sábado, 26 de enero de 2008

EL HOMBRE Y LA CULTURA DE AZUERO

[1] Me propongo en este escrito reflexionar en torno a la existencia de la personalidad colectiva del habitante de la región azuerense. Asumo como válido que todo pueblo tiene su idiosincrasia; sus maneras de obrar, pensar y sentir, las que le diferencian de otros grupos humanos. Lejos estoy de cavilar sobre este tópico con ánimos de fomentar regionalismos estrechos, pugnas pueblerinas o rivalidades de aldeanos de meollo endurecido.
Parto reconociendo el hecho geográfico, histórico y cultural de habitar una península con nombre de colombiano santanderista. Le continuaré llamando Azuero, aunque en rigor se trata de las provin­cias de Los Santos y Herrera, a las que debemos añadir el extremo sur de la Provincia de Veraguas. Divisiones políticas únicamente, porque, etnográficamente los rasgos culturales son similares.
Tratar de aportar luces sobre este tema supone el dar respuesta al interrogante de qué ha hecho de Azuero lo que es. Es decir, qué factores han condicionado la formación del hombre que reside en dicha sección geográfica del país. Creo que algunos de esos factores no pueden ser otros que los que denominaré condicionantes geográficos, histórico estructura­les y culturales. Todos ellos interactuando para crear el producto cultural que denominamos como azuerense.
Como todo lo terreno, ese producto cultural tiene facetas de signo positivo y negativo e intentaré señalar algunas de ellas. Finalmente, señalará los desafíos que se imponen en los próximos años a los que habitamos en esta zona del país. Añadiré, también, una bibliografía para aquellos lectores que están interesados en profundizar en la temática.

Los condicionantes geográficos

Ya sabemos que Azuero es una península que se interna en el Océano Pacífico y que delimita las fronteras occidentales del Golfo de Panamá. Tierra y mar, amplias costas y la presencia permanente de los vientos alisios. Posee extensas llanuras que mueren en los litorales y el llamado Macizo del Canajagua, este último con altitudes que apenas logran superar los mil metros.
En esta península el hombre desde que nace es impactado por algunos elementos naturales: brisa, sol, río, mar y tierra. Aprende a valorar las resequedades de marzo, la brisa dicembrina con sabor navideño, el olor a tierra mojada y los paseos a playas y ríos durante la estación seca. Es la particular forma como se combinan dichos elementos lo que determina la percepción que el azuerense tiene de las tierras que se inician en Divisa y van a morir en la playa "Venao", en los litorales de Cañas o en la desembocadura del Río Búcaro.
Planicies al este, y áreas un poco montañosas al oeste; el hombre de la costa en vínculos con el de la montaña. Esos accidentes geográficos delimitaron espacialmente el hábitat histórico de grupos humanos predominantemente mestizos con una presencia mayoritaria de grupos negros coloniales en Santa María, Parita, Chitré, la Villa de Los Santos y, en menor grado, Pocrí.
La conquista, realizada en la costa, expulsó a la población indígena hacia la montaña. Todavía hoy los rasgos somáticos, de marcada influencia precolombina, están presentes en distritos como Los Pozos, Las Minas, Macaracas y Tonosí. Es más, no es casual que los ranchos existentes en Azuero abunden en distritos que, como los anteriores, muestran indicadores socioeconómicos de mayor pobreza.
Accidentes geográficos de poca monta, si los comparamos con otros países latinoamericanos, constituyen para el azuerense un símbolo de su tierra. Ese es el caso de elevaciones como el Canajagua, al que la mayoría de la población considera como la encarnación de su cultura. Y conste que existen otros cerros con mayor altitud -como Cerro Hoya- que superan en centenas de metros al aludido. No obstante, dada la visibilidad del Canajagua, éste se constituye en la musa de campesinos y de intelectuales, amas de casa y comercian­tes lugareños.
Vemos, así, que sin plantear un determinismo geográfico decimonó­nico, no podemos dejar de considerar la incidencia de este factor en la estructuración de la cultura azuereña.

