martes, 7 de octubre de 2008

GLOBALIZACIÓN E IDENTIDAD NACIONAL


El reflexionar sobre la globalización no sólo es pertinente, también se convierte en un tópico de ineludible urgencia dada la necesidad de acometer un conjunto de tareas impostergables. Abordaré, sin descuidar la visión holística de la problemática, una parcela de ese quehacer de la globalización, o mundialización si preferimos llamarle. Estoy conciente que el tema casi siempre se ha analizado desde miradores estrictamente económicos y políticos, descuidando la variable cultural de la problemática.
La cuestión cultural no es menos relevante, particularmente en lo que atañe a la identidad de las naciones; porque en un mundo globalizado no sólo se incide sobre las economías e ideologías, también la personalidad colectiva de la sociedad se desdibuja y genera un sincretismo que a veces va en desmedro de los sistemas subalternos. Para el logro de ese objetivo partiré destacando la génesis del fenómeno, seguido de la apoteosis y clímax de la globalización, el papel de la cultura en esa encrucijada, así como la capacidad de resistencia de grupos contrahegemónicos, para concluir con un comentario sobre el desafío que implica la expansión planetaria de los sistemas sociales y de las culturas que le son consustanciales. [1]
a. La génesis del fenómeno.
La globalización es un fenómeno antiguo con aristas modernas. Nació desde que el hombre decidió ser trashumante y luego asumió el sedentarismo como forma de vida. Asentamiento humano que luego se invierte para volver a ser nómada, aunque por otros medios y circunstancias. En lo más profundo representa una aptitud/actitud humana que se compagina con el deseo de explorar horizontes y de ser libre. También la globalización está asociada con la conquista, aunque ésta no siempre se haya desarrollado de la mejor manera y con los mejores métodos. En el sentido noble del término no hay nada pecaminoso en ella y, al menos desde este enfoque, aporta un signo positivo en el sendero que el hombre ha transitado desde su infancia mental.
Sin embargo, la globalización de nuestro convulso tiempo dista mucho de responder a la perspectiva que arriba he descrito. Sabemos que en algún punto del desarrollo de la humanidad, la generación de excedentes produjo la disputa por su apropiación y el hombre inauguró en su vida la lucha por el poder y el control hegemónico del territorio. La conquista en este momento, como relación del hombre con la naturaleza, se trastocó en guerra e imposición de valores, creencias y culturas. Quiero decir que la dialéctica del hombre con su medio se hizo, además, depredadora. La expansión de tribus en imperios trascendió su localismo y abarcó grandes extensiones del territorio, desde los tiempos del Genghis Khan, Tigris y Éufrates, pasando por los griegos, romanos, incas y otros señoríos.
No obstante lo dicho, tal y como la concebimos en nuestra contemporaneidad, la globalización asume nuevas modalidades. En la mayoría de los casos es concebida desde dos vertientes analíticas: la económica y la política. Desde una visión estrictamente económica, la globalización expresa la pugna por la apropiación de los mercados y se entiende como producto de imperios económicos que con sus empresas transnacionales invaden las economías de países menos desarrollados. Está aquí planteado el conflicto norte-sur, así como los intentos contrahegemónicos de países que pretenden armar una contrapropuesta sur-sur. Valga el ejemplo del ALCA (Área de Libre Comercio para las Américas) y la contrapropuesta del ALBA (Alternativa Bolivariana para las Américas), como emblemáticos exponentes contemporáneos de esta disputa geopolítica y económica.
Para este enfoque la economía está dialécticamente ligada a la política y sobre el tópico existe una numerosa bibliografía que analiza los aspectos atinentes a la geopolítica de los grandes imperios contemporáneos, así como de sus luchas por controlar recursos petroleros, hídricos, así como pasos y zonas estratégicas. Entre otros estudiosos, Immanuel Wallerstein, ilustra el intento por comprender lo que el estudioso denomina sistema-mundo.[2]
b. Apoteosis y clímax sociopolítico de la globalización
La globalización ha tenido en la centuria pasada, y en lo que va del Siglo XXI, su expresión cimera. Desde entonces muchos han conceptualizado sobre la “aldea global” para expresar el encuentro de cultura, economía y política que la globalización promueve por el orbe; sin dejar rincón que no sucumba a su influjo. En lo más profundo el fenómeno expresa el encuentro entre sistemas sociales disímiles. En América Latina, por ejemplo, se superponen, como si se tratase de capas de una gigantesca cebolla, la sociedad tradicional en coexistencia con la industrial y la postindustrial; creando una amalgama de modismos y sincretismos de la más variada magnitud. La situación se vuelve más compleja al tomar en consideración la estratificación social y las alianzas que surgen entre grupos de poder endógenos y exógenos; e incluso en el propio seno de las formaciones sociales latinoamericanas.
