viernes, 12 de septiembre de 2014

LAS AVIONETAS Y EL LIBRO DE SARASQUETA



1. La avioneta en la cultura peninsular. El recuerdo trae a la memoria el sonido de la avioneta. Entre las copas de los árboles atisbo al aparato que baja de las alturas para posarse, un poco después, en la pista que está situada frente al cementerio de Guararé. A un costado de la misma, una caseta hace las veces de zona para pasajeros y lugar de resguardo para el novedoso medio de transporte.
Hay magia en todo este espectáculo, que hacia mediados del Siglo XX, permite que el Transporte Aéreo Santeño (TAS) y el Servicio Aéreo Canajagua Azul (SACA)  viajen a los lugares más alejados de la montaña y la costa occidental de la península de Azuero. Todo ello es comprensible, el avance ganadero que desde el Siglo XVI  se ha enseñoreado en la zona, bordea ahora las goteras del pueblo de Macaracas, mientras que hacia la austral Pedasí el desmonte consume la selva pletórica de vida silvestre. En cambio, en Las Minas de Herrera el monte aún es dueño de la cordillera que los investigadores del Smitsonian Institute ya han estudiado veinte años atrás, hacia los años cuarenta de la vigésima centuria.
A mediados del Siglo XX Tonosí apenas es un puntito de civilización que custodia  una montaña que se mantiene casi intacta, pero que todavía es propiedad de la Tonosí Fruit Company, la bananera que en los años veinte se ha instalado en el ubérrimo valle,
La región está a punto de cambiar, porque las carreteras harán de las suyas y las avionetas retrocederán ante el avance de los autos Ford. Tiempos de fotutos, chivas gallineras, camionetas, colas de pato, olor a gasolina y comandos comprados en remate en la antigua Zona del Canal. Así fue, porque la carretera de Porras también se llevó consigo a los barcos veleros e inició una incorporación socioeconómica que permitió que la chicha de resbaladera fuera reemplazada por la Royal Crown Cola. En la lista, heridas de muerte están las pequeñas industrias: herrerías, tejales y otras actividades de tipo artesanal.
En síntesis, a la cultura tradicional santeña le resulta difícil sobrevivir en un mundo cuya racionalidad es otra. Por eso surgen los eventos folclóricos, como el Festival Nacional de La Mejorana, el Festival de La Pollera y El Manito. Digno ejemplo de la nueva era es el acordeón, cuyo encanto subyuga a los orejanos que terminan por dejar casi en el olvido al aristocrático violín.
En efecto, de alguna manera esas avionetas fueron como mensajeros alados de los dioses. Una especie de Ícaro santeño al que el mismo desarrollo también le derritió las alas. Eso es lo que explica la existencia, relativamente corta, de los sistemas de aviación santeños, con dos a tres décadas de duración, no más. Sin embargo, en el imaginario popular el rol de la avioneta ha estado ligado a leyendas, chacotería y a toda una cultura popular que, cuarenta años después, subsiste con un de dejo de melancolía, nostalgia o congoja del alma.

2. Los Sarasqueta. Durante la primera mitad de los años treinta del Siglo XX el picapedrero golpea la roca que ha de construir la Escuela Juana Vernaza. Lo hace con la maestría que aprendiera en España, su tierra natal. Cientos de personas transportan el pétreo material de un sitio conocido como Vizcaya. El lugar se ubica bordeando las viejas colinas que quedan a la entrada de la Ciudad de Las Tablas y que en las laderas de las suaves colinas se asienta la Universidad de Panamá. Debemos saber que el ingeniero vasco Pedro Sarasqueta Ugarte  no sólo fue responsable de la construcción del centro escolar en la tierra de Manuel Fernando de Las Mercedes Zárate, sino del viejo y desaparecido Hospital de la Ciudad de Las Tablas, el Gerardino De León. En nuestra tierra, el vasco de ideas anarquistas, se casó con doña Dominga Castillero Díaz, oriunda de la población guarareña de El Espinal.
En este momento nace la historia de una familia que ha dejado huellas en los senderos nacionales. La que misma que, unida a los Melo, marcará para siempre la industria nacional y que, además, nos ha dejado hermosas joyas literarias. En este instante recuerdo a Acracia Sarasqueta de Smith con sus novelas El Señor Don Cosme (1955), El Guerrero (1962),  Valentín Corrales, el panameño (1966) y Una dama de primera (1979). En fin, lo que pretendo indicar con todas estas vueltas al tema, es que hay una indudable vena literaria en los Sarasqueta, a la que hay que sumar la carga genética de los Castillero, familia cuya sensibilidad es, a todas luces, manifiesta.

3. Germinal Sarasqueta Oller. De lo dicho no ha de extrañar que el descendiente de tal progenie le obsequie a la inteligencia de los panameños este sancocho literario que don Germinal Sarasqueta Oller ha titulado de “DE LA CARRETA A LA AVIONETA. Historia de la aviación interiorana. Una épica panameña”. Y digo sancocho porque estas cosas hay que saborearlas, degustarlas, como hacemos con el popular y querido ejemplo de la gastronomía campesina.
Siempre he sostenido que un libro no se disfruta a plenitud si el lector no conoce algo del autor y calibra la autoridad que éste tiene para hablar sobre el tema. En este sentido Sarasqueta Oller tiene la solvencia profesional para ello. Ha sido el primer piloto panameño en obtener una maestría en aeronáutica, en los Estados Unidos de Norteamérica, aunque también estudió en Brasil y Francia. Sobre él podemos decir que es técnico en fuselaje y motores, así como ingeniero de vuelo e investigador de accidentes aéreos. A nivel docente ha creado el primer curso de pilotos comerciales universitarios y diplomados de aviación en Panamá, así como una larga lista de ejecutorias.
Ha publicado siete libros de aviación sobre diversos temas y ocupado posiciones destacadas en el ramo. Así Gerente del Aeropuerto de Tocumen, Director de Seguridad Aérea, Director de la Escuela de Aeronáutica Civil, Subdirector de Aeronáutica Civil, entre otras.  En fin, Germinal Sarasqueta Oller ha dedicado más de cuarenta (40) años a la industria aeronáutica nacional e internacional.

