miércoles, 8 de julio de 2009

COOPERATIVISMO OREJANO

30 de octubre de 1993. Aquella mañana llegué temprano a La Palma de Las Tablas y disfruté del inigualable panorama de casas de quincha que nos brinda el poblado. Los palmeños residen en una comunidad que es, en verdad, envidiable. Las viviendas de quincha se apretujan por callejue­las estrechas. Sube uno a la torre de la iglesia y desde su campanario observa los tejados que nos dejaron los españoles; techos que son una muestra inequívoca de las presencia de los moros en la Andalucía de Federico García Lorca. Acá, desafor­tunadamente, la modernidad ha hecho del zinc una aterrado­ra costumbre y, La Palma, no escapa a dichas transformacio­nes arquitectónicas.

Consciente de que el tiempo apremia, dejé mis cavilaciones y me encaminé al lugar en donde se celebraría la Asamblea Anual de la Cooperativa de Ahorro y Crédito Palmeña, R.L., convención a la que había sido invitado. Un paisano que por allí transitaba respondió a mis requerimientos indicándome que atrás había dejado la casa del Profesor Arístides Ballesteros. En efecto, a la entrada de la población, sobre una colina rodeada de una frondosa vegetación, la casa habitación del amigo cooperati­vista servía de cobijo a la Asamblea General de una empresa cooperativa que apenas supera un lustro de fundada.

Una rápida mirada me convenció que la asamblea no se celebraría precisamente en la residencia. Allá en lo profundo de la hondonada, un grupo de personas dispuestas en sus taburetes me invitaban a su encuentro. Caminé hacia ellas y mis zapatos hollaron una grama que todavía tenía posada sobre ella unas cristalinas gotas de rocío. "Bienvenido a la Asamblea", me dijo una señora; mien­tras, interior­mente, apenas me reponía de la magia de aquél bucólico escenario.

Tomé asiento y afiné mis sentidos. Atado al tronco de un árbol, el pabellón tricolor parecía sonreír a los invitados; un poco más allá el estandarte coope­rativista y un tablero de anuncios competían por mostrar a los visitantes y asociados su orgullo por haber sido liberados de alguna anónima pared. Todo aquello me hizo recordar esas miste­riosas y encubier­tas reuniones de Medioevo en donde los hombres, ocultos en los bosques, pugnaban por imponer ideas que otros consideraban subversivas.

Fue una reunión rápida y bien llevada. Los informes de los comités se discutieron en un ambiente ecologista. Cedros, espino amarillos, guácimos y jagües. Sobre la mesa de la Junta Directi­va reposaba un ramo de flores recién cortadas. Un ramillete como éste lo envidiaría, por su sencillez y esponta­neidad, la mejor floriste­ría de la región. Flores que invitaban a la alegría de la vida y a la medita­ción. Posé la mirada sobre ellas y recordé un pasaje de mi niñez.

Años sesenta. Debajo de un frondoso árbol de mango, una mujer blanca ("una gringa", pensó mi mente de párvulo) nos narraba una historia. "Esta era una vez", dijo la Sra., "un árbol donde habían dos ardillitas. Una trabajadora y otra perezosa, la primera se pasó todo el verano cargando almendras para su cueva, porque era previsora y entendía que los tiempos buenos pasarían. En cambio, la otra jugaba desprevenida y sin importarle nada. Pues bien, pasó el verano y llegó el invierno. Se agotaron los alimentos y vino una hambruna. Ahora la ardillita trabajadora reía, cantaba y su amiga floja se moría de hambre. Tanto sufrió la ardilla perezosa que un día decidió tocar a la puerta de la ardillita trabajadora y le rogó que le diera de comer. Su amiga le miró compasiva y le dijo:

"¿Aprendiste la lección?, guarda pan para Mayo y no pasarás problemas".

Años después, supe quién era aquélla mujer que insuflaba en nuestros espíritus juveniles los principios del cooperativismo: Ofelia Hooper Polo, una extraordi­naria zapadora del cooperativis­mo panameño a quien debemos los azuerenses gran parte del empuje de nuestro cooperati­vismo. (¡Y pensar que no hay en la actuali­dad una cooperativa en la región de Azuero que lleve su nombre!). Pues bien, Ofelia no era "gringa", como arriba apunté, sino una mujer nacida en Las Minas de Herrera. Descendiente de ingleses que explotaron hace décadas los yacimien­tos minerales de la aludida región interio­rana, formó parte de las primeras genera­ciones de paname­ños egresados de la Universidad de Panamá. Debemos a ella uno de los primeros escritos sociológicos sobre el agro panameño, aparte de su encomiable labor de recopila­ción de estadísticas vinculadas con el movimiento coopera­tivista y su férrea convicción de la necesidad de llegar al cooperativismo apertrechados de las nociones básicas que se derivaban de las enseñanzas de los "Círculos de Estudio". Práctica esta última que, lamentablemente, ha olvidado el coopera­tivismo panameño

El futuro. Salí de la asamblea cooperativista de La Palma mucho más fortalecido en mis convicciones. Reuniones como éstas nos permiten retornar a nuestras raíces. Pensé que no pocos cooperativistas y altos jerarcas del cooperativismo nacional debieron estar esa mañana con los palmeños. Allí quedó claro que el fin principal del cooperativismo es el hombre de carne y hueso que sufre y que tiene necesidades. La cooperativa es un medio y no un fin en sí mismo. Está bien aquello de manejar cifras millonarias y de que seamos el banco de los económicamente menos favorecidos, pero no basta ser el banco de los pobres, sino, para los pobres. Necesitamos cuidar la indepen­dencia económica de la empresa cooperativista e ir dejando a un lado tanta exagerada supedita­ción a organismos financieros internaciona­les y tanta burocracia parasi­ta­ria.

En las asambleas sencillas como la de La Palma está el verdade­ro sentido del cooperativismo. Hay en ellas un mensaje profundo de retornar al sueño de Ofelia Hooper; regresar al trabajo basado en nuestras propias manos, fundamentado en nuestro entorno socioeconó­mico y orientado ha satisfacer nuestras necesidades. Así ha de ser, porque, después de todo, mucho antes de que existieran Robert Owen, Charles Fourier o los pioneros de Rochdale, ya los campesinos interio­ranos practicaban la junta: el más hermoso y embriona­rio antecedente del siste­ma cooperati­vista panameño.


...mpr...

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