miércoles, 1 de julio de 2020

LA PANDEMIA EN EL CANAJAGUA Y EL TIJERA



En diversos medios de comunicación se ha reflexionado sobre la génesis de la conducta colectiva del hombre peninsular ante la pandemia, particularmente en el caso de la sociedad santeña. Los comentarios enfatizan en la existencia de un mayor grado de conciencia del hombre que mora en la tierra del Canajagua y El Tijera. Y seguramente hay algo de ello, pero la explicación no satisface plenamente los requerimientos de un enfoque más analítico.
Sobre el tópico podemos indicar que las causas reales son más estructurales que coyunturales y están relacionadas con la conformación histórica de la zona. En efecto, en la región tiene un peso significativo la existencia de la estructura agraria caracterizada por el minifundismo, una profunda ética que se nutre de los valores del catolicismo, la existencia de una cultura homogénea  y una conducta colectiva que fluctúa entre el individualismo y eventos de integración colectiva – como la junta, por ejemplo-, factores que en conjunto dan existencia al santeñismo, entendido éste como estilo de vida, cosmovisión y forma de ser que rebasa los límites político-administrativos de la región ubicada al sudeste de la península.
Lo que los personeros de las políticas sanitarias llaman “distancia social” -erróneamente porque a lo que se refieren es a la distancia física- es, en la práctica regional, un hecho histórico de larga data. La zona siempre se caracterizó por la dispersión rural, con una población “desparramada por los campos”, como indican los cronistas coloniales. Lo que argumento, y a lo que quiero arribar, es que aún hoy muchos paisanos viven dispersos en pequeñas haciendas, en viviendas con cómodas separaciones entre ellas y en el seno de un tímido crecimiento poblacional. Las estimaciones para el año 2016 sugieren una cifra que ronda los 213 mil habitantes, lo que confirma, todavía hoy, los guarismos a los que aludimos.
Desde el punto de vista histórico, geográfico y sociocultural era de esperarse una reacción colectiva como la que llama la atención nacional. En especial, para un grupo humano con mayor grado de cohesión social y capaz de reaccionar con espíritu de cuerpo ante una amenaza como la del virus de marras. En la zona los valores sociales todavía no son letra muerta y sobrevive, aunque maltrecha, la solidaridad con el prójimo.
De lo dicho se colige que hay razones estructurales y de tipo coyuntural que explican el fenómeno peninsular. Entre las últimas está la postura de algunas autoridades que supieron reaccionar a tiempo y asumir un liderazgo oportuno. Claro que se han dado problemas como en otras latitudes, (los cegatos e irresponsable nunca faltan), pero a mi juicio, se ha impuesto la histórica conformación de una región que supo responder como colectivo a los peligros que amenazan su integración como grupo. Y esa postura es un esperanzador indicador de que el cuerpo social aún sigue vivo y transpirando orejanidad.

.......mpr...
 1/VII/2020




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