jueves, 18 de junio de 2009

EL PENSAMIENTO SOCIAL EN LA REGIÓN DE CUBITÁ

Campesino santeño y el Dr. Belisario Porras Barahona

Al inicio del Siglo XXI aún se impone a los panameños la impostergable tarea de reflexionar sobre las especificidades de las diversas áreas que componen la geográfica nacional. Pareciera que este desafío debió cumplirse durante gran parte de le vigésima centuria, pero no siempre fue así. Ya se sabe que por mucho tiempo el mosaico socioeconómico del Istmo ha estado sujeto a los vaivenes de la región transitista y, en consecuencia, el grueso de la investigación nacional ha respondido al desmedido influjo canalero, bancario y comercial.
Las provincias interioranas todavía esperan la ruptura de ese nefasto paradigma que centraliza la economía y arrastra la cultura nacional dentro de la vorágine de la zona de tránsito. Sin embargo, y a despecho de ello, los aportes del Panamá Profundo han ido poco a poco sentando las bases de una nación menos excluyente y con una visión más holística del quehacer nacional.
Partiendo de la anterior visión, y con el ánimo de realizar algunas contribuciones al conocimiento de una zona de nuestra geográfica nacional, así como para dejar constancia de las huellas de la orejanidad, acometo esta investigación para testimoniar lo acontecido en los últimos tiempos con la sociedad y la cultura que se asientan en las provincias de Los Santos y Herrera. Me refiero a una unidad geo-histórico-cultural que supera los enclaustramientos administrativos que han pretendido escindirla geográfica y culturalmente; zona que los investigadores regionales han llamado indistintamente Los Santos, Azuero, Herrera, Canajagua, Cubitá o región del Mensabé.
Al presentar la problemática en diversos apartados temáticos, espero dar cuenta de este mundo regional que ha sido etiquetado como reservorio de tradiciones y cuna del mejor carnaval istmeño. En la disertación parto del dilema político que nos legó el Siglo XIX, avanzo luego a descubrir los aspectos axiales de la sociedad y la cultura, para poder comprender el mundo orejano sobre el que gravita el pensamiento social regional, así como para concluir con algunas sugerencias que plasmo bajo el subtítulo de “Tareas de la inteligencia”.
1. Los Santos y Herrera: el dilema político y administrativo
Inicialmente quiero dejar constancia de lo siguiente, luego de la independencia de Panamá de España, la zona geográfica objeto de nuestras cogitaciones pasó a formar parte de Colombia, dentro de un siglo caracterizado por la zozobra administrativa y la inestabilidad política. Mucho antes (Siglos XVI, XVII y XVIII) perteneció a la Alcaldía Mayor de Natá y desde el amanecer del 1 de noviembre de 1569 inició una cruzada por la identidad que dejó no pocos resentimientos en la economía y la hegemonía natariega.
Conviene advertir que hacia 1850 se introduce una denominación extraña a la zona. En efecto, la llamada Provincia de Azuero tuvo una vida efímera (1850-1855), pero marcó un apelativo que por la fuerza de la costumbre terminó por dar nombre a la península homónima. Sin embargo, la denominación de Los Santos le antecede en tres centurias de existencia, desde la fundación en el Siglo XVI de la Heroica Ciudad. Ello explica que la Provincia de Los Santos sea el nombre que asume el departamento una vez suprimida la provincia que llevó el apellido de Don Vicente Azuero y Plata, el famoso liberal santanderista de la primera mitad del Siglo XIX.
En cambio, la denominación de Herrera nunca logró echar raíces en el decimonono, aunque se dieron algunos intentos de vida efímera. En realidad lo herrerano propiamente tal no surgió con algún grado de continuidad administrativa hasta el año 1915. Incluso la Provincia de Herrera es suprimida por el Dr. Arnulfo Arias entre los años 1941 y 1946.
