aurífero y colonial.

En el espacio del encuentro con nosotros mismos, ocupa un rol relevante el papel de la décima y la copla en Panamá. No por mera casualidad la expresión es el título del famoso texto, que, bajo el mismo nombre, publicaron los esposos Zárate.

En qué momento surgió en la zona el poema rimado, no lo sabemos. De lo que estamos conscientes es de su origen hispánico, del papel, en el siglo XVI, del poeta español Vicente Espinel a quien se le atribuye la gestación de la décima, en pleno Siglo de Oro español. La misma creación que, asumiendo su apellido, se conoce como espinela. Sin embargo, también se expresa en la modalidad de las provincias vascongadas, cultura vasca, en donde los trovadores o versolaris improvisan versos en una tradición de la que quizás sea parte constitutiva y heredera la modalidad peninsular que, en nuestro caso, se ha enseñoreado por los campos de esta tierra sabanera.

La décima hispánica, como ya hemos planteado, se ha hecho mestiza, como tantas otras expresiones de la cultura regional. Y aquello que puede constatarse en la campiña nuestra, en la composición y el canto de la espinela, expresa el bertsolarismo con sabor a changa, chicha de junta o adobo de res.

La décima y el canto, como la mejorana, son el fruto de ese encuentro de dos mundos; íconos peninsulares, la imagen escrita y cantada de lo que somos. De allí que la encontremos en el canto a lo divino, en la chacotería, en la exaltación a la mujer o como expresión de la congoja santeña, encarnación de la morriña gallega o la saudade portuguesa.

En verdad, es sumamente placentero ver al trovador, de evidente temple hispánico, colocado en la misma tarima junto a otro de semblante indígena o de rasgos de negro colonial. Hombre o mujer, Miguelito o Daira. Porque la mujer nuestra cantó décimas mucho antes que soñáramos con teoría feministas.

Si alguna vez en su génesis primaria, la décima pudo ser elitista, en aquellas calendas cuando la escritura estaba casada con el grupo dominante criollo, en la sociedad peninsular se hizo democrática, anti elitista e integrada a la cultura popular y vernácula.

En Panamá escribieron décimas los intelectuales, como Francisco Changmarín y Dimas Lidio Pittí, tanto como el campesino decimero que, al frente de una taza de café, mientras en los exteriores nocturnos la garúa cuela la silampa en la casa de quincha, él, sin saberse descendiente de Miguel de Cervantes Saavedra, roba una hoja al cuaderno escolar de su hijo para parir sobre la página rayada la inspiración que ha de cantar en la festividad sacra o profana.

La fiesta, la musa y la lingüística se matrimonian en la décima. Espinela para cantarle a la virgen, a la reina del festival folklórico o para exaltar la biografía de un ser probo y fecundo. Allí radica lo trascendente de la espinela, porque más allá del canto mismo, de la expresión folklórica, ella es la voz de la tierra e incluso la protesta soterrada del abandono social.

El decimero y la décima son nuestros, portadores de la poesía del hombre del campo, la encarnación de la herencia cultural que ya supera los cinco siglos de existencia y bajo ninguna circunstancia debiera ser abandonada, tirada a su suerte, mezclada entre la hojarasca de la modernidad.

En esa línea de proceder resulta estimulante y ejemplarizante el esfuerzo que realiza el Club de Leones de Guararé, organización de larga data, cuyos frutos múltiples son difíciles de emular. En especial, en una sociedad como la peninsular, mucho más volcada a la jarana por la jarana misma, al deporte como mercancía y distracción de problemas vitales, o a la simple loa de algunos políticos efímeros y coyunturales.

La mancuerna, entre esta noble organización de la sociedad civil y el Festival Nacional de La Mejorana, es la ruta para seguir, un sendero que ya tiene más de medio siglo de transitar. Los leones rugen desde Guararé, esta vez en la sabana antropógena, a la orilla del río homónimo, no solo de Manuel y Dora, sino de los cantadores de mejorana, de los escritores de décimas con quienes la nación aún está en deuda.

La publicación de DÉCIMAS DE ORO, en poco menos de cien páginas, compendia las décimas ganadoras de concurso que anualmente el Club de Leones guarareño convoca en el marco del Festival Nacional de La Mejorana. Con muy buen tino las décimas vienen precedidas de comentarios de Mara Olimpia García Castillero, David Vergara García y Antonio Pinzón Del Castillo. Sin olvidar el aporte, en otros avatares de Melvin Espino y Rogelio Bustamante. Así como la presencia solidaria del equipo directivo y el resto de los Hermanos Leones.

