28 octubre 2021

CENTENARIO DEL NATALICO DE SILVIA DE GRASSE

 


Era apenas un muchacho cuando inició la televisión en Panamá. Me parecía traído de otro mundo ese aparato en el que podía mirar mundos muy distantes del Guararé de los años sesenta. Y entre los programas nacionales que más concitaron mi atención, estaba la participación de una mujer a quien llamaban Silvia De Grasse. La fémina era muy innovadora y coqueta en su forma de vestir y de cantar, con melodías picarescas que hacían imposible el no caer ante los hechizos de las tamboreras y de su peculiar forma de interpretarlas. Acompañada de José Ernesto Chapuseaux (1911-1986) y Francisco Simó Damirón (1908-1992), el trio era la delicia de los melómanos, porque nadie podía quedarse quieto cuando presentaban a Los Alegres Tres.

La cantante panameña nació el 28 de octubre de 1921 y falleció en San Juan Puerto Rico el 14 de mayo de 1978. Estuvo casada con El Negrito Chapuseaux, dominicano, con quien recorrió diversos escenarios de América, particularmente en San Juan, Puerto Rico y New York en donde gozaron de mucha popularidad en la radio y la televisión. Y a su lado, siempre el inconfundible pianista Damirón, también nacido en la tierra del merengue.

Por allí tengo en mi colección de música algunas muestras de su arte musical, al estilo de Gallo Pinto, La morena tumba hombres, La Aparición, Panamá Viejo, Sombrero jipijapa, Cadena Chata, El cangrejal, Papelito Blanco, Pepe, La cita, Mariabé, Ponte la faja francisco y tantos éxitos que la hicieron merecedora del título de “Reyna de la tamborera”. Porque hay que decirlo, ella supo darle un renovado impulso musical a nuestra música vernácula acompañada de músicos como Avelino Muñoz, ese otro panameño que supo hacer del órgano una voz de nuestra identidad.

En la época que le tocó vivir, la presencia de Silvia no es casual. Aparece cuando desde las áreas interioranas el violín y el acordeón se dan un abrazo de patria. Estamos a mediados del siglo XX cuando Gelo Córdoba y Dorindo Cárdenas se constituyen en figuras cumbre del instrumento de fuelles y el istmeño Ricardo Fábrega incursiona con la tamborera, el género musical que es una mezcla de tamborito, son y danzón de la tierra de Martí.

Sin duda ella es un signo de los tiempos, encarna una tendencia musical que veremos acentuarse en las décadas siguientes, es decir, el inevitable encuentro entre la orejanidad y el influjo de aires extranjeros que obligan a mixturas musicales no siempre esperadas. Lo hermoso de Silvia de Grasse es verla asumir el reto, transformarlo e incluso fundirlo con aires de la tierra de Quisqueya, mientras lo panameño sigue respondiendo a nuestras querencias y gustos populares.

A la panameña aún no se le ha reconocido este aporte, me refiero a su apertura musical, sin miedos alienantes y con confianza en lo que somos. En este sentido la cultura istmeña, y particularmente la vernácula, tiene mucho que aprender de la Reina de La Tamborera, la mujer que colocó nuestra música en el pentagrama internacional, estilizándola y haciendo de ella un referente importante.

En este año, mientras conmemoramos el Bicentenario de la Independencia de Panamá de España, con sus dos fechas cimeras, el 10 y 28 de noviembre de 1821, el Centenario del Natalicio de Silvia De Grasse, no debe ser olvidado. Ella es el canto de Panamá y la prueba fehaciente de que en doscientos años la nación vive y palpita, y aunque el género musical que interpretó -la tamborera- ya no tiene la fuerza de antaño, su legado perdura en la conciencia de la nacionalidad y nos hace sentir más panameños.

 

 

 


25 septiembre 2021

ARRIBO A GUARARÉ, MERCEDES

 

Arribo a Guararé y allí estás; miro el templo y bajo su alero te encuentras, porque no hay guarareño que no te idolatre y tiemble de emoción al verte pasar en procesión, Mercedes. El palio te cubre y bajo él nos cobijamos todos. Ya sé, Virgen de Las Mercedes, que eres advocación mariana y que tu rostro maternal ha sido el consuelo de miles de guarareños. Que eres nuestra Patrona, quién lo duda; porque aprendimos a amarte con los guiños nocturnos del volador de eco sonoro, el arpegio de la mejorana campesina, los cánticos religiosos y el aroma a incienso de la eucaristía dominical.

