jueves, 13 de noviembre de 2008

RECORDANDO A RAÚL VÁSQUEZ SÁEZ

Yo recuerdo aquel día en la casa de Raúl Vásquez Sáez; caía la tarde y en lontananza serpenteaba el Río Cubitá, milenario sendero acuoso de la cultura orejana. Sin saberlo, ese día entré a la residencia del pintor por el sitio equivocado y me encontré con el taller de sueños, quimeras, magia y atavismos donde el artesano y chamán de los pinceles, paría sus creaciones luminosas y pletóricas. Esa era su sanctum, aislado en la soledad para descubrir y abordar al ser mágico e intuitivo que todos llevamos dentro.
Un poco más tarde, Elliette Ramírez, poetiza de la tierra del Irazú, leyó sus poemas cargados de sentimientos e imágenes sensoriales. Aquella fue una tarde hermosa, de tertulia amiga, pero más por lo callado y lo sentido en la hondonada del corazón. Sí, esa zona elocuente donde el hombre deja extender sus alas y se aleja de lo terrenal para trascender su vida mortal.
Aquel fue apenas un capítulo en la vida de un santeño poco común y algunas veces incomprendido que fue Raúl Vásquez Sáez. Un istmeño que podría ubicar como parte integrante de esos santeños que constituyen la generación del cincuenta del siglo XX. Un grupo de idealistas que crecen a caballo entre la sociedad rural-tradicional de antaño y la apertura hacia la modernidad y postmodernidad. Intelectuales con alma de orejanos, unos con la pluma rebelde (como Herasto Reyes Barahona) o pintores de largo aliento, como el hijo de La Villa.
Luminoso heredero de la cultura ancestral, eso fue Raúl, un ser que supo perseguir un ideal sin renunciarlo, ni mucho menos claudicar frente a la mojigatería social. Con boina sobre su cabellera, barba blanca y sandalias, a veces con bastón, parecía interrogar al viento, como si éste le ocultara el secreto de una pócima extraña y apetecida. Una imagen así, caminando las calles de la centenaria Villa de Los Santos, es todo un reto a la imaginación y un desafío a los usos populares.
La plástica santeña tiene en su producción la encarnación de lo que fue y ha sido una zona que sabe impregnarse del agridulce sabor de la cabanga, esa extraña sensación de la que Sergio González Ruiz escribió: “…melodía de llanto y pena, cómo me tortura el alma”. Uno mira sus lienzos y hay en ellos un élan vital que nos traslada a los petroglifos del Montuoso, Tonosí y La Villa. De otro lado, aquello es como si hubiesen renacido los tallados de los retablos coloniales y las imágenes religiosas plasmadas en la Iglesia de San Atanasio.
Sin quererlo Raúl fue un continuador de Rubén Villalaz, con sus frescos sobre el Corpus Christi, así como de los impresionantes y vívidos retratos de Juan Manuel Cedeño. Cada uno en su época, con su estilo y cargando a cuesta su herencia histórica, cultural y pictórica.
El istmeño que fallece también fue un poeta de fina pluma, cómo no serlo, si la pintura también es verso que se plasma en lienzos. Yo leí su Cerrojo Profundo y En tu piel anónima, manojo de poemas en los que le canta a la vida y al amor. Y si el amor es entrega, sentimiento y razón, debo decir que Raúl amó mucho; dejó sus hijos, pinturas diseminadas por pinacotecas y colecciones particulares. Y qué no podríamos decir de esa otra importante parte de sí que fue Doris Dalila. Legado hermoso el del santeño, para un pueblo deseoso de ejemplos edificantes y hambriento de un liderazgo sano e inteligente. Raúl, otro aporte de La Villa para el mundo.
Hay algo trascendente en la vida del brujo de los pinceles y cazador de imágenes telúricas. El paisano fue ante todo un autodidacta, un artista que no se contentó con calcar de las escuelas de arte de la vieja Europa la riqueza de sus técnicas. Al estilo de Rivera, Siqueiros y Orozco encontró en su tierra la fuerza de la creación, para que sus cuadros no fueran un panfleto político que pregona al viento la ilusión de un arte efímero e intrascendente.
Yo sé que Raúl se integra al templo en donde reposan los grandes prohombres de la región de Cubitá. Ya veremos cómo perdura cada 10 de noviembre y renace en el pincel de quienes integran la Escuela de Azuero. Entonces, las campanas de la Iglesia de San Atanasio, además de tañer por la oración y la meditación, también serán una invitación a proseguir con la musa que hizo famoso a Picaso, la misma que a los panameños nos regaló un Raúl Vásquez Sáez, hermano de la cultura y de la vida.

1 comentario:

Enrique Fidel dijo...

Resulta triste perder a alguien admirado y querido. Hacía mucho tiempo que no veía a Raulito. Especialmente a raiz de su enfermedad apenas teníamos noticias suyas. Ha sido demasiado rápido y doloroso, pero nos queda su memoria, su recuerdo, su imagen, su obra.
Guardo muchos recuerdos suyos: dibujos, cuadros,poemas, fotografías, videos...
Desde España su familia santeña le recuerda.
Saludos,
Enrique Fidel.