19 agosto 2022

TRAGEDIA AMBIENTAL EN CERRO QUEMA

 

Con una altitud que ronda los 959 metros sobre el nivel del mar, el promontorio de cerro Quema está próximo a cerro Canajagua, que se eleva a 830 metros. Es decir, el primero tiene 129 metros más que el segundo y ambos ocupan una posición casi central en la península de Azuero. Los mineros ven en cerro Quema oro, cobre y otros metales, mientras que para quienes habitan la zona son símbolos de identidad cultural, emblemas tectónicos del santeñismo. Están allí desde el inicio de la era Cenozoica, en la sierra del Canajagua, hace 60 millones de años, aproximadamente. Ante cerro Quema hay dos miradas distintas, una centrada en las moneditas de oro y, la otra, ligada a la cultura mestiza de más de medio milenio de existencia. El cerro se siente distinto, dependiendo de si le miramos desde la cartera o el corazón.

Los santeños han venido demostrando las inconveniencias del proyecto minero de cerro Quemo. Y en ese andar llevan más de dos décadas de denuncias y luchas; mientras los gobiernos miran hacia otro lado y parecen agentes de la empresa minera, antes que defensores del ambiente y la calidad de vida del azuerense. En esa veintena de años el proyecto ha pasado de unas manos a otras, aunque el dinero sigue fluyendo para quienes se benefician de los derechos de exploración y explotación, no importa el nombre que tenga el proyecto, porque así es de leonina la legislación minera nacional, la que hace posible semejante atraco al erario nacional.

El estudio de la región demuestra el estado calamitoso de la ecología regional, situación que clama por medidas y políticas de Estado para contener la destrucción de los bosques, la fauna, la contaminación de los ríos y el creciente exterminio de los productos marinos. Sin embargo, la empresa y el gobierno hablan de protección a la inversión extranjera, la generación de empleo y otras argucias semánticas, como en el caso del llamado desarrollo sostenible.

Por donde se analice el proyecto minero resulta insostenible. Ya sea en el orden económico, ambiental o político, construir la mina a cielo abierto es un despropósito en una zona con los problemas ambientales que ya padece. Devengar un 2% de la ganancia bruta es un atraco al fisco, en un país cuya fortaleza no radica en los minerales, sino en su posición geográfica, la biodiversidad, el comercio y el estímulo al mejor activo que tiene la nación: su gente.

En otro momento he sostenido que la explotación de la mina de cerro Quema es una puñalada trapera al corazón de la península de Azuero. Es un acto ruin y deleznable para una sociedad que no merece, de parte de la empresa y del gobierno, un proceder tan sádico. Así lo afirmo, porque no existe desconocimiento de los graves problemas ambientales de la región, y aún así se insiste en la minería, para instalar la cloaca ambiental en el área en donde nacen los principales ríos, corrientes fluviales de las que depende la economía y la vida de la región.

La empresa intenta acallar las conciencias acercándose a los políticos, regalando migajas (pomposamente llamadas regalías); obsequiando a hospitales, deportistas y otros grupos sociales cuyas necesidades les doblega y les hace extender la mano pedigüeña, bajando la cabeza como el mendigo ante su obsequioso donador. Y el engaño es tan deleznable, como para ocultar a la población que tales regalos salen de la misma mina que le pertenece a los istmeños. Los dueños -que no saben que lo son- les agradecen a los que se apropian del mineral con el que pagan las “donaciones” que entregan a los incautos.

El hermoso cerro Quema, emblema peninsular, está en la mira de los mineros, la angurria y la miseria humana. Transitando en la carretera hacia Tonosí, le miro y pienso en la tragedia que representa, porque no se trata sólo de detener la depredadora y desalmada minería, sino de las secuelas para la sociedad, la cultura, el ambiente y el futuro de la región. De la empresa y el gobierno no espero nada, mucho del hombre peninsular, de su altivez, orgullo y decencia ciudadana.

18/VIII/2022


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