Desde todo punto de vista la presentación del libro es un rotundo acierto. Y luce no solo certero, sino oportuno. Nace en plena coyuntura histórica de la globalización, del encuentro con otros mundos, cuando la evolución de la cultura es inevitable y necesaria, y debemos asumir el riesgo de desdibujar la personalidad colectiva que heredamos de nuestros antepasados.

Nadie duda que hay que abrirse al mundo, al desafío que ya avizoraba el ente folk de antaño y que, por ausencia de una teoría integral y explicativa, quedó registrado en las décimas de Min Domínguez, Ubaldino García y otros cultores del género. Y como no podemos construir en Divisa una muralla China para contener el cambio social y cultural, lo inteligente estriba en sostener, conservar y proyectar aquellos elementos estructurales de la cultura criolla.

Entre tales elementos fundamentales brilla la décima escrita y cantada. Para ese logro necesitamos no sólo investigación seria y bien pensada, alejada de fanatismos y de deseos de figuración, sino la existencia de políticas de Estado y de mecenas que estén dispuestos a apostar por la inteligencia, el buen gusto y la valoración de lo que somos.

A la décima la amenaza no solo el influjo de lo foráneo, en lo que el mismo pudiera tener de negativo, sino desde el mismo guacho cultural que proviene de nuestra propia sociedad peninsular, hedonista y excesivamente fiestera. Al contrario de lo que observamos, debemos permitir que fluya la décima auténticamente popular, aún con imperfecciones métricas y gramaticales, paralelamente a esa otra de corte académico o culto. La última, la de toga y birrete, no debe arrinconar a la de pollera y camisilla. Aquí vale aquella sabiduría popular que pregona: “Cada loro en su estaca”.

Debemos comprender que nuestra defensa radica en la existencia de ambas, en un mundo en el que las emociones se divorcian de la razón; porque en el siglo XXI hay muchas cosas en el asador. Esperemos que triunfe la inteligencia, que la décima y la copla sigan siendo nuestro estandarte, porque ellas abanderan el canto de lo que fuimos, somos y deberíamos ser. Como santeño y guarareño me alegra que el Club de Leones haga coro en la tuna correcta y que camine al lado de su gente. Ese es su deber institucional, llevar en la diestra una vela encendida y en la izquierda, acurrucado contra el pecho, el libro de décimas. La tuna de la inteligencia no puede dejar de cantar, porque la décima es el cuenco en el que se cobija la panameñidad.                                                   

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5/VII/2022

 


27 junio 2022

450 AÑOS DEL SANTEÑISMO PENINSULAR

 

A lo largo del tiempo he escrito sobre este fascinante tópico, y el empeño heurístico no obedece a regionalismos miopes, mucho menos a visiones aldeanas o alegrías de tunantes, sino al deseo de asumir el tema como un hecho histórico, cultural y sociológico cuyo ímpetu ha impulsado el desarrollo regional y nacional, además de ser el punto de partido para comprender la personalidad colectiva del ser que el doctor Belisario Porras Barahona describiera como el orejano.

El próximo 10 de noviembre se cumplirán 450 años de la existencia de ese santeñismo. si partimos de la admisión, por parte de la Audiencia de Panamá, de la fundación de la Villa de Los Santos, hecho acaecido el 1 de noviembre de 1569, pero reconocido formalmente el 10 de noviembre de 1572, acontecimiento del que deja constancia la investigación del doctor Alfredo Castillero Calvo, que publicó en el año 1971 (LA FUNDACIÓN DE LA VILLA DE LOS SANTOS Y LOS ORÍGENES HISTÓRICOS DE AZUERO).

Si bien 1569 es el año de fundación de La Villa, 1572 es el año en el que el emplazamiento poblacional pasa de una acción de hecho a otra de derecho; lo que supone que a partir de allí es cuando podemos hablar de los embriones del santeñismo y de la génesis del gentilicio santeño. Evidentemente que lo santeño se fue decantando en el tiempo y fue un suceso de larga evolución que eclosiona, quizás, hacia el siglo XVIII y que tiene su expresión política el 10 de noviembre de 1821.

