viernes, 8 de febrero de 2008

LA CUESTIÓN DEL DESARROLLO REGIONAL

Interrogarse sobre la cuestión del desarrollo regional siempre será un tema de vital importancia, especialmente para un país como el nuestro, con evidentes rezagos y disparidades provinciales. Un aspecto central del análisis debe reconocer la existencia de la llamada macrocefalia ístmica, con una zona de tránsito que aglutina no solo la mitad de la población, sino parte considerable de la inversión y la riqueza nacional. El peso de esa deformación estructural debería tomarse en consideración a la hora de elaborar una estrategia de desarrollo nacional. Así debemos concebirlo, porque el transitismo ha retardado y deformado el progreso del Panamá rural.
Estoy convencido que para construir el país que queremos hay que estimular una reflexión que nazca de las entrañas de la nación, meditación que debe ser producto de un debate maduro, serio y constructivo. El liderazgo para el logro de ese empeñó tiene que ser asumido por las diversas regiones que constituyen la república. Nadie hará como nosotros lo que podemos encomendar a otros. En esa línea de pensamiento, y como una contribución a tal propósito, adelanto algunas ideas con las que pretendo acercarme a la cuestión del desarrollo regional de las provincias de Herrera y Los Santos.

Algo de historia


La historia de la planificación nacional confirma que la nación careció, hasta la primera mitad del Siglo XX, de estrategias de desarrollo nacional. Los primeros amagos en esa dirección fueron producto del trabajo de los liberales de la década del cincuenta y sesenta de esa centuria. A continuación el período militar se caracterizó por las retoma de tales líneas de desarrollo, las que fueron ampliadas y modificadas. De hecho lo implementado respondió a la visión liberal que la gente del llamado “proceso revolucionario” hizo suya en el marco del llamado “Estado empresario” de los años setenta. En ese tiempo se habló de los “polos de desarrollo regional”, estrategia que no logró su cometido y terminó apabullada por una propuesta centrada en la ampliación del rol de la zona de tránsito, con su canal y centro bancario internacional. Advirtamos que esa planificación se elaboró en los centros de poder transitista. Las provincias fueron simples receptores de una estrategia que les fue extraña y desconocida.
Desde aquellos tiempos han transcurrido más de tres décadas y todavía la república carece de un norte que guíe sus pasos y le conduzca más allá de las veleidades de gobiernos electos. Aún los panameños no sabemos qué queremos, ni hacia dónde vamos; quizás porque los militares hicieron añicos al país y los gobiernos democráticos tampoco han sido capaces de presentar una propuesta que satisfaga las ansias de desarrollo nacional. Hemos arribado al Siglo XXI de coyuntura en coyuntura; huérfanos de una visión que unifique y dote de planes y proyectos de desarrollo que superen el período político de quienes transitoriamente detenta el poder.

El caso de la Región de Cubitá

Las provincias de Herrera y Los Santos experimental lo misma que otras regiones interioranas. En el transcurso del Siglo XX, y en lo que va de la centuria, ni tan siquiera tienen una idea vaga de cual podría ser la suerte de tales circunscripciones administrativas. Se puede afirmar que la planificación peninsular ha sido casi nula, porque en la práctica lo que se observa es un desarrollo desarticulado. En ese escenario histórico cada actor social intenta despegar desde su propia pista y el Estado se caracteriza por dar palos a ciegas, contentándose con acudir a “resolver” problemas cuando éstos están a punto de eclosionar. El caso del alcantarillado de La Villa de Los Santos, poblado en el que la población tuvo que protestar durante cuatro largos años para lograr su objetivo, demuestra con elocuencia lo que intento decir.
Si analizamos integralmente la Península se observa que en ella coexisten dos mundos, ambos interrelacionados, pero cada uno marchando al ritmo de sus particulares condiciones de desarrollo. De un lado encontramos el segmento de población que vive en la costa, en la sección oriental de la región; mientras que en la sección occidental (área de montaña) muestra su faz un sistema social y económico que experimenta las condiciones de vida que caracterizaron los años treinta o cuarenta del Siglo XX. La costa y la sabana apuntan hacia la modernidad, mientras que la montaña es el reducto histórico de la pobreza y el abandono. Es evidente que la utilización de los espacios geográficos ha privilegiado la sabana antropógena en desmedro de la sección occidental de la región. Este desequilibrio interno promueve constantes flujos migratorios que alimenta la población de la costa y estimula la despoblación de la sección occidental. Se entiende que esta situación es más una consecuencia que una causa, por cuanto obedece a la falta de planificación del desarrollo regional.
La ausencia de previsión ante la cuestión del desarrollo también lo vemos en los problemas que enfrenta la empresa privada regional. Las organizaciones empresariales intentan fortalecerse por cuenta propia, ya que no existe un patrón de desarrollo dentro del cual implementar sus proyectos, entre otros motivos porque los municipios no han legislado sobre el tópico. En consecuencia, se agudiza el problema de la recolección de la basura, las barriadas se expanden sin norte ni guía, el transporte colectivo no satisface las expectativas de los usuarios, la inseguridad está en ascenso y las carreteras no reciben mantenimiento preventivo.
Al adentrarnos en la compresión de nuestro mundo regional hay que destacar otro aspecto capital, me refiero a las actividades agropecuarias. Éstas han sufrido en carne propia el problema estructural de la nación. A saber, un país centrado en el sector servicio que mira con desdén las actividades del agricultor y ganadero. Los años ochenta y noventa del Siglo XX fueron claves en la destrucción del modelo de producción agropecuaria. Desde entonces las políticas neoliberales promovieron la crisis que agricultores y ganaderos no han podido enfrentar con los exiguos recursos con que cuentan, mientras se les conmina a que promuevan una adecuada reconversión económica, pero no se les dota del presupuesto para ello. En lo que ha transcurrido del Siglo XXI ese abismo de desarrollo se ensancha antes que reducirse.
Muy a tono con las tendencias del subdesarrollo regional, asoma su faz el problema de la preservación ambiental. En la pasada centuria la región destruyó gran parte del legado ecológico que a la naturaleza le tomó millones de años de evolución. Entre los problemas más angustiosos de la cuestión ecológica pueden citarse la reducción de los bosques por el avance de la ganadería extensiva, la contaminación de las principales fuentes hídricas, el abuso en el uso de los agroquímicos, la catástrofe ecológica de los manglares, ausencia de políticas ambientalistas que normen el crecimiento de los centros urbanos y últimamente la amenaza de la minería, así como el desarrollo turístico sin planificación. Admitamos que sin planificación regional el desarrollo sostenible es un eufemismo.
Añadamos al tétrico panorama otro elemento fundamental: el desafío cultural. El observador acucioso se percata que en la región coexisten aparatosamente el tradicionalismo y la modernidad; creando una cultura híbrida que añora el ayer, al mismo tiempo que intenta disfrutar de las manifestaciones de la postmodernidad. Como consecuencia de la carencia de una política cultural sensata, se produce una creciente comercialización de las expresiones de la cultura popular. Tales son los casos de la música de acordeones, cantaderas, matanzas, bailes tradicionales, etc. En consecuencia, la población vive atrapada en un mundo cultural al que le están vedadas otras manifestaciones del espíritu.

