sábado, 1 de agosto de 2020

¿ REPITO O PASO?


En la década del sesenta del siglo XX, la mayoría de la juventud guarareña iba a la Escuela Juana Vernaza a pie o a caballo. Los que vivíamos en Bella Vista (antiguamente llamada El Potrero), teníamos que caminar 3 kilómetros de ida y 3 de vuelta. Añada a lo planteado, que las clases se impartían en dos turnos, lo que suponía regresar al mediodía a la casa, para volver en la tarde al pétreo e imponente edificio que construyera el español Pedro Sarasqueta. En suma, que todos los días caminábamos 12 kilómetros, entre ir y regresar al colegio.

Para aquellas calendas, los inviernos eran eso, inviernos, y no las lloviznas de la era actual. Pues bien, para hacer frente a tal contingencia, muchos párvulos teníamos capote y las indispensables botas de hule. Cuando llovía, camino a la escuela, se sentía sobre la testa lo intenso de las goteras del chaparrón, el rostro mirando hacia abajo, al camino, para que el agua no mojara la faz. Yo lo disfrutaba mucho, porque cubierto con el gabán iba tejiendo ensueños y soñando con un mundo feliz, ensimismado en mis pensamientos; arropado en esa burbuja, entre el capote y la lluvia incesante. Una vez en la lomita, donde estaba la casa de la señora Matea, luego de pasar el antiguo matadero municipal, la bondadosa señora permitía dejar allí las botas y calzar los zapatos escolares.

El regreso siempre era hermoso; retornar al hogar y juguetear por el camino, agobiado con la chácara o el maletín de los útiles escolares. Luego, le tirábamos piedra al fruto de la enredadora que crecía en la copa de los cedros, para usarlas como barquitos que se llevaba la corriente de agua que quedaba luego de los diluvios de aquella mítica infancia, forjada, además, entre concierto de sapos.

En la senda recorrida, en los bordes del camino, abundaba la serbulaca, la planta cuyo tallo el ingenio orejano convirtió en varilla de volador. De niño no pensábamos en ello, sino en jugar con los cinco pétalos de la flor. Y se nos ocurría que nuestra suerte escolar, el paso al nuevo año lectivo, dependía del conteo de los pétalos. Parados frente al serbulaquero, tomábamos la flor y la íbamos deshojando mientras repetíamos la letanía de “repito o paso”, “repito o paso, “repito o paso”. Y la preocupación no era poca, si tocaba en suerte el fatídico y supersticioso “repito”.

Pasado el tiempo, cuando miro la florecita de los campos santeños, recuerdo el pasaje de la infancia y sé, muy dentro de mí, que para muchos de los que nacimos por aquellas calendas, la flor de serbulaca es más que la tierna y diminuta florecita de la campiña; ella resume en su forma y color, la memoria colectiva de nuestra gente, el recuerdo imperecedero del niño campesino.

.….mpr…

1/VIII/2020


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