martes, 23 de octubre de 2018

EL OREJANO





A finales de la década del setenta o principios de los ochenta del Siglo XX, me encontré por vez primera con el vocablo. El Caudillo Tableño lo utilizó en el sentido de hombre del campo; porque para aquellas calendas se usaba para designar, peyorativamente, al interiorano. Equivale al actual "pati rajao", "buchí, "manuto", "del otro lado del puente", etc.
Es ejemplarizante que el hijo de Las Tablas -orejano puro-, rescatara y publicara su ensayo (El Orejano) en el Papel Periódico Ilustrado de Bogotá, en el año 1882. Una actitud del estadista santeño muy contraria a lo que se observa por allí, gente que se avergüenza de sus orígenes y pretende ser francés, alemán, estadounidense o inglés, aunque crezca comiendo ciruelas corraleras. El doctor Belisario Porras Barahona rescata el sentido del vocablo y lo erige como emblema de identidad cultural, al mismo tiempo que se constituye en el primer defensor de la personalidad colectiva de su gente, labor que proseguirá en el Siglo XX el doctor Manuel de Las Mercedes Zárate, otro interiorano de tuerca y tornillo.
El término no sólo es propio de nuestra región, ya que con igual o similar significado lo usan en otras latitudes. Así, por ejemplo, lo vemos en Argentina. Allí, Pablo; un miembro de un grupo de internautas, a solicitud de mi parte escribió:
En la Argentina, la palabra orejano pertenece al modo de hablar campestre, de "tierra adentro", al argot de los gauchos y la gente "del interior". Se utiliza para designar a una persona de carácter arisco, independiente, poco afecto a la autoridad o en todo caso, que no es sumiso. Y creo que con frecuencia -algún coterráneo me corregirá- se aplica a los caballos que tienen estas características en su comportamiento.
Como en tantos términos, la carga de intención depende del contexto, pero por lo general no es negativa, sino, incluso, hasta puede ser esgrimido por el aducido como un rasgo de personalidad. Para ilustrarlo, aquí van los versos de una canción folklórica escrita por alguien que parece estar muy orgulloso de su condición de orejano (desde ya advierto que veo infinidad de términos que resultarán incomprensibles en otros países, porque están escritas en un castellano muy deformado, pero creo que el sentido se comprende).
De allí deriva, entonces, la teoría de la orejanidad como fundamento del santeñismo. Una visión que no pretende fomentar regionalismos estrechos, sino generar la valoración de la nación orejana, cultura mestiza que lleva quinientos años de existencia. Por esos los íconos que nos representan (Canajagua, Porras, Zárate, casa de quincha, bandera santeña, polleras, etc.) han de constituirse en portaestandartes de nuestro pueblo.
Siendo Panamá un país multiétnico, el santeñismo y su orejanidad contribuyen a la cohesión de eso que llamamos la panameñidad. Ni más, ni menos, y muy lejos estamos de fomentar aires independentistas, federalistas o de otra naturaleza. A quienes así piensan, la invitación cordial para que se empapen de lo que somos y así, desde la cima del Canajagua, puedan otear las razones que nos animan. Urge hacerlo, antes de que terminemos convertidos en “hombre ligth” o “señoritos satisfechos”. Es decir, en un ser desarraigado, sin brújula y proyecto de nación.




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