La estrategia para el desarrollo humano sostenible

A la situación descrita, en la que asoman su rostro algunos problemas estructurales de la mano con otros cuya naturaleza es más específica, se impone la implementación de políticas que apunten hacia una solución integral. Todo conduce a pensar que la región no logrará superar el subdesarrollo en que se encuentra sin asumir una estrategia que establezca las líneas generales de ese desarrollo y que reoriente el accionar de los actores sociales en el marco de un proyecto de desarrollo nacional. Esto supone partir de una filosofía que inspire los planes y programas de desarrollo. A nivel nacional una discusión de tal naturaleza tiene que centrarse en el mejoramiento de la calidad de vida del panameño, construyendo un país donde el campo y la ciudad se complementen, vale decir, que la riqueza nacional se distribuya por igual entre la zona de tránsito y el interior panameño. El nuevo modelo ha de inspirarse en el ecodesarrollo, la búsqueda del consenso social (alimentando y respetando el disenso renovador) y la equidad, entre otros aspectos. En este punto deberíamos admitir que las grandes líneas desarrollo ya se encuentran planteadas en el documento denominado VISIÓN NACIONAL 2020, así como diagnosticada en el INFORME NACIONAL DE DESARROLLO HUMANO (Panamá 2002).
En el caso que nos ocupa se debe retomar la propuesta nacional que plantea el desarrollo humano sostenible, pero en el marco de nuestras particularidades regionales. Como quiera que la región pocas veces ha sido consultada, exceptuando el período de las elecciones (ejerciendo parcialmente sus derechos políticos, más no así los económicos), la estrategia debe caracterizarse por la consulta a los diversos grupos que habitan la región. Pienso que algunos de los ejes en torno a los cuales debe girar la estrategia, los planes y proyectos de desarrollo, son los siguientes: la cuestión ecológica, las asimetrías entre la costa y la montaña, el problema de la identidad cultural de la región, los medios de integración regional y nacional (medios de comunicación y transporte), los pilares que han de sustentar la economía regional (agricultura, ganadería, turismo, servicio, etc.), el desafío educativo y la cuestión de tipo sanitaria.
Al final de estas notas se impone una reflexión nacida del estudio de la zona. Debo decir que la experiencia del desarrollo regional durante los siglos XIX y XX deja como saldo una gran enseñanza. En realidad la Península es una sola e indivisible, porque las distancias geográficas y culturales entre los pueblos son demasiado pequeñas como para concebir una planificación basada en las circunscripciones provinciales o municipales. Este fenómeno se observa, por ejemplo, en la problemática de la basura y el desarrollo municipal de Chitré y la Villa de Los Santos; municipios que deberían colaborar en la solución integral de éstos y otros problemas comunitarios.
Todo parece indicar que no sólo es viable, sino necesario que la planificación trascienda los límites administrativos de cada provincia. Sin duda habrá resistencia de parte de algunos actores sociales, pero tales argumentos deben ser superados mediante información, docencia y participación ciudadana, si es que de verdad deseamos un desarrollo centrado en la calidad de vida e integrado al ritmo que la nación necesita.
Ver Ágora y Totuma, Año15, 25/IX/2006.

1 comentario:

  1. Hola,
    Mi nombre es Camila y estoy haciendo un levantamiento de datos de la peninsula y me encontre con su pagina. Muy bien me parece todo lo que dice en cuanto a los desastres por los que pasa la region, muy sincero.
    De la parte ambiental tiene estadisticas? gracias
    cortes_camila@hotmail.com
    gracias

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