Todo este fenómeno es importante para entender el accionar de los intelectuales del área, cuya producción muchas veces rebasa las divisiones de tipo administrativas, toda vez que la cultura orejana está más allá del reduccionismo semántico de lo santeño y herrerano.
2. Cultura y sociedad en el desarrollo regional
Lo que en otro momento he denominado Península de Cubitá, vale decir, el área geográfica que comprende las provincias de Herrera y Los Santos, así como parte de la sección sur de Veraguas, constituye una unidad económica y cultural centrada en la posesión de la tierra, con evidentes caracteres minifundistas. Sociedad agraria en donde lo agropecuario continúa definiendo las relaciones sociales y comerciales, independientemente de que sobresalgan algunas islas urbanas como Chitré y, en menor grado, Las Tablas. En el plano cultural la situación se expresa en la existencia de un grupo humano que, en razón de esa unidad cultural, aparece a nivel nacional como el símbolo de la nacionalidad, ya que sus expresiones vernáculas han dado identidad a la nación. En este punto importa recordar el rol aglutinador del Catolicismo como argamasa religiosa de la orejanidad.
También hay que tomar en consideración la estructura agraria para comprender a cabalidad las producciones de los intelectuales de la zona, así como las creaciones que nacen de la cultura popular. El Siglo XX fue testigo de la eclosión de mejoranas, pollera, décimas, salomas, tamboritos, murgas y carnavales, manifestaciones que son la tónica en la región del Canajagua. Aunque también experimentó, desde mediados de esa centuria, el desafío de la modernidad y el avance arrollador de las políticas estatales y de los modismos foráneos que erosionaron esa base de sustentación agropecuaria, social y cultural.
La vigésima centuria se distinguió por la transformación de la cultura nativa y las reacciones de ésta ante la penetración cultural. No obstante, los nuevos desafíos no sólo se experimentaron en los hechos sociales, sino en una política económica que hizo estragos en las actividades de tipo agropecuarias, las que se vieron estremecidas en sus cimientos por las ideas neoliberales que pregonaban una apertura económica y una reingeniería que resultaba inalcanzable para un hombre que sembraba con “coa” y “chuzo”, así como para el pequeño ganadero y el microempresario que produce sal y cultiva tomates.
Y aunque la sociedad y la cultura de los últimos veinte años de la vigésima centuria aún conserva rasgos del pasado regional, no cabe duda que la tecnología y las instituciones públicas y privadas han dejado su huella en la cultura costumbrista que estudió en el Siglo XIX el Dr. Belisario Porras Barahona y que, a mediados del XX, analizó el Dr. Manuel Fernando Zárate.
3. Mundo orejano y reflexión social
Al hombre que mora en la Región de Cubitá (Azuero) le acaece lo que al istmeño en el resto de las provincias interioranas y aún en la Ciudad de Panamá. A saber, que su sistema social es una argamasa en la que se superponen y entremezclan los resabios de una sociedad tradicional (agraria y con relaciones de tipo primarias), un tímido desarrollo industrial y los desafíos de la sociedad postindustrial. Por este motivo el orejano que se coloca frente al ordenador es un ser en el que todavía pesa el pensamiento mágico-religioso, disfruta el encanto de una hamburguesa, escucha las inspiraciones musicales del Plumas Negras, está pendiente de la manía del teléfono inalámbrico que no lo deja a sol ni a sombra, mientras revisa en la red de redes los mensajes que recibe en su Facebook.