Condicionantes histórico-estructurales

En una región de tímidas montañas y extensas llanuras, durante la conquista ibérica tuvo que producirse lo inevitable: el casi total exterminio de la población aborigen. Retomando la feliz expresión de la recordada antropóloga Reina Torres de Araúz, podemos decir que se produjo la decapitación de una cultura.[2]
Hoy la estructura agraria azuerense refleja todavía esa inacabada pugna, entre la utilización de los espacios geográficos al estilo ibérico, y la visión que tenían los súbditos de los tibas. Lucha que en la actualidad se hace más explícita entre una economía campesina vs economía capitalista.[3]
El minifundio, tan característico de esta parte del país, tiene su génesis en el poblamiento que desde el Siglo XVI se hizo en pequeñas aldehuelas y diminutas haciendas diseminadas por los campos aledaños.[4] Una perspectiva del mundo impregnada de rurali­dad nació al calor de las reses, los campanarios y las festividades religio­so-paganas.
Cuando, hacia la segunda mitad del siglo XIX, el liberalismo comienza a retar a esas estructuras socioeconómicas, forjadoras de un mundo estático, se inicia el dilema entre modernidad y rurali­dad, entre guarapo y Coca-Cola. Ahora bien, lo central es percatar­se que ese desafío, apenas presentido y estudiado, se ha edificado sobre hábitos incólumes, costumbres, formas de producción y de vida que no han podido ser transformadas en su totalidad. Es decir, transnacionales agroalimentarias se instalan en el mismo río en donde campesinos olvidados siembran con "coa" y pasan el verano en covachas.
Lo anterior es lo que subyace realmente en el fondo de los problemas más apremiantes del área: el exterminio de los recursos naturales y la numerosa corriente de emigrantes que deambulan por toda la geografía nacional. El campesino, hijo y continuador de la conquista, reproduce el estilo de vida allí en donde únicamente puede hacerlo, en áreas rurales de Darién, Coclé, Colón y la Provincia de Panamá. Por su parte, los orejanos semiurbanizados de Chitré, la Villa de Los Santos, Guararé y Las Tablas se regocijan con las luces de la ciudad cosmopolita que duerme a la orilla del Canal.
Aunque parezca contradictorio, la original simbiosis entre economía capitalista y economía campesina, no se resuelve por el exterminio radical de la primera sobre la segunda, sino que se prolonga en la lenta agonía de sectores campesinos que son de utilidad en los períodos de la zafra del melón, tomate, sal, ajíes y otras hortalizas.
Como veremos, estas manifestaciones de las estructuras socioeco­nómi­cas afloran con mayor dinamismo en la cultura y formas de pensar del hombre de Azuero.

