jueves, 28 de junio de 2012

LA PRENSA CHICA DE VERAGUAS

Don Olmedo Carrasquilla Alberola
Debo comenzar afirmando que en la experiencia existencial del profesor y amigo, Don Olmedo Carrasquilla Alberola, hay algo un poco premonitorio y coincidental; así lo afirmo porque la genealogía del núcleo familiar ha marcado su andar por el mundo. Y paso a explicar lo que quiero decir. Note usted que el escritor al que me refiero posee raíces que se nutren de linajes de la Tierra de La Mejorana y la Tierra de Los Manitos. Vale decir, dos colectividades que custodian hábitos ancestrales y que se han constituido en reservorios de la cultura istmeña. Me refiero, claro está, a aquella que se caracteriza por la cutarra y la pollera, así como por otros íconos que pregonan a los cuatro vientos cierto legado de pueblo chico que se place en cargar sobre sus espaldas el motete del orgullo patrio. Ahora, sume a ese coctel las vivencias en la Tierra de Polidoro Pinzón y comprenderá las inquietudes de un hombre que experimenta el quehacer cultural como forma de vida y que encima disfruta el dibujar ideas sobre las páginas del ordenador.
Yo soy de los que opinan que un libro no sólo es hechura de quien lo concibe y redacta, sino del contexto económico social en el que surge; refleja una época con sus gentes, ya se trate de la Teoría Cuántica o la biografía de un paisano a quien llaman hombre folk, aunque ya quede poco de él y la teoría que le sirvió de base debiera ser revisada en sus cimientos.
Tomo en las manos el libro de Carrasquilla Alberola, LA PRENSA CHICA DE VERAGUAS e inevitablemente, luego de revisar su contenido, afloran un conjunto de memorias históricas como si fuesen convocadas por algún hado mágico. Y es que el quehacer veragüense es quien hizo posible la pluma aguerrida de los hijos del indómito Urracá.  Al respecto, pienso en ese mundo colonial que describen Alfredo Castillero Calvo, Omar Jaén Suárez, Alfredo Figueroa Navarro, Alberto Osorio y Mario Molina Castillo, entre otros. En efecto, los verdaderos resortes sociales de esas hojas de comentarios que emergen durante el Siglo XX son producto de una sociedad y una cultura que en rasgos generales se caracteriza por la exclusión social. Me refiero a la Veraguas latifundista, esa que estructuró un mundo basado en la posesión de la tierra, las familias principales en torno a la plaza y la Iglesia Católica con sus cofradías, entierros con cruz chica y cruz alta, bancas especiales para los señoritos, así como un campesinado arrinconado en la montaña y la sabana antropógena, grupo humano que para aquellas calendas ni tan siquiera se le reconocía como cifra estadística.
Ese mundo de vacas y otros cuadrúpedos que rumiaban indiferentes al quehacer de los españoles que atravesaban la zona, desde La Filipina hasta la mina de la Concepción encaramada sobre la testa de Santa Fe. En cambio, allá abajo quedaban la Santiago señorial y a la Atalaya indígena. Así es, oro propio pero ajeno, vaca, tierra, curas y campesinos anónimos es el perfil de esos siglos que parecen tan distantes, pero que resultan tan aleccionadores para quienes quieran comprender la génesis de ese periodismo modesto en apariencias, pero tan nutrido de ansias de liberación, que se apretuja en el texto de Don Olmedo.
Por ello, hacia mediados del Siglo XX, la prensa veragüense parece emular las luchas de Don Quijote. La imagen sería más certera si añadimos que los santiagueños no la enfilan contra molinos de viento, sino contra ese estado de iniquidades que frenaron el avance del  liberalismo progresista de finales del Siglo XIX y primeras décadas de la vigésima centuria. Perdónenme el paralelismo, pero para el caso de Azuero, y a mediados del Siglo XIX, esa ruptura la abandera Pedro Goytía Meléndez, adalid de los campesinos minifundistas; personaje que también entra en conflicto con los intereses de tierra, vaca y sotana de los Fábrega y Guardia. Lo afirmado no debe extrañarnos, porque el santeño estaba emparentado con José María Goytía, responsable de la introducción de la imprenta en el Istmo.
Extremadamente interesante es todo ello, especialmente si tomamos en consideración las estructuras agrarias de dos regiones que conviven prácticamente a tiro de cañón. Me refiero a Veraguas y Azuero, latifundista la primera y zona del parvifundio, la segunda. Pues bien, esas contradicciones sociales no resueltas y llevadas al extremo por partidos políticos clientelistas y corruptos, fueron el caldo de cultivo de una muchachada que miró algo más que pastizales en las sabanas que bordean a Santiago de Veraguas. Don Ignacio de J. Valdés lo resumió adecuadamente en ese relato en el que habla de “La luz del llano”. Porque si bien, como plasma Carrasquilla Alberola, existieron publicaciones antes de la Escuela Normal Juan Demóstenes Arosemena, será éste templo del saber el que servirá de nido para que esos polluelos veragüenses salgan a conquistar la nación de Justo Arosemena Quezada, Pedro Prestán, Victoriano Lorenzo y Belisario Porras Barahona.
