miércoles, 26 de octubre de 2011

GUARARÉ Y DIDIO BORRERO ESPINO


1. Septiembre siempre ha sido un mes de hondo significado para los guarareños; para los panameños que hemos nacido "a la orilla del río Guararé", viejo rinconcito enclavado en la vertiente del Pacífi­co panameño. En este lugar hemos estado durante milenios escuchan­do el arrullo de las olas y el canto murmuran­te de las aguas de un río que no se cansa de llevar su acuosa carga al mar cercano. Acaso la arqueología moderna nos depare, en un futuro no lejano, algunas sorpresas sobre aquellos primeros hombres que decidieron, en algún punto de su peregrinar, establecerse en el amplio recodo que conforman la costa y el río. Poco sabemos sobre aquellos hipotéti­cos antepasados, pero algo como una intuición de hombre de ciencia nos sugiere que hace milenios las huellas de los homínidos en algún punto han debido dejar su rastro cultural.
Guararé, transitando por ese camino de lo ignoto, ha escrito su historia. Alguien nos colocó en estas tierras; en un remedo de valle que no prosperó y se quedó únicamente con centinelas mudos: Cerro de Los Chivos, Cerro El Centinela y la serrezue­la que encontramos al caminar hacia Ciénaga Larga. Hace mucho tiempo desaparecieron los cedros de los parajes y los venados ya no realizan su caminar entre bosques. Sin embargo, aquí estamos, tercamen­te sembrando yuca, domesti­cando animales, desente­rrando longorones en la albina de La Enea, degustando tamales, tocando mejo­rana y enarbolando la bandera de la cultura popular.
Somos aún un proyecto de pueblo que espera una acción liberadora. Es cierto, debemos admitirlo, nuestra comunidad todavía no ha recibido las recompensas que se merece, pero estamos aquí y eso es lo importante. Algunos guarareños se van, y a veces hasta reniegan de su tierra. Por ratos nada más, porque en la oquedad del corazón la tierra les llama y murmuran en silencio la musicali­dad de un vocablo que se pierde en el Período Precolombino.
Por la crónicas hispánicas sabemos que Guararé es un término indígena, una deformación idiomática de Guararí, el cacique que fuera tributario de París, Antataura, Antatara o como deseemos llamarle. Incluso no han faltado interpreta­ciones novedosas; como la del coterráneo Pastor Durán Espino, quien sugiere que en lengua gnäbe con el término gwarare se designa a la mantarraya. Hermoso nombre, de ser cierto, para un poblado que vive a la orilla del mar.