¡Y te debemos tanto, Mercedes!, más allá de la emoción religiosa y el cuenco liberador de la identidad nacional. Contigo todos somos uno, la unidad del guarareño, la fuerza que transita por el mundo y el corazón que late frenéticamente cada 23 y 24 de septiembre.

En septiembre la cita es contigo, con la tradición vernácula y la eucaristía festiva, en ese abrazo del Festival, en la indestructible mancuerna de lo sacro y lo pagano, de la alegría y la congoja, del gozo celestial y la debilidad de la carne.

Me voy de Guararé y sigues conmigo, como soplo divino que alienta y reconforta el espíritu. Regreso al poblado y allí estás, Mercedes, para que el guarareñismo no muera y la vida sea flor campesina, marisma, brisa marinera y regocijo de hombre sabanero.

© m.pinzon.r 

En las faldas de cerro El Barco, a 23 de septiembre de 2020.



08 agosto 2021

ELIÁN DE JESÚS, AMIGO FIEL

 

Hoy 7 de agosto de 2021, a las 3:38 p.m. falleció un gran amigo. Había arribado a mi casa 13 años y 9 meses atrás. El aprendió a amarme y yo a quererle, porque el sentimiento se hizo mutuo a golpe de movimientos de cola y caricias sobre su cuerpo peludo. Cuando le conocí era una mota de pelo achocolatado que siempre le acompañó hasta el último día de su vida; esa vida que supo entregar a la familia, sin exigir retribución, como no fuera la caricia o esos alimentos que insistía en comer, a ratos mirándome, como para demostrarme de lo que era capaz, como si con ello hablara para decirme: “Mira, estoy comiendo, no te preocupes”.

Muy terrenal, mi perro defendía su espacio de vida, el patio que era de él y que no estaba dispuesto a compartirlo con nadie. Altivo y orgulloso se paseaba por la casa y sus alrededores. Y cuando por algún motivo apareció otro can, Elián ladraba dentro de su territorio, persiguiendo al intruso para hacer valer su geografía canina. Así era, tan especial como para ver alejarme en el auto, él apoyado en sus patas delanteras sobre la cerca y yo en el automóvil mirándole por el espejo retrovisor. Sí, porque siempre tuve la certeza de que, aunque ya no le observara, por un buen rato estaría mirando en lontananza despidiendo a su amigo.

Sin embargo, el tiempo pasó y Elián se hizo viejo, senil, de andar más pausado y con canas en el hocico. Entonces comprendí que estaba próximo su final y me preparé para ello, le dediqué más tiempo y traté de mejorar la calidad de su vida perruna; de hacer sus últimos días más agradables. Lo que acaso no pensé, es que el proceso fuera tan rápido, y en menos de un mes se puso más renco, tenía dificultades para andar y dormía con más frecuencia. A veces lo encontraba tirado en el patio, a lo mejor esperando que su amigo le colocara en su sitio preferido. Yo le cargaba y él se dejaba llevar mientras me miraba con sus ojitos inquisidores.

En verdad, le quise y admiré mucho, porque aún en esos últimos días, cuando me veía bajar del automóvil, movía la cola y todo achacoso se paraba a mi lado, como exclamando: “Aún soy tu amigo”. Por esos motivos nuestra relación se hizo más fuerte y charlábamos en silencio. No sé, pero siempre tuve la sensación de que comprendía mis soliloquios campesinos. De alguna manera con esas pláticas le preparé para su transición al viaje eterno, para que aceptara su partida y supiera que era importante en nuestra biografía.

Confieso que este día del postrer adiós ha sido difícil para ambos, porque con Elián también se fue un retazo de mi historia personal. Yo no sepulté a un perro, sino a un amigo, a otro miembro de la familia. Y llegado el momento, todos estuvimos allí, en su territorio, mientras lo inhumamos en la tierra, en el patio que tanto amó y por el que realizaba sus correrías diurnas y nocturnas.

