viernes, 22 de febrero de 2008

LA MUJER EN LA CULTURA DE AZUERO

























En los últimos años el estudio de género ha adquirido en nuestro país una importancia inusitada. Al parecer varias décadas después de la declaración del Día Internacional de la Mujer se hizo más notorio el interés por este tipo de tópico; digo, tal vez, porque las raíces del fenómeno datan en nuestro país de épocas mucho más añejas.
No cabe duda que el rol de las féminas siempre ha gravitado sobre una sociedad que en los tiempos actuales ha venido a reconocerle una trayectoria de larga data. Sin duda esa valoración no es una concesión gratuita forjada según el molde de un sector masculino que repentinamente toma conciencia de dicha discriminación (aunque no podemos descartar una dosis de ello), sino que ha sido incoada por el esfuerzo y el empeño organizativo de las propias mujeres en el contexto de una época preñada de concepciones que se vuelven caducas, al ser retadas por otras que buscan imponer su novedosa impronta social.
Siempre consciente de lo relevante del tema, y ante la carencia de investigaciones sobre el tópico en la Región de Azuero, me impongo la tarea de escudriñar ese acontecimiento en el marco de una sociedad rural como la santeña y herrerana, que no necesariamente evoluciona a la velocidad de los fenómenos de la istmeña zona transitista. Para ello procedo ha destacar algunos fenómenos que caracterizan la formación social azuerense; ya que resulta imperioso auscultar los rasgos que distinguen a la indicada zona para comprender el marco en el que crece y se desarrolla la mujer objeto de nuestras cavilaciones. A continuación establezco un esbozo de esa misma fémina, para pasar luego a referirme al nuevo contexto social de la modernización, sin olvidar en este punto los retos y desafíos de la mujer santeña y herrerana del Siglo XXI.
Mujer, historia y sociedad
Si observamos la región de Azuero, pensando la misma desde los intereses femeninos, existen rasgos culturales e históricos que permiten analizar el rol de la mujer orejana de la costa y de la montaña, que algunas veces se vuelve profesional y se asienta en la zona oriental para ejercer desde tal sección peninsular un liderazgo mucho más notorio que el que históricamente desempeñó en un contexto plenamente rural.
Al pensar en el período previo al arribo de los españoles, conviene tener presente el papel de la llamada espavé, vale decir, de la indígena que se convierte en concubina del tiba o cacique. De las crónicas coloniales se desprende que no se trata de una mujer seleccionada solamente por su belleza física, porque muchas veces ella asume las armas como parte consustancial de sus deberes. Esta visión contrasta notoriamente con la leyenda latinoamericana de la Anayansi panameña o la Malinche mexicana, personajes que presentan una imagen novelesca de la mujer indígena, como si para ella fuera normal sacrificar a su pueblo por un incomprendido amor hispánico.
La riqueza de la cultura indígena rescatada por los arqueólogos, confirma que estamos ante sociedades con una jerarquía propia; culturas en donde es imposible que la mujer desempeñara funciones meramente de servidumbre. La riqueza de los objetos precolombinos con sus figuras, colores y textura no puede ser únicamente el producto de labores típicamente masculinas. Por ello, no es casual que en Azuero el papel relevante de la mujer indígena aún perdure en el nombre de uno de los árboles más hermosos de la flora interiorana: el espavé.
No cabe duda que la mujer precolombina va a formar parte del substrato social que hará posible la existencia de la mujer contemporánea; mezcla del estoicismo indígena, orgullo español, alegría y resistencia física de la negra colonial. Algunas mujeres santeñas y herreranas poseen una dosis mayor de uno u otro de tales componentes raciales y culturales, pero todas se muestran orgullosas de la estirpe de la Península del istmo que tiene en el Canajagua el símbolo geográfico de la identidad cultural que ha dejado sus huellas en la nación.
