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11 febrero 2010

INGENUIDAD CUADRÚPEDA

“Viajamos apretujados, en este camión sin rumbo; acaso nos llevan a otro potrero”, pensó el hermoso torete entre terneras y vacas, mientras el transporte de vacunos se desliza sobre la cinta de asfalto. En ruta hacia la muerte, las reses sueñan con un mundo de pasto y de agua fresca, mientras en la cabina el propietario de los cuadrúpedos suma y resta en su calculadora. ¡Qué pena de mundo!, cuando la vida es un trozo de carne y el futuro un billete verde.

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28 octubre 2008

LA PALMERA PRESUNTUOSA

Cuentan que una presuntuosa palmera se columpiaba con la brisa y en su altivez miraba con desdén al resto de la vegetación. Cargada con jugosos racimos de pipas, sus numerosas pencas se acicalaban mutuamente. Día tras día repetía aquel ritual, cual danza de hedonismo y Afrodita de la selva. De poco servía que, ocasionalmente, el viento detuviese sus brazos vegetales y que inevitablemente cayesen sobre su cuerpo; porque entonces miraba su tronco, se imaginaba delgada y su arrogancia llegaba al extremo de concebirse como diosa con cintura de avispa y cabellera de estrellas. Pues bien, aconteció que una noche borrascosa, con truenos y relámpagos, cuando octubre mostraba toda su fiereza invernal, un rayo vino a echar por tierra su fingido esplendor. La fuerza de Natura le dejó apenas el cogollito insignificante y una que otra penca chamuscada. Al amanecer, la palmera presuntuosa se miró tal cual era realmente: otra criatura más de la creación del universo. Cabizbaja miró sus raíces, y allá abajo, emergiendo del fango, percibió una minúscula flor que con intensos y titilantes colores reflejaba la luz del astro sol. Entonces pensó para sus adentros: “Pobre de mí”, dijo, “he vivido creyendo que mi belleza era eterna. Qué tarde he aprendido que quien se cree estrella sin serlo, un buen día descubre su fugaz resplandor de luciérnaga.” 
  A las sombras de Cerro El Barco, Villa de Los Santos, octubre de 2008.

24 enero 2008

EL GALLOTE ( Una fábula santeña)



Cuentan que un gallinazo o gallote vivía en la cumbre del Cerro El Barco y en las tardes se posaba sobre la rama de un escuálido guácimo que había en la cima del promontorio. Desde allí, mirando en lontananza, recordaba las piruetas que hacía sobre la cumbre de Cerro Quema y del Canajagua. Pensaba en los insignificantes mortales que habitaban en los parajes sabaneros. “He allí la perdiz minúscula, la culebra rastrera, las ratas de rastrojo y los becerros azotados por la brisa salobre del mar”, decía. De vez en cuando extendía sus alas al viento, las miraba de reojo y entonces sonreía para sus adentros. “No hay nadie como yo”, meditaba. “El plumaje negro y esa capacidad que tengo para ver la presa a cientos de metros”. “Da gusto ser gallote y tener el control de los cielos. Sin duda, Dios cuando hizo el mundo pensó en mí como la suma de la creación”. Pero pasó el tiempo y un día, extraviado de las alturas andinas, apareció un cóndor majestuoso y casualmente vino a posarse sobre la rama predilecta del gallote. Revoloteaba el zopilote sobre las alturas y sus ojos no podían creer que existiera un pájaro así. Entonces pensó: “Dios, cómo eres, menos mal que es mi propia sombra reflejada por el sol”. Y se alejó contento a posarse sobre otro árbol de la sabana.