Habida cuenta de lo planteado, lo que interesa en este momento es el interrogarse sobre la razón de ser de ese pensamiento social y la adecuación que mantiene esa misma reflexión con la realidad. Si revisamos la bibliografía existente sobre las provincias de Herrera y Los Santos, aquella que se ha producido desde y hacia la región, encontramos la existencia de un mundo epistolar que desde el Siglo XVI comprende todo el período colonial. Me refiero a los testimonios escritos de los conquistadores, los registros parroquiales de presbíteros y obispos que residen o están en gira por la zona. Ellos dejan entrever la sociedad de la exclusión, la primacía de la fe sobre la razón, la frecuencia estadística de la muerte temprana (con cientos de párvulos enterrados de limosna y una esperanza de vida que a duras penas supera cuatro décadas), organizaciones religiosas (como las cofradías) que administran terrenalmente los bienes de lo celestial, describen la mixigenación racial y dejan traslucir el mundo del amancebamiento y la dispersión rural. Los aislados enterramientos con cruz alta avizoran una estratificación social que ha sido la base del gamonalismo político y el cacique de aldea. Me refiero a una sociedad de vacas, tierras y campanarios que desde el Siglo XVI comienza a extenderse sobre la sabana y que tempranamente asciende hacia las estribaciones del Canajagua y El Tijeras.
Tales son, descritos a grandes rasgos, los elementos que conforman el perfil de la sociedad orejana que en 1821 se atreve a retar la hegemonía hispánica y a proponer la independencia del Istmo. Los hombres del 10 de noviembre son los herederos del poder que disputó Francisco Gutiérrez a los natariegos trescientos años atrás y que encuentran en la Villa de Los Santos el asiento de la dominación. Hombres con algún grado de instrucción que se enseñorean por encima de un mar de analfabetismo y rumiar de vacas.
Tal es la sociedad que durante el decimonono se adhiere a Colombia y fue la misma que esperó a 1850 para ver surgir el proyecto colombiano de la Provincia de Azuero. Justo a mediados del siglo aludido asoma su rostro una primera y tímida reflexión sobre la cuestión social. El aglutinante lo constituye la introducción de las ideas liberales de Don Pedro Goytía, hijo de José María Goytía, istmeño que introduce la imprenta en la Ciudad de Panamá. El acontecimiento regional se conoce en la historia patria como “las guerras entre familias” (Guardia vs. Goytía). Sin embargo, en el fondo la contienda expresa la lucha entre el latifundismo reinante en Veraguas (con los Guardia pariteños y los Fábrega que desde Santiago son defensores del status quo) y la autonomía que genera el minifundismo peninsular azuereño.
Este punto es importante, porque el parvifundio se constituye en la base económica que sustenta la cultura santeña y herrerana, caracterizada por una fuerte autoestima social y un sinnúmero de expresiones culturales que dan identidad a la zona. No es casual que hacia el año 1881 el Dr. Belisario Porras Barahona publicó, en el Papel Ilustrado de Bogotá, el primer alegado en defensa de la cultura regional. Me refiero a El Orejano, un opúsculo pionero en las ciencias de la antropología, sociología, folclor e incluso en el campo de la psicología. El Dr. Belisario Porras es el primer intelectual orgánico que produce la región, precisamente cuando la zona de tránsito se ve estremecida por la construcción del canal francés, a escasas décadas del ferrocarril transístmico, de la fiebre de oro de California y cuando comienzan a arribar las primeras oleadas de inmigrantes chinos, italianos y de otras nacionalidades que se asientan en la sabana antropógena de Azuero. Sin embargo, antecediéndole a Porras, encontramos algunos aportes importantes, y aunque su ubican como parte de los informes del gobernador de la extinta Provincia de Azuero (el primero) y como parte de la defensa del líder liberal Pedro Goytía (el segundo), no dejan de ser un brote significativo de la evolución del pensamiento regional. Me refiero a los informes del gobernador Antonio Baraya y la defensa que realiza Pedro Goytía en el proceso que se le ha incoado por las sublevaciones campesinas de la década del cincuenta del Siglo XIX.
Si durante la colonia nuestros cronistas fueron los conquistadores y sacerdotes, en el último tercio del siglo XIX y las primeras décadas del veinte, la cuestión social es abordada por educadores y burócratas. Se trata de informes y relatos en donde se comunica a la autoridad superior sobre el estado de la cuestión educativa, sanitaria, jurídica y en general sobre la marcha de la provincia. En el fondo la existencia de un pensamiento social independiente, separado del trámite burocrático, es casi inexistente; exceptuando la ya indicada labor del Dr. Porras, personaje educado en Bogotá, ciudad suramericana que para entonces era llamada la “Atenas de América”.
