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15 julio 2022

GUARARÉ, ALFREDO GUTIÉRREZ Y DORINDO CÁRDENAS

 


Fue el jueves 14 de julio de 2022, efeméride de la Revolución Francesa, en la noche, mientras el país hacía una pausa en las protestas ciudadanas, la alcaldía y el pueblo de Guararé, rendían tributo al tres veces rey vallenato, Alfredo Gutiérrez Vital (17/IV/1940) y a Daniel Dorindo Cárdenas (14/II/1936); la mancuerna que colocó en el pentagrama mundial la famosa melodía de El Poste de Macano Negro, el primero, al concebirla y, el segundo, al ejecutarla y convertirla en un éxito de talla mundial. Desde entonces XV Festival en Guararé brilla en el firmamento musical latinoamericano.

El evento no se pudo posponer por los múltiples compromisos del colombiano y, además, porque es de hombres de bien el ser agradecidos y reconocer la inteligencia donde quiera que esta se encuentre. Por eso esa noche fue memorable, porque además de los acordeonistas indicados, también estuvo allí el otro Alfredo, el Escudero, indiscutible ejecutante de la cumbia panameña en la modalidad que más se aproxima a la original y clásica.

Hay muchas cosas en común entre Dorindo y Alfredo, uno nacido próximo a la península de La Guajira -mirando al Atlántico- y, el otro, nacido en Azuero, la otra península que se interna en el Pacífico. Próximos en edades, apenas cuatro años de diferencia, proceden de formaciones sociales similares; áreas rurales llenas de tradiciones y en donde el folklore es el plato del día. Gutiérrez y Cárdenas, forman parte de la gente humilde que ven en la música la oportunidad que se les niega en otras áreas sociales. La ven, la sienten y la aprovechan.

Los une la inteligencia musical y la complicidad de clase social. Porque si por Colombia crece la leyenda de Francisco El Hombre, por acá, por la sabana antropógena y la tímida cordillera, nace Gelo, el santeño que catapulta el acordeón y lo saca, junto con Dorindo, del ostracismo de la sociedad de la exclusión, para que el hombre del campo comprenda la validez de su cultura campesina.

No me extraña que el Parque Bibiana Pérez estuviera lleno. Y allí estaba don Alfredo, jovial, sencillo, charlando con todo el mundo y posando para los visitantes que no perdían ocasión de fotografiarse con la leyenda viviente de Colombia, también llamado “El monstruo del acordeón”. Tuve ocasión de conversar con él sobre las vicisitudes que pasó para poder grabar la canción de Dorindo, hasta que el director de Discos Fuentes la espetó a uno de sus subalternos, que se negaba a grabarla, que tenía “m…a en la cabeza” y que esa canción sería todo un éxito. Lo demás es historia.

El reconocimiento también incluyó a Dorindo Cárdenas, compadre de Alfredo, quien interpretó su éxito casi al final del evento. Verlos a ambos en la tarima de espectáculos del Festival Nacional de La Mejorana creó un ambiente especial, cuasi mágico, al poder apreciar a dos acordeonistas latinoamericanos a quienes debemos tanto los que habitamos esta parte del continente.

Alfredo y Dorindo son encarnación de sus respectivas tierras, flores de nuestras culturas, de la costa caribeña colombiana y la nación peninsular, reservorio de la panameñidad. Por eso para mí fue inevitable pensar en los estudios del barranquillero Orlando Fals Borda con el que aprendí a conocer los fundamentos reales de esa tierra colombiana de Shakira y Carlos Vives, laboratorio sociológico y literario de Gabriel García Márquez.

Eventos como estos tienen que repetirse, porque hay que convocar la inteligencia, abrirse al mundo sobre lo que somos y compartir con otras sociedades las muchas cosas que tenemos en común, porque Guararé puede ser una ciudad pequeña, pero no puede negarse que es un gigante cultural, ya que la semilla zaratista cayó en suelo fértil y brilla con el esplendor del guayacán en pleno estío peninsular.

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15/VII/2022

 

 

 

10 julio 2022

LA DÉCIMA EN LA CULTURA PENINSULAR (A propósito de la presentación de un libro)


El cantar es tan viejo como el hombre, incluso aparece antes de que este existiera, porque los sonidos son previos al homínido y de alguna manera la naturaleza canta en el viento, las aves, el rumor de las olas del mar y en el lenguaje de los animales. Por esta razón es tan vital el cantar en el hombre; como medio de acercarse al otro, de expresar sentimientos y de no sentirse solitario en el mundo. Ya sabemos que el intento de petrificar el sonido, de hacerlo perenne, dio paso a la escritura y al pentagrama musical.

Con el tiempo la música se hizo propia del grupo humano y le dio identidad comunitaria; así nacieron las coplas, los himnos y todo un simbolismo cargado de alegrías, tristezas y ensoñaciones. Luego vino el encuentro de esos cantares, de la música, de los escritos y el préstamo cultural se hizo inevitable, porque ayer como hoy, como dicen los nicas, “el que tiene más galillo traga más pinol”.

