jueves, 21 de agosto de 2008

CAMINO A LAS MINAS

Como una inmensa lengua de asfalto que serpentea entre cerros, se me antoja la carretera que conduce a Las Minas.

¡Prodi­gio de la naturaleza!, no hace mucho aquellos parajes estaban desprovistos de vegetación y hoy, con la bendi­ción de la lluvia, se han cubierto de una alfombra verde que envidiarían los reyes de Persia.

Toda comienza acá, en el cruce a Pesé, con pequeñas al­dehuelas que rivalizan para mostrarnos sus encantos. Allí está El Barrero, El Hatillo y más allá el industrial valle de Pesé. Luego viene el ascenso de la sierra, y casi en la cúspide de esos cerros, Los Pozos sonríe con sus labriegos y mira en lontananza el camino que conduce a Macaracas.

Sobre la carretera un hombre camina con el motete sobre sus espaldas y otro apresura los bueyes de su carreta. Debajo del carromato trota su perro. Los cerros, guardianes campesinos, custodian a San José y Las Margaritas, que están ya en las puertas de Santa Bárbara de Vaca de Monte, nombre con el que aparece registrado Las Minas en las crónicas de viajeros y mapas de los siglos pasados.

Las Minas: aire puro, gotas de rocío sobre la copa de los árboles, flores multicolores y uno siente el vivo deseo de quedarse viviendo en el poblado. Desde el mirador del Cerro de La Cruz, mientras escucho cómo el viento canta entre el profuso follaje de pinos, observo el camino que conduce a Ocú. En algún punto del horizonte está Menchaca y se oculta El Tijeras.

¡Cuánto esfuerzo silencioso de generaciones de herreranos empeñados en hacer patria!. Y cuánta gente olvidada detrás de este paisaje bucólico. Durante toda la era republicana Las Minas ha mirado a la costa azuerense, que indiferente sólo le recuerda en sus campañas políticas. Chepo, El Maure, Quebrada del Rosario, El Toro, Los Castillos, El Platito, La Culebra, La Peña, esperan mejores tiempos mientras silenciosamente gritan su subdesarrollo.

Pequeños y dispersos grupos humanos que sólo han conocido del caminar silencioso del educador, y de la sonrisa esperanzado­ra de la maestra, que acariciando maternalmente la cabelle­ra de sus alumnos, traza con su tiza el alfabeto de la libera­ción. Así es, Las Minas, que por ironías del destino y confabulación de los hombres, parece estar más cerca del cielo y más distante del capitalismo terrenal que está haciendo de Chitré un polo de desarrollo regional. Cosas del colonialismo interno y del desarrollo desigual que éste genera.

A algo más de un millar de pies de altura, el Distrito de Las Minas exhibe sus bellezas naturales y muestra a quien desee verlo las mismas contradicciones sociales que distinguen a miles de pueblos de nuestra América. Naciones pobres en la opulencia, grandes recursos que duermen su siesta mientras los politicastros de siempre participan en el convite del que sólo nos llegan las migajas. Palabras más, palabras menos, eso leí en los ojos de unos padres y sus niños allá en la Reserva de El Montuoso.

Las Minas, reducto montañoso donde habrá quinientos años se protegió el indígena del acoso español, aún espera. Mientras tanto, quijotescamente sus hijos no cejan en sus empeños de construir la patria chica.