Sin embargo, la carencia o escasez de producciones de corte académico no debe llevarnos a concluir la ausencia de un pensamiento social en el área. En efecto, sería irresponsable desconocer que durante los siglos XVII, XVIII y XIX se estructura un pensamiento campesino que expresa una particular visión de mundo. En otro momento le he denominado “humanismo encutarrao” por estimar que se nutre de valores que tienen al hombre del campo como sujeto de sus cavilaciones. Se trata de una visión campesina de la sociedad y del mundo que ha sido la base de la identidad cultural de la zona, así como de una ética laboral que aborrece la molicie y que subyace detrás del pensamiento social del Siglo XX, que desde esa centuria se torna racional y académico, pero que en el fondo está grandemente impregnado del universo social de agricultores, ganaderos y amas de casa. Importa recordar aquí el papel de la mujer santeña y herrerana como portadora y socializadora de esos valores.
Un análisis relevante sobre la génesis del pensamiento orejano al que hago referencia, tiene que reconocer el papel revolucionario de la educación, desde los años ochenta del siglo XIX hasta mediados de la vigésima centuria. En efecto, el rol del maestro de escuela primaria, el profesor de los colegios de secundaria y el catedrático universitario, este último desde el inicio de la década del sesenta del Siglo XX, desempeñaron un rol significativo en la transformación de la cultura y, en consecuencia, en la evolución de ese mismo pensamiento social.
El desafío que implicó la separación de Panamá de Colombia y el arribo de la nueva centuria produjeron en la zona un acelerado cambio social y cultural. En el plano del pensamiento social se produjo un retorno a las raíces culturales, una suerte de ensimismamiento social que hizo florecer las manifestaciones populares como reacción a la amenaza externa. Ello explica el papel de los violines campesinos, el encumbramiento de la música de acordeones, la valoración de los carnavales, el renacer de las décimas y las cantaderas, así como el nuevo rol de las murgas y la instauración de los festivales folklóricos. Este fenómeno se inicia en los años treinta y se extiende a lo largo del Siglo XX, pero tiene en la década del cincuenta y sesenta su pico más representativo.
Podemos afirmar que hasta finales de los años sesenta la producción literaria de la zona, así como los diversos ensayos dan cuenta de esas transformaciones, pero sin entrar en una profundización analítica de la temática. En la época vemos florecer una literatura regional que algunos literatos panameños han bautizado de “ruralista”, para diferenciarla de un supuesto modernismo de la zona de tránsito. Pero acontece que mientras algunos escritores transitistas hacen gala de diversas teorías e “istmos” políticos, en la práctica la verdadera defensa de la identidad nacional descansa en la cultura del campesinado que se resiste a la destrucción de los rasgos culturales que le han distinguido. Aporte interesante de unos interioranos que comienzan a tomarse la Provincia de Panamá, para convertir la urbe capitalina en una ciudad de campesinos que terminó el Siglo XX bailando música de acordeones y asumiendo como propios los rasgos de la orejanidad.
En la Región de Cubitá son muchos los escritores que intentaron preservar el mundo en que nacieron. Y ante la imposibilidad de hacer un recuento pormenorizado, mencionaré el aporte de José Huerta al publicar (1930) un conjunto de relatos que denominó “Alma Campesina”. En la década siguiente el Dr. Manuel F. Zárate se constituye en zapador de los estudios del folclor nacional y, particularmente del regional. El guarareño fue el heredero de la labor realizada por Porras (al publicar El Orejano), temática que Zárate profundiza y recoge en diversos ensayos.