2. Dicen los historiadores que ya para el siglo XVIII Guararé comenzó a tener formato de pueblo. Desde entonces aquí se asentó una población que con el transcurrir de los siglos ha dado su aporte a la sociedad y a la cultura panameña. A mediados del siglo XIX, Guararé emprende su lucha por su autonomía municipal. Bibiana Pérez, asumió el desafío como mensajera y adalid temprana del femi­nismo santeño. En el decimonono, y en la década de los ochenta, la maestra Juana Vernaza imparte clases junto al maestro titular José de la Rosa Poveda. Por aquellas calendas ya existe un grupo establecido en el área urbana con su plaza, iglesia y autoridad civil. A escasos kilómetros los barcos están fondeados en la ría que hemos dado en llamar puerto. Hay actividad comercial. Tanto, que la Sra. Bibiana Pérez, el 31 de mayo de 1872, declara los bienes de su difunto esposo (Francisco Angulo), por un total de 2,062 pesos, cifra nada despreciable para la época. Ese inventario de bienes es el vivo reflejo del mundo económico de la época: registra 7 botellas de vino vermut, pasando por 19 botellas de agua florida, hasta 37 latas de sardinas y 3 piezas de zaraza fina, por mencionar algu­nos artículos del histórico documento.
En el siglo XIX nace el primer sacerdote guarareño, Don José Vásquez Delgado, el 19 de mayo de 1856; cura que poste­rior­mente oficiará en la Iglesia de La Villa de Los Santos, en donde reposan sus restos. En la tierra de Rufina Alfaro fundó la "Sociedad San Juan de Dios". Años después, Guararé tendrá su segundo sacerdote en la figura de Ubaldino Córdoba, quien ve la luz el 19 de diciembre de 1864.
Unos años antes del señalado inventario de bienes de la Sra. Pérez, para ser preciso en el año 1867, arribó a Las Tablas un joven a quien el santeño Eva­risto Almengor describe como el maestro Isauro Borrero, nativo del Tolima (Colombia). Se instala en la Ciudad del Caudillo para impartir clases a un grupo de 10 mozalbe­tes por la suma de 60 pesos mensuales. Hasta donde conoce­mos, se quedó para siempre en la península que lleva por nombre el apellido del paisano suyo, el Dr. Vicente Azuero y Plata. La presencia de Isauro Borrero será de una benéfica influencia para la región de Azuero y su apellido quedará indeleblemente marcado en nuestra historia regional.
Al inicio del siglo, luego de la destruc­ción que ocasionó la Guerra de los Mil Días, Guararé es un Distrito que posee una población de 3,925 personas; equivalente al 12% de los 32,642 habitan­tes que tiene en 1915 la Provincia de Los Santos. La capital distri­tal vive de la agricultura, la ganadería, la incipiente burocracia estatal y del comercio que entra en veleros por la desembocadura del río Guararé. Decenas de carre­tas surcan el camino que conduce al puerto. Durante ese período  Ubaldino Córdoba es el sacerdote y la tienda más surtida del pueblo es la de Teodolinda Zarzavilla. Algunas novedades se introducen, casi siempre en manos de extranjeros, como la insta­lación de la primera sala de cine en el local que h ocupó la Cooperativa de Servicios Múltiples.
Ese memorable momento de nuestra historia lo describió el guarareño José del C. Saavedra en su novela costumbrista "Alma de Azuero". Al rememorar ese mundo rural dice Saavedra: "Solamente los del Clero, o los que habían participado en las revoluciones y en la política, aquellos de vida gitana y los del rudo oficio de la marinería, podían hablar de pueblos y zonas distantes; pero ahora en un nuevo despertar, se vislumbraba en un futuro no lejano, asfalto, rastros de llantas y olor a gasolina".

3. En un contexto social y político que apenas se distingue del panorama social que arriba hemos descrito, nace el guarareño Didio Borrero Espino. Un viejo calendario del Almanaque Bristol de alguna casa de quincha marcaba el 13 de mayo de 1934. Don Didio era fruto del hogar formado por Bernardina Espino y Rómulo Borrero.
Época difícil en el Istmo la de los años treinta. En lo que a nuestra sociedad orejana concierne, podemos decir que asistimos en el Interior panameño al inicio de profundas transfor­maciones sociales que impactan el agro, los estilos de vida, los hábitos alimenticios y, en general, la cosmovisión reinante en la época. Previo al nacimiento de Borrero se dan un conjunto de hechos relevantes que incidirán directa e indirectamen­te en su vida. Porque no debemos perder de vista que cuando Didio Borrero se gradúa de maestro en la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena (año 1957), ya un paisano suyo es toda una institución del folklore. Me refiero al Dr. Manuel Fernando Zárate, quien cuatro años antes de la graduación de Borrero ha publicado "La Décima y la Copla en Panamá" (1953). Unos años atrás, en 1930, el país se ha regocijado con la edición de "Tradiciones y Cantares de Panamá", de la pluma de Narciso Garay Díaz.
 Didio Borrero Espino, al igual que muchos otros guarare­ños y azuerenses, nació marcado por la impronta de Zárate. En Guararé Zárate es un hito histórico que ejemplifica la evolución del hombre del campo al intelectual y académico forjado en los mejores centros educativos. En Zárate tenemos a un hombre orgulloso de sus raíces campesi­nas. El hijo de Rómulo Borrero crecerá en ese ambiente social.
Cuando Borrero Espino es apenas un adolescente de 15 años, es decir, en 1949, Zárate organiza el primer Festival de La Mejorana. Luego, siendo fiel a una historia que se ha repetido por millares de veces en el Interior panameño, Borrero emigra a la Zona de Tránsito donde pasa a ocupar diversas labores: corredor de aduana y gerente de industrias lácteas, entre otras actividades. Viaja a Puerto Rico en donde estudia las industrias procesadoras de leche. Sin embargo, paralelamente a estas activida­des profesio­nales, nunca deja su verdadera pasión: las expresiones folklóricas de su tierra. Regresar al pueblo, ver la plaza de toros, la iglesia, conversar con los amigos de infancia, tocar el acordeón, respirar el aire del campo, viajar al puerto y revivir las viejas tradicio­nes azueren­ses son vivencias que disfruta. Pero allí no quedan las cosas. Estará siempre atento al derrotero del Festival de La Mejorana, apoyándolo desde la Ciudad de Panamá a través de un comité creado con ese fin, fomentando el amor por lo nuestro, respaldando las gestiones para conseguir la ley de derecho de autor, componiendo música típíca, dirigiendo la Sociedad Panameña de Autores y Compositores, es decir, allí donde era necesario su presencia para fortalecer la identidad cultural del panameño.