Mi amigo Elián yace enterrado, dormido al lado del viejo mirto, lleno de flores blancas y con aroma a ilusión, amor y agradecimiento. El árbol recordará al amigo, al perro fiel; porque a su lado el pequeño túmulo de tierra es la muestra de nuestro amor familiar y de la incomparable dicha de haberle conocido. “Buen viaje, Elián de Jesús, amigo fiel”

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En las faldas de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 7 de agosto de 2021

 


23 junio 2021

CERRO QUEMA: ENTRE ENCOMENDEROS Y CAMARICOS

 


Durante más de dos décadas grupos organizados de la peninsular región azuerense se han opuesto a la explotación minera en cerro Quema, el promontorio que eleva su cima a 959 metros sobre el nivel del mar y que se ubica en el corazón de la tierra de Belisario, Zoraida y Manuel. Sin embargo, esos justos reclamos han recibido el silencio de gobiernos cuya coyuntural postura depende del precio del oro en el mercado y de las apetencias auríferas de algunos nacionales y extranjeros que codician el metal cuya historia está llena de codicia, angurria, destrucción y muerte.

En Azuero todo comenzó en el siglo XVI cuando Gonzalo de Badajoz y Gaspar de Espinosa recorrieron la zona iniciando la destrucción de la cultura precolombina en busca del dorado mineral. Y esa misma ruta, marcada por los hispánicos, es la que transitan los canadienses -encomenderos contemporáneos- y sus lacayos nacionales, amenazando la milenaria geografía, prometiendo el edén peninsular bajo la falacia de la generación de empleo, las regalías y el señuelo semántico de la sostenibilidad ambiental.

En realidad, poco importa que la península de Azuero viva un mayúsculo problema socioambiental: tala indiscriminada, ríos contaminados, destrucción de manglares, exterminio de la fauna, impacto de la ganadería extensiva, exceso de fiestas, ausencia de planificación urbana y rural, porcinocultura primitiva, así como la destrucción de las nacientes de los ríos en las que se pretende establecer minas a cielo abierto.

La región que durante gran parte del siglo XX sirvió como portaestandarte de la identidad cultural del panameño, gobiernos de antaño y hogaño le premian con la medalla de la depredación y la condecoran con las falacias de la minería.  Todos son cómplices de entregar las tierras que en cinco siglos nuestra gente construyó -con aciertos y desatinos- en una región productiva y de altivez nacional. De reservorio de tradiciones a cloaca ambiental, tal es la meta que se camufla con los procesos de la globalización, la generación de empleo, dando en regalías lo que es nuestro, mientras se consuma la venta del Istmo y un proceso similar al vivido en la antigua zona del canal recibe el beneplácito de los poderes fácticos que se asientan a la sombra del Ancón.

Los mineros y sus cancerberos nacionales quieren hacer de Cerro Quema (el promontorio de la era cenozoica en la sierra del Canajagua, con edad de no menos de 60 millones de años) el pastel de su voracidad áurea. Hay que explotarlo, afirman, porque la pobreza no puede dormir sobre la riqueza. Y en esto emulan a adelantados, gobernadores y frailes coloniales para quienes el indígena era solo una fuerza de trabajo a su real mandato. Le brindamos trabajo al campesino, replican, olvidando que en la campiña ya no hay tales, sino panameños instruidos que usan teléfonos inteligentes y que ya no son los buchíes de inicio del siglo XX.

A la vera del río Cubitá, río De Los Maizales o río La Villa miro esta nueva tramoya contemporánea con gobiernos que quieren hacer de la minería la tacita de oro de la nación. Y emulando a los canes que eran azuzados por los conquistadores a la indefensa carne indígena, nada más falta que vengan a leernos el requerimiento y nos confinen a todos en los enclaves mineros y sumisos nos apersonemos a pagarles el nuevo camarico y, de paso, agradecerles a sus mercedes la apropiación de los bienes que nos legaron nuestros antecesores, fruto de desvelos y entereza moral.