Conviene tener presente que el arribo hispánico del Siglo XVI hará posible la mezcla racial y cultural de que hablamos. Y no se trata en nuestro caso de un asunto meramente de genes, sino de que el poblamiento de la zona constituirá el marco que dará configuración a la personalidad colectiva e individual de la mujer azuerense. Hablamos de un ser que crece y se desarrolla en poblados pequeños, cuando no socializándose en un entorno típicamente rural.[1] Esto supone que la división social del trabajo establece de manera clara los papeles sociales. Los hombres desempeñando tareas más rudas que las mujeres, correspondiéndoles a éstas las labores hogareñas; con lo que ello implica en la crianza de los hijos y la atención de la casa.
Un punto importante a considerar estriba en reconocer la influencia que sobre su carácter ha tenido la Iglesia Católica, porque las enseñanzas bíblicas, muchas veces alejadas de la verdadera doctrina, le asignaron a ella un papel de consorte complaciente. A ello debemos añadir cierta dosis de la cultura árabe que arriba a la zona camuflada bajo el manto cultural de lo hispánico, pero que no puede desconocer los siglos de control que sobre España ejercieron los musulmanes. En este punto cabe destacar que el español que arriba a la región reproduce patrones culturales en los que la mujer viene a desempeñar un rol subalterno, según la vieja tradición mozárabe. Si tuviésemos que establecer una analogía con la mujer azuerense diríamos que la misma es como la casa de quincha de la Península: indígena, hispánica y negroide.
En efecto, en el caso de la cultura africana estamos ante un componente que reproduce en la zona los hábitos y tradiciones de lo afrocolonial. Es decir, propio de la negra que labora como esclava en las casas de familias y en las haciendas aledañas a los centros urbanos. A diferencia de lo que aconteció en América Latina, la azuerense mujer afrocolonial desempeña labores de servidumbre en fincas y poblados, debido a la ausencia de actividades propias de plantaciones de caña de azúcar y de extracciones de minerales como el oro y la plata.
Durante algo más de cuatro siglos tal fue la sociedad, la cultura y la economía que hicieron posible el surgimiento de una mujer como la que mora en la región. Esos componentes básicos se enriquecen a partir de la segunda mitad Siglo XIX, y gran parte de la vigésima centuria, cuando aparecen las minorías étnicas de chinos, españoles de nueva data, hindúes y árabes; aunque los mismos no hayan logrado modificar significativamente el amasijo cultural al que he hecho alusión.
Algunos rasgos de la mujer azuerense .
Con tales componentes básicos surge una mujer que no responde solamente a un tipo humano, pero que comparte atributos generales. Muchas veces el perfil racial y cultural dependerá de la forma como se combinen esas mismas herencias genéticas y culturales e incluso del área geográfica en que se haya dado la socialización. Porque hasta mediados del Siglo XX encontramos una mujer que ha crecido y se ha socializado en la costa, vale decir, en la sección oriental de la península. En cambio, la mujer de montaña recibe una educación informal propia de un ambiente que difiere del que encontramos en poblados como Parita, Villa de Los Santos y Las Tablas.[2] Sin embargo, ambas comparten un patrón cultural caracterizado por el sometimiento de una sociedad rural que se centra en el control varonil de la tierra, la posesión de las vacas, el poder religioso y el monopolio de la burocracia pueblerina. Esto no quiere decir, como veremos más adelante, que ese grado de discriminación sea aplastante, sino que los signos exteriores de dominación presentan al varón como el factor central de la hegemonía en el campo.
Un ejemplo claro del estado de la cuestión femenina en la región de Azuero se deduce de la descripción que el 15 de septiembre de 1852 realiza el Gobernador Antonio Baraya sobre el estado de la educación en la extinta Provincia de Azuero. Señala Baraya:
"También debéis hacer los mayores esfuerzos por establecer un colegio o escuela provincial de niñas. La mujer, esta preciosa mitad del género humano, destinada por la naturaleza a influir en el destino del hombre, i en la suerte de la naciones, según su mayor o menor intelijencia, crece en estos pueblos como la planta silvestre, sin mas educación que la que le legara a su madre o abuela el siglo XVI, i sin otro porvenir que el de ser máquina humana de reproduc­ción. Fijaos por un momento, SS. Diputados, en estas consideraciones, i decidíos a brindarle un porvenir risueño al bello sexo de la provincia, proporcionándole medios de cultivar su intelijencia¨.