La cuestión política reviste así una dimensión insospechada, ya que la de por sí enclenque democracia criolla tiene que cohabitar con fuerzas políticas y económicas que le rebasan en experiencias y poderío. En un mundo así concebido se transnacionaliza la política, la que se torna global y al hacerlo se aleja de los controles internos, sucumbiendo al embrujo de líneas de desarrollo que a veces son incompatibles con un desarrollo autónomo. Y no me refiero a que defendamos en tiempos de globalización una autarquía política, cosa por demás imposible, sino que las políticas de desarrollo dejan de responder a necesidades nacionales para evitar la contradicción con intereses de empresas transnacionales.[3] Tales los casos, por ejemplo, de las compañías mineras y de extracción y procesamiento del petróleo.
Todos estos aspectos contribuyen al exacerbamiento de las contradicciones sociales, en la medida que los grupos contrahegemónicos elevan sus banderas de lucha popular y pugnan por imponer a las clases dominantes (nacionales y foráneas) sus intereses y visión de mundo. Luego, se comprende que la cuestión política en América Latina se constituya en una encrucijada de caminos en la que confluyen la misión y visión de cada grupo social. Y si la metáfora resulta feliz, no siempre podemos ponernos de acuerdo en la posibilidad de transitar el mismo sendero.[4]
c. La cultura en la encrucijada
Si la cultura es lo que un destacado antropólogo definió alguna vez como el hombre y sus obras[5], la misma ya no es, como antes, el producto de grupos inconexos en el planeta; porque la globalización contemporánea se ha encargado de la destrucción de tal paradigma. Vivimos ese encuentro a diario, aunque en América no tenga la violencia formal del antiguo colonialismo anglo-hispano-lusitano.
Hablamos de la cultura, pero podríamos referirnos a las consecuencias de la globalización sobre el campo financiero, ambientalista, educativo y los medios de comunicación de masas. Sabemos que la lucha por la expansión de los mercados deja su huella sobre la articulación de las relaciones sociales, las creencias, tradiciones y valores de la sociedad que se somete a su inevitable influjo.
Si la globalización expresa ese encuentro sobre tópicos tan divergentes, se colige que incida sobre el rostro de la sociedad, vale decir, sobre su expresión cultural. Y en este punto se hace oportuno el cavilar sobre la suerte de la identidad nacional. En el caso latinoamericano estamos ante sociedades que en las últimas centurias han logrado forjar un conjunto de danzas, músicas, arquitecturas, artesanías, leguas, así como un rico folclor y manifestaciones populares, incluyendo los modismos de la clase dominante.
Luego de medio milenio tenemos una identidad cultural, que aún con idiosincrasias particulares, responde a un tronco común. Son tales raíces étnicas y sociales las que sufren el embate de la penetración cultural inglesa, francesa, estadounidense y china, para señalar algunas de las más evidentes. Y como quiera que tales potencias ejercen su hegemonía mundial, los influjos se hacen presente en los medios de comunicación de masas, las tecnologías e ideologías.
