jueves, 14 de agosto de 2014

Y HUELE A MOSTO LA HERMOSA TIERRA SANTEÑA




El encabezado del escrito lo tomo del memorable libro de Don Rubén Darío Carles Oberto, que bajo el nombre de LA GENTE DE ALLÁ ABAJO publicara el penonomeño a mediados del Siglo XX. El texto describe la región azuerense en sus hábitos y costumbres y destaca, entre otros aspectos, el rol de la caña de azúcar en las primeras décadas de esa centuria. Después de tanto tiempo el recordado educador continúa teniendo razón, porque para aquellas calendas existían en la Península no pocos cañaverales y pequeños ingenios.
El tema es relevante, porque hay una diferencia notable entre la antigua forma de producción y lo que encontramos en la época contemporánea. Antes, el cañaveral era un recurso propio del pequeño propietario –minifundista- que lo utilizaba para derivar otro ingreso familiar y, de paso, casi sin querer, promover en el agro las nuevas relaciones asalariadas. Hay más, porque la cultura de esos tiempos está impregnada de relatos de aparecidos y personajes que caracterizaron el folclor de esa etapa de nuestra sociedad rural. No pocas veces el “Padre sin cabeza” aparecía próximo a los ingenios, como si la leyenda pretendiera alejar al campesinado de la tentación que suponía la proximidad del alcohol.
También hay una diferencia abismal entre aquellos cañaverales azuerenses y los que se desarrollaron en Aguadulce -e incluso en
Pesé-  empresas que crean el monopolio de la caña que estimularon presidentes como Rodolfo Chiari y que llevan el sello liberal de aquellas décadas de principio de la vigésima centuria. Por eso, ligado al aumento de la población, el consumo y la demanda nacional e internacional, vivimos la expansión de la caña de azúcar; monocultivo que se apodera de los campos, destruye el ambiente y arrasa con lo que queda de la peonada campesina.  El hecho no deja de ser curioso, porque en Azuero el rol de la caña parece tardío, si lo comparamos con el período colonial, cuando en otras latitudes su cultivo estuvo ligado a la deplorable explotación de africanos e indígenas.
En tales tópicos he estado pensando a raíz de la crisis del agua en la península azuereña. Los tiempos cuando el mosto era tirado a las quebradas y los ríos, sin mayores secuelas, han pasado a la historia; ya sea porque nunca se documentaron tales prácticas o por la indolencia de la clase política y de los ciudadanos que están llamados a prevenir tales catástrofes sembradas por el hombre.
Lo del Río La Villa y la tristemente célebre atrazina es una acumulación histórica de factores que eclosionan a finales del mes de junio e inicios de julio de 2014. Hay que recordad que fue el General Torrijos quien en los años setenta trajo a Los Santos un destartalado ingenio, ilusionado por los buenos precios del azúcar, propuesta que también intentó desarrollar en La Tiza de Las Tablas. De aquella época todavía subsisten los ingenios veragüenses, los que continúan siendo testigos de los devaneos del Estado empresario.
La verdad es que el río que los indígenas llamaron Cubitá y Gaspar de Espinoza denominó De Los Maizales sufre las consecuencias de una cultura empresarial que usa las corrientes de agua como basureros de sus desechos industriales, quizás porque es más cómodo y rentable mirar para otro lado y aprovechar las crecidas de las aguas invernales para deshacerse de la vinaza y otras inmundicias.
Qué duda cabe que en este mundo de cañas, virulí, seco y etanol poco importa los doscientos mil habitantes que pueblan Azuero, aunque cien mil personas se hayan quedado sin agua. La racionalidad económica se impone sobre la sanidad comunitaria y termina defendiéndose con los socorridos argumentos de la generación de empleo, medidas de mitigación y otras distracciones de igual ralea.
La contaminación no es tan sólo el producto de una falta de conciencia, en la que santeños y herreranos también tenemos nuestra cuota de responsabilidad. Ella resume la ausencia de políticas de Estado para con un agro al que sólo se acude en tiempos de elecciones. El río, otrora silencioso, parece gritar a los panameños nuestra proverbial falta de previsión y de cultura ambiental. E incluso deja bien claro que no podemos vivir sin el preciado líquido y que éste bajo ninguna circunstancia debe ser privatizado y convertido en mercancía.
A los que habitamos el área ha de preocuparnos que una problemática de tal naturaleza se reduzca a la entrega de botellas de agua –loable sin duda- pero distante de las causas reales del fenómeno. El río La Villa es apenas un componente de una estructura comunitaria económica, natural, social y cultural que espera proyectos integrales de desarrollo. La solución no sólo está en castigar a los culpables, sino en la eliminación del principal foco de contaminación; a saber, la expansión de la caña de azúcar y el irresponsable uso de agroquímicos.
Se impone recordar que en la historia de la humanidad los monocultivos siempre han sido un problema mayúsculo, porque el sistema social termina cautivo de sus angurrias económicas y apetencias políticas, al par que se atenta contra la seguridad alimentaria. Allí están, como ejemplos, Santa María y El Rincón, comunidades herreranas que moran entre barrotes de caña y agroquímicos.
Emulando a Carles Oberto, arriba citado, diría que apesta a mosto, vinaza y atrazina la hermosa tierra azuerense. Y mientras la población defiende en la calle su calidad de vida, entre los matojos de caña el rostro sonriente de la impunidad recuerda el viejo adagio popular: “Poderoso señor es Don Dinero”

.…..mpr…

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