sábado, 10 de noviembre de 2018

ENTRETELONES DEL GRITO SANTEÑO



Mucha tinta se ha derramado al escribir sobre el 10 de noviembre de 1821, clarinada libertaria que pregona la autodeterminación de los istmeños. Hito histórico que no solo habla de libertad, sino de aspiraciones insatisfechas de quienes habitamos los campos irredentos; al punto que ese modelo peninsular interiorano se erige tempranamente como sistema contrapuesto al centralismo transitista que se inicia con la visión geopolítica de Pedro Arias de Ávila, al constituir el eje Nombre de Dios-Portobelo-Ciudad de Panamá con el que se inicia la hegemonía de los grupos que derivan su modus vivendi de las crematísticas actividades del comercio.
Al contrario de la perspectiva indicada, a la Villa de Los Santos, poblado fundado el 1 de noviembre de 1569, le cupo el alto honor de resumir en su gesta patriótica la acumulación de eventos históricos que eclosionan en el Grito Santeño y que reflejan la existencia del otro Panamá. Ubicada estratégicamente en la sabana antropógena peninsular, sita a la vera del más prominente río de la zona, desde la época colonial encontró en la productividad agropecuaria el modo de vida que le vincula al avituallamiento de la población residente en la antigua y nueva ciudad de Panamá. Y en ella, en La Villa, lentamente se va constituyendo el grupo dominante de extracción agraria que a la postre intenta retar la autonomía y el poder que históricamente se asienta en la zona céntrica del istmo. Sí, porque hay mucho que comentar del período que se extiende desde el Curato de Los Santos del siglo XVI al 10 de noviembre de 1821.
Pensar que el Grito Santeño es sólo la actitud romántica de campesinos que sueñan con la independencia, implica desconocer los verdaderos resortes económicos, sociales, culturales y políticos que esconde la propuesta de independencia peninsular. La Villa es la visión de patria de una identidad cultural que en la región forja el santeñismo y que para el resto de la nación constituye el Panamá Profundo, encarnación política que resume el anhelo de progreso material y espiritual. Si se me permite la metáfora, el Grito Santeño termina siendo la saloma libertaria de los orejanos de las áreas interioranas. Porque no es casual que ese empeño peninsular posea, también, como paladín libertario, al natariego Francisco Gómez Miró y, además, encuentre terreno abonado en los conatos insurreccionales del resto de los poblados ubicados al oeste de la ciudad de Panamá, los que a su manera se hacen eco de las bolivarianas hazañas libertarias.
De lo planteado se colige que existe una diferencia cualitativa entre el 10 y 28 de noviembre de 1821. El primero, agrario, endógeno, representativo de una nación que mira hacia sí misma; el segundo, comercial, exógeno y globalizado, centrado en las apetencias foráneas. Y ya sabemos que el 28 terminó eclipsando al 10, al ratificar a Panamá como nación que mira hacia afuera, más que hacia sus oquedades, con el agravante que ese pretendido cosmopolitismo ha sido incapaz de comprender el mensaje trascendente del Grito Santeño; proeza que no es sólo trinar de trompetas y golpes de tambor, sino la embrionaria propuesta política del hombre de tierra adentro.
Los problemas del desarrollo contemporáneo tienen parte de sus orígenes en esa dicotomía no resuelta, porque el país de todos no puede continuar siendo la nación de unos cuantos; es decir, la lucha eterna entre el intramuros y el arrabal. Desde aquellas calendas hemos olvidado que la exclusión social genera conflicto y los diversos sectores sociales que pueblan el Istmo continúan reclamando democracia económica y social. En efecto, así como el intramuros capitalino creó el arrabal santanero, los herederos de la indicada visión fenicia han querido enclaustrar al Grito Santeño, convirtiendo al resto de la república en tunantes que se contentan con celebrar gritos, grititos, chillidos y gemidos.
Comprendamos que el verdadero desafío del 10 de noviembre no radica en la forma de la conmemoración, sino en el contenido trascendente del mismo, en hacer posible los siempre postergados idearios de desarrollo nacional. En efecto, la historia patria no debe olvidar los elementos estructurales que la hicieron posible y que no pueden confundirse con la estéril polémica sobre la existencia de Rufina Alfaro, la Marianne de los campos panameños. Que quede claro, el Grito Santeño es el reclamo político de los interioranos, esos panameños que aún esperan que la noción de  patria, además de sentimiento, también sea calidad de vida.
......mpr...

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