martes, 5 de enero de 2010

LA CULTURA DEL JARDÍN Y LOS JORONES


Llamo cultura del jardín a ese conjunto de prácticas y tradiciones sociales que se han estructurado en torno al lugar en donde se divierten y bailan los interioranos. En otro momento los jardines también han sido denominados jorones, aunque el uso de este último vocablo ya no parece gozar del reconocimiento popular. Desde la óptica de la sociología, la antropología cultural y la psicología social, el tópico es de suyo interesante porque permite ver el problema del ocio como una temática digna de análisis e incluso como una manifestación no exenta de patología social.
Lo primero que llama la atención es que llamemos jardines a las salas de baile, como si las mismas fueran un vergel, un espacio en el que abundasen las flores. A menos que, metafóricamente, las concibamos como el sitio en donde, por la abundancia de las mujeres que a ellos acuden, el lugar se asemeje a un hermoso edén de flores del campo; jardín de orejanas, diríamos. Pero hasta allí llega mi afiebrada imaginación, porque bien sé que la situación no es precisamente una cuestión de poetas y de romanticismo decadente.
En la cultura orejana el jardín siempre fue un asunto de pueblo; de sectores campesinos que se sentían excluidos de los bailes de salón en las solariegas casas de los grupos dominantes, o con pretensiones de ello, y que casi siempre se levantaban en los principales poblados. Seguramente el actual jardín primero fue una covacha, una enramada con su amasijo de pencas sobre soportes de guácimo u otro árbol que permitía emular los “refinados” salones de la “crem”, como llamaba nuestra gente a los sectores hegemónicos. Al final, el crecimiento demográfico y la comercialización hicieron el resto y ese rústico lugar de esparcimiento terminó por evolucionar hacia lo que hoy tenemos: el jardín como una empresa rentable que administra el empresario de fiestas.
El fenómeno a que hago referencia comienza su transformación hacia los años treinta y cuarenta del Siglo XX, de la mano de rol de los violines y luego del acordeón. Pienso que en algún momento la democratización y la educación impulsaron esa apertura festiva hacia un lugar menos excluyente. Incluso el diseño arquitectónico de las salas de bailes luego se modifica para dar cobijo a los diversos grupos que integran la sociedad. Esta es una fase importante de la historia de los lugares de diversión interioranos, porque nos encontramos con salas abiertas y sin restricciones en la que se divierte el ganadero, el peón, el agricultor, el comerciante y la muchacha casadera.
Hay otro aspecto fundamental a tomar en consideración. Me refiero a que el triunfo de los acordeones, en especial desde los años cincuenta, hace comprender a las distribuidoras de licores que disponen de un rico filón para sus negocios. Muchas veces patrocinados por tales empresas, el jardín y los jorones comienzan a pulular por los campos (con cantinas y todo lo demás), para entrar a la fase en la que nos encontramos y que interesa en este escrito. En este punto llama mucho la atención que las actuales salas de bailes hayan regresado a una etapa que ya habían superado. Nótese que otra vez los famosos jardines se cierran al público, incluso con alambrados que detienen el paso del parroquiano. “Pague si quiere entrar”, pregona la cerca. Lo que pasa es que la antigua “crem” ya perdió su abolengo, aunque el dios Mercurio continúa incólume. Dicho de otra manera, la reinante cultura del potrero se hace fiesta; se transmuta en el plano festivo en la cultura del jardín.
Lo anterior no tendría implicación sociológica si la práctica social del jardín no tuviera sus repercusiones sobre la convivencia social del orejano. Porque si bien el jardín del ayer fue un lugar para una diversión casi siempre sana, durante el hoy se constituye en un problema que corroe los fundamentos de la sana socialización del hombre del campo. En efecto, miles de paisanos viven atrapados en la cultura del jardín, literalmente presos en un mundo que nos les permite avizorar otras formas de diversión y de realización personal. Los jóvenes son los más vulnerables, porque acuden a estos lugares para escapar del atosigamiento rutinario de una sociedad con escasos horizontes culturales. Sin duda el mundo académico debería presta más atención a estos aspectos que constituyen la patología social del jardín.
En verdad, una sociedad sana no puede constituirse sobre esta cultura de la jarana, porque al hacerlo camina peligrosamente hacia aspectos patológicos. El ocio es un derecho del ser humano y la diversión forma parte del uso que le podemos dar al tiempo libre. Pero una cosa es la distracción luego del trabajo honrado y otra muy distante el no tener otra opción festiva que formar parte de la cultura del jardín; no pocas veces encerrado entre seco, cervezas, cuerpos sudorosos y vómito de borrachos.
La abundancia de salas de bailes es una plaga interiorana, una burla al futuro que puedan tener nuestros hijos y otra muestra del abandono histórico en el que siempre hemos vivido; así como de la involución social que experimentan algunas instituciones campesinas (cantaderas, matanzas, carnavales, etc.). Huelga decir que no estoy en contra del jardín como institución recreativa, como empresa social y mercurial, pero me resulta repulsivo que nuestra gente tenga que consumir su vida dentro de un mundo como el descrito.
En este punto cabe perfectamente la advertencia que mi amigo Tite Vásquez hizo a una linda guarareña con la que, infructuosamente, intentaba bailar en las salas de diversión de antaño. Estoy tentado a exclamar con él: “Para Lulo, que vamos mal”.


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