4. Los guarareños tenemos en la memoria activa de Didio Borrero Espino otro mensaje claro de panameñidad. Se une él a una pléyade de hombres y mujeres que han hecho historia en nuestro pueblo. Pienso en Bibiana Pérez, Reyes Espino, Ubaldino Córdoba, José Vásquez Delgado, Virgilio Angulo, Benita Pérez, José Nieves Angulo, Manuel Fernando Zárate y un largo rosario de nombres y apellidos surgidos de las bases mismas del hombre anónimo de la calle.
Podemos decir que Borrero supo cantar y estar junto a su gente. Una de sus últimas creaciones musicales, "A la orilla del río Guararé", es una muestra elocuente de su compenetración con el terruño. Al revisar su copiosa labor de compositor de música típica panameña, no encontramos ni un asumo de elitismo en sus melodías. Los temas surgen del calor popular, como que él se mira como otro guarareño nacido de la masa irredenta del pueblo. En algo más de 60 piezas típicas que compuso, se muestra como un hombre de alma sensi­ble y transparente, pero consciente de que con su accionar contribuía al florecimiento de la cultura popular de los orejanos panameños.
Pienso que un homenaje a Borrero Espino no tiene sentido si ese tributo no va acompañado de un proceder que comprenda y actúe en base a los motivos que animaron su aporte a la cultura regional. Labor que trasciende los senderos de un pueblo del interior panameño y se adhiere a la lucha generacional en defensa de la cultura nacional.
Los que amamos a este país esperamos que la estela de una vida productiva como la de Didio Borrero Espino pueda ser retomada por las nuevas generaciones. Fortalecer el Festival Nacional de la Mejorana en Guararé bien podría ser una obra que valoraría el insigne guarareño hoy desaparecido. El rescatar la historia de nuestro pueblo, apoyar  la Biblioteca Pública, destacar el aporte histórico de hombres y mujeres hasta ahora olvidados, son algunas de las formas con las que podríamos los guarareños ser fiel a la memoria del autor de "A la orilla del río Guararé".
Estoy seguro que en este año, cuando partamos hacia nuestros hogares, quizás luego de una noche de fiesta en el Festival de la Mejorana que él tanto amó, el eco distante de algún volador o la melodía cadenciosa del acordeón, saludará la memoria de un guarareño llamado Didio Borrero Espino.
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*  El escrito reproduce la disertación del autor como orador de fondo en el homenaje póstumo a Didio Borrero Espino. El evento fue organizado en Guararé por los funcionarios de la Biblioteca Virgilio Angulo la noche del 17 de septiem­bre de 1996.

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