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23 mayo 2021

EL ENGAÑO MINERO DEL PUERTO DE PUNTA RINCÓN

Cerro Quema

La historia es la maestra de la nación y nada se escapa a los veraces relatos de esta educadora magistral. Al afirmarlo pienso en lo acaecido en el puerto Punta Rincón y en toda esa zona que se extiende al oeste de ese fondeadero de la ignominia nacional. Porque lo que hacen los mineros y sus adláteres enquistados en la pirámide gubernamental, refleja la triste historia de la rapiña en la costa atlántica de las actuales provincias de Colón, Veraguas y Bocas del Toro, así como sus repercusiones en La tierra de los cholos, como dijera Rubén Darío Carles Oberto en un libro memorable del siglo XX. 
Desde el río Chagres, pasando por río Indio, Coclé, Calovévora y Crícamola, entre otros, se ha tejido esa trama de la expoliación; porque hay un rosario de piratería que comienza con la presencia de Cólon en 1502 y se extiende hasta la época contemporánea. Esa zona siempre fue codiciada por imperios, como los ingleses y franceses que se aliaban con los indígenas para intentar establecer empresas comerciales, las que además de tales, podrían convertirse en punta de lanza en la disputa con los españoles, hispánicos que moraban al otro lado del país, en la costa pacífica. Los mismos godos que en el siglo XVI explotaron la mina de La Concepción al norte de Veraguas. Y no bastó con ello, porque también fue escenario de las incursiones de los indios mosquitos que durante el siglo XVIII sembraron el terror en los colonos de Santiago, Cañazas, Santa Fe, San Francisco de la Montaña, Calobre y aún Penonomé. 
En aquella época nunca faltaron los que se aliaban con el invasor, como en el caso de los negocios entre comerciantes de Jamaica y españoles, duchos en el contrabando mediante los ríos atlánticos, los mismos por donde subían o bajaban los indígenas para intercambiar productos e incluso vender a los ingleses a connacionales y miembros de tribus rivales. El saqueo de esa región siempre fue posible mediante el mecanismo de alianzas entre forasteros y amanuenses nacionales, fueran indígenas, negros, mulatos, zambos o criollos. Entre otros metales, el oro deslumbró a los nacionales y extranjeros, porque el control del Istmo estuvo siempre en la antesala de los proyectos anseáticos que se vislumbraban para la cintura de América. 
En el siglo XIX se repitió la historia, porque hasta Bolívar en algún momento concibió a Panamá ligada a Inglaterra. Hacía el siglo XX aún seguimos pensando en la conquista del Atlántico, con un general que se asienta en un poblado, justo en el centro de este tramo geográfico, con el que pensaba santeñizar y centroamericanizar el área de Coclesito. En nuestra época arriban los mismos piratas y bucaneros con similar argumento. Afirman que el cobre y el oro salvarán a la nación endeudada, con problemas fiscales y gobiernos light. Llenos de promesas ofrecen regalías, de la misma manera que los curas doctrineros obsequiaban machetes y hachas para cristianizar al indio moro. Sí, porque hay que mirar hacia atrás para comprender los tiempos actuales en los que se regala un tajo de la nación (25 mil hectáreas ) arropado bajo la pandemia, el respeto a la inversión extrajera y el apego a las leyes de la minería. 
En la perspectiva histórica logramos comprender de dónde sale el puerto de Punta Rincón, la postura patriotera de exigir un mayor porcentaje de la ganancia bruta, mientras descuartizamos esa zona boscosa destruyendo el Corredor Mesoamericano, aunque no se aplique en este caso el respeto a la ley y valga muy poco la flora y fauna de esta maravilla de nación que es el Panamá de Justo, Victoriano y Belisario. 
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29 abril 2021

LA REGIÓN DE MARIABÉ EN 1587

 


Vista de Mariabé en 1948

En la península hay dos vocablos que el neófito en la zona suele confundir: Mariabé y Mensabé, ambos, al parecer, con reminiscencias indígenas y similitud en la grafía. Me ocuparé del primero de ellos, que nomina a un río y que también sirve para designar al poblado homónimo, perteneciente al distrito de Pedasí. El lugar que nos ocupa está casi a la vera del camino que conduce a la austral y turística población de Pedasí.

Sobre Mariabé hay poca información escrita, porque su historia apenas se conoce, y, como en otros poblados peninsulares, se acude a la tradición y a leyendas que se han forjado para dar sentido a la existencia del asiento poblacional. Sabemos que la ría cercana sirvió antaño como sitio de entrada para embarcaciones y hombres de mar que terminaron llamando puerto a la región en donde el río se interna en el mar. Algo parecido a lo acaecido con Pedasí, Guararé, Villa de Los Santos y Parita. Sitio menor es Mariabé, sin duda, pero que en su momento desempeñó un papel significativo en el avituallamiento de barcos.