Condicionantes culturales

Se ha repetido en múltiples ocasiones que Azuero es el área más hispanizada de Panamá. Autores como Belisario Porras Barahona, Rubén Darío Carles Oberto, Hernán Porras y otros han plasmado en sus escritos esa visión del azuerense.[5] No obstante, sin que podamos negar lo anterior, debe reconocerse la impronta cultural de otros grupos.
Me refiero a la innegable presencia del negro colonial y la cobriza presencia de lo indígena. Existe, en Azuero, un amasijo cultural en donde lo hispánico se convierte en lo hegemónico sin haber logrado doblegar en su totalidad a lo indígena y lo africano. Por ello, pese a todo, África sigue cantando en el zaracundé de la Villa de Los Santos, en el repique de tambores del tamborito y en las imborrables huellas genéticas de los negros de Parita o Santa María.
Por su parte, lo indígena se nos muestra en nuestros gustos culinarios por el tamal, los bollos y la chicha de junta. Está en el baile de las Pajarillas de San José, en el mestizaje del ocueño, y en los pómulos salientes de algunos habitantes de sitios como Macaracas y Los Pozos.
Ahora bien, lo importante es destacar aquí ese predominio de lo hispánico sobre lo africano e indígena. Se cumple a cabalidad, en este caso, aquella corriente de opinión que ve a la historia colo­nial como la versión de los vencedores. Tanto es así, que un negro colonial de la Villa de Los Santos o Parita, se mira a sí mismo como un orejano más y no como un remoto familiar de los negros afroantillanos que habitan la Zona de Tránsito. No en vano han transcurrido algo más de cuatro centurias: el adoctrinamiento emprendido por los curas coloniales desnaturalizó sus orígenes y sembró en sus conciencias una nueva forma de percibirse a sí mismo. En pocas palabras, podríamos decir que se emblanqueció, que se hizo culturalmente mestizo. Es más, sería temerario pretender que retornaran a ser algo que ya no son; lo cual no implica negar la utilidad de reconocer sus raíces ancestrales.
Otra de las incidencias, esta vez de lo cultural sobre lo económico, la encontramos en el predominio de la ganadería y la agricultura en una región de extensos litorales. Resulta irónico que habitando una península la actividad económica de ésta se haya desarrollado de espaldas al mar. En efecto, el impacto monetario de la pesca es insignificante y tiene como represen­tantes mayori­tarios a pescadores artesanales para los cuales esta actividad no es su único ingreso familiar. Aquí se vive una suerte de ritualismo económico que repercute a diversos niveles. Uno de ellos es el alimenticio. Constatamos el predominio de alimentos de tipo cárnico, en especial la carne de res, que parece ser insepara­ble de la dieta de nuestros pobladores. Tal pareciera que mucho tiene que ver en ello la imposición de un patrón castellano en donde el pastoreo ha sido la nota dominante, porque en Azuero los españoles transforman los espacios geográficos; pero también imponen sus hábitos alimenticios.
De no menor importancia que los anteriores factores culturales, podríamos señalar lo que el azuerense denomina como el "pueblo". Para él éste es todo un mundo exterior al campesino; un lugar en donde se vienen a realizar las transacciones comerciales, se entablan vínculos de sociabilidad o se es juguete de los caciques de aldea.
Históricamente el clásico diseño de tablero de ajedrez, que imponen los españoles, permitió centralizar los mecanismos de poder en contra de la campiña desolada. En torno a la plaza estará la capilla o iglesia, la presencia de los corregidores y alcaldes, pero también los apellidos de alcurnia, de reales o supuestos títulos nobiliarios. Allí están los blancos en contraposición a los zambos, negros y mestizos. De modo que el "pueblo" es la civiliza­ción, lo urbano, la sabiduría de los burócratas sobre el reinado del analfabetismo.
Para una población mayoritariamente dispersa hay algo de oculta religiosidad, de temores inconfesos en el acto de arribar a un área que representa la ley, la autoridad, el sitio de realización de los "trámites". Es más, puede ser percibido, quizás inconscientemente, como algo sacro, como el encuentro con la deidad en la realización de la eucaristía dominical. Esta concepción que nace de la materialización de lo urbano, invade hasta las manifestaciones más triviales de la conducta cultural; desde la determinación del candidato por quien se ha de votar en las elecciones, hasta el vestido que resulta apropiado para determinado evento social.

