martes, 4 de octubre de 2011

MACARACAS


Vocablo precolombino para una villa emplazada en la otrora sierra santeña. Allí está  el poblado, cabalgando sobre el lomo del Macizo del Canajagua, mientras mira de soslayo al cerro y atisba la sabana antropógena que se dibuja en la distante costa peninsular. Hay un sonido de acordeón bohemio que recuerda a Gelo, un rasgar de mejoranas y tan tan de tambores, más un tropel de paisanos que se agolpan sobre el llano, disfrutando del teatro popular que florece desde la epifanía del 6 de enero.  Y el recordado Encuentro del Canajagua que titila y hace guiños para reclamar su espacio histórico. Un antes y un después del 12 de septiembre 1855. Distrito parroquial para un pueblo bravío que los dioses premiaron con el pulmón del Colmón y el agua cristalina del Estivaná y La Villa. ¡Ay!, cómo me gusta mirarte, Macaracas.

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