Ya sabemos que son más numerosas las fuentes históricas sobre la región oriental de la península, especialmente en su parte media y norte, desde Las Tablas hasta Santa María de Escoria, en la puerta de entrada a la zona. Pues bien, leyendo hace poco el texto de Alfredo de Castillero Calvo (CONQUISTA EVANGELIZACIÓN Y RESISTENCIA, pág. 302, cita 483) me encuentro con un dato importante sobre la zona de Mariabé, la que paso, siguiendo a Castillero Calvo, a explicar.

Acontece que en el libro de Enrique Otte (CARTAS PRIVADAS DE EMIGRANTES A INDIAS, 1540-1616), que cita Castillero Calvo, aparece una carta fechada el 20 de marzo de 1587 en la que el escribiente, Celedón Favelis, se dirige a su padre residente en Madrid dando detalles sobre las peripecias sufridas en su azaroso viaje a Perú. Indica en la aludida misiva, que aquí se reproduce con la ortografía de la época, lo siguiente:

 “Parti del puerto de Panama para subir a Lima en compania del capitan Garcia de Paredes, aunque veniamos muy encontrados, jueves del octavario del Corpus Cristi, y fue un viaje de grandisimo trabajo, y donde pense morir de hambre y sed por muchas veces, porque a tres dias que salimos del puerto hubimos de arribar cuatro leguas de el en una isla que se llama Taboga, porque nos ibamos anegando, y el navio no podia andar de muy cargado, y hacia mucha agua, y fue necesario alijarle de mas de quinientas arrobas. Estuvimos en esta isla quince dias, donde se gastaba lo que Dios sabe, porque no habia sino gallinas que comer, y sin pan, y valia cada una a doce reales, y como el capitan no me daba de comer gaste mucho y hube de comprar algunas cosillas para meter. Asi yo como todos partimos de aqui y anduvimos cuarenta leguas, y porque otra vez nos ibamos anegando hubimos otra vez de arribar en un puerto en Tierra Firme que se llama Mariave (?), donde hallamos muchas terneras muy buenas, a diez y seis reales, y algunas gallinas, pero pan ni por un ojo, solo hallamos tortillas de maiz, que es el trigo de las Indias que llaman alia, pero es comida muy mala para quien no esta ensenado a ella, porque luego se hincha todo el cuerpo de granos y ronchas, y es comida que cria mucha sangre. En este puerto estuvimos diez dias, y fue necesario tornar a meter aqui matalotaje, porque ibamos muy faltos de ello, luego nos engolfamos, para tomar la costa del Peru, y lo que mas sentimos hasta tomarla fue tener desde que salimos de Panama todos los credos asi del dia como de la noche aguaceros sobre nosotros, que era lastima.”

El testimonio del viajero es importante para la historia regional y para Mariabé en particular. Tome el lector en consideración que 1587 es fecha temprana en la fase del poblamiento hispánico, si consideramos que los reductos indígenas de Parita y Cubitá fueron fundadas hacia 1558 y Villa de Los Santos, pueblo de españoles, en 1569. El hecho que se produzca el avituallamiento o matalotaje en Mensave (como lo escribe el viajero) indica que la conquista del extremo sur peninsular es más antigua de lo que se creía y que para aquellas calendas ya habían residentes morando en esos parajes dedicados a actividades agrícolas y ganaderas. Incluso aporta información sobre tópicos de la gastronomía campesina. En este sentido resulta muy afortunada la expresión: “…solo hallamos tortillas de maiz que es el trigo de las Indias…”

En lo atinente a Mariabé, el poblado santeño suma a su historia otra fecha que da testimonio sobre sus orígenes, constituyéndose en punto de partida a partir del cual ir edificando la historia comarcal y pone en evidencia la necesidad de adentrarnos en el estudio de toda esa región que se ubica al sur de la varias veces centenaria Villa de Los Santos.

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En las faldas de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 27 de abril de 2021

 

 


23 abril 2021

EL OREJANO DE PORRAS

 



Transcurría el mes de julio de1982 cuando me acerqué a la oficina de la profesora Paula Solís de Huerta – por aquellas calendas directora de la unidad académica- y le expuse la idea de editar el opúsculo del doctor Belisario Porras Barahona, que éste había redactado en Bogotá un siglo atrás. La simiente cayó en suelo fértil y en mi calidad de responsable de la dirección de Asuntos Estudiantiles y Extensión Cultural, que entonces jefaturaba, asumí l tarea de editarlo. El tiraje fue de mil ejemplares, impreso en la Imprenta El Crisol, empresa que ya desapareció para desdicha de la cultura herrerana.

