martes, 22 de enero de 2008

SOBRE BOSQUES, MINERÍA Y CULTURA OREJANA

Me gusta llamar Península de Cubitá a la región que comprende las provincias de Herrera y Los Santos, creo que el apelativo es más certero que el de Azuero, denominación colombiana que honra la memoria del Dr. Vicente Azuero y Plata, personaje santanderista que no tuvo vínculos con la región. Cubitá es el nombre indígena del Río La Villa.
La zona es un cuadrilátero con apenas 80 kilómetros de ancho por 100 kilómetros de largo. Sin embargo, la región ha hecho un aporte nacional que no se compagina con su dimensión geográfica. Cuando se estudia este espacio bajo la mirada escrutadora de la sociología salen a relucir verdades que no siempre son de dominio público. Yo he nacido y crecido en la Península y he tratado de amarla con el corazón y pensarla con el cerebro. Me duelen sus cosas, como a un chiricano la suerte del Barú o a un habitante de la Ciudad de Panamá las amenazas que pudieran cernirse sobre el Cerro Ancón. Para mi el Canajagua es un símbolo, el 10 de noviembre un emblema de libertad, la Mejorana un ícono de nuestra identidad y La Moñona el legado religioso de mis ancestros.
La cultura de la región está casada con la economía. Podría decir que en los últimos quinientos años se forjó una sociedad centrada en la agricultura y la ganadería, aparte de algunas contribuciones menores del sector terciario. En cambio, la cultura regional es un amasijo complejo de valores y creencias que tiene parte de su sustento en una estructura agraria minifundista. A diferencia de Coclé y Veraguas, la pequeña propiedad se enseñoreó sobre los campos, mientras aquéllas se distinguían por el latifundio.
Herrera y Los Santas no son peores ni mejores que el resto de las provincias, pero tienen una identidad que debe respetarse. El minifundio hizo posible un amor a la tierra que permitió que floreciera un sentimiento de apego al terruño, fenómeno que ha dado vida al folclor regional. Actualmente se vive la destrucción de esa añeja estructura socioeconómica. Pienso cómo, por ejemplo, la minería con su destrucción ecológica y su visión fenicia, podría constituirse en un poderoso factor de destrucción que rebasaría la cuestión ecológica y amenazaría los cimientos sociales y culturales del hombre orejano. El asunto se torna más complejo si a ese “sancocho” le añadimos ingredientes como la compra de los terrenos de las costas, la destrucción de los manglares, la desaparición de los bosques, la contaminación de los ríos, la presencia de los agroquímicos y una economía campesina vapuleada por la política económica de corte neoliberal.
La minería no sólo es perjudicial por su impacto sobre los ecosistemas regionales, sus actividades amenazan el sustrato de la cultura campesina, estimulan el latifundio y colocan al grueso de la población en el centro de una tormenta que tendría la depredadora actividad minera en las montañas y al turismo desenfrenado en las costas. En ese emparedado de intereses mercuriales la población tendría que preservar su identidad cultural y mantener sus actividades económicas. Todo esto mientras suenan las murgas, los acordeones, las mejoranas y las cantaderas en un agónico esfuerzo por subsistir en el Siglo XXI.
Hay pobreza y abandono regional, pero los gobiernos de turno recetan la minería para que el orejano de Cubitá calme sus males. Desde las montañas y sobre las cuencas hidrográficas, ¡increíble!. Nunca antes se ha jugado tan miserablemente con el hombre del campo. Quiero pensar, quizás ingenuamente, que el silencio de algunas autoridades regionales y nacionales es producto del desconocimiento, más no excusa para la iniquidad.
Como habitante de la zona lucho para que le región se desarrolle, tampoco me opongo al progreso, pero aspiro a un desarrollo sostenible y con equidad. Si duda la región tiene otros problemas que reclaman su atención, pero la minería a cielo abierto llega a la Península para apagar con gasolina las llamas del incendio. Sean serios, ¡así no se juega con la suerte de un pueblo noble y trabajador!

1 comentario:

Carlos Gómez dijo...

Todos los argumentos expuestos son válidos, sólidos, bien documentados y soportados. En junio de 2009 me enteré por internet (Anan) que una empresa pretende "miniar" (vale decir saquear) casi 16.000 hectáreas de la cuenca del río Parita (Chumical-Pesé-Las Minas-Leones-Suay-Montuoso). Se debe actuar con prontitud y liderazgo para evitar que se repita otra degradación social y ambiental como el de Cerro Quema, petaquilla, Cañaza, etc.). Felicitaciones!