lunes, 19 de diciembre de 2011

LA INVASIÓN EN AZUERO


Hace poco visité la ciudad de Panamá. Por algún recóndito motivo me negaba, quizás inconscientemente, a presenciar lo que quedaba del lugar que Amelia Denis de Icaza dijera que "al pisarlo un extraño se secó". Mientras el "Inazún" recorría el puente de Las Américas, meditaba sobre esa otra parte de Panamá que es Azuero.
Pienso que, como a muchos otros panameños, nos han quedado huellas imborrables de aquel funesto 20 de diciembre. Y es que todos, en una u otra forma, hemos pasado por el trauma de la invasión. Por acá, por este interior de techos de tejas mustias y campanarios blancos, los sucesos no tuvieron el dramatismo de El Chorrillo; no obstante, vivimos hechos denigrantes como los que te voy a relatar.
Fue en uno de esos pueblitos nuestros que duermen su siesta de siglos. En aquella ocasión, después de la invasión, conducía mi vehículo y me disponía a realizar unas visitas. Cerca, a pocos menos de seis kilómetros, divisé un avión gigante, de esos que ya nos estábamos acostumbrando a verlos merodeando por los suelos azuerenses. Reduje la velocidad y pude mirar algunos helicópteros volando en círculo sobre el poblado. Y, entonces, en la entrada del pueblo, decenas de soldados vestidos de verde olivo, rostros pintados y moderno arsenal bélico, se movían con sus ridículos camuflajes por las cunetas de las calles.


En el silencio de ese mediodía nefasto, el pisar insistente de las botas se mezclaba con el sonido de las hojas secas de los árboles de teca. Detuve el auto y por un instante pensé que estaba frente a la pantalla chica viendo Misión del deber (Tour of Duty). No, me equivocaba, estaba en presencia de la versión panameña de "Just Cause". Realmente lo que tenía frente a mí no eran vietnamitas, sino orejanos en masa aplaudiendo el paso de los "triunfadores", de una invasión que en Azuero no tuvo contendores. Recorrí el poblado y presencié el mismo espectáculo denigrante de una nación donde sus hijos aplauden el paso de un ejército que no es el suyo. Esas cosas nunca se olvidarán; como se mantendrá fiel en mi memoria lo que presencié esa noche, aunque con distintos actores.

Todo sucedió frente a un establecimiento comercial donde algunos paisanos, para obsequiar a los insólitos visitantes, compraban cartones de cigarrillos y litros y litros de Coca-Cola. Recordé a la Malinche y a Anayansi. Y allí, ante mis ojos desorbitados, debajo de un frondoso árbol, la gente rodeaba a un gringo, como se observa a un mono en un circo, como podría extrañarse un terrícola frente a un desconocido habitante de un planeta ignoto. Sí, la turba aplaudía el más mínimo gesto del Cantinflas del Tío Sam; porque el increíble gringo no era otra cosa que un enajenado puertorriqueño; es decir, un latinoamericano enviado a matar a sus hermanos.
Vi a gente de todo tipo: educadores, agricultores, amas de casa, niños, jóvenes y ancianos disfrutando de la nueva atracción de nuestro Macondo provincial. Fueron los mismos habitantes que corrieron al estadio distrital para ver bajar y subir helicópteros en una noche con un cielo lleno de estrellas. De todo se presenció; desde las salomas y gritos campesinos, hasta el parroquiano que introdujo su camión de transporte de reses para ver, desde las alturas de la carrocería, la llegada de los dioses que descendían del Olimpo.
Fue un espectáculo digno de la mejor novela de García Márquez. Como en el caso de aquéllos que, en el clímax de la enajenación, izaron la bandera de la barra y las estrellas sobre un árbol cercano al lugar en donde la noche anterior presenciamos las imágenes de realismo mágico que ya te narré. Desde entonces, ocasionalmente, los helicópteros se detenían o daban vueltas sobre la copa del árbol para ver flamear su emblema nacional sobre las áridas tierras de la región más productora de tomate.
Así fueron las cosas sobre nuestros soleados campos azuerenses. Nosotros no tuvimos un Chorrillo, pero sí la certeza de que algunos panameños, de la ciudad o del campo, hace ya largo tiempo fueron invadidos con la más perniciosa de todas las invasiones: la de sus mentes. Hombre y mujeres que se niegan a sí mismos e ingenuamente siguen pensando que hicieron lo correcto. Por eso, una gran tarea se impone para las próximas décadas; a saber, la valoración de nuestra cultura y el fortalecimiento del Estado Nación. Y no se trata de que uno sea antinada, o posea tendencias xenofóbicas. Se trata, simplemente, de que se es panameño. Así de sencillo.
.....mpr...
Enero/1990



4 comentarios:

  1. Este escrito lo había leido en el libro "Con las Cutarras Puestas", muy bueno!
    Saludos

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    1. Felicidades siempre hay q tener pendiente nuestras raíces e insertarnos en los aspectos históricos.

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  2. jose r. castillero1 de mayo de 2014, 11:36

    Amigo Milciades, usted lo vio desde esa perspectiva, yo lo viví desde el punto de vista de uno de los derrotados, que, fuimos prisioneros de guerra por unas horas y que luego, se nos entregó un permiso, supuestamente firmando por nosotros, aunque no reconozco esa firma, con el cual se nos autorizaba a transitar por nuestro propio territorio, cuando guste le suministro una copia de tan ignominioso documento

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  3. Es así de diáfano y claro como lo expresas. Las mentes eternamente conquistadas de nuestro paisanos azuerenses y aun lo vivimos en pequeño en nuestros pueblos Macondinos...Tenemos no solo que escribir nuestra historia, sino exigir que se enseñe a los muchachos en los colegios.

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