viernes, 3 de julio de 2009

COOPERATIVISMO, VALORES Y PATERNIDAD

Un padre camina por los campos de la provincia, aparentemente tranquilo, pero por dentro le aguijonean las preocupaciones. Ya se trate de un profesional de la medicina, educación, comercio o un agricultor empírico, siempre intenta aportar los rudimentos fundamentales para el sustento del hogar. Por aquel viejo hábito que pregona que “el hombre no debe llorar”, muchas veces ese hombre disimula el amor que siente por su gente, pueblo y costumbres. Casi no exterioriza los sentimientos, pero sus acciones tienen la elocuencia que las palabras no pueden expresar. Dentro de ese mundo del silencio, de lo callado con palabras pero mostrado con gestos, comprende que el futuro de sus retoños, de los hijos habidos en el matrimonio, crecerán inmersos en los valores comunitarios. Quizás por ello el aporte más trascendental que el hombre del Cubitá ha legado a su prole, radique en una envidiable ética laboral. En efecto, el varón del Canajagua siempre ha hecho de su vocación por el trabajo una bandera que ha lucido a los cuadro vientos. Antaño se levantaba temprano y cuando el sol aparecía radiante sobre la franja costera de su tierra, ya iba provisto de sus bastimentos, guardados en la chácara, junto a la pipa, el arroz, los frijoles, la “cajne asá” y el frasquito del que extraía la “sopá” de miel; viejo hábito que, lamentablemente, hemos desechado las generaciones posteriores. Todo aquello era posible porque en la casa dejaba a la mujer ajetreada en sus quehaceres domésticos, encargada de arreglar a los niños para el centro escolar y dispuesta a recorrer, si fuera necesario, el camino hacia la mata o siembro en que laboraba su querido consorte.
La anterior es la visión del padre de antaño, y esa imagen de hombre rural muchas veces se queda olvidada en algún recodo del cerebro. Hoy se viven otros tiempos, pero para el hombre responsable, la paternidad se impregna de los valores de los abuelos. Podremos tener celulares, navegar por Internet, viajar a otros continentes, pero los rasgos y valores de antaño sobreviven bajo una forma más moderna, pero en el fondo calcada de aquel paradigmático personaje. Sin duda los orejanos no somos perfectos, porque algunas cosas han de mejorarse, como ese grado de machismo que ostentamos y nuestra propensión al consumo excesivo de bebidas embriagantes a que somos tan propensos. Debemos admitir, sin que hayamos caído en el abismo, que nuestro liderazgo se ha ido desdibujado y a veces no luce los pendones que los valores sociales demandan.
Dentro de ese conjunto de padres que abundan en la provincia, encontramos uno muy especial: el hombre cooperativista. Hay en él virtudes ciudadanas que conviene ponderar, porque al fin y al cabo un cooperativista se distingue por ser previsor, planificar sus cosas para después, por “guardar pan para mayo”, como dice el refrán. Se trata de alguien que comprendió que los dos pinos del cooperativismo son algo más que un símbolo. Ellos muestran que dos es más que uno; que vivir lejos de los demás nos hace menos humanos, carentes de solidaridad y, por tanto, distantes de nuestra verdadera misión terrenal.
No es casual el profundo paralelismo que existe entre el emblema del cooperativismo y la responsabilidad paterna. Porque desde el año 1920, cuando fue admitido como enseña del movimiento cooperativista, ha venido a significar muchas cosas. Los pinos representan la vida y al ser dos simbolizan la hermandad, la unión, la solidaridad y la necesidad de un trabajo conjunto. El par de árboles lucen el verde sobre un campo amarillo. Ese verde que imita la fertilidad de la naturaleza; a su vez el amarillo como sol, fuente permanente de vida, así como el círculo con su mensaje de vida eterna, de universalidad.
El cooperativista, como el buen padre, sabe que la fortaleza de su empresa depende de que se mantenga firme junto a ella. Acontece como en la familia, que al integrar a los miembros les provee de identidad y los impregna de amor; del sentimiento que mueve al mundo y sin el cual la vida carece de sentido. En efecto, el cooperativismo es un acto de amor al prójimo, en la misma medida y proporción que la familia debe brindar el calor y la seguridad de una paternidad responsable. Por eso el amor es la piedra angular de la familia. En verdad, pueden existir problemas, como acontece a todo grupo familiar; relaciones de pareja que se vuelven conflictivas, pero el padre nunca debe olvidar que los hijos son el fruto del amor. Ellos son el regalo de la comunión y bajo ninguna circunstancia ha de desprotegerles, privándoles de su amparo y amor paternal. La paternidad es más que ofrecer cama, cobijo y, abrigo, porque lo más profundo de su misión radica en demostrar a la prole que el amor es un arte, que el amor se aprende, para que los retoños no anden por el mundo satisfechos en sus necesidades materiales, pero con un alma hueca, vacía y espiritualmente pobre.
En los tiempos actuales, así como encontramos padres “light”, también existen cooperativas “light”; empresas que olvidan para qué fueron creadas, instituciones que de tanto manejar dinero terminan por adorar al “becerro de oro” y se alejan de la función social que fue el norte de sus fundadores. Les pasa como aquellos seres humanos que someten el cuerpo a todo tipo de ejercicios físicos, con la única finalidad de lucirse ante el prójimo, aunque al final ese mismo cuerpo sea el soporte de un ser sin proyecto de vida.
Miremos el Día del Padre como un momento propicio para repensar nuestra paternidad en el marco de un movimiento, que como el cooperativismo, sea fuerte y saludable. Ambos impregnados de valores, de principios que guíen nuestros pasos. Nuestros hijos lo reclaman y la comunidad demanda la existencia de un liderazgo sano y valiente que nos coloque en el sitial que merecemos. Recordemos al padre de antaño, pero en el mundo de hoy. Si ser padre es un reto y una responsabilidad, el cooperativismo es una filosofía y un estilo de vida.
¡Felicidades, padres cooperativistas!.
...mpr...
* Disertación del autor ante padres de familia de la Cooperativa de Ahorro y Créditos José del Carmen Domínguez. Bella Vista de Guararé, Sábado 17 de junio de 2006.

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