martes, 30 de septiembre de 2008

CUBITÁ, TIERRA Y CONFLICTO


La tierra da la vida, pero también suele ser fuente de conflicto y de muerte. En la Región de Cubitá así ha sido desde los tiempos de las disputas territoriales entre diversos cacicazgos (antaño bajo el férreo control de Paris, Antataura o Antatara), hasta las peloteras actuales por la compra y venta de territorios adyacentes a la costa peninsular.
Hasta la primera mitad del Siglo XIX, sin embargo, valían más las vacas que la tierra. La transformación comenzó a repuntar con la ampliación del mercado interno, fruto de la construcción del ferrocarril transístmico, el canal francés y el norteamericano. Luego, hacia los años veinte, la legislación liberal sobre la tenencia promovió la quiebra de la economía campesina y aupó una rapiña que expulsó a los paisanos de sus fundos. Tal es el verdadero origen de la migración santeña.
La lucha por la tierra siempre ha estado a la orden del día. Recordemos que a mediados del Siglo XIX surgió el conflicto agrario por la imposición de impuestos e introducción de ideas liberales en la mal llamada “guerra entre familias (Guardia vs. Goytía)”. A partir de allí el incremento en la demanda de carne vacuna impulsó la potrerización, la deforestación y la conquista. Y otra vez la res tuvo prioridad sobre la gente; aunque nunca faltó el tinterillo que se prestó para armar el “pleito” contra el campesino depauperado del pasado siglo.
La actual centuria ha promovido con renovado ímpetu la añeja disputa por la tierra. El viejo factor productivo ha alcanzado mayores cuotas de valor, por encima de la humanidad y el canto de los gallos que con su matinal sinfonía pregonan nuestro subdesarrollo. El turismo desenfrenado y la minería se apoderan de potreros, cerros, flora, fauna y agricultura. La identidad cultural orejana se estremece y el neoliberalismo pone en jaque al tradicional modelo de vida. En un sistema así concebido, la ganadería extensiva y la agricultura tradicional son impulsadas desde la costa hacia los reductos montañosos; como antaño aconteció con los indios acosados por las ballestas de los españoles y los perros carniceros. En la costa la tierra vale demasiado para engordar vacas. ¿Se concretiza la vieja y folclórica leyenda del “hombre que se fue a rodá tierra”?.
En vano el paisano de extracción campesina se refugia en su folclor (como lo hizo a mediados del siglo pasado). Actores de cine, banqueros, empresarios y especuladores le han caído en pandilla. La tierra se vende a buen precio y las heredades pasan a manos de consorcios pudientes. Pululan los letreros en inglés, mientras los especuladores degustan su sancocho de dólares. Si durante la colonia las vacas valían más que la tierra, ahora la ecuación se invierte. Las pezuñas no pueden competir con el auge inmobiliario.
Lo que acaece en Los Santos es terrible y tiene una fuerza y un impacto demoledor. Pedasí es el espejo en el que debiéramos mirarnos. Un fenómeno que ya deja sus huellas en Bocas del Toro y que acongoja al boqueteño. La austral población santeña vive su minuto de gloria, pero ya vendrá la larga y negra noche.
En la Península de Cubitá rápidamente se incuba la nueva diáspora, pero los pueblos resisten solos, como antaño. Indiferentes, los gobiernos promocionan el turismo anárquico en un país sin planificación, Dios ni patria. La política de la rapiña se incuba a la sombra del Ancón y los orejanos, enredados entre carnavales (celebrando la semana del campesino de un solo día), en tiempos de globalización, vivimos nuestro contemporáneo despojo. Parece que la valorización de la tierra convertirá en realidad lo que no pudo hacer la modernización cosmética del Siglo XX, destruir la base económica sobre la que se construyó la cultura popular. La geofagia iza su bandera en la cumbre de Cerro Quema y al mirar hacia otro lado, hemos olvidado que la relación con la tierra, y el minifundio en particular, fue el pilar que dio sustento a los valores de nuestra cultura campesina. La muerte del parvifundio es la decapitación de la cultura campesina.
La tierra que por quinientos años sostuvo la vida, se vende y permuta como otro bien del mercado. Ante nuestros ojos fenece una filosofía y una cultura de la tierra. En cambio, los abuelos de Canajagua, dolidos y melancólicos, miran a otros cosechando los mangos que ellos sembraron. Congoja infructuosa, porque ante el conjunto de iniquidades, los jerarcas de la cosa pública se cruzan de brazos, muestran sonrientes sus guarismos de crecimiento económico y terminan por echar mano del viejo aforismo popular: “Así es el mundo compa, nadie sabe pa’ quien trabaja”.

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