miércoles, 31 de enero de 2018

LA VILLA DE LOS SANTOS Y EL PATRONATO 10 DE NOVIEMBRE




En otro momento he sostenido que la Villa de Los Santos es la capital histórica de Azuero. Tal axioma tiene su razón de ser, porque la población santeña se lo ha ganado en los trescientos cuarenta y seis años (346) que transcurren entre el 1 de noviembre de 1569 y el 18 de enero de 1915, fecha cuando la Ley 17 divide la provincia de Los Santos para dar paso a otra jurisdicción administrativa regional, la provincia de Herrera.
La verdad es que la Heroica Ciudad siempre fue rebelde, desde el mismo acto fundacional hasta el grito santeño de 1821, sin olvidar las sublevaciones campesinas de 1856, con don Pedro Goytía Meléndez como adalid del liberalismo peninsular. Mirar hacia atrás es recordar el Curato de La Villa, como se le llamó a la jurisdicción religiosa que en el siglo XVI da forma y aglutina la zona administrativa en la que se cobija el santeñismo como estilo de vida y forma de ser. En efecto, aquí florece la cultura que desde el Macizo del Canajagua se extiende hacia las sabanas de la costa oriental; luego corre presurosa hacia punta Mala y avizora la geografía desde la cumbre de Morro de Puerco, elevación que se complace en otear al Tijeras lejano y al cercano promontorio de El Tebujo bajocorraleño.
En el cuadrilátero geográfico de 80 kilómetros de ancho por 100 de largo, la vida floreció a la vera de múltiples corrientes de agua que al besarse con el océano Pacífico constituyen fértiles rías que hemos dado en llamar puertos. Y entre esos ríos se encuentra la corriente que recorre más de cien kilómetros. Los indígenas le llamaron Cubitá y a su verá se fundó el pueblo de la Villa de Los Santos; y ha sido tan famosa la ciudad colonial, que terminó por prestarle su nombre al río. Desde entonces, por costumbre, se le continuó llamando río La Villa, y así se ha perdurado.
Por varias centurias las tierras que se inician en la actual Divisa y se extienden hacia el sur, siempre estuvieron marcadas por el influjo del poblado de Los Santos; de hecho, la península pudo llamarse de esa manera, sin ningún problema. Porque lo cierto es que existe una unidad cultural, histórica, geográfica y sociológica que nos ha distinguido siempre. Otra cosa son las circunscripciones administrativas que legó el siglo XIX y que ahora se conocen como Azuero y Herrera. Sin embargo, el santeñismo es más antiguo y tiene el añejo sabor de las cosas viejas, esas que se forjaron desde el siglo XVI y se prolongan hasta los tiempos contemporáneos.
Tenemos que afirmar, sin complejos de ninguna naturaleza, que el poblado fundado el 1 de noviembre de 1569, conocido como la Villa de Los Santos, siempre ha sido el paradigma urbano de la región. Me refiero a que ha servido de modelo para el resto de la península, porque aquí se radicó la sede del poder político, administrativo, económico y social de la zona. La Villa era el epicentro de la vida urbana y aunque nunca alcanzó a tener población de gran urbe -porque ni la ciudad de Panamá lo era para aquellas calendas- casi todo se decidía en esta ciudad, el más importante sitio peninsular de la Colonia y del período de unión a Colombia. Incluso, cuando a mediados del siglo XIX se producen sublevaciones campesinas, las calles de La Villa supieron del tropel de caballos, chopos, gritos de paisanos que reclamaban libertad para el general Pedro Goytía Meléndez, luminoso liberal preso en las mazmorras o ergástulas del poblado.
Quien ha estudiado el devenir histórico del emplazamiento urbano que se ubica a la vera del antiguo río De Los Maizales, no puede negar la relevancia del poblado de la mítica Rufina Alfaro. Nada le era extraño a La Villa, porque de alguna manera la península era el reflejo de ella misma; con sus curas, alcaldes y familias hegemónicas.
Llama la atención que en tiempos actuales algunas voces intenten opacar el brillo de la gema histórica que es la ciudad santeña. Para quienes así obran, allí está la historia que es el mejor testigo de la relevancia del sitio en donde moró la señorita Ana María Moreno Castillo, la Niña Anita, personaje religioso que resume en su biografía el rol del cristianismo que se instauró al arribo de los españoles y cuya difusión debe tanto a la Ciudad Heroica. Porque, en el fondo, la religiosa santeña es el acumulado histórico que se hace carne desde el templo a san Atanasio, esa joya del siglo XVIII que con retablos y estructura física pregona que La Villa no era un pueblo común y corriente.