[3]
El testimonio precedente es de vital importancia para la comprensión de la situación social; al demostrar que al inicio de la segunda mitad del Siglo XIX aún la mujer sigue desempeñando los roles clásicos de madre hogareña, acompañante del varón, complemento de las labores del hombre en la agricultura y la ganadería, además de continuar siendo un ser que carece de instrucción formal. Hay más, con el arribo de la educación primaria (fenómeno que no se produce sino con la separación de Colombia) la enseñanza para las niñas de Herrera y Los Santos no irá más allá de las cuatro operaciones fundamentales de la aritmética, además de leer, escribir y uno que otro curso de urbanidad. No olvidemos que la coeducación no se implanta hasta el año 1919.[4]
En realidad, desde la Colonia hasta las primeras décadas del Siglo XX, el papel de la mujer se centró en casarse y procrear, sin que esto impida que ocasionalmente surjan algunos liderazgos femeninos; como en los casos que registra el Siglo XIX con Rufina Alfaro y Bibiana Pérez.
Considero que en la mujer azuerense de estas calendas podemos distinguir una dualidad de funciones que se explica por el propio contexto de una sociedad como la santeña y herrerana. Así, hacia afuera del hogar se vende la imagen de una mujer sometida a los designios de una sociedad machista, pero hacia adentro lo que se experimenta es la existencia de una situación que se aproxima a lo que podríamos definir como una sociedad con algunos rasgos de matriarcado. El hombre promueve una imagen de control social y se muestra como portador de la hegemonía, pero en el hogar la mujer manipula la economía hogareña, los vínculos con el entorno social de sus hijos, la educación de los mismos, así como las expresiones de afecto social.
En efecto, hay que tomar en cuenta que el crecimiento de la población en el área no viene a ser significativo sino hasta los años treinta y cuarenta del Siglo XX. Antes, la carencia de población y la ausencia de mujeres en el agro va a ser un fenómeno social de gran envergadura, porque dificultará que en el campo y en los pueblos chicos se pueda encontrar la pareja ideal para el casamiento. A todo ello hay que sumarle la consecuencia de la dispersión rural y la existencia de un hombre educado para realizar labores propias de su género. Por estas razones la misma sexualidad femenina pasa a convertirse para ella en un poderoso instrumento de control masculino. En la soledad del campo la mujer administra el hogar, es responsable de la socialización, además de dispensadora de favores sexuales del marido.
Debemos comprender que toda esta situación ha forjado un tipo humano con un carácter singular que se distingue en algunas ocasiones por el sometimiento al hombre, pero en otras por una indudable imposición de su manera del ver el mundo. Quiero decir con ello que no es fácil aplicar una visión tradicional de los estudios de género para comprender la mujer que mora en las faldas del Canajagua y el Tijeras. Pienso que esta última característica tiene mucho que ver con el manejo de la economía de patio y el control del garrafón de leche, cuando no la posesión de algunos toretes en el potrero. Entre otros factores, tales son algunos de los aspectos que distinguen a las orejanas de Azuero de otros féminas del resto de la República. En el fondo late la influencia de una estructura agraria basada en el minifundio, con todo lo que puede impactar la conciencia social en términos de una relativa independencia económica.
La ruptura con este estado de cosas se ubica cronológicamente en la segunda mitad del Siglo XX, pero tiene su génesis estructural en la primera mitad de esa centuria. Entre las causales que pudiéramos señalar como los promotores del cambio social están la instrucción pública, la incorporación de la zona a la economía nacional, el avance en salud, el desarrollo de los medios de comunicación y la migración hacia otras áreas del país. Hay que recordar que en el caso de Azuero estamos ante un emigrante que observa otros lugares y que trae a su pueblo una visión de mundo que no encaja con la que tradicionalmente se ha centrado en el potrero, la capilla y la fiesta pueblerina.
Como era de esperar en el nuevo contexto, el liderazgo femenino vino a darse inicialmente mediante el papel social de la educadora, la maestra que recorre los campos y que se constituye en ejemplo para otras mujeres. En este sentido el papel de la Escuela Normal de Santiago de Veraguas, al sembrar los campos interioranos de educadores, contribuyó a liberar a las orejanas de siglos de sometimiento en el agro panameño. De la misma manera las escuelas primarias, sumadas a los colegios secundarios y las Sedes Universitarias promueven una transformación que todavía no ha sido valorada suficientemente.