4. El libro y su mensaje. Debo decir que el texto está precedido del prólogo que debemos a la pluma del profesor Oscar Velarde Batista, una de las glorias del ensayo santeño, docente que ha sentado cátedra en el estudio histórico de la Ciudad de Las Tablas.
Sobre el texto hay mucho que decir, aunque las limitaciones del tiempo me obligan a ser parco. Comenzaré señalando que lo disfruté a plenitud, no sólo por lo ameno del texto, sino por la profusión de información, las oportunas e históricas fotografías y por la seriedad con la que el investigador acomete su labor. Se nota  que Sarasqueta disfruta, le dedica tiempo y ama  lo que hace, porque, en efecto, no se debieran publicar libros cual si se tratase de cosechar y exhibir mangos en el mes de mayo.
La monografía hace justicia a mucha gente en el país: aviadores, mecánicos, empresarios y a todo aquél que estuvo ligado a la saga de la aviación interiorana. Y cual si se tratara de un sobrevuelo sobre la nación istmeña, el lector podrá aterrizar en Chiriquí para conocer a los zapadores de la aviación de esos lares. Luego podrá levantar vuelo y visitar, con la misma finalidad, a Veraguas, Coclé, Herrera y el sur de la Península de Azuero.
El libro impacta, no sólo por lo que describe, sino por lo que sugiera; me refiero a esos temas que asoman su faz entre párrafo y párrafo, fotografía y fotografía, relato y relato. En lo particular disfruto los libros que abordan el alma de la gente, ese mundo del sentimiento que muchas veces soterramos, como si el amor no fuera una necesidad humana y no tuviéramos derecho a sentir que algo hermoso se despierta en nuestro pecho.
HISTORIA DE LA AVIACIÓN INTERIORANA es un texto para leerlo como un homenaje a la gente, para recobrar la esperanza y fortalecer nuestra autoestima como pueblo. Y como somos animales territoriales, aunque usemos smartphone y tabletas, seguramente el lector de cada provincia disfrutará la sección que le atañe. Por eso los santeños y herreranos disfrutaremos el capítulo concerniente a la historia de la aviación al sur de la Península de Azuero. Al hacerlo valoraremos en mayor grado la intrepidez de nuestros paisanos que en los años cuarenta, cincuenta y sesenta supieron vivir su época. Ellos comprendieron que no necesariamente tenemos que vivir parasitariamente del emprendimiento de otros, sino desde nuestra propia visión de mundo, en alianza con el aporte de otras latitudes.
Qué duda cabe que aquellas avionetas se constituyeron en la quimera de muchos, en un sueño que convirtieron en carne y hueso de la cultura y la economía regional. El vuelo del pájaro mecánico sobre nuestros campos siempre tuvo a niños campesinos que miraban los cielos y que, ya en tierra, se acercaban temerosos al aparato. Y sin decirlo, aquellos párvulos soñaban con otros mundos, porque muchas veces la maestra también se apeaba del ave de hierro y hojalata. Porque si la educadora era un ejemplo de vida, la avioneta ponía alas a la imaginación del futuro ciudadano.
Hay que celebrar este aporte bibliográfico, pero no con murgas, seco y voladores, sino con la conciencia de quien valora la inteligencia que calza cutarra. Pienso en esos jóvenes a quienes esta historia les parecerá caída del cielo, porque nunca tuvieron la oportunidad de leer sobre ellos mismos y sobre su gente. Los mismos que podrían leer con avidez sobre los intrépidos zapadores de la aviación interiorana que pagaron con su vida el viejo sueño de volar como pájaro, remontar la cumbre del Canajagua y mirar la península acostada sobre la mar océano. Tan valerosos como esos otros que con anterioridad fallecen por tener otro sueño, el de navegar sobre las tranquilas aguas del Océano Pacífico.
Hermosa la metáfora que sugiere el libro de Sarasqueta. Recordemos que los santeños de antaño auscultaban los cielos para ubicar en la carpa celeste a los “Ojitos de Santa Lucía”, “Las Cabritas”, “La osa mayor y menor” o al matinal “Lucero del Sur”. Aprendamos de nuestros antepasados, porque, luego del susto de ver volar la primera avioneta, se acercaron a ésta, la palparon y en vez de negarla, hicieron de ella una empresa interiorana.
Leamos el texto con la vieja  visión de patria campesina, admiremos a los zapadores de la aviación interiorana, agradezcámosle a don Germinal Sarasqueta Oller la reconstrucción y rescate de esa historia, pero sobre todo hagamos la lectura correcta del mensaje trascendente que se abre, como flor silvestre, cuando aterrizamos, como la avioneta, en la última página del libro.

..….mpr..
11 de septiembre de 2014
Campus de la Universidad de Panamá en la Provincia de Los Santos.











No hay comentarios.:

Publicar un comentario