El hombre azuerense

Los hechos arriba expuestos han ido moldeando una forma particu­lar de ser, un estilo característico de vida, una cultura específica. Por ello es posible intentar determinar los rasgos que distinguen al hombre que habita estos parajes interioranos.
Inicialmente conviene destacar un elemento que parece ser central en el azuerense, me refiero a su alta identidad cultural. El hombre de estas tierras siente como algo muy propio a su pueblo, su aldea, su huerta, sus vestidos tradicionales o sus festivida­des.
En este punto resulta provecho detenerse un instante. Ya hemos visto cómo una serie de condicionantes de diversa índole le han conducido a percibirse como actualmente lo hace. Acontece que esa particular percepción del terruño, llevada y transportada a otros lugares por las corrientes migratorias del Siglo XX, ha contribuido a homogenizar la cultura panameña. Claro que ello tiene sus aristas positivas y negativas. Los azuerenses han instaurado una especie de colonialismo cultural interno que lentamente está siendo corregido al destacarse en las últimas décadas el aporte de otros grupos humanos como los ngöbe-buglé, emberá-wounaan, afroantillanos, kunas y otros.
Lo que no se le puede regatear a los azuerenses es que ellos, en las primeras décadas de la presente centuria, cuando la penetración cultural adquiría nuevos bríos, supieron hacer frente a la misma anteponiendo sus valores culturales, aun al costo de la comercializa­ción de sus manifestaciones folklóricas. En este sentido, nuestros campesinos, desde sus minifundios improductivos, contribuyeron a la forja de la panameñidad.
Hernán Porras decía en uno de sus escritos que el campesino pequeño propietario azuerense poseía un catolicismo indiferente.[6] Afirmación que compartimos, ya que siempre me ha parecido muy válida esa caracterización para definir la conducta de un grupo humano en el que percibimos una mezcla de religiosidad y paganismo. Dice nuestro hombre ser católico, pero es un poco apático a los rituales del mismo; para él la iglesia es sólo el edificio y no una congregación de hermanos empeñados en hacer posible la palabra del Redentor. Es debido a ese sincretismo cultural, de indudable génesis colonial, que algunos eventos religiosos terminan convertidos en festividades paganas. Tal es el caso de las fiestas patronales a las que algunos burlonamente han terminado por denominar "San Bolsillo".[7] Igual fenómeno acontece con los denominados "cabo de años", donde el aniversario de la desaparición física del difunto termina por convertirse en un opíparo banquete para decenas de comensales que pueden degustar los más variados platillos.
También podríamos decir del azuerense que es parrandero; vocablo con que el que queremos significar que le gusta la jarana, el baile, la fiesta. No obstante, la afirmación hay que tomarla con mucha reticencia; porque si bien es cierto que nuestros coterráneos heredaron de los españoles los hábitos festivos -como la celebra­ción de las fiestas de toros-, no menos válido es que tales manifestaciones no tuvieron el ímpetu que les caracteriza en la actualidad. La borrachera de acordeones existentes no se promueve en la región hasta mediados del Siglo XX y, en especial, después de la Segunda Guerra Mundial.
En efecto, no es hasta tales épocas cuando los medios radiales, de prensa y televisivos, comien­zan a vender la imagen de un folklore adulterado. Precisamente, ese alto concepto de identidad cultural al que hacíamos alusión, es el que ha hecho posible que, desvirtuado en sus esencias, el azuerense haya terminado por tomar demasiado en serio la trillada frase de "la tierra del folklore". Así las cosas, la mayoría de los bailes de acordeones, las cantaderas, y hasta los carnavales disten mucho de ser una expresión folklórica y, a lo sumo, podríamos denominar­las como fiestas típicas o de proyección folklórica.
Igualmente, al hablar de este hombre panameño se hace obligatorio el interrogarnos sobre la ideología que le distingue. Podría asumirse acríticamente que, tratándose de una región eminentemente rural, estamos ante sectores de población típicamente conservado­res. Y en verdad, hay algo de acierto en la afirmación, por cuanto la existencia del minifundio ha significado, en alguna medida, una ideología de apego al recurso tierra, una rutinización de las costumbres y un enclaustramiento teológico. Un mundo regido por las capillas y el rumiar indiferente de las vacas no pareciera ser terreno fértil para promover rupturas en las formas del pensamien­to.
Empero, no debemos olvidar que la integración de la región a la Zona de Tránsito se produjo con mayor ímpetu desde la construcción del Ferrocarril Transístmico, el Canal Francés y, más recientemen­te, el Canal Norteamericano. El paso de una economía campesina a otra regida por la oferta y la demanda, es producto precisamente de la nueva modalidad que asume esa integración. Conviene no olvidarlo para la correcta comprensión de su cosmovisión.[8]
Ya en la quinta década del siglo XIX, se produjeron en Azuero movimientos campesinos que en lo medular son el choque entre los resabios coloniales y el impacto del liberalismo que se abre paso en el plano jurídico.[9] Más recientemente encontramos reminiscen­cias de tales pugnas ideológicas en las latentes rivalidades de pueblos como La Villa de Los Santos y Chitré o en los casos de Las Tablas y La Villa de Los Santos. Porque Chitré es el capitalismo innovador que arriba por el puerto de El Agallito; Las Tablas, la nueva capital provincial que imponen los liberales; la Villa de Los Santos, la añeja población que añora los blasones peninsulares mientras languidece a la sombra de su iglesia colonial.
De modo que no estamos ante un conservatismo exagerado; frente a una muralla infranqueable, erigida contra los nuevos tiempos, sino ante unas gentes y una economía que ha recibido más influencias de lo que a primera instancia pereciera. Al respecto, sería provechoso investigar en torno a si esa modalidad de integración no ha sido la que condujera a la región a constituirse en una península expulsora de población. Pudiera ser, también, que ese apego hacia el folklore sea, en alguna medida, un mecanismo de defensa colectivo.
Si Azuero fuera una región en extremo conservadora, tampoco po­dríamos explicarnos en su totalidad el hecho de que sea este mismo pueblo el primer productor nacional de tomate o que haya acogido con tanta facilidad las diversas tecnologías agropecuarias. Tampoco podríamos entender sus faenas colectivas en las juntas, hermosa manifestación de un socialismo rudimentario.
Acaso lo que no deberíamos confundir son las manifestaciones ideológicas de los partidos políticos, con las ideologías propia­mente dichas, entendi­das éstas como una cosmovisión del mundo. Porque el liberalismo como doctrina política inició su declive desde las ideas progresistas del Dr. Belisario Porras Barahona, hasta casi desaparecer con la extinta Asamblea Nacional de Representantes de Corregimientos. Estamos hablando de un período de algo más de un siglo que se inicia con Pedro Goitía, en la década del cincuenta del Siglo XIX, pasando por el arraigo en las masas de Porras, los manejos políticos de los López y León, en la Provincia de Los Santos, o el Dr. Arnulfo Escalona Ríos, en la Provincia de Herrera.
Muy vinculado al tópico de las ideologías está el hecho de demostrar un profundo apego a la propiedad privada. No debe olvidarse que la existencia histórica del minifundio impregna no sólo las relaciones sociales, sino que se extiende al homo económicus. Este siempre ha pensado que en la Península todos tienen su pedacito de tierra, aun cuando ésta sea sólo un remedo de propiedad privada. Un típico azuerense siempre afirmará que no existen grandes contradicciones sociales y que el que nada tiene es un flojo o perezoso.
Se supone que los azuerenses son entes trabajadores, emprendedo­res y capaces de irse a probar suerte en cualquier lugar del país. Así justifica el hombre de estas tierras la existencia de uno de sus principales problemas, el emigratorio. Una explicación sublimadora y poética del hecho de que realmente tenga que hacerlo debido a la existencia de una estructura agraria de expulsión caracterizada por el reinado de las vacas, de la faragua y de las transnacionales que comercializan la leche y el tomate. Todo esto amenizado por las murgas, las falsas cantaderas y los acordeones.
Sin agotar el repertorio de rasgos que distinguen al hombre de la región de Azuero, hemos tratado de comentar los más relevantes. Algunos de ellos son de vieja data, otros, de un pasado relativa­mente reciente. Se imponen ahora unas reflexiones sobre el momento actual y los restos que nos plantea.

