domingo, 6 de marzo de 2016

AGUA, ALJIBES Y TROJAS





La crisis por la que atraviesa la región azuereña posee variadas lecturas, desde las de tipo estructural hasta las que colocan el acento en la emoción y resienten la crítica que se endilga a los agentes que depredan ríos, quebradas, suelos, fauna y flora.Sin embargo, quizás porque la coyuntura y la urgencia así lo demanda, hemos dejado a un lado los aspectos históricos del agua. Es decir, la interacción del hombre peninsular con el líquido de la vida.
En Azuero la historia escrita del agua comienza con la presencia hispánica, más específicamente con las crónicas de Gaspar de Espinosa quien recorre la región a inicios del Siglo XVI. Al español le impresiona la vegetación y cultivos (en especial el maíz) del río que denominará, precisamente, De Los Maizales, también llamado Cubitá por los indígenas y, con posterioridad río La Villa.
De la Colonia heredamos el uso de cántaros de arcilla para almacenar el agua, las llamadas tinajas, que han sido de tanta utilidad y que aún sobreviven más allá de la casa de quincha. Ese legado, lejos de ser hispánico, parece tener impronta indígena, herencia que también involucra el uso de churucas como recipiente para transportar el acuoso elemento.
No menos relevante son las leyendas que mezclan lo hispánico-indígena y fluvial, como en el caso de la Niña Encantada del Salto del Pilón. En efecto, no pocas mitologías campesinas tienen, directa o indirectamente, al agua como protagonista. Ese es el caso de la neblina que asume la etérea personalidad de la Madre de la Noche. Esa bruma acuosa de la alta noche y el alba es lo que hizo posible La Silampa, personaje mitológico que no por casualidad el hombre del campo lo asocia con el frío de la madrugada. También, en el imaginario popular, el sereno se mira como un influjo negativo sobre la salud campesina. Aunque para no pocos paisanos la humedad nocturna produce el rocío preñado de poéticas motivaciones.
En cambio, el sistema de aljibes es otra cosa. Aparece, hasta donde conocemos, en el período colonial. Tales técnicas para almacenar agua son legados de los europeos y, en el caso español, de indudable influencia árabe. Como sabemos, el aljibe es todo pozo, cisterna o fosa para almacenar agua y, como ha de suponerse, asume diferentes formas.
En las provincias azuereñas las manifestaciones de tal modalidad son modestas, al estilo de pozos elaborados en la roca próxima a quebradas y ríos. En este caso no se trata de acumular agua lluvia, sino de adquirirla por la filtración de la corriente contigua, lo que demuestra una preocupación temprana por la salubridad y el asocio del agua como elemento de vida, pero también de muerte. El líquido es vida, presente en el bautismo, al mismo tiempo que atemoriza, como en los casos de los ahogados en ríos y mares. No otra cosa representa la arraigada amenaza de la cabeza de agua, la que puede truncar la vida al atravesar los ríos bravíos.
En cambio, el pozo brocal, el hoyo circular que abastecía de agua pura, fue amo y señor por mucho tiempo, al punto que su reinado se prolongó hasta los años sesenta del Siglo XX. (¡Cómo olvidar el uso de carruchas!). A partir de allí declina su uso, entre otros motivos por el arribo de la modalidad artesiana que se instaura en la primera mitad de la centuria indicada. Originario de la región francesa de Artois (Artesia), de allí retoma su nombre para constituirse no sólo en el lugar para abastecer agua, sino en el sitio de las tertulias de quienes acudían a la fuente hídrica provistos de churucas y latas. El famoso pozo de manigueta marcó toda una época.
Un punto especial en la cosecha del agua lo representa la varias veces centenaria casa de quincha. El diseño a dos aguas, con un pronunciado declive desde la cumbrera, llevaba todo el líquido al cañizo desde el que se depositaba en tanques colocados ex profeso. Así el hombre disponía de aguas para regar las plantas y flores del entorno familiar, así como para aplacar al polvo veraniego.
La existencia de la huerta campesina es otro elemento a tomar en consideración. Ella representó la síntesis de trabajo, ocio y diversión. Ubicada en las riberas de los ríos resume una cosmovisión agraria donde el agua se mezcla con la ética laboral campesina, el sonido de la corriente del río que no cesa de fluir, mientras familia e invitados disfrutan de un refrescante chapuzón. Ese río que no pocas veces fue fuente de proteínas de pescados, camarones y otras delicias de la gastronomía orejana. Sin olvidar los placeres de las lavanderas que a son de manduco y charlas de comadres, lavan la ropa mientras el agua juguetona serpentea entre las piedras.
Hay que tener presente que el Siglo XX modifica la relación que tenía el campesino con el líquido elemento. Y conste que para aquellas calendas el grupo humano ya se preocupaba por la escasez de agua que promovía el estío peninsular. Tanto, que era común el uso de trojas en quebradas y ríos. La troja era una represa rústica construida con materiales del medio: palos, tierra, piedra, arena, etc. Su función era clara, retener el agua y, en el caso de los ríos, prevenir el avance de la marina salinidad.
Durante esta centuria y como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, se introdujo algo novedoso. Como al inicio de los años cuarenta no se sabía cuánto iba a durar la conflagración bélica y era necesario garantizar la seguridad alimentaria, el gobierno promueve los regadíos. El 1941 el primero de ellos se establece a la orilla del río La Villa. Esa propuesta crece en los años sesenta al punto que, en 1969, se amplía el regadío indicado y se construye otro en las veras del río Guararé. El proyecto, fraguado en 1966, pretendía abarcar desde el río Parita hasta el río Oria en Pedasí. Época importante porque el Estado comienza a institucionalizar respuestas para dotar de agua potable a la población.
El regadío, un proyecto de tamaña magnitud, feneció por falta de visión y decisión política. Igual aconteció con el propuesto para el valle de Tonosí en los años setenta y, cómo olvidarlo, el fallido intento del Siglo XXI. En efecto, durante estas dos centurias los reservorios de agua no han faltado, pero casi siempre ligados a la actividad agrícola y ganadera, especialmente la última. Surgen así algunos abrevaderos para las bestias que no sólo son consumidos por los animales, sino evaporados por el sol inclemente.

De lo dicho se colige que, si bien el hombre interiorano ha impactado negativamente el ambiente, tal proceder tiene parte de su explicación en factores exógenos al área (mercado transitista) sumado a una herencia hispánica que mira el monte como el lugar en el que moran animales, insectos y culebras. Es decir, como la antítesis del progreso. Por eso la destrucción ambiental en la zona puede llegar a confundirnos y olvidar que existe una historia del agua que no puede ser desechada y que está íntimamente ligada a la evolución del sistema social. La verdad es que en el siglo XX se destruye la cultura campesina del agua. De modo que cuando se estudian tales procesos, se descubren los pies de barro de aquellas leyendas que, irresponsablemente, se han tejido sobre el hombre interiorano y, en particular, de la relación de este con los componentes hídricos en el que mora. En efecto, no todo ha sido fósforo y hacha.

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