viernes, 14 de agosto de 2009

SE MUEREN NUESTROS RÍOS

Cuando era un chico de escuela primaria, por vez primera escuché hablar de los ríos famosos. Excitaban mi imaginación aquellos extraños nombres de Tigres, Éufrates, Nilo, Huang-Ho, Danubio, Rin y tantos otros. Eran maravillosas las cosas que se contaban sobre ellos; grandes civilización habían crecido en sus riberas y no pocas leyendas se referían a seres mitológicos que emergían de sus aguas. Más tarde, vinieron a mí noticias de los ríos nacionales. Se hablaba mucho del Tuira, allá en las tierras del Darién majestuoso. "El Darién Majestuoso", recuerdo que así se denominaba un libro producto de la prolífica pluma de Rubén Darío Carles Oberto. (Penonomeño a quien debemos los panameños obras tan hermosas como "La Gente de "Allá Abajo", libro que describe los campos azuerenses y que deja traslucir la sensibilidad de un educador comprometido con su gente). Pues bien, en el primero de los textos indicados había un titular que rezaba: "El Tuira es la Avenida Central del Darién". Este encabezado despertaba en mi interior todo un mundo de interrogantes; preguntas que únicamente lograba descifrar al aden¬trarme en las páginas de aquél manjar literario que sólo costaba cuarenta centésimos.
De aquella inicial incursión bibliográfica, pasé a confrontar la realidad del medio. Experiencias de un novato tritón que hacía sus pininos en el apacible recodo de una quebrada; lugar al que denominamos (en común acuerdo con otros compañeros generacionales) "Las Maravillas". Desde allí a los baños en la represa del Río Guararé y en el "Salto del Pilón", un poco más allá de la comunidad de Perales. Esos fueron años hermosos de una niñez que se mecía en la ingenua hamaca de la década del sesenta. En el "Pilón", por aquellos años, uno sentía caer sobre la testa la fuerza de un torrente que parecía agitarse gracias a la bravura de algún oculto dios de las aguas.
Desde aquellos tiempos, que hoy añoramos con algún dejo de melancolía, el agua no sólo se nos está escapando de las manos, sino de la tierra, las quebradas y los riachuelos. Nuestras fuentes fluviales ya no son las mismas. Allá en el sur de la península, el Río Oria agoniza sobre un cauce que luce muy grande para el arroyo que cobija. En las "tierras altas" de la Provincia de Herrera -corazón hidrográfico de Azuero-, heridos de muerte están río Negro, Suay, Tebario, Mariato y La Villa. El zumbido del hacha y la faragua han hecho lo suyo, ayudado un poco por las motosierras de un conocido politicastro azuerense y condimentado con la indiferencia de algunas instituciones estatales.
De todos nuestros "caminos" fluviales, quizás ninguno como el Río La Villa refleje de manera tan dramática los incontables problemas que al hombre azuerense le depara el futuro. Sabemos que en torno a las riberas del río (al que los indígenas denominaron Cubitá), se desarrollaron importantes cacicazgos. Grupos de amerindios que, como en el resto de América, poseían una cultura que armonizaba hombre y naturaleza. El arribo de los hispánicos, con la implantación del pastoreo al estilo de la región de Castilla, profundizó un incipiente desequilibrio ecológico que se profundizó en el siglo XX, al crecer en la Zona de Tránsito la demanda de carne y leche.
En nuestros días, el Río La Villa ha sido el depositario de todo tipo de detritus. De la impresionante corriente por la que navegara en el siglo XVII el pirata inglés Townley, nuestra principal recurso fluvial ha tornado a convertirse en el depositario de aguas negras; del lugar que poseía en su vegas las más productivas huertas, a sitio predilecto de la extracción de cascajo; de ecosistema fluvial en donde pululaban las nutrias y peces, a lavandería de agroquímicos; de sitio por antonomasia para los paseos dominicales, a balneario de diesel y de mosto, en fin, de unas aguas que cantaban entre guijarros la libertad de su caminar, a la represa/cárcel con la que una transnacional enmudece su clarinada libertaria.
"Se muere el río La Villa y a nadie le importa", tal podría ser el estribillo de una tonada del carnaval azuerense. Y esto es así, pese a que del aprovisionamiento de agua de tan importante recurso hidrográfico, se abastecen distritos como Las Minas, Los Pozos, Macaracas, Los Santos, Guararé, Las Tablas y Chitré. En su conjunto, tales municipios contienen una población que el censo de población del 2000 estimó en 124,987 personas. Es decir, el equivalente al 67% de los habitantes de las provincias de Herrera y Los Santos dependen directa o indirectamente del más importante sendero acuoso de la zona. Hombres y mujeres que necesitan el precioso líquido para la higiene personal, tomaterales, maizales, labores de la empresa privada y gubernamen¬tal, así como para otra multiplicidad de actividades.
En el espejo del Río La Villa pueden mirarse los ríos Mensabé, Guararé, Tonosí, Parita, Estivaná, Purio, Oria y muchos otros. Porque, al parecer, no queremos entender que la desaparición de nuestros recursos hidrográficos no sólo acarreará implicaciones ecológicas y económicas, sino sociales y cultura¬les. Meditémoslo. La destrucción de la floresta existente en las riberas de los ríos altera el microclima del que han disfrutado tantas generaciones de bañistas. En el orden cultural, ¿qué será de La Tepesa y en dónde irá a llorar ésta mitológica mujer indígena?; ¿qué será de nuestras ninfas, seductoras doncellas de apuestos aborígenes e intrépidos españoles?; ¿qué hacemos con nuestros trapiches y paseos campestres, cuando en noches de estío una coqueta luna alumbra la improvisada covacha adornada con luciérnagas?; y algo mucho más terrenal, ¿de qué vivirá nuestro "campesino"?
Se mueren nuestros ríos y a nadie le importa. Por allí, con cascajo, van y vienen los camiones. Emulando a Rubén Darío Carles Oberto, diría que huele a mosto el otrora hermoso río azuerense. Mientras, en la rama de un guácimo, el triste y melancólico cantar de una lebruna se ahoga entre pasto y alambre de púas. Canta el mochuelo y su agorero canto, presagia un futuro incierto. Sin embargo, en tiempos de alienación, el eco distante de una murga asfixia el murmullo de la corriente del río.

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