La Ley 22 de
diciembre de 1864, sobre división territorial, expedida por la Asamblea
Legislativa del Estado Soberano de Panamá, mandata que en el Departamento de
Los Santos se establezca el Distrito de Guararé. Como dato curioso he observado
que en el artículo 41, a la hora de indicar los distritos que componen el
departamento -Chitré, Guararé, Macaracas, Las Minas, Ocú, Parita, Pedasí, Pesé,
Pocrí, Santamaría, Los Santos y Las Tablas- se señala que los mismos forman
parte de la Península de Los Santos y no de Azuero. La cabecera departamental era
Los Santos.
Por otro
lado, sabemos que la erección definitiva
del municipio de Guararé no se produce hasta la Ley 7 del 21 de enero de 1880.
Sin embargo, en la citada ley de 1864, aparecen los límites del distrito
guarareño con los de Los Santos y Las Tablas. En efecto, en el artículo 43 se
indica lo siguiente:
“Art. 43. Los
límites del distrito de Guararé con el de Los Santos, desde el mar Pacífico
frente a la boca de la Honda; aguas arriba esta la confluencia de la quebrada
del Hato, aguas arriba de esta hasta 1as cabeceras de la quebrada de La
"Limona," i de allí, línea recta al cerro de la Obligación, línea
recta de este, al río de Guararé, aguas arriba hasta sus cabeceras, i de allí
al cerro de Canajagua, hasta las cabeceras del rio de Perales. Con el de las
Tablas será desde el mar Pacífico frente al cauce de la quebrada Las Lajas"
i "Cocobolos”, aguas arriba hasta media milla de distancia, de los
Potreros denominados de los "Parrillas," tirando una línea recta de
esta distancia, hasta la punta del Papayo, y desde aquí otra línea recta hasta
la quebrada de La Armita, aguas abajo hasta su desagüe al rio de Perales, i de
este o aguas arriba basta su cabecera”.
Este conjunto
de cambios administrativos, como en el caso guarareño, fueron moneda corriente
en el siglo XIX, centuria caracterizada por permanente conflictos entre grupos
conservadores y liberales, los que llevaron a la región a una zozobra
administrativa que contribuyó a enconos regionales que no pocas veces se
lavaron con sangre. Tal vez esas diatribas también fomentaron rivalidades entre
los pueblos que aún hoy se ven sublimados en los carnavales y disputas deportivas.

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