Desde el siglo XIX, la zona que perteneció a la Alcaldía Mayor de Natá comenzó a ser dividida. Tales los casos de la provincia de Azuero, el departamento de Los Santos y luego el de Herrera, las que después, en el siglo XX, serán reconocidas como provincias. Este hecho ha tenido profundas consecuencias en la conciencia del santeñismo, ya que ha inducido a la población a creer que Los Santos es una entidad cultural distinta a la de Herrera, desconociendo que el hombre surgido del mestizaje colonial forma parte de la misma argamasa cultural. Las consecuencias políticas han sido devastadoras, ya que el área ha perdido fortaleza política y estimulado rivalidades, ahora sí, no pocas veces comarcales, en el pleno sentido del vocablo.

En la vigésima centuria lo santeño se mira como el área ubicada al sur del río La Villa y santeño es quien habita la provincia de Los Santos. Sin embargo, la conmemoración de los 450 años, desde una perspectiva histórica y sociológica, no puede mirarse desde las actuales circunscripciones político-administrativas; porque de lo que se trata es de concebir al grupo humano desde miradores más amplios y no continuar atrapados en la visión burocrática de épocas recientes, tirando en saco roto la existencia de la cultura e historia común.

He sostenido en otro momento que el santeñismo es un estilo de vida, una forma de ser ; una visión de mundo que se nutre de la ruralidad, de la orejanidad, el minifundio y el catolicismo, la decantación de lo hispánico, indígena y el influjo del negro colonial. Estamos ante la forma de ser de un hombre sabanero que inicialmente mora entre Santa María de Escoria y punta Mala, el mismo que luego se expande desde la región oriental hacia las sabanas occidentales del actual Mariato veragüense.

Sobran motivos para conmemorar la fecha, para reflexionar sobre lo que este grupo humano ha realizado a lo largo de 450 años. Hay que repensar la zona para mirarla con otros ojos y tener la capacidad de valorar las fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas en un mundo globalizado y con desafíos gigantescos.

Que la fecha no pase desapercibida es lo que se impone, porque el 10 de noviembre de 1572 es tan relevante como aquel otro de 1821. Ese día se institucionalizó la experiencia de vida de lo santeño, del santeñismo como forma de vida, producción económica, sentimiento, sociedad, cultura y orgullo patrio.                                                                                                                                

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13 junio 2022

SOBRE CHITRÉ Y OTROS PUEBLOS


Sobre los orígenes de Chitré poco se sabe. Encontrar sus antecedentes en el período colonial es poco probable, lo que podría plantearse como hipótesis de trabajo es que haya surgido producto del establecimiento en esa zona de familias de las coloniales poblaciones de la Villa de Los Santos y Parita. Sostener, por ejemplo, que el poblado está relacionado con la existencia de Cubita o Cubitá, antigua denominación del río La Villa y sitio que funcionó como reducto indígena a mediados del siglo XVI, resulta muy difícil de probar y no hay documentación que así lo confirme.

Lo mismo acontece con el origen de vocablo Chitré, sobre el que se han avanzado las explicaciones más inverosímiles, todas ellas en esa tendencia tan perjudicial de elucubrar sobre temáticas que no se conocen ni se dominan. Sí, porque en nuestra zona predomina la tendencia a encontrar supuestos abolengos o raíces que nunca existieron.

Al parecer no queremos admitir que, en la península, como en la mayoría de los pueblos istmeños, nunca hubo un acto fundacional al estilo de Panamá La Vieja o Natá de los Caballeros. En la zona el único pueblo del que se tiene la certeza de la fundación es la Villa de Los Santos, del que tampoco se conoce la existencia de una parafernalia fundacional, solo que, debido al pleito con Natá, al establecer el asiento, quedó constancia escrita de la fundación el 1 de noviembre de 1569.

Las leyendas han predominado sobre la ciencia de Clío, y todo ello es comprensible, porque mientras la historia no era una ciencia predominante, había que tener alguna explicación sobre el pretérito. Hay que decir, igualmente, que a algunos no les agrada que venga a derrumbarse lo que les enseñaron en los centros educativos y miran como una osadía a quienes, apertrechados de mejores instrumentos de trabajo, plantean lo contrario de lo conocido. Tal y como acontece con Las Tablas, de la que se ha dicho que fue fundada el 20 de julio de 1671, cuando no existe nada que de fe de ello y toda apunta que ello nunca se produjo.