En este período, a diferenta de Zárate, que se hace famoso por los numerosos ensayos de su autoría, el género más cultivado vienen a ser las novelas y relatos costumbristas. Tales los casos de Antonio Moscoso (Buchí), José del C. Saavedra (Alma de Azuero), Sergio González Ruiz (Veintiséis leyendas panameñas y Momentos Líricos), José María Núñez Quintero (Cuentos) y Rodrigo Núñez Quintero (Comarca de los manitos), entre otros.
En cambio, los años setenta representan una ruptura epistemológica en la reflexión regional. Esta nueva forma de repensar la zona se explica por el nuevo contexto latinoamericano que se caracteriza por tomar distancia de una visión romántica de nuestras formaciones sociales y el renacer de una visión más crítica sobre el desarrollo socioeconómico. En el plano nacional la cuestión política, con el arribo de los militares al poder, impulsa políticas desarrollistas bajo el manto demagógico del llamado “proceso revolucionario”. Luego, hacia los ochenta y noventa, superada la dictadura militar, una nueva generación de intelectuales, forjados en universidades nacionales y del extranjero, retoman con renovado impulso el estudio de la región. Son los casos de historiadores, economistas, pedagogos, pintores y sociólogos de nuevo cuño.
La renovada visión de la zona ve aparecer nombres de ensayistas como José Aparicio Bernal, Alberto “Beto”Arjona, Melquiades Villarreal Castillo, Oscar A.Velarde Batista, Herasto Reyes Barahona, Raúl González Guzmán, Julio Arosemena Moreno, Plinio Coogley Quintero, Sergio Pérez Saavedra, y Bolívar Franco Rodríguez. En este punto importa resaltar las contribuciones de varios escritores que sin ser nativos del área se preocupan por ella y nos legan una importante percepción sobre nuestra realidad peninsular. Tales son los casos de Alfredo Castillero Calvo, con su estudio sobre los orígenes históricos de Azuero; Stanley Heckadon Moreno y su aporte sobre los campesinos santeños y la colonización de Tonosí; Armando Muñoz Pinzón y su estudio sobre lo conflictos azuerenses de 1856 ; Alberto Osorio Osorio al presentar su versión sobre la iglesia y la sociedad en la Villa de Los Santos; así como Richard Cooke y sus estudios arqueológicos.
En el plano literario registramos los casos de Roberto Pérez-Franco, Salvador Medina Barahona y Leonidas Saavedra Espino. Los dos primeros (Pérez-Franco y Medina Barahona) representan el rostro del cuento y la nueva poesía regional, que sin dejar de reflejar algún grado de nostalgia por el terruño, presentan una temática más universal y mejor estructurada. En este sentido se alejan de la propuesta poética que al inicio del siglo XX caracterizó a Zoraida Díaz. Este último también es el caso del poceño Jesús Crespo, quien elabora hermosas espinelas en complicidad con sus raíces campesinas, pero dotado de las herramientas que le brinda su instrucción universitaria. Una postura que se asemeja a las décimas que surgen de la pluma del pariteño Edwin Corro Calderón.
Por su parte, el Ing. Leonidas Saavedra Espino irrumpe en el año 2007 con una novela que no tiene parangón en la historia regional de este género literario. Lo suyo es una propuesta inédita, al lograr fundir en un abrazo la historia regional y su fértil imaginación, para presentarnos una historia novelada o una novela histórica que se aleja del bucolismo que caracterizó al género en los años sesenta. Sin duda este aporte es una puerta abierta de lo que puede esperarse para las próximas décadas.
Al iniciar la nueva centuria, por lo que se barrunta, debemos esperar un renovado ímpetu de los intelectuales del área, en el marco de una sociedad y una cultura que no puede escapar al impacto de los medios de comunicación de masas, los crecientes problemas ambientalistas y las demandas de un grupo humano que no se conforma con su papel histórico de reservorio de tradiciones.
