jueves, 20 de junio de 2013

EL ROSTRO INDÍGENA DE AZUERO


Cerámica estilo Cubitá (550-770 d.C,
Afirman nuestros historiadores que ya en el siglo XVIII los indígenas habían sido exterminados de nuestra peninsular región. El etnocidio dio cuenta de cacicazgos del tipo que lideraban París, Guararí, Güera y otros. En vano organizaron los nativos sus guacabaras. Los españoles salían a ran­chear, es decir, a atacar a los ranchos o pueblos de indios. No es desco­no­cido que en los siglos XVI y XVII los hispánicos se vieron precisados a importar a nuestras provincias centra­les a indios provenientes de las actuales repúblicas de Guatema­la, El Salva­dor, Honduras y Nicara­gua.

La Dra. Reina Torres de Arauz denominó con justa razón a ese desigual encuen­tro como la "decapitación de una cultu­ra". Sin embargo, luego de quinientos años, aun cuando algunos hispanófi­los pretendan ocultarlo, la cultura indígena subsiste en nuestra región. Cierto que los valores hispánicos se han constituido en los hegemónicos, pero ello no supone que los rasgos de la cultura indígena no hayan logrado perdurar.

Basta con recorrer con ojo avizor la región de Azuero para percatarse que existe toda una geografía de lo indíge­na. Porque por estos lares, como ha acontecido en el resto de América, el indio se refugió en las montañas. Allí están las tierras altas de Ocú, Las Minas, Los Pozos, Macaracas y Tonosí, jurisdicciones distritales que muestran en no pocos habitantes de estos pueblos los fenotipos de los tibas, cabras y espavés. No es mera casuali­dad el que sea en estos municipios en donde enseñen su faz los ranchos.

Nuestra cultura está impregnada de lo indígena. Nos encantan los tamales, el bollo, la changa y la chicha de junta. Debemos interrogarnos en torno al origen de los nombres de nuestros pueblos,  ¿De dónde proceden vocablos como Ocú, Chitré, Parita, Guararé, Pocrí, y Pedasí?. Cosas que tiene el azuerense en alta estima, como la casa de quincha, por ejemplo, demuestran tener un gran componen­te cultural de nues­tros antepasados aborígenes. En no menor proporción, leyendas como la que se refiere a La Tepesa hablan bien alto sobre la supervivencia de la mitología indígena en la concien­cia de nuestro hombre mestizo.

La flora grita a los cuatro vientos la impronta de aquellos que nos antecedieron: corotú, pifá, guácimo y espavé. Otro tanto está presente en el uso de las plantas en nuestra medicina tradicio­nal. Todavía el campesino nuestro siembra con chuzo y no afirma que  lleva sus  productos en cestas,  sino en jabas  y cháca­ras. ¿Nuestras danzas acaso no traen reminiscen­cias del mundo de los tibas?. Pienso, por ejemplo, en Las Pajarillas de San José y el acompasa­do golpe del pie en el baile de los mani­tos.

Siendo así, conviene rescatar esta otra parte de nuestros orígenes culturales y no perseverar en un trasnochado hispanismo que insiste en recordarnos a España como nuestra Madre Patria, pero que olvida que tenemos una tía africana y un abuelo indíge­na.
...mpr.....
                                                                        

 

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