En esa misma línea de pensamiento y preocupados por el desconocimiento de la investigación del hijo de Las Tablas, se publicó el primer boletín de la unidad académica al que se llamó, precisamente, El Orejano, cuyo ejemplar inicial vio la luz pública el 27 de abril de 1982 y el último en los meses de junio y julio del año 1991, luego de casi una década de publicación.

Justo para la redacción de este escrito he revisado los 75 números que reposan empastados en la biblioteca familiar. Al hacerlo he vuelto a tomar conciencia de que esa etapa histórica de nuestra universidad regional está documentada en las páginas a las que hago alusión.

Pues bien, a raíz de todo ello cavilo sobre las cosas que ha logrado el escrito que redactara el Hombre de Levita, El Kaiser tableño o para decirlo con la socarronería de los niños que en Las Tablas decimonónica fueron coetáneos de Belisario, de “Huevo de pava” como cariñosamente le llamaban, a lo mejor por los juveniles pecas en el rostro. Y es que en esta cultura peninsular nadie, ni Porras, se escapa al legado de los españoles del sur ibérico, añeja e inveterada costumbre de los hombres del antiguo Al Ándalus, es decir, la actual Andalucía de la que también somos herederos.

Es evidente que nuestra casa de estudios herrerana tiene el mérito de haber puesto de moda el vocablo orejano, término utilizado para referirse al sujeto de tierra adentro que creció en la sabana, cuando no en la sierra, mirando en la distancia las piruetas del ser que mora en la ciudad ubicada a la orilla del Pacífico, siempre ella con pretensiones de centro urbano y veleidades de urbe citadina.

Y toda esta situación tiene su encanto, no sólo en nuestra zona, sino en países como Argentina en donde lo orejano también asume su carga de exclusión y de olvido del hombre del campo. Por eso en la tierra de la inmensa pampa, Jorge Cafrune, al declamar El Orejano, imbuido de folklore y de aires vernáculos, pregona en el verso VIII  del poema gaullezco aquello de:

“Porque no tengo ni ande carme muerto,

soy más rico que esos que agrandan sus campos,

pagando en sancochos de tumbas resecas

al pobre peón que echa los bofes cinchando”

Lo de Belisario, en cambio, es la dura crítica soterrada, aunque elegante. La visión del texto, visto desde una perspectiva integral, es todo un requiebro desde las áreas interioranas; esa tierra que ha sido olvidada desde la conquista hasta el siglo XIX, cuando se escribe el alegato de la orejanidad; abandono que se prolonga con otros ropajes hasta nuestros días. Un trabajo de corte descriptivo, sin duda, pero lleno de mensajes que trascienden la aparente y bucólica remembranzas del autor.

El Orejano es un enfoque de antropología, folklorología, etnología y sociología del Panamá de ciruelas corraleras, canto de cancanela, repique de campanas, templos religiosos e improvisados tamboritos, luego del repello de la casa de quincha. Casi todo está allí contemplado, hasta las modalidades del habla interiorana que caen dentro de un enfoque lingüístico.

Desde siempre me ha interesado el ensayo en mención, por lo que el texto representa para nuestra región y el país, como eco sonoro de la identidad istmeña y de canto de la región en que hemos nacido. Aún más por la época en que se redacta, inicio de los años ochenta de la nonagésima centuria, cuando acontecimientos como la construcción del transitista caballo de hierro, las sublevaciones campesinas azuerenses de esa misma década del cincuenta, el intento de construcción del canal francés de los años ochenta están detrás de la redacción del famoso escrito surgido en tierras bogotanas, pero con la mente puesta en la tierra del Canajagua.

El nieto de Mime, casi sin proponérselo se convierte en testigo de la cultura de sus ancestros y deja plasmado en El Papel Periódico Ilustrado, que es la revista en la que aparece por vez primera, el retrato de una época, el conjunto de usos y costumbres del habitante interiorano, pero particularmente del sujeto que llamarán santeño, azuerense y herrerano. El mismo a quien le endilgan los motes de “campesino”, “patirrajao”, orejano, del otro lado del puente e, incluso, erróneamente y sin serlo, “cholo”.