En este punto de la disertación cabe hacerse un interrogante capital. A saber: ¿Cuál es el futuro de la identidad cultural en un mundo globalizado? Porque si la contemporaneidad se caracteriza por el derrumbe de las fronteras nacionales y el acercamiento entre puntos distantes del mundo, sería de esperarse que lo mismo acaeciera en el seno de nuestras sociedades latinoamericanas. Incluso podría meditarse más allá de ello y someter a la crítica más despiadada el mismo concepto de “identidad cultural”; así como la validez de su pertinencia. Si nos empeñamos en este enfoque la identidad aparece como antigualla, como un trasnochado remanente de una época superada. El investigador estaría tentado a pensar que la identidad cultural sufre una metamorfosis producto del acelerado cambio social de nuestra convulsa era. Quizás como lo que acaece con el concepto de folclor en el seno de nuestros países, ciencia que se está quedando sin el tradicional ente folk y las manifestaciones que tradicionalmente le han distinguido. De ello podría colegirse que la identidad cultural moderna pasaría a constituir un conjunto de rasgos con mayor capacidad de transformación, con una plasticidad que la haría menos permanente en el tiempo y que conduciría a la formación de una inevitable cultura planetaria. Para este enfoque la identidad cultural se concibe como el subproducto de un nacionalismo decadente.
ch. La cultura popular: resistencia y adaptabilidad
En tiempos de globalización, y desde el enfoque anteriormente expuesto, parece inevitable el encuentro de culturas y la supervivencia de aquellas con mayor capacidad de adaptación, al punto que sobrevivirán las que cuenten con el más certero aparato de coerción y los más sofisticados sistemas de difusión cultural. Desde este punto de vista las culturas subalternas tendrían sus días contados y su dinámica estaría ligada a los centros de poder mundial.
Sin embargo, el impacto de la globalización ha promovido a escala planetaria una enorme capacidad de resistencia cultural e indudables respuestas de tipo contrahegemónicos. Al parecer, no es tan fácil tirar al cesto de la basura al conjunto de creaciones que cohesionan el sistema social y que permiten a nuestras sociedades mantener su cosmovisión social y cohesión interna. Tal parece que el etnocentrismo, en el sentido positivo del vocablo, representa una necesidad imperiosa de los grupos humanos, en la medida que los une y fortalece su visión de grupo.
En consecuencia, aparece un conflicto entre las pretensiones de integración global y las necesidades sociales en un plano regional y nacional. Hasta osaríamos pensar que el gregarismo humano entra a reñir con las pretensiones que lideran las actuales tendencias neoliberales que defienden la apertura de mercados sin considerar los desajustes socioculturales que su pretensión implica.
En efecto, la desaparición de las fronteras económicas no supone, tácitamente, la aceptación acrítica de los nuevos valores culturales. A lo sumo se logra la coexistencia de culturas disímiles y una soterrada pugna cultural; como la que se experimenta en América Latina cuando los medios de comunicación pregonan un mundo consumista, en el seno de sistemas sociales que viven en diversos estadios de desarrollo social, económico, político y cultural. Desde este punto de vista la globalización promueve una suerte de alienación cultural, un mestizaje planetario que nos retrotrae, guardadas las proporciones, al adoctrinamiento cultural del período colonial.[6]
d. El gran desafío
Dicho lo anterior, conviene pensar la viabilidad de ese proyecto de expansión de economías y culturas sobre el seno de “Nuestra América”, como le llamara en su momento la mente crítica y visionaría de José Martí.[7] El fenómeno de la mundialización plantea un profundo dilema; a saber, la inevitabilidad de que las culturas se encuentren y se transformen, modifiquen o hagan desaparecer la identidad cultural que ha distinguido a nuestras formaciones sociales.
Si bien es cierto que Latinoamérica no muestra una cultura homogénea, tampoco se puede afirmar que dicha homogeneidad haya sido el rasgo distintivo de las sociedades industrializadas; que dicho sea de paso, no tienen por qué ser el modelo que imitemos desde el Río Bravo hasta la Patagonia.
Pienso que sería utópico pretender que en un mundo como el que nos ha tocado vivir, desconozcamos lo inevitable del choque entre culturas y aspiremos a mantener incólume lo que hasta ahora ha sido nuestra especificidad cultural latinoamericana. Sin duda hacen falta organismos de índole supranacional que promuevan en nuestro mundo social los rasgos culturales que nos son comunes, así como la definición de políticas que hagan viable esa preservación de identidades. Por eso, pasar a la defensa colectiva de los más prestantes íconos de identidad, es una tarea de urgente necesidad. Me refiero al caso de la lengua de los hispanohablantes (sin olvidar las autóctonas), danzas, música, artesanías, etc. Expresiones que hasta ahora, en la mayoría de los casos, han sido producto de la iniciativa popular, y de uno que otro organismo de índole gubernamental.
