domingo, 4 de octubre de 2009

MIS MUJERES DEL ALMA

Yo he amado a estas mujeres nuestras; a las de ojitos almendrados, a las trigueñas con sabor a miel y aquellas blancas como la leche y de ojazos de cielo. Las he visto caminar por los senderos polvorientos y las he sentido entre el batir de las olas y la Luna que alumbra con destellos de oro la blanca arena. Cuerpo y alma, ¡qué hermosas criaturas! Y nunca me importaron los apuntes del ayer, porque el asunto no es leer en el pasado, sino garabatear en el futuro.

Mis orejanas son lindas. Me enternece sólo verlas y mirarlas, sin lascivia, con su andar de reinas de la noche y emperatrices de la luz. Acaso te extrañará que escriba así, tan lleno de sentimiento y repleto de congojas y cabangas, pero te confieso que hoy me duele la vida por lo que pudo ser y no fue, por aquellas que pude amar y vivir en la oquedad de sus brazos, en la tibieza de la cama compartida. Será que esa lluvia que hoy moja mi patio despierta mi alma dormida, y las miro y las recuerdo desde el fondo del corazón.

A veces las imágenes del ayer llegan como ráfagas, como una película guardada en algún recodo cerebral. Y las libero de ese encierro virtual y las reclamo en la distancia, para exclamar como Neruda: “¡Dónde estará la Guillermina!”, qué habrá sido de su vida y si también en este instante estará embriagada de recuerdos, sintonizada con ese mundo que compartimos juntos y que la noche tenebrosa nos arrebató a los dos.

Siempre he pensado que el problema fundamental del ser humano ha sido la ausencia de un amor auténtico. Porque algunos somos pusilánimes y no logramos reconocer el hechizo que se esconde tras la apariencia de una sonrisa o la brisa juguetona mientras bromeamos sobre cosas baladíes. El amor no es una meta, es un proyecto que se construye compartido desde los cotidianos eslabones de la vida. El guiño de un ojo o la mirada furtiva dicen tanto en un instante, en la quietud insondable del alma que sólo un espíritu tierno puede auscultar y que el poeta atisba desde su chispa de inmortalidad.

Yo amo a mis mujeres, por lo que son y por lo que ellas hicieron por mi; porque bien sé que sin su presencia talvez me hubiese sumido en un individualismo perverso o en el hedonismo desenfrenado de quien confunde amor con sexo. Por eso ellas han estado en la energía de mis escritos sensibles y orejanos. Y la brisa que acaricia mi rostro me susurra en silencio su nombre…”Recuerda Milcíades, recuerda”, parecen decir. Tenlas presente para que la orejanidad brote con fuerza casi mágica sobre la pantalla del ordenador. No olvides su olor, su aroma de ángel para que puedas aspirar la vida y caminar más allá de tus pasos de hombre maduro, pletórico de alegría y rebosante de entusiasmo.

¡Si mis orejanas supieran cuánto han hecho por mi!; por esta vida llena de recuerdos hermosos, de agradecimientos indescifrables e indescriptibles; como en la soledad del río que fluye eternamente hacia el mar, entre el canto de los pájaros y la espesura del bosque. Ellas fueron un libro abierto, una flor en el estero y una exquisitez gastronómica que se brinda sin reparos.

Por eso camino mi tierra, y su sombra me acompaña. La siento conmigo en Chepo de Las Minas y escalamos juntos la cima del Canajagua y miramos la Península desde las alturas de Cerro Quema. Las encuentro en el rostro de Santa Librada y en la empollerada que luce su ajuar festivo en el encanto de La Mejorana guarareña. Cómo no reconocerlas en los “Sentimiento del alma”, en los poemas de Sergio, en el acordeón de Dorindo que pregona “El Solitario” y en la bocona que destella arpegios y caricias sonoras. Leo “Alma de Azuero” y de repente, casi sin darme cuenta, ellas encarnan a Margarita Barahona para que yo pueda ser su “Micho Viejo” del alma.

¡Ay de mis espavés hermosas!. Luciérnagas de mi noche, aroma de mi espíritu y estrellas que titilan en la inmensidad de la noche. Yo amo esas mujeres de mi Península. Las de piel cobriza, las morenas con su andar cadencioso y la música celestial que irradian las criollas con su herencia de hispanidad.

¡Cómo no querer a mis orejanas del alma”. Yo no puedo ocultar lo que late en mi interior, lo que la pluma insiste en plasmar aunque la razón lance su clarinada de advertencia. Porque ya casi es pecado guardar silencio; es hora de renunciar al puritanismo que mora en mi, para gritar al mundo la devoción casi sacra por mis mujeres del alma.
Y cuando la Parca llegue y mi cuerpo yerto se deslice sobre la fosa, me llevaré sus recuerdos como una ofrenda a la vida y al amor.

…mpr…

Villa de Los Santos, 1 y 2 de octubre de 2009.
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4 comentarios:

Joao Q dijo...

Demasiado bueno el escrito...
Saludos, Joao Q

Anónimo dijo...

Hola, acabo de encontrarme en su web visitor map (vivo en Perth, Australia), asi queria dejarle un comentario a Usted. Solamente para decirle que me encanta leer su blog y disfruto saber de Azuero, como yo vivi en Las Tablas por un año -ya hace 13 años, pero todavia amo aquel parte del mundo, Azuero.
Saludos
Amelie

Nelva Reyes dijo...

Hola Milciades, gracias por el escrito: Mis mujeres del alma. Comparto cuando dices: "el amor no es una meta, es un proyecto que se construye compartido desde los cotidianos eslabones de la vida..", Saludos Nelva Reyes.

Anónimo dijo...

Está precioso este escrito. Gracias porque me ha hecho sentir más orgullosa de ser mujer y de ser santeña.

Saludos.