Yo no creo que Chitré, y demás poblados que atraviesan similares situaciones, deban sentirse disminuidos por ello, por carecer de fecha fundacional, porque grandes ciudades del planeta desconocen su acto fundacional, si es que acaso la hubo. En el caso nuestro lo típico fue el establecimiento espontáneo, a la orilla de una ermita, por ejemplo, en casas que lentamente se fueron sumando por la misma evolución de la familia que moraba en el sitio y que luego los hijos se establecen contiguo a sus padres. Tanto es así, que aún en los pueblos de la península sigue predominando esa tendencia.

En este tema, como en otros, todo tiene su lado bueno. A Chitré, por ejemplo, le ha favorecido no ser un poblado de raigambre colonial, como Parita o la Villa de Los Santos, porque gracias a ello se mostró más abierto a los nuevos aires de renovación, que le llegaron en la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas de la vigésima centuria. Porque fueron los extranjeros los que renovaron la aldea que quedaba entre el río La Villa y el río Parita; en la encrucijada entre el puerto del Piñolarito, el este; Parita, al norte, Pesé al oeste y Villa de Los Santos al sur.

Desde entonces Chitré ha sido una ciudad comercial. Sin embargo, el desafío contemporáneo radica en convertirse en una ciudad fenicia, olvidando sus raíces y su cultura. Algo de ello se vive hoy, cuando la venta de baratijas está a la orden del día, al confundir el arribo de semáforos y centros comerciales con el progreso, olvidando la chitreanidad, con sus hombres de antaño y su legado cultural.

En esta última línea de trabajo están los centros educativos y organizaciones de la sociedad civil que deben comprender lo que ha sido Chitré, sin romanticismos que obnubilen el pensamiento. y honrando a un poblado que, aunque joven, ha dado muestras de valía y de progreso.

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13/VI/2022

 

 

 

 


06 junio 2022

LA MÚSICA DE BOLÍVAR RODRÍGUEZ MENDIETA

 


Falleció Bolívar Rodríguez Mendieta, en pleno mes de la celebración religiosa chitreana; él que era el más representativo exponente de la chitreanidad musical y de los sentimientos que atesorados en el corazón, del terruño hecho canción entre las cuerdas de la guitarra y el traqueteo de las ruedas de la carreta.  Escuchar su música no es añorar al pasado, es el pretérito que pugna por imponerse en una época que no le pertenece, pero que Rodríguez Mendieta intenta revivirla, reivindicarla.

“Paloma tibibú” es el cantar de la tierra, un tratado musical lleno de ternura, del azuerense que tenía la sensibilidad para sentir y ver más allá de las apariencias. El músico era de los pocos privilegiados a quienes les duele la panameñidad y la transmutan en canción, como en “Nostalgia Panameña”, que cantó, en la Argentina del año 1952, junto a Silvia De Grasse y el majestuoso órgano de Avelino Muñoz.

El chitreano se amamantó de otro momento y de otras gentes, que, como su padre, Saturnino “Nino” Rodríguez Sandoval, era cultor vernáculo; mientras crecía junto a su madre, Dolores Mendieta, fémina llena de vivencias y de sentimientos maternales, terrenales.

Dedicar una vida a la cultura campesina ha sido su legado, un aporte que trasciende la experiencia vital del herrerano. Canciones como “La guayabita”, “Desde Chitré Pueblo mío” y “Tengo una novia” destacan en su repertorio, sin olvidar “Canajagua monte adentro”, el canto al cerro más representativa de la región peninsular.

Sin embargo, lo relevante en Bolívar Rodríguez Mendieta, no radica sólo en la excelencia de su pentagrama, sino en lo que tales cánticos suponen como testigos de la transición social de los años cincuenta y sesenta del siglo XX. Él es continuador de una generación de oro; de aquellos que, desde el violín, y luego el acordeón, se convierten -casi sin presentirlos- en la voz de generaciones que tuvieron su génesis en el siglo XVI. Así es, Rodríguez Mendieta, hacia mediados del siglo XX, comienza a producir en la encrucijada de cambios sociales y culturales, con un poco más de academia musical y con un manejo conceptual más refinado.

Ya casi no quedan orejanos como el chitreano, y en su proyecto existencial vivió esa dolorosa transición musical y cultural a las que nos referimos. Le tocó ver surgir otros géneros musicales, menos elaborados, con letras que no tienen la calidad que distinguieron al profesor peninsular. Sí, con Bolívar muere un poco la región, una sociedad tradicional que mora borracha de globalización y otras baratijas y hojarascas existenciales.