Los nuevos desafíos

Es innegable que durante el siglo XX se ha acelerado la integra­ción azuerense a los esquemas de desarrollo nacional. Aferrarse en esta época a valores ya superados, es tan perjudicial como promover un cambio social a tientas y a locas. Desafortunadamente para la zona azuereña, y para el Interior en general, lo que ha prevalecido es la última opción. Porque si alguna vez nuestros pueblos se han vuelto introvertidos, es porque les atemoriza la destrucción acelerada de su mundo. Les sucede lo que al erizo, que opta por replegarse y llenarse de púas.
Si deberas queremos desarrollarnos, no podemos continuar modernizándonos sobre la base de estructuras económicas y sociales apenas modifica­das. Es conveniente ir edificando una economía más centrada en el hombre; resultando de una utilidad relativa que algunos paisanos puedan comunicarse telefónicamente con el Japón mientras el hombre de Las Minas lo que necesita con urgencia es mejorar su alimentación y poder colocar sus productos en el mercado. Una vaca no puede continuar siendo más importante que un hombre, si es que de verdad queremos hablar de desarrollo. Urge, en consecuencia, modificar las estructuras agrarias que obstaculizan ese avance socioeconómico.
Pero, ya que estamos centrados en la variable cultural, concen­trémonos en ella. Acontece que hemos pasado de una cultura en donde la transmisión de las costumbres era de tipo oral, a otra donde los medios de comunicación de masas distorsionan nuestro mundo. Tales medios no pueden continuar colocándose en las antípodas de la cultura. Así, la radio se nos muestra increíblemen­te extranjerizan­te o cansonamente folklorista, como si su función social fuese la conformación de seres de raciocinio limitado.
Por otro lado, en una situación de casi inercia cultural, se encuentran las instituciones responsables de la socialización educativa. Me refiero a los centros de enseñanza que a duras penas logran estructurar una política cultural. En Azuero la escuela no ha hecho lo suficiente y ha caído en un folklorismo alienante.
Antes que ser un faro cultural se está constituyendo en una promotora de la adulteración cultural; tal es el caso de la celebración del halloween (noche de brujas) o los famosos reinados estudiantiles que reproducen en el claustro escolar rivalidades carnestoléndicas.
Pienso que es urgente iniciar cuanto antes el rescate de nuestros valores culturales nacionales, y en el caso que nos ocupa, los que han distinguido a la región. Mucho tendrán que aportar en este aspecto los centros de enseñanza a nivel primario, secundario y universitario. Ello supone el incentivar actividades que hagan posible tal rescate. Necesitamos mayor investigación; contribucio­nes científicas que se alejen de las descripciones fáciles, de los caminos trillados y de repetir únicamente lo que al lector le gusta. Nadie investiga para decir cosas agradables, sino para tratar de aprehender la realidad tal y como esta se presenta.
Debemos tomar conciencia de que sólo a nivel de educación superior, Azuero tiene [1995], cinco Centros Universitarios y una Universi­dad Popular. Las instituciones de enseñanza superior deberían asumir su liderazgo; nada justifica sus limitadas contribucio­nes en las labores de investigación y extensión cultural. Podría argumentarse la carencia de recursos económicos, pero no debemos olvidar que en nuestro país las labores culturales siempre se han realizado casi sin partidas presupuestarias. Lo que necesitamos es una mayor dosis de creatividad y de conciencia docente y ciudadana.
Hay que crear un hombre nuevo, un ser de mente ágil y abierto a los avances de la cultura universal. Esta apertura debe estar antecedida de un hombre orgulloso de su patrimonio cultural. Para ello tendremos que superar las visiones parroquiales, los regiona­lismos estrechos y las actitudes xenofóbicas. Las grandes culturas son precisamente las que han sabido asimilar las contribuciones de otros pueblos, pero sin desvirtuar sus propias esencias.
Si la cultura creada por el hombre que habita nuestra región peninsular ha contribuido a cimentar el Estado Nación, ya es hora que el mismo Estado contribuya a superar los escollos que desvir­túan nuestras raíces ancestrales. El hombre azuerense -como el ngöbe-bugle, el dule, el emberá y el afroantillano-, debe asumir una posición mucho más beligerante; porque, de cara al futuro, lo que está en entredi­cho es la propia existencia de la cultura nacional.

