martes, 28 de octubre de 2008

LA PALMERA PRESUNTUOSA

Cuentan que una altiva palmera se columpiaba con la brisa y en su altivez miraba con desdén al resto de la vegetación. Cargada con jugosos racimos de pipas, sus numerosas pencas se acicalaban mutuamente. Día tras día repetía aquel ritual, cual danza de hedonismo y Afrodita de la selva. De poco servía que, ocasionalmente, el viento detuviese sus brazos vegetales y que inevitablemente cayesen sobre su cuerpo; porque entonces miraba su tronco, se imaginaba delgada y su presunción llegaba al extremo de concebirse como diosa con cintura de avispa y cabellera de estrellas.
Pues bien, aconteció que una noche borrascosa, con truenos y relámpagos, cuando octubre mostraba toda su fiereza invernal, un rayo vino a echar por tierra su fingido esplendor. La fuerza de Natura le dejó apenas el cogollito insignificante y una que otra penca chamuscada. Al amanecer, la palmera presuntuosa se miró tal cual era realmente: otra criatura más de la creación del universo. Cabizbaja miró sus raíces, y allá abajo, emergiendo del fango, percibió una minúscula flor que con intensos y titilantes colores reflejaba la luz del astro sol. Entonces pensó para sus adentros: “Pobre de mi”, dijo, “he vivido creyendo que mi belleza era eterna. Qué tarde he aprendido que quien se cree estrella sin serlo, un buen día descubre su fugaz resplandor de luciérnaga.”

A las sombras de Cerro El Barco, Villa de Los Santos, octubre de 2008.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hermosa fábula... al leerla nos hace sentir que la brisa que mueve
las pencas de la palmera cual abanicos, nos acaricia el rostro suavemente...