Precisamente de este grupo de instructoras saldrá la líder política comunitaria que posteriormente se transformará en Alcaldesa, Representante de Corregimiento, Diputada a la Asamblea Nacional, dirigente cooperativista, enfermera, entre otras importantes profesionales. Incluso en aspectos que parecen estar desligados de dicha situación, como en el caso de las cantantes de música típica, la mujer va adquiriendo un protagonismo que eclosionará en los años noventa del Siglo XX. En este punto los nombres de Eneida Cedeño y Sandra Sandoval hablan bien claro de ese relevo generacional y se constituyen en paradigmático ejemplo de lo que acontecerá con la cuestión de género.
Lo que intento plasmar de manera clara es que desde los años setenta y ochenta, cuando el movimiento feminista comienza a arraigarse en la Península de Azuero, la propia dinámica social ya ha madurado como para recibir al mismo con algún grado de beneplácito. Esta transformación social a la que me refiero no abarca únicamente a la mujer profesional, sino que se manifiesta de manera clara en la santeña y herrerana de los estratos más populares. Pienso, por ejemplo, en la campesina que ha hecho del arte culinario una microempresa. Me refiero a la mujer que es responsable de las fondas que pululan por las múltiples fiestas del calendario festivo azuereño; la que supo dar un salto, desde la tranquilidad de su hogar, hacia la rentabilidad que le permite a la familia satisfacer las necesidades básicas y garantizar la educación de la prole.
Sobre este último tema una contribución importante radica en comprender la industria contemporánea de los reinados. Gran parte del impulso positivo e inicial de estos eventos, desde las cantalantes hasta las reinas del carnaval azuerense, expresa el empuje de una mujer que se está abriendo espacio a través de diferentes facetas y que no parece estar dispuesta a continuar desempeñando, durante el Siglo XXI, un papel social tradicional. Sobre esto debo decir que no se trata en modo alguno que ella renuncie a su feminidad o a su noble papel de madre, sino al hecho de que comprende que la vida no se agota en tales menesteres y que puede incursionar en otros horizontes culturales.
Las tareas del Siglo XXI
Una mirada retrospectiva como la que hemos realizado permite constatar que durante el período prehispánico la mujer en Azuero tuvo en la espavé su máxima expresión, la Colonia hizo de ella un ser hispánico/negro/indígena que mora en la costa y la montaña en el marco de una sociedad típicamente campesina. El Siglo XIX prolongó esa situación con algunos atisbos de instrucción pública pero siempre en el marco de máquina humana de reproducción, la vigésima centuria la ve asumir nuevos retos liberándola del analfabetismo e impulsándola a constituirse en mujer profesional. Así, por ejemplo, en la sede de herrerana de la Universidad de Panamá los guarismos confirman que el setenta y cinco por ciento de la matrícula corresponde a mujeres que aspiran a un título universitario.
En efecto, al inicio del siglo XXI existe en Azuero algo más que un despertar de las féminas. Observamos que la antigua dicotomía entre la mujer de la costa y de la montaña es menos evidente. Es más, osaría decir que una numerosa cantidad de mujeres del campo se ha tomado los poblados de la costa y ejerce un creciente liderazgo en las actividades político partidistas, empresariales, docentes y de otros orden de actividades. Sin embargo, ese entusiasmo por la educación y las profesiones no descarta que podamos hablar de la existencia de nuevos y viejos desafíos. El más evidente se refiere a que la mujer azuerense aún no ha logrado estructurar un sistema organizativo que le permita defender sus derechos. Porque no se trata de anteponer a los hombres una organización antagónica, sino de corroborar que son incipientes las organizaciones que tienen como norte la temática de género. Aún investigación y derechos humanos no han logrado articular una mancuerna operativa.
En Azuero la existencia de una cultura basada en añejas tradiciones campesinas se ha centrado en la imagen de la mujer como símbolo de los eventos asociados a Baco y Dionisio. En este sentido es nefasta la promoción de la cultura dionisiaca que hace de ella un objeto de uso y desuso. Situación que se ve reforzada por el manejo irresponsable que realizan los medios de comunicación.
