jueves, 19 de noviembre de 2015

UN PREMIO NOBEL EN LA VILLA DE LOS SANTOS



El profesor Norberto Ulloa –connotado músico chitreano- se despertó aquella noche un poco azorado. Rondaba la media noche cuando escuchó que le llamaban desde la calle contigua a la casa habitación. Aguzó el oído y entonces reconoció el timbre de voz del Dr. Roberto Cedeño, amigo de largo tiempo, quien le conminaba a salir. Al asomarse vio luces de autos y algunos elementos de la seguridad del Estado que rondaban la calle. Un poco más calmado, atendió la solicitud de su amigo para que llevara la guitarra. “Vamos a La Villa”, dijo el médico.
No habían transcurrido quince minutos cuando divisó la colonial población santeña. El auto tomó la Calle  José Vallarino  y un poco más adelante dobló a la derecha por la Calle Sergio González Ruiz. A unos doscientos metros el auto se detuvo frente a la residencia de don Juan Manuel Cedeño, uno de los más grandes pintores nacionales y, sin duda,  el retratista nacional por antonomasia.
Al pasar don Norberto miró el rostro mutilado del portal de la residencia,  la que como muchas otras perdió parte de su apariencia frontal para que la población santeña contara con calles más amplias. Entró al aposento y allí lo esperaba un grupo selecto de personalidades. Notó que la mayoría, por sus gestos, parecía halagar al personaje que, vestido de blanco, reposaba sobre una hamaca.
Aquél desconocido visitante no tardó en saludarle. “Me dicen que Usted interpreta muy bien la guitarra”, le dijo y le invitó a que la ejecutara. Así lo hizo el herrerano, con ese buen gusto que caracteriza sus ejecuciones. Y las notas clásicas del músico resonaron en la alta noche santeña, como comprendiendo la relevancia de ese momento  estelar para la ciudad en donde nació el presbítero don Domingo “Mingo” Moreno Castillo.
Al terminar, afirma don Norberto, el hombre le invitó a que le acompañara a Boquete, localidad chiricana a donde se dirigía la comitiva, pero que él no pudo cumplimentar por lo inesperado de la proposición.  Estima que entre una hora y treinta minutos fue el tiempo del encuentro musical y de tertulia entre noctámbulos. Cumplida su misión, fue llevado nuevamente a la residencia.
Ya sea por lo imprevisto de la cita, la penumbra del lugar o la alta hora de la noche, la verdad es que el músico, acostumbrado a ensimismarse en su pentagrama, no prestó  la debida atención al sujeto que aquella noche visitó la tierra del coronel don Segundo de Villarreal. Sin embargo, tiempo después, al conversar con el hijo del pintor santeño, comprendió para quien había ejecutado su recital de guitarra clásica. Y volvió a quedar pasmado, porque aquel hombre que honró la tierra santeña no era otro que el hijo de Aracataca, Gabriel García Márquez, Premio Nobel de Literatura 1982.

Milcíades Pinzón Rodríguez

En las faldas de Cerro El Barco, Villa de Los Santos, 19 de noviembre de 2015.