Cuando en los años venideros se escriba algún lúcido tratado sobre la cultura y la música de nuestra gente, Bolívar estará allí. Y entonces comprenderemos el valor de una personalidad como la del hombre de “Paloma titibú” y “Canajagua monte adentro”, las emblemáticas canciones que demuestran que podemos partir del folklor para elevarnos a otros estadios de desarrollo musical.

La música de Bolívar Rodríguez Mendieta está llena de nostalgia, de congoja por la tierra. Y en eso es muy peninsular, muy orejano. Quizás allí radica la genialidad de sus canciones, esas que llegan al corazón y que nos recuerdan lo que hemos perdido en esta tierra sabanera que ha parido a tantos seres irrepetibles, como el profesor Bolívar.

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6/VI/2022

 

 

 

 

 


04 junio 2022

FLOR DE CANANGA

El hombre que habita la península de Azuero es un ser territorial, vive anclado en la tierra y forma con ella un amasijo de experiencias, sabores,aromas y sentimientos. Si hay algo que le define es esta característica,forjada siglo atrás, cuando hizo suya la tierra, y la tomó para sí y al hacerloella lo hizo suyo también, en una relación dialéctica de forjar y ser forjado.

Por las razones expuestas muchas veces esos resortes emocionales sedisparan con el aroma de lo suyo, por eso sus evocaciones del ayer son tanfuertes, tan terrenales, tan cargadas de hondo significado. Acontece con elolor a guayaba, a tierra mojada, a blancas margaritas, a mito en flor y a flor de cananga.

El árbol de cananga siempre estuvo allí, próximo a la casa, en lavivienda campesina, en la flor campesina y arquitectónica que es la casa dequincha. La cananga tiene un aroma dulzón, de perfume silvestre que impregnólos días de la infancia o las noches llenas de estrellas o de nubes que sedesgajan en lágrimas del cielo.

“Huele a cananga”, decían antaño, cuando el árbol era timbre de orgullopara la familia que moraba en el campo o en la tímida zona urbana. Y entoncesno necesitábamos el perfume francés, porque la cananga era el aroma de lo quesomos, el agua que perfumaba las sienes y el cabello de la mujer que coqueteabacon el amado, en la visita de pretendiente o en el lecho de la amada.

El ser contemporáneo, más pragmático y pretendidamente moderno, intenta reemplazar la flor de cananga, desconociendo que el asunto no radica en el Chanel N° 5, ni en otro aroma de la perfumería moderna. Acalla todo de “estos son otros tiempos”, “son cosas del ayer”, “todo en la vida cambia” y otras bobadas semánticas. No comprende que ser universal no implica necesariamente la negación de su swr territorial, aquel que le definió y que le permitió tener personalidad individual y colectiva. Y así, en su ceguera cultural, ha querido ocultar sus querencias, reemplazar la cananga por otras plantas, muy “pretty” ellas, pero carentes de proyecto existencial y alejadas de sus experiencias .sensoriales y de vida.

Volver sobre la flor de cananga es necesidad imperiosa para el peninsular ser que mora en el siglo XXI, porque la perdida de la identidad, del ser terrenal, es caer en el submundo del alma enjuta y la vida sin rumbo; y sobrevivir alienado, porque le han robada hasta los aromas y no lo sabe. Maquiavélicamente a alguien le interesa que desaparezca el árbol de cananga, para que no te sientas reconocido en su aroma de perfume montaraz.

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02 junio 2022

LOS ARCHIVOS PARROQUIALES Y LA HISTORIA PENINSULAR.

 

Estudiar la sociedad supone darle una mirada desde diferentes ángulos: el económico, cultural, político, social, ambiental e histórico. Y analizar las manifestaciones contemporáneas exige no confundir las consecuencias con las causas, y para ello no hay nada tan relevante como incursionar en los orígenes de los grupos humanos que pueblan una región o país

En el caso que nos ocupa esa zona o región es la península de Azuero y el hombre que la habita, independiente que le llamemos santeño, herrerano, peninsular, orejano o azuerense. Sin embargo, la tarea se ve obstaculizada por la falta de fuentes documentales, porque en el pasado no hubo preocupación por colocar en blanco y negro los sucesos, estadísticas y testimonios biográficos de las mentes más preclaras de la región. Algo de ello aparece en la segunda mitad del siglo XIX y se hace más patente en la vigésima centuria.