Debo afirmar que la iniciativa popular, a la que hago referencia, no se ha institucionalizado adecuadamente en los entes burocráticos, aunque contemos con ministerios de cultura. Y en los países que así ha acontecido, el grueso del presupuesto (pírrico la mayoría de las veces) se destina al pago de salarios. Naturalmente esa labor de acompañamiento popular debe tener por norte el respeto a la cultura, a la diversidad de grupos que integran nuestro tejido social.
El gran desafío contemporáneo radica en encontrar los mecanismos que logren preservar los logros fundamentales de nuestras identidades nacionales (en el marco de un mundo convulso, proclive a las ideologías y penetrado por los medios de comunicación de masas), sin aislarnos y desconocer la contribución de la ciencia y la tecnología. Creo que una postura de esa naturaleza pasa, casi necesariamente, por la cuestión política nacional y el rol en ella de grupos conscientes de la preservación cultural de la nación.
La defensa de la identidad nacional es en el fondo un tópico político; porque no siempre se cuenta con el acceso al poder para poder implementar la filosofía y acciones acordes con los problemas que nos aquejan en el plano cultural. En consecuencia, el tema cultural se maneja con cierto espontaneísmo, separado de la cuestión política; desconociendo que la cultura no puede tomarse como cosa “exótica”, como insumo y anzuelo mercantil del turismo.
Al contrario de lo que se piensa, la cuestión nacional (y la cultura que ella encierra) cobra ahora una importancia inusitada; porque si la globalización pudiera conducir a una homogenización cultural, entonces nuestras especificidades nacionales ya son un activo que no sólo generará integración e imagen social, sino riqueza para los actores involucrados. Importa aquí dejar sentado nuestro parecer. Lo que está en juego no radica en proponer una negación de la globalización y su incidencia sobre la cultura, sino en propiciar un replanteamiento del tema, en el marco de una concepción holística de la cuestión cultural, como auténtico muro de contención ante la perdida de nuestras identidades nacionales. Esa reconversión demanda la participación de los diversos actores sociales involucrados en el tópico. Es decir, un enfoque teórico-practico, que al dejar de ser impositivo y vertical, se torne horizontal y participativo. Pienso que sólo así la identidad nacional será garantía de cohesión social y desarrollo humano.

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[1] Ponencia presentada en el PRIMER CONGRESO CENTROAMERICANO Y DEL CARIBE DE PENSADORES HUMANISTAS. Centro Regional Universitario de Coclé Dr. Bernardo Lombardo, 15 al 19 de septiembre de 2008.
[2] Leer: Immanuel Wallerstein. SISTEMA MUNDO Y MUNDO SISTÉMICO. Panamá: Instituto de Estudios Nacionales, 2002, 169 págs. Además, ver: Pinzón Rodríguez, Milcíades. “Immanuel Wallerstein”, en TEMAS DE NUESTRA AMÉRICA # 247, Panamá: Imprenta Universitaria, septiembre de 2002.
[3] Los reacomodos y transformaciones globales pueden leerse en un texto que recoge las repercusiones de esos procesos para América Latina. Ver: Oppenhheimer, Andrés. CUENTOS CHINOS (El engaño de Washington, la mentira populista y la esperanza de América Latina). México: Comercializadora y Maquiladora Tucef S.A., 2008, 350 págs.
[4] Amodio, Emanuele. LA GLOBALIZACIÓN: FORMAS CONSECUENCIAS Y DESAFÍOS. Venezuela: Federación Internacional de Fe y Alegría, 94 págs. Ver capítulo 3.
[5] Herskovits, Melville. EL HOMBRE Y SUS OBRAS. México: F.C.E., 1973, 782 págs.
[6] Sobre este tema un siquiatra español plante el surgimiento de un ser hedonista y deshumanizado. Ver: Rojas, Enrique. EL HOMBRE LIGTH (Una vida sin valores). España. Temas de Hoy, 2001, 167 págs.
[7] Martí, José. “Nuestra América” en PÁGINAS ESCOGIDAS. III edición. España: Espasa-Calpe. 1971, págs. 117 - 121.