Porras inaugura en el país una nueva modalidad en el estudio de la sociedad rural peninsular, porque antes que él solo encontramos referencias ocasionales, descripciones breves del hombre del campo, del ser mestizo creado por la fusión de españoles, indígenas y negros coloniales. Otra cosa es el Estado Federal de Panamá, enfoque político con pinceladas geográficas y las visiones del año 1792 del presbítero Juan Franco en BREVE NOTICIA O APUNTES DE LOS USOS Y COSTUMBRES DE LOS HABITANTES DEL ISTMO DE PANAMÁ Y SUS PRODUCCIONES. Documento en el que cura se solaza con informaciones de Chiriquí, Veraguas, ciudad de Panamá y el Darién, con énfasis marcado en los grupos indígenas. Sin duda heredero, Franco, de toda una cultura basada en las reducciones indígenas que marcaron los siglos XVI, XVII, XVIII y aún en los pródromos del siglo XIX, porque la antigua mita, la explotación minera y el camarico son instituciones que bordaron la génesis del hombre interiorano.

El Orejano se escribió justo a tiempo, cuando era necesario e imperioso, antes que la racionalidad de la temprana modernidad hiciera de la cultura campesina el objeto de la mofa de istmeños de “meollo endurecido” Afirma el tableño en el escrito: “Podrá creerse que por la palabra con que encabezamos estas líneas, que vamos a ocuparnos de los animales que no tienen la marca de su dueño…” Y hay en la cita una lección importante de quien asume su doctorado cuando no menos del 95% de sus paisanos no saben leer ni escribir. Admirable que se dedique a escribir sobre su gente, en el fondo orgulloso de su progenie, cuando en el siglo XXI no pocos, según el decir de los paisanos, les gusta “hablar por el colmillo”, anteponer la forma al contenido y renegar de sus ancestros.

En el Bicentenario de nuestra independencia de Panamá de España, con el portaestandarte del Grito Santeño del 10 de noviembre 1821, bien hace la Universidad de Panamá en editar la clarinada cultural de Porras. Honra la institución universitaria a su pueblo y envía a la nación un mensaje claro de que no es posible conmemorar las fechas relevantes únicamente a golpe de días de asueto y a son de jolgorios populares. A ella, a la Universidad, le corresponde ser la sede de la inteligencia, la cima, pero también la sabana de la sociedad y la cultura del país de Justo, Belisario, Manuel y Dora, así como de aquellos que desde el anonimato también hacen patria.

Así lo han comprendido los comités creados por la Casa de Méndez Pereira para conmemorar la excelsa fecha. Tanto más significativo si la primigenia iniciativa editorial tiene por sede la península de Azuero, región de usos y costumbres, pléyade de literatos, de orejanos ilustrados, con cutarras o sin ellas, y de campesinos que miran los barcos atravesar el canal mientras ellos esperan, desde antes de los tiempos de El Caudillo, una redención que no llega, aunque aún cargan sobre sus espaldas el motete de la cultura raizal.

A la sombra de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 12 de abril de 2021.

 

 

 

 

 

 

 


07 abril 2021

LA BANDERA LIBERTARIA

 



El pariteño Juan B. Sosa (1870-1920), que aparte de ser el padre del escritor Julio B. Sosa (1910-1946, recuerda la novela TU SOLA EN MI VIDA) también fue un destacado historiador nacional. Pues bien, el aludido publicó en la REVISTA NUEVA (Tomo V, # 6, págs. 901-904, de diciembre de 1918), un artículo titulado La bandera del Istmo en la batalla de Ayacucho. Allí deja claro que, luego de la independencia del 28 de noviembre de 1821, arribó a suelo patrio Francisco Burdett O’Connor (1791-1871), irlandés jefe del Estado Mayor bolivariano y militar de plena confianza de Simón Bolívar. Su presencia en Panamá, aparte de darle un espaldarazo al hecho emancipador, buscaba reclutar panameños para que formaran parte del llamado Batallón Istmo, el mismo que luego sería parte de la Batalla de Ayacucho del 9 de diciembre de 1824.

