martes, 22 de enero de 2008

PETAQUILLA Y EL ESPANTO DE LA MINERÍA

Este artículo de opinión bien pudo llevar el título de “El retorno de Yeti” o, quizás, “De cuando la minería es un saco de mentiras”; pero me contentaré con dejarle el que tiene. Lo cierto es que los mineros han regresado con denodado ímpetu para hacerle creer a los panameños que gran parte del futuro del país radica en las minas a cielo abierto, y de paso regarles la “ñapa” del cianuro en un proyecto que ahora bautizan con el pomposo nombre de “minería sostenible”.
“Aquí hay gato encerrao”, me dijo un paisano. Tiene razón. Los personeros de la minería aparecen en los medios de comunicación demostrando un “extraño” interés por los “desheredados de la fortuna”, a los que traen el “maná” de la generación de empleos, las escuelas y la salud. El nuevo discurso pregona que la deforestación campesina está acabando con los bosques y que es necesario cambiar ese “modelo productivo” por otro que los libere de siglos de explotación. Sería bueno que también propusieran un nuevo cambio en la dieta de nuestra gente. Quizás podrían sugerir una nueva delicia culinaria: “Plátano chino”, sazonado con una pizca de cianuro y endulzado con miel de caña.
Al escucharlos en la radio, y luego verlos en la televisión, casi derramo lágrimas pensando que eran devotos de la “teología de la liberación” o partidarios de la “teoría de la dependencia”. Asombra que una reflexión de este calibre inesperadamente florezca como los “paragüitos de sapo” y se reproduzca como las hormigas con alas al inicio del invierno.
En Tonosí, Cañazas y Soná sabemos realmente de qué se trata. Los cantos de sirena de la minería quieren que olvidemos cómo hicieron añicos la Quebrada Chontales del área de Cerro Quema, que no digamos que las oficinas de la empresa sirvieron de “cómoda cárcel” para los santeños que protestaban por tanto latrocinio e iniquidad. ¡Y qué no podrían añadir los habitantes de Cañazas!.
Al parecer, luego de una década, han cambiado tan radicalmente las técnicas de explotación minera, que Petaquilla será un emporio de manejo ecológico y de redistribución de las ganancias financieras para la población. La llaman “regalías”, como si nuestra gente no fuera la que les está reglando el 98% de las ganancias brutas, mientras el Estado recibe el 2% y los municipios tienen derecho al 15% de ese 2%. Sin embargo, pensemos que por efectos indirectos aquellas ganancias estatales pudieran llegar el 20% (a todas luces imposible), aún así se quedarían con el 80%. Parafraseando el título del libro del herrerano Marcel Salamín, podría decir que Panamá se está quedando “sin piso y sin techo”.
Y todavía así quieren que agradezcamos semejante generosidad, para que la escurridiza inversión “extranjera” no se vaya para otro lado. Nada se dice sobre la depredación de la biodiversidad del Corredor Mesoamericano, así como sobre la sostenibilidad de unos bosques que podrían generar más riqueza limpia que el brillo del oro amasado con el engaño a una masa campesina que desconoce las implicaciones de ese esperpento que representa, Petaquilla y los demás proyectos mineros.
Hombre, claro que hay que “entender” a los mineros. La onza de oro está arriba de los B/800.00 y se comprende que todo el poder monetario esté siendo utilizado para presentar a Petaquilla como la encarnación de la caridad empresarial y la sostenibilidad ambiental. La respuesta a tanta mentira, porque el gobierno no se da por enterado, tiene que venir de la población. Confío que los herederos de Victoriano Lorenzo y Pedro Prestán, con el apoyo del resto de las provincias, defendamos el país de la voracidad y la angurria minera.
Sí a la vida y no a la mina.

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