Lecturas recomendadas

El siguiente es un conjunto no exhaustivo de lecturas que recomendamos a los interesados en profundizar en el conocimiento de la cultura y el hombre de Azuero.

Alba, Manuel María.
1956 "El hombre del Canajagua"; en ESTAMPAS PANAME­ÑAS. Panamá: Departamento de Bellas Artes y Publicaciones del Ministerio de Educación, 1956, págs. 167-174.
Aparicio Bernal, José I.
1988 LOS GRUPOS DOMINANTES DE AZUERO (1854-1968). Chitré: Impresora Crisol S.A., 138 págs.
1993 "Introducción a la bibliografía histórica de Azuero"; en REVISTA LOTERIA # 398, Edición de la Lotería Nacional de Beneficencia, Panamá: Litho Impresora Panamá S.A., noviembre-diciembre de 1993, págs. 35-46.
Araúz, Reina Torres de.
1972 NATA PREHISPANICO. Edición del Centro de Investiga­ciones Antropológicas. Panamá: Imprenta Universitaria, 140 págs.
Arjona Osorio, Alberto A.
1992 RAICES CHITREANAS. Panamá: Imprenta Edicano S.A., 482 págs.
Arosemena, Celia Moreno de
2004 REMEMBRANZAS DE LA VILLA DE LOS SANTOS. Panamá: Imprenta Universitaria, 349 págs.
Arosemena Moreno, Julio
1994 DANZAS DE LA VILLA DE LOS SANTOS. Panamá: INAC, 136 págs.
Batista Cedeño, Gustavo y Melquiades Villarreal Castillo
1989 PEÑA BLANCA: SU HISTORIA, SU GENTE Y LA FESTIVIDAD DE SAN ANTONIO DE PADUA. Panamá: Talleres Senda, 147 págs.
Carles Oberto, Rubén Darío.
1943 LA GENTE DE ALLA ABAJO. Panamá: Talleres de The Star Herald Co., 124 págs.
Castillero Calvo, Alfredo.
1971 LA FUNDACIÓN DE LA VILLA DE LOS SANTOS Y LOS ORÍGENES HISTÓRI­COS DE AZUERO. Panamá: Ministerio de Educación, 227 págs.
Castillero Carrión, Francisco.
1985 RECUERDOS HISTÓRICOS DE GUARARÉ. Edición de la Universi­dad Popular de Azuero. Chitré/Herrera: Impresora Crisol S.A., 31 págs.
Círculo de Escritores de Azuero (CEA).
1999 REVISTA CEA # 1. Chitré: Impresora Crisol S.A., 139 págs.
2007 REVISTA CEA # 2. Chitré: Rapid Impresos S.A., 52 págs.
C.R.U.A.
1987/88 REVISTA ANTATAURA # 1 Y # 2. Chitré/Herrera: Impresora Crisol S.A..
Delgado, Francisco y otros
1985 COMPENDIO DEL DESARROLLO HISTORICO, ECONOMICO, SOCIAL Y CULTURAL DE LA PROVINCIA DE HERRERA. Chitré/Herrera: Impresora Crisol S.A., 26 págs.
González Ruiz, Sergio.
1962 VEINTISEIS LEYENDAS PANAMEÑAS. II edición. Panamá: Imprenta Nacional, 232 págs. (Existe una reimpresión de la II edición fechada en 1987).
Heckadon Moreno, Stanley.
1983a CUANDO SE ACABAN LOS MONTES. Los campesinos santeños y la colonización de Tonosí. Panamá: EUPAN/Smitsonian Tropical Research Institute, 172 págs.
1983b "Los bosques comunales en la economía tradicional de Azuero"; en REVISTA LOTERIA # 322-323. Panamá: Lotería Nacional de Beneficencia, enero-febrero de 1983, págs. 5-25.
Huerta, José E.
1930 ALMA CAMPESINA. Colón/Colón: Haskin New Service, 191 págs.
Jaén Suárez, Omar.
1978 LA POBLACION DEL ISTMO DE PANAMA DEL SIGLO XVI AL SIGLO XX. Estudio sobre la población y los modos de organización de las economías, las sociedades y los espacios geográficos. Panamá: Impresora de La Nación, 603 págs.