Así le aconteció al santeñismo, esa forma tan propia del hombre que mora en la península con apellido de colombiano santanderista. Aquí, el amasijo de lo hispánico, indígena y del negro colonial parió a un nuevo personaje, al que hemos llamado santeño, herrerano, azuerense, peninsular y orejano.

Al estudiar la región se percata el investigador, que no obstante el influjo indígena y del negro colonial, en la zona lo hispánico es dominante, hegemónico; porque el poder siempre residió en el grupo criollo y luego mestizo que controló los resortes de la vida; desde la tierra, pasando por los puestos burocráticos y el control religioso del catolicismo. Porque si hay un factor trascendente en esta parte del país, viene a ser la ética de lo católico, al moldear con valores sociales occidentales al campesinado de la colonia, la unión a Colombia y la era republicana.

Luego de cinco siglos, quinientos años de caminar junto al Canajagua y El Tijera, estamos llenos de íconos de nuestra cultura de ascendencia campesina; porque aún hoy, debajo del barniz de la civilización, del doctor, magister, licenciado y bachiller, está el campesino de la casa de quincha. Un ser pletórico de gastronomía, bailes y danzas, santeñismo que aflora en nuestros símbolos culturales: el Canajagua y Quema, Porras y Zárate, Ofelia y Bibiana, la reina María y Ñiqui Ñaque con su canto vernáculo: “Anoche te vide un piojo y no te lo pude cogen, qué piojo tan atrevido en dónde se ha ido a meten”.

Hemos tenido de todo, desde la vida bohemia de Claudinita y la reina María, hasta la literatura de Sergio, Oscar, Moscoso, Ofelia y Zoraida, así como los hermanos Saavedra Espino (Leonidas y José del Carmen), así como el eco sonoro, en la austral Pedasí, del Buchí de Antonio Moscoso.

En nuestra tierra la organización campesina -la junta- se hizo cooperativa y la cooperativa fue la junta por otros medios, institucionales y burocráticos. De esta manera fueron surgiendo expresiones culturales e históricas que la música también hizo suya, con instrumentos inicialmente rústicos, como la bocona, la mejorana, el tambor, la caja, los timbales y la excelsa expresión de la décima, escrita y cantada. Todo para que Gelo y Dorindo llevaran la cultura peninsular adherida a los fuelles del acordeón, tanto como las notas musicales están adheridas a la garganta de Eneida Cedeño, “La morenita de Purio, y Eutimia González, “La brujita de El Pedregoso”.

Y cuando el grupo humano se vio amenazado por los de aires foráneos, novedosos y atractivos, apareció el momento de la interpretación basada en la razón, aunque sazonada con los latidos del corazón. En esa coyuntura histórica el campesinado y los hombres de las pequeñas ciudades sacaron a relucir el arma de la inteligencia, como si fueran erizos que sintieran amenazada su integridad. Es el tiempo de Dora Pérez y Manuel F. Zárate, así como de una pléyade de entes folk que florecen en los festivales folklóricos de La Mejorana, La Pollera y El Manito. Dicho sea de paso, las tres icónicas festividades que en modo alguno debieran ser retadas por otras fiestas de menor calibre, carente de filosofía social, incapaces de transcender el eco del volador y la tauromaquia peninsular, pero atentas al antiguo doblón aurífero y colonial.

En el espacio del encuentro con nosotros mismos, ocupa un rol relevante el papel de la décima y la copla en Panamá. No por mera casualidad la expresión es el título del famoso texto, que, bajo el mismo nombre, publicaron los esposos Zárate.

En qué momento surgió en la zona el poema rimado, no lo sabemos. De lo que estamos conscientes es de su origen hispánico, del papel, en el siglo XVI, del poeta español Vicente Espinel a quien se le atribuye la gestación de la décima, en pleno Siglo de Oro español. La misma creación que, asumiendo su apellido, se conoce como espinela. Sin embargo, también se expresa en la modalidad de las provincias vascongadas, cultura vasca, en donde los trovadores o versolaris improvisan versos en una tradición de la que quizás sea parte constitutiva y heredera la modalidad peninsular que, en nuestro caso, se ha enseñoreado por los campos de esta tierra sabanera.

La décima hispánica, como ya hemos planteado, se ha hecho mestiza, como tantas otras expresiones de la cultura regional. Y aquello que puede constatarse en la campiña nuestra, en la composición y el canto de la espinela, expresa el bertsolarismo con sabor a changa, chicha de junta o adobo de res.

La décima y el canto, como la mejorana, son el fruto de ese encuentro de dos mundos; íconos peninsulares, la imagen escrita y cantada de lo que somos. De allí que la encontremos en el canto a lo divino, en la chacotería, en la exaltación a la mujer o como expresión de la congoja santeña, encarnación de la morriña gallega o la saudade portuguesa.

En verdad, es sumamente placentero ver al trovador, de evidente temple hispánico, colocado en la misma tarima junto a otro de semblante indígena o de rasgos de negro colonial. Hombre o mujer, Miguelito o Daira. Porque la mujer nuestra cantó décimas mucho antes que soñáramos con teoría feministas.