Si hay algo que se deriva de leer gruesos libros, revisar archivos parroquiales y nacionales, es la certeza de que el hoy no puede ser explicado sin el ayer. Por eso el 10 de noviembre de 1821 no es una invención de los próceres, la herencia graciosa de un personaje llamado Rufina Alfaro, sino el grito de la historia, el llamado de generaciones que se remontan a los tiempos de Francisco Gutiérrez e incluso más atrás en las familias desparramadas sobre la sabana peninsular.
Basados en esta perspectiva histórica documentada, no inventada, es como podemos comprender la génesis del más libertario de los gritos nacionales. Por ello, casi que obligatoriamente, una gesta como la indicada tenía que producirse en la tierra en donde también nació el presbítero Domingo Moreno Castillo. Y hay otra razón que milita a favor de lo que planteamos, en la Heroica Ciudad residía el grupo humano más instruido y contaba con la lucidez del sacerdote José María Correoso Catalán, quien no tuvo temor en sumarse a los postulados de la ilustración francesa y respaldar la gloriosa fecha.
Por las razones que vengo exponiendo, se comprenderá que la herencia del 10 de noviembre de 1821 es un legado que las generaciones de antaño y ogaño no pueden mirar con indiferencia. Los santeños y los panameños en general, estamos ante el irrenunciable deber de ubicar el acontecimiento histórico en el pedestal que se merece. Porque lo que hagamos a su favor fructificará en conciencia de patria, así como lo que dejemos de hacer se traducirá en abulia popular, disminución de la autoestima colectiva y pérdida de valores ciudadanos.
Tanto la clase político como la sociedad civil deben comprender que un acontecimiento de tamaña envergadura no debe estar sujeto a los vaivenes político-partidistas, así como a los caprichos de quienes solo ven en el acontecimiento la rumba de desfiles, voladores, acordeones y bebidas embriagantes.
Hay una pregunta que taladra las conciencias y que como un tábano de la dignidad patria reclama respuesta. A saber: ¿Qué queremos y esperamos los santeños, y panameños en general, del 10 de noviembre? Y la respuesta a esa inquietud tenemos que encontrarla en la soledad de la conciencia, del amor patrio y la responsabilidad ciudadana.
El 10 de noviembre también es un sentimiento, el orgullo de sentirse herederos de héroes, pero también ha de traducirse en un sistema organizativo que impida que el evento histórico se desnaturalice y termine por ser consumido por la rutina. Y justamente por esta razón surgió el Patronato 10 de Noviembre, para que el Grito Santeño siga alumbrando los caminos de la libertad, la identidad cultural y la democracia como filosofía y forma de gobierno.
Los miembros del patronato comprendemos que la misión trasciende la celebración de la fecha y no se agota en la organización de un desfile que tiene que continuar siendo majestuoso y valorado por la comunidad. Por eso, un grupo de santeños trabaja afanosamente en la propuesta que permita la lucidez de los desfiles, pero también el fomento de la investigación de la fecha memorable, el fortalecimiento de aspectos académicos y la puesta en práctica de una docencia que ilustre a jóvenes y adultos sobre la relevancia del acontecimiento.
Si embargo, si aún alguien posee alguna duda sobre lo que aspira el Patronato del 10 de Noviembre lo resumo en los siguiente objetivos:
. Fortalecer la celebración del Grito Santeño.
. Crear un sistema institucional que perdure en el tiempo y que aleje a la celebración de los vaivenes político-partidistas.
. Asumir la organización, la investigación y la docencia del evento.
. Estimular a la sociedad política y civil para que se sienta partícipe de un acontecimiento histórico que le pertenece.
. Conmemorar el Bicentenario del Grito Santeño, hecho que acaecerá el próximo 10 de noviembre de 2021.
Nada de lo propuesto será posible sin el concurso y apoyo comunitario, la empresa privada y la clase política. Aspiramos a que lo más pronto posible el Grito Santeño cuente con la ley que establezca una partida presupuestaria que resuelva de una vez por todas el viejo problema del financiamiento del evento.
Hacemos un llamado para que todos construyamos una nueva manera de ver el 10 de noviembre de 1821 y no seamos sólo espectadores del acontecimiento. La defensa del Grito Santeño es un compromiso de patria, porque la fecha más relevante del calendario histórico de la nacionalidad cumplirá próximamente doscientos años de existencia. Organización, compromiso y defensa, tales son los desafíos que nos esperan, tareas de las que hacemos partícipe a la comunidad regional y nacional.
Milcíades Pinzón Rodríguez.
Disertación el sábado 27 de enero de 2018 con ocasión de la toma de posesión de la directiva del Patronato del 10 de Noviembre. Acto realizado en el Museo de la Nacionalidad de la Villa de Los Santos.

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