El período que resume nuestro escritor es rico en luchas que sería largo enumerar, pero que tienen en la cima de Cerro Tute y en las organizaciones campesinas veragüenses, una clarinada que habla del despertar de un pueblo que necesitaba de denuncias y liderazgos ilustrados. Por ello se comprende que la hojas de comentarios y pequeños periódicos hacen lo que pueden en un medio refractario al cambio social que pregonaba el arribo de la Nueva Veraguas, proyecto que a los grupos hegemónicos se les antojaba demasiado revolucionario y retador. Y conste que no se trata únicamente de la prensa chica, sino de medios como la radio, que vienen, casi sin querer, a ofertar un nuevo parto social. Incluso con el acompañamiento de los postulados progresistas de la Teología de La Liberación, postura teológica que tendrá su clímax en la desaparición del Padre Héctor Gallegos, allá en Santa Fe, localidad que vuelve a mencionarse luego de quedar sumida en la ruralidad desde la época de la Mina de La Concepción, en la Veraguas del Siglo XVI.
En este contexto sociológico, que por la premura del tiempo apenas logro esbozar, se estructura la argamasa social que da sustento a LA PRENSA CHICA DE VERAGUAS, aporte que debemos a las inquietudes y desvelos de un panameño como Olmedo Carrasquilla Alberola. Estamos ante un escritor que se aleja de las poses académicas para plasmar en el cañamazo de las hojas un recorte de la vida y las luchas de esta zona interiorana a quien la nación ha postergado no pocas reivindicaciones sociales. Expresiones del subdesarrollo que en su momento fueran visibilizadas precisamente por esa prensa chica a que hace alusión Carrasquilla. Conquistas sociales por las que ni siquiera debería reclamar el veragüense, porque hace buen rato que se las ganó en buena lid.
Por las razones expuestas debo decir que me agrada la forma como el periodista e investigador aborda la temática, libre de prejuicios y con un lenguaje coloquial que la hace accesible al hombre de la calle, con testimonios que fortalecen lo que escribe, fotografías que recogen algunas portadas de la prensa chica e incursiones sobre la historia de los medios de comunicación de masas, incluso más allá del período clave de su estudio de comunicación social.
Hay otro rasgo que vale la pena comentar y que sin queda implícito en la obra. Me refiero al papel de la prensa (escrita, radial y televisiva) al final del Siglo XX y en lo que va de la presente centuria. Porque inevitablemente comparamos los períodos históricos, del ayer y el hoy contemporáneo, para lograr justipreciar el aporte de ese grupo humano que en su mayoría surgió bajo el calor y los aleros de la Normal Augusta. Yo estoy claro en que no podemos pedirle sandía a los cocoteros, ni extrapolar un período histórico para compararlo con otro; pero cuánto se crece la prensa chica veragüense a medida que transcurre el tiempo. Algunos de sus forjadores eran periodistas empíricos, aunque en la práctica autodidactas de toga y birrete que envidiaría la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Panamá. Porque quizás el legado de toda esta generación se cifra en haber comprendido que lo importante no radica en que a alguien le llamen licenciado, magister o doctor, sino que entre pecho y espalda lata un amor patrio que  mueva las neuronas. Y si a eso le sumamos una teoría de corte social que guíe ese accionar por el mundo, estamos ante la presencia del verdadero currículo de alguien que se precie de haber pisado un claustro universitario.
Voy a decirlo de una vez por todas y sin circunloquios, la prensa chica veragüense es el paradigma del buen comunicador social. Grupo generacional que podríamos llamar  intelectuales orgánicos. No sé, pero la prensa chica veragüense me recuerda a esa hermosa ave panameña (cascá, capisucia, cancanela, primavera, etc.) que esconde bajo el humilde ropaje achocolatado la maravilla de su gorjeo. Además, como si fuera poco, ejemplifica lo mucho que se pueda hacer aunque no se disponga de Facebook, Twitter o cualquier otro artilugio de la era moderna, porque el asunto no es sólo de forma, sino de contenido.
Mire cómo van las cosas, porque por estos entretelones es por donde aparece el aporte del libro de Olmedo Carrasquilla Alberola. Y es que esas experiencias de nuestro pueblo, como acontece con otras, por mucho tiempo han estado guardadas en alguna íngrima y olvidada gaveta de la historia. El libro de Carrasquilla tiene el mérito de abrirla y mostrarla a nuestra gente, para que ésta se reconozca en ella y comprendamos que tenemos nuestros héroes, paisanos con un auténtico compromiso social, panameños que crecieron con un norte y que se consideraban parte de un proyecto de nación.
Qué duda cabe que Carrasquilla Alberola conoce que la historia no puede ser cosa muerta, una colcha de sucesos para pregonar nuestra fingida sapiencia. Todo libro, así como encarna un escaparate de la cultura, también debe decirnos algo de lo que somos. Lástima que muchas veces esos mismos textos no estén al alcance de todos, porque aún carecemos de una política cultural y como en el caso del ocueño-guarareño-veragüense, tenemos que ver cómo nos las ingeniamos para que algún día la tinta tiña el papel.
Al final debo decir que me alegra por Veraguas y por la nación. Y especialmente por los jóvenes que deben guardar en su memoria una página de la historia que Olmedo Carrasquilla Alberola contribuye a esclarecer.
……mpr…
* Disertación el martes 26 de junio de 2012. Auditórium de la Universidad de Panamá, Santiago de Veraguas.