El período precedente, el que corresponde a la colonia, aún está pendiente por esclarecer y asoma su rostro en las crónicas, no siempre fiables, de los siglos XVI, XVII Y XVIII. Sin embargo, acude en nuestro auxilio la existencia de los archivos parroquiales. Los documentos que contienen relatos en donde los curas registran bautismos, matrimonios y defunciones. Y en donde, además, encontramos informes que los obispos redactaron en sus visitas pastorales.

Tener acceso a tales escritos permite leer, indirectamente, la estratificación social, con sus referencias a cruces grandes, chicas y entierro de limosna. El asunto del poder político, económico y religioso es otra temática que se desprende de tales referencias documentales, así como sobre las familias que ocupaban puestos burocráticos y que entraban en alianzas matrimoniales para sostener las prerrogativas sociales.

Algunos de los presbíteros, por ejemplo, procedían de tales alianzas familiares en las que se entrecruzan el poder terrenal y el divino. Ello es patente en las composiciones de las cofradías; las asociaciones que la Iglesia católica avalaba con fines piadosos y que administraban los bienes de una figura religiosa, la de la virgen del Carmen, por ejemplo.

Los archivos parroquiales son valiosos auxiliares en la reconstrucción de la sociedad colonial, de unión a Colombia y aún del período republicano. Con ellos es posible asumir estudios genealógicos y tener una idea aproximada de la composición de diversas familias, así como de sus nexos regionales y relevancia social.

De lo planteado se colige que es imperioso la preservación de los archivos parroquiales que con tanto celo ha conservado la Iglesia católica desde el siglo XVIII. Allí está registrada la vida de nuestra población, datos históricos que son fundamentales para comprender nuestros orígenes como grupo humano. Adentrarse en la lectura de ellos es abrir la puerta a un mundo fascinante, cuyo embrujo cautiva al investigador, quien sentado frente a los añejos pergaminos logra auscultar los antiguos caminos por donde transitaron nuestros antepasados.

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1/VI/2022


26 mayo 2022

SOBRE TOPÓNIMOS REGIONALES

 

 

Como ya sabemos, los pueblos y los accidentes geográficos tienen nombres y la disciplina que los estudia se llama toponimia, de allí que se hable de topónimos para referirnos a los mismos.

El caso peninsular no escapa a ello. Y como no podía ser de otra forma, recoge la presencia de la cultura hispánica, indígena y del negro colonial. Sin duda fue Belisario Porras Barahona -qué casualidad- quien primero pone en negrita su preocupación por temas lingüísticos regionales. Lo vemos en su ensayo El Orejano con sus comentarios sobre el castellano peninsular y el habla campesina.

En el análisis de la temática los archivos parroquiales son de gran ayuda, porque en ellos los curas escriben los nombres de pueblos y accidentes geográficos. Revisando el archivo guarareño, por ejemplo, me encuentro con denominaciones, con topónimos, algunos de los cuales pasaron a mejor vida y con otros que aún se mantienen.

Así, el presbítero anota que el niño bautizado proviene de Canajagua, Berbesí, El Chumajal, El Potrero, El Paso del Morito, La Guaca, La Enea, Cucula, El Zape, Perales, El Montero, El Jobo, El Rodeo, El Galapaguero, Los Botoncillos, Llano Abajo, Las Lagunitas, El Nanzal, Llano Largo, Peña Rodá, Quebrada El Espino, La Pita, Nalú, El Pueblo (Guararé cabecera), El Espinal, La Peña, Quebrada Grande, La Calzada, Tierras Blancas, Las Lajitas, El Girón, Los Calabacitos, El Hato, La Loma, Ciénagalarga, El Lagartillo, La Albina Grande, Guararé Arriba, Las Tetillas, El Caracucho, etc.

Un punto interesante en este tópico se refiere a la denominación de los árboles. Existe uno que conocemos como espavé, cuyo nombre proviene de las esposas de los tibas o caciques, que así se denominaban a las concubinas, en plural, porque no eran pocas. No menos llamativo resulta el origen del sitio llamado Mogollón; porque mogollones eran los negros que huían a los montes y que eran vueltos a capturar. A propósito de este término, en España hace alusión a gran cantidad de algo (” Te quiero un mogollón”), aunque también significa jaleo, bulla u holgazán. Luego, se comprende por qué Mogollón está en el Canajagua, sitio que durante el período colonial era inaccesible y lleno de selvas. Y, en verdad, la pieza homónima es un verdadero alboroto musical.