Miró Grimaldo, Rodrigo
1985 "La contribución de Azuero a la cultura nacional"; en REVISTA EPOCAS (Segunda Era), Año 4, marzo de 1987, págs. 2-4.
Molina, Alfonso
1977 ESTAMPAS DEL AYER Y DE HOY. Panamá: Editora del Poder Popular, 126 págs.
Moscoso Barrera, Antonio.
1961 BUCHI (Bushman). Panamá: Imprenta de La Academia, 194 págs.
Muñoz Pinzón, Armando
1980 UN ESTUDIO DE HISTORIA SOCIAL PANAMEÑA. Las sublevaciones campesinas de Azuero de 1856. Panamá: EUPAN, 270 págs.
Nuñez Quintero, José María
1960 CUENTOS. II edición. Panamá: Departamento de Bellas Artes y Publicaciones del Ministerio de Educación, 136 págs.
Nuñez Quintero, Rodrigo
1966 LA COMARCA DE LOS MANITOS. Cuentos de la tierra, tradicio­nes y costumbres. Panamá: Departamento de Bellas Artes y Publicaciones del Ministerio de Educación, 85 págs.
Osorio Osorio, Alberto
2007 IGLESIA Y SOCIEDAD EN LA VILLA DE LOS SANTOS ESPAÑOLA. Panamá: Articsa S.A., 147 págs.
Pérez Saavedra, Sergio
1988 MONAGRILLO, TIERRA MIA. (Historias y luchas de un pueblo) Chitré/Herrera: Impresora Crisol S.A., 312 págs.
1994 A ORILLAS DEL RIO LA VILLA. Chitré/Herrera: Impresora Cri­sol S.A., 1994, 419 págs.
1995 DECIMARIO A LA PLAYA EL RETEN. Chitré/Herrera: Impresora Crisol S.A., 113 págs.
Pinzón Rodríguez, Milcíades
1990 EL HOMBRE Y LA CULTURA DE AZUERO. Chitré/Herrera: Impresora Crisol S.A., 47 págs.
1992 LA INSTRUCCION PUBLICA EN AZUERO (Siglo XIX y Primera Mitad del XX) Chitré/Herrera: Impresora Crisol S.A., 84 págs.
1995 LOS OREJANOS DE AZUERO (Una antología necesaria). Panamá: Imprenta Usma, 100 págs.
2002 CON LAS CUTARRAS PUESTAS. Panamá: Imprenta Universitaria, 300 págs.
2003 UNIVERSIDAD INTERIORANA. Villa de Los Santos: Litografía Any. S.A., 36 págs.
2004 VOCES DE CUBITÁ. Chitré: Rapid Impresos, 20 págs.
2006 VILLA DE LOS SANTOS: TAÑER DE CAMPANAS LIBERTARIAS. Chitré. Rapid Impresos, 70 págs.
Porras Barahona, Belisario
1982 EL OREJANO. Edición del CRU de Azuero. Chitré/Herrera: Impresora Crisol S.A., 19 págs.
Porras, Hernán
1973 PAPEL HISTORICO DE LOS GRUPOS HUMANOS DE PANAMA. Panamá: Impresora Panamá, 47 págs.
Rodríguez, Beatriz María
s/f CONOZCA A CHITRE EN SU PRIMER SIGLO DE VIDA DISTRITAL 1848-1948. Panamá: La Nación, 175 págs.
Rodríguez Mendieta, Bolívar Augusto
2007 MI PADRE, CARRETAS Y CARRETEROS. Panamá: UTP, 201 págs.
Suárez Matiz, Julio Vicente
2004 HISTORIA DE LA MEDICIAN EN AZUERO. Chitré: Impresora ríos S.A., 317 págs.
Ulloa, Dámaso
1969 DESARROLLO HISTORICO DE LA CIUDAD DE CHITRE. Panamá: Im­prenta Nacional, 24 págs.
Vásquez, Claudio
1975 HISTORIA DE LA IGLESIA DE SANTA LIBRADA 1679-1975. Panamá: Talleres de Litho Impresora S.A., 79 págs.
Velarde Batista, Oscar
1987 LA IGLESIA DE SANTA LIBRADA DE LAS TABLAS. Panamá: 40 págs.
1994a LA CONTRIBUCION SANTEÑA A LA BIBLIOGRAFIA NACIONAL. Las Tablas/Los Santos: Talleres de Imprenta Hermanas Ramírez, 17 págs.
1994b UNA CARACTERIZACION DEL TABLEÑO. Las Tablas/LosSantos: Editorial n/e, 6 págs.
NOTAS

