sábado, 21 de septiembre de 2019

LECCIONES DEL RÍO LA VILLA



Río La Villa

El más importante río peninsular nace en las proximidades del cerro Cacarañado, en Las Minas, provincia de Herrera. Desde allí se extiende a lo largo de 117 kilómetros hasta desembocar en el golfo de Parita. A su paso atraviesa los distritos de Las Minas, Los Pozos, Macaracas, Pesé, Los Santos y Chitré. Nace como débil quebrada y su cuenca termina generando un caudal no menor a 900 millones de galones anuales de agua. El hombre peninsular apenas utiliza 90 millones, el 10%. El resto pasa a formar parte del océano Pacífico. El llamado río Cubitá, De los Maizales o La Villa baja desde las alturas de los 953 metros hasta la Villa de Los Santos con 30 metros sobre el nivel del mar.


Nació cuando las divisiones político-administrativas no existían. Nunca fue santeño o herrerano, ya que tales denominaciones son inventos de la era moderna, gentilicios que se fueron forjando desde el siglo XVI y terminaron por cuadricular nuestro cerebro. Hace miles de años el río comprendió cuál es su tierra, la zona en la que discurre; un brazo edafológico desde el que se interna en el mar y cuya datación se estima en millones de años.

Le miro, le estudio y trato de leer el mensaje oculto de su acuosa vida. El río tiene para el hombre peninsular lecciones que éste debe asumir como propias. 
La primera de ellas confirma que la península es una sola y que los regionalismos exacerbados promueven visiones microscópicas de la región. Pregona que lo nuestro es un sistema integrado de tierra, agua, gente, flora, fauna, cultura y sociedad. Aleccionador recorre ambas provincias azuereñas, de la “montaña” a la costa, desde las mitologías de la silampa hasta los intentos costaneros por atrapar el mundo en las redes de la ciencia y la modernidad.

El río sabe que no hay grandeza sin pequeñez, porque el todo es más que la suma de las partes; comprende que desde su origen en la pequeña quebrada de El Montuoso, termina siendo el río más importante de la región de Azuero. Debemos aprender con él que no hay río sin agua y sin entorno que le delimite y condicione. Flora y fauna forman parte de su haber, así como la sociedad y cultura con la que interactúa y condiciona. El desarrollo peninsular debiera emularle, porque no hay que deslumbrarse con propuestas alejadas de nuestra evolución o que no hayan pasado por el tamiz de viabilidad socioambiental.

Las gotitas del río La Villa y sus afluentes terminan forjando la grandeza de la corriente acuosa. Agua limpia de los manantiales que canta entre los guijarros la alegría de vivir y sonríe a las nubes que desde las alturas le bañan e incrementan el caudal que se desliza por el cauce. Y no es que desconozca la tala ribereña, la pestilencia de las aguas negras, el veneno de agroquímicos, las excretas de las piaras o la irracionalidad del mosto. La grandeza del torrente es tal que aún perdona la angurria, codicia y torpeza de quienes le miran como estercolero o tinaja de su avidez financiera.

En la ruptura de su equilibrio, de la homeostasis milenaria, estriba su crisis y reuma contemporáneo. Y en ese estado escucha el parlar de aquellos que confunden consecuencias con causas, de los que proyectan en el río sus miserias sociales y miran reflejada, como en un espejo, la imagen de sus propios desaciertos. El Cubitá no es el problema, sino el modelo depredador que le acosa, destruye y se contenta con sembrarle arbolitos que el estío convertirá en leña e improductivo rastrojo. En cambio, el río de Los Maizales no se inmuta, permanece imperturbable con la certeza de que los bípedos y cuadrúpedos pasarán a la historia mientras su corriente aspira aromas de eternidad. Y en ello estriba su mayor lección, en el silencio de la inteligencia, en ser útil, aunque no le comprendan, en la santidad del sacrificio, como el otro Cordero pegado al madero, inmolado por el amor a su propia gente.
.......mpr...

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