En este artículo Sosa cita al propio Francis Burdett O’Connor al referirse a la confección de una bandera bolivariana en tierra panameña; se trata del mismo pabellón que flameara, como dice Sosa, en el Cundurcurca como “la bandera gallarda de los libres”. Todo esto posterior a la Batalla de Matará (3 de diciembre de 1824) y la actuación destacada, junto al Batallón Vargas que dirigía, el capitán panameño José Antonio Miró, sobrino de Francisco Gómez Miró, personaje ligado al 10 de noviembre de 1821.

Escribe Francisco Burdett O’ Connor: “En aquellos mismos días fondeó en el puerto un buque procedente de la China, en el que compré un cajón de té y una buena cantidad de finísima seda con los colores del pabellón de Colombia amarillo, azul y colorado, de la que mandé hacer una hermosa bandera para mi Batallón Istmo”

Las referencias de O’Connor son relevantes en el estudio del pabellón que ideara Francisco de Miranda (1750-1816), enseña que luego se convertiría en la bandera de Colombia, Venezuela y Ecuador. La misma que flamea aún en tierra santeña y que se erige, cargada de historia y de simbolismos libertarios, en la zona istmeña en donde se proclamó por vez primera la independencia de Panamá de España.

El relato comprueba que la bandera tricolor (azul, amarillo y rojo) ya estaba en tierras istmeñas por aquellas calendas; y lo afirma nada más y nada menos, que una figura prestante del proceso de independencia Latinoamérica. Lo ratifica el irlandés convertido en bolivariano que nos legó sus memorias personales, publicadas en 1895, bajo el nombre de Independencia americana: recuerdos de Francisco Burdett O’Connor.

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En las faldas de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 7 de abril de 2021.

 


02 abril 2021

EL VÍA CRUCIS DE LA BIBLIOTECA PÚBLICA DE LAS TABLAS



La biblioteca es el depositario de la historia de una colectividad humana y muchas veces podemos valorar a una determinada sociedad basándonos en la biblioteca que posee, como indicador de la salud mental de la misma; al igual que la naturaleza de sus parques, templos, cementerios, escuelas o la conservación, en general de su patrimonio cultural.

La capital provincial santeña tuvo una biblioteca -la Carlos L. López- en la calle que conduce a la sede de una de las emblemáticas tunas del carnaval tableño: Calle Abajo de Las Tablas. En época de jarana popular por allí se agrupa el gentío en tiempo de la fiesta de Momo y la aludida sede de la inteligencia es sahumada por suspiros, ayes, cantos y pólvora.

Habrá ya algunos años esa casa de la cultura sigue cerrada, pero no por designios de Dios, sino por desidia humana. Porque cuesta trabajo creer que en todo este tiempo no se haya podido hacer nada para que abra sus puertas. Si transita por allí la verá mustia y llorosa, como apenada de tan lamentable postración cultural. Y no es que los que allí laboraban no la hayan amado -que me constan sus desvelos-, sino que ella es la víctima del proceder de quienes sostienen los hilos del poder, aquellos que todos lo miran pensando en las elecciones a cargo popular. Y como las bibliotecas no votan, no son sujetos de sus desvelos, si es que alguna vez los tuvieron.

Una ciudad como Las Tablas merece una biblioteca moderna, dotada de tecnología y las últimas producciones del género humano. Y no me refiero a la construcción de una casa de cuatro paredes, como es la costumbre, sino de un edificio que partiendo de su diseño arquitectónico, sea una invitación a disfrutar la estadía en ese lugar del conocimiento.

Yo no me avergüenzo de la que tuvimos, porque bien que la visité y encontré en ella no pocas joyas de la inteligencia humana, lo que lastima mi sensibilidad es verla cerrada por tanto tiempo, como si ella fuera un ente con lepra u otra pandemia. Porque preocupa no solo el mensaje que pregona su elocuente silencio, el desdén por los libros que simboliza, sino la imagen colectiva de una ciudad que no merece tanto desprecio.

Por favor señores del poder político, abran ya esa biblioteca, antes que Porras tengo que regresar para volver a escribir aquel famoso artículo del siglo XIX en el que se dolía de que en la ciudad de Panamá nadie leía.

.......mpr...

A la sombra de cerro El Barco, Villa de Los Santos, a 2 de abril de 2021.