[1]. Este escrito apareció en el año 1990. A la versión original se le han realizado algunas modificaciones; se amplio la bibliografía recomendada y se hicieron algunas correcciones de estilo. El contenido sigue siendo el mismo.
[2]. Ver Araúz, Reina Torres de. Natá Prehispánico. Panamá: Imprenta Universitaria, 1972, Pág. 66-72.
[3]. Según Pinzón Rodríguez, Milcíades. "Agro y capitalismo en Los Santos. Las política estatales en la primera mitad del Siglo XX"; en Revista Antataura # 1, Edición del Centro Regional Universitario de Azuero. Chitré/Herrera: Impresora Crisol S.A., 1987, Págs. 39-66. Consultar, igualmente, del mismo autor: "El agro y la política estatal en Los Santos. Período 1950-80"; en Revista Antataura # 2, Edición del Centro Regional Universitario de Azuero. Chitré/Herre­ra: Impresora Crisol S.A., Págs. 44-66.
[4]. Ver Castillero Calvo, Alfredo. La fundación de la Villa de Los Santos y los orígenes históricos de Azuero. Panamá: Dirección Nacional de Cultura del Ministerio de Educación, 1971, 225 págs.
[5]. Al respecto pueden leerse de dichos autores los siguientes escritos:
Porras Barahona, Belisario. El Orejano. Edición del Centro Regional Universitario de Azuero. Chitré/Herrera: Impresora Crisol S.A., 1982, 19 págs.
Carles Oberto, Rubén Dario. La gente de "allá abajo". Panamá: Talleres de The Star Herald Co., 1943, 124 págs.
Porras, Hernán. Papel histórico de los grupos humanos de Panamá. Panamá: Impresora Panamá, 1973, 47 págs.
[6]. Porras, Hernán F. Papel Histórico de los Grupos Humanos de Panamá. Panamá: Litho-Impresora Panamá S.A., Año n/e, pág. 31.
[7]. Consultar Pinzón Rodríguez, Milcíades. "La adulteración y comercialización del folklore (Especial referencia al caso santeño)"; en Revista Imagen # 6, Extensión cultural de la Universidad de Panamá, Panamá: Imprenta Universita­ria, 1985, págs. 107-112
[8]. Pinzón Rodríguez, Milcíades. "Agro y capitalismo...Op. cit.

[9]. Muñoz Pinzón, Armando. Un estudio de historia social panameña. (Las sublevaciones campesinas de Azuero de 1856). Panamá: EUPAN, 1980, 270 págs.
Un resumen y análisis de las diferentes interpretaciones sobre el mismo tópico puede consultarse en: Pinzón Rodríguez, Milcíades. "Conservadores, liberales y campesinos en Panamá (Una interpreta­ción de los movimientos campesinos azuerenses de 1856)"; en Revista Panameña de Sociología # 3. Edición de la Escuela de Sociología de la Universidad de Panamá. Panamá: Imprenta Universitaria, págs. 27-42.

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