sábado, 8 de noviembre de 2008

LA NACIÓN OREJANA Y EL 10 DE NOVIEMBRE


Mucho se ha escrito sobre la importancia del 10 de noviembre y no pocos han destacado el aporte de los personajes que intervinieron en el suceso histórico que corona las luchas libertarias y republicanas del Istmo. Sin embargo, algunas veces la valoración del 10 de noviembre se acomete desconociendo los antecedentes que permitieron que la región del antiguo Curato de Los Santos desempeñara un papel tan protagónica en la independencia nacional.
Ya se conoce del poblamiento de la región, luego de la fundación de Parita y Cubitá a mediados del Siglo XVI. A propósito, la desaparición de la última población y el surgimiento de la Villa de Los Santos (1 de noviembre de 1569), inician un proceso de articulación de los espacios geográficos que permite la forja de una cultura y crea un sentido de pertenencia que eclosiona siglos después en la personalidad colectiva del grupo humano que abandera la ruptura de nexos con la antigua y monárquica España.
Dos aspectos son fundamentales para comprender el proceso y creación de la nación orejana; la cultura y el grupo humano peninsular que hizo posible la efeméride patria. El primero de tales elementos tiene que ver con en el apego al terruño, el sentimiento que es la expresión emocional de un minifundismo agrario que centró sus valores en la posesión de la tierra. La segunda corresponde al protagonismo de la Iglesia Católica; como elemento aglutinador del campesinado depauperado que mora entre los ríos de la sabana antropógena y lo pie de monte de la Cordillera del Canajagua. La tierra y el catolicismo fueron originalmente el aglutinante y la argamasa de la orejanidad.
La historia colonial registra y atestigua cómo evoluciona esa conciencia de patria. Por ejemplo, resulta llamativo que en fecha tan temprana como el año 1589, dos décadas después de la fundación de La Villa, ya existe una disputa por la administración del Curato de Los Santos. En el Archivo General de Indias (AGI,) se deja constancia de ello al asignar a fray Gaspar de Los Reyes (O.P.) como cura de la aludida población (AGI/1.16416.1.4/ PATRONATO, 4, N.8, R.2 ). Un año antes, 8 de diciembre de 1588, ya se ha emitido una Real Cédula al Presidente y Oidores de la Audiencia de Panamá en la que se establecen los procedimientos para la edificación de la Iglesia de La Villa de Los Santos (AGI, PANAMÀ 237, L.12, F 114V-115RR). En el siglo siguiente, el 27 de enero de 1633, se deja constancia de una solicitud de La Villa de Los Santos para fundar un convento de recoletos de la orden de San Agustín (AGI, PANAMA, 238,L. 15F.93V-94R).
Estos documentos son vitales para la historia de la región, ya que no dejan lugar a duda sobre la relevancia del aludido asiento poblacional y la hegemonía que desde entonces mantuvo la población ubicada a la orilla del Río Cubitá. Tiempos difíciles aquellos, época cuando el hombre lucha por habitar los parajes santeños y se enfrenta a la ausencia de brazos. Así, en 1592, el regidor de Panamá, Don Baltasar Pérez, habla del despoblamiento en que se encuentran las ciudades de Natá y Villa de Los Santos, aduciendo que no se les permite la explotación de las salinas (AGI/1.16403.10.5.5// PANAMÄ, 43,N.54).
Las pesquisas históricas demuestran que hacia 1625 ya existe malestar entre los habitantes por la asistencia militar que los vecinos de la jurisdicción santeña tienen que prestar a la Ciudad de Panamá. Así lo confirma una Real Cédula dirigida a Rodrigo de Vivero, Gobernador y Capitán General y Presidente de la Audiencia de Panamá, en la que se deja constancia de ello (AGI, PANAMA, 237,L. 14, F.267R-267V). Hay más, en ese año otra Real Cédula hace referencia a la solicitud de los vecinos que desean vender libremente sus productos sin la existencia de trabas e impedimentos (AGI/1.16403.10.3.22//PANAMA,237,l.14F.266R-266V).
La correspondencia de la fecha parece confirmar una creciente independencia económica como producto del florecimiento del agro santeño y natariego, pero particularmente del primero. En 1647, por ejemplo, se habla de prohibir a pulperos y regatones el acaparamiento del maíz que se produce en La Villa (AGI/PANAMÁ/238,L.16,F.98R-99R). Sin duda ya aparare allí la génesis temprana de una autonomía económica que debió tener su repercusión en el plano político. Hay que recordar que ese también es el período del contrabando que en los Siglos XVII-XVIII caracterizó el área norte de Coclé y que involucró a la colonial Natá de Los Caballeros. Algún grado de incidencia también tuvo que tener sobre La Villa de Los Santos, población que ya para aquellas calendas supera a la colonial población coclesana.
Una mayor y más detallada pesquisa podría confirmar cómo lo descrito apunta hacia la conformación de un grupo humano (el orejano), que subsiste alejado del Panamá transitista y que posee intereses económicos que no necesariamente coinciden con los existentes en la tradicional ruta de tránsito. Pienso que esa visión de mundos contrapropuestos adquiere su expresión en el eje La Villa - Natá vs Panamá-Portobelo-Nombre de Dios. Es decir, al parecer existen dos fuerzas sociales, que no obstante complementarse, difieren en su base de sustentación económica. Si lo planteado es correcto, entonces la realización temprana del 10 de noviembre de 1821, conciente o inconcientemente, recoge las contradicciones no resueltas entre el Panamá Transitista y la Nación Orejana. Porque así como el 28 de noviembre de 1821 es portaestandarte del Panamá mercurial, el 10 de noviembre encarna la orejanidad periférica e irredenta.
Ha pasado el tiempo y al inicio del Siglo XXI podemos afirmar que ha triunfado el primero de los proyectos, el que con tanto denuedo defendió en el decimonono Don Mariano Arosemena. En cambio, olvidando las lecciones de la historia, el interiorano se ha contentado con recibir las migajas del desarrollo y solo mira en el Grito Santeño otro asueto del calendario de la nacionalidad. Al reducir la efeméride del 10 a un asunto de murgas y tambores, olvidando el primigenio proyecto de Francisco Gutiérrez, primer alcalde ordinario de la Villa de Los Santos, sin percatarnos los orejanos renunciamos a nuestra independencia económico-política para ser juguetes del transitismo y víctima de los espejismos canaleros. Tal es nuestra verdadera y contemporánea tragedia, conmemorar el Grito Santeño despojándolo de su filosofía liberadora, como si la gente no importara y el aporte de la nación orejana fuera un mero accidente histórico. Es decir, un simple sueño de manutos y no la más trascendente saloma libertaria del Panamá profundo.