Y
salí a la caza del zorro, armado con mi cámara fotográfica. Lo encontré cuando
el sol ya casi agonizaba en el horizonte. Se acercó cauteloso, caminado por el
potrero sobre la hierba chamuscada del estío peninsular. Le vi en la distancia
moviéndose con soltura, luego de salir de su guarida en los piñolares. Allí
seguramente mora con sus congéneres, porque el hombre -cazador irracional- es
animal depredador que le acecha y acosa.
Nuestro
zorro tiene buena estirpe y una leyenda que le mira como ser astuto, inteligente
y sagaz, como el personaje que encarnó Antonio Banderas y Catherine Zeta-Jones
en LA MÁSCARA DEL ZORRO. Pero acá está el mío, el peninsular, el que lucha por
sobrevivir en una región deforestada. Luce un poco delgado el cánido, con un
rabo largo y hermoso que se mueve con el viento, con la elegancia aristocrática
de un emperador, propia del zar de los montes.
De
vista muy vivaz y vestido de un grisáceo que tira a negro, luce sobre el cuello
la blancura impoluta de su vida silvestre. A veces se detuvo, con pose de
modelo, como si comprendiera la urgencia de demostrar que existe; implorando
que le dejen vivir, ingerir alimentos y beber tranquilo, porque él también es
una criatura de la creación. Tanto, que sus ojillos penetrantes proclaman su
señorío en esta tierra que también le pertenece.
Al
regreso, en el silencio y la introspección que genera el conducir automóvil, le
pensé y en mi retina aún sobrevivía la imagen del increíble zorro de la
pradera. Y me sentí emocionado y cómplice de su mundo montaraz.
19/III/2020
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