4. Las tareas de la inteligencia
Al final de esta investigación puedo afirmar que el pensamiento social en las provincias de Herrera y Los Santos ha sido fiel reflejo de la estructura socioeconómica regional, más no con lo que se cuece en el extramuros regional. En efecto, ya para aquellas calendas en otras latitudes se plantean novedosas propuestas de investigación y de sustentación teórica. En el plano estructural la situación es atribuible a los niveles de exclusión social que hasta bien entrado el Siglo XX se padecieron en la zona. Al parecer el hombre del Canajagua encontró en las tradiciones un mecanismo de cohesión social, una suerte de consuelo frente a la manipulación de los resortes del poder; independientemente que alguno de sus representantes hallan podido escalar un puesto jerárquico en la estructura política nacional.
Podemos percatarnos que ese mundo social, que se caracterizó hasta inicio del Siglo XX por el abandono y la exclusión, comienza a cambiar con el arribo del liberalismo progresista de las primeras tres décadas de esa centuria. La ruptura con el mundo colonial y bogotano generó una producción literaria caracterizada, como ya hemos planteado, por la búsqueda y exaltación de la cultura regional. En diversos planos de la sociedad herrerana y santeña esa cosmovisión comenzó a ser retada desde los años setenta, fenómeno que repercutió en el fondo y forma de ver y escribir sobre la región. A partir de eso momento los poetas se hacen menos nostálgicos y el ensayo se instaura como género predilecto. Incluso aparecen producciones que abordan temáticas que se alejan de lo que sido característico de la zona, me refiero a una típica visión nostálgica que retrata un mundo bucólico. Un mundo más universal asoma en los poemarios de Pedro Correa Vásquez y los ensayos de J. Plinio Coogley Quintero.
Debo aseverar que no obstante los avances logrados, en el plano social aún queda mucha tela por cortar. Lo principal estriba en comprender que la inteligencia regional aún no ha logrado institucionalizar la labor que realiza, independientemente que la zona cuente con universidades públicas y privadas. La investigación continúa estando huérfana de apoyo y quienes se dedican a estos menesteres lo realizan al margen de tales instituciones, organizaciones que a veces languidecen entre el ronroneo de las clases y la manipulación de índole política.
Otro aspecto central estriba en analizar el fondo y la forma de la creación de tipo intelectual. Al parecer existe poco consenso sobre qué investigamos, cómo lo hacemos y para quiénes realizamos nuestro quehacer cultural. Esta labor se desarrolla al libre albedrío y dependiendo de los escuálidos recursos de que se dispone; situación que explica que muchas veces la publicación del poemario o el ensayo, como decía en su momento el Dr. Carlos Iván Zúñiga Guardia, se asume como un diario íntimo cuyo contenido se saca del añejo baúl en que dormita.
Sin embargo, no podemos negar que al final del Siglo XX y al inicio del XXI el análisis de la cuestión social ha tenido un salto significativo. Una nueva camada de creadores culturales ha dado muestras de estar interesada en trascender su medio; en partir del entorno para superar cierto grado de enclaustramiento literario que se vivió durante las primeras siete décadas de la vigésima centuria. Y todo esto es bueno, en la medida que significa renovación, pero contiene en sí mismo la existencia de una nueva amenaza. La de distorsionar el verdadero sentido de la modernidad y terminar por ser el reverso de la época que le antecedió. Porque así como no podemos quedarnos anclados en un regionalismo decadente, tampoco necesitamos un falso cosmopolitismo que termine por olvidar la génesis de la que proviene la cultura de Cubitá.
Existe una lección importante en todo este caminar por los senderos de la investigación y la creación cultural regional. Sin duda no podemos detener el avance de los tiempos y el impacto de otras culturas, pero ello tampoco impide que podamos pugnar por el estudio de la región dentro de una visión más holística. Como los griegos, tendremos que ser universales desde nuestro propio nicho cultural y en ello estriba el gran desafío al que se enfrenta en la presente centuria quien se atreva a pensar la zona y plasmar sus cogitaciones sobre el blanco de la página.
...mpr...
Nota: Por arazones de espacio se han omitido las citas a pie de página.