viernes, 20 de marzo de 2020

EL ZORRO DE LA PRADERA




Y salí a la caza del zorro, armado con mi cámara fotográfica. Lo encontré cuando el sol ya casi agonizaba en el horizonte. Se acercó cauteloso, caminado por el potrero sobre la hierba chamuscada del estío peninsular. Le vi en la distancia moviéndose con soltura, luego de salir de su guarida en los piñolares. Allí seguramente mora con sus congéneres, porque el hombre -cazador irracional- es animal depredador que le acecha y acosa.
Nuestro zorro tiene buena estirpe y una leyenda que le mira como ser astuto, inteligente y sagaz, como el personaje que encarnó Antonio Banderas y Catherine Zeta-Jones en LA MÁSCARA DEL ZORRO. Pero acá está el mío, el peninsular, el que lucha por sobrevivir en una región deforestada. Luce un poco delgado el cánido, con un rabo largo y hermoso que se mueve con el viento, con la elegancia aristocrática de un emperador, propia del zar de los montes.
De vista muy vivaz y vestido de un grisáceo que tira a negro, luce sobre el cuello la blancura impoluta de su vida silvestre. A veces se detuvo, con pose de modelo, como si comprendiera la urgencia de demostrar que existe; implorando que le dejen vivir, ingerir alimentos y beber tranquilo, porque él también es una criatura de la creación. Tanto, que sus ojillos penetrantes proclaman su señorío en esta tierra que también le pertenece.
Al regreso, en el silencio y la introspección que genera el conducir automóvil, le pensé y en mi retina aún sobrevivía la imagen del increíble zorro de la pradera. Y me sentí emocionado y cómplice de su mundo montaraz.
19/III/2020

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