En concreto, me refiero a la mujer como símbolo de los reinados azuerenses. La comercialización de la fiesta la ha arrastrado al torbellino de la cultura light.[5] Ser reina, papel social que no tiene necesariamente que ser estigmatizante, se ha trastocado en una aspiración generalizada. Las nuevas generaciones se socializan en este monárquico modelo, de tal manera que la mayor aspiración de la adolescente radica en poder ser alguna vez reina de algo. Al final, las energías se agoten en un evento efímero y se termina por creer que la realización de la mujer pasa necesaria por lucir una diadema; ante la complacencia popular y la mirada indiferente de las vacas que continúan rumiando su pasto en el potrero. En efecto, aspirar a ser soberana no tiene nada de extraño, lo perjudicial estriba en desconocer que antaño existieron liderazgos como los de Rufina Alfaro, Bibiana Pérez y Ofelia Hooper, mujeres que igualmente deberían constituirse en paradigmáticos ejemplos a imitar. [6]
Por otro lado, junto al hombre azuerense la mujer padece la ausencia de lugares de verdadera recreación social. Los llamados jardines o salas de baile son sitios de encuentro que no cumplen a cabalidad con los requerimientos necesarios para que los jóvenes y adultos logren interaccionar socialmente. En consecuencia, muchas veces la mujer vive atrapada en la telaraña de bailes de acordeones a los que se ve casi obligada a asistir. Esta situación forma parte de una problemática mucho más compleja que se relacionada con el problema del ocio en la sociedad azuerense.
Muy ligado con la anterior está el asumir y fomentar un regionalismo mal entendido y peor aplicado; viejo mal hispánico que se profundizó en el Siglo XIX y que durante el Siglo XX aupó una imperfecta incorporación regional. Siendo así, para ella el reto contemporáneo pasa necesariamente por tomar conciencia de tal estrechez de miras, así como ampliar los horizontes culturales mucho más allá de los límites comarcales. En este sentido las instituciones de la región, a la vez que fortalecen la identidad cultural de la zona, deberían ejercer un liderazgo que permita que las orejanas de Azuero tengan un espacio, no sólo para su realización personal, sino para asumir responsabilidades y contribuir a la solución de los múltiples problemas que atraviesan las provincias de Herrera y Los Santos.
Al final, lo satisfactorio del Siglo XXI radica en comprender que la apertura hacia los espacios de su realización como mujer ya no se constituyen en meta inalcanzable. En los albores de la nueva centuria una nueva cuota de poder está al alcance de su mano, la organización es el medio para ese logro y el hombre un aliado en la lucha.


[1] Pinzón Rodríguez, Milcíades. EL HOMBRE Y LA CULTURA DE AZUERO. Chitré: Impresora Crisol S.A. 1990, 47 Págs.
[2] Para una introducción al estudio de la zona leer del autor CON LAS CUTARRAS PUESTAS. Panamá: Eupan, 2002, 301 págs.
[3] Muñoz Pinzón, Armando. UN ESTUDIO SOBRE HISTORIA SOCIAL PANAMEÑA.(Las sublevaciones campesinas de Azuero en 1856). Panamá:Eupan, 1980, pág. 166.
[4] Pinzón Rodríguez, Milcíades. LA INSTRUCCIÓN PÚBLICA EN AZUERO. (Siglo XIX y primera mitad del XX). Chitré: Impresora Crisol S. A., 1992, 84 págs.
[5] Rojas, Enrique. EL HOMBRE LIGHT. Una vida sin valores. España: Ediciones Temas de Hoy, 2001, 181 págs.
[6] Ver Pinzón Rodríguez, Milcíades.
Al oído de Rufina Alfaro; en ÁGORA Y TOTUMA, Año 8, #137, 30/X/1999.
Una guarareña llamada Bibiana Pérez; en ÁGORA Y TOTUMA, Año 4, # 95,30/XII/1996.
Guararé y Bibiana Pérez; en ÁGORA Y TOTUMA, Año 9, # 142, 30/I/2000.
Ofelia Hooper Polo; en ÁGORA Y TOTUMA, Año 2, #48, 21/XII/1993.

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