Si tuviéramos que precisar la fecha, a
partir de la cual las preciadas manifestaciones folklóricas comienzan a
erosionarse como tales, al mismo tiempo que se convierten en parte de una
empresa comercial, tendríamos que ubicarla a mediados del siglo XX. Desde ese
momento la parranda deja de ser sólo un evento de distracción popular y
adquiere una connotación diferente. Con razón, en uno de sus ensayos de los
años sesenta de la pasada centuria, el ingeniero Manuel Fernado Zárate habla de
la adulteración del folklore
Ese es el instantes cuando los
carnavales, las cantaderas de décimas, el tamborito y otras expresiones
vernáculas son manipuladas por las empresas licoreras, las que ven en la fiesta
un filón de rentabilidad económica y fomentan la construcción de jardines de
baile con sus respectivas cantinas.
Esto, que inicialmente se veía como el
apoyo al folklore, ha evolucionado a una profusión de festivales que son
definidos como folklóricos, sin en realidad serlos, aunque pregonen a los
cuatro vientos sus nobles intenciones. En este aspecto, la expresión más
dramática la encontramos en los llamados bailes de acordeones, los que son
presentados como eventos vernáculos, siendo, en realidad, una estilización que
emula el hecho folklórico y que cada vez más se aleja de lo que pudo ser.
Al menos así lo fue en sus inicios,
porque hoy día apenas si se distinguen algunos trazos de la primera propuesta,
la que en contacto con otros géneros musicales se ha adulterado en grado sumo.
Es decir, el acordeón de origen germano, tal vez introducido en el siglo XIX,
también ha sido arrastrado por la comercialización imperante.
Pero lo que ahora importa plasmar, no
es la pureza del hecho folklórico, fenómeno que también es plástico, sino las
implicaciones sociológicas de los últimos setenta y cinco años de existencia.
Las transformaciones son inevitables, ya lo sé, pero lo acaecido en el período
en referencia es una borrachera de folklor adulterado.
La rumba colectiva, aguijoneada por
las empresas en referencia, está creando una colectividad desconectada de sus
intereses vitales. Me refiero a que la búsqueda del placer, por el placer
mismo, ha forjado un ser hedonista y coyuntural, que no trasciende su vida
personal y que únicamente aspira a subsistir sin ser protagonista de los
cambios de la sociedad en la que está inmerso.
Gran parte de la crisis existencial
contemporánea, más visible en los sectores juveniles, tiene como parte de sus
orígenes este mundo alienante, desprovisto de valores, en donde no existe
proyecto de vida que tenga como norte la formación de un ser humano integral.
Claro que toda esta problemática acaece em una nación que no se distingue por
atender los problemas axiales del país, formación social que no siempre es
guiada por un liderazgo ilustrado.
De todo lo afirmado se colige que
tenemos que reorientar el sentido de nuestras fiestas, las que no deben pulular
alocadamente, porque en la libre empresa mal entendida, estamos destruyendo lo
más relevante de la república, la lucidez del relevo generacional y lo
maravilloso del folklor istmeño. Porque al decir de un viejo adagio peninsular:
“El culantro es bueno, pero no tanto”.
…….mpr…
06/II/2026

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