En el extremo sur de la península está punta Morro de Puerco, tal vez porque emule la faz del chancho, en especial si se le divisa desde un barco fondeado en la mar océano. Y los hay hasta sugestivos, como en Chupá Arriba y Chupá Abajo. Están los que recuerdan la profusión de vacunos, El Hato; la abundancia de rocas, Llano de Piedra; El Hueco de La Yegua, el sitio en donde murió el animal; El Sesteadero, lugar en donde sestean las vacas y Juana Prieta, tal vez porque en el sitio moró alguna negra colonial. Así como cerro La Teta, el actual Santo Domingo de Las Tablas o El Quemao, el San José tableño.

Hay topónimos y topónimos, para todos los gustos y de las más diversas modalidades: rurales, selváticos, urbanos y hasta incómodos. Por eso afirmo que la toponimia nuestra es hermosa y la disfruto al recorrer la región y leer sobre el terreno el abanico de vocablos que son el registro del encuentro y la fusión cultural. El Picacho, Berbesí, Llano Arriba, El Ejido, Guararé, Mensabé, Ocú, Chitré, Parita, Guararé de Los Espino, entre otros. Ellos son como el eco sonoro del pasado, la historia compendiada en un nombre, la expresión viviente del ayer.

¡Qué más le puedo decir!, que gozo un “mogollón” todo esto, ni más ni menos, porque esa toponimia habla de lo que somos y cambiarla es un acto cuasi sacrílego, un atentado a nuestra identidad cultural y una prueba fehaciente de la creatividad de nuestra gente.

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25/V/2022.


24 mayo 2022

¡CANTA, PAISANO, CANTA!

 


Necesito que cantes junto al rumor de las aguas del río, paisano. Es urgente hacerlo, con el amor con que besan las olas las riberas peninsulares, mientras se quedan quietas, como amante esperando al amado que tarda en llegar. Con la misma congoja hecha canción de Los Sentimientos del Alma y XV Festival en Guararé. Con la fuerza del Adiós a Las Tablas, o con el embrujo religioso de Santa Librada y el zapateo de los manitos ocueños.

¡Canta, paisano, canta!

No olvides a Pedro, el Goytía pariteño; a Manuel, el guarareño universal, ni a la Rufina mítica, la que se hizo poesía en la pluma de Zoraida, adolorida y feminista, como Ofelia, Elida o Bibiana. Sí, tienes que mirar hacia atrás, para poder ver lo que viviste y queda por hacer.

Allí tienes a la orejana estoica, la que parió a Belisario, compañera del hogar construido con abrojos, el dulce olor del maíz en la tarde que agoniza, porque los cambios no esperan y la changa ya no huele a maíz tierno, sino a jorones de otros lares.

¡Canta, paisano, canta!

No enmudezcas, porque el silencio es complicidad disimulada y los tuyos nunca construyeron cuevas para vampiros temerosos de la luz. Lo tuyo es la voz en alto, la mirada al frente, el sombrero a la pedrada, la pollera al viento y la cantalante en la tuna; prendidas las velas, mientras la caja y el tambor resuenan en las oquedades de tu corazón.

Tienes por qué luchar. Mira la casa de quincha, el pueblo como damero, la campana en la torre y la veleta jugando con el viento. Huele a incienso en el templo y el agua sacra moja la crisma en el santuario que contiene la genealogía de los tuyos, en los viejos pergaminos en los que el cura trazó con la pluma de ganso el momento sacro de tus natales.

¡Canta, paisano, canta!

Canta y baila, pero no abuses. La saturación de fiestas puede convertirte en ser superficial y hedonista. Eres el cuenco del ayer, de la cultura que duele porque deja de serlo. Ábrete al mundo sin dejar de ser lo que fuiste y eres. No olvides que el que emula, estancado en la superficialidad de lo transitorio, termina nadando en el mar contaminado de excrecencias. Nunca nadie avanzó copiando a otro, sino forjando su personalidad, individual y colectiva

Tienes mucho para sentirte orgulloso, sano y sin falsas vanaglorias. Mira, los íconos abundan: Porras, Zárate, el Canajagua, Ofelia, Rufina, el Grito Santeño, la gastronomía aromática con su fonda, el Corpus Christi, vestidos y cantos, la casa de quincha y el machete curvo que un día forjó el herrero. Sabes a miel, guarapo, changa, café humeante, chicharrón, chicha de guate y concolón del fogón de la abuela.

