martes, 17 de julio de 2012

MEDITACIÓN SOBRE EL TABLEÑISMO

En múltiples ocasiones me he preguntado qué es  lo que caracteriza y le permite al hombre que mora en la capital santeña el poder tener su propio rostro cultural. Y en la soledad de mis cogitaciones he creído encontrar el tableñismo en múltiples factores. Por ejemplo, oteo ese poblado asentado en la llanura que escolta el Canajagua y se me antoja ver a sus pioneros, campesinos del parvifundio, domeñando el monte, soñando y añorando la vieja España, forjando hatos y adorando la Santa Cruz, que luego se trueca en fe a Santa Liberata, virgen y mártir que también hemos nominado Santa Librada.
Al parecer hay asomos de la tableñidad hacia la segunda mitad del Siglo XVII; por allí se va forjando una identidad producto de hábitos hispánicos, con remanentes indígenas y alguna pizca de negritud. Estamos ante un núcleo poblacional emplazado en esa llanería rodeada de quebradas-ríos, en torno a la cual va surgiendo un poder económico centrado en la tierra y la ganadería; además del tímido asumo de una burocracia colonial que con el correr del tiempo reclamará para sí los diezmos y primicias, así como la cofradías administradora de bienes terrenales, siempre bajo el ojo avizor del mayordomo.
Bajo esta óptica, seguramente el tableñismo colonial tuvo sus encontronazos con el mando económico-religioso de la zona, encarnado para la época en la hegemonía político-económico-religiosa que se asienta en la Villa de Los Santos. Por eso, las  ansias de liberación política del tableño se expresarán, hacia la segunda mitad del Siglo XVIII, en propuestas para separar  la jurisdicción eclesiástica del control villano. Tómese en consideración que para aquellas calendas el tableño ya tiene plaza y templo, así como familias encumbradas residiendo en torno a la misma. Al parecer el problema político del tableñismo, que aspiraba a una autonomía ante La Villa, se forja primero en los aspectos administrativos del templo y luego, en el Siglo XIX, se expresa en conatos de insurrección dado el acoso de los godos peninsulares.
El ethos tableño hay que entenderlo bajo diferentes aristas y hasta por el aporte de personajes históricos, como en el caso de Don Pedro Damián Pérez, acaso el más lúcido y representativo exponente de la clase dominante; porque este hombre santeño es a Las Tablas lo que Don Segundo Villarreal es a La Villa. Ambos encarnan el poder que propiciará el salto de lo colonial a lo republicano y desempeñaron un papel protagónico dentro de esa sociedad rural y religiosa, pero a la vez pagana, que distinguió los siglos coloniales.
Nuestra visión sobre la génesis del carácter del habitante que vive en la capital santeña, estaría incompleta si no tomaros en consideración al hombre de los campos, el mismo que describe el Dr. Belisario Porras Barahona en El Orejano (1881); porque es dicho campesino quien le imprime parte de la esencia y personalidad al rostro cultural del hombre que comentamos. Son sus caminatas “al pueblo”, en donde mercadea sus productos, socializa a los niños, saluda a sus compadres citadinos y al que acude para bautizar a su prole, lo que termina por darle una faz propia al tableñismo. Así, éste acaba por asumir una cultura rural que se ha hecho urbana, así como algo urbano que impregna la ruralidad de los campos. De allí que la magia de lo tableño radica en el encanto de un ser que lleva muy dentro los efluvios del campo, sin renunciar al hechizo del emplazamiento urbano. Esta amplitud de miras permite afirmar que lo tableño  no se reduce al área administrativa y geográfica del municipio, sino que rebasa éste y se convierte en punto de referencia de la nacionalidad istmeña. Aunque esta última manifestación excede el período histórico al que nos estamos refiriendo y es más la hechura del Siglo XX, con sus flujos migratorios hacia el resto de las provincias. Dicho de otra manera, el tableñismo es otra de las facetas que dan personalidad al santeñismo, del que es parte constitutiva y al que contribuye a cimentar.
Como ha acontecido con otras culturas del orbe, esta personalidad colectiva es simultáneamente la simbiosis entre lo sacro y lo pagano. De allí que una faceta interesante de esta idiosincrasia es el extraordinario vuelo que ha asumido lo lúdico,  elemento que termina por imbricarse con la fiesta religiosa. Y en este sentido, los ritos religiosos y eventos ligados a la festividad de la patrona Santa Librada, son un vivo ejemplo de lo que planteamos. La también llamada “Moñona”, es un ícono de este grupo humano, al lado de otros de no menor relevancia como El Canajagua y la vida proba del Dr. Belisario Porras Barahona. Lo mismo podríamos decir del templo con su plaza, así como la egregia figura arquitectónica de la Escuela Modelo Presidente Porras.
De lo dicho no resulta casual que el culmen de ese andar del tableño viene a serlo la celebración del 20 de julio, fecha de La Patrona, así como la fiesta de la carne, los carnavales. Para estas festividades lo tableño logra su mayor paroxismo y se reviste de incienso y procesión, en el primero de los casos, y de reinas y carrozas, en el segundo. Tal es la génesis de la sabiduría popular que en este caso aflora bajo el manto del folclor, puro al inicio y adulterado después. Es decir, estamos ante el inevitable encuentro entre templo y plaza, plaza y templo; compleja dialéctica del santeñismo, herencia de una racionalidad de la cultura occidental.
Luego, se ha de comprender por qué el tableño, al mismo tiempo que asume una ética del trabajo de origen campesino, simultáneamente se distingue por un carácter festivo, al tiempo que profesa una religiosidad preñada de ludismo. Pienso que esa mixtura sociocultural es la que ha permitido la formación de una sociedad y una cultura que ha terminado por cautivar a propios y extraños. Es decir, lo tableño tiene su sello propio, una identidad que destila magia, un sortilegio que se siente y que pregona un sano orgullo de pueblo celoso de sus tradiciones. Y al igual que acontece con el santeñismo, el tableñismo vive la cabanga por lo suyo, esa soterrada melancolía por el ayer que se diluye ante una modernidad devoradora de los usos sociales que fueron el norte de los ancestros.
Está demás afirmar que el tableñismo y su tableñidad se enfrentan al mayor desafío del Siglo XXI, a saber, transitar la centuria sin perder ni adulterar sus esencias más preciadas, al mismo tiempo que convive con el crecimiento económico y promueve un modelo de desarrollo centrado en el hombre que mora en las llanerías que atalaya el Canajagua.
…..mpr…

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