Si alguna vez en su génesis primaria, la décima pudo ser elitista, en aquellas calendas cuando la escritura estaba casada con el grupo dominante criollo, en la sociedad peninsular se hizo democrática, anti elitista e integrada a la cultura popular y vernácula.

En Panamá escribieron décimas los intelectuales, como Francisco Changmarín y Dimas Lidio Pittí, tanto como el campesino decimero que, al frente de una taza de café, mientras en los exteriores nocturnos la garúa cuela la silampa en la casa de quincha, él, sin saberse descendiente de Miguel de Cervantes Saavedra, roba una hoja al cuaderno escolar de su hijo para parir sobre la página rayada la inspiración que ha de cantar en la festividad sacra o profana.

La fiesta, la musa y la lingüística se matrimonian en la décima. Espinela para cantarle a la virgen, a la reina del festival folklórico o para exaltar la biografía de un ser probo y fecundo. Allí radica lo trascendente de la espinela, porque más allá del canto mismo, de la expresión folklórica, ella es la voz de la tierra e incluso la protesta soterrada del abandono social.

El decimero y la décima son nuestros, portadores de la poesía del hombre del campo, la encarnación de la herencia cultural que ya supera los cinco siglos de existencia y bajo ninguna circunstancia debiera ser abandonada, tirada a su suerte, mezclada entre la hojarasca de la modernidad.

En esa línea de proceder resulta estimulante y ejemplarizante el esfuerzo que realiza el Club de Leones de Guararé, organización de larga data, cuyos frutos múltiples son difíciles de emular. En especial, en una sociedad como la peninsular, mucho más volcada a la jarana por la jarana misma, al deporte como mercancía y distracción de problemas vitales, o a la simple loa de algunos políticos efímeros y coyunturales.

La mancuerna, entre esta noble organización de la sociedad civil y el Festival Nacional de La Mejorana, es la ruta para seguir, un sendero que ya tiene más de medio siglo de transitar. Los leones rugen desde Guararé, esta vez en la sabana antropógena, a la orilla del río homónimo, no solo de Manuel y Dora, sino de los cantadores de mejorana, de los escritores de décimas con quienes la nación aún está en deuda.

La publicación de DÉCIMAS DE ORO, en poco menos de cien páginas, compendia las décimas ganadoras de concurso que anualmente el Club de Leones guarareño convoca en el marco del Festival Nacional de La Mejorana. Con muy buen tino las décimas vienen precedidas de comentarios de Mara Olimpia García Castillero, David Vergara García y Antonio Pinzón Del Castillo. Sin olvidar el aporte, en otros avatares de Melvin Espino y Rogelio Bustamante. Así como la presencia solidaria del equipo directivo y el resto de los Hermanos Leones.

Desde todo punto de vista la presentación del libro es un rotundo acierto. Y luce no solo certero, sino oportuno. Nace en plena coyuntura histórica de la globalización, del encuentro con otros mundos, cuando la evolución de la cultura es inevitable y necesaria, y debemos asumir el riesgo de desdibujar la personalidad colectiva que heredamos de nuestros antepasados.

Nadie duda que hay que abrirse al mundo, al desafío que ya avizoraba el ente folk de antaño y que, por ausencia de una teoría integral y explicativa, quedó registrado en las décimas de Min Domínguez, Ubaldino García y otros cultores del género. Y como no podemos construir en Divisa una muralla China para contener el cambio social y cultural, lo inteligente estriba en sostener, conservar y proyectar aquellos elementos estructurales de la cultura criolla.

Entre tales elementos fundamentales brilla la décima escrita y cantada. Para ese logro necesitamos no sólo investigación seria y bien pensada, alejada de fanatismos y de deseos de figuración, sino la existencia de políticas de Estado y de mecenas que estén dispuestos a apostar por la inteligencia, el buen gusto y la valoración de lo que somos.

A la décima la amenaza no solo el influjo de lo foráneo, en lo que el mismo pudiera tener de negativo, sino desde el mismo guacho cultural que proviene de nuestra propia sociedad peninsular, hedonista y excesivamente fiestera. Al contrario de lo que observamos, debemos permitir que fluya la décima auténticamente popular, aún con imperfecciones métricas y gramaticales, paralelamente a esa otra de corte académico o culto. La última, la de toga y birrete, no debe arrinconar a la de pollera y camisilla. Aquí vale aquella sabiduría popular que pregona: “Cada loro en su estaca”.

Debemos comprender que nuestra defensa radica en la existencia de ambas, en un mundo en el que las emociones se divorcian de la razón; porque en el siglo XXI hay muchas cosas en el asador. Esperemos que triunfe la inteligencia, que la décima y la copla sigan siendo nuestro estandarte, porque ellas abanderan el canto de lo que fuimos, somos y deberíamos ser. Como santeño y guarareño me alegra que el Club de Leones haga coro en la tuna correcta y que camine al lado de su gente. Ese es su deber institucional, llevar en la diestra una vela encendida y en la izquierda, acurrucado contra el pecho, el libro de décimas. La tuna de la inteligencia no puede dejar de cantar, porque la décima es el cuenco en el que se cobija la panameñidad.                                                   

…….mpr…

5/VII/2022