¡Canta, paisano, canta!

Nada te hará tan libre como la semilla de la Juana Vernaza, la Modelo Presidente Porras y la Tomás Herrera. Lo que tenemos de redención ha venido por allí, por la ruta del Manuel María Tejada Roca y el José Daniel Crespo, el INA y el IAM, Rafael Moreno y Francisco Castillero Carrión, la cátedra universitaria y la sapiencia acumulada de los que nunca tuvieron escuela, pero heredaron la visión de la cultura occidental.

A veces me preocupas. Te veo enredado entre los avatares de la era moderna, dando tumbos por aquí y por allá. Asume tu proyecto de vida, individual y colectiva, porque el modelo no está afuera -no es exógeno-, asoma en la palma enhiesta, el regocijo taurino, la plaza que se hizo parque, la décima y la mejorana, el violín y el acordeón.

¡Canta, paisano, canta!

Ábrete al mundo y cuida lo tuyo, lo que heredaste. Siembra y cosecha, pero preserva el monte, los ríos y la fauna. No dejes que la cascocha, el azulejo y la prechiamarilla se conviertan en especies exóticas. El venado y la iguana, la ardilla y el conejo, el jaguar y el zorro sabanero son parte de tu vida, como el ganado vacuno y el caballo que relincha en el potrero. Con ellos has hecho la vida y a ellos también se la debes. Moras en la misma casa, son tu familia.

Fija el rumbo paisano, eres diamante aún sin pulir, conviértete en joyero de ti mismo. Un proyecto de vida es lo que necesitas, levantarte con él en la testa, para que otros no hagan de nosotros un calco alienante.

Ama tu tierra y defiéndala, recorre el mundo, pero regresa al nido, porque allí están las querencias, el mango maduro, el café caliente, el buñuelo, la tortilla y el queso blanco, los frijoles y el arroz, así como la casa de quincha que grita su soledad.

¡Canta, paisano, canta!

Esta es tu canción y esta es tu tonada, el alegre carnaval de tu cultura e historia. No eres nada sin él -canta, paisano, canta-, no dejes de cantar.

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22/mayo/2022

 

 

 


21 mayo 2022

EL PENINSULAR NEGRO COLONIAL

 



La presencia del negro colonial tiene no menos de 400 años en la zona peninsular y, aún hoy, mestizado, asoma en el rostro de las personas, música y danzas. Hablo del colonial y no del de ascendencia antillana que arriba a Panamá 300 años después del nuestro, procedente de algunas islas del Caribe, en donde ya residía por el mismo período de tiempo, lo que hace suponer que también vivía bajo el influjo del mestizaje colonial. Sin duda ha de ser así, porque ningún grupo puede vivir siglos desconectado de la cultura hegemónica. Siempre hay en la sociedad un reflujo, un ir y venir, no excento de préstamos culturales.
Lo anterior explica, en lo referente al peninsular negro colonial, el por qué éste ha sido asimilado a la orejana cultura azuerense y su visión de mundo occidental se corresponde con su experiencia histórica, al margen de que la negritud aflore en algunas expresiones culturales, como queda dicho.
Por ejemplo, en Azuero no hay rastro de un vestido que el negro colonial pueda reconocer como propio, porque se produjo una fusión con lo hispánico e indígena y en su estructura mental se percibe como otro campesino de la sabana peninsular. Algunos bailes son prueba fehaciente, tanto como los instrumentos de grupos musicales, los que forman parte de un componente integral y armónico.
De lo dicho se colige que el recordar la presencia del negro en la zona no puede mirarse bajo un mismo racero. La historia y la evolución cultural así lo demuestra, porque se puede hablar de un lejano ancestro común, pero no del mismo hombre cultural que evolucionó hacia otros estadios de desarrollo. Ni más ni menos que lo aconteció, también, con el campesino hispánico-indígena.
Así las cosas, enseñemos a las juventudes peninsulares la historia real, aquella de las cuales debemos sentirnos orgullosos -con herencia hispano-negro-indígena- y evitemos las celebraciones por las celebraciones mismas, reconociendo lo que verdaderamente somos: una nación multiétnica, la patria de Bayano, Urracá y Porras.
21/V/2022.